Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Hay magia alrededor…

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Aeta A veces la ficción acierta y se coloca tan cerca de la verdad absoluta que uno no puede menos que preguntarse si la ficción es tal o si el autor sabía más de lo que nos quiso enseñar. Cuando oí a aquel naturalista de cartón piedra decir “hay magia alrededor” me pareció una de las frases más acertadas que he escuchado nunca. Cada vez que me dejo llevar por los territorios salvajes de esta tierra esa sentencia resuena en mi interior. He llegado a integrar esas palabras tan profundamente en mi persona que a veces la frase se convierte en un mantra que me acompaña durante las horas que paso en el bosque tropical. He llegado a la conclusión de que en eso que decimos de forma burlona “la llamada de la selva” es real y existe en cada uno de nosotros. Todas las mañanas, cuando abandono ese lugar maravilloso que es el mundo de los sueños, me enfrento cara a cara a la montaña y siento esa atracción indefinible que tanto cuesta rechazar. Discuto todos los argumentos con mi yo interior, ese que todos tenemos y al que solemos hacer tan poco caso. Miro hacia el horizonte e intento adivinar qué tesoros se esconden al otro lado de las colinas. La alternativa pobre de los caminos y sendas se llama mapa: sobre él he descubierto que al otro lado encontraré un canal atravesado de pasos angostos y puentes imposibles de cruzar sin miedo a caer al agua. Me imagino a las aves de los humedales caminando desordenadas sobre las aguas someras de las lagunas, picando aquí y allá los pequeños peces y las gambas de rio tan habituales aquí. Me imagino a los indios Aetas –pigmeos originales de las islas- en la comunidad que han fundado aquí –lejos de su territorio nativo – huyendo de la furia del volcán Pinatubo. Les veo desconcertados, porque hagan lo que hagan siempre serán nómadas y permanecer demasiado tiempo en un lugar es contrario a su naturaleza. Los veo danzar por la noche, con toda la fuerza de sus ancestros, reunidos alrededor del fuego protector. Veo a las muchachas vestidas con plumas multicolores moviendo sus menudos cuerpo semidesnudos arrancando relámpagos con sus pulidas ajorcas metálicas. Veo a los jóvenes guerreros luciendo su cuerpo cruzado de escarificaciones procedentes de las batallas que nunca ganaron, porque desde que llegó el hombre blanco y su evangelio, nada volvió a ser como antes. Los orgullosos indios Aetas, los pobres negritos como fueron bautizados por los españoles, no pueden sobrevivir a los cambios. Su vida era perfecta: se movían al rito de las estaciones sin más reloj que el sol ni más horario que las horas de luz.  Su vida era el cambio permanente y ahora, el único cambio que les toca es la imposibilidad de cambiar. Les enseñamos que ser guerrero es malo, que no tener techo y morada es malo, que caminar bajo las estrellas y tomar lo que la naturaleza nos da es malo. Pusimos vallas a la buena tierra, redes al prolífico mar y encerramos al buen ganado. A ellos les quedó el derecho de vagar sobre pistas de asfalto que nunca pidieron y sentarse a la sombra de una palmera que- aunque no lo ponga en ningún sitio- tiene dueño. Primero fue el Pinatubo el que en un arranque de genio y destrucción, modificó el paisaje de su hogar obligándoles a abandonar sus tierras, sus lagunas y sus humildes hogares. Después, la occidentalización  de su país cortó los nervios que los unían a la madre tierra. Se mueven como parias, en fila de a uno por las lindes de las carreteras preguntándose si son necesarias tantas cosas para vivir dignamente.

Dejo a mi mente vagar y divagar mientras mis ojos admiran la energía oculta del bosque. Me pregunto cuántos tesoros, cuántos rincones preñados de vida palpitante me pierdo cada vez que decido no ir allí. Se que hay flores tan hermosas que es imposible que puedan existir, que desde allí hay miles de ojos mirándome directamente, ojos de criaturas que probablemente nunca veré. Bajo cada piedra, tras cada hoja, en cada árbol… Definitivamente, hay magia alrededor.

