Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Halloween

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La soledad me mata. Si, lo reconozco. Frente a los demás me hago el ermitaño porque queda bien, es una pose que me ha dado un cierto porte enigmático frente a mis amistades. Lo que no saben es que esas noches en las que ellos creen que estoy disfrutando de la mejor compañía del mundo- la mía- en realidad estoy vaciando una botella tras otra, chapoteando en mi propio vómito o durmiendo en el suelo del cuarto de baño con la cabeza metida en el inodoro. Ellos me imaginan frente a mi ordenador, escuchando música clásica mientras en mis manos templo con delicadeza una copa balón terciada de brandy. Si… La copa está ahí, la veo. Me la regalaron esos amigos que piensan que soy un escritor por el mero hecho de que leyeron un libro mío. ¡Me mondo de risa! Una tirada de cien ejemplares de los cuales yo mis regalé casi sesenta a amigos y amistades. Me acaba de llamar el editor. Me dice que le estorban los que quedan y que antes de tirarlos me los deja a precio de coste. Le he dicho que sí, que me los guarde. Ya veré qué hago con ellos.

Miro casi con obsesión mi teléfono móvil. He comprobado mil veces si funciona sabiendo la respuesta de antemano. Todos mis amigos se han reunido hoy en la cena de Halloween. Me llamó Sonia y me soltó lo de “ya sabemos que a ti te gusta estar solo, pero bueno… Nosotros ya sabes… ¡Somos normales…!” La misma mierda de siempre. Soy el esclavo de mi personalidad. Me encantaría ir con ellos y montar un jaleo épico, de los de terminar bailando como el pariente pelma de las bodas, con los pantalones metidos en los calcetines y la corbata en la frente como si fuera una cinta para el pelo. Pero no. Soy el escritor, el intelectual… Lo que no saben es que si no fuera por la fortuna que me dejó mi padre -el diablo y él estarán haciendo buenas migas- hace tiempo que habría muerto de hambre. Soy un fraude ¿Por qué? Porque puedo. Y si tú no puedes que te den.

Escucho la máquina de escribir que desgrana los últimos párrafos. Tengo una secretaria que pasa a máquina – si a máquina- lo que escribo en el ordenador o -a veces- le dejo grabado de viva voz. Hasta en eso miento. A las visitas les hago creer que escribo a la antigua usanza, en la mesa de mi enorme despacho con mi bata de seda y mi habano tiñendo el aire con su perfume azul. Lo confieso. Odio los cigarros. Para mí es como sorber del tubo de escape de una moto, pero de eso soy también esclavo. Cada cumpleaños, cada navidad, me llegan un par de cajas de puros habanos, de los caros: los odio.

El carillón de más de un siglo que tengo en la entrada dice que son las siete. La mecanógrafa me ha pedido permiso para salir un poco antes porque necesita tiempo para disfrazarse. La veo venir hacia mí con varios folios en la mano.

– Ayer tuvo un día inspirado — me dice sonriente—. ¡Cinco mil palabras!

– Me visitó una musa especial — respondí más pedante que nunca mientras recordaba el buen rato que pasé con una prostituta a domicilio—. Espero que hoy también me visite. — no bromeaba: estaba pensando en llamar para pedir un poco de compañía—

– ¿No va a salir? — me miró sorprendida—

– Sabe usted que no— me metí de nuevo en mi maldito alter ego— No me gustan esas diversiones de diseño. Mi noche perfecta es a solas con las letras — mentí como un bellaco—

– ¡No me lo puedo creer! ¿Y por qué no organiza usted una fiesta a su estilo, de las que le gusten? — Me preguntó con una expresión tan inocente que por un momento me pareció hasta de burla—

– Sinceramente —respondí—, no se me había ocurrido.

– ¡Pues hágalo! ¡Aún es pronto! Seguro que está a tiempo.

– No, querida, mis amistades —los intelectuales no tenemos amigos, solo amistades— tienen sus compromisos. Además ya sabe que no soporto las multitudes…

– Invite solo a uno — me dijo con toda la naturalidad del mundo— ¡Venga, haga la prueba!

