Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Hace 25 años que tengo 25 años

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Me gustaría poder decir que hoy me he dejado caer por la ladera de la segunda mitad de mi vida pero se que no es verdad. No aspiro a vivir cien años. Teniendo en la mirada mis últimas vivencias creo que hasta me conformaría con vivir diez años más con cierta paz en el ama y algo de salud en mi parte mortal. Tengo pleno saber de que ya he consumido dos tercios de mi vida con  victorias y  derrotas, errores y aciertos pero son dos tercios y lo que queda nunca será más largo que lo que ya he consumido. He plantado infinidad de árboles y tengo dos hijas, a las que que mi falta de expresividad emocional nunca demostrará todo lo que las quiero. No se si me falta escribir un libro; sin duda que un libro de papel, de los que se tocan y se guardan como un objeto venerado, de los que huelen a  imprenta y te miran a la cara cuando lees es algo que no tengo aun en mi hatillo; pero he escrito  y  publicado tanto como me han dictado mi obligaciones, mis sentimientos y –en ocasiones, mis amigos. Hasta hoy mi vida ha sido una locura. Para muchos desde su punto de vista un desastre. Nunca he sabido ordenar mis sentimientos ni me he esforzado en priorizar mis quereres y desamores. Tampoco he sido muy hábil con amigos, enemigos y resto de la fauna indómita que rodea  a cada ser humano. Si algo puedo poner de forma contundente en mi haber es que nunca he mentido con mis sentimientos: sólo quiero  una vez y es para siempre. Hoy quiero hablar de mi y no es por que quiera ser mejor conocido o interpretado; es porque necesito ordenar mi vida y las bodas de oro son una oportunidad para hacerlo.

