Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

“PACIENTE 101”, por Joseba Paulorena

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paciente 101Hay veces que una obra crece entre tus manos según vas avanzando es sus páginas. Este es el caso de PACIENTE 101 de Joseba Paulorena.

Describe una sociedad tan aséptica que la sensación de control total se escapa del libro, y te hace pensar que nada va a pasar, que lo leerás como parte de un mandato superior y te sentirás satisfecho cuando lo termines y abandones en una estantería para comenzar con otro.

Pues no.

Nada más lejos de la realidad. “Paciente 101” te va a incomodar, va a removerte del sillón y en más de una ocasión te obligará a releer algunos párrafos, angustiado por lo que allí se ha dicho, insinuado.

En una sociedad donde nada se deja al azar, y en la que es necesario un control total de la natalidad, aparece una niña cuya fisiología puede cambiar no solo el mundo, sino el delicado equilibro universal que compete a humanos y xenos, criaturas extraterrestres de diferentes orígenes.

No hay salvación: un pandemia se extiende de forma lenta pero inexorable. No hay tratamiento, no hay vacuna, no hay cura. No hay defensa contra un arma peligrosa con la que nadie contaba enfrentarse jamás: el amor.

Lejos de recrearse en damas o escenas ñoñas, Joseba Paulorena trata el tema con pulso de cirujano, y nos sumerge poco a poco en una sociedad gris que trata a sus miembros como una madre controladora e insensible, que no duda en sacrificar a los hijos cuyas mentes  graba a fuego la siguiente máxima: “Mi vida por la humanidad”, y es que no hay recurso más preciado que el propio ser humano.

Procrear para el estado es el modus vivendi del ser humano, algo tan natural como el respirar, en un mundo donde la poligamia es una característica de la sociedad, inseparable como la humedad lo es del agua.

Paciente 101  no es una novela para saltarse páginas, ninguna debería serlo, pero en este caso hacerlo rozaría el sacrilegio.

Written by aitztv

31 mayo, 2017 at 22:59

Publicado en ficcion, Literatura, novela, Prosa, scifi

MIÑONES DE BIZKAIA

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IMG20170509190221Hoy ha tenido lugar ne la Librería ELKAR de Bilbao la presentación del libro histórico “Miñones de Bizkaia: policías forales del Señorío”.

Su autor, Jorge Cabanellas en compañía de una representante de la editorial valenciana SARGANTANA, especializada en temas culturales, nos ha comentado su periplo, desde que cayó en sus manos una de las chapas que formaban parte del uniforme de dicho cuerpo foral, hasta la publicación del libro.

No han faltado los familiares de aquellos que fueron fusilados o hechos desaparecer durante los momentos más crudos de la guerra, como tampoco el recuerdo de los que, por razones ideológicas, abrazaron el bando nacional. Como J. Cabanellas ha querido dejar claro desde el principio, se han tratado ambas vertientes del conflicto desde el rigor, el respeto y, por supuesto, sin rencores.

Nos ha ofrecido un breve, pero jugoso, recorrido por las hemerotecas, archivos municipales e incluso del propio ejército, ilustrado por la proximidad a la propia librería ELKAR de la comandancia de Miñones de Bilbao, que se conserva, cosa que ignorábamos la mayoría de los presentes, tal y como hubo de ser abandonado en 1937.

Un libro editado de forma primorosa por SARGANTANA de forma primorosa, con abundante fotografías y que hará sin duda las delicias de los familiares de los últimos integrantes de aquel cuerpo foral, y de los aficionados a la historia.

Jorge Cabanellas ‘Miñones de Vizcaya. Policias forales del señorío’.

 

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9 mayo, 2017 at 21:52

Publicado en Historia, Prosa

Entrevista en NGC3660

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José Jorquera Blanco, me entrevista para NGC3660

Breve: Juan Manuel Sánchez-Villoldo

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11 noviembre, 2016 at 10:25

Lawin

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lawin_16101806Son la siete de la mañana. La gente refugiada se despereza mientras recorro los cincuenta metros que separan la entrada principal de la sala de control de producciones. Conozco a casi todas esas personas. Son familiares de los trabajadores que han venido a pasar la noche ante el riego de que el tifón se lleve sus casas de bambú y nipa. Para otros el riesgo es el mar. Dicen, los rumores son más veloces que las noticias, que el nivel ya se ha elevado cinco metros y que es posible un tsunami. Cuando vives a cincuenta metros de la playa no es lo que te gustaría escuchar.

