Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Archive for julio 2012

Viene con la marea

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St. Malo, Bretaña ( J.M. SANCHEZ) Me gusta pasear por la orilla del mar. Supongo que es algo que nos gusta a todos; no cuesta dinero, es sano y nos da margen para pensar en nuestras cosas. Me gusta caminar por una playa desierta y volverme para ver como el mar borra mis pisadas. Tiene un componente poético ver como desaparece todo rastro de una persona a los pocos segundos de haberlo dejado. La playa es un buen lugar para comprobar lo efímero de nuestro paso por la lvida. Los patéticos intentos por poner nuestras pisadas a salvo de la línea de la marea se verán frustrados por el viento que -despacio pero incansable- eliminará de un soplido nuestra pequeña rebeldía.  no nos damos cuenta de que estamos paseando sobre las huellas borradas de infinidad de personas que antes que nosotros pasearon por la misma costa con los mismos pensamientos en la cabeza.  Muchas veces me pregunto qué nos diría el mar si cobrara vida, si un día se levantara de su lecho y nos mirara a los ojos desde su infinita experiencia con los hombres.  El, que ha visto a los hombres bajarse de los árboles para atreverse a acercarse a su cuerpo móvil e infinito, que ha transportado semillas de tierras lejanas para crear nuevos hogares lejos de los primeros hogares, que ha servido de soporte, cuna y féretro para aquellos que osaron arañar su superficie a caballo de troncos vaciados a fuego, balsas de totora y elaboradas naos de elegante arboladura. ¡Qué nos diría el mar si nos hablara! Quizá nos contara de su relación con el viento que se empeña en rizar su piel y trata de llevarle donde no quiere estar, que le arranca tirabuzones de espuma para arrojárselos a la cara a los que contemplan la tormenta mientras quiebran los truenos todos los miedos profundos de los hombres. Me imagino al mar como una enorme mantis religiosa siempre observante. Inmóvil. Mirándonos con sus múltiples ojos advirtiéndonos de su naturaleza, consciente de que quien penetre en su abrazo puede morir en el intento. El viento cuelga como una araña sobre nuestras cabezas, intimidando con su sola presencia.  Pero cuando salgo de mi embeleso descubro que en realidad el mar nos habla un par de veces al día. Lo hace cuando nos deja en la playa su mensaje en forma de conchas, semillas y corales. Nos dice dónde ha estado, con quién se ha encontrado y cuan profundo se han removido sus entrañas. Nos deja trozos de tierra de otras tierras lejanas, vómitos de corales exhaustos y –en ocasiones- deposita con mimo los cadáveres de sus habitantes, para que todos les podamos presentar nuestros respetos.  He descubierto además un mar distinto. Como todos los que nacemos en el Norte, nuestro mirar al horizonte siempre busca el septentrión, allí donde los siete bueyes de la Osa mayor nos conducen a la estrella Polar. Para nosotros no hay luminaria en el cielo que nos proporcione más tranquilidad. Nos hemos acostumbrado a mirar a los ojos a la galerna y al viento de las brujas que –desde el sur- enloquece a la bestia y enturbia la mente; pero nos hemos olvidado de tantos vientos ilustres cómo de mirar a los lados. Aquí, en mi isla, mi Norte esta en el Oeste, donde me asomo por las tardes a ver como el sol se esconde en el horizonte tras haber aparecido emboscado desde la Sierra Madre.  Aquí se deshace la hiperbórea y son los vientos alisios los que se encargan de enfermar mentes racionales e irracionales. Aquí, el final del día es una explosión de  color, la traca final de la jornada., la guinda del pastel; el corolario. Aquí los días son una poesía nacida entre las montañas y enterrada en el mar. Viento y mar. Fuego y tierra. Así está hecho este lugar. Mientras tanto… el mar borra mi rastro.

Written by aitztv

28 julio, 2012 at 9:18

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La nipa.

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  La nipa es al filipino como el scotch brite al resto de los mortales: la vida sin esta planta no entra dentro de lo posible para los nativos de estas islas. Pese a mi afición a los latinajos no voy a corromper el espíritu de la naturaleza con la manía que tenemos los hombres de bautizar  todo aquello que vemos. Nipa es un nombre lo suficientemente bonito como para que tengamos ganas de complicarlo. Mi relación con esta planta es de amor odio, es decir, yo la amo y ella me odia. La amo por su porte, que remeda un pay-pay de proporciones elefantiásicas, elevada sobre un tallo plano y fuerte absolutamente flanqueado por dos filas laterales de dientes de sierra que aterran sólo con mirarlos; me encanta la profunda espiral de la que nacen ríos de verdes fibras resistentes como la mejor lona  e impermeables como nunca conseguirá fabricar el hombre. La tierra elige muy bien a sus hombres. Cuando perdemos la relación con el territorio que pisamos  nos volvemos cosmopolitas de espíritu y apátridas de los recuerdos. La nipa, como otras muchas plantas en diferentes puntos del planeta, acompañan al hombre más básico, al que mira como construye la naturaleza y trata de remedarla volcando a su favor el fiel de la balanza. Cuando se crea a partir de los que la tierra nos oferta el resultado final nunca ofende a la vista ni al espíritu, solapándose su forma con el entorno como si hubiera germinado de forma natural. La nipa vende cara su vida. Aunque nunca he cortado ninguna me ha clavado los dientes sólo por el descaro de haber pasado demasiado cerca de su pie. Esta especie de cruce entre pez espada y abanico se defiende pasivamente no con uñas pero si con dientes, dientes de más de un centímetro que hacen finos y dolorosos cortes en la piel, aunque es más su poder disuasorio que su peligro para los hombres. Su enorme paraguas la hace especialmente buena para cubrir los tejados de los bahai kubos que estarán a salvo de las potentes lluvias durante al menos tres años. Los hombres las recolectan, las tienden al sol para que se sequen y las tejen primorosamente, una a una, una sobre otra, fila sobre fila hasta que su tupida protección se une a la urdimbre de los tejados. El resultado final es una cubierta fresca, impermeable y –esto es lo más importante- natural. Así se prolonga la frescura que ésta planta nos da en el bosque durante años después de su ciclo natural, formando parte de la vida de las personas que, bajo su manto vegetal, viven, laboran, aman y crecen al son del maravilloso bosque tropical. Acle, aranga, calamansay, molave, tíndalo, yacal…Para mi son palabras que producen música en los oídos, que armonizan con la lluvia y los vientos… creo sinceramente que si las plantas hablaran elegirían estos nombres. La selva fabrica los mejores plásticos biodegradables. Sólo necesitamos fijar nuestras necesidades.