Nací al filo de los años sesenta, una época convulsa ahora que lo veo con perspectiva. Muchos de los que vinimos al mundo en aquellos años crecimos anestesiados por las circunstancias políticas heredadas de una guerra que surcó de cicatrices los silencios y separó aun más aquellas dos Españas que decían algunos que existían.  Eran los años de los magnicidios: Kennedy, Luther King y otros difuntos no tan famosos sonaban en nuestros oídos días si y día también. El mundo moderno era “americano” y de los logros de los “rusos” sólo se hablaba en la complicidad de la voz baja. Nací bajo la carrera espacial; soy uno más de los hijos del programa Apolo, de aquellos que vimos llegar al hombre a la Luna en blanco y negro con los comentarios  de Jesús Hermida desde los Estados Unidos. También somos la generación que llegó a las casas junto con aquel portento tecnológico que se llamaba televisor, aparato que se entronó en las mayoría de las cocinas primorosamente cubierto con un tapete hecho a ganchillo o subido a la nevera. La radio vivía entonces unos momentos mágicos con interminables radionovelas y personajes famosos, hoy diríamos mediáticos,  que visitaban todas las tardes de café de puchero a las amas de casa, aquellas que como profesión tenían – aun tienen- sus labores. A veces- sólo a veces- había tabernáculo de escalera porque ocurría algo especial, algo que nunca nos contaban a los pequeños y que tenía que ver con esos personajes oscuros que hoy llamamos políticos. Entonces en voz baja se buscaba al vecino que tenía un “transistor” (pronúnciese transitor) de los “superheterodinos” que nadie sabia que significaba pero que era “americano” así que tenía que ser bueno o mejor. La calidad del aparato se medía entonces por su capacidad para recibir Radio París o la “Peninsular”. Eran noches de susurro y conspiración, donde nadie terminaba de fiarse del otro, con el miedo a que alguien buscara  medrar yéndose de la lengua. Habíamos nacido en un país dividido dentro de un país dividido: Algunos hablaban otra lengua casi de forma clandestina, como si fueran una comunidad subterránea en su propia casa: Los que éramos hijos de emigrantes siempre teníamos la sensación de que pasaba algo que nadie nos contaba.  Aquella lengua rápida y contundente, preñada de acentos imposibles no se hablaba en la escuela. No se hablaba en la televisión, no se hablaba en el cine. Me sentía como el invitado desparejado de la fiesta, ese que no conoce a nadie y deambula por los salones limosneando algo de atención. Necesité años para comprender que no había dos países sino dos sentimientos, dos formas de vivir una tierra en la que se reverencia un árbol, una lengua y una cultura. Una tierra en la que la ignorancia se manifestaba muchas veces en forma de odio y el odio se embotellaba hasta límites explosivos. Una tierra que era gobernada desde la soberbia por una especie de virreyes que manejaban de forma omnímoda el destino de una cultura milenaria. Pero no quiero detenerme aquí. De nosotros se esperaba que termináramos carreras de “renombrón”, médico, abogado,ingeniero o arquitecto, siempre bajo el estigma familiar de que “ellos no pudieron estudiar”. Se nos traspasó la responsabilidad de convertir aquella media clase en una clase media y –honestamente- creo que la mayoría fracasamos. Nuestros padres querían que obtuviéramos su título universitario, no el nuestro. Yo había nacido detrás de una cárcel y había sido bautizado bajo ella. Mis padrinos vinieron de Estados Unidos, cosa que nunca entendí y aun no entiendo. Durante los primeros años de la década de los sesenta me tocó estudiar en una escuela pública, con aquellos maestros nacionales que trufaban sus clases de odas al caudillo y que nos examinaban de historia que nunca nos enseñaban. Era aquella una escuela donde niños y niñas vivían en alas separadas llamadas galerías, supongo que para que el parecido con el ámbito carcelario fuera más evidente. Todas las mañanas nos formaban para rezar frente al director y después nos obligaban a entonar cantos patrióticos hasta nuestro pupitre. Por fortuna mi memoria ha conseguido esconder todo aquello en la parte de atrás de la cabeza y apenas recuerdo más allá de algunos versos sueltos: un caso de olvido que no me preocupa en absoluto.  Pero si tengo grabado a fuego el momento en que uno de los maestros, Don Aurelio Valladares, escribió la fecha en la pizarra y –por primera vez- entró el siete en acción. Estábamos en 1970. Con el tiempo me hice consciente de que aquellos primeros años de escuela, esos que son tan importantes para el desarrollo intelectual de una persona, no fueron más allá que pasar las horas de lunes a sábado por la mañana. Aparte de los juegos infantiles sólo recuerdo que me hablaban de las hazañas del Cid, de los Reyes Católicos, de Agustina de Aragón y del brazo incorrupto de santa Teresa. “ De Isabel y Fernando el espíritu impera…” El edificio aun existe cerca del penal alrededor del cual transcurrió mi  vida temprana. Aun a veces me paro y miro la ventana al pie de la cual estaba mi pupitre e intento imaginar cómo se me vería desde allí, desde fuera de la ventana, a una distancia que para mi suponía estar casi en otro planeta. Veo las multiplicaciones interminables, las divisiones con decimales y el cumpleaños de Franco. No recuerdo nada más y del cumpleaños, sinceramente, no recuerdo la ni fecha. A los que nacimos en los sesenta nos quisieron convertir en astronautas e ingenieros: nos iban a mandar a la Luna a hacer la mili e íbamos a tener coches sin ruedas. íbamos a ver las maravillas del año dos mil y no envejeceríamos nunca. En pocos casos nuestro padres nos enseñaron a ser libres, algo que no se puede estudiar. La televisión nos contaba cada día que se iba a terminar la interminable guerra del Vietnam, con flores hippies y pachulí. Fuimos la segunda generación desencantada, a caballo entre los de mayo del 68  y la –en muchos aspectos- desastrosa generación actual. Sufrimos todos los cambios para ver al final, casi con lágrimas en los ojos, que todo seguía igual. Nos quitaron el bachiller y la reválida, nos hurtaron el Preu, nos impusieron la fracasada teoría de conjuntos y nunca tuvimos una idea general de qué teníamos exactamente que hacer. Personalmente me arrastré hasta los 14 años. Durante esa etapa de mi vida me refugié en la belleza oculta de la tierra; comencé a coleccionar minerales hasta que  llegué a ser considerado un pequeño entendido.  