Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

El secreto de los tulipanes (1)

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Como un juego dejo aquí parte de un relato. Tal vez quieras saber cómo sigue o tal vez no. Sólo quiero saber si te parece interesante. Con que digas que te gusta, o me dejes un comentario en ese sentido será suficiente.

El empleado de la floristería levanto la mirada hacia el hombre que acababa de dejar caer un grueso sobre color manila en el mostrador y encontró lo que sabía que iba a encontrar. Lanzó una mira de reojo al reloj que colgaba en la pared y al ver que faltaban apenas cinco minutos para cerrar se tragó un juramento.

– ¿Usted otra vez?
– Le dije que volvería hoy a última hora – contestó el hombre ignorando el todo del empleado-. Convinimos es que si usted no me solucionaba el envío hablaría con alguien que sepa como hacerlo.

Al dependiente no se le pasó por alto el “que sepa como hacerlo” que le acababan de lanzar como una flecha envenenada con curare, pero ya eran muchos años detrás del mostrador de una tienda y no movió un músculo de más para encajar la frase…Amigo –pensó-, endílgame tus mejores insultos ahora porque ahora, dentro de cinco minutos, voy a dejar de ver tu cara”

– No se preocupe el caballero. Le comenté al dueño sus requerimientos y enseguida le atenderá en persona.

– Me complace saberlo. Tendré que esperar, ¿no es así? Es lo que me iba a decir ahora –comentó recién llegado mientras buscaba dónde acomodarse- No se preocupe me sentaré aquí a esperar y no le molestaré mientras usted barre. Porque va a barrer ¿Verdad? Lo digo por la hora. Ya tenia que haber cerrado.

Esta vez el empleado si acusó el comentario; “barrer” no era la palabra que esperaba oír. “Recoger”, “ordenar”…sonaba bien, pero no le gustaba hacerse a la idea de que en veinticinco años de trabajo una de sus máximas responsabilidades era bailar con la escoba todas las tardes de lunes a viernes y los sábados a la mañana, eso sin contar Navidades, el día de los difuntos y alguna otra fiesta que cayera caprichosamente en domingo. “¡Qué te zurzan!, pensó. “Al menos yo duermo caliente todas las noches y no tengo que andar como… tú haciendo cosas raras para que las mujeres te hagan caso”. Comenzó a mover la escoba rítmicamente sin dejar de mirar al individuo que tenía sentado frente a el. Pretendía enviar una flor, sólo una al día, acompañada de un sobre y una tarjeta. Cuando unos días atrás entró en la tienda le había parecido un cliente interesante, de esos que vienen a dejarse una buena cantidad de billetes en un buen regalo de empresa a la esposa de algún directivo que ha dado a luz o una corona del diámetro de la rueda de un tractor con una filacteria con letras doradas…”los empleados de la empresa municipal de aguas residuales a su querido director” Al día siguiente del funeral ya estarían afilando los sables para ver quien se quedaba con el puesto…o con la viuda… si es que alguno de esos meritorios a incompetente no le calentaba la cama al difunto durante sus viajes de empresa. Le envió otra mirada al recordar como le había preguntado si tenía tulipanes…

– Lo siento muchísimo señor. En esta época del año no trabajamos esa flor. Trabajamos con invernaderos propios ¿sabe? Los que haya podido ver en otros comercios son importados de Holanda y también cultivados. Nosotros preferimos el producto que podemos controlar desde el principio hasta el fin –dijo con un reflejo de orgullo-.
– Qué contratiempo. No se me ocurrió pensar en eso – dijo mientras se rascaba pensativo la nuca-. Claro que yo nunca he sido un experto en flores pero… -esta vez se paso un dedo por la frente, como si estuviera recorriendo una arruga invisible-…Qué contratiempo.
– Oiga. Igual le puedo ayudar. Dígame ¿Quería enviar tulipanes rojo o amarillos?
-… ¿Qué…?
– Que si quería enviar tulipanes rojos o amarillos, porque no significan lo mismo ¿Sabe? Verá – continuó su explicación -, flores se pueden regalar muchas, quiero decir de muchos tipos: Una ortiga representa la crueldad de quien la recibe y un trébol una advertencia de venganza. Veo por su expresión que no sabía nada de esto. Fíjese, las rosas significan distintas cosas si se envían capullos o flores abiertas.
– Pero… ¿Las rosas no son una muestra de amor?
– Eso es muy simple. Presiento que usted quiere decir algo con flores… ¿me equivoco?
– Todos lo hacemos cuando enviamos un ramo a alguien ¿No?
– Me refiero a que usted quiere decir algo…especial…Mire. No se envían tulipanes porque si. Tiene que haber una razón. No, espere. No me interrumpa. No trato de meterme es sus asuntos, sólo quiero decirle que, si quiere decir algo especial, hay otras flores para hacerlo. ¿Me comprende?
– No se preocupe, no pensaba decírselo de todos modos, pero ha picado mi curiosidad. Dígame amigo, ¿Qué significan los tulipanes amarillos?

