Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

El primer trago.

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Nicolae Grigorescu - Dos borrachos El día amanece plano de luz con un uniforme tono gris metálico en el cielo que preludia la llegada de enormes nubes preñadas de aguas ascendidas lejos de aquí. Así son ciclos vitales, los eternos retornos, viajes interminables entre dos puntos lejanos que curiosamente separados terminan siendo un uno coherente. Estoy sentado con la vista clavada en el levante, recibiendo los vientos que se escapan hacia el mar en su camino a ninguna parte. Hoy me he dejado acompañar de una amiga de conveniencia, una amistad de esas que nunca faltan cuando las cosas no pueden ir peor: una botella. La he tenido acunada entre hielo para que deje allí su calor y sólo caiga en mi interior el placer de sentir como su espíritu recorre mi cuerpo de arriba abajo, penetrando en mi como una espada. Tomar un trago, solo uno, es un arte de difícil ejecución. Hay que prepararse para sentir un placer que desaparece según el licor se va perdiendo en espiral ejecutando una perfecta caída libre hacia la nada. No se trata de llegar al placer ni de recordarlo después. Se trata de disfrutarlo una única vez y hacerlo según pasa. Un buen trago es como una sinfonía que tiene el tiempo como dimensión principal; no es un cuadro sobre el que dejar viajar la mirada o una escultura que acepte las caricias. No es una amante que gime entre tu brazos para después abandonarse desmadejada abrazada a ti. Un trago es una comunión con el tiempo más pequeño que los hombres podemos medir, es la música en tu sentido más interior. Al abrir la botella el calor de mi mano es suficiente para elevar desde sus adentros el delicado aroma del ron que contiene. Es como si escapara el genio de la lámpara y se vaporizara a tu alrededor, alcanzando por tus fosas nasales el punto del cerebro que evoca tierras lejanas, esas que siempre parecen coquetear con el horizonte donde la vista no permite ver más. Por un instante veo la enorme panza de un barco de madera, de un velero poderoso en cuyas entrañas los marineros cuelgan de las cuadernas como si fueran arañas, encaramados en sus hamacas mientras el aire huele a mar, a música y a ron. tomo un vaso y dejo caer el líquido en su interior. Desciende perezoso como intentando no pisar las paredes de cristal que lo van a acunar unos instantes, los que tarde en decidirme a vaciar el vaso de un  tirón y terminar la magia. Escucho unos pasos a mi lado y reconozco el caminar de Benson a mi lado. Ha vuelto hace poco de una salida relámpago en busca de una población indígena y aun no ha recuperado el caminar en suelo firme tras haber pasado unos días en la selva. Lo sé porque yo mismo camino del mismo modo cuando paso tiempo en la parte salvaje de la isla: uno se acostumbra a caminar de puntillas o clavando los talones con fuerza según sea el firme bajo nuestro pies. Al regreso a terreno doméstico uno no puede evitar que las tsinelas suenen como palmetazos en una mesa. Se me cuelga en la cara una sonrisa de paciencia mientras espero que me dirija una filípica paternalista respecto a la mala costumbre de beber temprano. Pero no. Simplemente alarga el brazo y toma otro vaso a la vez que, con un gesto, me solicita que se lo llene. ¡Esto es nuevo!¡un detalle de humanidad en Benson! Yo había empezado a pensar que no era de este planeta -ni de ningún otro- pero aquí está. Mirando en el interior del vaso como si pudiera diferenciar el líquido del cristal. Súbitamente se lleva el vaso a los labios y con un único movimiento lo vacía sin pestañear, mandando al infierno toda mi reflexión sobre el arte de disfrutar de un tragosolitario. No me queda opción. Hago lo mismo con la mente enfocada en mi acompañante en lugar de viajar a mares lejanos.  Tiende la mano con el vaso y me solicita que se lo llene de nuevo. ¡Qué le vamos a hacer! Un segundo trago con el estómago lleno de mariposas puede ser una idea horrible pero algo me dice que voy a ser testigo de un interesante discurso. El segundo trago sigue el camino del anterior y un  tercero ocupa su lugar en el vaso. El delicado aroma a café con el que está perfumado el licor flota a nuestro alrededor. Me doy cuenta de que Benson me está mirando directamente. Cuando dos hombres beben solos sin hablarse es que pasa algo entre ellos. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en nuestra humilde morada, parecemos los últimos representantes de la raza humana. No se me ocurre como descerrajar la conversación. Es la primera vez que temo la palabras de mi asistente: Querido Benson – le digo- creo que es la primera vez que realizamos juntos la liturgia de hacer trabajar al hígado tan temprano: ¿A qué se debe el placer? –pregunto dándome cuenta de lo tópico de la pregunta, – Depende Sire – me responde-. En primer lugar tendríamos que tener claro si se trata de un placer o no. beber es siempre una catarsis, un intento de purificación por el sufrimiento.  Cuando bebemos nos infligimos un mal que esperamos justifique las acciones que hemos hecho o las que vamos a hacer – Benson se gira hacia la montaña antes de continuar-. Sin embargo, otras veces intentamos que el espíritu del licor prolongue los momentos de alegría, algo que simplemente significa cuán escasos son estos últimos – vacía de nuevo el vaso- ¿Otro más?. El calor del trópico  ha eliminado la frescura gélida del licor y ahora se lanza directo al sistema circulatorio. Noto el calor en el fondo de los pensamientos y la mente empieza a vagar entre algodón. No hay sintonía entre lo que quiero decir y mi lengua dice; además una dulce sensación de sopor me está abrazando por momentos. Benson continúa hablando: Hay una diferencia entre las personas que estamos bebiendo ahora… aquí. Uno lo hace para olvidar, el otro para  ignorar. Ahora pregunto ¿Quién es quién, Sire?.  No tengo ya la cabeza para filosofías, Benson, – digo mientras intento sacudirme el sueño- así que iré a lo fácil. ¿Qué contestaría Lady Lía? . Benson salta como un resorte. Me da la impresión de que no le gustado que la saque a colación con unas copas de más. Pero Benson es imprevisible y rápidamente da la vuelta a la argumentación. Lady Lía – me dice divertido-  le respondería de la misma manera que lo hizo usted cuando fue ella quien preguntó. Le diría que todo aquel que tiene algo que contar no debe ahogarse en tribulaciones. Le diría que la próxima botella esté llena de poesía, de paisajes y de momentos felices. ¿Está todo eso en el espíritu del ron?. Hemos vaciado la botella y el licor ya no es amable. Martillea en las sienes con medida precisión. Miro al horizonte e intento que el viento se lleve las penas. Benson ya no está a mi lado. Le veo caminado por la cima de la colina hasta que desaparece por el otro lado. A mis pies está la botella vacía como trofeo a la estupidez. Entre el metal plomizo del cielo se abren grietas por la que se escapa el sol dibujando caminos entre la espesura. El aire se levanta arrastrando el olor de la tierra mojada y las frutas recién lavadas por la lluvia. Me quedo reflexionando en el hecho de que quién olvida no necesita ignorar. Me voy a dormir, a olvidar…

