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En el infierno líquido

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Tengo el pecho lleno de agua: es agua limpia como la que escapa entre las arugas más profundas de la tierra. Es agua eterna, que sube y baja entre el cielo y el infierno suavemente encendida por el beso plano y grato del sol. No es más que agua, pero me aprieta las entrañas como si fuera pedernal esculpido directamente sobre mis hechuras. Siento el esfuerzo de mis pulmones en sus intentos de llenarse de aire y la lucha titánica de mi corazón por ganar el siguiente latido. Cada pulso es una enorme burbuja que estalla sobre mi esternón haciendo eco en lo que me queda de estómago. Este momento, este tiempo, esta vida son serpientes constrictoras. Matan por el sencillo método de no permitirte volver a respirar. Bien mirado es la forma más elegante de cercenar una vida, lo más bello que la naturaleza ha creado para terminar con la existencia de cualquier ser, lo más próximo a la muerte natural. Acabar contigo negándote el aire.

Todos somos una obscena cantidad de agua. Nada más que agua con algunas impurezas que son precisamente las que nos definen como individuos particulares, como entes singulares, personales, únicos e intransferibles, como si nuestra esencia fuera solo la esencia de una tarjeta de crédito vital de la que se nos descuentan los días vividos, a veces a precio de usura.

La luz en el fondo de mis ojos es cada día más débil, mechada de tinieblas robadas de las llanuras abisales. Quizás el infierno no sea una tumba de fuego eterno que desgarra y desentraña nuestras carnes y disuelve nuestros recuerdos; tal vez sea una enorme tumba de agua oscura y fría que te quiebra los huesos y te ahoga eternamente. No puede existir tortura mas infame que la sensación de estar permanentemente ahogándote, buscando cada bocanada de aire y deseando que sea la última, que no exista el castigo de obligarte a respirar una vez más esa agua enorme, que cada vez que abres tu boca busca reventarte como un globo de feria. ¿Quién no ha sentido alguna vez una mano atravesando su espalda y apretando su corazón como si fuera una esponja? Un aliento helado en la nuca, como si tuvieras sobre ti los ojos del asesino, una enorme bola de nada en tu garganta. Es lo que esperas para el final de tus días, es el peaje para tu tránsito, el óbolo del barquero… Pero no: no señala nada. Solamente te tortura una vez y otra y se repite y se exhibe lejos de la piedad, para transformarnos en uno eternos moribundos, en meros parias apátridas de la frontera de la vida, cruzando el río grande con las espaldas mojadas de vergüenza y de venganza; de la vergüenza de no habernos revelado y llamar amigo al amigo y traidor al traidor: de la venganza que fuimos incapaces de usar, y que no nos queda más remedio que llevarla de lastre el resto de los días que vivamos antes de poder entrar en el infierno líquido.

El agua; el espejo natural de la luna, esa nada consistente a la que pertenecemos y de la que estamos condenados a depender. El agua de la vida de los alquimistas, el agua amarga del filósofo, el agua turbia del recién nacido, el agua de fuego de los druidas. Tan mortal como necesaria. El agua de sus ojos donde se bañaba el verde claro, el mar de lagrimas que se había secado en su mirada y que había hecho su cuerpo seco de tanto tener que humedecerse al capricho de los poderosos. El agua que soporta los fluidos vitales, ese que a veces escondemos y a veces compartimos. el soporte inerte de los nervios del mundo.

Mis ojos apagados ya no pueden mirar los carbones encendidos que iluminaban los suyos. Yo quería ver arder aquellos cuerpos del vicio hasta convertirse en cenizas, en la hojarasca del otoño del fuego para poder soplar sobre ellos y ver cómo desaparecían casi con un suspiro. ver la inmundicia volando alrededor de mi, cuando ya no puede hacerme ni hacerle daño. Pero el agua, la maldita agua, arrebató de mi camino el camino a su corazón. Borró las pistas para encontrar el camino a su hogar y le hizo partir a la aventura, sin mapa ni compás. Desconocía la capacidad de mi ser para beberme el dolor que destila la soledad. El licor de la ausencia. Buscaba su presencia en cualquier sitio, pero siempre tenía la impresión de llegar un segundo tarde, cuando ella ya había partido. Miraba en los rizos de las estrellas, en las cortinas de la lluvia, en el ir y venir de las mareas, pero siempre era tarde. Siento que tengo plaza libre en la antesala de la locura. Las esencias de los licores que antes utilizaba como anestesia de los sentidos son únicamente líquidos de colores, cada color con una dosis de lástima diferente, pero lástima a fin de cuentas. Me queda la fuerza justa para dar cuerda al reloj de la cuenta atrás.

Me siento a mirar el horizonte a la puesta de sol. El mar se junta con el cielo y de nuevo, presiento que ante mis ojos sólo se extiende una sucursal del infierno.

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Written by aitztv

17 noviembre, 2013 a 6:42

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