Pensó que aquel tipo le acababa de caer bien. Se había fijado en sus manos disimuladamente y no llevaba ninguna alianza ni marca de haberla llevado jamás, así que decidió arriesgar un poco y probar a tirarle de la lengua. A él también le picaba la curiosidad “¡Qué demonios!…no va a ser más listo que yo”. Le distraería hablando de flores y plantas y caería como un mirlo en la confesión. No sería el primero en contarle que su mujer le había pillado con los calzoncillos puestos del revés a la vuelta de una supuesta reunión de negocios. Se imaginaba la escena cada vez que entraba un tipo con peticiones raras. “te juro cariño que no ha pasado nada, sólo hemos tomado una copa” y la esposa lo miraba con cara de decir “¿me tomas por estúpida? mientras le llenaba la maleta con lo indispensable para que se largue se casa lo antes posible o le señala con un dedo de rigidez pétrea el sofá en el que va a pasar muchas, muchas noches hasta que el abogado arregle los papeles necesarios para no volver a verle en el resto de sus días. Luego lo querían arreglar con flores. No es posible imaginar la cantidad de envíos que no se harían si los maridos supieran mantener la bragueta cerrada y el culo en el sofá de su casa en lugar de meterse en líos.

-Pues verá – comenzó con aire académico-, el amarillo en las flores no suele tener muy buena prensa. En general tiene que ver con el amor, pero no con…digamos…la parte buena del amor –hizo una pausa como buscando las palabras más adecuadas para estirar un poco la explicación-. Ya sabe, cuando una relación sale mal… no funciona…”ahora” – se dijo- “arriesga ahora”… espero que no sea ese el caso de usted con su prometida…

Dijo la palabra prometida de una forma casi líquida, arrastrando mucho la “i”, “prometiiiiida” hasta el punto que se dijo a si mismo que había sonado como el silbido de una serpiente. Al cliente le debió de parecer que sonaba igual de mal porque le clavó dos ojos azules duros como el acero mientras cerraba los puños sobre el mostrador.
– No tengo prometida, tío listo. Estoy casado. ¿Tiene algún problema con eso?
¡Bingo! Vas a cantar muchacho,,, Vas a contarme todo lo que te guardas y yo haré otra marca más en las cachas de mi revolver…ahhh Te daré más sedal, para que pelees un poco…
Fingió confusión
– Disculpe el señor… ya le he dicho que yo… yo no quería…verá le pretendía explicar…
– ¡CÁLLESE!
Una nube de silencio cayó del techo de la tienda como una manta. Uno…dos…tres… como mucho duró cuatro segundos “¿Te ha parecido oír algo como cuando se rompe una cuerda de violín?… Era el sedal ¡Cretino! Has tensado tanto la línea que se ha roto y encima se te ha clavado un anzuelo en las pelotas. Este pez es una pieza muy grande para un pescador de caña como tú”
Intentó recuperar terreno poniéndose digno. Eso solía dar resultado. Grita para que no te griten. Eso era. Comenzó a llenar lo pulmones a la vez que –inconscientemente- se ponía ligeramente de puntillas para parecer algo más alto, dispuesto a pelear como los lagartos; de costado e hinchados para aparentar más envergadura. El tipo seguía mirándole como le hubieran cambiado los ojos por diamantes. No tenía la cara pálida ni enseñaba los dientes, sin embargo la furia que se adivinaba detrás de sus pupilas hubiera bastado para romper el escaparate de la tienda si desviaba la mirada hacia allí. No tenía una expresión violenta. Simplemente parecía que le hubieran congelado la cara. “¡Dios mío, Que no mire a los cristales!”.
– Escuche. No me quiero meter en líos señor. Simplemente ocurre que me he fijado en que no lleva alianza y…
– Usted si la lleva –le interrumpió la disculpa.
– Eh…Si. Claro. Estoy casado…
– Desde hace 35 años – le interrumpió de nuevo.
– ¿Cómo lo sabe?
– Es igual. Continúe, por favor.
– ¿Cómo?
– Que siga. Cuénteme el final de sus tulipanes de colores.
– Espere un poco…
– No. Espere usted – ahora el intruso había tomado el mando de la conversación-. Mire bien lo que voy a hacer. Aproveche porque no lo pienso repetir.