De todos modos este leviatán ha llegado por detrás, y es de agradecer. Las estribaciones de la Sierra Madre a nuestra espalda han atemperado su furia, y nos ha alcanzado con viento y agua, pero no ha podido obligar al mar a abandonar su lecho y lanzarse contra nosotros.

En mi camino oigo llantos. Los niños se despiertan sorprendidos y se asustan al no reconocer sus cunas y habitaciones. Están en un hangar oscuro y poco amistoso. El techo les mira desde más de treinta metros de altura y el viento aún hace sonar con violencia el tejado metálico que, sin embargo, ha soportado incólume la violencia del huracán.

No hay electricidad, ni teléfono, ni tan siquiera agua corriente. El pueblo ha sido desmembrado, descordado por decreto de la naturaleza, y sus venas y nervios cercenados de modo que sus miembros son incapaces de comunicarse entre sí.

Me asomo a la puerta, mejor dicho, al hueco de la puerta ya que esta ha volado por efecto de la presión del aire durante la noche. El mismo destino a sufrido el techo de la habitación donde duermo, que se ha desprendido como una hoja de otoño, con la delicadeza de no caer sobre mí. Luego recogeré los destrozos.

En el exterior, las bananeras están destrozadas, descuartizadas sobre el suelo como los cadáveres de una guerra vegetal. Los cocoteros intentan sobrevivir; se tumban y se levantan al son de ráfagas de viento que han llegado superar los dos dígitos durante muchas horas. Alguien avisa para que me aparte. Veo venir un trozo de techo metálico, retorciéndose en el aire como si fuera una criatura viva, pero no lo es. En realidad se ha convertido en una guillotina libre del suelo. Casi parece que tiene criterio, y me da la impresión de que si salgo vendrá a por mí. Busca carne y no la encuentra, y termina por saciar su rabia contra el tronco de un árbol del que arranca más de la mitad de su diámetro de un único bocado metálico (¿dónde estarán la mariposas?, pienso sin venir a cuento).

El aire: una nada necesaria. Este aire está maldito. Arrastra vida y miseria, y mucha muerte. No va a levantar hojas como en otoño, ni va a dibujar espirales en el espacio con los restos del verano. Este aire es culpable. Ha llegado hasta aquí cercenado vidas, desguazando moradas. Nunca las de los ricos, sino las de los menesterosos. Viene arrastrándose sobre las cimas de los montes a las que deja huérfanas de su piel vegetal para mostrarse obsceno a nuestros ojos.

Decido vengarme. Voy a atravesarlo, me voy a colar en sus entrañas y dividirlo con la única arma de mi cuerpo. Me voy a enfrentar a él y voy a ganar. Me enfundo un traje de agua y pongo mis cuatro cosas en un macuto, y en un arrebato de pesimismo le digo a mi compañero de cuarto que si no vuelvo, todo lo que allí queda es suyo. No sé si me cree, pero su sonrisa torcida muestra la duda, la gran duda, toda la duda.

El impacto es brutal en los primero pasos. El traje de agua gualdrapea en mis oídos como las velas de una embarcación mal gobernada. El aire es cálido, y trae gotas de agua que arranca de los charcos del suelo. Me tambaleo, pero doy un paso, y después otro. Estoy avanzando, penetrando la piel de la bestia que logra sacudirme pero que no consigue tumbarme. Estoy asustado. Pienso en qué ocurrirá si me tira al suelo y me arrastra, pero sigo en pie, y en ese momento, me doy cuenta de que puedo ganar. Fijo mi meta siete kilómetros más adelante. Supongo que se da cuenta, porque arrecia con saña, pero estoy decidido.

