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Entrevista en TerBi

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MARTES, SEPTIEMBRE 20, 2016

Entrevista a Juan Manuel Sánchez Villoldo, autor de “Las Guerras del Código”

El escritor Juan Manuel Sánchez Villoldo, miembro del taller de la TerBi, publica su primera novela “Las guerras del código” en EC.O Ediciones Cívicas.O.(http://edicionescivicas.org/producto/las-guerras-del-codigo/

La obra cuenta como en una pequeña comunidad de la América rural, los niños desarrollan una salvaje deformidad que hará de ellos asesinos monstruosos bautizados como coyotes. Tras un primer combate y aparente victoria, otro pueblo es atacado y todos los habitantes devorados. Julián Mozzi, superviviente de la primera batalla, es convocado para dirigir las operaciones de contención de este nuevo ataque.

Entrevistamos al autor

  • Hasta ahora te has dedicado a los relatos ¿Por qué y cómo ha sido el salto a la novela?
  • En realidad fue simultáneo. Cuando los amigos me animaron a escribir algo «de verdad», más allá de los pequeños relatos del blog, mi primera idea fue escribir una novela. Quería verter algo de lo que estaba viviendo en Filipinas, donde resido actualmente, y sobre mi trabajo como profesor y «mediaman». En ese momento me llamaron la atención un par de convocatorias que vi en internet: por un lado un concurso literario sobre la violencia de género y por otro una antología de terror para autores noveles. Envié sendos relatos y he aquí que fui seleccionado en las dos. Para la antología, «En los albores del miedo», publicada por Dolmen, escribí «Gotten Wille», que pudiera ser el capítulo cero de  «Las guerras del código». Todos, incluido yo mismo, pensaron que «Gotten Wille» daba para más, así que me puse con ello y terminó, dos años después en la novela de la que hablamos. Y de forma simultáneas escribí la otra novela que empecé «Bitatawa», que me ha llevado cuatro años y ya está haciendo su periplo por las editoriales, a ver si alguien la ve interesante…
  • En la presentación se remarca mucho que no es una novela de zombis y de espectros…
  • No es que tenga nada en contra del género Z, en absoluto, pero es que no es posible poner esa etiqueta a «Las guerras del código». No hay muertos vivientes ni virus, bacterias, hongos o protozoos dispuestos a acabar con nosotros de modo instintual o infeccioso. Hay ataques, y son terribles, pero en poblaciones aisladas y en respuesta a una provocación. Son batallas llevadas en secreto. Aunque la literatura zombi ha evolucionado desde  aquellos cuasi idiotas que apenas se podían desplazar hasta dotarles de inteligencia y habilidades con las que antes no contaban, esos seres eran y son  humanos condenados: no es el caso. Quien haya leído «Gotten Wille» ya sabe que los «coyotes» están organizados, y aunque pueden asimilar otros seres, no son en esencia humanos reconvertidos, sino una nueva vía, otra especie.
  • El tema de los monstruos genéticos y por la ciencia tiene ya mucha tradición ¿Qué ofrece tu obra?
  • ¡La pregunta del millón! Y qué difícil de contestar. A todos nos gustaría que lo que escribimos fuera una novedad indiscutible, pero –aunque no todo esté inventado− es muy difícil, casi imposible, encontrar un argumento original en su totalidad. «Las guerras del código» ofrece, como creo que todas las novelas de ciencia-ficción, una posibilidad. El hecho de que hay cosas que «pueden ocurrir» es, en mi opinión el territorio de caza donde se alimenta el escritor y el lector de este género. Hoy en día la genética es una ciencia, o una disciplina científica, con «glamour». ¿Se puede llamar moda? No lo sé. En los años cincuenta la ciencia ficción nos traía invasiones de Marte y monstruos «atómicos», porque era la percepción que la gente tenía de lo que hacía la ciencia. Llegaron los setenta y nos encontramos con los viajes a la luna, y los novelistas buscaron las grandes exploraciones del sistema solar y de la galaxia. Más tarde hablábamos de grandes imperios y de complicadas políticas. Ahora le toca a la genética. Mañana quién sabe…
  • Parece ser una obra sobre las consecuencias de modificar en exceso la naturaleza y los genes. ¿Crees que nos estamos pasando?
  • En realidad en la novela no hay una voluntad de modificar el entorno. Se trata del fanatismo, cuya consecuencia en mi relato es el vaciado de nichos ecológicos.

Vivimos un momento en el que el dogma tiene un enorme peso en una gran parte de la sociedad. Lo vemos a diario. Se elige la dieta, la ropa y hasta las actividades de fin de semana porque queremos ser especiales, y desestimamos lo que nos dice la evidencia científica para escondernos detrás de palabras mágicas. «Ecologismo» (que no ecología) es una de ellas. Se difunden errores y se hacen afirmaciones de brocha gorda sin tener en cuenta las consecuencias. Por ejemplo, nunca nuestra alimentación ha estado más controlada que hoy en día. Jamás ha sido tan segura, pero aun así hay voces que pretenden aportar soluciones a problemas que no existen, sólo porque alguien lo dice. Con un poco de buena voluntad, ninguna mentira resiste una búsqueda en internet. En ese sentido, ser un ignorante, es una opción. ¿Nos estamos pasando? En muchas cosas, sin duda, pero será la ciencia quien nos dé la solución: no los predicadores.

  • ¿Hay alguna obra que crees que es indispensable leer en este tema o supuesto? ¿Cuáles son tus autores favoritos?
  • Uy… eso es un torpedo por debajo de la línea de flotación. Me gustaría decir que mi novela está estructurada como lo haría Asimov, narrada como Bradbury  y científicamente ajustada como si fuera obra de Niven. Claro ¿A quién no?

Siempre he dicho que soy hijo de las novelas de «a duro», de aquellas novelas que cambiaba por una peseta en la tienda de chuches del barrio. No me cansaré de reivindicar a todos aquellos autores como padres intelectuales de muchas obras actuales.  Como lector soy clásico e infiel, más amigo de las obras que de los autores y releo muchísimo a  los que he mencionado y a otros muchos. Benford, Pohl, Robinson, Lem, C.J.Cherryh, Clarke… Pero tampoco quiero olvidar las películas en blanco y negro de los sábados por la tarde y de las series de televisión de la infancia. «Star Trek»− ya que estamos en su cincuenta aniversario− o «Perdidos en el espacio» son influencias que no puedo negar, como tampoco puedo negar una de mis favoritas, «Viaje al fondo del mar»

Creo que hay un momento de la infancia dónde somos improntados, si se me permite usar esa palabra, y  parte de nuestra construcción personal se basa en los valores que recibimos en ese momento. Yo era un niño muy retraído y me refugiaba en esos mundos donde las cosas podías ser terribles, pero en los que al final siempre ganaba «el bueno». Cierto que la vida no es así, pero aquello me hacía pensar que debe ser así, que es lo que importa. Ya he comentado antes que, para mí, la ciencia ficción ofrece posibilidades, es educativa, y en esas historias muchas veces es el conocimiento lo que salva la vida de los protagonistas o a una civilización entera.

Y por volver a la pregunta original. ¿Cuáles son mis autores favoritos? Creo que tengo uno nuevo cada semana, gracias a grupos como Terbi.

¿Qué tal y como fue el proceso de publicar con EC.O Ediciones?

  • ¡Ojala todo fuera tan fácil! Ante todo tengo que admitir que mi experiencia personal con editoriales es mínima, aunque me creo con derecho comentar que las diferencias de trato de algunas de ellas con los autores son abismales. He pasado por educados rechazos a no dignarse a responder ni tan siquiera si han recibido el original. En ese sentido EC.O es ejemplar. Desde el primer momento me han arropado y aconsejado en cada paso que se ha dado, todo de forma muy clara y ordenada. Es muy importante trabajar con personas, no con entes abstractos sin nombre ni apellidos, pero además con personas competentes, trabajadoras y serias. Una novela son años de trabajo, y cuando ves que la miman, que te consultan cada paso y que te dan consejos ajustados como un zapato, no pues menos que descubrirte. No creo que podría haber caído en mejores manos siendo «primerizo». Escucho muchas historias sobre empresas que parecen depredadores del mercado editorial. Me temo que si caes en una de ellas con tu primer trabajo, se te haga muy difícil continuar. Para mí,  EC.O se personaliza en Isabel González. No creo mucho en las musas a la hora de escribir, pero si tuviera una a la hora de publicar, sería sin duda ella.

