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Esquinas palpitando vida.

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Miro el reloj: 4:37 de la mañana. Acabo de terminar mi trabajo y en poco más de cuatro horas me tengo que poner en marcha de nuevo. Me he decidido a escribir esta entrada con las esperanza de que Internet no funcionara y me pudiera acostar unas horas, pero no ha sido así. La tecnología está en mi contra.

No hace mucho, o sí, el tiempo se relativiza con facilidad, hablaba con una amiga sobre una visita a los Indios Aetas, una tribu pigmea nativa de Filipinas. Me dijo: ” No pensaba que fueras tan humano”. No porque yo lo sea especialmente, sino por oposición a una periodista estadounidense que había pasado por allí poco antes que yo y que había tratado a los indios como si fueran animales de granja. Mi respuesta fue cualquier cosa menos una respuesta. Dije algo así como que “me gusta cuando veo la vida palpitando por las esquinas”. Supongo que fue una mentira de mi mente, una trampa , una zancadilla que yo mismo me puse y que no pude explicar cuando mi interlocutora se me quedo mirando con cara de llamar a urgencias. Sin embargo creo que ahora lo sé. Estoy tan lejos de ningún sitio que todo me parece que ocurre, no ya en otro planeta, sino incluso en otra época. Pese a todo sé que en estos momentos hay mucha gente inocente muriendo por trozos de tierra baldía, por el mero hecho de plantar una bandera, como si eso fuera más importante que plantar, un árbol, trigo o simplemente dejar crecer la hierba. Los que ordenan las muertas nunca ponen el dedo en el gatillo; son demasiado cobardes, lo mismo que los que usan la frágil existencia de un niños como saco terrero para que paren las balas que ellos, desde la comodidad de sus refugios y despachos nunca van a recibir. Prescinden de gente para no prescindir de otra gente prescindible, porque piensan que ellos son los elegidos para guiar al pueblo… ¿A dónde?

Pese a todo la vida palpita. Escondida entre los escombros habrá una semilla que fructifique, una flor que se abra y -con el tiempo- una conciencia que devore de dentro a fuera toda la basura que estamos arrojando sobre algo tan frágil como es la propia vida. No puedo culpar a quien contiende, ellos están tan ciegos, tienen los ojos tan encendidos de sangre que ya no pueden razonar. Culpo a quien mira hacia otro lado. Las guerras se parecen mucho unas a otras. Por más que pongamos nombre y guarismos no son más que la continuación de otras guerras, tal vez de una única guerra que simplemente cambia de escenario entre periodos de paz. No hace mucho hubo guerras en Europa, en los Balcanes.  Tan cerca de casa que podíamos oír el ruido de sables en el patio trasero. Tampoco nadie hizo nada. Una vez más quitaron la mirada de aquello que afeaba su jardín. Ahora que la guerra es casi en el paraíso, ¿quién va a pensar que será distinto? No lo es, porque no lo ha sido y no lo será. Se unirán las naciones para menguar su debe y hacer crecer sus haberes, pero no sumaran conciencias. Sumarán víctimas y nos las enseñarán obscenamente para que nos aterremos y agradezcamos sus desvelos,  porque han sido capaces de enviar la muerte a muchos miles de kilómetros de casa, donde la sangre no nos manche y la podredumbre no invada con su fétido olor nuestras anestesiadas fosas nasales.

Si; la vida palpita. Es necesario que palpite para poder asesinarla, pero no es el pálpito el músculo que se contrae y cuya ausencia significa la muerte. El pálpito es  la voz que se alza cada vez más acusadora ante los demiurgos de la hecatombe. El pálpito seguirá sonando como el reloj de Poe, implacable bajo la tarima para hacer enloquecer al asesino, como el tic tac de una cuenta atrás.

Entonces podremos entender cómo, por qué la vida palpitaba en cada esquina

5;15. Es suficiente.

Written by aitztv

31 julio, 2014 at 23:13