Inesperadamente se separó un par de metros del mostrador y se dio la vuelta. Lentamente levantó los brazos con los codos ligeramente flexionados, como un predicador, y comenzó a dar una vuelta sobre si mismo como un derviche a cámara lenta. Tenía la espalda ancha y era cargado de hombros. Mediría poco más de un metro ochenta y llevaba una especie de chaqueta de loneta con los últimos tres botones atados y el cuello algo levantado. “Piel de gabardina”, se permitió el chiste. No tenía botones en las mangas y pudo ver en la mano izquierda un reloj muy plano, con correa de acero; un reloj suizo “longines” de esos que no llevan segundero. Los pantalones y los zapatos eran inmaculadamente negros. No parecía llevar nada en los bolsillos. Cuando giró los segundos ciento ochenta grados mostraron que llevaba una camisa oscura, marrón, con una fina raya azul en vertical. Al fijarse detenidamente se percibía que había perdido peso últimamente. La ropa le quedaba un poco holgada y tenía la cara ligeramente demacrada. Con aspecto de padecer una enorme fatiga. “Este hombre está enfermo o le ha ocurrido algo desagradable”. Llevaba el pelo rubio ceniza muy corto, casi de militar, y se apreciaba una ligera desviación del tabique nasal hacia la derecha. La boca era pequeña, pero muy proporcionada y mostraba una clara tendencia a curvar las comisuras hacia abajo “¡Diablos! Apuesto a que este tipo no puede sonreír aunque le paguen por ello”. Y los ojos. Ahora se daba cuenta de lo que pasaba con los ojos de aquel individuo. Tenia un verde casi amarillo estrellado alrededor de las pupilas rematados en un azul frío, casi gris. Y apenas parpadeaba ¡Eso era! Al no parpadear parecía que te atravesaba al mirar fijamente.

– ¿Satisfecho? Ya ha visto todo o que tiene que ver. Ahora ¿Quiere terminar la historia de los tulipanes? Le aseguro que ardo en deseos de conocerla.
Estaba desandando el camino y llegando de nuevo al mostrador donde se apoyó cargando su peso en los codos con un pequeño gesto de alivio. Como si es postura le evitara algún dolor.
– Está bien, pero después espero que me de alguna explicación…
– Todo a su tiempo amigo. Siga: Los tulipanes.
– Bien – se rindió a la constancia del otro- Los tulipanes rojos representan una declaración de amor, eso es todo. Lo mismo se puede hacer con rosas. Usted mismo lo ha dicho.
– ¿Y los tulipanes amarillos? ¿No estábamos hablando de los amarillos?
– Si, claro. Los tulipanes amarillos representan el amor sin esperanza. ¿Contento?
– O sea – dijo el intruso haciendo caso omiso al comentario- que si envío tulipanes amarillos estoy diciendo que no responderé al amor de esa persona. ¿Es eso?
– No tío Listo – no pudo evitar devolver el calificativo-. Si recibes tulipanes amarillos alguien te está diciendo que le olvides. No se trata de amor no correspondido. Eso puede llegar a arreglarse con el tiempo ¿Quién sabe? Hoy no pero dentro de dos años si…ya conocemos a las mujeres. No; he dicho “amor sin esperanza” es decir, no hay nada que hacer…kaput, finito, se acabó para siempre. Siéntate en su portal y lo más que conseguirás es ver como otro la mete mano mientras tu aplaudes. Llámala, escríbela… Hazte un tatuaje en la frente con su nombre si te apetece… pero ella no será tuya jamás… ¿Lo va entendiendo?
El hombre había cerrado los ojos y con las yemas de los dedos se apretaba las sienes, como si de repente la luz se le hubiera clavado en el cerebro.
-Vale…Es suficiente…- se llevó una mano al pecho como si le faltara el aire- no me diga más. Es una estupidez.
-¿Cómo…?
– Ya me ha oído. ¿Quiere que se lo repita? Es una estupidez. Una absoluta estupidez.
– Usted insistió…
– …y me arrepiento de ello – dijo sacudiendo la cabeza-. ¿Quién entiende el lenguaje de las flores?
– Mucha gente. Fíjese; conocí a un…
– Olvídelo. Le diré lo que pienso -Se separó de nuevo del mostrador antes de continuar-. Si envío un ramo de flores a alguien tendré que adjuntar una nota de explicación para que comprenda por qué le regalo tulipanes o crisantemos silvestres (si es que existen) –hizo un gesto amplio con la mano como abarcando todas las vitrinas llenas de flores- ¡Tienen que hablar por si solas!. Son un regalo. No pretenderá dar un cursillo para recibir regalos…-Soltó el aire como si fuera la cámara de reventada de un neumático – Olvídelo…- dijo mientras clavaba los ojos en algún lugar indefinido frente a el.

