Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Archive for febrero 2013

Me llamaba Manuel

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Me llamaba Manuel, soy un maldito. Manuel como aquel que nació en España, como el que tuvo una corta vida eterna en cinco minutos. Manuel como el que terminó en una cruz, como el que cavó su fosa con sus propias manos. El amado de Amanda, el arabesco de los cuadros de Goya. Manuel el que marchó a la sierra, el que nunca hizo daño, el péndulo en el olivo del amo. Soy el cuerpo con el que la vergüenza abonó las cunetas de la guerra y con el que ahora quiere abonar la semilla del olvido. Soy el metal de las medallas de los generales y el de los clavos de los ataúdes de los leales. Era Manuel de Argentina, de España, de Chile… Era el puñado de maíz, el surco del arado, el río claro. El cobre, el hierro y el carbón.  Era el trigo dorado, la música y el vino. Era la cobija de mi esposa y el llanto de mis hijos. Era Manuel; la congoja del futuro de los padres, la carcoma del confesionario.

Era Manuel y tuve miedo. Era Sancho sin Quijote, almirez sin mano. El que pasaba por allí, el que guardó en sus entrañas sus balas. El alimento de la raíz de tu rosa, el despojo que comen tus gaviotas. Tu blanco y tu negro, tu rojo y tu azul. El deprecio de tu himno, el corazón de tu soberbia

Era Manuel y no me dejasteis ser nada.

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Written by aitztv

28 febrero, 2013 at 12:49

Mensaje hallado en una botella.

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El mar siempre ha sido una frontera; quizá la única válida en la tierra. La belleza de las montañas no puede competir con su inmensidad ni con su desolador atractivo. En el mar puedes morir de hambre rodeado de la mayor abundancia. El mar no es la ausencia de tierra, más bien al revés; la tierra es una anomalía de un planeta que inevitablemente sucumbirá al fondo oceánico.  Cuando el último sol arranca rizos de espuma sobre las olas doradas y el viento se torna música en nuestros oídos se nos hace un poco más fácil comprender nuestra presencia en el mundo. Todos vivimos sobre una isla aunque la pretendamos esconder bajo nombres inventados para que nuestra conciencia acepte lo infinitamente pequeños que somos. No podemos evitar pensar que subidos a una silla somos superiores al resto, cuando realmente sólo estamos un poco más lejos de todos ellos. La ilusión es siempre un engaño, un espejismo procazmente preciso porque nace de nuestras propias categorías y nos envuelve con todas las maravillas que sólo existen en nuestra mente. Pero delante de el mar no podemos mentir. Hemos gastado la historia en su conquista; nos hemos lanzado al universo intentando alejarnos de su embrujo y nunca lo hemos conseguido. Sólo conseguiremos dominar las estrellas cuando dominemos nuestro universo privado, por eso cuando nuestros ingenios viajan entre las luminarias del cielo decimos que están navegando. Cuando nos desesperamos buscamos un mar doméstico, algo que podamos controlar y digerir. Quizá por ello, a veces, el mar está en el fondo de una botella.

Presiento la llegada de Benson. Estoy sentado sobre un tronco arrojado por la marea en un lugar que yo llamo la Playa de los Esqueletos. Elegí ese nombre cuando al encontrarla me enfrenté a una enorme montaña de troncos muertos y blanqueados por el sol. Era como un cementerio de elefantes o más antiguo aún; como si las bestias del trueno eligieran ese lugar para ir a morir. La madera muerta dibujaba arabescos tan complicados que a veces parecían vivos, en movimiento. En unos veía unos amantes abrazados, en otros un animal agazapado o un cristo yacente. Es la playa donde la naturaleza hace imaginería; pule la madera con el mar y la tiñe con el sol. En las ramas veo costillas de animales impensables, manos de madera  como arañas hipertrofiadas terminadas en garras poderosas. No se si me atrevería a pasear por la noche en esa playa. Me temo que esas cosas están vivas de verdad y acabarían conmigo.

– ¿Ha oído hablar del Cutty Sark, Sire? – me pregunta Benson sin ni siquiera saludarme-

– ¿Quién no? – le respondo mientras mentalmente estoy buscando la trampa en la pregunta- Era un precioso velero que hacía la ruta del té y que, hasta donde yo sé, aún se conserva.