Debo reconocer que me estaba tentando. Nada me apetecía más que una juerga, pero eso supondría desmontar en parte la personalidad que me había costado tanto tiempo -y dinero- construir a mi alrededor. Se lo iba a decir cuando ella soltó algo inesperado.

– ¡Invíteme a mí!

– ¿Cómo?

– ¡Anímese! Vamos a hacer la prueba ¡Verá cómo sale bien!

– Pero usted tiene hoy compromisos…

– Usted lo ha dicho: Compromisos. Me ha invitado un amigo que anda loco por que sea su novia. Ya le he dicho que no un millón de veces, pero él insiste que te insiste…

La miré con detenimiento. Nunca me había fijado en lo bonita que era. Tendría unos veinticinco años, no muy alta. Siempre llevaba polos de cuello alto muy ajustados y el pelo recogido. No recordaba haberla visto jamás con pantalones. Siempre vestía faldas oscuras y zapatos o botas con unos tacones de vértigo.

– Me está tentando usted… – y esta vez era verdad-, Pero ¿Qué podemos hacer a estas horas?

– ¡Vamos a la cocina, yo me encargo de todo! Usted elija el vino

A las diez de la noche, tres horas después, habíamos cenado como en un restaurante. Cierto es que en mi cocina hay siempre de todo, pero Lucía, tuve que llamar a mi contable para que me dijera el nombre, se manejaba en la cocina como una profesional. Descongeló un salmón y lo preparó guarnecido con una salsa holandesa espectacular. Organizó una ensalada de templados digna del mejor restaurante y lo culminó con una macedonia de frutas -de lata, claro- que dio paso al café. Conseguí librarme del maldito habano con una excusa que ya ni recuerdo. Pero la noche avanzaba y yo tenía en mente la misma idea que antes de organizar toda aquella zarabanda. Sexo, sexo y sexo. Sexo a cremallera suelta, sin compromisos y sin mentiras. Y se lo dije así de claro.

No se enfadó, por el contrario, daba la impresión de que la idea le gustaba, pero -siempre hay un “pero”- Lucía quería jugar.

– Hagamos una cosa — me propuso—. Esta casa es enorme. Si me encuentra, soy suya ¿Cuántos cuadrados metros tiene?

– Más de cuatrocientos — contesté—. Creo que hay habitaciones en las que nunca he estado…

– Me voy a poner mi disfraz de Halloween y voy a esconderme por ahí. Cuando esté conforme con mi escondite le mando un mensaje a su teléfono. Debe apagar todas las luces. Solo entonces puede empezar a buscarme. ¿Qué le parece?

– Me gusta la idea — y era verdad de nuevo— Y cuando la encuentre…

– Usted lo ha dicho, cuando me encuentre.

Me beso de forma inesperada en la mejilla y salió de la cocina a toda velocidad. La escuché recoger sus bolsas y salir corriendo pasillo adelante. Bien. Esto si merecía esa copa de brandy… “¿Dónde demonios he puesto la copa balón?” Me preguntaba. Daba igual. Tome un vaso y me despaché una dosis. No quería tener prisa. Me apetecía mucho disfrutar del juego. Por lo pronto apagué la luz de la inmensa cocina y me dediqué a mirar por la enorme ventana sobre la cuidad. Vivía en lo que había sido la planta noble de uno de los edificios de la corporación de mi padre. Mientras me tomaba el segundo trago recordé lo fácil que había sido malvender las empresas de mi familia y aun así ganar suficiente dinero como para no tener tiempo de gastarlo. Solo conservaba ese edificio. Lo demás era billete sobre billete en el banco. Solo con los intereses de los intereses podría vivir feliz muchos años. Pero no era esa mi idea.

El teléfono móvil emitió un tono suave; un mensaje de remitente desconocido.

  • Búscame”.