Written by aitztv

19 julio, 2012 at 13:16

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Hace 25 años que tengo 25 años

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Me gustaría poder decir que hoy me he dejado caer por la ladera de la segunda mitad de mi vida pero se que no es verdad. No aspiro a vivir cien años. Teniendo en la mirada mis últimas vivencias creo que hasta me conformaría con vivir diez años más con cierta paz en el ama y algo de salud en mi parte mortal. Tengo pleno saber de que ya he consumido dos tercios de mi vida con  victorias y  derrotas, errores y aciertos pero son dos tercios y lo que queda nunca será más largo que lo que ya he consumido. He plantado infinidad de árboles y tengo dos hijas, a las que que mi falta de expresividad emocional nunca demostrará todo lo que las quiero. No se si me falta escribir un libro; sin duda que un libro de papel, de los que se tocan y se guardan como un objeto venerado, de los que huelen a  imprenta y te miran a la cara cuando lees es algo que no tengo aun en mi hatillo; pero he escrito  y  publicado tanto como me han dictado mi obligaciones, mis sentimientos y –en ocasiones, mis amigos. Hasta hoy mi vida ha sido una locura. Para muchos desde su punto de vista un desastre. Nunca he sabido ordenar mis sentimientos ni me he esforzado en priorizar mis quereres y desamores. Tampoco he sido muy hábil con amigos, enemigos y resto de la fauna indómita que rodea  a cada ser humano. Si algo puedo poner de forma contundente en mi haber es que nunca he mentido con mis sentimientos: sólo quiero  una vez y es para siempre. Hoy quiero hablar de mi y no es por que quiera ser mejor conocido o interpretado; es porque necesito ordenar mi vida y las bodas de oro son una oportunidad para hacerlo.

