Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

La nipa.

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  La nipa es al filipino como el scotch brite al resto de los mortales: la vida sin esta planta no entra dentro de lo posible para los nativos de estas islas. Pese a mi afición a los latinajos no voy a corromper el espíritu de la naturaleza con la manía que tenemos los hombres de bautizar  todo aquello que vemos. Nipa es un nombre lo suficientemente bonito como para que tengamos ganas de complicarlo. Mi relación con esta planta es de amor odio, es decir, yo la amo y ella me odia. La amo por su porte, que remeda un pay-pay de proporciones elefantiásicas, elevada sobre un tallo plano y fuerte absolutamente flanqueado por dos filas laterales de dientes de sierra que aterran sólo con mirarlos; me encanta la profunda espiral de la que nacen ríos de verdes fibras resistentes como la mejor lona  e impermeables como nunca conseguirá fabricar el hombre. La tierra elige muy bien a sus hombres. Cuando perdemos la relación con el territorio que pisamos  nos volvemos cosmopolitas de espíritu y apátridas de los recuerdos. La nipa, como otras muchas plantas en diferentes puntos del planeta, acompañan al hombre más básico, al que mira como construye la naturaleza y trata de remedarla volcando a su favor el fiel de la balanza. Cuando se crea a partir de los que la tierra nos oferta el resultado final nunca ofende a la vista ni al espíritu, solapándose su forma con el entorno como si hubiera germinado de forma natural. La nipa vende cara su vida. Aunque nunca he cortado ninguna me ha clavado los dientes sólo por el descaro de haber pasado demasiado cerca de su pie. Esta especie de cruce entre pez espada y abanico se defiende pasivamente no con uñas pero si con dientes, dientes de más de un centímetro que hacen finos y dolorosos cortes en la piel, aunque es más su poder disuasorio que su peligro para los hombres. Su enorme paraguas la hace especialmente buena para cubrir los tejados de los bahai kubos que estarán a salvo de las potentes lluvias durante al menos tres años. Los hombres las recolectan, las tienden al sol para que se sequen y las tejen primorosamente, una a una, una sobre otra, fila sobre fila hasta que su tupida protección se une a la urdimbre de los tejados. El resultado final es una cubierta fresca, impermeable y –esto es lo más importante- natural. Así se prolonga la frescura que ésta planta nos da en el bosque durante años después de su ciclo natural, formando parte de la vida de las personas que, bajo su manto vegetal, viven, laboran, aman y crecen al son del maravilloso bosque tropical. Acle, aranga, calamansay, molave, tíndalo, yacal…Para mi son palabras que producen música en los oídos, que armonizan con la lluvia y los vientos… creo sinceramente que si las plantas hablaran elegirían estos nombres. La selva fabrica los mejores plásticos biodegradables. Sólo necesitamos fijar nuestras necesidades.

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Written by aitztv

19 julio, 2012 a 13:16

Publicado en Viajes

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