Me guardé el teléfono en el bolsillo y tras una breve -brevísima- duda me llevé de paseo la botella. Apagué todas las luces cerca del cuadro general y comencé a recorrer el enorme pasillo que dividía la casa en dos mitades asimétricas. Me paré al ver cómo se perdía en la oscuridad solo rota por la luz que entraba desde el exterior a intervalos regulares. Mi vista no iba más allá de unos cinco metros antes de diluirse en la negrura más absoluta. Escuché un ruido un ruido frente a mí. En alguna parte la tarima estaba quejándose por el peso de mi visitante. Sonreí. No iba a tardar en encontrarla. Se repitió el sonido. Calculé que estaría en la segunda puerta a mi derecha, más o menos al filo de la siguiente galería de ventanas. Comencé a moverme más despacio… casi de puntillas. Esta vez fui yo el traicionado por la tarima. Un crujido bajo mi pie delató mi presencia. Me quedé quieto, como confiando en que no se hubiera oído. Nada se escuchaba. Rezando por no cometer otro error avancé unos metros más, Ya estaba casi a la altura de la puerta. Entonces ocurrió. Abrí la puerta y un cuerpo enorme se abalanzó sobre mí, apartándome de su camino sin miramientos. La botella rodó lejos de mí sin romperse y aquello pasó por encima de mi cuerpo como un meteoro. Me dio tiempo a ver su enorme silueta desde el suelo fundiéndose con la oscuridad del pasillo. No sonaban pasos como podría esperarse de tanta envergadura, por el contrario, sonaba como las pisadas de un gato, un sonido sordo y veloz, demasiado veloz para ese cuerpo-. Me quedé en el suelo, feliz porque lo que quiera que fuera aquello se alejaba de mi, pero tenía que avisar a lucía. ¡Había un intruso en la casa! Intente sacar mi teléfono del bolsillo, pero no estaba allí. Se debía haber escapado cuando caí. Me puse a buscarlo a gatas en la más absoluta oscuridad. Solo una leve luz, que más parecía una neblina difusa, llenaba el marco de la puerta. Palpaba el suelo casi con desesperación. Mis manos chocaban inútiles contra el rodapié, el marco de la puerta o algún mueble inútil que no tenía por qué estar ahí. Decidí usar todo el antebrazo para abarcar más suelo a cada pasada, como si fuera el limpia parabrisas de un coche. Nada. A veces tenía la sensación de no estar solo, como si lo que fuera aquello que me había empujado hubiera vuelto y se estuviera regodeando de mi estupidez. Si hubiera llamado a la prostituta ya estaría aliviado y durmiendo como un ángel, pero en lugar de eso me encontraba a cuatro patas, mareado por el alcohol y muerto de miedo en mi propia casa. Mi mano chocó con algo… Si… cuadrado, delgado… con botones… ¡Por fin! Ese teléfono en mis manos me hacía sentir más poderoso que un súper héroe. Localicé con el pulgar el botón cuadrado del menú y lo presioné… No pasó nada. Lo intenté una docena de veces sin resultado. El maldito teléfono se había estropeado con la caída. Lo desmonté y monté a oscuras, quité y puse la batería, pero el aparato se negaba de forma contumaz a funcionar. Lo tiré lejos de mí. En ese momento me resultaba más útil un ladrillo que aquel artilúgio. Bien, pensé, vamos a ser prácticos. Volvería por mis pasos hasta la cocina y conectaría de nuevo el alumbrado desde el cuadro central. Ya no era momento de juegos. Me puse en pie apoyándome en la pared. Localicé la escasa luz que definía el marco de la puerta y comencé a caminar hacia allí. Al tercer paso algo rodó bajo mi pie. ¡Con lo que me había costado encontrar el teléfono y ahora encontraba la botella sin querer! Caí sobre la espalda con un estrépito vergonzoso. Me quise levantar tan rápido como había caído: error. Mi cabeza estaba debajo de una mesa y al incorporarme me abrí la ceja derecha. Al momento noté la sangre corriendo por mi mejilla y colándose por el cuello de mi camisa. Me quedé sentado en el duelo, confuso y algo atontado por efecto del alcohol y del golpe. Entre el ruido de mi respiración volví a escuchar de nuevo aquellas patas de gato moviéndose por el pasillo. Se estaba acercando. Pegué la espalda a la pared; de haber podido la hubiera atravesado, aunque eso me supusiera estar a la intemperie a la altura de un noveno piso. Cualquier cosa era mejor que la oscuridad opresiva y el terror que poco a poco, paso a paso, se iba acercando a mí. Ya no pensaba en Lucía, ¡allá ella y su estúpido juego! Quería terminar, llamar a la policía, a los bomberos,¡a quién fuera! Los pasos ya estaba casi a la altura de la puerta. Fue un segundo. Lo que fuera la cruzó en una sola zancada. Vi poco más que una silueta algo más oscura que la propia oscuridad de la puerta. Quizá estaba influenciado por el sonido de los pasos, pero me pareció distinguir algo similar a un gato. Un gato de casi dos metros de altura y caminando sobre las patas traseras. Durante ese momento que ocupó el quicio de la puerta, dos ojos blancos refulgieron como el vidrio antes de ser soplado. Un destello maligno, centelleante, que apretó mi corazón como una garra. Mi teléfono desechado de repente tomo vida y una luz verde iluminó por unos segundos la habitación. Casi me arrojé sobre él: Era un mensaje. De nuevo un número desconocido. El mensaje era sin duda de Lucía, quien al parecer no estaba al corriente de todo lo que estaba pasando.