Nací al filo de los años sesenta, una época convulsa ahora que lo veo con perspectiva. Muchos de los que vinimos al mundo en aquellos años crecimos anestesiados por las circunstancias políticas heredadas de una guerra que surcó de cicatrices los silencios y separó aun más aquellas dos Españas que decían algunos que existían.  Eran los años de los magnicidios: Kennedy, Luther King y otros difuntos no tan famosos sonaban en nuestros oídos días si y día también. El mundo moderno era “americano” y de los logros de los “rusos” sólo se hablaba en la complicidad de la voz baja. Nací bajo la carrera espacial; soy uno más de los hijos del programa Apolo, de aquellos que vimos llegar al hombre a la Luna en blanco y negro con los comentarios  de Jesús Hermida desde los Estados Unidos. También somos la generación que llegó a las casas junto con aquel portento tecnológico que se llamaba televisor, aparato que se entronó en las mayoría de las cocinas primorosamente cubierto con un tapete hecho a ganchillo o subido a la nevera. La radio vivía entonces unos momentos mágicos con interminables radionovelas y personajes famosos, hoy diríamos mediáticos,  que visitaban todas las tardes de café de puchero a las amas de casa, aquellas que como profesión tenían – aun tienen- sus labores. A veces- sólo a veces- había tabernáculo de escalera porque ocurría algo especial, algo que nunca nos contaban a los pequeños y que tenía que ver con esos personajes oscuros que hoy llamamos políticos. Entonces en voz baja se buscaba al vecino que tenía un “transistor” (pronúnciese transitor) de los “superheterodinos” que nadie sabia que significaba pero que era “americano” así que tenía que ser bueno o mejor. La calidad del aparato se medía entonces por su capacidad para recibir Radio París o la “Peninsular”. Eran noches de susurro y conspiración, donde nadie terminaba de fiarse del otro, con el miedo a que alguien buscara  medrar yéndose de la lengua. Habíamos nacido en un país dividido dentro de un país dividido: Algunos hablaban otra lengua casi de forma clandestina, como si fueran una comunidad subterránea en su propia casa: Los que éramos hijos de emigrantes siempre teníamos la sensación de que pasaba algo que nadie nos contaba.  Aquella lengua rápida y contundente, preñada de acentos imposibles no se hablaba en la escuela. No se hablaba en la televisión, no se hablaba en el cine. Me sentía como el invitado desparejado de la fiesta, ese que no conoce a nadie y deambula por los salones limosneando algo de atención. Necesité años para comprender que no había dos países sino dos sentimientos, dos formas de vivir una tierra en la que se reverencia un árbol, una lengua y una cultura. Una tierra en la que la ignorancia se manifestaba muchas veces en forma de odio y el odio se embotellaba hasta límites explosivos. Una tierra que era gobernada desde la soberbia por una especie de virreyes que manejaban de forma omnímoda el destino de una cultura milenaria. Pero no quiero detenerme aquí. De nosotros se esperaba que termináramos carreras de “renombrón”, médico, abogado,ingeniero o arquitecto, siempre bajo el estigma familiar de que “ellos no pudieron estudiar”. Se nos traspasó la responsabilidad de convertir aquella media clase en una clase media y –honestamente- creo que la mayoría fracasamos. Nuestros padres querían que obtuviéramos su título universitario, no el nuestro. Yo había nacido detrás de una cárcel y había sido bautizado bajo ella. Mis padrinos vinieron de Estados Unidos, cosa que nunca entendí y aun no entiendo. Durante los primeros años de la década de los sesenta me tocó estudiar en una escuela pública, con aquellos maestros nacionales que trufaban sus clases de odas al caudillo y que nos examinaban de historia que nunca nos enseñaban. Era aquella una escuela donde niños y niñas vivían en alas separadas llamadas galerías, supongo que para que el parecido con el ámbito carcelario fuera más evidente. Todas las mañanas nos formaban para rezar frente al director y después nos obligaban a entonar cantos patrióticos hasta nuestro pupitre. Por fortuna mi memoria ha conseguido esconder todo aquello en la parte de atrás de la cabeza y apenas recuerdo más allá de algunos versos sueltos: un caso de olvido que no me preocupa en absoluto.  Pero si tengo grabado a fuego el momento en que uno de los maestros, Don Aurelio Valladares, escribió la fecha en la pizarra y –por primera vez- entró el siete en acción. Estábamos en 1970. Con el tiempo me hice consciente de que aquellos primeros años de escuela, esos que son tan importantes para el desarrollo intelectual de una persona, no fueron más allá que pasar las horas de lunes a sábado por la mañana. Aparte de los juegos infantiles sólo recuerdo que me hablaban de las hazañas del Cid, de los Reyes Católicos, de Agustina de Aragón y del brazo incorrupto de santa Teresa. “ De Isabel y Fernando el espíritu impera…” El edificio aun existe cerca del penal alrededor del cual transcurrió mi  vida temprana. Aun a veces me paro y miro la ventana al pie de la cual estaba mi pupitre e intento imaginar cómo se me vería desde allí, desde fuera de la ventana, a una distancia que para mi suponía estar casi en otro planeta. Veo las multiplicaciones interminables, las divisiones con decimales y el cumpleaños de Franco. No recuerdo nada más y del cumpleaños, sinceramente, no recuerdo la ni fecha. A los que nacimos en los sesenta nos quisieron convertir en astronautas e ingenieros: nos iban a mandar a la Luna a hacer la mili e íbamos a tener coches sin ruedas. íbamos a ver las maravillas del año dos mil y no envejeceríamos nunca. En pocos casos nuestro padres nos enseñaron a ser libres, algo que no se puede estudiar. La televisión nos contaba cada día que se iba a terminar la interminable guerra del Vietnam, con flores hippies y pachulí. Fuimos la segunda generación desencantada, a caballo entre los de mayo del 68  y la –en muchos aspectos- desastrosa generación actual. Sufrimos todos los cambios para ver al final, casi con lágrimas en los ojos, que todo seguía igual. Nos quitaron el bachiller y la reválida, nos hurtaron el Preu, nos impusieron la fracasada teoría de conjuntos y nunca tuvimos una idea general de qué teníamos exactamente que hacer. Personalmente me arrastré hasta los 14 años. Durante esa etapa de mi vida me refugié en la belleza oculta de la tierra; comencé a coleccionar minerales hasta que  llegué a ser considerado un pequeño entendido.  