Mientras estoy hablando me pregunto a qué amante del mar se le escaparía la existencia del Cutty Sark. Los veleros suenan como una orquesta cuando navegan. No hay motores ni humos que separen al tripulante del mar. Los órdenes van del piloto a las olas; allí sólo manda el viento.

– Es mucho más que eso, Sire – añade Benson con la vista perdida en el horizonte-

– Lo se: He visto ese nombre en muchas botellas de whisky.

– Eso es sólo un símbolo, Sire.

– No, Benson; no es un símbolo: es whisky. Nada mas que alcohol proveniente de la malta con un poco de caramelo para darle color. Lo inventaron los monjes irlandeses y, como todo lo que proviene de la religión, sirve para confundir la razón y hacernos creer que somos felices. La filosofía del alcohol nace siempre después de beberlo, nunca antes; aunque no negaré que a veces restaña ciertas heridas.

Me rio de mis pensamientos: Hay unos alcoholes para curar las heridas desde fuera y otros para intentarlo desde dentro. En mi vida disipada ha habido ocasiones en que he usado licor para limpiar mi piel y otras en las que me he bebido directamente el contenido del botiquín. Sólo depende de tus prioridades y del amor que le tengas a tu hígado. El mío debe de pensar que le odio. Pero sigo intrigado por la dirección que Benson pueda tomar en esta conversación. Decido atacarle un poco.

– De todos modos, amigo Benson, los símbolos sólo son imágenes convenidas. ¿Acaso si el Cutty Sark se hubiera hundido o se hundiera ahora mismo desparecería el licor que lleva su nombre? Sabes que no. Por lo tanto un símbolo sólo es un consuelo para nuestra limitada intelectualidad, nada que realmente importe. Hay un poema que dice que la rosa con otro nombre sería igual de fragante; lo mismo pasa con el licor, aunque con menos poesía. ¿Qué dirían los espíritus del vino si pudieran hablar?

– Lo desconozco, Sire. ¿Sería una declaración lógica o hablarían por tanteo?

No se me escapa la flecha envenenada de Benson. Está comparando mi alocución a la  de un borracho. Sabe que tengo cierta facilidad para acomodar los acontecimientos a mis acciones y nunca desperdicia una oportunidad para echármelo en cara. Siempre le digo que se equivoca, pero me lo repite tantas veces que me hace dudar. Para él la guerra es una ausencia de paz: para mi la paz no es más que el preludio de una guerra: nunca conseguiremos un acuerdo en esos términos.

– De acuerdo, Benson. Acepto la crítica. Consideras que estoy en guerra permanente con el universo y que me escondo en la anestesia de los sentidos. De todos modos, si me lo permites, mi corazón de luchador y el licor te dirían lo mismo: Somos lo que somos porque nos hicisteis así.

– Eso es falso, Sire –Benson no está dispuesto a ceder-  No es lo mismo un luchador que un guerrero. Un luchador no tiene que pelear en su interior; se defiende del entorno. El guerrero, en cambio, tiene que luchar porque su auténtico reto está en su corazón. Buscará una guerra en la que involucrarse y cuando esa guerra termine buscará otra y otra más porque el conflicto está en él. Un luchador negociará, defenderá sus intereses y, si ve a salvo los suyos, se retirará. Guerreros y luchadores son fuerzas inamovibles e imparables a la vez: a veces pienso que es imposible que convivan en el mismo universo.

– Hay quien piensa que la guerra es un arte, Benson. Dado que la guerra existe ¿Por qué descalificar a sus artistas?

– Por su falta de talento, Sire.

– No te sigo…

– El talento es la categoría humana para diferenciar el arte de la simple eficacia; Un artista con talento sabe cuando la obra está acabada; por contra, la guerra nunca termina. El que defiende que no hay paz sino sólo ausencia de guerras como el frío es la ausencia del calor, defiende que el guerrero es un simple mecánico y que solamente los luchadores pueden acceder al arte. No hay talento en la guerra; sólo hay arte en los que luchar para que termine.

Benson es incorruptible en sus planteamientos. Envidio su manera de racionalizar las cosas desde la lógica y el corazón al mismo tiempo.  Estoy seguro de que si consiguiera parecerme un poco a él sería mucho más feliz. Me gustaría poder decir que él y yo somos las dos caras de una misma moneda, pero no es cierto. Yo soy una moneda con dos caras idénticas y todo aquel que lo descubre termina haciéndome daño. Por un instante me siento abandonado.  Las distancias cambian o tal vez cambia sólo el modo de medirlas. Da igual: me siento terriblemente solo. Se que tengo el mar frente a mí, pero me da pánico pensar que si me doy la vuelta no habrá nada a mis espaldas. cada vez que me arrojo a la realidad sólo tengo el colchón de mis recuerdos e incluso a veces dudo de que sean ciertos.

