Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Y vendrán lluvias suaves…

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_IGP4111 Hay una historia maravillosa sobre una casa que intenta sobrevivir cuando sus dueños ya no existen. Un hogar automatizado que intenta seguir su vida aun cuando no hay a quién atender. Vendrán lluvias suaves aun cuando no haya nadie para celebrarlas o maldecirlas. Hoy me han sacado del país de los sueños unos pescadores que, al retornar a puerto al alba, querían vender los pulpos que han logrado durante su singladura. A las seis y media de la mañana el espíritu no está para la cocina –ni para pulpos- pero el cuerpo ya estaba en marcha y me he pertrechado para salir al monte. El paisaje ha cambiado desde la última vez que salí: la hierba esta muy alta y no permite ver lo que pisas, además los arrozales ya están inundados y los caminos entre la espesura están  desdibujados por el barro y las pisadas de los carabaos. El sol, que entona su canto del cisne para dar paso a la temporada de lluvias, ataca desde lo alto con dureza, obligándome a refrescarme a menudo con el agua de una botella congelada que siempre llevo en las salidas. No tardo mucho en darme cuenta de que el campo está muy pesado. La convergencia del calor, la  hierba alta y los campos inundados me obligan a caminar sobre las pequeñas pasarelas que separan los arrozales, en parte para evitar mojarme los pies y en parte para evitar pisar los cultivos. El arroz es más que un alimento básico; es casi una  religión. Podrás invitar a cualquier natural de estas tierras a los mejores restaurantes del mundo que –al final- siempre acaban preguntando por su taza de arroz blanco. A veces pienso que si les invitas a una paella reclamarían su arroz blanco. No es el arroz de elegante grano largo al que estamos nosotros más acostumbrados sino el arroz corto, chato y romo que el hombre hace más de diez siglos que mima y cultiva. El arroz del pueblo es un arroz recio, de grano roto y con enorme cantidad de almidón que la mayoría de las familias comen preparado en un steamer, al vapor. Cada cultura se ha beneficiado de un cereal: África lo hizo al mijo, América al maíz, la mayorías de nosotros al trigo y los países centroeuropeos y germánicos al centeno. Asia es la cultura del arroz y no lo disimulan. No hacen complicadas preparaciones con él. Lo cultivan, lo hierven y lo consumen. Una vez recolectado lo extienden por cualquier superficie seca y lo solean, como nosotros hacemos con las uvas, hasta cuatro veces. Saco a saco _IGP4113-como-objeto-inteligente-1las carreteras, campos de baloncesto y cualquier lugar plano y seco reciben la alfombra de este cultivo. Lo vacían lo extienden y lo recogen hasta cuatro veces por saco. No hay maquinaria, sólo la paciencia de los filipinos trabajando entre dos soles durante un buen montón de días, hasta que llega la báscula, pesa la cosecha y paga a los agricultores. Después, vuelta a empezar. El sol dibuja arcos en el cielo, como las enormes  ojivas de las catedrales, en cuyos vanos los hombres de la tierra, ennegrecidos por los siglos, se doblan en un eterno ciclo de plantaciones y recogidas, de inundaciones y secanos.  La hierba me alcanza el pecho y me resulta imposible ver mis propios pies en el suelo. Los arrozales son lugar frecuentados por todo tipos de insectos que forman parte de la dieta de aves y reptiles que a su vez, forman parte de la dieta de otras aves y reptiles de mayor tamaño. Se que cerca de mi hay cautelosos lagartos y varanos en busca de caracoles e insectos, hay ranas y sapos que a su vez alimentan a las serpientes. Aquí vive la Cobra filipina, que curiosamente es la que usan los supuestos encantadores hindúes de serpientes por su dibujo tan característico. Es muy agresiva y casi siempre mortal. Se que a unas horas de donde me encuentro hay un hospital especializado en mordeduras de animales de todo tipo pero no me consuela. Si me picara no llegaría a tiempo. Hace unos días en la playa me topé a menos de un metro con una medusa cubo – las llaman avispas de mar– cuyo veneno es catastrófico para el hombre. La vi tranquilamente a mi lado, ignorándome, pero extendiendo sus mortales tentáculos al capricho de la resaca. Si no la hubiera visto podría estar ahora en un serio problema o simplemente no estar.  Pese a todo, pese a saber que cada paso es un riesgo para nada calculado, me resisto a regresar. Supongo que en mi mente está afincada esa idea de que todas esas cosas le pasan siempre a otro y que yo soy inmune a estas frivolidades de la Naturaleza.  