¿Estás escribiendo algo ahora?

  • Todos los días saco tiempo de donde sea para escribir mil o dos mil palabras. Ya he comentado que estoy moviendo «Bitatawa» mi segunda novela terminada, pero la segunda parte de «Las guerras del código» va casi por la mitad. No me atrevo a decir que sea una trilogía, sino más bien una «historia en tres partes» aunque todas ellas se puedan tomar como novelas independientes. No me lo planteé así, pero es lo que salió, así que cuando termine con esta segunda parte, titulada de modo provisional «Los exiliados de la Hélice» (sí: recuerda demasiado a un relato de Simmons) me pondré con esa tercera parte que ya está estructurada. En cualquier caso, y de forma simultánea, estoy escribiendo otra novela de ciencia ficción que nada tiene que ver con lo escrito hasta ahora. Siempre estoy en dos o tres cosas a la vez. Cambiar de registro es la forma que mejor me resulta para saltar los bloqueos. De todos modos, antes de final de año tienen que salir algunas cosas más, entre ellas una antología en la que varios autores e ilustradores hemos puesto muchas horas y mucho cariño, pero no tiene nada que ver con la ciencia ficción.

Si quieres añadir algo más…

  • Sería el momento de los agradecimientos. Ya he mencionado a Isa González de EC.O, pero sin personificar quiero dar las gracias a “Vuelo de cuervos”, “Ficción científica”, Terbi, NGC3660 y a unas cuantas personas que ya saben quiénes son, en especial mi hermana. Tampoco sería justo olvidar  lo que me han dado las Islas Filipinas, con sus seres míticos y maravillosas leyendas que me han servido de inspiración

 

http://notcf.blogspot.com.es/2016/09/entrevista-jose-manuel-sanchez-villoldo.html

Written by aitztv

20 septiembre, 2016 at 12:05

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La guerras del código

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lasguerradelcodigo_portadaEn una pequeña comunidad de la América rural, los niños desarrollan una salvaje deformidad que hará de ellos asesinos monstruosos bautizados como coyotes.

Tras un primer combate y aparente victoria, otro pueblo es atacado y todos los habitantes devorados. Julián Mozzi,  superviviente de la primera batalla, es convocado para dirigir las operaciones de contención de este nuevo ataque.

Pero esta no es una novela de zombies. No hay infecciones ni contagios. Puede que los coyotes sean la respuesta de la naturaleza al vaciado de especies, o quizás al orgullo del ser humano.

Las Guerras del Código relata el conflicto entre el ser humano y la naturaleza, una batalla que se gesta en nuestro interior desde el origen de la vida. Ahí se esconden nuestros peores miedos.

 

http://edicionescivicas.org/producto/las-guerras-del-codigo/

Written by aitztv

13 septiembre, 2016 at 14:19

Antología de relatos huérfanos

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AUTOLOGIA“No es una poseía gota a gota pensada” decía Gabriel Celaya. Así es. “Antología de relatos huérfanos” es una recopilación de relatos que habéis leído aquí en su mayoría, ordenados en un ebook para vuestra comodidad, y -por supuesto- gratis. Es mi intención ir publicando regularmente esos relatos que van quedando descarriados. Considerad éste que aquí veis, el primer volumen de una serie.
Espero que os guste.

Lo podéis encontrar y descargar en Lektu en este enlace.

https://lektu.com/l/juan-manuel-sanchez/antologia-de-relatos-huerfanos/5557

 

“Conocí Juan Manuel Sánchez Villoldo más o menos en 2014 cuando comenzamos a trabajar en la antología “Hijos del mal” de Vuelo de Cuervos. He visto su evolución, que es espectacular, y me siento una privilegiada al conocerle como persona y saber que hay en él un gran amigo para mí. Hace unos días me dijo que iba a sacar a sus “pequeños huérfanos” del cajón. Le ofrecí mi ayuda y le deseé suerte, aunque esta última no la necesita porque es un tío que lucha por lo que de verdad quiere y pelea en esta jodida vida que nos ha tocado soportar. El lunes salió en Lektu una antología de su puño y letra que os puedo asegurar: no defraudará a nadie. Podría decir muchas cosas más pero quiero que las descubráis por vosotros mismos, porque muchas veces se conoce a un escritor por como escribe y ambos, en este caso, son maravillosos.
Si de verdad os consideráis lectores, si de verdad apoyáis a los que empiezan, descargad esta antología. No sólo ayudaréis a un muy buen escritor, si no que además, disfrutaréis muy mucho con la lectura.”

(Lorena Raven: escritora y directora de la revista digital”Vuelo de cuervos”)


 

“No podéis perderos esta antología de tamaña gran persona y excepcional escritor. Un crack D. Juan Manuel Sánchez Villoldo. Sigue así Señor. Conseguirás lo que mereces ”

(JM Segura: artista gráfico)


 

Written by aitztv

17 agosto, 2016 at 2:39

“La catenaria”

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Hay relatos que sufren más de lo debido. Casi siempre, o siempre, la culpa es del autor, que espera de él algo para lo que no fue escrito. Deambulan como apátridas de certamen en certamen, de concurso en concurso, castigados de forma injusta por un crimen que no han cometido. Esta es una de esas historias. Nunca supe dónde la debía situar. Creo que ya es hora de liberarla.


electrificacionCuando las luces del vagón parpadearon con insistencia, Mario se dio cuenta de que la mañana empezaba mal para él. se había demorado más de lo normal en su ritual matutino de ducha y café y no había alcanzado el Metro a la hora de siempre. Estaba acostumbrado a ver las mismas caras a las mismas horas y tenía la impresión de ser observado con hostilidad por los demás viajeros, como si fuera una hormiga en hormiguero ajeno. Si de algo se sentía orgulloso era precisamente de su orden. siempre a la hora, siempre impecable: era un hombre sin sorpresas. Había pretendido llevar su vida como si se tratara de una producción en cadena, siempre intentando ser eficiente, calculando sus movimientos para no dar un paso de más. Fracasó en muchas cosas: negocios, matrimonio, familia… Siempre pensó que la culpa no podía ser suya: él siempre cumplía con sus compromisos.

La megafonía el tren se abrió con un soplido. una voz femenina comenzó a recitar la información con evidente desgana:

«Atención señores viajeros. Por causa de la caída de una catenaria nos vemos obligados a detenernos durante los próximos veinte minutos. Rogamos no intenten abandonar el coche por sus propios medios. Lamentamos la molestias: Buenos días».

El mensaje terminó con otro par de soplidos. el vagón estuvo sumido unos instantes en un silencio pesado antes de dar paso a expresiones de desagrado y a más de un exabrupto. De inmediato hubo en cada mano un teléfono móvil y cada uno de los viajeros comenzó a repetir o a teclear la historia a su manera. Algunos la retorcieron a su conveniencia, otros llamaban a la consulta del médico para explicar la causa del retraso e incluso un par de escolares comenzaron a especular con la posibilidad de librarse esa mañana de la hora de matemáticas. Mario se limitó a mirar su reloj de pulsera y maldecir su mala suerte. Soltó un bufido mientras intentaba acomodar su agenda al nuevo horario.

−Perdona ¿No nos conocemos?, −escuchó una voz a su lado–. Si no me equivoco estudiamos juntos, durante la secundaria…

Mario se giró para ver quién le hablaba y se encontró con una cara familiar. necesitó unos segundos para que su cerebro pusiera nombre a aquel rostro, pero no tardó demasiado en conseguirlo.

−¿Lucía? ¿Eres tú? ¡Dios mío! ¿Cuánto tiempo ha pasado? –dijo contento de ver a la mujer− ¡Uf!, ¡Más de veinticinco años! –se quitó el guante para estrechar su mano–. No te puedes imaginar la ilusión que me hace verte.

