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El maldito número de Avogadro

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Avogadro Corría un nueve de agosto, como hoy, hace 236 años. Nacía en Turín un hombre, noble de cuna, que nos trajo a mal vivir a todos los estudiantes de aquel meteoro fugaz llamado el BUP. Así fue. Durante nuestra tierna infancia y nuestro veranillo de corrupción nos abrasaron con la teoría de conjuntos, los diagramas de Euler-Venn y el brazo incorrupto de Santa Teresa. Después llego el bachiller unificado polivalente y nos tragamos a Avogadro, A Gay-Lussac y Schrödinger. También estudiábamos la Regla de Pauli, lo que teniendo una compañera de clase que se llamaba precisamente Pauli no es de extrañar que la buena mujer eligiera  estudiar por letras.

El bueno de Avogadro colgó la abogacía –quizá lo de ser el Abogado Avogadro le produjo el mismo vértigo que la mencionada Pauli- y estudió ciencias. Los nobles tienen estas cosas: O se hacían militares o científicos, algo que en ocasiones compartían con los hábitos, los religiosos y los otros hábitos. Con la que está cayendo quizá al final sean sólo los ricos los que puedan estudiar mientras los demás rebuscamos en las basuras. Por aquella época la ciencia tenía un problema gordo entre manos. O estaba fallando la elegante teoría atómica de Dalton, o los experimentos de Gay-Lussac tenían un error que nunca era descubierto. No vamos a entrar en farragosos parajes demasiado científicos (digo esto para que no se note que no me acuerdo de nada de lo que estudié) pero digamos que Avogadro consiguió enunciar una teoría que conciliaba  esas dos realidades científicas. Lo publicó primorosamente en una obra titulada “Ensayo sobre un modo de determinar las masas relativas de las moléculas elementales”. Gracias a él sabemos que los gases simples son diatómicos o que la fórmula del agua es H2O. Pero su trabajo permitió que posteriormente alguien pudiera calcular cuantas partículas hay en un mol de cualquier sustancia; ese número se llama en su honor la constante de Avogadro y es un número aterrador:

N_{\rm A}=6.022\ 141\ 39(27)\times 10^{23}\ \mbox{mol}^{-1}

¿Qué tiene de especial éste número?, primero que determina que en un mol de cualquier sustancia hay exactamente ese número de partículas, lo cual viene estupendo para calcular pesos atómicos, pero veamos ahora el lado tenebroso. ¡Estamos hablando de una cifra de 23 ceros! Para quien lo quiera saber supone seiscientos dos mil trillones. SI queremos jugar a los números, desde que nació cristo hasta el principio de este año han transcurrido 63.481.968.000 segundos: una nadería comparada con los que puede haber en un mol de una substancia. Piensa que en un vaso de agua – supongamos un cuarto de litro- hay  13,89 moles. Se nos hace complicado pensar en esto a los que aún contamos con los dedos. Ahora vamos a jugar un poco.

Tomamos 1 mol de sal  (58.3 g) y lo disolvemos en un litro de agua. hasta aquí es fácil ¿no? Ahora separamos un centímetro cúbico de esa agua salada (1 ml en volumen), poco menos que un dedal, lo que podría ser una dosis. Si dividimos el número maldito entre mil sabremos cuantas moléculas de sal quedan en ese dedalito que serán 6,02 x 10 seguido de 20 ceros. Y ahora… ¡Magia! Vamos a fabricar un medicamento homeopático con este mililitro de agua salada.

Como sabéis la homeopatía nos cuenta cómo a mayor dilución mayor es el poder curativo de una sustancia. No es extraño encontrar preparados homeopáticos al 60 o al 80: eso significa que el principio se diluye en 10 partes de agua 60 u 80 veces: Seamos conservadores. Vamos a preparar Sal en una dilución 30. esto equivale a dividir el número de moléculas que teníamos entre 10 seguido de 30 ceros. Resultado: 0,000000000602 moléculas. Es decir. Nada.

Esa es la única verdad sobre la homeopatía que debes conocer. Que para que una sola molécula de agua salada llegara a tu cuerpo, necesitarías beber como 6000000 (sí, seis millones) de vasos de agua, algo así como millón y medio de litros. Mucha agua, si, pero a precio de medicamento.

Avogadro (por favor, evitar decir su nombre en alto con el tono de Robert de Niro en “El Cabo del Miedo) ya nos había facilitado las claves para comprender que esto de la máxima dilución no va más allá de una teoría medieval sin contenidos ni substancia. Ahora le toca a cada uno decidir si quiere vivir en el siglo XXI o en la edad media.

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Written by aitztv

9 agosto, 2013 a 4:44

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