Voy tomando confianza. Estoy conociendo su lenguaje. Él tiene la ventaja porque viene de mi espalda, así que si lanza hacia mí algo mortal, no voy a verlo venir. Confío en que después de tantas horas acechándonos, no le queda nada que tirar, pero nunca se sabe.

A la mayoría de las palmeras le falta la mitad de su copa, y las enormes nueces de coco rebotan en el suelo como si fueran pelotas de baloncesto. El suelo está cubierto de ramas que cambian de sitio al capricho del viento. Los campos de arroz y los manglares no se distinguen los unos de los otros, ambos anegados en aguas del color del café de los hospitales. En medio de una terraza veo  un búfalo de agua, imperturbable con su media tonelada de carne. ¡Loco!, leo en su mirada, ignorante del hecho de que él y yo estamos subidos en el mismo barco.

Enfilo una recta resguardada por la ladera de una colina. Allí la gente se ha atrevido a salir a la calle. Han extendido sus cosas, sus vidas, sobre la parte menos húmeda confiando en que se sequen. Así funciona esto. No ha terminado la fiesta de la destrucción, pero ellos ya comienzan a rehacer sus chozas, como las hormigas reparan sus hormigueros una y otra vez, desastre tras desastre. Saben que vendrán más, muchos más, y entonan la canción de su existencia levantado sus moradas como Sísifo arrastraba la roca a la cima de la montaña, sólo para verla caer de nuevo.

Niños, ancianos, jóvenes… Sus enseres sólo parecen cosas y ellos sólo parecen personas, pero no es cierto. Son parte del viento, son hijos de los huracanes que dividen sus existencias y las arbitran mejor que el calendario más exacto. Ese colchón donde engendraron sus hijos, el puchero del que comen con la mano todos ellos, ventiladores que pasan de generación en generación… Una historia en cada cuneta secándose a un sol que no acaba de salir.

Doblo un recodo y es como darme con una pared. El viento entra por el valle fluvial como un cañón. Ruge entre los árboles que aún se mantienen en pie y me hace tambalearme. Intento caminar y no puedo, el aire es como un imán que elige la dirección por mí, e intentar avanzar es una rebeldía fútil. Por un momento siento que me despego del suelo, que voy a volar. Los cierres del traje de agua pugnan por abrirse y uno de ellos cede arrancando el plástico en el que estaba embutido. Noto las piezas metálicas, que me golpean las piernas como si fueran las cabezas de un látigo. Me dejo caer mientras busco la posición que ofrezca menos resistencia al cuerpo. Veo volar algunas ramas sobre mí y, de repente, como comenzó, el aire se calma y el viento, aunque recio, se vuelve tolerable. Aprovecho esa calma relativa para atravesar el resto del valle y refugiarme en el siguiente recodo.  Ahora me toca enfilar una recta bastante complicada. Voy a estar expuesto al mar y al monte  a partes iguales.

La playa es una especie de estercolero. Las aguas que han bajado del monte  han arrastrado  gran cantidad de escombros, restos vegetales y barró, contaminando el agua de un enfermizo color marrón traslúcido. La arena está llena de troncos y de todo aquello que el mar se ha negado a digerir, pero lo más impresiónate es el oleaje.

Las olas no vienen hacia la costa, sino que se mueven de forma perpendicular a ella, de Oeste a Este, como si ignoraran la playa y toda la costa. Aunque desentrenado, mi ojo, antes marinero, me permite calcular que el viento está por encima de los cuarenta nudos, y arranca rizos de espuma sucia a las cimas de las murallas de agua que corren sin acercarse a la orilla. Es espectacular, por no puedo permanecer allí mucho tiempo, El aire trae la arena coralina y se me clava en las piernas.

Estoy solo y me gusta. Este paseo me trae a la cabeza las tribulaciones de un Benjamín Driscoll atado al planeta Tierra. Me siento un explorador de lo imposible, yendo valientemente donde no muchos se atreven aunque sé que no lo hacen porque, en realidad, no merece la pena.

