Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Mefistofelia.

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No es una noche oscura: es una noche triste. Es una noche de regaliz, oscura y pegajosa. No me gusta. He hecho un esfuerzo por enterrarla, por desprenderme de ella y no lo he conseguido. Sigo aquí, apresado en su textura de azabache intenso. No me ha servido ninguno de los lugares comunes; no había mensajes para mi en el fondo de la botella. Siento un especie de terremoto en el aire: es una sensación muy curiosa; parece que el aire sólo se mueve a mi alrededor ignorando cualquier otra cosa que nos sea mi entorno más cercano. O quizá me mueva yo; no lo tengo claro. No puedo definir un estado y eso me hace sentirme muy incómodo. No se si me encuentro maravillosamente mal o espantosamente bien. Sólo se que estoy mirando por la ventana a sabiendas de que no hay nada que pueda ver entre la columna de nubes que separan mis ojos del cielo estrellado. Se que frente a mi está Antares y un poco más arriba Hydra. No me consuela. ¿Para qué quiero saber el nombre de las estrellas si no puedo verlas? Por otro lado, divagar es una buena forma de ignorar. Es como dejar caer una piedra en un pozo e intentar saber qué hay dentro por el sonido que te devuelva cuando toque fondo. Estoy un poco cansado pero no es de hoy. No se la causa. Creo que la piedra está aún rebotando por las aristas del pensamiento. Me viene a la parte consciente un pensamiento inquietante. “Sólo habéis nacido para perpetuar el olvido” Creo que es una frase de Mefisto; eso quiere decir que la piedra está realmente muy abajo. Noto mi pensamiento muy impresionista. Me ataca con frases cortas como si estuviera intentando definir su libro de estilo. O tal vez me está enviando información en píldoras. La noche es hoy un desierto.

Me cambio de ventana y me acerco a la que mira al sur. Peor: las luces artificiales se levantan desde el suelo y contaminan la noche de un singular tono rojizo. Podría ser hasta bello si se pudiera desconectar a voluntad. Una pena. Hoy me hacía falta la luz de la luna o de cualquier luminaria celestial que me permitiera fantasear un rato. Puedo probar a imaginarlo pero, sinceramente, no me apetece. Si me voy a poner a imaginar preferiría hacerlo con palabras, no sea que se abra la noche y  me decepcione lo que vea.

Hacía tiempo tiempo que no lloraba. También hacía tiempo que me bebía una  botella de whisky.. Lo más seguro es que deja ambas cosas a medias. Lo de la botella es fácil. Lo de llorar sólo la mitad es un poco más complicado. ¿Cuándo está uno realmente en la mitad del llanto? Para casos como estos he inventado yo la teoría de la sublimación. Todo aquello que te causa dolor se puede sublimar con otras cosas que te causen dolor; Sola o con hielo. He tenido que encerrar en un armario a mis “Pepito grillo” particulares. Me imagino a mi cardiólogo discutiendo con Benson si la isquemia precede al infarto o si por el contrario se produce inmediatamente después que éste. Voy a tener las camisas más ilustradas del mundo. Me imagino que por el armario también andarán mi dignidad y mi vergüenza, mellizas pero no gemelas. Más les vale estar en lugar seguro porque esta noche me pienso arrastrar, humillar y desdecir como nunca antes.  Ya me he probado la piel de felpudo y – me he sorprendido- no me ha sentado tan mal. Perpetuar el olvido. Lo haría si recordara que era lo que no quería perpetuar. Entendámonos, Se lo que no quiero perpetuar; lo que no se es lo que quería olvidar perpetuar. ¡Vaya lío! ¿Verdad?. Se supone que yo he nacido para eso, para “perpetuar el olvido”.

Si tuviera un ojo de cristal –uno que pudiera ver, se entiende- lo arrojaría al pozo junto a la piedra. Tendría información de primera mano de lo que se esconde allí abajo. Quizá encontrara algo interesante, al menos más interesante que diseñar una pieza para  dar forma a los huevos cocidos, aparato al que he dedicado unas horas vacías (lo curioso es que funciona, así que si queréis huevos cocidos en forma  de estrella podéis llamar al… ¡Es broma!).  Me imagino a mi médico diciendo esa frase tan suya.” ¡Estás jugando a la ruleta rusa!” y después alargarme el vaso para decirme “echa aquí un par de balas” Beber con mi médico es mucho menos divertido que beber con Benson. Benson sabe lo malo que es el alcohol pero una vez que empieza no se lo plantea: es un profesional de trago. Beber con el médico es como acostarse con una mujer casada. El médico pensando en su hígado y la casada en su marido. De este asunto uno puede cuantificar cuanto ha bebido, pero nunca cuanto ha cornificado, voluntariamente o no, a otra persona.

Me temo que estoy abandonando el impresionismo y cayendo directamente en la filosofía dadá. Es la tabulación de la idiotez. El genio se ha comido al ingenia de la botella. Se que quiero llorar, pero no se dónde están mis ojos. Tengo la cuerda: No veo el árbol.

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Written by aitztv

19 febrero, 2013 a 22:44

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