-” ¿Te gusta mi disfraz?”

Durante un momento pensé que lo que fuera aquella criatura había rondado cerca de ella y ahora Lucía pensaba que había sido yo. La pobre no sabía que teníamos un visitante salido directamente del infierno. De nuevo el tono suave avisó de un nuevo mensaje.

– “¡Miau!

Creí enloquecer. Me metí el teléfono al bolsillo de forma automática y comencé a correr hacia la cocina. Iba dejando un reguero de sangre a mi paso, la ceja no terminaba de cerrarse. Cuando alcancé el cuadro eléctrico estaba a punto de desmayarme. Nuevo mensaje:

“No me estás buscando. Ese no era el juego…”

Puse el interruptor general de nuevo en “ON”. La oscuridad no se fue. Ni una sola luz respondió. Mensaje:

– “¿Ya no quieres estar conmigo? ¡Cambiemos las reglas! Seré yo quien te busque; si te encuentro, serás mío

Quería correr, pero no sabía hacia dónde. Tomé de nuevo el largo pasillo buscando la puerta de la calle, pero vislumbré al fondo a aquella abominación agazapada, como si un oso tomara la postura de un tigre, las dos ascuas de sus ojos clavadas en mi…

Retrocedí de nuevo. Mensaje:

– “si te encuentro, serás mío… ¡Miiaooo!

Abandoné el pasillo volviendo hacia la habitación donde había tenido el accidente. Al menos sabía que allí no estaba aquel ser. Cerraría la puerta por dentro, amontonaría los muebles ¡lo que fuera! Tal vez intentara salir por una ventana y escapar por la escalera de incendios. El teléfono no dejaba de recibir mensajes

“Se dónde estás…¡Miao!”

Moví la cama a oscuras, lo mismo que la mesa y una mesilla, arrastré un armario, todo contra la puerta. Me resbalé varias veces en mi propia sangre cayendo al suelo. En una me rompí un dedo de la mano derecha. Tuve que recolocarlo yo mismo: a oscuras. Después, me arrastré hasta un rincón y me decidí a esperar allí lo que fuera que iba a pasar. Mensaje:

– “Estoy muy cerca… ¡Miao-marramiao!

Escuche esos pasitos de nuevo. Se pararon frente a la puerta. Escuché como intentaba abrirla. Golpes de frustración, De momento mi barricada estaba funcionando. Empecé a escuchar maullidos, que fueron creciendo en intensidad demostrando una furia terrible, Los arañazos en la puerta sonaban como cuchilladas sobre la madera. Me eché a llorar. Mi llanto pasaba inadvertido en la ordalía de rugidos y arañazos. Una parte de la puerta se deshizo, a través de aquella oscuridad veía brillar aquellos dos ojos, ahora inyectados en sangre. Veía el brillo de unos colmillos imposibles… me desmayé.