Ella se quitó a su vez una manopla de vivos colores y le tendió una delicada mano de piel aterciopelada. Casi sin querer el brillo de una alianza llamó la atención de Mario. Ciertamente ella estaba muy guapa, incluso le parecía más atractiva que cuando eran unos adolescentes. Entonces no recordaba haber sentido por ella una atracción especial, pese a que por aquella época todos chicos de su edad se enamoraban de todo aquello que tuviera pulso.

Habían compartido instituto desde los catorce hasta los dieciocho años. los nombres comenzaron a volver a la cabeza de Mario como salen a la superficie los restos de un naufragio: Antón, Oscar, Adrián, Luis  y él mismo conformaban el bando de los chicos, mientras que las chicas eran Sofía, Raquel, Celia, una tal Victoria que iba y venía del grupo y, por supuesto, la propia Lucía. En ocasiones eran más, pero no recordaba el grupo si no recordaba primero todos estos nombres.

−Me sorprende que me hayas recordado con tanta facilidad –dijo ella con una sonrisa−, déjame que lo intente yo –añadió mientras ponía un mohín encantador−. Tú eres… Adrián ¿A que sí?

Mario se sintió decepcionado. No era extraño que a él y a Adrián los confundieran,realmente tenían una constitución muy parecida e incluso se daban un aire el uno al otro. En más de una ocasión les tomaron por hermanos: solían bromear con quién era el mayor de los dos.  Sin embargo, esta vez sí que le molestó la confusión. tal vez fuera porque Lucía estaba realmente radiante. Llevaba la melena suelta en cascada sobre el cuello de un abrigo de espiguilla y un traje sastre con una falda ajustada. No la recordaba así. para él nunca destacó por su belleza, pero los años, o vete tú a saber qué, habían hecho de aquella chica «del montón» una mujer madura y muy atractiva. Sin embargo, que no recordara su nombre le había molestado, así que ¿por qué no continuar la conversación como si él fuera realmente Adrián? La idea le produjo un cosquilleo morboso en el interior. Engañar a Lucía de esa forma estúpida se le antojaba parecido a revolver en el cajón de su ropa interior, una especie relación sexual no consentida pero de baja intensidad. Que lo hubiera pensado mejor, dijo en su fuero interno.

−Tienes una fantástica memoria –dijo sintiéndose un hipócrita–. Menos mal que no me has equivocado con Mario: Por cierto. ¿Sabes algo de él y de los demás? ¡Hace siglos que no veo a nadie!

−No te puedo contar mucho: Oscar y Sofía estuvieron saliendo un par de años y Celia y Raquel… Bueno… –puso una sonrisa pícara− Viven Juntas, ya me entiendes…

−¿Y dices que no me puedes contar mucho? –dijo Mario con estudiada exageración− ¡Eres una enciclopedia! –rio−. Yo sí que no puedo contarte nada.

Mario Iba a continuar sus disculpas, pero se dio cuenta de que si hablaba podía descubrir su pequeña mentira. Tendría que estar atento a no equivocarse. No sabía hasta dónde conocía ella realmente a Adrián, aunque el hecho de haberlos confundido no indicaba mucho contacto en los últimos años.

−No recuerdo apenas nada de entonces –mintió de nuevo−. ¿Qué me cuentas de los chicos?

−De Antón no sé nada: ni si vive, ni si está aquí, ni si terminó la carrera. De Luis puedo decirte que dejó de estudiar porque falleció su padre y él se hizo cargo de la tienda familiar. A partir de ahí le perdí la pista. Creo que se casó, pero no recuerdo quién me lo contó, no me hagas mucho caso en eso.

−¿Y qué hay de ti? –preguntó Mario−. Te veo estupenda. ¿Has hecho un trato con el Diablo? –preguntó galante.

−¡Qué más quisiera! –contestó ella halagada−. No, no hay secretos. Vivo muy tranquila. Terminé la carrera y me fui fuera un par de años. Bueno: ¡Iban ser un par de años! Pero ya sabes… La juventud. Conocí a un hombre algo mayor y me enamoré de él como una tonta. Nos casamos y…−su cara se oscureció−. Lo perdí el año pasado. Habíamos puesto juntos una Asesoría: ahora la llevo yo.

−Lo lamento mucho –dijo Mario conmovido. Durante unos instantes se sintió más culpable aún de tomar el pelo a Lucía. Ahora sabía que ella era muy vulnerable y no quería hacerle daño, pero no podía volverse atrás. Deseó que el tren recobrara la electricidad pronto para salir del embrollo−. ¿Qué tal lo llevas?

−¡Oh, no te preocupes! Estoy bien. A veces los recuerdos me hacen alguna jugada, pero yo suelo decir que los recuerdos son para soñar, no para vivir. No quiero sentirme especial, eso únicamente aumentaría la pena y los remordimientos.

Los ojos de Lucía habían comenzado a brillar. Mario sacó un pañuelo y se lo ofreció con delicadeza. Su esposa había fallecido también un par de años antes, pero para entonces ya estaban separados. Nunca supo medir bien las necesidades de su mujer durante el matrimonio: no supo leer las señales. Día a día iba perdiendo encanto ante sus ojos hasta que llegó un momento en que no quedó nada en él a lo que ella pudiera querer. Su vida era una vela encendida por los dos lados. Ardía veloz sin percatarse de que lo que realmente se consumía era él. Cuando ella le dijo un día que había tocado fondo él se derrumbó. Fue como si un corredor se encontrara de pronto con un cristal invisible en su camino. Se deshizo en mil partes irreconciliables que se desperdigaron en un espacio infinito. Tuvo que volver a construir una nueva soledad:una propia. No había sido capaz de querer a nadie desde entonces. Cuando recibió la noticia de su muerte no se sintió libre. Se volvió densamente pesado, inercial. Se movió mucho tiempo como un cadáver incorrupto viéndose a sí mismo como un homenaje al sufrimiento, como una piedra de río que es incapaz de rodar.

−De verdad que lo siento –repitió−. No te voy a incomodar soltando tópicos sobre la vida y la muerte. Tienes razón. Los recuerdos son para soñar: no para vivir.

−¡Vaya! –dijo ella de repente− Me acabas de recordar a Mario… Él hubiera dicho algo así.

Antes de que en Mario saltaran todas las alarmas, sonó en el vagón una especie de golpe seco y todas las luces se apagaron a la vez. Hubo un momento de total oscuridad mientras la iluminación de emergencia comenzaba a bañar de un color amarillento el interior del coche. se escucharon algunos gritos de angustia mientras por megafonía la misma voz desganada de antes explicaba que era un paso normal y que nadie perdiera los nervios. La mano de ella buscó en los instantes de oscuridad un asidero y lo encontró en la mano de Mario. durante una corta eternidad sus cuerpos buscaron abrigo uno en otro y sus alientos se confundieron.

−Tranquila, no pasa nada –explicó−. Tienen que desconectar la red dañada para sustituirla por la nueva –ella intentó retirar su mano pero él la retuvo suavemente, aunque con firmeza−. Créeme: soy ingeniero −dijo en un susurro.

−¡Pero si hiciste el bachiller por letras! −recordó ella.

−¡Estaba bromeando! –dijo Mario agradecido de que la oscuridad cubriera su rubor−. Intentaba tranquilizarte un poco –añadió, llamándose idiota por el desliz−. Hablando de ingenieros. ¿No sabes nada de Mario?

−Lo cierto es que no. No he sabido de él como no he sabido de ti. Os perdí de vista y si no hubiera sido por esta avería en el tren no sabría nada de ninguno de los dos: hasta en eso os parecéis.

−La verdad es que siempre nos confundían, pero no nos parecíamos tanto, creo yo. Supongo que el hecho de estar siempre juntos acentuaba la confusión.

−En realidad siempre pensé que Mario era un idiota –dijo ella de sopetón−. Siempre sabiéndolo todo y corrigiendo a los demás. Creo que carecía totalmente de empatía.

Mario soltó su mano de inmediato. el viento gélido de las palabras que ella acababa de pronunciar había derrumbado hasta los cimientos su frágil castillo de naipes.