Written by aitztv

30 junio, 2012 at 13:12

Publicado en Literatura, Viajes

Y los trópicos me hablaron al oído.

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Lluvia es una bella palabra pero insuficiente para definir lo que ocurre aquí cuando el cielo se cansa de hacer de niñera del mar  y le deja volver a su patio de juegos. No sirve hablar del viento para contar lo que aquí hace el aire cuando decido viajar entre las islas sin destino fijo. Tengo la impresión de que los elementos en estas latitudes tienen vida propia, son inteligentes. Cuando ayer al ocaso el sol ocultó su cuerpo redondo en el horizonte, unas pequeñas pero persistentes gotas de agua se me clavaron en la piel como agujas infinitamente pequeñas. No era como nuestra lluvia fina, no era un calabobos. Era un aviso del tifón, no para que nos pusiéramos a cubierto sino para que abriéramos nuestro sentidos a la voz cálida de los trópicos, al aliento de este lugar que nos hemos atrevido a convertir en precaria morada. El viento que se cuela entre el laberíntico mar de islas se va tornando caprichoso a la voz de los espacios que recorre. Se retuerce y  se requiebra, se reconforta manso en las hojas de los bananos mientras ataca con fuerza las copas de las palmeras y los  cocoteros. La selva tropical ha aprendido a hablar con los elementos. Con diplomática condescendencia permite al viento discutir en el alto mientras los troncos se curvan hasta fundirse con la arena esperando el momento en que el mar se queda sin aliento para, momentáneamente, volver a alzar los impresionantes parasoles de las palmeras que cimbrean y se se sacuden el agua como resortes alimentados por la fuerza de la Naturaleza. Las cortinas de agua pelean por conseguir su sito desplazándose unas a otras configurando el enorme telón del mayor teatro del universo. Es un escenario de tres dimensiones… Cuatro si contamos las sensaciones que nos entran directamente por la piel hasta las entrañas. Son infinitas manos nerviosas las que te recorren cada centímetro de la piel enroscándose a tus piernas, a tus brazos, viajando alrededor de tu cuerpo para depositar un leve toque sutil en  tu nuca que hace que todo tu ser reverencie sin objeciones las fuerzas telúricas del océano, el viento y la tierra. No hay lugar para todos los elementos. El fuego no tiene más remedio que esconderse entre las nubes y expresarse en la infantil rebeldía de los rayos, dibujando caminos imposibles entre la espesura de la bruma mientras protesta con voz ronca desde lo más recóndito, haciendo temblar el suelo con su contundente canción. Le duele no estar invitado a la fiesta de los sentidos. La tormenta es un poema de vientos, una canción de agua, una protesta de la madre tierra. Es la música del corazón fundido del planeta que se expande para que recordemos lo minúsculos que somos, como parásitos en la piel del titán. En la mente, la imagen de los galeones recostándose sobre las olas mientras los vientos arrancan la piel de espuma al mar, jaleando sin tregua a los profundos para que roben el sitio a los someros sobre los que las embarcaciones se deslizan casi de puntillas. El mar está incómodo y quiere escupir esas presencias que aran su piel. A veces, al mar le duele que le naveguen y se quiere sacudir los huéspedes no invitados. Benson se acerca  y se sienta a mi lado. El viento le engulle al instante y me da la impresión de que está físicamente alimentándose de él. Me entra la duda. ¿Quién se alimenta de quién? No se si los hombres podemos vivir sin los vientos ni se si el viento se movería si no tuviera a nadie que abrazar. Las gotas de agua van creciendo sobre su rostro y se unen para viajar a través de las arrugas de la piel, dibujando un dédalo viviente que enmascara sus salidas a cada expresión de la cara. No puedo evitar preguntarle qué está haciendo estático bajo la lluvia.