El viento me golpea de nuevo desde la sierra. La carretera esta festoneada de cocoteros y veo que estoy cometiendo un error al alejarme de ellos. La mejor manera de que no te golpeen las ramas desprendidas es precisamente estar bajo ellas. La otra linde del camino te puede convertir en un muñeco de «pim-pam-pun» en cualquier momento.

Algunas casas parecen esqueletos de dinosaurios asomando sus huesos desde las entrañas de la tierra. Sí hubo alguien dentro, el tifón se ha encargado de borrar sus huellas. Nada evidencia que alguien haya vivido allí jamás, aunque me consta que era así. Imagino a esas personas en el gimnasio municipal, en realidad una cancha de baloncesto cubierta, escuchando al viento golpear el tejado metálico tal vez con sus propios muebles. Más niños asustados en una noche eterna.

Apuro la recta hasta alcanzar una zona más tranquila. Allí los vecinos han comenzado a reconstruir su miseria. Me duele pensar en ellos en esos términos, pero es la realidad. Construirán una casa nueva que no diferenciará en nada de las que han sobrevivido al huracán. Nacerá envejecida, con vocación de ruina en su bloque hueco y desnudo, sin recibir una triste mano de pintura, como la hubieran castigado por ser la herencia de la tormenta. Pienso que no sé por qué me preocupo: a ellos les da igual, sin embargo, me duele ese conformismo casi religioso con el que enfrentan la vida. Para ellos los cambios no son oportunidades, sino algo que hay que olvidar cuanto antes para que todo siga igual.

Otra vez el aire, arremolinando vidas.

Me siento empujado, impelido a abandonar la escena, porque el viento sabe que no he sido invitado. Soy un intruso, el advenedizo que no se quedó en casa durante el tifón, Aún me obliga a clavar la rodilla en el suelo dejando parte de la piel en el movimiento, pero el aire está ya pataleando. Sabe que ha perdido.

La última recta a mi destino la hago sin prisa y sin miedo. No puede pasarme nada, lo sé.

Entro despacio en una habitación de alquiler. El sudor corre bajo el plástico que me ha protegido del agua. Se escurre pos mis piernas y me pregunto por qué me escuecen tanto. Descubro con sorpresa que de rodilla para abajo estoy lleno de sangre. Los múltiples golpes de la arena coralina me han acribillado y no me he dado cuenta. No es nada, sólo la señal de lo que podía haber pasado. Tengo el pelo también lleno de arena, igual que los pliegues del traje de agua.

Me siento en un poyete a ver llover. La tormenta me ha respetado durante las casi dos horas que he caminado bajo su manto, como si discrepara con el viento sobre mi destino.

Me ofrecen un vaso de agua.

Lo suelo rechazar, no sé de dónde procede, pero hoy no.

Hoy me siento inmortal.

Written by aitztv

21 octubre, 2016 at 16:21

Entrevista en TerBi

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MARTES, SEPTIEMBRE 20, 2016

Entrevista a Juan Manuel Sánchez Villoldo, autor de “Las Guerras del Código”

El escritor Juan Manuel Sánchez Villoldo, miembro del taller de la TerBi, publica su primera novela “Las guerras del código” en EC.O Ediciones Cívicas.O.(http://edicionescivicas.org/producto/las-guerras-del-codigo/

La obra cuenta como en una pequeña comunidad de la América rural, los niños desarrollan una salvaje deformidad que hará de ellos asesinos monstruosos bautizados como coyotes. Tras un primer combate y aparente victoria, otro pueblo es atacado y todos los habitantes devorados. Julián Mozzi, superviviente de la primera batalla, es convocado para dirigir las operaciones de contención de este nuevo ataque.