De aquel entonces me quedé con una costumbre; la de mirar atentamente todo aquello que me rodea buscando pequeños indicios de cosas interesantes. Todo aquello que brilla, que se mueve, que modifica de algún modo el entorno me llama poderosamente la atención. Me duele profundamente haber perdido también aquellos conocimientos, pero el tiempo me enseñaría que eso iba a ser la pauta de mi vida: dominar una disciplina para después olvidarla y sólo quedarme con algunos elementos que más que conocimiento yo denomino chascarrilos. Los años 70 cambiaron poderosamente mi vida no ya porque iba creciendo y camino de abandonar la cómoda infancia en aras de una incipiente adolescencia sino por cómo entré en esa etapa de la vida. Cuando tenía 14 años falleció mi madre víctima de un cáncer imposible de tratar. Es una norma común en mi familia la de morir jóvenes. No se si algún antepasado contaminó el karma de toda su descendencia pero la realidad es la que es. No conocí a mis abuelos y mi familia se reduce a un par o tres de docenas de individuos. No puedo decir que me alegrara pero en el fondo –aunque sea duro decirlo- se eliminó de mi futuro una personalidad que no me hubiera beneficiado…  y mejor lo dejo ahí.  Mis catorce años eliminaron de la ecuación de mi vida muchos elementos negativos y trajeron uno  positivo pero peligroso: Las chicas. Para un adolescente sobreprotegido a las faldas de su madre la idea de la mujer más allá de la familia puede resultar catastrófica. Todo aquello de lo que no había disfrutado hasta entonces se convirtió en una posibilidad real. A los 14 años comencé a perder el sobrepeso que había arrastrado durante años en la infancia, con lo que eso suponía de burla e inconvenientes. Pasé de ser un gordito a ser un joven delgado, alto para la época y que lucía como rebeldía de opereta una frondosa melena afro. Pasé un par de años en el equipo de voleibol y estábamos teniendo cierto éxito cuando un revés me dejo de nuevo en puerto mientras los demás partían. Me rompí una rodilla que nunca se recuperó tras dos operaciones, al extremo de estar hoy pendiente de una nueva lesión que me obligue a vestir una prótesis. Perdí 5 meses de clase y un curso pero eso no fue lo peor. Me sentí derrotado; vi cómo es esfumaban todas las ilusiones de hacer algo de aquello que se suponía debía hacer. Repetir un curso no es traumático en si mismo. Lo son las miradas de los que te hacen sentir que estás en segunda división. Durante esa nueva etapa, sin embargo, conocí a algunas de las personas más maravillosas que han aparecido en mi vida. Con ellos terminé los estudios secundarios y accedí a la universidad. Recorrí esos años saltando de relación en relación, a veces compartiendo tiempo, y si te descuidas espacio, pensando que lo que tomara en ese momento de la vida, no lo tomaría nunca.  Por supuesto que estaba equivocado y debería pedir perdón a los que dañe y a quienes cambié la vida, aunque en realidad tengo la impresión que a veces el cerebro de un adolescente no ha puesto en marcha todas sus partes y no tenemos la sensación de estar obrando mal. Era un idiota arrogante que quería prolongar sus maravillosos 14 años hasta la eternidad sin querer aceptar que eso era imposible. Mi primera relación seria la rompió la distancia: la segunda la distancia y mi estupidez. De todo lo demás que ha pasado desde entonces el único culpable vuelve a ser mi estupidez pero ahora en solitario. En la mitad de esa década ocurrió algo que algunos pensaban que no era posible: murió el dictador. La vida casi provinciana se transformó en una sucesión de siglas, acrónimos y majaderías variadas. La izquierda se dejó por fin ver de nuevo –con peluca- y el tibio mandatario escogido de la terna de designación real combinó rojos y azules en un partido de verdes y naranjas que gobernó no por el miedo sino con el miedo, el miedo de muchos a decir qué querían ser mientras miraban de reojo una foto del caudillo a ver si se movía. Las sociedades se tambaleaban en todo el mundo, Persia ya no tenía ni Sha ni nombre mientras occidente se llevaba las manos a la cabeza para ver cómo el fundamentalismo religioso se hacía con los gobiernos de los países árabes y de oriente próximo pretendiendo disimular que otros fundamentalismos ya gobernaban Europa desde la edad media Y América desde su fundación. Mientras tanto, uno que había aprendido por su cuenta a aporrear una guitarra se debatía entre los cantautores “progres” y el Rock’n roll. Era inevitable que en esa edad uno no se crea capaz de todo, así que junto a unos amigos formamos la peor banda de rock de la historia. Lo siento, muchachos pero escribo esto para contar la verdad y éramos malos hasta la exaustación. Sin embargo fue divertido y algo bueno tuvo que dejar en nosotros. Personalmente