Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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“Lumason”

with one comment

caracolAquel hombre parecía realmente enfermo. Cuando le encontré, tirado en una cuneta hubiera podido pasar por un saco de escombros arrojado por algún desalmado por ahorrarse un viaje al vertedero. Aún no sé la razón por la que me acerqué hasta él y pude salvarle de una muerte segura. Le llevé como pude hasta mi casa, en realidad una vivienda temporal, cerca de Locronan en la Bretaña francesa. Apenas era una cabaña de madera, aunque me había asegurado de que no faltara una buena chimenea que me ayudara a superar con éxito aquel desierto de nieve que era el invierno francés.

Puse un par de troncos para alimentar el fuego y descargué aquel cuerpo que había transportado sobre mis propios hombros. Lo deposité sobre la alfombra tras comprobar que no tenía nada roto. Mis conocimientos de medicina no iban más allá de mis veranos de socorrista cuando era estudiante, pero me sirvieron para constatar que no había huesos rotos. Tampoco se veían heridas abiertas y —aunque respiraba con dificultad— no parecía tener fiebre. Necesitaba quitarle la ropa para ver el resto de su cuerpo pero había un problema: apestaba. Fui hasta el cuarto de baño para ponerme un par de guantes de látex. No me arriesgaría a tocarle con las manos desnudas. No, mientras no recibiera un buen baño. Escuché un ruido proveniente de la sala.

Volví sobre mis pasos y vi que el hombre estaba despierto. Había abierto un sucio macuto y de él había sacado varias cosas. Me acerqué y ni tan siquiera se volvió a mirarme. Le vi dibujar de forma frenética sobre un mapa en el que parecía mentira cupiera un solo trazo más. Observé que tenía a su lado un libro que había envuelto en papel de estraza. Era un libro antiguo, en francés, que recogía resúmenes de los estudios de Palissy, según yo entendí en su título. Me llamó la atención un detalle. El libro era realmente antiguo pese a mostrar un buen estado de conservación. Pude ver en su lomo el número diez y nueve escrito en números romanos. Aquel ejemplar tenía casi doscientos años. Alargué mi mano para tomarlo, pero el hombre reaccionó como si hubiera pisado un cable pelado. Se abalanzó sobre el libro y no me permitió ni siquiera tocarlo. Se arrastró con el libro entre los brazos hasta una esquina y me lanzó una mirada enfermiza, de las que evidencian que en el interior de la cabeza de aquel pobre diablo algo no funcionaba como era debido.

La spirale! —grito tan fuerte que yo casi no le comprendía—  La spirale est la réponse!… La solution!… Je suis très proche!… Très proche!…

Intenté tranquilizarle con mis mejores palabras y me temo que con mi peor francés, porque cada vez que yo le decía algo él gritaba más alto. Intenté acercarme hasta él, pero reaccionaba como si yo fuera a estrangularlo o algo peor. Sé me ocurrió un poco de psicología inversa. Me levante del suelo y me moví hasta un aparador en el que guardaba algunas botellas. Tomé una copa y me serví un coñac. No era de marca, pero el invitado tampoco parecía muy exigente. Encontré también un par de bolsas de almendras tostadas que abrí y serví en una fuente pequeña. Me senté a la mesa con mi copa y me lancé con gesto exagerado un par de almendras a la boca. Las mastiqué tan ruidosamente como pude; un camello no hubiera mejorado mis movimientos de mandíbula. Mientras hacía esto no quitaba ojo a mi invitado. Intentó ignorarme, pero al cabo de un par de minutos y varias almendras más le vi cómo pasaba la lengua por sus labios resecos. Tomé una copa vacía del aparador y serví un poco de licor. arrimé la copa al extremo de la mesa más próximo a él. Hice lo mismo con las almendras. Añadí al escenario una silla y le hice un gesto para que la ocupara. El hombre metió todas las cosas con descuido en su bolsa mugrienta y se acercó poco a poco. Se sentó en la silla mirándome de reojo. Alargó su mano hasta las almendras…

-¡Ejém!—solté con voz reprobatoria—

El hombre retiró la mano como si las almendras quemaran. Debo reconocer que en fondo la situación era divertida. Dos veces más intentó acercarse a las almendras y en todas ellas le detuve con un carraspeo. Puse de nuevo las almendras de mi lado de la mesa. Él bajó la cabeza. Era un hombre mayor, quizás un anciano. Llevaba una larga barba blanca muy descuidada y hacía muchos meses de su último corte de pelo. En su cara, sucia como la de un carbonero,se encendían dos ojos azules tan claros que casi hería mirarlos. Me estaba empezando a sentir mal, torturando a aquel hombre que ni siquiera conocía, pero entonces él colaboró.

