Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Archive for noviembre 2013

El horizonte de niebla

leave a comment »

Hace tres días que no deja de llover. La temporada de lluvias se muestra desnuda ante nuestros ojos. Implacable. El viento ha decidido no participar y el agua cuelga del cielo como el telón de un teatro; pesada e impenetrable para la vista. El mar, alimentado por los numerosos ríos que arrugan el paisaje con sus valles, tiene ahora un curioso color de café con leche. Se acerca a la orilla extrañamente manso y rompe en pequeñas reverencias construidas con crestas de espuma. Todo el paisaje parece que se está diluyendo en una nada lechosa que nos rodea sin llegar nunca a tocarnos, como una segunda piel tejida a distancia. Pero lo más impactante es el horizonte: se ha desvanecido, licuado en un aire translúcido a través del cual es imposible medir las hechuras del paisaje. Las olas salen de una nada blanquecina como si provinieran de las entrañas de la tierra, como si fuera una fuente enorme, de dimensiones navegables pero nada más que una fuente; una invención del hombre para poder transportar al hombro el arrullo dulce del agua a los lugares donde el agua es inconcebible. Hombre y hombro. La distancia de una letra va de la cabeza al brazo: lo que el hombre piensa debe ser perpetrado después por sus hombros salvo que quiera caer en la fatigosa muerte del hambre. Hombre y hambre: de nuevo una letra, un guarismo, un dibujo con contenido que transforma una cosa en otra sin necesidad de magias, sin necesidad de divinidades, sólo con la fuerza de la palabra. Hombre, hombro y hambre, la trilogía maldita que nos mantiene cosidos a lo inconsútil, pegados a los desapegos. El hombre sin hombro es fácil víctima del hambre. Inesperadamente son los hombres sin tierra los que yacen bajo ella, cubiertos por capas de vergüenza ajena, abonando la injusticia de los que nunca trabajarán esa tierra, pero dicen ser sus dueños, como si fuera una concubina de lujo, sólo para mostrarla cuando la ocasión lo merece. Y mientras tanto, la niebla baila impúdica sobre los tálamos de los olvidados. Acorta las distancias y alarga las esperas. Confunde los caminos y transforma los senderos conocidos en un misterio que esconde algo terrible a cada paso, algo ignoto. Criaturas de niebla que cambian de forma impasibles a las gotas de lluvia que las atraviesan por mil sitios a la vez, túnicas de seda que resbalan por los troncos de los árboles como el vestido por los hombros de una mujer, deliciosos rayos de luna que nos engañan, enamoran y obnubilan como antes hicieran con los poetas. Y en realidad… únicamente es un poco mas que un suspiro de agua diseminada en un aliento. Bellas y quimeras; mitos, trasgos… sólo son la ilusión urdida por la niebla para mantenernos atentos a la vida.

Pero ¿Y si fuera cierto? ¿Y si esas criaturas fueran realmente los habitantes del otro lado del horizonte? Tal vez esa línea inexistente es una frontera que sólo se pueda atravesar en determinados momentos, en determinadas condiciones. Tal vez el horizonte exista de verdad y aún no lo hemos alcanzado, o si, pero no hemos parado a tiempo y lo hemos sobrepasado en nuestro afán de llegar más y más lejos. Tal vez los habitantes de la niebla son seres reales. Quizás nosotros les aterremos a ellos tanto como ellos a nosotros, y les hagamos evocar sus miedos más profundos y sus formas más sensuales. Quizás nosotros seamos los que inspiran a sus poetas a vivir amores imposibles, de los que sólo soporta el papel. Tal vez nuestro mundo sólido cause dolor a esas pobres criaturas construidas de átomos sutiles, de la nada ordenada según dictan sus ciencias, tan diferentes de las nuestras: las mismas ciencias que les demostrarán día a día que nosotros no existimos y que somos fruto de su versión de pareidolia, acomodando las imágenes a sus ojos de niebla con formas conocidas.

Miro de nuevo el horizonte y me da miedo. Lo temo porque ya no lo puedo definir, porque se me escapa, porque ahora creo que hay alguien al otro lado agazapado, esperando el momento para hacer algo que tampoco sé. Desde ahora seré el vigía del horizonte de niebla

Anuncios

Written by aitztv

24 noviembre, 2013 at 13:27

Mummata

leave a comment »

Tengo frío. Supongo que es la consecuencia de haber escuchado las voces amigas que me decían que las soluciones no están en el fondo de las botellas. Con la ayuda de Benson he conseguido permanecer unos días sobrio, o medio sobrio si es que eso es posible. Envuelto en una manta intento soportar los temblores heredados de muchas noches de vino sin rosas. Las consecuencias son similares, aunque mucho menos románticas. Esta noche casi me apuntaría voluntario al electroshock aunque sólo fuera por hacer compañía a Jack Lemmon. Lo de las voces amigas me tiene un poco confundido: no lo entiendo. Según Benson las voces amigas son las que aparecen cuando ya no puedes escuchar ni entender a las voces interiores. Me preocupa que entre las voces amigas se me pueda colar alguna bastardía de difícil calificación. Los amigos de escabio son amigos o no lo son: suena raro pero es muy cierto. Vivir sin alcohol es como operarse sin anestesia. Todos necesitamos un punto de inhibición cuando las cosas se ponen feas.  Operarse sin duda reclama la anestesia; lo mismo pasa cuando lo que no os gusta es vivir. La anestesia de los  malditos viene embotellada.