No hay nada en el horizonte. Quiero decir que realmente no existe. No es mas que la ilusión que producen el cielo y el mar cuando se separan. Sin embargo han muerto miles de hombres intentando alcanzar esa nada. Es curioso que allí donde se alejan el cielo y el mar el hombre haya creado una línea imaginaria para unirlos y, no contento con ello, después haya intentado superar esa frontera a coste de su propia vida. ¿Nos pasará lo mismo a las personas y cuando pretendemos estar unidos lo que realidad pasa es que interpretamos las diferencias como una frontera que debemos atravesar?

– ¿Sire?

– ¡Lo siento, Benson – me disculpo- Me había quedado encerrado en mis pensamientos. ¿Por dónde íbamos?

– Por Cutty Sark. No he sido yo quien ha cambiado de tema. Quería decirle que usted tiene razón cuando dice que matar al símbolo no mata la idea.

– ¿He dicho yo eso?

– Indirectamente. Pero yo me quería referir a la idea original, ni al barco ni al whisky, que sólo son los herederos. Cutty Sark significa en escocés, “camisa corta”

– Pues lo celebro mucho, Benson – digo algo decepcionado; esperaba una de sus historias con moraleja y no una sesión de etimología- ¿Algo más?

Benson levanta una ceja y se sonríe. Me temo que me he precipitado y ahora viene la parte magra del asunto.

– Cutty Sark es el nombre por el que se recuerda a la bruja Nannie, que se dice vestía esa prenda. Salvó al granjero Tam O’Shanter cuando se arrojaba al río Clyde, huyendo de un aquelarre a lomos de una mula. Nannie, de quien se dice era bellísima, consiguió agarrar a la mula por las crines de la cola y evitar el desastre. Realmente por los pelos, aunque fueran de una mula. ¿Usted cree en las brujas, Sire?

–  No más que en dios, los espíritus o los banqueros honrados, Benson.: Todos son seres míticos. ¿Por qué lo preguntas?

– Porque Tam O’Shanter aseguraba que le perseguía una cohorte de brujas arrojándole rayos para matarle. De hecho hubiera muerto ahogado si la conocida por Cutty Sark no le hubiera salvado en el último momento.

– Benson, me hablas de un escocés. Ellos y los irlandeses bebían “agua de vida” a raudales. La fantasía y las mentes poco ilustradas caen en esos errores con facilidad. La condiciones eran duras, el clima frío y probablemente la soledad extrema. ¿Quién no vería fantasmas en ese caso?

Inmediatamente me doy cuenta de lo que estoy diciendo. Benson gana de nuevo. Ha usado el método socrático de forma tan descarada que no me he dado cuenta. Es como ganar a un maestro del ajedrez con el mate del pastor, confiado en que el rival no se atreverá a utilizarlo. Cierto; el mar trae muchos mensajes y a veces, eso dice la leyenda, dentro de una botella. Pero la realidad nos dice que dentro de las botellas generalmente sólo encontraremos fantasmas; remedos infames de la realidad que sólo sirven si estamos dispuestos a aceptarlos como auténticos. Son volátiles como los suspiros de las heteras o el sonido del eco. Falsas como las curaciones de un telepredicador, como la palabra de un político. Irreales como las atribulaciones de un confesor.

Benson no dice nada. Me mira, sonríe y añade:

– Ciertamente , Sire, ciertamente…

Written by aitztv

27 febrero, 2013 at 14:51

Tenía que ocurrir…

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El término “animales sociales” se aplica a aquellos seres vivos que son capaces de una organización colectiva que va más más allá de la mera suma de fuerzas. Suele ser difícil meternos en la cabeza la idea de que la división de tareas en condiciones justas es el método más eficiente para conseguir beneficios comunitarios. No se trata de unirnos muchos para hacer todos lo mismo, sino de tomar el trabajo de la comunidad allá donde lo deja tu compañero y llevarlo hasta dónde otro compañero pueda continuarlo. He mencionado a propósito las condiciones justas, porque creo que son mucho más importantes que las condiciones igualitarias. Precisamente el término “igualitario” es el que nos convierte en masa, en un conjunto bio-social que al final sólo tiene como meta seguir siendo lo que es en lugar de promover el avance y la evolución como sociedad. Es un error común pensar que simplemente siendo muchos se llega más allá: ser muchos lo único que nos garantiza un mayor número de fracasados.