pasé a los 80 ingresando en la universidad para estudiar Biología aunque nunca estuve muy convencido. Siempre he creído que hay biólogos puros, personas que entienden la naturaleza y su mecánica sin perderse en farragosas cuestiones laterales. Creo en los naturalistas que enunciaba Jean Rostand en sus obras y ese era el camino que quería seguir. No quería perder el tiempo en la estadística y el tiempo me ha dado parte de razón cuando aquellas horas de estudio vacío se ven eliminadas de un plumazo por una aplicación informática que sólo te pide que introduzcas los datos y te ofrece los resultados al instante. Planeaba sobre los rutinarios días en la facultad perdiendo el interés por minutos, alimentándome sólo de los datos que me interesaban y olvidando, casi despreciando, los que interesaban a los que me iban a examinar. Al final tuve que reconocer que  ese título no estaba en mi camino y que lo que realmente me atraía era la comunicación. Tenía esa parte tecnológica que despertaba mi curiosidad y una parte creativa que me parecía un reto. La comunicación es escribir en el aire, modelar formas irrepetibles una y otra vez mientras intentas esconder un mensaje en tu obra. No ofende la vista con formas absurdas ni humilla nuestros oídos con combinaciones de sonido imposibles de combinar. La comunicación es un arte y una ciencia. Abarca conocimientos de prácticamente todas las disciplinas del conocimiento y una más: la capacidad de relacionar datos y hecho desde una perspectiva humana, casi antrópica. A la vuelta del servicio militar, en el que no me pienso detener ni un instante, comencé a prepararme para la radio. No tengo ni idea por qué fue la radio, pero tengo una sombra en la memoria que me dice que fue lo más próximo a mi casa que podía encontrar. Al cabo de unos meses debuté en Radio Popular con más miedo que vergüenza. Allí Pasé los dos primeros años de  vida profesional mientras que entre semana ocupaba las horas en una emisora local del amanecer a la puesta del sol. Recuerdo aquellos dos años en los que no tuve un sólo día libre. Doy  gracias a los compañeros, porque la gerencia era insoportable. He pasado más de 25 años como profesional independiente en la radio. Prácticamente he estado en todas las cadenas y en las que no he estado he prestado mi voz en comerciales, promociones y campañas. Durante esos años también he ejercido como profesor de audiovisuales y he participado esporádicamente en algunos proyectos de cine: Nada serio. Me aterra la facilidad que tienen algunos para autonombrase directores de cine y lanzarse a cortometrajes imposibles. Muchas veces me han preguntado por qué nunca he dirigido o producido un corto y mi respuesta siempre ha sido – y será por el momento- la misma. ¿Que por qué nunca he dirigido nada? Porque no se. Así de sencillo. Los últimos años los he pasado subido a una montaña rusa económica, laboral, sentimental y emocional.  Mi contumaz mala salud ha sido la compañera inseparable de los malos y buenos momentos. He visto la muerte de cerca un par de veces y aun estoy aquí, aunque haya sobrepasado la fecha de caducidad. No ignoro que llevar dos implantes en el corazón es una limitación seria, pero quitando los días malos, cuando la fribromialgia me bloquea, estoy razonablemente bien la mayor parte del tiempo.  Pero más de uno os preguntaréis: ¿Qué haces tú en una isla en las Filipinas? Os contesto en futuro: Triunfar. Esto no está siendo fácil para los que estamos aquí pero tenemos muy claro qué estamos haciendo y por esa razón los malos momentos son secundarios. personalmente me muevo entre la euforia y la añoranza, pero el influjo del trópico es poderoso, te enamora y te vela en buena parte los sentidos logrando que veas de forma positiva todo aquello que en un principio parece tan difícil de asumir o de interpretar. Pese a lo que pueda parecer estár aquí es el final de un viaje que algunos iniciamos hace unos años, cuando creíamos en los equipos de trabajo y todas esas monsergas que al final resultan refritos con muchas calorías y poca substancia. Si, estoy lejos de casa y de las personas que se supone son el eje de mi vida, pero estar aquí no es un castigo: es un premio, el premio gordo. Alcanzar el quincuagésimo es un momento para pensar en cosas que tienen que quedar de este lado de la frontera para recorrer lo que queda con poco equipaje. Dejo en esta orilla a los amigos interesados, los amores de verano, las reverencias que no pienso volver a hacer e incluso una serie de familiares postizos a los que no deseo ningún mal, pero que tampoco deseo tener cerca. He levantado murallas de distancia y de férreas palabras entre lo que quiero ser y aquellos que ya no aportan nada.  En líneas generales, amigos míos, estoy con quien quiero estar. Aun quedan flecos que confío se caigan solos, como si fueran el umbilical de mis días pasados.  En resumen, nada me sobra y nada  anhelo.  Nada hay que sea vital que no tenga y si alguno de los que dicen ser o haber sido amigos mis no se encuentran o no se reconocen en lo que he contado ya saben el lugar que ocupan en mi vida. Lo mismo digo para la familia, a la que siempre he considerado un mal de trasmisión genética. Mi familia es aquella en la que no me falta el plato en la mesa ni la silla en Navidad. Así soy y así quiero ser de ahora en adelante. Prometo no hacer una cosa parecida a esta en los próximos 25 años, si es que vivo lo suficiente.  Muchos han quedado por el camino, amigos y enemigos. A ellos no me refiero porque ya lo saben todo mientras me ven desde una tribuna privilegiada. Esto y no otra cosa es lo que soy.

