Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Los recuerdos son el herpes de la mente.

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Estoy intentando poner algo de orden en lo que me queda de vida. Quisiera que cada cosa llegara las manos adecuadas no por las manos en sí, sino porque lo que uno guarda pretende que sea eterno. lo malo viene cuando te pones a enumerar lo que tienes y ves que todo se reduce a unos libros y media docena de cosas que pierden su significado si no estás tú a su lado para explicarlo. Sé cuando recogí aquella piedra: es una piedra bonita que yo mismo saque de la tierra en el Cañón del Colorado. Pero nadie más lo sabe. ¿Quién heredará esa piedra? Lo más probable es que termine en el cubo de la basura. Ese mismo destino correrá todo lo que he recopilado durante 50 años. No nos llevamos los recuerdos; es mentira. Sólo nos llevamos el dolor. los recuerdos no son para el que parte ni para el que se queda. Son el herpes de la mente. Van a aparecer a cada momento, siempre en  el más inoportuno repitiendo una y otra vez “Te lo dije”. Los recuerdos matan despacio.

Me doy cuenta de que tengo muchos recuerdos que no son míos. He heredado algunas cosas que trato como objetos de culto y de los que realmente no sé nada salvo que son muy antiguos. Yo que siempre he defendido el valor de las cosas usadas y he creído en que cada trozo de realidad tiene una historia me siento incapaz de contar a nadie mis propias parcelas. Comparto la idea de que que cualquier tipo de muerte merece un respeto exquisito, una pleitesía si se quiere. No me gustaría que mi muerte fuera una desaparición del mundo ejecutada con maestría quirúrgica. Prefiero la muerte al estilo antiguo: Quiero una agonía consciente que me permita decir adiós a amigos y enemigos. Una oportunidad de aclarar cosas que fueron y no fueron, que se dijeron y se callaron: recordar qué bien lo pasamos aquel día: ¿Os acordáis de mis alocadas traducciones del Francés? O cuánto lloramos por el amigo querido que se nos fue o la alegría que sentimos al saber que uno de los nuestros volvía por fin a casa.  Pido tiempo para ponerme correctamente mi mortaja y poder tener un rostro sereno. Quiero sentir el aroma de las flores y ¿por qué no?: disfrutar con los míos un trago de vino. Tal vez todo esto no sea más que la demostración del pánico que me produce la cicuta o quizá sus primeros efectos. Hay en todo esto esto un terror profundo, uno que me domina y casi bloquea. Imaginad:  ¿Y si al otro lado lo que nos llevamos es esta ultima sensación y estamos presos del dolor para toda la eternidad? ¡Dios1 ¡No se puede morir dos veces!¡No hay 30 días de prueba gratuita!

Me dejo llevar. Hay algunas cosas que hacer que son necesarias para los que tienen que seguir con todo esto: Yo personalmente desisto. El valor es un principio homeopático. Está tan disuelto en el alcohol que hay que beber mucho para que te llegue a afectar. El problema es que es de efecto tan lento que puedes llegar a inmunizarte y entonces no te afectará.  Estarás vivo, pero borracho; es decir: ridículo. Llegas a la conclusión de que nunca hay nada en el fondo de la botella, excepto un recadito para tu hígado. Lo demás está en tu cabeza. La bebida es un cuadro abstracto. Cada uno ve lo que culturalmente está preparado para ver. A mi me gustan sus colores. Diferentes tonos de madera, hasta terciopelo color berenjena pasando por intensos matices de oro. Todas las sensaciones arropadas de aromas misteriosos, de sabores de fuegos lejanos y caramelos quemados sobre la piel del roble.  Pienso que podría conseguir construir un refugio para mis escasos valores: estoy tan convencido de ello como de que no merece la pena ni intentarlo. Quiero un refugio para mis recuerdos; no un museo para mis emociones.

¿Cómo recibiríais a la muerte? yo  lo tengo clarísimo. De smoking. tal vez ese día encienda un cigarrillo, estoy seguro de que no me matará. Es lo más adecuado para la sobremesa informal. Si me da tiempo le diría: “Vale. Me rindo!. Dime las respuestas! y dado que quizá al otro lado no haya nada le preguntaría por aquellos a los que he perdido la pista.  Miro por la ventana y veo un día soleado. No siento paz, pero tampoco angustia. Me siento razonablemente bien. No me gusta.

Quiero gritar, pero no tengo boca. No recuerdo dónde leí esta frase pero me parece una maravilla. No veo una forma mejor de definir la angustia fuera de los tradicionales lugares comunes de los románticos. Es un grito contenido, indigerible que crece en el interior de uno. Es un cáncer de la voz, un tumor de los sentimientos que ya se ha filtrado por todos los rincones de tu cuerpo. Es un primario, una bomba de relojería, la lámpara de Aladino en manos de un enfermo de perlesía, menorrea sin tampón, la erección de un manco… Es eyacular hacia adentro una y otra vez. Es la digestión pesada del planeta.

Presiento que voy a necesitar mi smoking u otra botella.

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Written by aitztv

20 febrero, 2013 a 11:51

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