Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Pesadilla antes de San Valentín

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Descorchar una botella de vino no es algo al alcance de cualquiera. Abrirla si. Arrancar la cápsula y tirar del tapón como un palafrenero es muy fácil; es como desnudar a una prostituta. Le arrancas la ropa y la arrojas a un lado sin preocuparte de lo que hay dentro. A fin de cuentas todos los vinos son una mezcla de tanino, agua y alcohol con algunas impurezas, al igual que un amor de lance no contiene más que carne y huesos. Sólo si te tomas tu tiempo descubrirás que cada vino tiene un matiz propio y cada mujer una esencia única, irrepetible. No se disfruta y ama lo que sólo se puede analizar o tocar. No nos enamora un vino ni una mujer por sus partes individuales. Nos hechizan las esencias porque son irrepetibles. El vino deja un tenue recuerdo en mi boca como tu cabeza sobre mi pecho deja tu aliento único. No hay recuerdo capaz de describir esa sensación. cada trago de vino es tan singular como  una ráfaga de viento. Cada acto de amor recurre a tantas variables incontrolables que merece su recuerdo particular. Quizá por eso el hombre siempre busca refugiarse en el alma de la botella o en alma de una mujer. Son los lugares que por más que los visites siempre te hacen sentir un desconocido. Allí eres siempre anónimo; nuevo cada día. En el fondo lo importante del vino y del alma… Son las impurezas.

Abrir una botella de vino requiere mimo. Tomarla con cuidado entre tus manos y sin brusquedad descubrir su cuello para alcanzar su parte más tierna. Apartar lo visible para alcanzar ese interior oscuro y misterioso que tanta magia encierra. Allí están los demonios y las esperanzas, tu “yo” grande y tu “yo” más ínfimo. Allí está lo que nunca vas a contar. Allí te vuelves mayúsculo e infame, suave como la piel de un níspero, amargo como el amaretto, dulce como el jugo de la caña y recio como el aliento de un buey. Se parecen tanto el espíritu del vino y el alma enamorada de una mujer que es natural sustituir la ausencia de lo uno por lo otro: refugiarse en la botella para llorar a la amada ausente y abandonarse en el regazo de una mujer para sublimar el aroma del vino. Me costaría decir qué nació antes.

Celebrar el amor es quizá la cuestión más ilógica del universo. No desespero de que algún día alguien aprenda a embotellar esa sensación como alguien en el pasado descubrió cómo poner en conserva las corrientes galvánicas. Si hay un motor capaz de mover el mundo sólo puede estar- en mi humilde y trasnochada noción del universo- dentro del alma oscura del vino y en lo más profundo del alma -mucho más oscura aún a los ojos del hombre- de una mujer enamorada. Me vais a permitir que vaya un paso más allá: Ni el vino ni el amor estarán completos si no corre por sus venas una chispa mediterránea… No me lo toméis a mal. El mediterráneo es más una arruga en la piel de los continentes que un vástago del océano. A sus pechos nació el vino acunado por ancianos conocimientos y de todo ello se alumbró le semilla del amor romántico, bajo la luz violeta que tan pocos han sabido entender. Otros rincones tienen otros sabores: El trópico –mi añorado trópico- es dulce, perfumado y  luminoso. El Sur es recio y directo, como la eterna Patagonia. La luz mortecina de hiperbórea nos invita al más cálido de los abrazos… Concededme pues para el mediterráneo el delicado sabor del vino y la dulzura de la piel de una mujer o, si queréis, voltead el pensamiento y nos perderemos en la dulzura del vino y el delicado sabor de la piel de una mujer.

Todo aquello que es dulce y delicado tiene a su vez un trance áspero. la resaca es la nostalgia del vino mientras que el vacío es la nostalgia del amor.  Amanecen muchas mañanas con la lengua y el corazón pegados al paladar. Esas nostalgias son como engrudo para la mente y el alma: las hacen confusas y en ocasiones despiadadas. A veces al amor es como el vino barato; es bueno en las eternidades cortas, pero letal para los instante eternos. No te preocupes: te acostumbras a vivir con el dolor, te haces adicto. Necesitas sufrir hasta saber que de verdad sigues vivo. ¿Quién querría un corazón anestesiado?

Necesito sentir la sangre como alfileres rompiendo las venas que la encierran; hacer  de los latidos del corazón una cuenta atrás: convertir los órganos del cuerpo en los detonadores que pondrán final a esas luces tan luminosas que no me dejan dormir.

Y por terminar de alguna forma, dejadme poner una estrofa de un poema.

“Hoy te voy a dar
Todas las cosas que no tengo.
Te enseñaré
Los lugares que no conozco
Y el trago suave del vino
Que nunca he bebido…”

¡Amén!

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Written by aitztv

13 febrero, 2013 a 17:48

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