Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Y los trópicos me hablaron al oído.

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Lluvia es una bella palabra pero insuficiente para definir lo que ocurre aquí cuando el cielo se cansa de hacer de niñera del mar  y le deja volver a su patio de juegos. No sirve hablar del viento para contar lo que aquí hace el aire cuando decido viajar entre las islas sin destino fijo. Tengo la impresión de que los elementos en estas latitudes tienen vida propia, son inteligentes. Cuando ayer al ocaso el sol ocultó su cuerpo redondo en el horizonte, unas pequeñas pero persistentes gotas de agua se me clavaron en la piel como agujas infinitamente pequeñas. No era como nuestra lluvia fina, no era un calabobos. Era un aviso del tifón, no para que nos pusiéramos a cubierto sino para que abriéramos nuestro sentidos a la voz cálida de los trópicos, al aliento de este lugar que nos hemos atrevido a convertir en precaria morada. El viento que se cuela entre el laberíntico mar de islas se va tornando caprichoso a la voz de los espacios que recorre. Se retuerce y  se requiebra, se reconforta manso en las hojas de los bananos mientras ataca con fuerza las copas de las palmeras y los  cocoteros. La selva tropical ha aprendido a hablar con los elementos. Con diplomática condescendencia permite al viento discutir en el alto mientras los troncos se curvan hasta fundirse con la arena esperando el momento en que el mar se queda sin aliento para, momentáneamente, volver a alzar los impresionantes parasoles de las palmeras que cimbrean y se se sacuden el agua como resortes alimentados por la fuerza de la Naturaleza. Las cortinas de agua pelean por conseguir su sito desplazándose unas a otras configurando el enorme telón del mayor teatro del universo. Es un escenario de tres dimensiones… Cuatro si contamos las sensaciones que nos entran directamente por la piel hasta las entrañas. Son infinitas manos nerviosas las que te recorren cada centímetro de la piel enroscándose a tus piernas, a tus brazos, viajando alrededor de tu cuerpo para depositar un leve toque sutil en  tu nuca que hace que todo tu ser reverencie sin objeciones las fuerzas telúricas del océano, el viento y la tierra. No hay lugar para todos los elementos. El fuego no tiene más remedio que esconderse entre las nubes y expresarse en la infantil rebeldía de los rayos, dibujando caminos imposibles entre la espesura de la bruma mientras protesta con voz ronca desde lo más recóndito, haciendo temblar el suelo con su contundente canción. Le duele no estar invitado a la fiesta de los sentidos. La tormenta es un poema de vientos, una canción de agua, una protesta de la madre tierra. Es la música del corazón fundido del planeta que se expande para que recordemos lo minúsculos que somos, como parásitos en la piel del titán. En la mente, la imagen de los galeones recostándose sobre las olas mientras los vientos arrancan la piel de espuma al mar, jaleando sin tregua a los profundos para que roben el sitio a los someros sobre los que las embarcaciones se deslizan casi de puntillas. El mar está incómodo y quiere escupir esas presencias que aran su piel. A veces, al mar le duele que le naveguen y se quiere sacudir los huéspedes no invitados. Benson se acerca  y se sienta a mi lado. El viento le engulle al instante y me da la impresión de que está físicamente alimentándose de él. Me entra la duda. ¿Quién se alimenta de quién? No se si los hombres podemos vivir sin los vientos ni se si el viento se movería si no tuviera a nadie que abrazar. Las gotas de agua van creciendo sobre su rostro y se unen para viajar a través de las arrugas de la piel, dibujando un dédalo viviente que enmascara sus salidas a cada expresión de la cara. No puedo evitar preguntarle qué está haciendo estático bajo la lluvia.

– Estoy escuchando – me dice-

Como cuando los  árboles ocultan el bosque, el sonido de la tormenta esconde la voz de los trópicos, la que escucharon hace siglos los marineros y sintieron temor de la Mar Océana, la que oyeron los ancestros de los isleños y temieron por sus precarias construcciones de hoja de palma y bambú, la que atemorizó tanto a la raza humana que la obligó a conocer el refugio en el interior de las cuevas, a esconderse en los poros de la piel del orbe. Benson abre los ojos y me mira enarcando una ceja, invitándome de forma tácita a unirme al concierto. No exactamente qué tengo que hacer. Tengo el pálpito de que esto lo sabemos hacer todos los seres humanos, como cuando buscamos instintivamente el pecho materno antes de haber abierto los ojos a la luz del resto de nuestro días, pero desconozco la palabra mágica, el “ábrete sésamo”, el “abracadabra” de este conjuro.

– No hay que intentar escuchar lo de fuera – dice Benson al ver mis tribulaciones- Esta canción nace del interior de los hombres, del corazón de cada uno de nosotros. Si nos molestamos en mirar un poco hacia adentro nos damos cuenta de que nosotros somos el ritmo,  la pauta que nos une al resto del planeta. Comienza a mover los brazos al dirigiendo una orquesta imaginaria y sigue hablando: Somos la pauta y la batuta, la música sonará como nosotros queramos, mientras estemos de acuerdo con que suene.

En ese momento Benson Levanta los brazos con un movimiento absolutamente histriónico y el viento responde con un aullido creciente y profundo; agita las yemas de sus dedos y las palmeras se sacuden como si estuvieran sintiendo una descarga eléctrica. Me mira y comenta divertido:

– Una vez  me preguntó un director de orquesta si me gustaría conocer el secreto de un buen concierto. Cuando le rogué que me lo contara, se puso muy serio y me dijo: Todo consiste en levantar los brazos a la vez que empieza la música.

Ahora lo entiendo. Sólo hay que dejarse llevar como lo hacen las palmeras y los bananos. Sólo hay que sentirse parte de la música. Si me quedo quieto y tranquilo  los trópicos me hablan al oído.

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Written by aitztv

28 junio, 2012 a 14:17

Publicado en Literatura, Prosa, Viajes

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