Si ahora tomo un piedra y la lanzo y me tomo la molestia de medir la distancia lograda podré hacerme una idea de cuantos lanzamientos necesito para recorrer una distancia: si por ejemplo alcanzo los 25 metros, necesitaré cuatro lanzamientos para lograr llevar la piedra a 100 metros; aritmética pura y dura. El error de alguno es pensar que si un hombre puede llevar una piedra a 25 metros, cuatro hombres podrían mandarla a 100 metros. Si lo pensamos vemos a cuatro hombres actuando a la vez pero no en sociedad. Es correcto según el principio de igualdad – son cuatro hombre con una piedra idéntica- pero dado que la meta era llevar la piedra a 100 metros no se logrará ni el fin común ni el personal. Podríamos seguir sumando lanzadores, pero ni toda la población mundial podrá cumplir con el propósito inicial. Si por el contrario disponemos a cuatro hombres a la distancia justa, separados 25 metros uno del otro, es seguro que alcanzaremos nuestra meta. Sé que muchos pensaran que ésto es un simple sofismo y que se puede argumentar con el clásico ejemplo de la rama que, sola, puede ser partida por un niño, pero unida a otras ramas resiste al hombre más robusto. Sin embargo ambos ejemplos son válidos.  Que muchas ramas juntas son mucho más resistentes que una sola es un hecho que demuestra que la unión hace la fuerza, pero mi pregunta es: ¿Siempre es necesaria la fuerza? Pienso que es mucho más práctica la cooperación.

Cooperar es transcender a la acción del conjunto. Equivale a lograr que el efecto personal de nuestra colaboración sea superior en beneficio a lo que la suma de las partes arrojaría como resultado dentro de unos términos justos para todos. Insisto, no en Igualdad sino  en justicia. El problema de la igualdad nace en que alguien tiene que dictar los principios igualitarios: Un ser humano podría pensar que un gorila tiene los mismos derechos que él, por lo tanto ofrecerle una vivienda, colegio público para sus hijos  y recogida discriminada de basuras. No: eso es justo para el ser humano, pero no para el gorila. Él necesita su bosque y su libertad: Eso es justicia. Igualar no es siempre justo, casi nunca lo es.

Creo que esto también ha de ser válido para los procesos. Las actuaciones deben de ser justas a las causas y no comunes. Los humanos, cuando actuamos en conjunto, tendemos a repetir los patrones que han funcionado, algo que puede ser un buen punto de partida pero no siempre válido para realizar el camino completo. Si ponemos como ejemplo las ONG  –sin entrar en mayores polémicas-  nos encontramos con una idea maravillosa prostituida finalmente por interesados y aficionados a partes iguales. La conocida “cruz Roja” es un ONG, quizá la primera de la historia. El Instituto Noos (si, el del Urdangarin) también lo es: las diferencias son claras. Pero a lo que me refería es a cómo la repetición es la mejor herramienta para desactivar una acción. Cuando oí Hablar de “Médicos sin fronteras” me pareció una idea genial. Después vinieron, “Farmacéuticos sin fronteras”, “Enfermeras Sin fronteras”, “Podólogos sin fronteras”… La ilusión va decayendo cuando uno ve cómo la cooperación se desmiembra en corpúsculos que llegan a lo ridículo: “Policías sin fronteras” puede estar bien: “Tricornios sin fronteras” me parece una memez.

Lo mismo me ocurre con el asunto de las peticiones de firmas. Los fines que se persiguen se auto desactivan a través de incontables peticiones que nos piden la solidaridad de muchos para problemas locales o escasamente urgentes. No de puede machacar a la militancia con cualquier cosa porque podemos caer en que cuando “venga el lobo” de verdad, nadie os crea. No tardaremos en ver cómo alguien nos pide la firma para que su cónyuge no ronque o para que dimita el presidente de la comunidad de vecinos. Es a lo que me refería cuando me preguntaba si es necesario usar siempre la fuerza. No se deben cazar moscas a cañonazos porque al final la falta de munición nos obligara a cargar los cañones con bolitas de papel. El resultado será de mucho ruido, pero cero efectividad.