Cuando abrí los ojos estaba amaneciendo. La barricada me había protegido. Miré a mí alrededor. El suelo era una mezcla de manchas de pisadas y sangre. El lado derecho de mi cara crujía bajo la costra de sangre que llegaba hasta mi cuello. Vi la botella. La tomé y me receté un hermoso trago. En el suelo estaba mi teléfono; aún tenía batería. Había un último mensaje.

– “Veo que ya no estás interesado en jugar conmigo: me voy

Saber que Lucía y el monstruo, si no eran la misma cosa, ya no estaban en mi casa me llenó de optimismo. Retiré los muebles y cojeando fui hasta el cuarto de baño de mi habitación en busca el botiquín. Me quité la ropa. En cuanto me limpiara la herida de la ceja tomaría una ducha y me iría al hospital. El dedo estaba amoratado y muy hinchado. Tal vez el hueso no estaba bien colocado.

Una vez desnudo me senté en la cama. Necesitaba dejar la mente en blanco unos instantes, pero no fue posible. El teléfono volvió a avisar de un mensaje. Muy escueto.

– “¡Te encontré!

¡No era posible! ¿O sí? ¿Había sido tan tonto de aceptar un mensaje de texto como una verdad? ¿Me lo había creído porque quería creer que se habían ido? El teléfono sonaba una y otra vez, siempre el mismo mensaje:

“¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!

   ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!¡Miao!¡Miao!

   ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!…”

Me incorporé justo cuando sentí dos manos agarrándome de los tobillos desde debajo de la cama. No tenía ya fuerzas para defenderme. Caí de plano al suelo abriéndome otra vez la ceja. Aquel ser salió de su escondite y cayó sobre mi espalda, sentí que buscaba mi cuello: me preparé para morir.

– ¡Miao! – dijo Lucía en mi oreja- ¡He ganado!- y se echo a reír-

El resto es muy confuso. Sé que la violé. No buscaba sexo: buscaba venganza. La humillé de cuantas formas pude, la golpeé hasta dejarla sin sentido y cuando me cansé de ella abrí la ventana y la arroje al vacío desde el noveno piso. Seguí con la mirada su caída hacia el vacío como si fuera una marioneta sin cuerdas. Deseaba escuchar cómo se estrellaba contra el suelo, como se abría su cráneo como un melón maduro y ver todas sus tripas esparcidas por el asfalto. Pero de nuevo fallé. Cuando casi tocaba el suelo su cuerpo, se revolvió como una bailarina en el aire y cayó de pie. ¡Lo juro! La vi desparecer con su ropa hecha trizas. Al cabo de cinco minutos sonó de nuevo el teléfono.

– “Hasta el año que viene… ¡Miao”!

Hoy es Halloween, otra vez. Me he preparado para el momento. Me he puesto un esmoquin y  una preciosa camisa de seda. Llevo los gemelos de mi padre, de oro y diamantes. También he rescatado mi copa balón y he encendido uno de esos apestosos habanos: ya da igual. Me he cortado el pelo y he preparado una cena, con atún, que nunca se sabe quién puede venir. Bueno… Yo sí lo sé. ¡Mira qué casualidad!!Me acaba de llegar un mensaje!

¿Sabéis lo qué dice?

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Written by aitztv

31 octubre, 2014 at 17:01

Publicado en Comentario, Prosa, Romanticismo, Terror

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Última voluntad

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– No toque a mi novia, señor presidente.

El alcaide se volvió hacia el hombre que acababa de pronunciar lo que se suponía iban a ser sus últimas palabras. Lo miró detenidamente, casi con simpatía. No tenía más de treinta años y había pasado los últimos doce de prisión en prisión, hasta que lo pusieron en el corredor de la muerte. Desde entonces había vivido pendiente de que una apelación aplazara un poco más el momento que, ya había asumido, tendría que llegar. Una frase, un montón de palabras, siete en realidad, como si fuera un número cabalístico que encerrara una gran verdad… o una enorme mentira.