Desde la otra mañana con Benson me debato en un mar de dudas. Cuando me dejé caer en los ojos de aquella muchacha no esperaba quedarme colgado del vacío. Vivo en una completa sensación de vértigo, como si estuviera cayendo hacia el centro de la tierra en un viaje infinito encerrado en un interminable retorno. Cuando le pregunté su nombre escuche una voz como el ronroneo de un gato:” Mummata”: ni tan siquiera se si es posible llamarse así, pero la musicalidad de ese conjunto de letras martillea en mi alma y en mi corazón ahora que se que son cosas diferentes. Desde que no la veo sólo quiero dormir. Es sueño es la muerte de los pobres, una muerte barata y asequible, como las tétricas habitaciones donde se esconden a veces los lamentos de los amantes.   Cuando no está conmigo quiero destruirme. No, no se trata de suicidarme, eso lo hace cualquier imbécil; busco la destrucción como será destruido el sol de los pecadores ese día del juicio final, evaporarme del mar y deshacerme en piezas maestras que nadie pueda volver a reunir jamás, llevándome por delante lo que he sido y lo que soy para no volver a ser jamás. Mi vida convertida en una enfermedad terminal custodiado por la antítesis del rey Midas, con las manos capaces de convertir en mierda todo lo que tocan. Benson me mira sereno, no tiene miedo. Es posible, me dice, amar a más de un persona a la vez: Se puede amar el cuerpo de un cuerpo y el alma de otro cuerpo, el intelecto de un tercero y hasta la sonrisa de uno más. Se puede amar el fuego en el fondo de los ojos, la fiebre en el alma y los rincones oscuros del corazón, donde las arañas cierran sus ocho ojos para ir a dormir. Se puede amar una cadera, un hombro, un pecho, un sexo… Si, se puede amar todo eso, pero no se puede tener todo a la vez. Se puede comprar un cuerpo, una voluntad, un discurso y un silencio, pero todo lo demás lo tienes que ganar. El dinero sólo es el lastre que te conduce al abismo y a la traición.

Me tiemblan las manos. No consigo tenerlas quietas el tiempo necesario para ver si hay algo en ellas. Vuelvo a sentir nauseas, pero ya no me queda nada que vomitar, ni física ni metafóricamente. La bilis del alma es mucho más amarga que la que puede producir el hígado. Es como tener que vomitar serrín, te destroza a su paso. Te recuerda que, de alguna manera, ya has perdido esta guerra. Me niego; me levanto y vuelvo a caer, me regodeo vergonzosamente en mis excrecencias, soy permeable a todos los tipos de ridículo. ¡Mummata! ¿Dónde estás? Quiero arrancarte el mal de los ojos, amputarte las mentiras, enuclear esa sombra que nos quiere separar agazapada como una criatura que te acecha detrás de la puerta. ¡Déjame verte el tiempo que sea capaz de soportar un ascua en la palma de la mano! Dame el plazo de un suspiro y en ese tiempo te lo diré todo, te lo contaré todo…

Oigo la lluvia estallar sobre el tejado metálico. El trópico empeñado una vez más en recordarnos lo poco que valemos nosotros y nuestros sufrimientos. Aún siento entre mis brazos su cuerpo perfecto, su aliento profundo, el sabor de su piel más oculta. Sus ojos encerraban una enciclopedia preñada de lecciones difíciles, imposibles de olvidar. Maravillosa creatura, eres mi sueño de cada día y de cada noche. Un beso lento. Sueño que estoy peleando, pero no veo a mi enemigo. Lanzo manotazos al aire y termino agotado, cansado de pelear contra mi sombra. Busco repuestas donde sólo hay preguntas.

El viento se levanta poderoso, como una pared invisible que quiere ocupar todo el espacio a la vez. Toma a la lluvia y la parcela en cortinas que abren y cierran laberintos que nadie va a interpretar jamás.

Benson me mira. Por primera vez, creo que he visto una lágrima centellear en sus ojos.

