Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

El secreto de los tulipanes (y3)

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Pues no. Nadie es tan débil como para no seguir viviendo. Sin embargo la idea de la muerte es tan cariñosa a veces que -si conoces el camino- la sola idea de su paz es tan confortable como ese ancestral deseo de volver a casa. Quizás es que nunca debimos salir de allí.

El extrañó volvió a congelar la mirada para hablar. No había en su cara nada que hiciera pensar que podía estar ni de lejos disfrutando con la situación como había parecido hasta el momento.

– Es para mi mucho más difícil que para usted- bajó la mirada al suelo como si estuviera buscando muy profundo en la memoria-. No estoy aquí por gusto ni para hacerle daño a nadie, ni tan siquiera porque ella me haya enviado. Hay demasiadas cosas que nunca se han dicho y que nunca se han hecho. Tiene razón en algunas cosas, sobre todo en que – alzó la mirada hasta el calendario que se columpiaba de un calvo en la pared- no me sobra el tiempo. A usted tampoco.

Miró hacia el dependiente pero parecía no verle. Era una mirada que le envolvió casi pasando a su alrededor como una brisa de mar.

– Ojalá hubiera podido organizar todo esto antes. Nos habríamos ahorrado sufrimientos los dos y posiblemente a más personas –ahora el visitante hablaba con gran esfuerzo-. Pero las cosas son como le dije antes. Necesitan su tiempo. Mi tiempo, su tiempo, ya ha llegado. Sabe lo que tiene que hacer –señaló con un dedo el paquete desgarrado que había dejado sobre el mostrador- Simplemente hágalo bien y todo habrá terminado. Dentro hay un sobre con dinero suficiente para pagarlo todo y aun sobrará una buena cantidad. Úselo sin reparo. Yo no volveré más por aquí. _- Puso una extraña mueca en la cara, como si intentara, sin éxito, poner una sonrisa- Todo se ha cumplido.

Inició el recorrido hacia la puerta de la floristería. Ahora cojeaba de forma acusada, más que antes, y acompañaba cada paso con un gesto de dolor. Separó un momento delante de la puerta de cristal y miró hacia fuera. Miraba cada cosa como si se tratara de lo último que fuera a ver en su vida. “se está despidiendo, es cierto que no va a volver jamás”, adivinó el dependiente. Levantó la mano – ostensiblemente temblorosa – hacia el tirador de la puerta. Lo tomo despacio, como si el pulido latón fuera la mano de un niño o una porcelana carísima. Tiró con suavidad. La puerta comenzó a moverse con enorme lentitud sobre los goznes que la prendían a su marco, dejando pasar al viento de fuera como si entrara de puntillas en la tienda, arrastrando con su corriente los ruidos de la calle que corrieron a esconderse por los rincones del local. El dependiente observaba hipnotizado el arco que trazaba la puerta mientras la luz que cortaba el cristal hacia falsos arco iris en el suelo de madera. Por su cabeza empezaron a pasar retazos de recuerdos desconectados. Imágenes y frases que volaban despreocupadamente como si alguien hubiera abierto un baúl lleno de mariposas. La puerta había recorrido ya la mitad de su trayectoria. Se vio a si mismo escribiendo una carta; su mano empuñaba una pluma y leía su propia letra anotando “todo ha de ocurrir de nuevo por primera vez”. Volvió a ver la cara de aquella mujer morena y vio otras ciudades, le llegó el sonido del mar y la angustiosa sensación de que una mano invisible le atravesaba la espalda y llegaba hasta su corazón, apretando más y más. Obligándole a llevar la mano hasta el pecho. La puerta estaba totalmente abierta y el extraño levantaba ya un pie del suelo. Al instante siguiente estaría sumergido en el mundo real, en la calle, desapareciendo para siempre…

– ¡ESPERE! No se vaya por favor…

Todo se congeló frente a sus ojos como si se hubiera transformado en una fotografía. Hasta el ruido de la calle pareció hacerse más espeso, como si se cayera al suelo por su propio peso y fuera incapaz de arrastrarse, como una ballena varada. El dependiente no sabía muy bien que estaba haciendo pero había decidido no esperar más.

– Hagamos esto juntos. Usted lo ha empezado y debe estar cuando termine.

El ruido de la puerta al cerrarse de golpe dio inicio a una especie de suspiro de todo el local. El visitante le miraba de frente con los brazos cruzados. Se le veía más encorvado, como si el mal que le afligía fuera ganando terreno por instantes.