−Hombre…Lucía…−tartamudeó−. Me parece una afirmación un poco dura. Tal vez Mario no fuera muy sociable, pero tampoco un insensible…

−¡Siempre con sus agendas! con sus puntualidades, con su orden inalterable –continuó ella hablando−. Nunca dejaba lugar a la diversión completa, a la improvisación… Incluso tú, que eras su mejor amigo decías que muchas veces no le soportabas. Recuerda que tú le bautizaste «El Tieso». ¡Tú le pusiste el mote! Si te soy sincera no es precisamente a quien más he echado de menos y eso que por aquel entonces, pese a todo, me gustaba muchísimo, pero él nada más tenía ojos para Sofía y está a su vez no le hacía ni caso porque sólo miraba a Oscar.

−¡Caramba! ¡Qué revelación! – dijo sorprendido.

−Siempre he elegido mal a los hombres, y por entonces me fijaba en los más raritos. Me gustaba de él lo culto que era, pero siempre que tenía oportunidad, te lo restregaba por la cara. Si no le dabas la razón era inflexible contigo hasta que terminabas cediendo. Siempre hablando de sus cosas, de sus intereses, de tanto como él sabía… ¿Recuerdas cómo a veces le dábamos esquinazo para no verle? –dejó escapar una risa cómplice− Yo creo que nunca se enteró de lo mal que nos caía a veces…

−De eso estoy seguro… Nunca lo supo.

En ese instante las luces se encendieron y el tren se puso en marcha. Lucía continuaba hablando pero él ya no la escuchaba. Su voz era un eco lejano. Aquella etapa que Mario siempre consideró la mejor de su vida no había existido. Fue actor involuntario de una farsa, de una obra de carpintería social en la que sólo le habían soportado por caridad. Siempre había sido un vacío en la vida de sus amigos. Perder esa mañana el tiempo eligiendo una camisa, llegar tarde a la estación, tomar un tren que no era el habitual, una avería inoportuna… Todo conducía a una revelación dolorosa y precisa. Nadie le había querido nunca.

−¡Bueno! –dijo ella−, estoy llegando a mi estación. Si me das un número de teléfono podemos quedar algún día a tomar un café.

−Imposible, Lucía. Trabajo en el extranjero. Sólo he venido a renovar la documentación –mintió con descaro– Yo te buscaré en la asesoría cuando vuelva de vez en cuando − tendió la mano de nuevo−. ¡Ha sido un placer!

−Lo he pasado muy bien −dijo ella−. Confío en que no tenga que esperar otros veinticinco años para verte de nuevo. ¡Adiós, Adrián!

Abandonó el coche y con un taconeo rápido enfiló las escaleras mecánicas.

Él se bajó del metro en la siguiente estación. Mientras el tren la abandonaba, las luces de  las ventanillas encendieron claroscuros sobre su cara. Él se sentía más o menos igual. Como si viviera dos vidas simultáneas en las que una era su propia percepción y la otra su oscura realidad. El Mario que entró esa mañana en el tren nunca sería igual que la persona que acababa de abandonarlo. Una parte de su vida se había arrojado a la vía. Comprendió mejor que nunca por qué su esposa le abandonó. supo por qué nunca tuvo amigos de verdad: Por fin entendió por qué siempre estaba solo.

Cuando por fin salió a la luz de la ciudad era un Mario nuevo. No era ni mejor ni peor, tan sólo había dejado de pensar en sí mismo como parte de los recuerdos de otros. Miró su reloj: llegaba tarde.

−¡Qué demonios! –pensó mientras  soltaba su perfecto nudo de corbata−. ¡Aún tengo tiempo de tomar un café!

Written by aitztv

7 julio, 2016 at 15:36

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El ciudadano.

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Muchas veces nos preguntamos cuánto metal es necesario para convertir a un hombre en una máquina, pero quizá la pregunta esté mal planteada, y sea necesario invertirla y pensar en cuánto tejido humano es necesario para que una máquina pueda ser considerada un ser vivo.


hombremaqu

Rodrigo García Fernández

−¡Inaceptable! ¡No toleraremos eso!

La voz de Magnus Kubota atronó la sala de reuniones.

−Si insisten por esa vía tendremos que tomar medidas… ¡Y serán drásticas, se lo aseguro!

El Gobernador Cherkas miró al techo por enésima vez ese día. De haber tenido a mano algo lo bastante contundente, habría desperdigado los sesos de aquel idiota por toda la colonia. ¿Cómo había llegado a ese punto? Obligó a su atención a relegar las protestas del delegado a segundo plano y repasó los últimos acontecimientos. Tal vez encontrara una solución…

 

Unas semanas antes, Fawaz Cherkas estaba feliz. Le quedaban sólo dos meses para abandonar la estación minera Komatsu, y estaba encantado por ello. No es que no estuviera a gusto: es que la odiaba. Había llegado a aquel punto perdido en mitad de ningún sitio tras cuatro años de viaje, con el primer convoy combinado de los gobiernos de la Tierra, Marte y la Luna, en lo que iba a ser la mayor aventura comercial emprendida desde que el ser humano comprendió que una vez colonizado el planeta rojo, poco más había en el sistema solar que invitara a nuevos asentamientos. Además de un puesto minero avanzado, la estación era una puerta abierta al espacio transcolonial, o al menos eso decían, porque en los seis años que el Honorable Gobernador Cherkas llevaba allí nadie había intentado ir mucho más allá. Pero todo eso estaba a punto de terminar. En un par de meses su sucesor se haría cargo de la estación y él volvería a su casa, a desquitarse de tanto alimento enlatado y suplementos de vitaminas. Estaba saboreando en sueños una enorme rodaja de atún marinado sobre el carbón de su barbacoa en la Tierra, cuando sonó el intercomunicador. La voz de Tormod Roos, su secretario, sonó con su característico timbre nasal. No era culpa del aparato: Roos hablaba realmente así por causa de una sinusitis crónica causada por el aire seco de la estación.

−¿Qué ocurre? preguntó fastidiado.

−Creo que debe venir a la Torre, gobernador −la voz del secretario pretendiendo ser dramática era en realidad ridícula, en especial cuando sorbía los mocos−. Tenemos un problema.

Apenas diez minutos más tarde, el Honorable Gobernador Cherkas estaba en comunicación directo con Daedalos Munro, capitán de la nave chatarrera Bystryy. El capitán Munro se negaba a hablar con nadie, y sólo había aceptado negociar con Cherkas tras casi una hora de discusión con el jefe de seguridad de la Torre. Su voz sonaba por toda la sala de control:

−¡la pieza es mía! −rezongaba el chatarrero a través de la radio−. ¡La he perseguido durante días, una fortuna en combustible!…

−¿Se puede saber que le pasa? −preguntó el gobernador con cara de no entender nada.

¡No la entregaré! …¡ya tiene mi marca!…

−¡Cierren ese audio! −la paciencia de Cherkas había llegado y superado su límite−. ¡Y que alguien me explique qué pasa y por qué me han hecho venir!

−El capitán Munro ha pasado casi cuatro meses en el espacio transcolonial, gobernador −era su secretario quien hablaba−. No hay mucho movimiento en la zona desde que se instalaron las gabarras auto-pilotadas, y le recolección de chatarra ha bajado mucho: de hecho llevan ya un tiempo pidiendo que se rebajen las concesiones de diez a seis y…

−Vaya al grano, secretario.

−Sí: pido disculpas −carraspeó Roos−. Pues bien: el capitán encontró una pieza interesante, la marcó y uno de los nuevos RAP, remolcador auto-pilotado, ha salido a su encuentro. Se suponía que tenía que llevar la pieza a la base Bedford, para su desguace… y aquí está el problema.

−El problema lo va a tener usted si no se explica de una vez…

−El RAP se niega a remolcar la pieza, gobernador −dijo el secretario.

−¿Cómo? ¿No hemos quedado que no tiene piloto? ¿Quién está más cerca del pecio?

−El teniente Taverna ha salido está mañana con un viper modificado. Hemos eliminado el armamento para darle un pequeño nicho de estasis y poder aumentar la velocidad en un diez por ciento, así que llegará a la pieza en un par de días. El RAP ha notificado que el pecio ha atracado en la dársena de carga y que tienen el control, pero sigue negando el remolque.

−¿Hay algún antecedente sobre casos similares? −preguntó Cherkas.

