Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Rose.

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Hace muy poco tiempo que he conocido a Rose. Me la presentó Benson, y si he de ser sincero ni tan siquiera se si he escrito su nombre correctamente. Me limito a transcribir una homonimia de la música que dejó escapar entre sus labios cuando nos encontramos. Me pasa a menudo. Pienso que hay personas que cuando hablan suenan cómo su nombre, están armonizadas (no sé si es el término correcto). Es una de esas personas que nos hace transcender (tampoco sé si esto es correcto) cuando te miran. Según la vi me enamoré de sus ojos. Tus ojos me recuerdan a los frutos secos…- le dije nada más verla- Tienen forma de almendra y el color de las avellanas tostadas. Lo cierto es que ahora que veo escritas mis palabras me parecen de todo menos galantes, pero aquella noche mi voz sonó como el terciopelo y consiguió arrancar una sonrisa leve e infantil de su boca menuda. Tras ella Benson se mordió los labios para contener la carcajada: Tiene esa habilidad. Cuando una situación se vuelve algo tirante saca un suspiro, un movimiento de ojos o enarca una ceja. Sólo con ese gesto reconduce la situación al origen. Pero volvamos a Rose. Tiene todas las bellezas del mundo, pero por alguna razón no encajan. Ya he mencionado sus ojos, sobre los que dos finas cejas dibujan parábolas perfectas desde donde nace una nariz ligeramente curvada en convexo, como si nos dijera que los secretos que atesora siempre serán eso… secretos. Sus labios parecen haber sido cincelados por un dios y pintados por la misma mano que coloreó las amapolas. Tiene un pelo vivo y prieto que se desploma sobre su  nuca y se mece sobre sus hombros como en una cuna: pero no es bella. Su piel se ilumina como el nácar que a veces deja la marea en la playa y sus manos, cuando las une, forman un estuche que podría encerrar el alma de cualquier hombre, mortal o divino: pero no es hermosa. Tiene tantas bellezas juntas que se eclipsan unas a otras como cuando tomamos un vino excepcional y nos olvidamos de los buenos vinos que hemos bebido en otros momentos. Es condición humana olvidar lo bueno cuando nos encontramos con lo mejor aunque en el fondo sepamos que no lo merecemos. Y así era: no me daba tiempo de embelesarme con un atractivo cuando ya otro llamaba a mis sentidos reclamando posada. Me abandoné en sus ojos, me dejé caer como un suicida por el último puente que conocerá en su vida y cuando llegue a su interior no encontré nada. No había atardeceres del color del azafrán ni arcoíris sobre cielos inmaculadamente azules. Sólo encontré un vacío terco que me rodeaba de una nada de color plomizo que se extendía hacia campos eternos de soledad. Me di cuenta de que Rose no existía hacia adentro. Que alguien la había vaciado. Viendo aquella nada pegajosa, el molde que había quedado donde yo esperaba encontrar una persona, sentí una pena infinita: una rabia sofocante que amenazaba con romper un equilibrio que – especialmente en mí- nunca ha sido muy estable. Busqué desesperadamente en su interior los escombros de algún sueño, los jirones de una ilusión, los huesos polvorientos de una alegría infantil… Nada. Rose era su delicada y desordenada piel, su coraza, su piel de melocotón. Era tan vacua que el sol la atravesaba de tal manera que posiblemente no tenía ni sombra. Pesaba menos que un rayo de luz, era una anomalía del universo, un soberbio envoltorio. En ese momento sentí un amor inmenso por ella: pensé que si no la abrazaba, que si no la besaba, que si no conseguía sentirla de algún modo, me volvería loco.

Maravillosa criatura estás sola en el mundo,
maravilloso miedo de tenerte cerca,
ojos de sol me queman en medio del corazón…

No conseguí moverme. Toda mi energía estaba concentrada en mantener las lágrimas dentro de mis ojos. ¿Qué me estaba haciendo Benson? ¿Cuál era mi pecado, mi falta, para que torturarme con lo único que sabe puede matarme? ¿Por qué me hacía ver el dolor, la desesperanza, el eco de un universo vacío que me miraba a los ojos?. De repente ella se relajó y me permitió ver entre el tiempo. Vi los esfuerzos de su presente para poder convertir el ayer en un mañana. Y comprendí. La vi abandonando su hogar huyendo de la miseria. La vi caminar sobre el barro consciente de que a cada paso se hundía más y más hasta desaparecer en el légamo. Había abandonado la miseria pero había caído en el horror: Salivas infectas bañaron su piel y su interior, que era puro, se terminó por disolver en infinidad de invasiones corrosivas que atravesaron sus venas y a caballo de su sangre tomaron sus rincones más profundos, su piel más prohibida, para destruirla, insultarla y finalmente vaciarla de toda esencia. Sus sueños se escaparon envueltos en carcajadas forzadas, en suspiros fingidos, en cubos malolientes en los que vomitó todo su asco. Hasta que un día levantó la cabeza y decidió irse. Volvió a casa, algo muy diferente de un hogar. Abandonó el horror para volver a caer en la miseria y ya no pudo huir. Se le olvidó caminar en línea recta y todo viaje terminaba siempre en el mismo lugar. Deambulaba alucinada. Ya no buscaba protección. Cualquier piel sobre su piel dejaba una llaga hedionda. En ese momento, sin saber por qué, comenzó a volverse transparente: Transmutó poco a poco en el abanico de serenas bellezas que tanto me conmovían y –solamente entonces- tuvo un instante de paz. Fue un segundo, una recreación de la explosión que pulverizó de estrellas el universo. No existe una medida del tiempo lo suficientemente pequeña para decir lo que duró. Era ese instante en el que la vida y la muerte no se ponen de acuerdo. ¡Era ahora! El momento en el que yo la estaba viendo frente a mí…

Maravillosa criatura estás sola en el mundo,
maravilloso miedo de tenerte cerca,
ojos de sol me tiemblan las palabras…

¡Era el momento! ¡Un instante después desparecería! Rompí todas las barreras y con un movimiento que se me antojó eterno la abracé… Y de nuevo lo comprendí. ¿Estaba abrazando la nada? ¿Era posible tal cosa? Fundido a su piel supe que eso era exactamente lo que estaba pasando: abrazaba el vacío.

Me desperté de pie, frente a Benson. Me dijo que ella simplemente desapareció entre mis brazos. ¿Lo he soñado? – le pregunté a Benson- dudando de mi propia cordura. “Depende , Sire – me miró a los ojos-. Si quiere ver esto a través de la lógica es indudable que lo ha soñado, pero si solamente se fija en los sentimientos es también indudable que ha ocurrido: ¿Qué prefiere?”.  ¿Qué prefiero? –le contesté a su vez con otra pregunta- Prefiero pensar que está conmigo, que cuando cierre los ojos pueda sentir su presencia. No, Benson: no pienses que busco mi placer ni dar satisfacción a mis sentimientos. Creo que conmigo, ella estará bien…

Maravillosa criatura…
Maravillosa…
Ojos de sol me queman en medio del corazón
Amor es vida maravillosa.

– Sire…

-Dime. Benson.

– Cuando la vea… pregúntele cómo se llama.

 

*Los versos pertenecen a la traducción al castellano de la canción “Meravigliosa Creatura” de Gianna Nannini. Escuchándola y dejando volar a los gorriones de la mente, se me ocurrió esta historia que no ha ocurrido y que nunca volverá a ocurrir de nuevo.
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Written by aitztv

24 enero, 2013 a 1:48

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