De aquel entonces me quedé con una costumbre; la de mirar atentamente todo aquello que me rodea buscando pequeños indicios de cosas interesantes. Todo aquello que brilla, que se mueve, que modifica de algún modo el entorno me llama poderosamente la atención. Me duele profundamente haber perdido también aquellos conocimientos, pero el tiempo me enseñaría que eso iba a ser la pauta de mi vida: dominar una disciplina para después olvidarla y sólo quedarme con algunos elementos que más que conocimiento yo denomino chascarrilos. Los años 70 cambiaron poderosamente mi vida no ya porque iba creciendo y camino de abandonar la cómoda infancia en aras de una incipiente adolescencia sino por cómo entré en esa etapa de la vida. Cuando tenía 14 años falleció mi madre víctima de un cáncer imposible de tratar. Es una norma común en mi familia la de morir jóvenes. No se si algún antepasado contaminó el karma de toda su descendencia pero la realidad es la que es. No conocí a mis abuelos y mi familia se reduce a un par o tres de docenas de individuos. No puedo decir que me alegrara pero en el fondo –aunque sea duro decirlo- se eliminó de mi futuro una personalidad que no me hubiera beneficiado…  y mejor lo dejo ahí.  Mis catorce años eliminaron de la ecuación de mi vida muchos elementos negativos y trajeron uno  positivo pero peligroso: Las chicas. Para un adolescente sobreprotegido a las faldas de su madre la idea de la mujer más allá de la familia puede resultar catastrófica. Todo aquello de lo que no había disfrutado hasta entonces se convirtió en una posibilidad real. A los 14 años comencé a perder el sobrepeso que había arrastrado durante años en la infancia, con lo que eso suponía de burla e inconvenientes. Pasé de ser un gordito a ser un joven delgado, alto para la época y que lucía como rebeldía de opereta una frondosa melena afro. Pasé un par de años en el equipo de voleibol y estábamos teniendo cierto éxito cuando un revés me dejo de nuevo en puerto mientras los demás partían. Me rompí una rodilla que nunca se recuperó tras dos operaciones, al extremo de estar hoy pendiente de una nueva lesión que me obligue a vestir una prótesis. Perdí 5 meses de clase y un curso pero eso no fue lo peor. Me sentí derrotado; vi cómo es esfumaban todas las ilusiones de hacer algo de aquello que se suponía debía hacer. Repetir un curso no es traumático en si mismo. Lo son las miradas de los que te hacen sentir que estás en segunda división. Durante esa nueva etapa, sin embargo, conocí a algunas de las personas más maravillosas que han aparecido en mi vida. Con ellos terminé los estudios secundarios y accedí a la universidad. Recorrí esos años saltando de relación en relación, a veces compartiendo tiempo, y si te descuidas espacio, pensando que lo que tomara en ese momento de la vida, no lo tomaría nunca.  Por supuesto que estaba equivocado y debería pedir perdón a los que dañe y a quienes cambié la vida, aunque en realidad tengo la impresión que a veces el cerebro de un adolescente no ha puesto en marcha todas sus partes y no tenemos la sensación de estar obrando mal. Era un idiota arrogante que quería prolongar sus maravillosos 14 años hasta la eternidad sin querer aceptar que eso era imposible. Mi primera relación seria la rompió la distancia: la segunda la distancia y mi estupidez. De todo lo demás que ha pasado desde entonces el único culpable vuelve a ser mi estupidez pero ahora en solitario. En la mitad de esa década ocurrió algo que algunos pensaban que no era posible: murió el dictador. La vida casi provinciana se transformó en una sucesión de siglas, acrónimos y majaderías variadas. La izquierda se dejó por fin ver de nuevo –con peluca- y el tibio mandatario escogido de la terna de designación real combinó rojos y azules en un partido de verdes y naranjas que gobernó no por el miedo sino con el miedo, el miedo de muchos a decir qué querían ser mientras miraban de reojo una foto del caudillo a ver si se movía. Las sociedades se tambaleaban en todo el mundo, Persia ya no tenía ni Sha ni nombre mientras occidente se llevaba las manos a la cabeza para ver cómo el fundamentalismo religioso se hacía con los gobiernos de los países árabes y de oriente próximo pretendiendo disimular que otros fundamentalismos ya gobernaban Europa desde la edad media Y América desde su fundación. Mientras tanto, uno que había aprendido por su cuenta a aporrear una guitarra se debatía entre los cantautores “progres” y el Rock’n roll. Era inevitable que en esa edad uno no se crea capaz de todo, así que junto a unos amigos formamos la peor banda de rock de la historia. Lo siento, muchachos pero escribo esto para contar la verdad y éramos malos hasta la exaustación. Sin embargo fue divertido y algo bueno tuvo que dejar en nosotros. Personalmente pasé a los 80 ingresando en la universidad para estudiar Biología aunque nunca estuve muy convencido. Siempre he creído que