Por eso ruego, desde mi humilde condición, que nos pensemos bien para que pedimos el auxilio de los demás. No es, creo, el momento de pensar en que no quiero que mi pueblo se hermane con no sé qué otro pueblo, o reclamar el asfalto de un campo vecinal.  Estamos metidos en temas mucho más gordos que afectan a mucha más gente y la maquinaria es limitada. Si la forzamos, corremos el riesgo de romperla definitivamente.

Written by aitztv

26 febrero, 2013 at 11:55

El hombre que susurraba a los sordos

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Lo quiero tomar con calma; no  tengo entre manos un tema que admita precipitaciones. Quiero hablar de Giovanni Papini y de mí. No puedo decir por qué. A veces un asociación de ideas en tan absurda como el título de este post. Esto no es un web profesional ni yo tengo los conocimientos suficientes para elevar estas divagaciones a la categoría de artículos. La forma que tengo de contar mis impresiones es a la literatura como las bolitas negras y saladas que comemos en navidad al caviar. Pero no tengo otra.

Tengo frente a mí una edición de “ Juicio Universal” del año 1966 . Supongo que lo compraría mi padre; le daba por estas cosas. A veces se endurecía con la narrativa de Papini o la poesía de Whitman mientras que en otras ocasiones se dislocaba la mente midiendo el nivel de estupidez de Alan Kardec y sus secuaces. Este ejemplar en concreto, el de Papini, estuvo fuera de casa una quincena de años, prestado a alguien que al final tuvo el mal gusto de devolverlo: yo cometí el suicido de leerlo. Por un lado cuando te haces cargo de un propiedad durante tantos años sin que nadie te la reclame devolverla no está bien. Es como abandonar a un amante al que ya has exprimido hasta el último sentimiento; Papini no es literatura de usar y tirar. por otro lado hace falta una vocación muy suicida para leer a un ateo teólogo que mientras escribe su obra iconoclasta es expulsado de su hogar y se refugia con los Dominicos vestido de cura. Sin embargo ese “Juicio Universal” no defrauda. Es una rebelión suprema decirle a dios que te deje en la tumba y que se vaya, como hacen algunos de los protagonistas de la obra.

Hoy tengo la impresión de que Papini me entendería mejor que el propio dios. Tampoco es de extrañar. La propia Iglesia de Pedro no tienen nada clara la misión de dios en el universo, de modo que traban de transversales el mensaje divino  si es que existe y sea el que sea. Si yo decido morir y lo consigo a Giovanni Papini le parecería bien, Walt Whitman no movería su vista de las montañas y Alan Kardec organizaría una sesión de ouija para consolar mi espíritu funesto. Pero dios se empeñaría en volver para juzgarme, lo que supone una resurrección y enfrentarme de nuevo a los miedos y angustias que me llevaron a la tumba. Es por eso que le tengo que decir que se lea el “Juicio Universal”, para que no me haga pasar dos veces el mismo martirio. No se quiere enterar de que la vida da mucho miedo. Que hay personas que vivimos aterradas cada día. Asustadas porque a nuestros hijos no les ocurra nada. Porque no nos abandonen aquellos que queremos. Porque podamos tener mañana un poco de pan de mañana y no de hoy. Porque no se apague el fuego que mantiene alejadas las bestias de la boca de nuestra caverna. Porque la tormenta, el rayo y el volcán no nos maten alevosamente. Porque si nos han de traicionar, que no sean los que consideramos amigos.

Intento encontrar mi nombre en el índice del Juicio Universal.  En realidad ese índice vale tanto como el resto de la obra. Desterrados y Madres. Capitanes y Narcisos, Luciferinos y mediocres; todos cantando a coro sus miserias frente al ángel que pide cuentas en nombre del creador. Pero hay un apartado maravilloso. Algo que sólo se le puede ocurrir a un genio o a un enfermo. Los Primitivos; aquellos que no tenían miedo a mirar a dios de frente porque ellos llegaron antes que cualquier dios. El primer hombre, el más primitivo le escupe a dios a la cara.

”¿Queréis acaso matarme por segunda vez? ¿Qué os he hecho? Nada os pido. Sólo quiero volver a mi pétrea yacija allá abajo en el vientre de la tierra, donde me sentía seguro, donde no era atormentado por el hambre y por el miedo, donde nadie me atormentaba como has querido hacer tú. ¡Si tuviese, por lo menos, mi hacha y mi honda!”