El dependiente miró al extraño de nuevo. Ya no le caía tan bien como unos minutos antes. En realidad hacía ya un rato que le parecía conocer de antes a aquel tipo. Quizá fuera… ¡Claro! ¡Era la ropa! El había tenido una chaqueta parecida a aquella. Pero habían pasado muchos años desde entonces y la que llevaba el hombre que tenía delante mirando distraídamente al infinito era nueva; se podría afirmar que se la ponía por primera vez. No es que fuera un modelo de prenda que evolucionara mucho, pero si había detalles que cambian con los años. “Que tenían que haber cambiado” Los cuellos eran algo grandes para la moda actual, al igual que los bolsillos ligeramente oblicuos ya no se llevaban hoy en día. Sin querer dilató las aletas de la nariz como intentando percibir en el aire un ligero olor a naftalina escapándose de aquella prenda, pero nada. Le llegó el rastro de un perfume vagamente familiar, pero nada más.
Aquel individuo estaba haciendo chorrear su pensamiento como si fuera un grifo mal cerrado. Los pensamientos iban y venían en su cabeza como gorriones alocados revoloteando dentro de una habitación cerrada. Aparecían ideas, sensaciones…destellos que le saludaban desde el pasado y que no podía fijar el tiempo suficiente para saber de que se trataba. Le llegaban imágenes, sonidos, olores; le parecía que cada vez que uno de los pájaros se quería posar alguien daba un portazo y lo espantaba, pero… ¡un momento! Una imagen se iba formando más clara en su mente; se estaba enfocando muy despacio, pero enfocándose a fin de cuentas. Empezó a ver un rostro, una mujer joven. Sólo distinguía el pelo, moreno y ensortijado en un recogido informal… una simple goma. Vio un destello de color, un pendiente…no muy grande; era una especie de flor de botón blanco con pétalos azules, cuatro o cinco pétalos… y la cara se iba aclarando más y más…y ¡PLAS!
Un ruido explosivo le sobresaltó y borró toda imagen de su cabeza. Vio al extraño mirándole fijamente con las comisuras de los labios apuntando hacia el suelo. La palma de su mano aun permanecía pegada al mostrador donde la acababa de estrellar violentamente produciendo aquel ruido seco tan parecido a un disparo. Levantó las cejas llenando la frente de arrugas en un gesto entre cínico y divertido.