Un hombre entró en la cámara y se enfrentó al prisionero sentado en aquella silla de aspecto basto. Se le veía muy malhumorado. Se enfrentó al reo con tal cantidad de rabia que se le escapaban salivazos al hablar

– ¿Eso es todo? ¡Debería matarte ahora mismo aunque después me electrocutaran a mí!- Señaló al prisionero con un dedo que finalizaba una mano temblorosa por la rabia contenida- ¡Tienes un secreto y lo tienes que soltar antes de que te friamos, maldito bastardo! ¡Ojala me dejaran ser yo el que bajara la palanca! ¡No hay cosa que más desee en este momento!-Levantó el montón de papeles que tenía en la mano- ¡Esto es tu última oportunidad,  maldito gilipollas!… -pareció relajarse un poco-. Escúchame… Puedes pasar a la historia o ser un ejecutado más en la crónica de este estado. Le gente espera de ti una verdad… quieren saber por qué lo hiciste… Para muchos ya eres un héroe. ¡Mataste al presidente¡ ¡Con dos pelotas!… Pero a minutos de tu muerte tienes que darnos algo más… ¿Lo comprendes? – hizo un gesto amplio con la mano señalando a los presentes- ¿Qué ves ahí? – miró al guardia junto a la silla- Quítele la máscara por favor.

– … Vamos mal de tiempo… -respondió el verdugo casi en un susurro—

– ¡Que esperen todos!—gritó otra vez—. ¡Aquí ahora mando yo!

– lo siento señor director — musitó el guardia acobardado, mientras liberaba al reo de la máscara—

El hombre parpadeó un par de veces antes de acomodar su vista a la luz de la cámara.

– ¿Qué ves ahí? — Repitió la pregunta el director—

El condenado no se molestó en mirar; sabía de sobra quienes estaban presentes para ver su ejecución.

– Veo un montón de gente morbosa que espera ver cuánto voy a sufrir. Si contesto mal qué me harán. ¿Me ejecutarán dos veces?

– Algunos lo harían si pudieran, no te quepa duda — respondió el director-. Voy a responder yo mismo a mi pregunta, aprovechando que no me pueden oír. Ahí delante, repantigados en sus sillas, tienes a un abogado de oficio al que le importa un bledo si vives o mueres: de hecho quiere librarse de ti cuanto antes. Tras él —señaló con el dedo índice extendido— está la primera Dama, ahora la primera viuda. Tampoco sé si te admira o si te odia. Tiene más cuernos que una manada de búfalos, pero los llevaba con dignidad teniendo en cuenta lo bien que vivía gracias a su amante esposo… hasta que tú te lo cargaste. En el otro extremo, aunque no quieras verlos, hay un par de ancianos; son tus padres, esperando un nuevo milagro en forma de llamada telefónica. Cada uno tiene una razón distinta para estar aquí… pero todos ellos tienen algo en común. Al igual que yo, que todos nosotros, quieren saber algo muy simple: El “por qué”. Ahora… teniendo en cuenta que ya no tienes nada qué perder, convéncenos de que tu ejecución es un tremendo error. Yo mismo escribí esto —agitó de nuevo los papeles antes los ojos del reo—  Me ha costado mucho dignificar tu muerte: no me hagas quedar como un idiota… ¡A ti ya te da igual!

El hombre se volvió y salió de la cámara. El verdugo cubrió de nuevo la vista del reo. No olvido poner entre la cabeza afeitada y el electrodo una esponja natural, humedecida en un poco de agua y vinagre, pera que el contacto fuera íntimo y mortal. Miró al alcaide y este pidió con la mirada permiso al director. Este asintió con un gesto. A una señal suya una mano oculta abrió un micrófono conectado a un altavoz para que, ahora sí, los espectadores pudieran escuchar lo que se dijera dentro de la cámara. La voz del alcaide comenzó a recitar la retahíla tantas veces repetida: “Por el poder que el estado me concede…” Por fin, cuando terminó, se volvió a la silla y repitió:

– ¿Quiere el acusado decir sus últimas palabras?