Entrevistamos al autor

  • Hasta ahora te has dedicado a los relatos ¿Por qué y cómo ha sido el salto a la novela?
  • En realidad fue simultáneo. Cuando los amigos me animaron a escribir algo «de verdad», más allá de los pequeños relatos del blog, mi primera idea fue escribir una novela. Quería verter algo de lo que estaba viviendo en Filipinas, donde resido actualmente, y sobre mi trabajo como profesor y «mediaman». En ese momento me llamaron la atención un par de convocatorias que vi en internet: por un lado un concurso literario sobre la violencia de género y por otro una antología de terror para autores noveles. Envié sendos relatos y he aquí que fui seleccionado en las dos. Para la antología, «En los albores del miedo», publicada por Dolmen, escribí «Gotten Wille», que pudiera ser el capítulo cero de  «Las guerras del código». Todos, incluido yo mismo, pensaron que «Gotten Wille» daba para más, así que me puse con ello y terminó, dos años después en la novela de la que hablamos. Y de forma simultáneas escribí la otra novela que empecé «Bitatawa», que me ha llevado cuatro años y ya está haciendo su periplo por las editoriales, a ver si alguien la ve interesante…
  • En la presentación se remarca mucho que no es una novela de zombis y de espectros…
  • No es que tenga nada en contra del género Z, en absoluto, pero es que no es posible poner esa etiqueta a «Las guerras del código». No hay muertos vivientes ni virus, bacterias, hongos o protozoos dispuestos a acabar con nosotros de modo instintual o infeccioso. Hay ataques, y son terribles, pero en poblaciones aisladas y en respuesta a una provocación. Son batallas llevadas en secreto. Aunque la literatura zombi ha evolucionado desde  aquellos cuasi idiotas que apenas se podían desplazar hasta dotarles de inteligencia y habilidades con las que antes no contaban, esos seres eran y son  humanos condenados: no es el caso. Quien haya leído «Gotten Wille» ya sabe que los «coyotes» están organizados, y aunque pueden asimilar otros seres, no son en esencia humanos reconvertidos, sino una nueva vía, otra especie.
  • El tema de los monstruos genéticos y por la ciencia tiene ya mucha tradición ¿Qué ofrece tu obra?
  • ¡La pregunta del millón! Y qué difícil de contestar. A todos nos gustaría que lo que escribimos fuera una novedad indiscutible, pero –aunque no todo esté inventado− es muy difícil, casi imposible, encontrar un argumento original en su totalidad. «Las guerras del código» ofrece, como creo que todas las novelas de ciencia-ficción, una posibilidad. El hecho de que hay cosas que «pueden ocurrir» es, en mi opinión el territorio de caza donde se alimenta el escritor y el lector de este género. Hoy en día la genética es una ciencia, o una disciplina científica, con «glamour». ¿Se puede llamar moda? No lo sé. En los años cincuenta la ciencia ficción nos traía invasiones de Marte y monstruos «atómicos», porque era la percepción que la gente tenía de lo que hacía la ciencia. Llegaron los setenta y nos encontramos con los viajes a la luna, y los novelistas buscaron las grandes exploraciones del sistema solar y de la galaxia. Más tarde hablábamos de grandes imperios y de complicadas políticas. Ahora le toca a la genética. Mañana quién sabe…
  • Parece ser una obra sobre las consecuencias de modificar en exceso la naturaleza y los genes. ¿Crees que nos estamos pasando?
  • En realidad en la novela no hay una voluntad de modificar el entorno. Se trata del fanatismo, cuya consecuencia en mi relato es el vaciado de nichos ecológicos.

Vivimos un momento en el que el dogma tiene un enorme peso en una gran parte de la sociedad. Lo vemos a diario. Se elige la dieta, la ropa y hasta las actividades de fin de semana porque queremos ser especiales, y desestimamos lo que nos dice la evidencia científica para escondernos detrás de palabras mágicas. «Ecologismo» (que no ecología) es una de ellas. Se difunden errores y se hacen afirmaciones de brocha gorda sin tener en cuenta las consecuencias. Por ejemplo, nunca nuestra alimentación ha estado más controlada que hoy en día. Jamás ha sido tan segura, pero aun así hay voces que pretenden aportar soluciones a problemas que no existen, sólo porque alguien lo dice. Con un poco de buena voluntad, ninguna mentira resiste una búsqueda en internet. En ese sentido, ser un ignorante, es una opción. ¿Nos estamos pasando? En muchas cosas, sin duda, pero será la ciencia quien nos dé la solución: no los predicadores.

