Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Al Oeste del Edén…

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12.000 kilómetros al Oeste. Es fácil escribir una cifra y olvidarnos que en ella se esconde la mitad del mundo conocido. No creo que John Steinbeck se preocupe mucho por la travesura de usar un título de tanta resonancia para definir un estado de ánimo. De alguna manera él hizo lo mismo en su novela, infinitamente mejor que un servidor, por supuesto. Para los que no han leído el libro, ni tienen intención de hacerlo, me permito glosar parte de la historia: Steinbeck desmenuza tres generaciones de dos familias en California (no; nada que ver con el vino del valle de Napa) y nos muestra sus relaciones en estado químicamente puro. Descuartiza sin piedad a cada miembro y expone desvergonzadamente sus miserias a los morbosos ojos de los lectores. Sus descripciones de los paisajes son realmente irrepetibles, pero no deja de ser un libro para los muy aficionados a la lectura. Yo no pretendo ir tan lejos.

He pasado los últimos meses en Filipinas. Elegí voluntariamente probar las calles estrechas de Manila y conocer a sus gentes de primera mano sin más testigo que el sol sobre mi cabeza ni más juicio que el que Dios me dio, que no se si es mucho ni poco pero es lo que tengo. Me he colado en muchas casas, la mayoría de mis amigos filipinos y de cada rincón he sacado una moraleja. También he elegido voluntariamente volver por Navidad y también de eso he sacado mis conclusiones. La principal es que, sin duda, me he de ir despegando de la tierra en la que he vivido hasta ahora en beneficio de la tierra que ahora me acoge: no se si será una decisión adecuada o no, pero a veces hay que escuchar lo que dice el viento, y corren aires de cambio. No creo que es bueno pasar ciertas fechas en solitario. No se trata del hecho de las soledad en si sino del hecho de la decepción que supone saber que en algunas mesas ya no tienes plato. Si busco el consuelo en saber que ya no soy necesario me viene a la cabeza que en otras ocasiones he tenido pan y mantel por la necesidad o quizá por la caridad de algunos. En cualquiera de estos escenarios me siento incómodo. Supongo que me he acostumbrado mal en mi rincón del trópico. Mentiría si dijera que todo es leche y miel en la tierra prometida y que los caminos se asfaltan con adoquines de oro: La vida es dura allí y aquí. Sin embargo hay una diferencia entre ellos y nosotros. Nuestra avaricia, nuestras ambiciones de poseer son enormes comparadas con las de unas personas que sólo quieren lo necesario para vivir y el justo pago por su labor. Nosotros intentamos demasiadas veces el asalto al triunfo y nos arrojamos al mar antes de plantearnos si tenemos fondo para nadar. Somos imprudentes y atrevidos. Quizá por eso somos una casta de exploradores. A veces es necesaria cierta inconsciencia para alcanzar  metas a las que nadie ha optado antes. Pero la constante exposición a las amenazas de la vida agota. Ablanda el espíritu como el fuego, esa nada inconsistente que nos hipnotiza, es capaz de ablandar, doblar y fundir el metal más duro que podamos fabricar. Decía Lamarck (Jean-Baptiste-Pierre-Antoine de Monet de Lamarck) que el Universo pone la materia y la naturaleza el orden; que nada existe sin una relación en el tiempo y en el espacio que ocupa sin estar relacionado con otros hechos, tiempos y espacios. En ese punto me detengo para pensar que nada es casual. Que forjamos nuestro destino al arrullo de la propia vida y que a veces tenemos muy poca parte activa, la justa para producir pequeños desvíos que sin embargo pueden producir grandes cambios. Vivimos en un código vertical en el que sólo tenemos acceso a las transversales: en un camino ya trazado en el cual podemos elegir donde queremos hacer las pausas o donde detenernos definitivamente. Precisamente porque tenemos tan pocas opciones debemos recorrer la ruta hasta el final, hasta el último metro porque sólo así estaremos exprimiendo la vida hasta la última gota.

Al Oeste del edén todo son amenazas, todo reclamaciones, todo rendir cuentas ante quien nunca las ha rendido ante ti. Al Oeste del edén el cartero llama dos veces, tres y muchas más, el teléfono te agrede y las personas se despersonalizan para integrarse en un logotipo, en una marca, en un escudo que aparentemente les protege. No es cierto. Estamos todos expuestos, nadie se salva. Nuestra imagen es tan solo nuestra radiografía: el sistema conoce nuestro interior, nuestros puntos débiles y ahí clavan una y otra vez sus dardos envenenados para helarnos el corazón. Cuando ya no somos nada es cuando empezamos a ser alguien para ellos. Una triste ironía, una triste realidad.

Por eso necesitamos, al menos yo, sentirnos cómodos. acorazarnos con una armadura que nos defienda, pero que no sea tan pesada que nos impida caminar. Quiero mirar a Oriente y dejar que lo único que me ciegue sea el Sol. Quiero caminar seguro de que las tinieblas están a mi espalda, quiero encontrarme de frente con el amanecer. Quiero apurar el camino hacia el edén.

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Written by aitztv

3 enero, 2013 a 12:26

Publicado en Ensayo, Literatura, Prosa, Viajes

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