– No es una buena idea, créame –Le dijo sin ningún apasionamiento- Si convertimos en “es” lo que “ha de ser” sólo precipitaremos los acontecimientos.
– No me ha entendido – dijo el comerciante en el mismo tono- No le pido que se quede. Se lo exijo. Si no se queda y termina esto a mi lado – señaló el paquete que continuaba encima del mostrador- simplemente lo arrojaré a la papelera sin tan siquiera sacar el dinero y olvidaré todo este asunto: lo dejo en sus manos. Lo hacemos juntos o no se hace. Decida.
Por primera vez una luz de miedo iluminó los ojos del visitante. Esta vez no controlaba la situación. No esperaba ese momento de valentía de un hombre tan gris como parecía el dependiente. Dudaba.
– ¿Es realmente su última palabra?
– Usted parece saberlo todo ¿Qué sabe de mis intenciones ahora?
– Comprendo… Veo que habla en serio. Ha tomado al pie de la letra lo de “no nos sobra el tiempo”…
– Bueno…Tampoco nos falta ¿No es cierto? La fecha está escrita, así que ¿por qué no empezar ahora?
– Debo advertirle –y estaba claro que el visitante tampoco estaba de broma- que el resultado puede ser muy desagradable. ¿De verdad está preparado para lo que tiene que pasar?
– Más que nunca. Los dos lo sabemos. Al menos más preparados que hace 20 años- Señaló el paquete- ¿Comenzamos?
– Allá usted. Al diablo con todo – comenzó a caminar hacia el mostrador al tiempo que se desabotonaba el abrigo- Hagámoslo ya.

El dependiente abrió sin miramientos el paquete y dejó caer su contenido en el mostrador. Había un sobre blanco que contenía dinero y otros doce sobres color manila claramente numerados y cada uno con una fecha. Apartó despreocupadamente el dinero con los restos del embalaje hasta un extremo del mostrador y dispuso el resto ordenados por su número en dos filas de seis frente a ellos.

– Un momento -dijo el dependiente mientras se dirigía a la puerta y colgaba el cartel de “cerrado”-
Dio una vuelta a la llave, bajó la persiana y volvió al mostrador.

– Sigamos, ahora estaremos más tranquilos.

Los sobres estaban sin cerrar. Sacó el contenido y lo puso encima de cada uno. Contenían un papel blanco y otro sobre más pequeño. En el papel estaban las notas para que el dependiente supiera lo que tenia que hacer cada día, y el sobre pequeño era el que debía acompañar al tulipán hasta su destino. En el primero estaban escritas las instrucciones generales que ya conocía, los doce tulipanes comprados el mismo día, como debía conservarlos etc., etc. La nota tenía un membrete con un tulipán rojo. Lo mismo ocurría con las diez restantes. La número doce llevaba impreso un tulipán amarillo.
No dio demasiada importancia a lo que ya sabía, así que se fijó directamente en la dirección del primer envió. Le sonaba de algo… Miró la segunda nota y la dirección era la misma… la misma calle, el mismo portal…el mismo piso…Levantó la mirada hacia el extraño y este se adelantó a su pregunta.

– Todas van a la misma dirección. Ahórrese la lectura. Incluso van a la misma persona, pero no he puesto el nombre- Miro con expresión grave al dependiente- Usted recordará de quién se trata. Al menos eso esperaba.
– Supongo que sólo es cuestión de tiempo ¿verdad? Pero hay algo que me tiene inquieto. ¿Qué le hace pensar que 20 años después seguirá viviendo allí?

El visitante no dudo lo más mínimo en contestar.

– Créame amigo. Cuando usted haga los envíos, vivirá allí. Seguro.
– No estoy seguro de entenderlo muy bien, pero tampoco de no entenderlo; creo que de forma completa la frase es “vivirá allí…Hace veinte años” ¿es correcto?
– Endiabladamente correcto. Lo ha comprendido. –Señaló el papel que sostenía el otro en las manos y le dijo- La frase entre comillas es la que acompaña a la flor en el sobre pequeño. Ya le dije que no le ocultaría nada…en su momento. Leala por favor.

