Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Última voluntad

with one comment

– No toque a mi novia, señor presidente.

El alcaide se volvió hacia el hombre que acababa de pronunciar lo que se suponía iban a ser sus últimas palabras. Lo miró detenidamente, casi con simpatía. No tenía más de treinta años y había pasado los últimos doce de prisión en prisión, hasta que lo pusieron en el corredor de la muerte. Desde entonces había vivido pendiente de que una apelación aplazara un poco más el momento que, ya había asumido, tendría que llegar. Una frase, un montón de palabras, siete en realidad, como si fuera un número cabalístico que encerrara una gran verdad… o una enorme mentira.

Un hombre entró en la cámara y se enfrentó al prisionero sentado en aquella silla de aspecto basto. Se le veía muy malhumorado. Se enfrentó al reo con tal cantidad de rabia que se le escapaban salivazos al hablar

– ¿Eso es todo? ¡Debería matarte ahora mismo aunque después me electrocutaran a mí!- Señaló al prisionero con un dedo que finalizaba una mano temblorosa por la rabia contenida- ¡Tienes un secreto y lo tienes que soltar antes de que te friamos, maldito bastardo! ¡Ojala me dejaran ser yo el que bajara la palanca! ¡No hay cosa que más desee en este momento!-Levantó el montón de papeles que tenía en la mano- ¡Esto es tu última oportunidad,  maldito gilipollas!… -pareció relajarse un poco-. Escúchame… Puedes pasar a la historia o ser un ejecutado más en la crónica de este estado. Le gente espera de ti una verdad… quieren saber por qué lo hiciste… Para muchos ya eres un héroe. ¡Mataste al presidente¡ ¡Con dos pelotas!… Pero a minutos de tu muerte tienes que darnos algo más… ¿Lo comprendes? – hizo un gesto amplio con la mano señalando a los presentes- ¿Qué ves ahí? – miró al guardia junto a la silla- Quítele la máscara por favor.

– … Vamos mal de tiempo… -respondió el verdugo casi en un susurro—

– ¡Que esperen todos!—gritó otra vez—. ¡Aquí ahora mando yo!

– lo siento señor director — musitó el guardia acobardado, mientras liberaba al reo de la máscara—

El hombre parpadeó un par de veces antes de acomodar su vista a la luz de la cámara.

– ¿Qué ves ahí? — Repitió la pregunta el director—

El condenado no se molestó en mirar; sabía de sobra quienes estaban presentes para ver su ejecución.

– Veo un montón de gente morbosa que espera ver cuánto voy a sufrir. Si contesto mal qué me harán. ¿Me ejecutarán dos veces?

– Algunos lo harían si pudieran, no te quepa duda — respondió el director-. Voy a responder yo mismo a mi pregunta, aprovechando que no me pueden oír. Ahí delante, repantigados en sus sillas, tienes a un abogado de oficio al que le importa un bledo si vives o mueres: de hecho quiere librarse de ti cuanto antes. Tras él —señaló con el dedo índice extendido— está la primera Dama, ahora la primera viuda. Tampoco sé si te admira o si te odia. Tiene más cuernos que una manada de búfalos, pero los llevaba con dignidad teniendo en cuenta lo bien que vivía gracias a su amante esposo… hasta que tú te lo cargaste. En el otro extremo, aunque no quieras verlos, hay un par de ancianos; son tus padres, esperando un nuevo milagro en forma de llamada telefónica. Cada uno tiene una razón distinta para estar aquí… pero todos ellos tienen algo en común. Al igual que yo, que todos nosotros, quieren saber algo muy simple: El “por qué”. Ahora… teniendo en cuenta que ya no tienes nada qué perder, convéncenos de que tu ejecución es un tremendo error. Yo mismo escribí esto —agitó de nuevo los papeles antes los ojos del reo—  Me ha costado mucho dignificar tu muerte: no me hagas quedar como un idiota… ¡A ti ya te da igual!

El hombre se volvió y salió de la cámara. El verdugo cubrió de nuevo la vista del reo. No olvido poner entre la cabeza afeitada y el electrodo una esponja natural, humedecida en un poco de agua y vinagre, pera que el contacto fuera íntimo y mortal. Miró al alcaide y este pidió con la mirada permiso al director. Este asintió con un gesto. A una señal suya una mano oculta abrió un micrófono conectado a un altavoz para que, ahora sí, los espectadores pudieran escuchar lo que se dijera dentro de la cámara. La voz del alcaide comenzó a recitar la retahíla tantas veces repetida: “Por el poder que el estado me concede…” Por fin, cuando terminó, se volvió a la silla y repitió:

– ¿Quiere el acusado decir sus últimas palabras?

Se hizo un silencio denso: Nadie podía ver la cara del reo, pero se adivinaba una enorme lucha interior. El abogado, la viuda, los ancianos, el director… Todos esperaban el momento de la confesión casi póstuma.

El condenado soltó un suspiro profundo, y casi masticando las palabras, gritó a la vez que se adivinaban las lágrimas escapando de sus ojos…

-¡No toque a mi novia, señor presidente!

En la sala todo sufrieron un escalofrío. Las siete palabras ahora habían sonado muy diferentes a la primera vez. La viuda explotó en lágrimas, igual que los padres del reo… El abogado se sintió incómodo: Muy incómodo. El director se estaba levantando de su silla cuando el preso gritó de nuevo con la voz desgarrada y  cargada de lágrimas:

– ¡No toque a mi novia, señor presidente!

El director reprimió un “¡sí!” del fondo de su pecho, pero los demás no pudieron contenerse. Se levantaron todos a la vez y comenzaron a aplaudir. El director tuvo que poner un poco de orden tras gritar:

– ¡Corten! ¡A positivar!

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Written by aitztv

28 octubre, 2014 a 17:06

Publicado en Literatura, Prosa

Una respuesta

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  1. ¡Eh! Que bueno. No lo vi en el grupo de FB. Una idea muy buena. Fíjate:

    “humedecida en poco de agua y vinagre”. ¿No faltta un “UN”?

    Un abrazo colega.

    Jhon Barcasnegras

    29 octubre, 2014 at 6:59


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