  • ¿Hay alguna obra que crees que es indispensable leer en este tema o supuesto? ¿Cuáles son tus autores favoritos?
  • Uy… eso es un torpedo por debajo de la línea de flotación. Me gustaría decir que mi novela está estructurada como lo haría Asimov, narrada como Bradbury  y científicamente ajustada como si fuera obra de Niven. Claro ¿A quién no?

Siempre he dicho que soy hijo de las novelas de «a duro», de aquellas novelas que cambiaba por una peseta en la tienda de chuches del barrio. No me cansaré de reivindicar a todos aquellos autores como padres intelectuales de muchas obras actuales.  Como lector soy clásico e infiel, más amigo de las obras que de los autores y releo muchísimo a  los que he mencionado y a otros muchos. Benford, Pohl, Robinson, Lem, C.J.Cherryh, Clarke… Pero tampoco quiero olvidar las películas en blanco y negro de los sábados por la tarde y de las series de televisión de la infancia. «Star Trek»− ya que estamos en su cincuenta aniversario− o «Perdidos en el espacio» son influencias que no puedo negar, como tampoco puedo negar una de mis favoritas, «Viaje al fondo del mar»

Creo que hay un momento de la infancia dónde somos improntados, si se me permite usar esa palabra, y  parte de nuestra construcción personal se basa en los valores que recibimos en ese momento. Yo era un niño muy retraído y me refugiaba en esos mundos donde las cosas podías ser terribles, pero en los que al final siempre ganaba «el bueno». Cierto que la vida no es así, pero aquello me hacía pensar que debe ser así, que es lo que importa. Ya he comentado antes que, para mí, la ciencia ficción ofrece posibilidades, es educativa, y en esas historias muchas veces es el conocimiento lo que salva la vida de los protagonistas o a una civilización entera.

Y por volver a la pregunta original. ¿Cuáles son mis autores favoritos? Creo que tengo uno nuevo cada semana, gracias a grupos como Terbi.

¿Qué tal y como fue el proceso de publicar con EC.O Ediciones?

  • ¡Ojala todo fuera tan fácil! Ante todo tengo que admitir que mi experiencia personal con editoriales es mínima, aunque me creo con derecho comentar que las diferencias de trato de algunas de ellas con los autores son abismales. He pasado por educados rechazos a no dignarse a responder ni tan siquiera si han recibido el original. En ese sentido EC.O es ejemplar. Desde el primer momento me han arropado y aconsejado en cada paso que se ha dado, todo de forma muy clara y ordenada. Es muy importante trabajar con personas, no con entes abstractos sin nombre ni apellidos, pero además con personas competentes, trabajadoras y serias. Una novela son años de trabajo, y cuando ves que la miman, que te consultan cada paso y que te dan consejos ajustados como un zapato, no pues menos que descubrirte. No creo que podría haber caído en mejores manos siendo «primerizo». Escucho muchas historias sobre empresas que parecen depredadores del mercado editorial. Me temo que si caes en una de ellas con tu primer trabajo, se te haga muy difícil continuar. Para mí,  EC.O se personaliza en Isabel González. No creo mucho en las musas a la hora de escribir, pero si tuviera una a la hora de publicar, sería sin duda ella.

¿Estás escribiendo algo ahora?

  • Todos los días saco tiempo de donde sea para escribir mil o dos mil palabras. Ya he comentado que estoy moviendo «Bitatawa» mi segunda novela terminada, pero la segunda parte de «Las guerras del código» va casi por la mitad. No me atrevo a decir que sea una trilogía, sino más bien una «historia en tres partes» aunque todas ellas se puedan tomar como novelas independientes. No me lo planteé así, pero es lo que salió, así que cuando termine con esta segunda parte, titulada de modo provisional «Los exiliados de la Hélice» (sí: recuerda demasiado a un relato de Simmons) me pondré con esa tercera parte que ya está estructurada. En cualquier caso, y de forma simultánea, estoy escribiendo otra novela de ciencia ficción que nada tiene que ver con lo escrito hasta ahora. Siempre estoy en dos o tres cosas a la vez. Cambiar de registro es la forma que mejor me resulta para saltar los bloqueos. De todos modos, antes de final de año tienen que salir algunas cosas más, entre ellas una antología en la que varios autores e ilustradores hemos puesto muchas horas y mucho cariño, pero no tiene nada que ver con la ciencia ficción.