El dependiente dijo en voz alta: “Nunca debí preguntártelo…”
En ese momento observó como en su mente ocurría algo extraño. Sus recuerdos estaban detrás de una pantalla que colgaba desde el infinito prendida de doce hilos, como finas hebras de telaraña. Al leer la frase el hilo de un extremo se rompió, lanzando al viento un tañido cristalino, como la cuerda de un arpa…y recordó…no sabía la relación causa efecto, pero la ruptura del hilo y el recuerdo fueron casi simultáneos…

Sentados uno frente al otro, muy cerca del mar… Cenaban. Estaban muy a gusto en una noche maravillosa…ella comentó algo respecto a cómo sería su última noche juntos y el dijo “pensé que esta era nuestra última noche juntos”. Ella dijo que lo tendría que pensar, que le diera tiempo… y el supo que acababa de abrir la puerta al abismo. ¿Por qué hizo esa pregunta? ¿Por qué no espero unos días o hasta que ella lo dijera por necesidad?…Mil veces se había torturado con la misma duda y las mil se había respondido que era lo que tenía que hacer. Esa noche pasearon junto al mar. Se abrazaron. Se besaron, lloraron juntos. Fueron a casa de ella e hicieron el amor…Pero al amanecer el se fue, como siempre, aunque esta vez dejó las llaves en la mesilla de noche. Salió al alba como un ladrón, sin ruido para que ningún vecino le viera, y se encerró en su soledad para llorar. Sintió que empezaba morirse un poco cuando a la mañana siguiente su teléfono enmudeció para siempre. Ella había tomado una decisión y el la había ayudado a realizarla. Se sentía un héroe…un estúpido héroe anónimo. El dolor en el pecho empezó a ser acusado. Acababa de descubrir el auténtico sentido de la palabra angustia.
Acudió al psiquiatra para superar aquella crisis, pero ¿Qué le iba a contar al médico? ¿Qué estaba enamorado de…? Le recetó medicamentos, claro. Y enseguida empezó a no tomarlos y a almacenarlos. Leyó cuidadosamente los prospectos; Calculó cuantos necesitaría para que su muerte fuera sencilla y sin angustia…y decidió, que si el dolor se convertía en un enemigo demasiado fuerte, le vencería de la manera más sencilla. Le dejaría sin víctima, sin diana a la que apuntar…y el descansaría.
Miró fugazmente al visitante y tomó la segunda nota, el segundo tulipán rojo y leyó la nota:

“¿Querías quererme o querías que te quisiera?”

Y la hebra de telaraña del otro extremo se rompió igual que la anterior…Una nueva inundación de recuerdos anegó su cerebro y le hicieron sentirse más vivo. ¿Había buscado él aquello? No. Sabía que no. Nunca entendió por qué le hizo quererla. Le sacó del barro y le dejó caer desde más alto aun. Cambió su vida. Le enseñó a vestir, a beber, a vivir… modificó su balance de miedos, de triunfos y de derrotas, convirtiéndole en algo diferente, algo que nunca soñó que podía caber en su persona…y cuando pensó que era capaz de volar ella le fundió sus alas de cera. Se había acercado demasiado al sol. No le preocupaba caer al mar, no era la primera vez, pero en esta ocasión estaba demasiado cansado para nadar. El fondo del océano parecía un lugar propio para descansar…”Sólo te quiero a ti…mientras esté contigo”. No había entendido el sentido de esa frase dicha tantas veces como el había expresado sus dudas. ¿Chablis o Gewüstraminer para cenar? No se había preocupado de preguntas más comprometidas.
Necesitaba saber más. Romper todos los hilos. Dejó caer la nota que tenía aun en las manos y tomo la tercera. Era como el día de Navidad. ¿Era el regalo esperado o una nueva desilusión? El extraño permanecía a su lado, pero cada vez parecía encontrarse peor… sin embargo el estaba más entero a cada minuto. Aquello le estaba rejuveneciendo…Incluso su voz sonó más limpia y potente cuando dijo

“…el viento me trae tu perfume…”

¡Era verdad! Recordaba como muchas veces se cruzaba con alguien por la calle y al cruzar su estela una nube de recuerdos acudían como un perro cuando es llamado por su amo. Olía el aire y se daba la vuelta para buscarla…Nunca la encontró. Llegó el momento en que descubrió que nunca la encontraría pero jamás pudo evitar el volverse, como jamás dejo de soñar cada vez que sonaba su teléfono o recibía una carta, que podía ser ella que volvía. Empezó a sentir odio contra aquellas mujeres que llevaban su perfume… ¡No tenían derecho! ¿Por qué todas esas mujeres anónimas se atrevías a torturarle de esa manera?

