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La mirada tierna

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Mirada tierna

Estoy viviendo en un país maravilloso, o mejor aún, en un país lleno de gente maravillosa que es en definitiva lo que hace que los lugares sean buenos o malos. Hace unos días fui invitado a un cumpleaños que aquí no son diferentes en su celebración a otros lugares: Abundante comida regada con abundante bebida. No había lujos en el sentido en el que nosotros podemos entender tal cosa, aunque para ellos salirse del consabido arroz blanco con alguna verdura o carne es ya escaparse de la rutina alimenticia. No Faltaba el Pancit guisado, o los macarons dulces ni unas tortillas de patata que ofició un servidor con bastante éxito, pero el plato fuerte, el que hacía realmente del día una jornada especial esperaba salpicando alegremente en una cazuela. Era una caldereta, guisada con piña, patata, laurel, zanahoria, jengibre, algunas otras especias desconocidas para mí y, como ingrediente principal, “aso”. Aso (léase “asó”, con acento) es una de las palabras que los filipinos pronuncian un poco en voz baja mientras te miran de reojo esperando para evaluar tu reacción. Ocurre lo mismo cuanto te invitan a balot, huevo de pato negro empollado durante 18 días y después cocido, o con el abalin, larvas del escarabajo de los cereales fritas con ajo en aceite de palma. La razón es que aso significa, literalmente, perro. Personalmente – cosa que les sorprendió- no tengo ningún problema con eso. No me comería la mascota de nadie fuera ésta un perro, un gato o un canario, pero eso no me impide comer carne que ha sido criada exactamente para eso: para carne. El aso no es un plato barato, ni mucho menos, por lo que está restringido a las celebraciones, especialmente a la reina de todas las celebraciones que aquí no es otra que los funerales. Tampoco es cierta la idea que tenemos los occidentales de que los chinos y los filipinos van matando perros por la calle para comérselos. No digo que no ocurra y que no haya ocurrido, pero por lo general son tan reacios a ello como nosotros lo somos a comernos una paloma del parque. Para ellos los perros callejeros, los askal, no son comestibles. Preparar el perro no es diferente de la matanza del cerdo o la txarriboda. El mismo corte en el cuello, lo justo para desangrarlo, y el mismo proceso de chamuscado, despellejado etc. Nadie que haya vivido una matanza puede llevarse las manos a la cabeza simplemente porque  el involuntario protagonista sea un animal que te cae mejor que otro. Y como sé que aunque algunos se estarán rasgando las vestiduras la curiosidad es más poderosa que otras virtudes y defectos, diré que sabe bien. Es una carne similar al cordero en muchos aspectos, aunque, por supuesto, tiene cosidos conceptos míticos-místicos, sobre si es una carne que da calor o sobre si los perros vivos conocen por el olor a  aquel que ha comido perro en el almuerzo.

Me lleva esto a pensar en la cantidad de post que cuelgan de Facebook con fotos de perros y gatos. Y me molesta sobremanera que algunos de aquellos que se auto-proclaman defensores de los animales (que como alguien dijo muy bien se deberían hacer llamar defensores de los animales de mirada tierna) pretendan criminalizar a los que no pensamos que los servicios veterinarios deban formar parte de la seguridad social. Tener un animal cómo mascota es una elección voluntaria con la que no puedes penalizar a quien, ejerciendo su libre derecho, decide no tener animales. De igual modo, si a mí no me gusta la proximidad de los animales, elegiré un hotel donde no estén admitidos, pero no pasaré mis vacaciones en un hotel que admite mascotas quejándome de los perros.

Creo que tener una mascota es algo que no debería vetarse a ningún niño. Ayuda a valorar la vida y a entender el ciclo que siempre termina con la muerte; forma parte de un ejercicio de responsabilidad que me parece es muy necesario como parte de la educación de la persona en sus primeros años. Pero también debe servir para aprender que los animales, esos que tanto queremos , no son personas y no deben sentarse a la mesa a comer ni dormir en la cama de su dueño. Tener una mascota ha de enseñar a que hay un lugar para cada cosa, y una actitud y una responsabilidad. Sé que hay mentes muy cerradas que no van a entender esto y –sinceramente- me da absolutamente igual. No soy tan imbécil como para pedir un plato de perro –si se pudiera- en un restaurante en Madrid: Ni es correcto ni lo necesito, pero tampoco pondré caras raras por comer perro en Filipinas o en China, o caballo en Francia o un jamón de Montánchez… si es que todavía quedara alguno.

Me llega una petición para terminar con un festejo radicado sobre la persecución y muerte de un toro bravo. La firmo, y me explico. Me gusta la tauromaquia y he disfrutado, si disfrutado, muchas veces de las corridas de toros. No hay que esconderse por ello, aunque siempre he visto un componente morboso en un espectáculo tan lleno de drama. No voy a dar la razón a los que simplemente porque es muy “progre” se posicionan a favor o en contra de determinadas posturas; para mí esa gente no son más que eso… gente en el sentido de masa biológica. Me repugnan las personas que habiendo sido dotadas e la capacidad de discernir, como todos los seres humanos, buscan sólo su relevancia social repitiendo hasta la saciedad clichés – muchas veces ya apergaminados por el tiempo- que ni comprueban ni revisan. El enorme problema de las redes sociales es que ahora tenemos a estos paniaguados hasta en la sopa, haciendo que abrir el ordenador sea a veces un acto de fe. Pero vuelvo al tema. ¿Soy Taurino? Si. ¿Me gustan las corridas de toros? Si. ¿Quiero que se digan celebrando? No. ¿Firmarás en contra de festejos donde se maltrate animales? Si.

Ya está. Sin aspavientos. Creo que la tauromaquia, incluida la muerte del toro, ha tenido su momento en las historia y se ha disfrutado como tal. Ha creado obra literaria, pintura, maravillosas esculturas y algunos mitos. Pero es absolutamente innecesario prorrogar la muerte de los toros para seguir creando, porque los seres humanos, y en eso nos diferenciamos de los animales, somos capaces de sublimar y eso es lo que yo he hecho con los festejos taurinos. Ya somos mayorcitos para quedarnos con los conceptos y abandonar la adicción a la sangre. Un hombre con una capa y una espada frente a quinientos kilos de fuerza bruta es un poema en sí mismo. No necesitamos ver morir los animales de seis en seis para poder trabajar con esa idea. Ya lo tuvimos, ya los disfrutamos: hoy sabemos que no es correcto, que no es algo que esté bien de igual modo que no festejamos el día de la independencia yendo a invadir un país extraño.

Comer perro en caldereta, haber disfrutado de los toros, nadado con delfines o alimentado tiburones no nos hace mejores ni peores. Son acciones que tienen momentos y lugares y no deben ser esgrimidas como armas por aquellos que necesitan meter un dedo en el agua para saber si esta mojada. Personalmente puedo asegurar que he conocido individuos, a los que catalogar de hijos de la gran puta es echarles un piropo, que besaban a su perro mientras molían a hostias a su mujer. Estoy seguro de que vosotros también conocéis casos similares.

El amor muchas veces se sublima con el alcohol, la soledad en el pensamiento y la guerra, el drama, la sangre y la muerte se pueden sublimar en la literatura y el ensayo.

No necesito deshojar una margarita para saber que no me quieres…

Written by aitztv

11 agosto, 2014 at 15:37

Publicado en Comentario, Gastronomía, Viajes

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