O las palabras de la primera mujer juzgada:

“Fui poco más que un animal en medio de animales peores que yo. Desde joven fui la bestia de carga de la familia. Y ya nadie me miraba ni nadie me agradecía las labores que realizaba. Una noche de lluvia me dormí para siempre. Mi nombre era Wambé y ésta fue la vida de Wambé”

No tengo yo argumentos tales como para defender el fin de mis días. En realidad tampoco los necesito. Nos matan tanto y de tantas formas todos los días que harían falta muchos Papini para ponernos a todos en fila delante de los ángeles. ya tengo la impresión de que muchas luminarias se están apagando. Tengo que poner mucha atención para saber si el viento me habla o simplemente pierde el tiempo soplando en mi oído como el hombre que susurraba a los sordos. No es más que un oxímoron, un quitaipón.

Mi duda ahora es si debo de esperar a que se haga de noche y empiece a llover.

Written by aitztv

24 febrero, 2013 at 18:43

LOOK AT YOU ALL STILL MY GUITAR GENTLY WEEPS…

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Casi desde que tengo uso de razón mi guitarra ha estado a mi lado. Recuerdo que fue un regalo para mi hermana, por el destino no la había llamado para las artes, así que estuvo unos cuantos años languideciendo ente un armario y la pared, en uno de esos huecos que quedan que parecen hechos a medida para una guitarra. En cualquier caso es una guitarra de Toña, la famosa casa de música de la bilbaína calle tendería. Unos años después intenté sacarle una nota, Estaba muy deteriorada. Mi padrino, ese neoyorkino del que siempre digo no sé nada, la tocó en el año 69 (lo recuerdo, era mi comunión) con una púa y se llevó una buena parte del barniz.  Años después, decía, le restañé las heridas con un golpeador de plástico y le lavé un poco la cara.

Desde entonces está siempre a mi lado. Muchas noches frente al ordenador, cuando las palabras deciden quedarse tercas en mi interior, la tomo y suavemente “My guitar gently wheeps”. Nunca la obligo. Mi guitarra toca lo que ella quiere; en realidad es ella quien me toca a mi: yo soy el instrumento.  Es bastante caprichosa. Hay días que suena como un trueno y todas sus cuerdas tocan la misma canción; Otros días… Mejor no hablamos.

Pero hoy me ha ocurrido algo curioso. Mientras se cargaba una pagina en el ordenador, le he tomado y… Lo he notado. Está cansada. La he acariciado como siempre, y la he hablado. Pero algo va mal. No responde a mis manos como antes. creo que me pide que la deje. Supo que se ha hastiado  de mi. Ha soportado a mi lado muchas afrentas, sobre todo musicales, pero también incendios, calores abrasadores en un maletero, humedades en tiendas de campaña… casi como un matrimonio. Más de 40 años juntos y ahora ha decidido que ya hay música en mis manos que le pueda interesar. Quizá es que siempre toco lo mismo o tal vez está harta de ver a su lado a mi guitarra eléctrica, que aunque nunca toco siempre está ahí, a mi lado, con su piel de ébano y sus redondeadas formas insinuantes.  Sea lo que sea tengo que darle una solución. Puedo hacer como que no va conmigo y de vez en cuando intentar arrancarle algún sonido, como en los viejos tiempos. O puedo simplemente dejarla ahí, que se quede en un rincón y cuando me preguntan por ella diga, “ahí sigue, como siempre”. Tal vez necesite otras manos: unas que sepan pulsar las cuerdas correspondientes en el orden correcto para hacer que suene de nuevo. Es un dilema. Mientras tanto, me conformo con mirarla. De vez en cuando la abrazo. La miro y prometo que todo será como antes. Para mí es la guitarra perfecta y si no estuviera a mi lado, la echaría mucho de menos.