hay biólogos puros, personas que entienden la naturaleza y su mecánica sin perderse en farragosas cuestiones laterales. Creo en los naturalistas que enunciaba Jean Rostand en sus obras y ese era el camino que quería seguir. No quería perder el tiempo en la estadística y el tiempo me ha dado parte de razón cuando aquellas horas de estudio vacío se ven eliminadas de un plumazo por una aplicación informática que sólo te pide que introduzcas los datos y te ofrece los resultados al instante. Planeaba sobre los rutinarios días en la facultad perdiendo el interés por minutos, alimentándome sólo de los datos que me interesaban y olvidando, casi despreciando, los que interesaban a los que me iban a examinar. Al final tuve que reconocer que  ese título no estaba en mi camino y que lo que realmente me atraía era la comunicación. Tenía esa parte tecnológica que despertaba mi curiosidad y una parte creativa que me parecía un reto. La comunicación es escribir en el aire, modelar formas irrepetibles una y otra vez mientras intentas esconder un mensaje en tu obra. No ofende la vista con formas absurdas ni humilla nuestros oídos con combinaciones de sonido imposibles de combinar. La comunicación es un arte y una ciencia. Abarca conocimientos de prácticamente todas las disciplinas del conocimiento y una más: la capacidad de relacionar datos y hecho desde una perspectiva humana, casi antrópica. A la vuelta del servicio militar, en el que no me pienso detener ni un instante, comencé a prepararme para la radio. No tengo ni idea por qué fue la radio, pero tengo una sombra en la memoria que me dice que fue lo más próximo a mi casa que podía encontrar. Al cabo de unos meses debuté en Radio Popular con más miedo que vergüenza. Allí Pasé los dos primeros años de  vida profesional mientras que entre semana ocupaba las horas en una emisora local del amanecer a la puesta del sol. Recuerdo aquellos dos años en los que no tuve un sólo día libre. Doy  gracias a los compañeros, porque la gerencia era insoportable. He pasado más de 25 años como profesional independiente en la radio. Prácticamente he estado en todas las cadenas y en las que no he estado he prestado mi voz en comerciales, promociones y campañas. Durante esos años también he ejercido como profesor de audiovisuales y he participado esporádicamente en algunos proyectos de cine: Nada serio. Me aterra la facilidad que tienen algunos para autonombrase directores de cine y lanzarse a cortometrajes imposibles. Muchas veces me han preguntado por qué nunca he dirigido o producido un corto y mi respuesta siempre ha sido – y será por el momento- la misma. ¿Que por qué nunca he dirigido nada? Porque no se. Así de sencillo. Los últimos años los he pasado subido a una montaña rusa económica, laboral, sentimental y emocional.  Mi contumaz mala salud ha sido la compañera inseparable de los malos y buenos momentos. He visto la muerte de cerca un par de veces y aun estoy aquí, aunque haya sobrepasado la fecha de caducidad. No ignoro que llevar dos implantes en el corazón es una limitación seria, pero quitando los días malos, cuando la fribromialgia me bloquea, estoy razonablemente bien la mayor parte del tiempo.  Pero más de uno os preguntaréis: ¿Qué haces tú en una isla en las Filipinas? Os contesto en futuro: Triunfar. Esto no está siendo fácil para los que estamos aquí pero tenemos muy claro qué estamos haciendo y por esa razón los malos momentos son secundarios. personalmente me muevo entre la euforia y la añoranza, pero el influjo del trópico es poderoso, te enamora y te vela en buena parte los sentidos logrando que veas de forma positiva todo aquello que en un principio parece tan difícil de asumir o de interpretar. Pese a lo que pueda parecer estár aquí es el final de un viaje que algunos iniciamos hace unos años, cuando creíamos en los equipos de trabajo y todas esas monsergas que al final resultan refritos con muchas calorías y poca substancia. Si, estoy lejos de casa y de las personas que se supone son el eje de mi vida, pero estar aquí no es un castigo: es un premio, el premio gordo. Alcanzar el quincuagésimo es un momento para pensar en cosas que tienen que quedar de este lado de la frontera para recorrer lo que queda con poco equipaje. Dejo en esta orilla a los amigos interesados, los amores de verano, las reverencias que no pienso volver a hacer e incluso una serie de familiares postizos a los que no deseo ningún mal, pero que tampoco deseo tener cerca. He levantado murallas de distancia y de férreas palabras entre lo que quiero ser y aquellos que ya no aportan nada.  En líneas generales, amigos míos, estoy con quien quiero estar. Aun quedan flecos que confío se caigan solos, como si fueran el umbilical de mis días pasados.  En resumen, nada me sobra y nada  anhelo.  Nada hay que sea vital que no tenga y si alguno de los que dicen ser o haber sido amigos mis no se encuentran o no se reconocen en lo que he contado ya saben el lugar que ocupan en mi vida. Lo mismo digo para la familia, a la que siempre he considerado un mal de trasmisión genética. Mi familia es aquella en la que no me falta el plato en la mesa ni la silla en Navidad. Así soy y así quiero ser de ahora en adelante. Prometo no hacer una cosa parecida a esta en los próximos 25 años, si es que vivo lo suficiente.  Muchos han quedado por el camino, amigos y enemigos. A ellos no me refiero porque ya lo saben todo mientras me ven desde una tribuna privilegiada. Esto y no otra cosa es lo que soy.

Besos a todos/as

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Written by aitztv

18 julio, 2012 a 0:01

Publicado en Literatura, Prosa, Viajes

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