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El hombre que susurraba a los sordos

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Lo quiero tomar con calma; no  tengo entre manos un tema que admita precipitaciones. Quiero hablar de Giovanni Papini y de mí. No puedo decir por qué. A veces un asociación de ideas en tan absurda como el título de este post. Esto no es un web profesional ni yo tengo los conocimientos suficientes para elevar estas divagaciones a la categoría de artículos. La forma que tengo de contar mis impresiones es a la literatura como las bolitas negras y saladas que comemos en navidad al caviar. Pero no tengo otra.

Tengo frente a mí una edición de “ Juicio Universal” del año 1966 . Supongo que lo compraría mi padre; le daba por estas cosas. A veces se endurecía con la narrativa de Papini o la poesía de Whitman mientras que en otras ocasiones se dislocaba la mente midiendo el nivel de estupidez de Alan Kardec y sus secuaces. Este ejemplar en concreto, el de Papini, estuvo fuera de casa una quincena de años, prestado a alguien que al final tuvo el mal gusto de devolverlo: yo cometí el suicido de leerlo. Por un lado cuando te haces cargo de un propiedad durante tantos años sin que nadie te la reclame devolverla no está bien. Es como abandonar a un amante al que ya has exprimido hasta el último sentimiento; Papini no es literatura de usar y tirar. por otro lado hace falta una vocación muy suicida para leer a un ateo teólogo que mientras escribe su obra iconoclasta es expulsado de su hogar y se refugia con los Dominicos vestido de cura. Sin embargo ese “Juicio Universal” no defrauda. Es una rebelión suprema decirle a dios que te deje en la tumba y que se vaya, como hacen algunos de los protagonistas de la obra.

Hoy tengo la impresión de que Papini me entendería mejor que el propio dios. Tampoco es de extrañar. La propia Iglesia de Pedro no tienen nada clara la misión de dios en el universo, de modo que traban de transversales el mensaje divino  si es que existe y sea el que sea. Si yo decido morir y lo consigo a Giovanni Papini le parecería bien, Walt Whitman no movería su vista de las montañas y Alan Kardec organizaría una sesión de ouija para consolar mi espíritu funesto. Pero dios se empeñaría en volver para juzgarme, lo que supone una resurrección y enfrentarme de nuevo a los miedos y angustias que me llevaron a la tumba. Es por eso que le tengo que decir que se lea el “Juicio Universal”, para que no me haga pasar dos veces el mismo martirio. No se quiere enterar de que la vida da mucho miedo. Que hay personas que vivimos aterradas cada día. Asustadas porque a nuestros hijos no les ocurra nada. Porque no nos abandonen aquellos que queremos. Porque podamos tener mañana un poco de pan de mañana y no de hoy. Porque no se apague el fuego que mantiene alejadas las bestias de la boca de nuestra caverna. Porque la tormenta, el rayo y el volcán no nos maten alevosamente. Porque si nos han de traicionar, que no sean los que consideramos amigos.

Intento encontrar mi nombre en el índice del Juicio Universal.  En realidad ese índice vale tanto como el resto de la obra. Desterrados y Madres. Capitanes y Narcisos, Luciferinos y mediocres; todos cantando a coro sus miserias frente al ángel que pide cuentas en nombre del creador. Pero hay un apartado maravilloso. Algo que sólo se le puede ocurrir a un genio o a un enfermo. Los Primitivos; aquellos que no tenían miedo a mirar a dios de frente porque ellos llegaron antes que cualquier dios. El primer hombre, el más primitivo le escupe a dios a la cara.

”¿Queréis acaso matarme por segunda vez? ¿Qué os he hecho? Nada os pido. Sólo quiero volver a mi pétrea yacija allá abajo en el vientre de la tierra, donde me sentía seguro, donde no era atormentado por el hambre y por el miedo, donde nadie me atormentaba como has querido hacer tú. ¡Si tuviese, por lo menos, mi hacha y mi honda!”

O las palabras de la primera mujer juzgada:

“Fui poco más que un animal en medio de animales peores que yo. Desde joven fui la bestia de carga de la familia. Y ya nadie me miraba ni nadie me agradecía las labores que realizaba. Una noche de lluvia me dormí para siempre. Mi nombre era Wambé y ésta fue la vida de Wambé”

No tengo yo argumentos tales como para defender el fin de mis días. En realidad tampoco los necesito. Nos matan tanto y de tantas formas todos los días que harían falta muchos Papini para ponernos a todos en fila delante de los ángeles. ya tengo la impresión de que muchas luminarias se están apagando. Tengo que poner mucha atención para saber si el viento me habla o simplemente pierde el tiempo soplando en mi oído como el hombre que susurraba a los sordos. No es más que un oxímoron, un quitaipón.

Mi duda ahora es si debo de esperar a que se haga de noche y empiece a llover.

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Written by aitztv

24 febrero, 2013 a 18:43

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