−Sólo en simulaciones: Los RAP pueden ser servo-asistidos desde la colonia, pero como es obvio no se hace −sorbió los mocos de nuevo−, Al parecer ningún equipo auto-pilotado puede remolcar piezas en cuyo interior haya seres humanos.

−¿Entonces? −reaccionó el gobernador con renovado interés−. ¿La pieza está tripulada? Eso la descalificaría como chatarra, supongo.

−Por eso protesta el capitán Munro. Insiste es que es un fallo de lectura del RAP y que sólo se trata de chatarra…

−¿Lo es?

−Los auto diagnósticos de la unidad coinciden con los que hemos ordenado de forma remota: nada falla en el remolque. El sistema insiste en que hay control inteligente a bordo, orgánico, pero ni el tradar ni el lector de bioseñales detectan una simple rata. Además hay otro problema…

−Dispare, Tormod: llevo un día de perros −ironizó Cherkas.

−La pieza… el diseño y la tecnología… En fin… −tragó saliva el secretario−. Ese pecio parece tener unos siete mil años.

El Honorable Gobernador Cherkas miró a su secretario, quien se limitó a desviar la mirada y sorber los mocos con tanta fuerza que escapó un sonido como de trompetilla.

¡Meec!

−Espero que sea una broma…

−Lo siento, gobernador… ¡meec!… Lo estamos comprobando por cuarta vez, pero ¡meec!, no hay error posible, ¡meec,meec!...

Ya en su despacho, el gobernador introdujo una serie de claves en su consola. El procedimiento que había invocado eliminaba todo salto en la comunicación a través de repetidores y conectaba su terminal con un servidor oficial googlespace que orbitaba en el cinturón de Clark. El sistema se tomó su tiempo antes de confirmarle que la conexión era segura. Un menú se desplegó ante sus ojos y le preguntó sobre la búsqueda. Introdujo una sola palabra:

«Niflheim»

Tuvo que facilitar una nueva contraseña y un escáner de retina. Sabía que su entrada habría hecho saltar las alarmas en varios departamentos en la Tierra. No importaba: contaba con ello y se alegraba de hacer bailar la silla de algún burócrata.          Un nuevo menú le ofreció diferentes apartados de consulta. Eligió «naves auxiliares» y mientras se cargaba la información contempló la fotografía que habían obtenido de las cámaras de aproximación del RAP. Tuviera los años que tuviera, aquella nave había sufrido lo suyo. Los paneles exteriores estaban numerados, aunque en la mayoría de ellos los numerosos impactos de meteoritos habían actuado como granalla y estaban borrados. Sin embargo, el panel número cuatro conservaba aún parte de la pintura original, aunque faltaba más de la mitad de la tapa de metal, al parecer fruto de una explosión interna. También se adivinaban toberas y pequeños motores de hidrazina para maniobras de atraque. En varios lugares se apreciaban las marcas de plasma hechas por el capitán Munro: se había querido asegurar de que nadie le quitara la presa.

La Niflheim tenía una flota completa de naves auxiliares, repartidas entre unidades de reparación, interceptores militares, cargueros pesados y ligeros… Se hacía muy difícil entender cómo la humanidad se había embarcado en aquella aventura: cinco kilómetros de diámetro mayor. Una nave/estado de aspecto ovalado, algo chata en los extremos. Un monstruo de metal lleno de seres humanos, miles de ellos, dispuestos a encontrar nuevos mundos. No se trataba de hallar futuras residencias para la humanidad, sino de extender reservorios de la misma a lo largo, ancho, alto, y cuantas dimensiones existieran, de la misma. Cherkas entro en el apartado de «vehículos de emergencia» y dentro de este «cápsulas de escape». Los ingenieros habían dispuesto diferentes modelos adecuados a la evacuación de cada sección. El puente de mando podía ser eyectado completo ya que fue diseñado para poder operar de forma autónoma. En las áreas habitables se instalaron cápsulas automáticas con capacidad hasta de cincuenta personas. El gobernador creía estar mirando una tecnología alienígena, muy alejada de los planteamientos tecnológicos que mantenían en su sitio a la Colonia Komatsu  por ejemplo, pero válidos, como eran validas la pinturas rupestres frente a  la obra de artistas digitales milenios después.

El gobernador pasaba las páginas distraído hasta que lo vio:

«E.A.M.M.E.S.

«Módulo automático de evacuación con soporte médico de emergencia» también conocido como Spasatel’ (salvavidas) por los ingenieros de los reactores nucleares de la Niflheim.

Capacidad: Dos personas.

Propulsión y fuente de energía: Mini reactor de fusión Fermi-Standford.

APU: Baterías estándar.

Control auxiliar de Maniobras: Seis pentatoberas de hidrazina.

Sistema operativo: I.A. Nivel 1, más I.A. Nivel 2 en auto-cirujano.

Sistema médico de emergencia: Auto-cirujano Siemens-Mitsubichi. Auto-diagnóstico basado en la Enciclopedia Médica Universal (Edit. Mc.Grow-Hill-Normapress, 2 584)»

 

No era idéntico al pecio que tan mal humor estaba causando a Munro, estaba claro que había sufrido varias modificaciones con toda probabilidad para hacerlo más eficiente, pero era inconfundible. Según el despacho original, la Niflheim llevaba unos doscientos cincuenta módulos de aquel modelo. La corazonada del gobernador era correcta. Llevó la mano al intercom. Le respondió la voz nasal de Roos.

− ¿Cuando establecerá contacto por radio el teniente Taverna? −le preguntó.

−Está ya desacelerando… Supongo que en unas ocho horas lo sacaremos de estasis −respondió el secretario−. ¿Quiere que le avise cuando esté disponible?

−Por favor: sea a la hora que sea.

Le tomó la palabra: a las seis de la mañana, hora estándar, el comunicador instalado en la cabecera de la cama sonó sacando a Cherkas de sus escasas horas de sueño. Taverna estaba en línea y Roos preguntaba si quería que le pasara la comunicación a su cabina. Denegó la conexión. Se lavó la cara para despejarse y se puso un mono: no tenía tiempo ni ganas de vestirse de modo formal. A los veinte minutos estaba de nuevo en la Torre, saludando al joven teniente Zosimus Taverna.

−Aún no he intentado comunicarme con el piloto del Spasatel −dijo Taverna tras los preceptivos saludos iniciales−. He pensado que… que si viene de tan lejos como parece no soy la persona adecuada para darle la bienvenida…

−Buen criterio −dijo Cherkas tras aguardar al pitido del auto-over−. Usted llegará lejos −alabó−. ¡Lippencott! −se dirigió ahora a un joven alférez al cargo de las comunicaciones de la torre de control−. ¿Podemos establecer contacto con el Spasatel utilizando el viper de Taverna como repetidor?

−Sin problemas, gobernador. Tendremos…eeeh… un segundo y tres décimas de retraso: apenas apreciable…

−Hágalo ahora. Utilice un saludo estándar.

El joven suboficial había trabajado durante horas, para ajustar los nuevos formatos de comunicaciones a los criterios de hacía casi siete mil años. Todo el equipo de la Torre había pasado las horas previas reunido hasta establecer los protocolos actualizados a lo que la Spasatel podría comprender. Se habían suprimido todos los permisos y se había apremiado a los servicios médicos sobre previsible la llegada de organismos de setenta siglos de antigüedad.

Pasaron unos segundos. Lippencott invitó al gobernador a iniciar la conversación.

−Módulo E.A.M.M.E.S. procedente de la nave estelar Niflheim… Le habla el gobernador Fawaz Cherkas, el mando de la estación minera Komatsu… ¿Me recibe?

Al instante una voz masculina y potente llenó la sala de control de la Torre.

−Saludos, gobernador Cherkas. Es un placer poder hablar con otros seres humanos después de tanto tiempo. Le habla el ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, al mando del módulo Spasatel número 112.

El secretario Roos tecleaba con ferocidad en una terminal buscando una identificación positiva del piloto mientras el gobernador le apremiaba con la mirada. Por fin levantó el pulgar dando su conformidad.