Se hizo un silencio denso: Nadie podía ver la cara del reo, pero se adivinaba una enorme lucha interior. El abogado, la viuda, los ancianos, el director… Todos esperaban el momento de la confesión casi póstuma.

El condenado soltó un suspiro profundo, y casi masticando las palabras, gritó a la vez que se adivinaban las lágrimas escapando de sus ojos…

-¡No toque a mi novia, señor presidente!

En la sala todo sufrieron un escalofrío. Las siete palabras ahora habían sonado muy diferentes a la primera vez. La viuda explotó en lágrimas, igual que los padres del reo… El abogado se sintió incómodo: Muy incómodo. El director se estaba levantando de su silla cuando el preso gritó de nuevo con la voz desgarrada y  cargada de lágrimas:

– ¡No toque a mi novia, señor presidente!

El director reprimió un “¡sí!” del fondo de su pecho, pero los demás no pudieron contenerse. Se levantaron todos a la vez y comenzaron a aplaudir. El director tuvo que poner un poco de orden tras gritar:

– ¡Corten! ¡A positivar!

Written by aitztv

28 octubre, 2014 at 17:06

Publicado en Literatura, Prosa

Llegaron la lluvias

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Llegaron las lluvias. Como cada año, como cada estación de lluvias. El cielo, que tiene vida propia, decidió que era el momento propicio para velar nuestra vista, para esconder los paisajes. No es una lluvia suave. No se trata de si llueve con fuerza o no; no es el caso. No es una lluvia suave porque en mis ojos ya no queda mar suficiente para cubrir los paisajes de terciopelo. Mi mirada se ha vuelto tan áspera que nada soporta el paso a su través. El azul del cielo ha desaparecido y ahora es del color del plomo. Tampoco mis ojos son azules. Los observo delante del espejo y los veo grises, del color de la nada. Grises como la vocación del metal de los cuchillos que hieren, grises como la hiel que nunca vemos, grises como las alas de una mariposa metálica a la que invité a posarse sobre mi lápida. Gris es el color del agua tibia, que ni sacia la sed ni conforta. Gris es el color del vómito que provoca la bebida barata, la bebida que solo sirve parta anular el alma y asesinar los recuerdos durante un tiempo. Los vinos suaves, los espíritus nobles encerrados en las mejores botellas, los mostos jóvenes que devendrán en obras de arte nada pueden contra quien se niega a probarlos. Llegan de nuevo las lluvias, pero no llueve agua. Caen lágrimas.

He mirado en tantos ojos y con tanta profundidad, que mirarme en mis propios ojos me resulta imposible. Tanto tiempo buscando la belleza, buscando el calor de una sonrisa que estaba vedado en el interior de mi cubil, me ha vuelto el cobarde del que siempre huí, la suma de todos mis errores. Solo quería llevarte a un salón de baile imposible, donde mis pasos fueran correctos y tu flotaras sobre el suelo con la única seguridad de mi abrazo. ¿Pedía demasiado? Quería que sintieras que en mis brazos no existe el riesgo, que mis ojos son tu puerta al universo. Pero no es mi sangre la misma que la tuya, como mi lluvia nunca será la que tu escuchas caer. Entré en tu cuerpo para pedir continuidad, una prórroga. Quería esconder en ti lo poco que mereciera la pena preservar. Fracasé. Ahora solo conservo la cordura justa para entender que llueve de nuevo, pero he gastado en querer más tiempo del que me queda de vida. Mi piel no volverá a hacer poesía con otra piel ni mis labios escribirán palabras de amor sobre otros labios.

Intento mirar al sol, pero no lo veo. La lluvia lo tapa. Como cada año, como cada estación de lluvias, llegaron de nuevo las lluvias.

Written by aitztv

3 octubre, 2014 at 21:33