– ¿Es que se ha vuelto loco? – Preguntó el dependiente empezando a sentir una extraña inquietud-. ¡Estoy operado del corazón, maldito estúpido! ¡Un susto así puede matarme!
– Lo siento -dijo el extraño en tono conciliador-. No he tenido más remedio. Estaba usted a punto de atraparlo.
El dependiente no aguantaba más. Aun sentía en el pecho las palpitaciones de un corazón latiendo enloquecido mientras la sangre le bombeaba en las sienes con tal fuerza que casi podía oírla.
– Tengo que pedirle que se vaya. No se a que quiere usted jugar ni por qué me ha elegido a mi, pero no creo que podamos atenderle aquí. Ya sabe que no tenemos tulipanes así que… márchese, se lo ruego. Si no lo hace me marcharé yo, después de haber llamado a la policía, por supuesto. No tengo por qué tolerar sus chifladuras.
– ¿Y qué va a contarles? ¿Que no le dejo pensar? ¿Qué quiero enviar unas flores que usted no vende? No sea estúpido. Lamento mucho lo que acaba de ocurrir, pero ya le he dicho antes que todo será explicado a su tiempo. Hagamos una cosa – apartó la mano del mostrador y juntó los índices bajo su mentón-. Dejemos todo esto a un lado y hablemos de lo que quiero de usted (como florista, se entiende). Deje que le explique cual es el pedido que quiero hacer; es una cosa muy simple. Después me iré.
– No estoy muy seguro de querer atenderle ¿sabe? A decir verdad preferiría que se fuera usted al infierno ahora mismo… y que se quedara allí una buena temporada. Alégreme el día y muérase; Le mandaré a su viuda una corona por cuenta de la casa. Yo mismo la confeccionaré con mucho gusto- levantó una mirada llena de veneno- ¿Le pongo tulipanes? ¿Tulipanes amarillos? Oh ¡perdón!… las flores no son para su esposa… ¿Verdad?
– Entenderé que me he merecido su… ¿ironía? Pero no me afecta. Usted y yo no podemos hacernos daño el uno al otro aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas. Por cierto – el desconocido volvió a separar los brazos del cuerpo- ¿le gusta mi chaqueta? Me he fijado que hace rato que no la quita ojo. Tal vez esté sucia y no me he dado cuenta…
– La chaqueta esta limpia – hizo un gesto de desprecio con la mano-. El sucio es usted. La miraba porque me recuerda a una que tuve yo hace tiempo. Si cuidara su lengua tanto como su ropa no estaríamos ahora en esta situación. ¿Cuánto hace que la tiene?
– Unas horas; en realidad me la he puesto por vez primera para venir aquí.
– ¿En serio? Parece más antigua, pero es un modelo muy común. Supongo que no es de marca ¿la compró en un supermercado?
– Tiene bueno ojo, amigo. Si; a dos manzanas de aquí.
– Igual que hice yo. Hay cosas que no cambian.
– ¿Se ven muchas de estas por aquí? Al ser un modelo tan común… ¿Cuántas ha visto en el último año? ¿Muchas?..Se lo pondré más fácil ¿cuántas ha visto en los últimos cinco años?… ¿en los últimos diez?…
– ¿Otra vez? ¿A dónde quiere ir a parar?
– A ningún sitio, amigo – dijo con un nuevo gesto de la comisura de la boca-. Usted me preguntó…

El dependiente comenzaba a dar muestras de auténtica derrota. Atendería el pedido y terminaría de una vez con aquella situación. Además, la colonia que antes había percibido en el individuo era cada vez más fuerte y más familiar. No recordaba el nombre pero si creía haberla usado alguna vez. “creo que me la regaló alguien, pero no recuerdo quién” La sensación de no poder acordarse de algo al cien por cien siempre le sacaba de quicio. No había cosa que más le molestara que no recordar exactamente dónde había dejado el coche. Cuando salía con alguien tenía que saber la calle y el número o si no el estaba preocupado toda la velada. Pero… ¿Por qué recordaba eso ahora? Hacía muchos años que no salía con nadie fuera de su entorno familiar; era otro gorrión dándose cabezazos contra el cristal de una ventana. Sacudió la cabeza con fuerza y se sintió un poco mareado. Ese hombre le estaba aturdiendo, así que cuando antes terminara con el, mucho mejor.