– Estoy escuchando – me dice-

Como cuando los  árboles ocultan el bosque, el sonido de la tormenta esconde la voz de los trópicos, la que escucharon hace siglos los marineros y sintieron temor de la Mar Océana, la que oyeron los ancestros de los isleños y temieron por sus precarias construcciones de hoja de palma y bambú, la que atemorizó tanto a la raza humana que la obligó a conocer el refugio en el interior de las cuevas, a esconderse en los poros de la piel del orbe. Benson abre los ojos y me mira enarcando una ceja, invitándome de forma tácita a unirme al concierto. No exactamente qué tengo que hacer. Tengo el pálpito de que esto lo sabemos hacer todos los seres humanos, como cuando buscamos instintivamente el pecho materno antes de haber abierto los ojos a la luz del resto de nuestro días, pero desconozco la palabra mágica, el “ábrete sésamo”, el “abracadabra” de este conjuro.

– No hay que intentar escuchar lo de fuera – dice Benson al ver mis tribulaciones- Esta canción nace del interior de los hombres, del corazón de cada uno de nosotros. Si nos molestamos en mirar un poco hacia adentro nos damos cuenta de que nosotros somos el ritmo,  la pauta que nos une al resto del planeta. Comienza a mover los brazos al dirigiendo una orquesta imaginaria y sigue hablando: Somos la pauta y la batuta, la música sonará como nosotros queramos, mientras estemos de acuerdo con que suene.

En ese momento Benson Levanta los brazos con un movimiento absolutamente histriónico y el viento responde con un aullido creciente y profundo; agita las yemas de sus dedos y las palmeras se sacuden como si estuvieran sintiendo una descarga eléctrica. Me mira y comenta divertido:

– Una vez  me preguntó un director de orquesta si me gustaría conocer el secreto de un buen concierto. Cuando le rogué que me lo contara, se puso muy serio y me dijo: Todo consiste en levantar los brazos a la vez que empieza la música.

Ahora lo entiendo. Sólo hay que dejarse llevar como lo hacen las palmeras y los bananos. Sólo hay que sentirse parte de la música. Si me quedo quieto y tranquilo  los trópicos me hablan al oído.

Written by aitztv

28 junio, 2012 at 14:17

Publicado en Literatura, Prosa, Viajes

Pascalín y yo.

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Pascalín Después de llevar aquí dos meses, hemos alcanzado un acuerdo Pascalín y yo. El se compromete a nos despertarme por la noche y yo de vez en cuando le hago unos mimos. Para que nadie se pierda nada aclaro que Pascalín es un gecko que vive conmigo desde que llegué. En mi casa en Galdakao comparto despacho con una iguana a la que todos llamamos Pascál, ignorantes aun de si es iguana o “iguano”. Aquí comparto dormitorio con lo que los lugareños llaman lagarto doméstico, aunque en realidad no es ni lagarto ni doméstico, técnicamente hablando. Los Tagalos de toda la vida, esos que aun permanecen lejos de la contaminación idiomática que han sufrido estas islas, lo llaman Butiki, mientras que los Visayas lo acortan hasta dejarlo en Tiki, que no son más que formas onomatopéyicas del sonido que produce éste animalito, unas secuencias cortas de chak-chak-chak que se oyen a bastante distancia. Así pues, el bueno de Pascalín tenía por costumbre entonar su canción preferida justo en mi ventana una noche si y la otra también, una semana tras otra y  durante el par de meses que llevamos viviendo Pupila verticaljuntos. Es velocísimo: intentar atraparlo ha sido hasta hoy una tarea imposible. Pero no se si por aquello de la insistencia o si por lo de que el roce hace el cariño, ésta mañana cuando salía de la ducha – salía yo de la ducha, no él- me lo he encontrado quieto en el suelo, cosa bastante curiosa por que les gusta trepar por las superficies más imposibles. Sin ningún convencimiento me he dirigido hacia le sabiendo que iba a escapar como un rayo en cuanto me presintiera, pero no: se ha quedado quieto y me ha permitido cogerlo con la mano. Curioso. No es la primera vez que tengo un gecko en la mano, pero en las otras ocasiones se trataba de animales enfermos o heridos. Su pariente australiano, parece que todos los animales tienen un primo australiano, suelen padecer de infecciones en las patas causadas por unos ácaros difíciles de curar, pero los asiáticos no suelen tener esos problemas. Es más, tenerlos en casa se considera entre los filipinos de buen augurio ya que se le tienen en cierto modo como uno  de esos dioses domésticos menores. Sin embargo no era el caso. Pascalín está perfectamente, sólo que hoy un poco más cariñoso. Si me pregunto el por qué hoy ha decidido dejar que lo tLas patas de los geckos son obras maestras de ingeniería ome y lo acaricie un rato reconozco no tener respuesta. Lo he dejado en mi mesa-escritorio-trastero-mueble de ordenador y no ha puesto ninguna pega para posar en una sesión fotográfica. Sólo al final, ya molesto por el continuo destello del flash ha decidido que este encuentro en la tercera fase ya estaba durando demasiado y ha dado muestras de inquietud. No hay que abusar de la fortuna. Lo he tomado y me lo he llevado a la ventana donde cada noche me da la serenata. Le he intentado explicar que lo humanos tenemos ese vicio que se llama dormir y que lo solemos hacer por la noche, pero aunque ponía cara de estar muy atento creo que no me va a hacer ningún caso. Esta noche lo sabré. Mientras tanto, seguirá eliminando los insectos que osen entrar sin permiso y mantendrá alejados a otros reptiles. Sólo a los de cuatro patas. De los otros me tengo que encargar yo personalmente.