– ¡Siga, no se detenga ahora! Dijo el visitante con voz desgastada ¡Debe terminar lo que ha empezado!

“Envío número cuatro.
La nota dice:”

“…y me pidió dinero de nuevo…”

El cuarto hilo se desprendió con una nota clara. “Me pidió dinero”…lo recordó al momento. Siempre se reunían en una taberna Irlandesa donde cada día a las tres en punto de la tarde apagaban la luz. No del todo sólo lo justo para que los grifos de cerveza lucieran sus luminosos. “Tennent’s Pale ale”. Aproximadamente a esa hora entraba casi siempre una mujer joven, probablemente rumana con un niño en los brazos y pedía educadamente un poco de ayuda a los clientes. Lo cierto es que se acostumbró a no pedirles a ellos, probablemente porque nunca le dieron nada. El seguía acudiendo en solitario a esa taberna, era uno de los sitios que habían frecuentado juntos que seguía visitando. Los demás se le hacían demasiado dolorosos. Un día entró de nuevo esa mujer: La recordaba perfectamente y se dirigió a el y extendió su mano mendicante. No le recordaba. No identificó a quien nunca le dio dinero. No lo hizo porque estaba solo. No era nadie sin ella, ni tan siquiera para los mendigos. No quería detenerse. La siguiente nota era una continuación de esta. La leyó mirando de reojo al visitante.

“…Los sitios mágicos siguen esperando…”
¡Qué ironía! Había hecho tantas cosas con ella que no había hecho nunca antes…que prácticamente todos los sitios eran mágicos. La costa, donde ella había nacido, el interior – a el le encantaba-, ciudades típicas, los entornos naturales…tantos sitios a los que nunca volvería porque le parecía que hacerlo era una traición a sus sentimientos. Las cenas en el club de Jazz, las paradas en la autopista cuando la pasión era más fuerte que la responsabilidad…Intentó conjurar la magia de aquellos lugares, pero nunca lo logró. Siempre puso una excusa para no volver. Siempre mintió. En cada uno de esos lugares sintió de nuevo su abrazo, escuchó de nuevo su voz diciendo “tranquilo” y reconoció su perfume aunque ya se hubiera disipado hacía mucho tiempo…Meses, años, decenios…nunca pudo borrar aquella sensación de “no debo estar aquí sin ella”. Pero… ¿y ella? ¿Volvería a los mismos lugares si el o con un nuevo acompañante? ¿Prostituiría lo que para el era sagrado? No quería ni pensarlo. Dejó caer la nota y se concentró en la siguiente…

“Soñar es una muerte muy barata”

Miró al visitante. Eso no era precisamente un acierto.
– Sabe que ella nunca entendería esto. Es demasiado vital para pensar en la muerte. Yo puedo pensarlo pero no decírselo. Nunca lo entendería. Me abandonaría al instante.
– Ya le abandonó. ¿Es que no le recuerda? Por eso estoy yo aquí, ¿No creé?
– Tiene razón –se sintió un poco estúpido por el error- Lo siento, me estoy dejando llevar…
– No pasa nada. Vamos a llegar hasta el final. Liberémonos uno del otro y los dos de ella. Siga leyendo.

Tomó la siguiente nota y se la tendió al comerciante.

“¿Recuerdas la luna del 3 de junio?”

…La luna el 3 de junio…la mayor luna llena del año; al menos de aquel año. Viajaron juntos y fue el momento más maravilloso que pasaron juntos. Escondidos en aquel hotel, visitando una ciudad donde nadie nunca les encontraría pasearon abrazados por calles llenas de historia, tomados de la mano, como cualquier pareja. Vieron palacios y lugares que sólo conocían por televisión, cenaron en la calle en un restaurante con terraza llenando una noche magnífica de recuerdos…Al amanecer el vio su silueta recortada en la ventana mientras el sol comenzaba a salir. ¡Estaba preciosa! Prácticamente desnuda en la ventana, con el pelo aun húmedo y el cuerpo joven brillando a la luz del amanecer. Cerró los ojos para recordar esa imagen el resto de sus días. Sus pechos se recortaban a la luz y cuando se volvía hacia la calle, el creía estar viendo un cuadro de Dalí. Sólo faltaba el mediterráneo al otro lado de la ventana. La había visto –evidentemente- desnuda en más ocasiones. Pero ninguna imagen tendría jamás la carga sentimental que tendría ese momento. Todo era tan…perfecto. Nunca podría querer o desear a nadie como a ella en ese momento. Si se pudiera elegir el momento para morir, elegiría ese, sin lugar a dudas.
El visitante leyó sus pensamientos.
– No se detenga. Ahí es imposible volver. No tiene más remedio que avanzar. – Bajó la voz y añadió- Comprendo sus sentimientos. Se que está confundido pero la revelación final llegará en breve. Sólo tiene que romper cinco hilos más. Cinco telarañas y lo sabrá todo. ¿Quiere detenerse ahora?
– Por nada del mundo- dijo el comerciante-. casi podría decirle lo que ponen las demás notas, pero seguiré las reglas del juego. Continuaré leyendo.