Si quieres añadir algo más…

  • Sería el momento de los agradecimientos. Ya he mencionado a Isa González de EC.O, pero sin personificar quiero dar las gracias a “Vuelo de cuervos”, “Ficción científica”, Terbi, NGC3660 y a unas cuantas personas que ya saben quiénes son, en especial mi hermana. Tampoco sería justo olvidar  lo que me han dado las Islas Filipinas, con sus seres míticos y maravillosas leyendas que me han servido de inspiración

 

http://notcf.blogspot.com.es/2016/09/entrevista-jose-manuel-sanchez-villoldo.html

Written by aitztv

20 septiembre, 2016 at 12:05

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La guerras del código

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lasguerradelcodigo_portadaEn una pequeña comunidad de la América rural, los niños desarrollan una salvaje deformidad que hará de ellos asesinos monstruosos bautizados como coyotes.

Tras un primer combate y aparente victoria, otro pueblo es atacado y todos los habitantes devorados. Julián Mozzi,  superviviente de la primera batalla, es convocado para dirigir las operaciones de contención de este nuevo ataque.

Pero esta no es una novela de zombies. No hay infecciones ni contagios. Puede que los coyotes sean la respuesta de la naturaleza al vaciado de especies, o quizás al orgullo del ser humano.

Las Guerras del Código relata el conflicto entre el ser humano y la naturaleza, una batalla que se gesta en nuestro interior desde el origen de la vida. Ahí se esconden nuestros peores miedos.

 

http://edicionescivicas.org/producto/las-guerras-del-codigo/

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13 septiembre, 2016 at 14:19

Antología de relatos huérfanos

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AUTOLOGIA“No es una poseía gota a gota pensada” decía Gabriel Celaya. Así es. “Antología de relatos huérfanos” es una recopilación de relatos que habéis leído aquí en su mayoría, ordenados en un ebook para vuestra comodidad, y -por supuesto- gratis. Es mi intención ir publicando regularmente esos relatos que van quedando descarriados. Considerad éste que aquí veis, el primer volumen de una serie.
Espero que os guste.

Lo podéis encontrar y descargar en Lektu en este enlace.

https://lektu.com/l/juan-manuel-sanchez/antologia-de-relatos-huerfanos/5557

 

“Conocí Juan Manuel Sánchez Villoldo más o menos en 2014 cuando comenzamos a trabajar en la antología “Hijos del mal” de Vuelo de Cuervos. He visto su evolución, que es espectacular, y me siento una privilegiada al conocerle como persona y saber que hay en él un gran amigo para mí. Hace unos días me dijo que iba a sacar a sus “pequeños huérfanos” del cajón. Le ofrecí mi ayuda y le deseé suerte, aunque esta última no la necesita porque es un tío que lucha por lo que de verdad quiere y pelea en esta jodida vida que nos ha tocado soportar. El lunes salió en Lektu una antología de su puño y letra que os puedo asegurar: no defraudará a nadie. Podría decir muchas cosas más pero quiero que las descubráis por vosotros mismos, porque muchas veces se conoce a un escritor por como escribe y ambos, en este caso, son maravillosos.
Si de verdad os consideráis lectores, si de verdad apoyáis a los que empiezan, descargad esta antología. No sólo ayudaréis a un muy buen escritor, si no que además, disfrutaréis muy mucho con la lectura.”

(Lorena Raven: escritora y directora de la revista digital”Vuelo de cuervos”)


 

“No podéis perderos esta antología de tamaña gran persona y excepcional escritor. Un crack D. Juan Manuel Sánchez Villoldo. Sigue así Señor. Conseguirás lo que mereces ”

(JM Segura: artista gráfico)


 

Written by aitztv

17 agosto, 2016 at 2:39