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Written by aitztv

11 julio, 2012 a 15:56

Publicado en Literatura, Prosa

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3 comentarios

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  1. ¡Qué bien escribes! Y no es coba, no la ha dado en mi vida. ¿Por qué no escribes algo y lo presentas a una editorial? Yo, me conformaba con escribir la décima parte de como lo haces tu. Describes todos los detalles con una poesía que embriaga y que llega al corazón. Felicidades.

    Jesús Azurmendi

    11 julio, 2012 at 16:45

  2. Benson dijo la verdad. No sabe mentir. Nunca desfigura una palabra para acomodarla a la conveniencia. Sabe que desde la infancia la vida es difícil, que con la realidad, a veces, no se puede jugar y que lo que hace falta es valor, sinceridad y fuerza para aguantar los padecimientos.
    Me alegra saber que Benson me conoce muy bien. Por eso voy a llenar esa botella de ron vacía que dejaste a tus pies con ardientes esperanzas, lunas nacaradas, vientos hechiceros, jazmines y sonrisas para que cuando despiertes, continuemos viaje hacia esa tierra de fábula donde prevalece la felicidad.

    Liliana Arendar

    11 julio, 2012 at 18:07

    • Hay cosas, Milady, que son sagradas para Benson.Igual que para mi. Hay palabras que nunca se podrán destilar porque ya son un licor en si mismas.

      aitztv

      13 julio, 2012 at 22:54


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