Abrió el macuto y sacó de nuevo el libro y lo puso sobre la mesa. Le quitó el papel de estraza como quien quita la ropa a una amante y lo colocó junto a mi. Fui a tomarlo.

– ¡Ejem!—ésta vez fue él quien carraspeó—

Levanté la mirada y me encontré con sus ojos y una sonrisa pícara asomando entre la mugre. Le acerqué el plato de almendras con una carcajada. Fui de nuevo a por el libro.

– ¡Ejem, ejém, ejem!… — me recordó que su copa aún estaba vacía—

No hablamos más.

Esa noche yo apuré el libro sobre Palissy y él la botella de coñac. No sé quién terminó peor de los dos.

A la mañana, previo paso por la bañera, el hombre había recuperado su color natural y su aspecto de duende había tornado en una venerable ancianidad. Si no fuera por el chándal que yo le había prestado —tres tallas mayor que él— se podría decir que hasta tenía cierta hechura de sabio clásico. Pese a todo era muy difícil sacarle una palabra. Le interrogué sobre el libro de Palissy, que él ya había recuperado y guardado en su sucio macuto, pero no obtuve ninguna respuesta. Siempre repetía lo mismo una y otra vez.

La spirale! L’hélice! … Serpent! … La solution!

Y no había modo de sacarle de ahí.

El libro no me había dado respuestas. Era una recopilación primorosa de parte de la obra escrita de Bernard Palissy, ceramista y geólogo, y uno de los primeros en intentar entender el misterio de los fósiles. También era protestante, lo que le concedió el honor de morir abandonado en una celda cuando ya era un anciano.

En el libro se hablaba de los procesos, casi alquímicos para la época, con los que conseguía porcelanas blancas como la nieve o policromías como nadie había sabido crear hasta entonces. Pero una gran parte de aquella recopilación era un estudio sobre las conchas de diferentes animales marinos, extintos o no, al que no dí más importancia que al interés de aquel artista por adornar sus creaciones con motivos naturales. Lo cierto es que dedicaba muchas páginas a reproducir con minuciosidad las conchas de las amonitas y la de los modernos nautilos. Por todas partes se veían anotaciones, casi todas referentes a traducciones de los nombres del latín a las versiones más modernas de los idiomas actuales. Los diferentes tipos de letras y los utensilios usados para escribir, mostraban a las claras que aquel volumen había pasado por muchas manos a lo largo de sus casi dos siglos de existencia. Había trazos de pluma y tintero, de lápiz, bolígrafos y hasta textos obtenidos con una imprentilla manual. Pero lo más curioso del libro era que tras dedicar la mayor parte del texto a las láminas y explicaciones de los diferentes animales con concha, terminaba con el dibujo de una babosa de tierra: Un limaco.

Pregunté a mi visitante por ese extremo y sus ojos se encendieron como dos luciérnagas. Se puso de pie y comenzó a bailotear por la sala mientras repetía una y otra vez:

— Enfin quelqu’un qui semble comprendre! Merci à la Providence de sortir de les idiots! — mientras movía su cuerpo como si hubiera metido los dedos en un enchufe—

Le pregunté de todas las formas posibles qué era lo que yo empezaba a comprender y quiénes eran aquellos idiotas de los que la divina Providencia le estaba alejando, pero —lejos de prestarme ninguna atención— tomó de nuevo su bolsa y esparció su contenido sobre la alfombra. Vi de nuevo el libro en su envoltura, el mapa lleno de líneas y el resto de sus escasas pertenencias. Se detuvo y me miró a los ojos. Se levantó dejando la bolsa y trazó con su índice en el aire un ángulo con el vértice hacia arriba y al momento otro en la posición opuesta.