– Sabiendo que no voy a venderle tulipanes ¿Me hace el pedido? Tengo ganas de acabar con esto y marcharme a casa.
– De acuerdo – el extraño tiró ligeramente de la cinturilla del pantalón, como para subírselo un poco-. En realidad son varios pedidos. Quiero hacer doce envíos.
– ¿Y me lo dice ahora? ¿Ha visto que hora es? -El empleado comenzó a ponerse rojo de ira- ¡Me ha tenido toda la tarde perdiendo el tiempo con sus monsergas! ¿Qué quiere que haga ahora? No tengo tiempo material de preparar doce ramos, llamar a los transportistas o avisar a los destinos ¡Dios! – Miró a todas las estanterías de la tienda rebuscando con la mirada hasta los últimos rincones- Ni tan siquiera sé si me queda material para preparar doce ramos iguales. No se lo que me queda en la cámara frigorífica.; tendré que llamar a…
– ¡Tranquilo! No hace falta que llame a nadie aun. Tendrá tiempo de sobra para hacerlo. A ver si me entiende; quiero hacer doce envíos pero no tienen que salir todos hoy ¿de acuerdo? De hecho no tiene que empezar a enviarlos en una fecha determinada. Al contrario. Deben – y recalcó la palabra- deben terminar en una fecha que yo le diré. ¿Me ha comprendido? – Le miró fijamente a los ojos- Tiene que tenerlo muy claro porque es imperativo que se cumplan todos los envíos para esa fecha.
– ¿Cuál es la fecha?
– Faltan un par de meses
– Bien –dijo el empleado suspirando tras el susto- ¿Qué más? ¿Alguna nota?
Había apartado lo ironía. Daba por hecho que por muy promiscuo que fuera ese hombre no tendría doce amantes, así que debía tratarse de un tema de regalo de empresa o de alguna promoción. “Lo que había supuesto al verle entrar”, se dijo con satisfacción. Puso su tono de profesional para seguir haciendo preguntas.
– ¿Contarán los festivos? Se lo digo por que el reparto en festivo lleva un recargo. Ya sabe, los transportistas…
– Días naturales. No se preocupe por el precio. Cobrarán por adelantado, puede tranquilizar a su jefe.
– Ese será problema de mi jefe y de usted. Yo pienso cobrar igual a fin de mes -frotó el índice y el pulgar significativamente- Vamos con otro asunto. Tendré que saber la fecha exacta para hacerle un presupuesto de lo que sale el envío, eso es igual sea la flor que sea. Lo que si tenemos que dejar zanjado es qué flores van a ser –sacó una libreta y comenzó a tomar notas- . No cuesta lo mismo la docena de claveles que la de rosas.
– Ya lo hemos hablado ¿no?
– Correcto, entonces ¿le parecen bien rosas rojas?
– ¿Rosas? No amigo. Hemos hablado de tulipanes; Y todos los envíos serán rojos menos el último, que será amarillo.
Esta vez el empleado no se inmutó. Arrancó la hoja en la que estaba escribiendo y comenzó de nuevo a anotar.
– Mire- dijo detenidamente- Estaba empezando a suponer que me iba a salir de nuevo con eso, así que le diré lo que voy a hacer. Voy a ir cada día a ese supermercado donde usted compra chaquetas pasadas de moda y compraré los tulipanes que necesite – hablaba sin levantar la vista del papel donde hacía cuentas y más cuentas-. Durante ese paseo sus malditos tulipanes de invernadero van a duplicar su precio. Después le sumaré los impuestos y le añadiré el precio del transporte y hasta el de mi desayuno si voy a la mañana- cerró la libreta con un solo gesto-. Lo toma o lo deja; ya le he dicho que yo no vendo esas flores.
– ¿Por qué los odia tanto?
– ¿Cómo ha dicho?
– Los tulipanes, ya me ha entendido. Los conoce a la perfección pero se niega a venderlos. Está intentando disuadirme y ni tan siquiera se ha enfadado pese a que le insisto en ello de forma contumaz. ¿Qué le recuerdan? ¡Vamos! Hace un momento estaba usted intentando sonsacarme si tenía una amante o no. Yo seré más directo –le señaló directamente con el dedo-. ¿Cuál es el secreto de sus tulipanes? ¡Me debe esa respuesta!
-¡YO NO LE DEBO NADA! –Explotó el comerciante-¿Quién demonios se cree usted que es? O mejor aun ¿Quién demonios es usted?-Arrojó la libreta y el bolígrafo al suelo rompiendo este último en varios trozos- ¡Entra aquí desenterrando fantasmas y todavía piensa que le debo algo! ¡Es usted el que debe muchas explicaciones! –Jadeaba y se llevó la mano al lado izquierdo del pecho al sentir una punzada de dolor, un dolor que casi tenía ya olvidado- ¡Me las debe a mi!

ooooOOOOoooo

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Written by aitztv

28 marzo, 2011 a 0:29

Publicado en Literatura, Prosa

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