Written by aitztv

22 febrero, 2013 at 20:43

La fábrica vacía / The stopped factory

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No  puedo evitar una sensación de tristeza cuando visito una fábrica vacía. Es como una aula sin niños. Su falta de actividad me produce un tipo de fobia que no sé si está estudiado. Siempre tengo la impresión de que las máquinas me miran como pidiéndome ayuda, rogándome que les de algo de materia prima que echarse a las tolvas y empezar a producir. Los que no creen en los sentimientos de las cosas no pueden entender esto. Cuando las máquinas funcionan ronronean; responden al contacto con ese cosquilleo indicativo de que todo va bien, de que están contentas. Las fábricas son pequeñas orquestas de música industrial tan perfecta en los acordes como en las síncopas. Estoy seguro que los responsables de esas enormes líneas de fabricación se vuelven al terminar la jornada hacia sus máquinas y les dan las gracias y les prometen volver al día siguiente, como cuando somos niños y creemos que nuestras madres nos esperan tras la puerta el primer día de escuela.

Cuando se para una máquina parece que que te pregunta por qué lo haces. Es lógico. Si su misión es hacer cosas, producir, crear… ¿Qué le queda si la detenemos? Se que no me cree nadie pero las máquinas sufren. Lloran amargamente cuando llega el final de sus días y se saben camino del desguace. Muy pocos de nosotros nos paramos un momento a decirles “Gracias”. Supongo que nos da vergüenza que los demás nos oigan un comportamiento tan irracional. O quizá nos da pánico que nos ocurra lo mismo. Tal vez vemos en las máquinas la metáfora final de nuestros días: nadie nos dará la gracias cuando dejemos de producir esa sensación inaprensible que se llama vida. Ayer funcionaba: hoy no. Tampoco sabemos nosotros entre qué engranajes están escritos nuestros recuerdos y amores. No se por qué cuando viene a tu memoria tu cara sonriente me emociono y cuando noto entre mis manos aquella cálida sensación de cariño me pongo a llorar. Los recuerdos de las vida; la primera sonrisa de tu hijo, su llanto como música en tus oídos, la promesa que te hiciste de jamás abandonarle… Todo eso esta escrito en alguna de esas ruedas dentadas independientemente de que esté en marcha o parada.  Y cuando te tienes que ir, te das la vuelta desde la puerta y ves la máquina parada. Entonces te das cuenta de que lo único que ha muerto eres tú.

I cannot avoid a feeling of sadness when I visit an stopped factory. It’s like a classroom without children. Its lack of activity makes me a type of phobia that I do not know if it is studied. Always have the impression that the machines look at me as asking for help, begging me to them something raw that throw to hoppers and start producing. Those who do not believe in the feelings of things can’t understand this. When the machines work they purr; they respond to contact with that tingling indicative that everything is going well, that they are happy. The factories are small orchestras of industrial music as perfect in the chords and the syncopations. I am sure that workers of these enormous lines of manufacture become at the end of the day to their machines and say “Thanks” and promise to go back the next day, as when we are children and we believe that our mothers are waiting behind the door the first day of school.

When  you stop a machine seems that it asks you why do you it. It is logical. If his mission is to make things, produce, create… What does it if we stop it? I know that no one believes  but the machines suffer. They cry bitterly when reaches the end of its days and is know they are in the way of scrapping. Very few of us  stop a moment to say ‘Thank you’. I suppose that it gives us shame that others hear us so irrational behavior. Or perhaps gives us panic yo know  that same thing will happens to us. Perhaps see in machines the final metaphor of our times: nobody will give thanks when  we finish to produce this incomprehensible sensation that is called life. Yesterday it worked: today will not. Nor do we know us between what gear are our memories and love. I don’t know why I get excited when your smiling face comes to the memory and when I feel in my hands that warm feeling of affection. I’ll start to cry. The memories of the life; the first smile of your child, their crying like music in your ears, the promise you made that you never leave him… All that is written in any of these sprockets whether it is running or stop. And when you gotta go, turn you from the door and you see stop the machine. You then realize that you are the only thing death .

Written by aitztv

21 febrero, 2013 at 11:36

Los recuerdos son el herpes de la mente.

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Estoy intentando poner algo de orden en lo que me queda de vida. Quisiera que cada cosa llegara las manos adecuadas no por las manos en sí, sino porque lo que uno guarda pretende que sea eterno. lo malo viene cuando te pones a enumerar lo que tienes y ves que todo se reduce a unos libros y media docena de cosas que pierden su significado si no estás tú a su lado para explicarlo. Sé cuando recogí aquella piedra: es una piedra bonita que yo mismo saque de la tierra en el Cañón del Colorado. Pero nadie más lo sabe. ¿Quién heredará esa piedra? Lo más probable es que termine en el cubo de la basura. Ese mismo destino correrá todo lo que he recopilado durante 50 años. No nos llevamos los recuerdos; es mentira. Sólo nos llevamos el dolor. los recuerdos no son para el que parte ni para el que se queda. Son el herpes de la mente. Van a aparecer a cada momento, siempre en  el más inoportuno repitiendo una y otra vez “Te lo dije”. Los recuerdos matan despacio.

Me doy cuenta de que tengo muchos recuerdos que no son míos. He heredado algunas cosas que trato como objetos de culto y de los que realmente no sé nada salvo que son muy antiguos. Yo que siempre he defendido el valor de las cosas usadas y he creído en que cada trozo de realidad tiene una historia me siento incapaz de contar a nadie mis propias parcelas. Comparto la idea de que que cualquier tipo de muerte merece un respeto exquisito, una pleitesía si se quiere. No me gustaría que mi muerte fuera una desaparición del mundo ejecutada con maestría quirúrgica. Prefiero la muerte al estilo antiguo: Quiero una agonía consciente que me permita decir adiós a amigos y enemigos. Una oportunidad de aclarar cosas que fueron y no fueron, que se dijeron y se callaron: recordar qué bien lo pasamos aquel día: ¿Os acordáis de mis alocadas traducciones del Francés? O cuánto lloramos por el amigo querido que se nos fue o la alegría que sentimos al saber que uno de los nuestros volvía por fin a casa.  Pido tiempo para ponerme correctamente mi mortaja y poder tener un rostro sereno. Quiero sentir el aroma de las flores y ¿por qué no?: disfrutar con los míos un trago de vino. Tal vez todo esto no sea más que la demostración del pánico que me produce la cicuta o quizá sus primeros efectos. Hay en todo esto esto un terror profundo, uno que me domina y casi bloquea. Imaginad:  ¿Y si al otro lado lo que nos llevamos es esta ultima sensación y estamos presos del dolor para toda la eternidad? ¡Dios1 ¡No se puede morir dos veces!¡No hay 30 días de prueba gratuita!

Me dejo llevar. Hay algunas cosas que hacer que son necesarias para los que tienen que seguir con todo esto: Yo personalmente desisto. El valor es un principio homeopático. Está tan disuelto en el alcohol que hay que beber mucho para que te llegue a afectar. El problema es que es de efecto tan lento que puedes llegar a inmunizarte y entonces no te afectará.  Estarás vivo, pero borracho; es decir: ridículo. Llegas a la conclusión de que nunca hay nada en el fondo de la botella, excepto un recadito para tu hígado. Lo demás está en tu cabeza. La bebida es un cuadro abstracto. Cada uno ve lo que culturalmente está preparado para ver. A mi me gustan sus colores. Diferentes tonos de madera, hasta terciopelo color berenjena pasando por intensos matices de oro. Todas las sensaciones arropadas de aromas misteriosos, de sabores de fuegos lejanos y caramelos quemados sobre la piel del roble.  Pienso que podría conseguir construir un refugio para mis escasos valores: estoy tan convencido de ello como de que no merece la pena ni intentarlo. Quiero un refugio para mis recuerdos; no un museo para mis emociones.

¿Cómo recibiríais a la muerte? yo  lo tengo clarísimo. De smoking. tal vez ese día encienda un cigarrillo, estoy seguro de que no me matará. Es lo más adecuado para la sobremesa informal. Si me da tiempo le diría: “Vale. Me rindo!. Dime las respuestas! y dado que quizá al otro lado no haya nada le preguntaría por aquellos a los que he perdido la pista.  Miro por la ventana y veo un día soleado. No siento paz, pero tampoco angustia. Me siento razonablemente bien. No me gusta.

Quiero gritar, pero no tengo boca. No recuerdo dónde leí esta frase pero me parece una maravilla. No veo una forma mejor de definir la angustia fuera de los tradicionales lugares comunes de los románticos. Es un grito contenido, indigerible que crece en el interior de uno. Es un cáncer de la voz, un tumor de los sentimientos que ya se ha filtrado por todos los rincones de tu cuerpo. Es un primario, una bomba de relojería, la lámpara de Aladino en manos de un enfermo de perlesía, menorrea sin tampón, la erección de un manco… Es eyacular hacia adentro una y otra vez. Es la digestión pesada del planeta.

Presiento que voy a necesitar mi smoking u otra botella.

Written by aitztv

20 febrero, 2013 at 11:51