Tomó la siguiente y la leyó sin dudar.

“…Nunca será el mismo mar…”

El mar siempre fue para el algo especial. Desde niño había sentido una atracción casi magnética por esa enorme extensión de agua salada que le aterraba y fascinaba a la vez. Con ella había aprendido a sentir sensaciones ocultas. El contacto cálido de la arena, la luz que reverbera en los límites de las olas… su cuerpo cortando las crestas de espuma en playas alejadas o la simple tranquilidad de una pareja en un día de playa. Mientras el octavo hilo se rompía, vio en su mente su cuerpo entrando en las olas y saliendo después por el otro lado con el cabello moreno pegado a su cara. Recordó en sus labios el sabor moreno de sus labios salados, con al agua caracoleando a sus cinturas y la extraña sensación de paz que se quedaba después, cuando en casa se duchaban y acostaban un rato para descansar de tanto descanso. El amor era mucho más dulce después de dejarse abrazar por el mar, el sol y la arena. Quizás no se puede sentir más amor como cuando se vuelve del mar. Tampoco se puede sentir mas pena como cuando se vuelve sólo. Sabes que en ese mismo mar estuviste con ella. Y te niegas a que el agua te toque si no es con ella. El mar tardará unos quinientos años en renovarse del todo. Tú necesitarías más tiempo para olvidarla.
No quería esperar más: Fue directamente a por la siguiente nota.

“Todo debe ocurrir de nuevo por primera vez…”

Es cierto. El primer año que estuvo solo celebró cada fecha en solitario. Navidad, San Valentín, fiestas patronales… incluso cada aniversario de la noche en que se quedó solo lo celebró. Lo celebró con lágrimas y recuerdos, con alcohol y llanto. Pero todo lo que había vivido a su lado tenía que ser vivido de nuevo…aunque solo. Celebró hasta el día de su cumpleaños. No la llamó, no le pareció apropiado se limitó a enviarle una postal por correo y a enviarle “besos y más besos”, como solía firmar sus notas. El día se San Valentín le envió una carta diciendo que no le iba a regalar nada. No venía a cuento. Eso no significaba que no la quisiera. Pero un regalo ese día sería el equivalente al tulipán amarillo. Al amor sin esperanza. Ella ya tendría quién la quisiera, de eso estaba seguro. Siempre tendría alguien cerca; era una mujer demasiado magnética para estar sola mucho tiempo. Leyó la siguiente nota:

“Sólo por estar a tu lado…”

¡Cuántas cosas haría por estar a su lado! Realmente había hecho muchas y ella jamás lo sabría. Había mentido, inventado mil historias para pasar una tarde con ella. Y lo volvería a hacer si pudiera, incluso veinte años después. Sólo por estar a su lado estaba escribiendo la última página de su vida. Llevaba un par de décadas escribiéndola, era un ejercicio para no olvidar todas las cosas buenas que le habían ocurrido cuando estaban juntos. Quizá había estado estirando las cosas para que llegara el momento adecuado. Ahora recordaba perfectamente su cara y su nombre…Comenzó a resonar dentro de su cabeza como rebotando por su interior, pero se abstuvo de decirlo en voz alta. Eran demasiados años de silencio. Miró al visitante que le tendía la siguiente nota mirándole pupila con pupila.

– Casi hemos terminado. Me iré enseguida…

Tomó la nota y la leyó.

