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El esquivo “Planeta X”

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canales_marte1Un cuatro de febrero la sonda estadounidense Mariner IX enviaba a la tierra las primeras fotografías en órbita.  Era la primera sonda que orbitaba con éxito otro planeta.  Aunque las sondas Mariner VI y VII habían fotografiado el planeta rojo con relativo éxito fue la número nueve la que envió fotografías claras culminando una misión que tuvo mal comienzo. En efecto: Se trataba de una misión gemela, con dos sondas independientes y trabajos paralelos, pero el Mariner VIII cayó en el océano atlántico a los pocos minutos de despegar y fue su compañera la que tuvo que realizar el trabajo de ambas. Entro en órbita marciana el 13 de noviembre, pero por razones técnicas y de la complicada climatología marciana no comenzó a enviar imágenes hasta el cuatro de febrero del año siguiente. Tras siete meses de complicado viaje, este artilugio de poco más de media tonelada de masa se insertó con éxito en la órbita de Marte.

Como cada éxito de la moderna ciencia espacial, la misión Mariner hizo avanzar los conocimientos sobre nuestro entorno y retroceder la fantasía, alejando de una patada a los posibles habitantes de otros mundos varios millones de kilómetros de la Tierra, cada vez más sola en el Universo:  Mercurio era un piedra calcinada, gangui1Venus una caldera de ácido sulfúrico y Marte, ese disco rojizo desde el que suponíamos una civilización superior nos contemplaba con la displicencia con la que se cuida a los niños pequeños no era más que otra “ maravillosa desolación”, como había definido Buzz Aldrin a la luna. Corría el año 1971 y la NASA, ebria de éxito, anunciaba que para 1983 tendría hombres en la superficie del planeta rojo. Lejos estaba aún de imaginar el mundo científico que la exploración espacial no la detendrían las dificultades técnicas ni en enorme costo de las misiones sino la falta de interés de una ciudadanía que al parecer no estaba entonces, ni probablemente ahora, culturalmente preparada para comprender la importancia de lo que se estaba logrando. El sello mágico que ligaba al hombre a su entorno más amplio se estaba resquebrajando dejando a la vista toda la miseria del espíritu de una sociedad globalmente aldeana que más allá de no querer profundizar en lo logrado atacaba sin piedad la búsqueda de nuevas fronteras. Pocos momentos en la historia ha tenido la humanidad la oportunidad de saltar hacia el futuro como aquel: pero se dejó pasar. No fue una decisión que tomara el pueblo: la tomó la masa, que es algo diferente.

Schiaparelli, notable astrónomo italiano, había observado líneas sobre la superficie de Marte que él, ignorante de lo que iba a ocurrir después, denominó canali: Con ésta palabra él se refería a accidentes naturales. La prensa angloparlante sin Percival_Lowellembargo (lo del periodismo científico es algo que falla desde hace mucho) lo tradujo como “canales” en el sentido de canales artificiales, y con esa premisa muchos de los que se lanzaron a mirar con un telescopio no tardaron en ver los mencionados canales, vegetación e incluso los atisbos de modernas ciudades desde las que, supongo, los marcianos nos ignoraban tanto como podían. El tiempo y la mejora de los equipos astronómicos demostraron que todo aquello no eran más que ilusiones ópticas producidas por las largas horas de observación y el cansancio – y el entusiasmo- de los investigadores y aficionados.

La víctima que más alto precio pagó por todo esto quizá fuera un comprometido Percival Lowell. A caballo entre dos siglos, Lowell heredó los conocimientos de Schiaparelli y los completó con sus propias aportaciones en modo de tres libros en los que estaba el germen de los “marcianos clásicos”, poseedores de una avanzada civilización que extraía el agua de los polos y a través de esos canales la transportaba hasta el ecuador marciano, auténtica huerta del planeta que nutría a la sociedad de aquel planeta. Así lo reflejó en esos tres libros – deliciosamente inocentes- en cuya defensa fue poco a poco enterrando su prestigio a medida que se sabía más sobre los planetas del sistema solar. No se trataba de novelas ni de ciencia ficción. Eran libros que pretendían divulgar ciencia.

ti108363_largeEn su intento por salvar los muebles se embarcó en una nueva aventura igual de romántica e igual de vacía de contenidos. Se hizo activo buscador del “Planeta X”. Se trataba de un planeta transneptuniano (una palabra complicada para decir que se buscaba más allá de la órbita de Neptuno): no lo encontró. Ni él ni nadie porque posiblemente no exista. Los dibujos animados, sin embargo,  llevan décadas divirtiéndonos con las aventuras de “Duck Rogers” (El pato Lucas) frente a” “Marvin El Marciano” – ese individuo alienígena  con casco de legionario romano- exigiendo cada uno para sí la propiedad del Planeta X. Por cierto que en un nuevo alarde de no enterarse, hubo quien interpretó “Planeta X” como “planeta 10º ” ignorando que la equis es una incógnita y no el ordinal de un sistema que en el mejor de los casos nunca ha contado con más de ocho elementos (cosa de la prensa “científica” de entonces).  En 1930 – Lowell había muerto 14 años antes- Tombaugh encontró Plutón. Pretendió cerrar la búsqueda del planeta X pero no fue posible. Primero, Plutón no tenía masa para significar anomalías en la órbita de Neptuno y segundo, hoy sabemos que no es un planeta. Por respeto a la memoria, -memoria científica- se creó para él la categoría de “Plutino” y dentro de ésta los “plutoides”. Quizá sea una categoría demasiado artificial, pero encierra un reconocimiento: las dos primeras letras de Plutón, la P y la L, son un guiño a las iniciales de Percival Lowell. Para que luego digan que la ciencia no tiene su corazoncito.

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Written by aitztv

3 febrero, 2013 a 23:59

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