Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Quiero ser marciano.

leave a comment »

_IGP5212Las noches siempre nos dan una oportunidad para pensar. Las noches tropicales tienen además un plus de embrujo que nos hace caer en lo más profundo de nuestras sensaciones, en el pozo séptico de la emoción para remover lo más callado y sacarlo a flote. Una vez que esos gorriones del corazón comienzan a revolotear es muy difícil convencerlos para que se posen de nuevo. Son como ese papel que se queda a flote en el estanque negándose al naufragio durante días y más días.

Pasear por la noche, por la noche prieta, da la oportunidad al viento cálido de abrazarte y contaminarte del espíritu que ha atrapado navegando entre islas, valles y montañas hasta llegar a ti. Hay pieles más sensibles que otras e incluso hay algunas que son decididamente propensas a una invasión que se manifiesta como una especie de escalofrío invertido, de fuera adentro, que te atraviesa y pulsa esos inexistentes puntos que de vez en cuando se encienden para hacernos reflexionar sobre lo que nuestros sentidos nos cuentan. Nombres y caras del pasado estallan en nuestro consciente como palomitas de maíz, como estrellas fugaces sin deseos que donar. Se presentan y se van como las mareas. A veces no son siquiera imágenes completas sino fragmentos, ideas inconclusas pero claras como las aguas alegres de los manantiales. Parece que nuestra mente en estado crítico manifiesta su deseo de ahorrar mostrando sólo lo indispensable para sonrojarnos, emocionarnos o simplemente hacernos pensar. Quizás sea solo la sonrisa del amor imposible de juventud, la mirada de un hermano perdido o el tacto de las manos de la abuela o la voz del padre. Un detalle, una chispa tras otra para desmontar todas nuestras defensas y dejar nuestro espíritu desnudo en medio del camino. El camino es siempre el reto. Por más que seamos conscientes de haberlo recorrido un millón de veces se nos manifiesta nuevo ante los ojos. La noche, además, lo camufla robándole los colores y dejándolo reducido a formas que nuestros ojos intentan reconvertir en conocidas, casi siempre sin éxito. Mientras percibía el olor de la hierba cortada iba retrocediendo en el tiempo hasta ver esos mismos caminos oscuros que me llevaban de la taberna al caserío ayudado por la famélica luz de una linterna. Entonces, siendo niño, la mente convertía lo natural en sobrehumano extrayendo de las sombras monstruos y bestias que – por fortuna- sólo existían en mi imaginación. Ahora miro a los caminos de otro modo. Me siento como Benjamín Driscoll, a quien los médicos recomendaron abandonar Marte por la baja calidad de su aire enrarecido; pero Benjamín no se rindió y dedicó su vida a plantar árboles para que sus pulmones pudieran funcionar mejor cada día. Su premio fue descubrir que el planeta se lo agradecía haciendo germinar las semillas en una sola noche. Benjamín recorría Marte con la absoluta tranquilidad de que la siguiente curva solo era un tramo de camino para llegar a otra más y después a otra y a otra. Donde los pies se lo pedían se paraba a descansar, a dormir si tenía sueño y a refrescarse cuando el amarillo amanecer marciano era caluroso es exceso. Era el dueño de un planeta y lo cuidaba como se cuida un jardín primoroso. No se mucho más de él pero imagino a un anciano feliz, sentado en una silla en el porche de cualquier casa observando un horizonte que milagrosamente se iba erizando de verdes crestas que arañaban el aire para eliminar la ponzoña y refrescarlo de un aliento nuevo, puro como las nubes que poco a poco irían eclipsando a las dos lunas marcianas. A la mañana siguiente un árbol sucedía a otro en una serpentina verde de tamaño enfermizo que trazaba ondas sobre la roja arena – azul según Bradbury que estuvo allí antes que yo- de los grandes lagos sobre los que navegaron los barcos de arena gobernados por aquellos que se escondían tras las máscaras rituales de plata.

Mi camino ni es tan brillante ni pasará a la historia. no es el suelo que me sustenta. Es el aire que te embriaga. Es la sensación de estar solo en la noche y de sentirte bien, de comulgar con los aromas y las voces amatorias de sus habitantes. Es ver muy lejos el marco de una ventana suspendido en el aire expulsando la luz que sobra del interior y pensar que ahí detrás hay amor y odio, pasiones y desencuentros. Envidio profundamente a Benjamín Driscoll, quien jamás se preocupó del calendario ni del correo. En ocasiones vemos nuestra vida como ese planeta virgen que tenemos que llenar de árboles. Ponemos un día tras otro en fila y esperamos que un milagro haga germinar nuestras ideas y nuestros esfuerzos por la divina voluntad de algo o de alguien. Aunque parezca mentira una idea tan absurda funciona a veces, aunque supongo que más por mor del azar que por la caprichosa decisión de un ser divino. Personalmente me conformo con sembrar de pasos el camino cada noche observando maravillado cómo enjambres de luciérnagas vuelan a mi alrededor aparentemente sin rumbo fijo, sólo por el capricho de iluminar mi camino. ¿Quién necesita más?

Anuncios

Written by aitztv

9 octubre, 2012 a 7:25

Publicado en Viajes

Tagged with , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: