Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

De Tarquino a Prometeo

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J.M.  SANCHEZ Cuando los tifones atraviesan las islas Filipinas son como la mano de un amante. Recorren la columna vertebral de Luzón, la Sierra Madre, como la punta de los dedos de un enamorado recorren la espalda de su amada. Sin pretenderlo, aunque estén sólo de paso, modifican la vida de todos los isleños poniendo en solfa todas las pequeñas cosas que son grandes logros para los humildes. El tifón se cuela en las casas, las anega y cambia caprichosamente los muebles, los escasos muebles de sitio transformando una vivienda en un trastero, un jardín en un yermo y la vida de sus ocupantes en un número estadístico en los informativos. Penetran por la cintura del archipiélago y escapan por la nuca, justo donde nos encontramos nosotros contemplando la lluvia muchas veces ignorantes de la senda de dolor que ha dejado a su paso. Es posible que hoy sea una de esas noches en las que que comparta ron y silencios con Benson mientras los siete velos de la naturaleza se mueven frente a nuestros ojos, ocultando tras sus movimientos impúdicos la tragedia tras de si. Son  como los celos que arremeten contra nosotros cuajados de soberbia cuando nos saben indefensos, cuando nuestro corazón es más débil. Los tifones marcan comienzos y finales en cientos de miles de vidas. Es una cuchilla que cae del cielo y separa de nuevo a los ricos de los menesterosos, a los humildes de los más humildes y a los vivos de los muertos. No me quise perder el espectáculo y me encaminé al mar cuando estimé que ya era seguro hacerlo; me equivoqué. El espectáculo de las olas rompiendo en la orilla de un mar que hasta entonces había considerado amigo era hipnótico. No podía dejar de mirar y de admirar, de sentir ese miedo estimulante que te hace saber que estás frente a una fuerza contenida tal que te podría desmembrar con un suspiro y arrojar tus despojos en una orilla lejana. Quizá el mar enfadado quiere un poco de intimidad. Me acerqué más y más y me equivoqué de nuevo. Pensaba que los pies bien asentados en la arena eran suficiente asidero para mi seguridad; me volví a equivocar. En un segundo sentí como la arena desaparecía debajo de mi arrastrada hacia la marea al punto que el agua me golpeaba en las rodillas como si me hubieran atrapado las dos hojas de una tijera. Mientras caía aun tuve un momento de lucidez para sacarme la cámara del cuello y extender los brazos todo lo posible en lo que supongo es un acto reflejo de los fotógrafos; salvar el material. No se trata de salvar la cámara –se consiguen a cambio de dinero- sino de salvar los momentos congelados que nunca se podrán repetir. En esos segundos eternos, donde parece que el tiempo se vuelve denso como el engrudo, aun le dio tiempo a mi mente –absolutamente irracional en ese instante- a recordar un verso de Shakespeare de su obra la “Violación de Lucrecia” cuando Tarquino, dispuesto a perpetrar su crimen se detiene un instante pensando si “Acaso un instante de placer vale la condenación eterna” pero, al igual que le ocurrió a Tarquino, yo pensé que una instantánea del mar enfurecido valía el riesgo. Quizá el mar pensó lo mismo y por ello en lugar de masticarme se limitó a darme un zarpazo con sus poderosas garras de espuma y  a apartarme como las bestias apartan a los insectos, depositándome incólume en la orilla sin más injurias que las que uno siente en la vergüenza de la derrota. Pero me llevé el premio. Así como Prometeo pagó su hurto alimentando a las águilas con su hígado yo pagué el mío con un instante de pavor inolvidable; pero estaba sentado en la orilla, cubierto de arena y algas, con mi tesoro entre los brazos. No se trataba de tener u obtener una buena o mala fotografía, se trataba de haber estado allí y haberla hecho. De haber tenido la oportunidad de apretar el disparador una milésima antes de que  la cizalla de agua salada me pretendiera dividir en dos partes imposibles de reunir. Volvía satisfecho. Dolorido por la embestida, quitándome prendas hundidas de agua y poniendo a salvo todo lo que merecía ser salvado. Benson, socarrón y divertido me tendía una toalla mientras, conteniendo la risa, me preguntaba:

-¿Ha disfrutado del baño, Sire?

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Written by aitztv

6 agosto, 2012 a 4:56

Publicado en Periodismo digital, Viajes

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