Besos a todos/as

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Written by aitztv

18 julio, 2012 at 0:01

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Y vendrán lluvias suaves…

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_IGP4111 Hay una historia maravillosa sobre una casa que intenta sobrevivir cuando sus dueños ya no existen. Un hogar automatizado que intenta seguir su vida aun cuando no hay a quién atender. Vendrán lluvias suaves aun cuando no haya nadie para celebrarlas o maldecirlas. Hoy me han sacado del país de los sueños unos pescadores que, al retornar a puerto al alba, querían vender los pulpos que han logrado durante su singladura. A las seis y media de la mañana el espíritu no está para la cocina –ni para pulpos- pero el cuerpo ya estaba en marcha y me he pertrechado para salir al monte. El paisaje ha cambiado desde la última vez que salí: la hierba esta muy alta y no permite ver lo que pisas, además los arrozales ya están inundados y los caminos entre la espesura están  desdibujados por el barro y las pisadas de los carabaos. El sol, que entona su canto del cisne para dar paso a la temporada de lluvias, ataca desde lo alto con dureza, obligándome a refrescarme a menudo con el agua de una botella congelada que siempre llevo en las salidas. No tardo mucho en darme cuenta de que el campo está muy pesado. La convergencia del calor, la  hierba alta y los campos inundados me obligan a caminar sobre las pequeñas pasarelas que separan los arrozales, en parte para evitar mojarme los pies y en parte para evitar pisar los cultivos. El arroz es más que un alimento básico; es casi una  religión. Podrás invitar a cualquier natural de estas tierras a los mejores restaurantes del mundo que –al final- siempre acaban preguntando por su taza de arroz blanco. A veces pienso que si les invitas a una paella reclamarían su arroz blanco. No es el arroz de elegante grano largo al que estamos nosotros más acostumbrados sino el arroz corto, chato y romo que el hombre hace más de diez siglos que mima y cultiva. El arroz del pueblo es un arroz recio, de grano roto y con enorme cantidad de almidón que la mayoría de las familias comen preparado en un steamer, al vapor. Cada cultura se ha beneficiado de un cereal: África lo hizo al mijo, América al maíz, la mayorías de nosotros al trigo y los países centroeuropeos y germánicos al centeno. Asia es la cultura del arroz y no lo disimulan. No hacen complicadas preparaciones con él. Lo cultivan, lo hierven y lo consumen. Una vez recolectado lo extienden por cualquier superficie seca y lo solean, como nosotros hacemos con las uvas, hasta cuatro veces. Saco a saco _IGP4113-como-objeto-inteligente-1las carreteras, campos de baloncesto y cualquier lugar plano y seco reciben la alfombra de este cultivo. Lo vacían lo extienden y lo recogen hasta cuatro veces por saco. No hay maquinaria, sólo la paciencia de los filipinos trabajando entre dos soles durante un buen montón de días, hasta que llega la báscula, pesa la cosecha y paga a los agricultores. Después, vuelta a empezar. El sol dibuja arcos en el cielo, como las enormes  ojivas de las catedrales, en cuyos vanos los hombres de la tierra, ennegrecidos por los siglos, se doblan en un eterno ciclo de plantaciones y recogidas, de inundaciones y secanos.  La hierba me alcanza el pecho y me resulta imposible ver mis propios pies en el suelo. Los arrozales son lugar frecuentados por todo tipos de insectos que forman parte de la dieta de aves y reptiles que a su vez, forman parte de la dieta de otras aves y reptiles de mayor tamaño. Se que cerca de mi hay cautelosos lagartos y varanos en busca de caracoles e insectos, hay ranas y sapos que a su vez alimentan a las serpientes. Aquí vive la Cobra filipina, que curiosamente es la que usan los supuestos encantadores hindúes de serpientes por su dibujo tan característico. Es muy agresiva y casi siempre mortal. Se que a unas horas de donde me encuentro hay un hospital especializado en mordeduras de animales de todo tipo pero no me consuela. Si me picara no llegaría a tiempo. Hace unos días en la playa me topé a menos de un metro con una medusa cubo – las llaman avispas de mar– cuyo veneno es catastrófico para el hombre. La vi tranquilamente a mi lado, ignorándome, pero extendiendo sus mortales tentáculos al capricho de la resaca. Si no la hubiera visto podría estar ahora en un serio problema o simplemente no estar.  Pese a todo, pese a saber que cada paso es un riesgo para nada calculado, me resisto a regresar. Supongo que en mi mente está afincada esa idea de que todas esas cosas le pasan siempre a otro y que yo soy inmune a estas frivolidades de la Naturaleza.  En el fondo creo que somos, al menos yo, adictos a esa sensación de peligro que adereza los días y ayuda a distinguirlos unos de otros. De todos modos intento escuchar entre la maleza cualquier sonido que denote la presencia de un animal. Ni quiero molestarle ni quiero inquietarlo. Rodeo cuidadosamente los cúmulos de hierbas más altas en los que hay más posibilidades de un encuentro no deseado. Cuesta mucho avanzar, hacer camino. El bosque se resiste a darme paso. Inicio muchas rutas que tengo que abandonar porque no tengo claro que lleven a algún sitio. Me acompañan libélulas de cuerpo pesado y vuelo significativamente torpe. Son oscuras y macizas, lejos de las formas gráciles y colores brillantes que siempre les adjudicamos. Al final, casi sin saber cómo, alcanzo la cima de una pequeña colina y me puedo volver para contemplar qué he dejado a mi espalda. Como siempre, el horizonte está dibujado a tiralíneas por el mar, que hace una línea perfecta sólo interrumpida por la silueta agresiva de las grúas de los cargueros. El aire está absolutamente parado, no hay sonido alguno alrededor.  Es el perfecto mediodía. Los pájaros chapotean agrupados en las pequeñas balsas que aun quedan bajo la luz, justiciera y cenital, del sol. He calculado mal. La luz es absolutamente plana a estas horas y obtener un fotografía decente es difícil pero ya estoy aquí y no puedo hacer otra cosa que al menos intentarlo. Hoy es un día de trabajo por volumen: si hago una cantidad absurdamente grande de tomas, alguna tiene que ser lo suficientemente buena como para justificar la salida. No estoy preocupado –tengo crédito suficiente como para  hacer días en blanco- pero me irrita no obtener resultados. Comienzo la vuelta al valle entre el laberinto de canales que el agua organiza en esta zona. Los arrozales inundados han modificado totalmente el paisaje y no encuentro una vía para volver que no suponga hundirse en el lodo hasta las rodillas. Como cada vez que salgo tengo las piernas llenas de cortes desde las rodillas hasta los pies y no me parece una buena idea meter heridas abiertas en aguas estancadas. Por la zona merodean a sus anchas carabaos y cabras, por lo que eres candidato a una infección o a llevarte unas garrapatas de regalo. Por fin veo una posible vía de retorno, pero tengo que sortear un montículo  y hacerlo por la parte seca. Cuando casi he _IGP4123terminado me encuentro de frente, a menos de un metro, con la cabeza enorme de un carabao.  nos miramos los dos a los ojos como si estuviéramos manteniendo una conversación telepática. Su natural bondad es una  baza a mi favor; sólo tengo que esperar un poco. Como si me hubiera comprendido se da la vuelta y se mete en una poza a refrescarse. Tengo vía libre pero no me sirve de nada: el camino termina es una laguna nauseabunda llena de mosquitos. No hay más remedio que volver por el mismo camino por el que he ido. Nunca me ha gustado desandar un camino. Intento siempre poder regresar por un lugar diferente, de modo que no sea un viaje  de ida y vuelta pero, al menos esta vez, tengo que tomar el imaginario hilo de Ariadna que me permita abandonar este dédalo vegetal. Escucho un trueno en la lejanía y me pregunto si llegaré a tiempo, antes de que la lluvia inunde lo que queda de los caminos.  Ya fui sorprendido y arrastrado en una ocasión por una riada repentina. Perdí una cámara y varias tarjetas de memoria pero gané experiencia y sobre todo  prudencia. Ahora llevo conmigo bolsas estancas para, al menos, proteger el equipo. casi no llego a tiempo a ponerme a cubierto: la lluvia comienza a caer, perezosa al principio y desbocada al cabo de unos minutos: mientras recibo en la cara su cálida caricia me viene a la cabeza el poema de Sara Teasdale:

_IGP4129Vendrán lluvias suaves y olor a tierra,
Y golondrinas volando en círculos con su vibrante sonido;
Y ranas en el estanque cantando en la noche,
Y ciruelos silvestres en su trémula blancura.
Petirrojos vestirán su emplumado fuego,
Silbando sus antojos sobre una alambrada.
Y nadie sabrá de la guerra, nadie
Se preocupará finalmente cuando esté acabada.
A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si la Humanidad pereciera del todo;
Y ni la Primavera misma, cuando despertara al alba
Se daría cuenta de que nos habíamos ido.

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Written by aitztv

15 julio, 2012 at 8:34

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El primer trago.