−Hemos establecido que un ingeniero llamado Iván Virgil Lewitt viajaba en la Niflheim en el momento de abandonar el sistema solar. El protocolo exige que intercambiemos un fichero encriptado para que ambas partes estemos seguras de que somos quien decimos ser. ¿Está preparado?

−Les envío mi fichero y quedo a la espera del suyo.

−Mientras se produce el intercambio, tengo que hacerle una pregunta, ingeniero Lewitt: ¿es usted consciente de la duración de su viaje y de la fecha actual? −Cherkas miró al altavoz de respuesta con aprensión.

−Según mis cálculos −sonó la voz de Lewitt−. Dentro de un año, siete meses, diez días y unas cuantas horas, cumpliré los siete mil doscientos años de viaje. ¿Es correcto?

−Identificación positiva del Ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, gobernador −interrumpió Lippencott.

−Bienvenido a casa, hijo −dijo Cherkas ignorando al alférez −. No espere que le paguemos los atrasos…

 

Varios días después de aquel contacto con la Spasatel el despacho del gobernador era una locura. Periodistas de los tres mundos solares habían recibido la filtración de la noticia y todos querían la exclusiva. Varias universidades buscaban a su vez ser las primeras en visitar el módulo, un par de escritores pretendían ser los biógrafos oficiales de Lewitt, e incluso varias integrantes de un club de solteras preguntaron si aún estaba disponible. Cherkas desviaba todo eso a los comunicados oficiales mientras en la estación Komatsu todo el mundo se dirigía a la dársena de cortesía para ver la histórica llegada y atraque del módulo de escape. El gobernador estaba enfadado. Nadie se había preocupado del ingeniero que pilotaba aquella nave. ¿Quién era Iván Virgil Lewitt? ¿Por qué abandono la nave nodriza? ¿Fue expulsado? Tal vez era culpable de crímenes inconfesables y el gobierno de la nave/estado Niflheim lo condenó a vagar por el espacio hasta la muerte… En cualquier caso, todo aquello habría ocurrido hacía más de siete mil años. ¿Estaría redimida la pena? ¿Habría prescrito el delito? ¡Bonito problema para los doctores en derecho!

Una luz se iluminó en su intercom.

−¿Gobernador? −era la voz del alférez Lippencott−. Spasatel pide comunicación con usted.

−Adelante −respondió escueto, mientras miraba su reloj de pulsera: eran las seis y media de la mañana.

−Buenos días gobernador Cherkas −la voz de Lewitt llenó la estancia con su tono grave−. Confío en que no sea demasiado temprano…

−Tranquilo, hijo: siempre estoy para usted. ¿Todo bien?

−Nada que reseñar, gobernador, pero creo que tenemos que hablar sobre algunas cosas antes de que atraque.

−Por supuesto, ingeniero. Entiendo su inquietud. No todos los días se regresa de un viaje de siete mil años…Permítame que pida un café antes de continuar −dijo levantándose de la mesa y asomándose a la puerta−. ¿De qué se trata? −preguntó tras pedir la infusión a Roos con una seña−. No tenemos una banda de música, salvo al pesado de Kubota con su violín: le aseguro que si le recibe él, le entrarán ganas de volver al espacio unos cuantos siglos más. Su interpretación de Yervinyan es lo más parecido a torturar un gato que he escuchado jamás…

−Bien… −la pausada voz de Lewitt pareció dudar por primera vez−: de eso quería hablarle. No abandonaré la Spasatel, gobernador.

El secretario Roos entró en el despacho y depositó en una mesita auxiliar una cafetera junto a un sobre de azúcar y otro de leche en polvo.

−Explíquese −pidió Cherkas una vez abandonó la estancia−. ¿Qué teme? ¿No se fía de nosotros?

−No se trata de eso, gobernador: no he dicho que no quiera abandonar la nave. He dicho que no puedo hacerlo.

−¿Por qué?

−Porque… Yo, Iván Virgil Lewitt, soy la nave.

Aquella confesión podría haber derrumbado a un hombre que no fuera Fawaz Cherkas, sin embargo estaba preparado para ello: de hecho, lo había sospechado al revisar las bitácoras de la Niflheim que se habían remitido a la tierra durante casi ochocientos años, antes de que la enorme distancia y la pérdida de interés sumiera en la bruma de la leyenda aquel proyecto. Los experimentos de estasis prolongada habían fracasado, si no, la propia Niflheim hubiera carecido de sentido. Nadie podía sobrevivir siete mil años encerrado en una lata.

−Así pues, hijo −no podía dejar de ver a Lewitt como una persona−, usted es en realidad la Inteligencia artificial del E.A.M.M.E.S. −dijo algo desilusionado.

−No, gobernador. Yo soy Iván Virgil Lewitt, ya se lo he dicho, y no soy una inteligencia artificial. Si se tratara de eso no habría problema alguno, pero soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir.

Cherkas sintió una profunda compasión por aquel hombre. Cierto que había alcanzado un cierto estado de eternidad, pero ¿para qué? ¿De qué sirve vivir eones si tus días están vacíos? Lewitt siguió hablando.

−Tuvimos problemas en la Niflheim. No es posible encerrar a miles de hombres y mujeres y confiar en que mantengan la disciplina durante siglos. Con razón o sin ella surgen divergencias, voces discrepantes e incluso religiones, aun cuando el espacio vacío sólo evidencia que no hay nada ahí afuera en qué creer.

»Yo estaba al cargo del reactor de fusión del Sector dos, una zona de dormitorios, hidroponía y granja. Antes de que se llame a error, «granja» era cómo llamábamos a los enormes reservorios de embriones, preparados para ir habitando los mundos que esperábamos encontrar en nuestro viaje. Así pues, la Granja 2 se alimentaba del reactor que yo atendía. Nos encontramos una nube de materia desconocida, algo similar a la arena, que se comió el veinte por ciento de la integridad estructural de la nave, pero eso no fue lo peor. Lo grave fue el desencanto de no ver las estrellas durante los noventa años que tardamos en atravesar aquello. Dos generaciones nacieron y murieron sin poder abrir una portilla y mirar al exterior. La desidia se hizo dueña de todos y cada uno de nosotros. Mi reactor comenzó a fallar, una avería simple en el circuito de refrigeración, pero el ingeniero a quien le pedí que reparara el problema, simplemente lo ignoró. Se quedó durmiendo en su cabina mientras las alarmas advertían de una evacuación inmediata. Quise arrojar el núcleo al espacio, pero el cierre automático de las esclusas me impidió llegar, En lugar de ello me dirigieron a la Spasatel más cercana. Llegué por los pelos. Cuando salí expulsado ya había absorbido una cantidad mortal de radiación. La cápsula del módulo E.A.M.M.E.S. me introdujo en el auto cirujano cuando ya había perdido el conocimiento. −Lewitt hizo una pausa−. Quiero hacer un alto en la narración, gobernador. Es importante aclarar una cosa.

−Adelante, hijo: tómese el tiempo que necesite.

−Quiero que quede claro que no culpo a la I.A. por lo que hizo. Aunque siete mil años vacíos pueden parecer una condena, me salvó la vida. Esa era su misión, y estoy agradecido por ello.

−Así lo haré constar cuando se me consulte: pierda cuidado −concedió el gobernador.

−Se lo agradezco, gobernador Cherkas. A partir de ahora, mis recuerdos son difusos. No sé si me pertenecen o si los he compartido tantos años con la I.A. de la nave que lo he asumido como propios, sin embargo, tengo una razonable convicción de que lo que voy a contarle es la realidad.

»Las quemaduras por radiación eran considerables, especialmente en manos y piernas. El auto-cirujano tenía que tomar medidas drásticas. Tuvo que decidir por mí, y lo hizo. Amputó las extremidades enfermas que no hacían más que drenar mis escasas energías. Tampoco podía disponer de piel para injertar, no había zonas donantes viables en mi cuerpo. Intentó recuperar cuantos fluidos vitales pudo para rehidratarme, pero mis órganos internos estaban afectados e iban fracasando poco a poco. No puedo imaginarme qué hubiera visto alguien que abriera el tanque medico en ese momento. Supongo que yo era una masa de carne viva que nadie compararía con un ser humano.

−¿Por qué no regresó a la nave nodriza?