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Written by aitztv

18 junio, 2012 at 16:20

Historia de un botón en las islas Filipinas

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Hoy he comenzado la mañana dedicando tiempo a algunas cosas que tenía atrasadas. No es que me fuera la vida en ello pero siempre hay algunas tareas domésticas que se van quedando en lo que yo llamo “el cuarto de atrás”, que no es otra cosa que esa parte de la cabeza a la que no accedemos regularmente. La verdad es que me he levantado de muy buen humor. Desconozco la razón y no voy a cansarme demasiado buscando explicaciones. las cosas son como son y mientras no nos hagan daño es bueno dejar que la vida fluya. Para hoy tenía en la agenda limpiar el cuarto de baño. No es que esté sucio pero mis queridos “pogis” no aman demasiado esa tarea. Además, me quedo más tranquilo haciéndolo personalmente. Lo mismo hago con los platos: uno es frugal en su cocina y no se aleja mucho de las versiones particulares de duelos y quebrantos. Después he recogido la ropa que traje de la lavandería ayer y me he encomendado a esa labor que los hombre tenemos como un reto personal: Coser un botón. Me diréis muchos que no hace falta escribir un tratado para coser un botón pero la mayoría de los hombres nos lo tomamos muy a pecho. Da igual si eres ingeniero aeronáutico y acabas de inventar un motor de aviación que funciona con agua del grifo. Si esa mañana te has cosido un botón es lo primero que contarás.

– Jefe. ¡El motor funciona!

– Si,… je, je…Estooo… ¿Has visto que bien me he cosido este botón?

Cuando nosotros nos cosemos un botón es poco probable que se caiga de nuevo. Seguramente penderá de un metro de hilo toda la vida útil de la prenda, pero no se caerá. Por alguna razón ignota los varones  cosemos los botones como si estuviéramos sellando un reactor nuclear. Me temo que se nos ha implantado un fuerte atavismo frente a la ignominia de que se nos caiga en público un botón que nosotros mismos hayamos cosido.  Así pues, prendido de divagaciones imprescindibles, he buscado mi estuche de viaje – ese que siempre va lleno de cosas que nunca usamos en casa y que por razones desconocidas nos parecen imprescindibles en un viaje-  y he comenzado a recopilar el material: hilo, aguja… ¿y el botón?.  Pues el botón es lo que falta. No recordaba que no se había caído sino que se había roto. ¿De dónde saco yo ahora un botón?. Recuerdo que en el centro de Santa Ana, a 15 minutos de aquí vi un taller de costureras. Malo será que allí no encuentre un botón. Carretera y manta. Viajes morrocotudos en busca del trifinus melancólicus. No se por qué me viene a la cabeza la obra homónima de Juan Pérez Zúñiga, pero anoto mentalmente que tengo que releerlo en cuanto pueda. Los buenos libros, como la buena música, hay que refrescarlos de vez en cuando. La costurera me muestra un tarro lleno de botones. ¡Casualidad! Ninguno se parece al mío. Tiene que ser Beige y con cuatro agujeros. Me conformo con uno nacarado y con dos orificios. Es para mi ropa de campaña y va a quedar horrible, pero al menos mantendrá en su sitio los pantalones. De vuelta a mi refugio descubro que sólo tengo hilos de colores. ¿Quién en su sano juicio carga con hilo verde, azul y rojo y no con un par de carretes negro y blanco? La edad nos va haciendo incompatibles con coser botones: Si no hemos perdido el pulso hemos perdido la vista y así no hay manera de enhebrar la aguja. Paciencia y un café.