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Nicolae Grigorescu - Dos borrachos El día amanece plano de luz con un uniforme tono gris metálico en el cielo que preludia la llegada de enormes nubes preñadas de aguas ascendidas lejos de aquí. Así son ciclos vitales, los eternos retornos, viajes interminables entre dos puntos lejanos que curiosamente separados terminan siendo un uno coherente. Estoy sentado con la vista clavada en el levante, recibiendo los vientos que se escapan hacia el mar en su camino a ninguna parte. Hoy me he dejado acompañar de una amiga de conveniencia, una amistad de esas que nunca faltan cuando las cosas no pueden ir peor: una botella. La he tenido acunada entre hielo para que deje allí su calor y sólo caiga en mi interior el placer de sentir como su espíritu recorre mi cuerpo de arriba abajo, penetrando en mi como una espada. Tomar un trago, solo uno, es un arte de difícil ejecución. Hay que prepararse para sentir un placer que desaparece según el licor se va perdiendo en espiral ejecutando una perfecta caída libre hacia la nada. No se trata de llegar al placer ni de recordarlo después. Se trata de disfrutarlo una única vez y hacerlo según pasa. Un buen trago es como una sinfonía que tiene el tiempo como dimensión principal; no es un cuadro sobre el que dejar viajar la mirada o una escultura que acepte las caricias. No es una amante que gime entre tu brazos para después abandonarse desmadejada abrazada a ti. Un trago es una comunión con el tiempo más pequeño que los hombres podemos medir, es la música en tu sentido más interior. Al abrir la botella el calor de mi mano es suficiente para elevar desde sus adentros el delicado aroma del ron que contiene. Es como si escapara el genio de la lámpara y se vaporizara a tu alrededor, alcanzando por tus fosas nasales el punto del cerebro que evoca tierras lejanas, esas que siempre parecen coquetear con el horizonte donde la vista no permite ver más. Por un instante veo la enorme panza de un barco de madera, de un velero poderoso en cuyas entrañas los marineros cuelgan de las cuadernas como si fueran arañas, encaramados en sus hamacas mientras el aire huele a mar, a música y a ron. tomo un vaso y dejo caer el líquido en su interior. Desciende perezoso como intentando no pisar las paredes de cristal que lo van a acunar unos instantes, los que tarde en decidirme a vaciar el vaso de un  tirón y terminar la magia. Escucho unos pasos a mi lado y reconozco el caminar de Benson a mi lado. Ha vuelto hace poco de una salida relámpago en busca de una población indígena y aun no ha recuperado el caminar en suelo firme tras haber pasado unos días en la selva. Lo sé porque yo mismo camino del mismo modo cuando paso tiempo en la parte salvaje de la isla: uno se acostumbra a caminar de puntillas o clavando los talones con fuerza según sea el firme bajo nuestro pies. Al regreso a terreno doméstico uno no puede evitar que las tsinelas suenen como palmetazos en una mesa. Se me cuelga en la cara una sonrisa de paciencia mientras espero que me dirija una filípica paternalista respecto a la mala costumbre de beber temprano. Pero no. Simplemente alarga el brazo y toma otro vaso a la vez que, con un gesto, me solicita que se lo llene. ¡Esto es nuevo!¡un detalle de humanidad en Benson! Yo había empezado a pensar que no era de este planeta -ni de ningún otro- pero aquí está. Mirando en el interior del vaso como si pudiera diferenciar el líquido del cristal. Súbitamente se lleva el vaso a los labios y con un único movimiento lo vacía sin pestañear, mandando al infierno toda mi reflexión sobre el arte de disfrutar de un tragosolitario. No me queda opción. Hago lo mismo con la mente enfocada en mi acompañante en lugar de viajar a mares lejanos.  Tiende la mano con el vaso y me solicita que se lo llene de nuevo. ¡Qué le vamos a hacer! Un segundo trago con el estómago lleno de mariposas puede ser una idea horrible pero algo me dice que voy a ser testigo de un interesante discurso. El segundo trago sigue el camino del anterior y un  tercero ocupa su lugar en el vaso. El delicado aroma a café con el que está perfumado el licor flota a nuestro alrededor. Me doy cuenta de que Benson me está mirando directamente. Cuando dos hombres beben solos sin hablarse es que pasa algo entre ellos. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en nuestra humilde morada, parecemos los últimos representantes de la raza humana. No se me ocurre como descerrajar la conversación. Es la primera vez que temo la palabras de mi asistente: Querido Benson – le digo- creo que es la primera vez que realizamos juntos la liturgia de hacer trabajar al hígado tan temprano: ¿A qué se debe el placer? –pregunto dándome cuenta de lo tópico de la pregunta, – Depende Sire – me responde-. En primer lugar tendríamos que tener claro si se trata de un placer o no. beber es siempre una catarsis, un intento de purificación por el sufrimiento.  Cuando bebemos nos infligimos un mal que esperamos justifique las acciones que hemos hecho o las que vamos a hacer – Benson se gira hacia la montaña antes de continuar-. Sin embargo, otras veces intentamos que el espíritu del licor prolongue los momentos de alegría, algo que simplemente significa cuán escasos son estos últimos – vacía de nuevo el vaso- ¿Otro más?. El calor del trópico  ha eliminado la frescura gélida del licor y ahora se lanza directo al sistema circulatorio. Noto el calor en el fondo de los pensamientos y la mente empieza a vagar entre algodón. No hay sintonía entre lo que quiero decir y mi lengua dice; además una dulce sensación de sopor me está abrazando por momentos. Benson continúa hablando: Hay una diferencia entre las personas que estamos bebiendo ahora… aquí. Uno lo hace para olvidar, el otro para  ignorar. Ahora pregunto ¿Quién es quién, Sire?.  No tengo ya la cabeza para filosofías, Benson, – digo mientras intento sacudirme el sueño- así que iré a lo fácil. ¿Qué contestaría Lady Lía? . Benson salta como un resorte. Me da la impresión de que no le gustado que la saque a colación con unas copas de más. Pero Benson es imprevisible y rápidamente da la vuelta a la argumentación. Lady Lía – me dice divertido-  le respondería de la misma manera que lo hizo usted cuando fue ella quien preguntó. Le diría que todo aquel que tiene algo que contar no debe ahogarse en tribulaciones. Le diría que la próxima botella esté llena de poesía, de paisajes y de momentos felices. ¿Está todo eso en el espíritu del ron?. Hemos vaciado la botella y el licor ya no es amable. Martillea en las sienes con medida precisión. Miro al horizonte e intento que el viento se lleve las penas. Benson ya no está a mi lado. Le veo caminado por la cima de la colina hasta que desaparece por el otro lado. A mis pies está la botella vacía como trofeo a la estupidez. Entre el metal plomizo del cielo se abren grietas por la que se escapa el sol dibujando caminos entre la espesura. El aire se levanta arrastrando el olor de la tierra mojada y las frutas recién lavadas por la lluvia. Me quedo reflexionando en el hecho de que quién olvida no necesita ignorar. Me voy a dormir, a olvidar…