−Se había desatado el caos. La humanidad sigue temiendo, al menos seguía entonces, los accidentes nucleares, y teníamos uno muy grave. El auto piloto de la Spasatel pidió autorización para atracar en varios sectores, pero las defensas automáticas detectaban la contaminación y nos rechazaban cada vez con más contundencia. En el último intento fuimos repelidos y el mar de arena nos tragó. El piloto automático navegó entonces a favor de la corriente para minimizar los daños por desgaste en el casco, pero eso nos alejó aún más de la Niflheim que avanzaba a la contra. Las balizas sub-onda eran fagocitadas por la nube, créame: nada podría sobrevivir ahí fuera.

−¿Que ocurrió entonces? −preguntó el gobernador mientras se servía una segunda taza de café.

−Algo maravilloso…: Las dos I.A. del módulo hablaron entre ellas: se pusieron de acuerdo.

»Decidieron sacrificar la base de datos estelares y buena parte del control de navegación para darme una oportunidad. El auto-piloto fijó un rumbo hacia el sistema solar y cedió el resto de su capacidad al auto-cirujano. Él me dotó de ojos, de manos, de oídos… Me dio un nuevo cuerpo, uno único, que nadie había disfrutado hasta entonces. En pocas palabras, me fundí con la nave.

−¡Espere, espere! ¿Quiere decir que hay partes de usted vivas, y que la nave…toda la nave… es una enorme prótesis?

−Lo ha explicado perfectamente, gobernador. Ya se lo había dicho. Soy Iván Virgil Lewitt y sí: soy una nave espacial.

El Honorable Gobernador Fawaz Cherkas depositó con cuidado la taza de nuevo en su plato. Ni había probado el segundo café. Pensó en la cara que pondría Magnus Kubota cuando se enterara de aquello. Habían acordado en una reunión de emergencia dar el estatus de ciudadano a Lewitt en cuanto atracara en la estación. Conocía a Kubota, ultranacionalista-fanático-religioso que no daría más importancia a Lewit que a su tostadora de pan. Para él, la Spasatel no tendía más relevancia que pasar a ser la mascota oficial de la colonia, una atracción circense, como antaño los delfines visitaban los puertos y la gente les ponía nombre.

−Tengo que preguntarle algo, hijo −se odiaba por violar la intimidad de aquel… lo que fuera, pero no le quedaba más remedio.

−Pregunte lo que sea, gobernador −respondió la voz−, aunque creo que sé qué quiere saber. Necesita que le diga cuánto queda de mí, quiero decir de mi ser orgánico, en la nave ¿correcto?

−Lo siento, hijo…

−No se preocupe. El módulo carecía de herramientas para fabricar prótesis reales. No podía dotarme de brazos robóticos, o de ojos artificiales. En pocas palabras, no podía darme una apariencia más o menos humana.

»Lo hablamos. Me consultó qué quería hacer, y me ofreció su propio sistema sensorial. Acepte. Sin embargo, mantener con vida ese montón de masa orgánica era un gasto energético apasionante. ¿Se imagina? Producir oxígeno, mantener una temperatura viable, cosechar hidrocarburos…  Un día consulté a la I.A. cuánto de mí sería necesario para seguir siendo yo. Se sorprendería lo poco que hace falta. Me costó convencer al programa médico que lo que pedía era coherente con el primun non nocere. Se trataba de salvar mi vida en las mejores condiciones. Hicieron falta meses y un par de crisis con el soporte vital para que me diera el visto bueno. Aun así, me puso condiciones. Creó un banco de tejido y congeló células madre suficientes para reparar y reconstruir todo mi cuerpo en el futuro, cuando las condiciones lo permitieran.

−No está respondiendo a mi pregunta, Iván…

−Prefiero Virgil, gobernador −respondió la voz−: Iván sólo lo usaba mi padre cuando estaba enfadado conmigo. Sí: tiene razón, estoy divagando. No es una cantidad exacta, pero una buena aproximación es… medio centímetro cúbico.

 

Y allí estaban ahora, escuchando los gritos de un Magnus Kubota a punto del derrame cerebral, defendiendo a capa y espada que Spasatel era una máquina pura y dura a la que no asistía ningún derecho. Otros delegados se mostraron más flexibles, e incluso llegaron a mostrar cierto grado de empatía con Lewitt, sin embargo Kubota era inflexible, y su influencia en el consejo podía eclipsar el buen juicio del gobernador Cherkas.

−¡Unos gramos de masa cerebral no son una persona! −gritaba lanzando salivazos−, ¡Este consejo no puede permitirse el lujo de sentar precedentes de ese tipo! ¿Qué diferencia hay entre diez gramos y uno? ¿Y cuánta entre uno y ninguno? ¡Somos una colonia espacial! Dependemos de las máquinas, y si aceptamos los derechos de una tendremos que aceptar los derechos de todas.

−¿Ha hablado con Virgil, delegado Kubota? −preguntó el gobernador en un ejercicio de serenidad.

−¡Por supuesto! Y le he expresado que no se trata de nada personal y…

−¿Por qué? −interrumpió Cherkas−. ¿Por qué le ha dicho eso? ¿Le da explicaciones a su lavadora o a su máquina de afeitar?

−¡No intente confundirme, gobernador! ¡Sabe que tengo razón!

La tenía: al menos en lo de sentar precedentes, pero no conseguía entender que se trataba de una circunstancia singular, irrepetible con toda probabilidad.

La delegada Naenie Stratos, una de las pocas mujeres del equipo de gobierno. golpeó su taza de té con una cucharilla.

−Permítame enseñarle algo, Magnus −era el único miembro del consejo que llamaba a Kubota y al resto de los presentes por su nombre−. Este −puso algo sobre la mesa−, es el espejo de mi abuela. Me lo dio cuando cumplí once años, exactamente el día que… ¡bueno!… cosas de viejas.

»Verá, Magnus. Yo siempre he sido muy torpe, así que no tardé en dejarlo caer, con tan mala suerte que se rompió el cristal. No quería que mi abuela se disgustara, así que gasté mis pocos ahorros en poner un espejo nuevo. Quedó perfecto. Mi abuela nunca supo que lo había cambiado. Muchos años después −continuó la delegada Stratos− rompí el mango. Por fortuna ya era una mujer adulta y bien situada, porque es de marfil, ¿saben? Me costó una pequeña fortuna encontrar un importador de marfil fósil y un artesano que reprodujera con fidelidad la forma y detalle del original, pero mi abuela lo merecía.

−¿A dónde quiere ir a parar, delegada? −interrumpió Kubota sin disimular su enfado.

−A que no queda nada de lo que me dio mi abuela, sin embargo, este −señaló a la mesa− y no otro es y será siempre el espejo de mi abuela, el que ella me regaló.

Se hizo un silencio reflexivo en la sala del consejo. Durante unos minutos nadie dijo una palabra. La delegada Stratos había disparado a la diana, a los corazones, con precisión milimétrica. Por un instante pareció que Kubota iba a ceder, pero era un hombre de estado. Equivocado o no, estaba convencido que abrir la puerta a la ciudadanía de las máquinas era el peor error que podían cometer.

−Si me permiten −Cherkas tomó la palabra−, creo que estamos enfocando mal el asunto. El debate no está en si dotamos a las máquinas de derechos civiles, en eso yo mismo estaría de acuerdo con el delegado Kubota. Lo que tenemos que decidir es si Ivan Virgil Lewitt es «Virgil» o es «Spasatel»

−¿Recuerda usted qué le dijo, gobernador? −intervino la delegada de nuevo−. He repasado una y otra vez las grabaciones que nos ha suministrado:

«…soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir». ¿Son esas las palabras de una máquina? −concluyó Stratos.

Kubota iba a replicar cuando las luces se apagaron. Un momento después se conectaron las luces de emergencia mientras una alarma saltaba en toda la estación. Todos notaron una pequeña nausea, señal de que había problemas con la gravedad artificial. Los altavoces comenzaron a escupir recomendaciones y llamadas. El gobernador se dirigió a la Torre, mientras todo el personal era redirigido a las cápsulas de escape.