Llaman a la puerta y me llevo la sorpresa más maravillosa de los últimos tiempos. ¡Es Benson! Mi asistente de muchos años al que tenía perdida la pista hace también muchos años. ¿Cómo me ha podido encontrar? ¿Quién le ha dicho que yo estaba en Filipinas? Nos sentamos a hablar de lo mucho que ambos hemos corrido en estos años y en cuánto nos hemos echado mutuamente de menos. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué veladas a la luz de la chimenea en el viejo castillo! Recordamos cuántas noches salíamos de la Manor para ir a la otra orilla. Me dice que lleva tiempo buscándome para darme las gracias por haberle dejado tener vida propia y no haberle vinculado simplemente a mis escritos o a mi vida personal. Lo cierto es que le crié a mis pechos y que él nunca, nunca me defraudó. Cuando se marchó lo hizo porque era absolutamente necesario y ahora ha vuelto a mi porque sabe que yo le necesito. No aguanto más. ¿Cómo me has encontrado? Se sonríe. Siempre me ha intrigado la sonrisa de Benson. Pone un gesto pícaro y levanta ligeramente una ceja. A veces cuando le miro descubro mis propios gestos y creo que a él le encanta cuando eso ocurre. Me lo confiesa: Ha sido Lía. ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo está lía? – le pregunto a uña de caballo- Estupenda -me contesta-. Esa noticia es para mi como un espectáculo de fuegos artificiales. ¡Después de tantos años!. Me comenta que ella está trabajando muchísimo y que tiene entre las manos una nueva obra. Casi no le escucho. Recuerdo de Lía cómo corríamos descalzos por la nieve, los baños en el río y los paseos al atardecer dorado de los canales de Marte. Recuerdo las conversaciones sobre poesía y cómo la vimos crecer en su literatura pasito a pasito… Despacio… Siempre me le imaginaba como Alfonsina caminando hacia el mar, con ese pie menudo que casi no escribe en la arena. En ese momento me viene a la memoria una nube de tormenta ¿Y cómo está su corazón? -pregunto casi con miedo a escuchar la respuesta-. Benson se encoje de hombros. Ya sabe – me dice- Hay un trocito que ya no late, pero ha entrado una personita en su vida que ilumina su cara cada mañana. Se me llenan los ojos de lágrimas. Si ella es feliz ese don que tiene para contar cosas se multiplicará hasta la locura. Benson me quita el pantalón de las manos y comienza a coser el botón. Benson no es como yo.¡ El sabe coser botones! ¿Sabe? –me dice- En su nueva obra ha dejado un sitio para usted… ¿Bromeas? – le miro serio- No Sire, nunca bromearía con este asunto. Cuando Benson me llama Sire quiere decir que está hablando muy, muy en serio. Me doy cuenta que a partir de ahí no le sacaré una palabra más sobre el asunto. Sólo hay una persona en el mundo a quien Benson es más fiel que a mí y esa persona es Lía. ¡Mi querida Lía!… Que me recuerda su nombre como si alguna vez fuera yo capaz de olvidarlo. Que me pregunta cómo estoy cuando con una mirada sabe más de mi de lo que podrán saber jamás todos los médicos del mundo… ¿Te vas a quedar mucho tiempo? -le pregunto a Benson que no ha levantado la vista de la costura- Pone cara de niño malo, levanta una ceja y dice:

– Para siempre Sire, para siempre.

Written by aitztv

11 junio, 2012 at 9:19