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Written by aitztv

11 julio, 2012 at 15:56

Publicado en Literatura, Prosa

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Entre Cáncer y Capricornio.

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_IGP3446 Cada vez que pronuncio la palabra “tropical” me vienen a la cabeza un montón de recuerdos, de improntas, que me sitúan en lugares y tiempos diferentes a los reales, a los que ocupo ahora mismo. Los trópicos suenan a guaraní,  a flores exorbitadas, a frutas prohibidas. La franja de tierra y mar entre Cáncer y Capricornio es el pasillo de la casa de los marineros, dónde las aventuras de Emilio Salgari tenían sus escenarios de piratas, corsarios y bucaneros. Allí estaban las islas con sus nativos y sus gobernadores, con sus princesas y sus puertos, con sus tabernas llenas de ron y el horizonte convertido en una línea al final de océano.  Sabe a café y especias, a copra y te, a pimienta y canela… El trópico suena a fiesta, a playas interminables de arena blanca y a nativas de piel dorada bailando sensuales al ritmo de instrumentos artesanos, a peces multicolores y a deidades marinas que nunca comprenderemos los que no hemos crecido a los pechos de esta tierra. El cinturón del planeta, esa línea que el sol dibuja en la panza de la madre tierra  está inevitablemente vinculado al mar. Sabe a yodo y sal, a brea y caña de azúcar. Tiene su propio reloj que marca las horas al son de las mareas; es la anestesia de los sentidos, el camino que nos lleva a una laguna azul entre la foresta con el aire invadido con las mixturas de mil flores. A veces  podemos dejar volar las ideas y sentirnos capaces de encontrar el tesoro perdido enterrado bajo una cruz en el mapa al pie de árbol del ahorcado, seguramente con una maldición que nos perseguirá de por vida. Todos tenemos en el fondo de nuestro ser una fibra tropical, una necesidad de sentir el sol crudo en la cara y los alisios flotando entre nuestro pelo. No es la tierra que mana leche y miel, no es la tierra prometida, no existe aquí el cuerno de la abundancia… Es la tierra de la que no te quieres ir, el país de Nunca-jamás donde te niegas a crecer y vuelas entre las nubes buscando a alguien que te sepa coser la sombra a los pies. Sin embargo también en los trópicos existen las sensaciones inquietantes, las que son como garras heladas que te penetran por la espalda y te aprietan el corazón hasta que te falta el aliento. El aire te abraza y te amenaza, te envía su aliento cálido a la vez que te muestra los colores tenebrosos de las tormentas y la inquietantes incógnitas de las profundidades marinas. Aquí se esconden del paso de los siglos los pueblos desconocidos, los saberes ignorados que tienen el poder de hacer que la selva te devore o el océano se levante en una poderosa muralla capaz de entrar tierra adentro a recuperar aquello que los hombres le han robado durante décadas. Este es el lugar donde la humanidad paga con hecatombes naturales el diezmo que la naturaleza impone por vivir en su regazo. Para muchos, el precio de vivir en los trópicos es la propia vida. Dan y quitan, te ofrecen el abrigo a sotavento mientras en el otro extremo el viento hinca sus dientes en la costa donde arranca pedazos que desmenuza para con el tiempo convertir toda su furia en playas de arenas de cristal. La propia tierra se abre bajo los pies de sus habitantes para escupir parte de sus ardores, de sus infiernos al aire azul del eterno mediodía. Y una vez más tras la tempestad sucederá la calma. El cielo de fuego del atardecer se tenderá reflejado en las lagunas doradas en islas que aun no han pisado los pies de los hombres. Lluvias mansas dibujaran círculos concéntricos, crecientes ceros encadenados, en la piel de los abrevaderos de aves engalanadas hasta lo estrambótico y reptiles luminosos que levantan su cuello para olfatear el aire.  El planeta en su giro inmenso y eterno acumulará de nuevo la energía en su panza hasta que reúna la suficiente para crear un nuevo caos. Hombres y bestias, criaturas grandes y pequeñas se reunirán de nuevo en lo más profundo de los abrigos naturales, para observar con la mirada nerviosa cómo, de nuevo, se inicia un nuevo ciclo, un eterno retorno, un nuevo año cósmico en los trópicos.

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Written by aitztv

3 julio, 2012 at 11:33

Publicado en Viajes