En la sala de control de la Torre las órdenes entraban y salían a velocidad de vértigo. Lippencott señaló una consola a Cherkas sin molestarse en saludar. Pidió que se pusiera toda la información en aquel puesto a disposición del gobernador. Cherkas sintió un ligero mareo, lo que indicaba que la estación estaba girando. No era una rotación importante, pero significaba que algo iba mal, muy mal.

−¡Alférez! −rugió a Lippencott−. ¡Quiero un resumen inmediatamente!

−Nos están entrando más datos ahora mismo, gobernador, pero tenemos un problema serio. La estación está ahora mismo en modo autónomo.

»Hace veinte minutos una auto-gabarra ha tenido un fallo instrumental, se ha separado del convoy y todas las que iban tras ella la han seguido, en total unas cincuenta auto-gabarras cargadas con doscientas toneladas de mineral cada una de ellas. Han impactado directamente con un asteroide metálico que estaba siendo transportado para ser procesado en la estación Benford.

−¿Bajas?

−Ninguna, gobernador: todas las acciones era automáticas y sin piloto.

−Estupendo −se relajó−. ¿Cuál es la situación ahora?

−El asteroide viene hacia nosotros −dijo Lippencott con tono fúnebre−. Estamos a veinte minutos del impacto.

−Evacuación inmediata −ordenó Cherkas sin pestañear−. ¿Qué opciones tenemos?

−Ninguna, gobernador. Nuestras defensas están basadas en la detección temprana. No podemos desviar ese objeto.

−¿Destruirlo?

−Tampoco. Haría falta una detonación nuclear: hace tiempo que abandonamos esa tecnología. No tenemos un reactor con el que improvisar una bomba… Somos mineros –dijo con pesar.

−Se equivoca: tenemos uno, pero no es nuestro −dijo el gobernador−. Póngame con la Spasatel, ahora.

En línea −contestó una voz anónima.

−Hijo… −el gobernador no sabía cómo empezar− Virgil… Necesitamos su ayuda.

−Estoy al corriente de todo, gobernador. ¿Qué puedo hacer?

−No es fácil, Virgil… Pero todo está en sus manos…

−¿Quiere que use mi reactor para destruir el asteroide?

−Hijo…

−Está bien −La respuesta de Lewitt fue contundente como un martillazo−. No hay problema gobernador. ¿Sabe?… tal vez he vivido siete mil años sólo para este momento.

−Virgil… −el gobernador no estaba seguro de que Lewitt estuviera teniendo en cuenta todo−. No hay tiempo para sacarle de ahí. Hemos perdido el tiempo discutiendo si usted es humano o no, y ninguno nos hemos preocupado por usted… Lo siento, hijo… Hemos sido unos egoístas…

−Creo que no podía haber encontrado a nadie mejor que usted en mi regreso, gobernador. Lamento que no vayamos a tener tiempo para mantener esas largas conversaciones con las que tanto he soñado… Comienzo a descargar datos en su sistema. Sería una pena que todo lo que he visto en siete milenios se perdiera…

−Muchas gracias, Virgil…

−No esté triste, gobernador. No pude salvar a todas aquellas personas en la Niflheim. Esto hará que me sienta útil.

La Spasatel desatracó sin pedir permiso. Era una especie de bailarina, nacida para vivir en el espacio sin las limitaciones de los seres humanos. No era un hombre en un traje espacial, sino una criatura gestada entre las galaxias, la única de su raza.

La puerta de la Torre se abrió y entraron varios delegados, con Kubota a la cabeza. Miró al gobernador y le pidió con un gesto permiso para hablar con el módulo. Cherkas se lo concedió.

−¿Nos escucha, muchacho? −preguntó Kubota con un nudo en la garganta.

−Alto y claro, delegado, pero deberían estar ustedes embarcando en un módulo de escape.

−Sólo es un instante, Hijo. Queremos que sepa que rezaremos por usted, al menos algunos de nosotros, y que nunca dejaremos que esto se olvide. Muchas gracias… Virgil −una lágrima se negó a caer de los ojos de Magnus Kubota−, Ciudadano Ivan Virgil Lewitt…

La Spasatel viró con elegancia hacía el objeto que iba creciendo en las pantallas de la estación…

−Muchas gracias a ustedes, delegados…

−¿Por qué, hijo? −pregunto la delegada Stratos.

−Gracias… por concederme un segundo de humanidad.

 

 

 

 

 

Written by aitztv

24 mayo, 2016 at 14:13

RENAISSANCE: EL NUEVO CICLO DE LOS MITOS

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JUAN MANUEL SANCHEZ  SANTA ANA, CAGAYAN VALLE, PHILIPPINES 15/03/2016 01:10

TAAL“El extraño brillo de las estrellas se asemeja de manera inquietante al perturbador titilar que creemos apreciar, fugaz, en medio de la noche. ¿Son ambos, acaso, la misma cosa?”

Antología a la que aporto mi relato “Taal”, en un intento de reflejar lo que me transmitió H.P. Lovecraft cuando lo leí por primera vez. Comparto este magnífico trabajo de la Editorial Pulpture, con los siguientes autores:
Beatriz Troitiño, Juan Manuel Sánchez-Villoldo, Dioni Arroyo Merino, Edgar-Max Mirigaya Salvador, Germinal García Ramírez, Federico Garrido Villar, Carlos Fernando Vega Esquivel, Javier Torras de Ugarte , Ana Nieto Morillo, Jorge R. del Río, Jorge P. López, Jaume Vicent, Josué Ramos, J. R. Plana, Juan F. Valdivia, Francesc Marí Company, Álvaro Aparicio, Ruymán Alonso, Isabel Galán, Charles Pouzols, Alejandro Morales Mariaca, Alberto Berjón , Ruben Fonsec, S. Barker, Ana López Gómez .

“Renaissance contiene 25 relatos, interpretaciones de los Mitos, algunas veces bastante libres, otras bastante centradas. Todas son historias muy buenas que os van a gustar y a sorprender, si te gusta Lovecraft tienes que leer este libro. Así de claro.”

(Jaume VIcent Bernat)

Lo podéis encontrar aquí:

http://boutiquedezothique.es/terror/116-renaissance-el-nuevo-ciclo-de-los-mitos.html

Y aquí:

https://www.goodreads.com/book/show/29471890-renaissance

 

Written by aitztv

14 marzo, 2016 at 18:28

Last Christmas

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calavera-para-navidadYo sólo tenía quince años, esa edad cuando uno termina de preguntar a todo “por qué” y comienza a sentirse invencible. Estaba convencido de que las cosas cambiarían por el mero hecho de que yo deseara ese cambio.

Sabía que algo no iba bien. Año tras año, cada siete de diciembre mis padres me llevaban a un restaurante junto a la playa. Recuerdo aquellas enormes bandejas de pescado con las que los tres celebrábamos su aniversario. Éste año tocaba el vigésimo, pero no hubo ni restaurante ni celebración.

“Ayúdame” me dijo mi padre aquel sábado por la mañana. Vamos a poner el árbol de Navidad. Supe al momento que era una excusa.

Me explicó qué estaba pasando, que mama y él ya no iban a vivir juntos nuca más y que se tendría que marchar tras el día de Año Nuevo. Me dijo que me quería, pero que mamá ya no le amaba como cuando se casaron, y que ya no quería vivir a su lado. Recuerdo que lloré. No sé muy bien por qué, ni por quién, pero las lágrimas acudieron a mis ojos sin haberlas llamado, como si tuvieran vida propia.

“Vamos a adornar el abeto del jardín: el año que viene tendrás que hacerlo tú solo”, me dijo.

Pasamos una buena mañana, pese a todo. El árbol quedó precioso, pero me fijé que mi padre había dejado una rama casi desnuda, sin adornos ni luces.

“Esa es mi rama. Quiero que la dejes desnuda cada año, así, cuando la vea de lejos sabré que te acuerdas de mí”

Volvía a llorar, pero él me dijo que el domingo colgaría algo muy especial de esa rama.

Me levanté al alba y salí tan rápido como pude y le vi. Allí estaba mi padre, columpiándose al extremo de una cuerda de aquella rama desnuda.

 

 

Written by aitztv

15 diciembre, 2015 at 1:32