En el fondo creo que somos, al menos yo, adictos a esa sensación de peligro que adereza los días y ayuda a distinguirlos unos de otros. De todos modos intento escuchar entre la maleza cualquier sonido que denote la presencia de un animal. Ni quiero molestarle ni quiero inquietarlo. Rodeo cuidadosamente los cúmulos de hierbas más altas en los que hay más posibilidades de un encuentro no deseado. Cuesta mucho avanzar, hacer camino. El bosque se resiste a darme paso. Inicio muchas rutas que tengo que abandonar porque no tengo claro que lleven a algún sitio. Me acompañan libélulas de cuerpo pesado y vuelo significativamente torpe. Son oscuras y macizas, lejos de las formas gráciles y colores brillantes que siempre les adjudicamos. Al final, casi sin saber cómo, alcanzo la cima de una pequeña colina y me puedo volver para contemplar qué he dejado a mi espalda. Como siempre, el horizonte está dibujado a tiralíneas por el mar, que hace una línea perfecta sólo interrumpida por la silueta agresiva de las grúas de los cargueros. El aire está absolutamente parado, no hay sonido alguno alrededor.  Es el perfecto mediodía. Los pájaros chapotean agrupados en las pequeñas balsas que aun quedan bajo la luz, justiciera y cenital, del sol. He calculado mal. La luz es absolutamente plana a estas horas y obtener un fotografía decente es difícil pero ya estoy aquí y no puedo hacer otra cosa que al menos intentarlo. Hoy es un día de trabajo por volumen: si hago una cantidad absurdamente grande de tomas, alguna tiene que ser lo suficientemente buena como para justificar la salida. No estoy preocupado –tengo crédito suficiente como para  hacer días en blanco- pero me irrita no obtener resultados. Comienzo la vuelta al valle entre el laberinto de canales que el agua organiza en esta zona. Los arrozales inundados han modificado totalmente el paisaje y no encuentro una vía para volver que no suponga hundirse en el lodo hasta las rodillas. Como cada vez que salgo tengo las piernas llenas de cortes desde las rodillas hasta los pies y no me parece una buena idea meter heridas abiertas en aguas estancadas. Por la zona merodean a sus anchas carabaos y cabras, por lo que eres candidato a una infección o a llevarte unas garrapatas de regalo. Por fin veo una posible vía de retorno, pero tengo que sortear un montículo  y hacerlo por la parte seca. Cuando casi he _IGP4123terminado me encuentro de frente, a menos de un metro, con la cabeza enorme de un carabao.  nos miramos los dos a los ojos como si estuviéramos manteniendo una conversación telepática. Su natural bondad es una  baza a mi favor; sólo tengo que esperar un poco. Como si me hubiera comprendido se da la vuelta y se mete en una poza a refrescarse. Tengo vía libre pero no me sirve de nada: el camino termina es una laguna nauseabunda llena de mosquitos. No hay más remedio que volver por el mismo camino por el que he ido. Nunca me ha gustado desandar un camino. Intento siempre poder regresar por un lugar diferente, de modo que no sea un viaje  de ida y vuelta pero, al menos esta vez, tengo que tomar el imaginario hilo de Ariadna que me permita abandonar este dédalo vegetal. Escucho un trueno en la lejanía y me pregunto si llegaré a tiempo, antes de que la lluvia inunde lo que queda de los caminos.  Ya fui sorprendido y arrastrado en una ocasión por una riada repentina. Perdí una cámara y varias tarjetas de memoria pero gané experiencia y sobre todo  prudencia. Ahora llevo conmigo bolsas estancas para, al menos, proteger el equipo. casi no llego a tiempo a ponerme a cubierto: la lluvia comienza a caer, perezosa al principio y desbocada al cabo de unos minutos: mientras recibo en la cara su cálida caricia me viene a la cabeza el poema de Sara Teasdale:

_IGP4129Vendrán lluvias suaves y olor a tierra,
Y golondrinas volando en círculos con su vibrante sonido;
Y ranas en el estanque cantando en la noche,
Y ciruelos silvestres en su trémula blancura.
Petirrojos vestirán su emplumado fuego,
Silbando sus antojos sobre una alambrada.
Y nadie sabrá de la guerra, nadie
Se preocupará finalmente cuando esté acabada.
A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si la Humanidad pereciera del todo;
Y ni la Primavera misma, cuando despertara al alba
Se daría cuenta de que nos habíamos ido.

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Written by aitztv

15 julio, 2012 a 8:34

Publicado en Literatura, Prosa, Viajes

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