Written by aitztv

19 noviembre, 2013 at 10:47

En el infierno líquido

leave a comment »

Tengo el pecho lleno de agua: es agua limpia como la que escapa entre las arugas más profundas de la tierra. Es agua eterna, que sube y baja entre el cielo y el infierno suavemente encendida por el beso plano y grato del sol. No es más que agua, pero me aprieta las entrañas como si fuera pedernal esculpido directamente sobre mis hechuras. Siento el esfuerzo de mis pulmones en sus intentos de llenarse de aire y la lucha titánica de mi corazón por ganar el siguiente latido. Cada pulso es una enorme burbuja que estalla sobre mi esternón haciendo eco en lo que me queda de estómago. Este momento, este tiempo, esta vida son serpientes constrictoras. Matan por el sencillo método de no permitirte volver a respirar. Bien mirado es la forma más elegante de cercenar una vida, lo más bello que la naturaleza ha creado para terminar con la existencia de cualquier ser, lo más próximo a la muerte natural. Acabar contigo negándote el aire.

Todos somos una obscena cantidad de agua. Nada más que agua con algunas impurezas que son precisamente las que nos definen como individuos particulares, como entes singulares, personales, únicos e intransferibles, como si nuestra esencia fuera solo la esencia de una tarjeta de crédito vital de la que se nos descuentan los días vividos, a veces a precio de usura.

La luz en el fondo de mis ojos es cada día más débil, mechada de tinieblas robadas de las llanuras abisales. Quizás el infierno no sea una tumba de fuego eterno que desgarra y desentraña nuestras carnes y disuelve nuestros recuerdos; tal vez sea una enorme tumba de agua oscura y fría que te quiebra los huesos y te ahoga eternamente. No puede existir tortura mas infame que la sensación de estar permanentemente ahogándote, buscando cada bocanada de aire y deseando que sea la última, que no exista el castigo de obligarte a respirar una vez más esa agua enorme, que cada vez que abres tu boca busca reventarte como un globo de feria. ¿Quién no ha sentido alguna vez una mano atravesando su espalda y apretando su corazón como si fuera una esponja? Un aliento helado en la nuca, como si tuvieras sobre ti los ojos del asesino, una enorme bola de nada en tu garganta. Es lo que esperas para el final de tus días, es el peaje para tu tránsito, el óbolo del barquero… Pero no: no señala nada. Solamente te tortura una vez y otra y se repite y se exhibe lejos de la piedad, para transformarnos en uno eternos moribundos, en meros parias apátridas de la frontera de la vida, cruzando el río grande con las espaldas mojadas de vergüenza y de venganza; de la vergüenza de no habernos revelado y llamar amigo al amigo y traidor al traidor: de la venganza que fuimos incapaces de usar, y que no nos queda más remedio que llevarla de lastre el resto de los días que vivamos antes de poder entrar en el infierno líquido.

El agua; el espejo natural de la luna, esa nada consistente a la que pertenecemos y de la que estamos condenados a depender. El agua de la vida de los alquimistas, el agua amarga del filósofo, el agua turbia del recién nacido, el agua de fuego de los druidas. Tan mortal como necesaria. El agua de sus ojos donde se bañaba el verde claro, el mar de lagrimas que se había secado en su mirada y que había hecho su cuerpo seco de tanto tener que humedecerse al capricho de los poderosos. El agua que soporta los fluidos vitales, ese que a veces escondemos y a veces compartimos. el soporte inerte de los nervios del mundo.

Mis ojos apagados ya no pueden mirar los carbones encendidos que iluminaban los suyos. Yo quería ver arder aquellos cuerpos del vicio hasta convertirse en cenizas, en la hojarasca del otoño del fuego para poder soplar sobre ellos y ver cómo desaparecían casi con un suspiro. ver la inmundicia volando alrededor de mi, cuando ya no puede hacerme ni hacerle daño. Pero el agua, la maldita agua, arrebató de mi camino el camino a su corazón. Borró las pistas para encontrar el camino a su hogar y le hizo partir a la aventura, sin mapa ni compás. Desconocía la capacidad de mi ser para beberme el dolor que destila la soledad. El licor de la ausencia. Buscaba su presencia en cualquier sitio, pero siempre tenía la impresión de llegar un segundo tarde, cuando ella ya había partido. Miraba en los rizos de las estrellas, en las cortinas de la lluvia, en el ir y venir de las mareas, pero siempre era tarde. Siento que tengo plaza libre en la antesala de la locura. Las esencias de los licores que antes utilizaba como anestesia de los sentidos son únicamente líquidos de colores, cada color con una dosis de lástima diferente, pero lástima a fin de cuentas. Me queda la fuerza justa para dar cuerda al reloj de la cuenta atrás.

Me siento a mirar el horizonte a la puesta de sol. El mar se junta con el cielo y de nuevo, presiento que ante mis ojos sólo se extiende una sucursal del infierno.

Written by aitztv

17 noviembre, 2013 at 6:42