“Es peor un bonito sueño que una pesadilla…”

Eso es algo que se descubre con el sufrimiento. Las pesadillas suponen un alivio cuando terminan. Los sueños agradables se vuelven pesadillas cuando uno se despierta a la realidad y ve que todo ha sido eso…un sueño. Cuando una noche tras otra soñaba que estaban de nuevo juntos y se despertaba perdido y sólo descubría que el tiempo era cada vez un poco más rápido. Cada buen sueño era una mala realidad. Un paso más…un paso menos. Todo apuntaba a que algo tenía que acabar. O terminaban sus recuerdos o terminaba su vida. Había llegado el momento.
Se enfrentó al extraño. Estaba muy deteriorado, como si los últimos minutos le hubieran golpeado muy fuerte. Tenía el aspecto de alguien que terminara de salir del tambor de una lavadora. Por otro lado el se sentía muy bien, como si ni tuviera ninguna enfermedad. Daba la impresión de que la energía se hubiera traspasado de uno al otro para igualarlos en el enfrentamiento final.

– Usted lo ha dicho. Todo se ha cumplido. -Tomo la última nota sin mirarla- ¿Qué pasará si la leo?
– Ya no está en nuestras manos amigo. Le dije que podía no ser agradable hacerlo ahora pero usted insistió. Entre sus recuerdos y los míos solo queda el hilo de una telaraña. En cuanto se rompa ya no habrá secretos entre ambos. ¿Recuerda que le dije que todo a su tiempo? Era cierto. Y ese tiempo ha llegado. Usted lo ha provocado. Hágame un favor – levanto el dedo hacia la pared- Mire el calendario. ¿Qué día es hoy?
El dependiente hizo lo que le pedía el visitante y no pudo dar crédito a ojos.
– ¡No es posible! Según eso hoy es…
– 28 de febrero – dijo el extraño totalmente relajado- Se lo dije: Todo a su tiempo. Usted ha hecho que el tiempo haya llegado. Ahora si que he de irme, pero recuerde. En cuanto lea esa nota sabrá lo que debe hacer. Yo vine porque usted me debía algo, es cierto. En realidad nos debemos algo el uno al otro. Yo le debía una explicación, que tendrá en breve, y usted a mi…algo que no hizo en su día. ¿Se ha fijado que es de noche? Estamos en el primer minuto del 28 de febrero. Último día para los tulipanes. Mire en esa estantería.
El empleado dirigió la vista a los estantes y vio un florero con una única flor. Un tulipán amarillo marchito.
-¡Pero…!
– No le de más vueltas. Se lo advertí ¡Cumpla con su parte del trato! ¡Lea la nota!
Bajó con temor la vista hacia el papel, el que tenía el membrete con el tulipán amarillo. No daba crédito a sus ojos. Leyó una y otra vez las nota hasta que el sonido la puerta al cerrarse le hizo levantar la vista. El visitante había desaparecido en la noche. Sólo quedaba el y el destino de los dos.
Había dicho que podía adivinar el contenido de las notas y era cierto. Solamente esperaba que el extraño no se hubiera atrevido a escribir toda la realidad, pero se había equivocado.
Siempre supo que la muerte era lo único que le apartaría se su recuerdo, pero nunca tuvo el valor de enfrentarse a ella. Siempre supo que estaría enamorado para toda la eternidad, si es que esta existía. Y siempre supo que su amor duraría lo que decía la nota:

“…Hasta que la muerte nos separe…”

Ya sabía lo que le debía a aquel extraño. ¿O no era tan extraño? Vestía como el vistió, hablaba como el habló y sufría como el sufrió.
Una nota musical rompió el último hilo que separaba sus conciencias.
Con una enorme calma despachó los últimos detalles para que su jefe terminara al día siguiente los envíos que quedaban pendientes, en especial, el tulipán amarillo que agonizaba en un jarrón encima de una estantería. El del amor sin esperanza.
Llenó un vaso grande de agua en el lavabo, lo puso sobre el mostrador y sacó algo de sus bolsillos. No recordaba haberlo puesto allí pero sabía que lo encontraría en ese lugar y en ese momento.
Vació el primer tubo de pastillas en su mano y las tragó con dificultad con un gran buche de agua. Sabía que le quedaban unos 45 minutos antes de que empezara el efecto y otros tres tubos más de barbitúricos. Bebió un segundo trago de agua y llenó de nuevo el vaso. Vació el segundo tubo y noto que se encontraba, por primera vez en muchos años, especialmente bien. Todos los recuerdos estaban ya en su mente. Sonrió.
Nada le dolía. La vio de nuevo recortada contra la ventana de la luna del tres de junio y le dijo:
– Hola Cariño. Estás preciosa. ¿Quieres que mañana vayamos a la playa?

27/02/2005

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Written by aitztv

3 abril, 2011 a 19:23

Publicado en Literatura, Prosa

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