La cara de idiota que se me quedó debió ser antológica. Aquel parias comenzó a reír como si le estuvieran haciendo cosquillas. No pudo parar hasta que las lágrimas se le escaparon mientras le goteaba la nariz. Después de un buen rato miró al cielo:

–  N’a pas d’importance!

Tomó el mapa del suelo y lo extendió sobre la mesa. Era una mapa antiguo, aunque no tanto como el libro. Me fijé en las líneas que aquel hombre había trazado. Estaban pintadas, borradas y vuelto a repintar un montón de veces: unas sobre otras con ligeras variaciones entre ellas. Igual que el libro, el mapa estaba lleno de apuntes de diferente puño y letra. Estaba seguro que si un forense peritara aquel documento y el libro encontraría que en el paso de los últimos años las mismas personas habían llenado de glosas los márgenes de uno y otro. En cualquier caso el resultado era el dibujo de una espiral bastante irregular. Faltaban un par de espiras para poder saber cuál era su origen… o su final. Dado que la espiral no era perfecta no era posible predecir un punto exacto. De todos modos era una espiral sin duda alguna, y eso explicaba parte de los delirios de mi invitado cuando lo recogí de una cuneta.

En varios puntos del mapa había dibujos que se correspondían con las láminas del libro de Palissy. Parecían determinar lugares concretos. En el centro estaba reflejada la misma babosa que cerraba el libro.

En ese momento caí en la cuenta de que aún desconocía el nombre de mi excitado amigo. Se lo pregunté mientras el me señalaba frenéticamente el limaco en el mapa dando rítmicos golpecitos con su dedo índice.

Lou Massón —me respondió sin dejar de toquetear el mapa—

– ¡Encantado, Lou — tendí mi mano suponiendo que se llamaría Louis o algo parecido—

Je ne me appelle pas Lou! Oh mon Dieu! Il peut être plus stupide?—respondió más contrariado que enfadado—

Iba a protestar por haberse atrevido a llamarme bobo, pero él no me dio tiempo:

Ce est le “lumason”! Mon nom n’a pas d’importance!—dijo con un gesto negativo de su mano— “Limace”…“Lumason”… Vous ne comprenez pas? No lumason: Mason Lu… “Albañil de Lu” —pronunció por fin en castellano

Me encantaría decir que con eso quedó todo aclarado, pero mentiría. En honor a la verdad lo del “Albañil de Lu” me dejó aún más confundido que antes. ¿Qué me quería decir aquel hombrecillo?

Volví la mirada al mapa y me fijé en un detalle. Todos los puntos importantes que trazaban aquella espiral se correspondían con pueblos franceses cuyo nombre empezaba con la letra “ele”.

– “Ele” de Lu— dijo sin dejar de mirarme—. “Ele” de Locronan—remató la frase con gesto satisfecho—

“Está como un cencerro” pensé mientras me comenzaba a arrepentir de haberlo recogido de la cuneta el día anterior. Pero le presté atención una vez más. Me estaba diciendo que el limaco, ”limace” en francés, toma su nombre del transporte a dicha lengua de “El albañil de Lu” que se traduciría como “Lumason”.

Miré de nuevo el mapa y empecé a atar cabos. Lumason es el único caracol sin concha, porque su concha —según la teoría de mi ínclito invitado—  está trazada sobre el mapa de Francia, donde describe una espiral que a su vez está definida por diferentes poblaciones cuyo nombre comienza por “ele”: Lyon, Luz-Ardiden, Limoges, Loches, Lannion, Landernau, Lampaul-Gimiliau… Desde los pirineos hasta Normandia, poblaciones, comunas e incluso lugares ya desaparecidos trazaban aquella curva. Irregular, rota en algunos puntos, pero sin duda alguna una espiral perfectamente definida. Todos aquellos lugares guardaban en su inicial la adoración a Lu, fuera quien fuera el tal Lu, sobre quien no había oído hablar en mi vida. En cualquier caso quedaba claro que la imagen de Lumason, la babosa, coincidía con Locronan, lugar en el que nos encontrábamos en aquel momento. Como si me hubiera leído el pensamiento, mi visitante tomó un lápiz y señaló Locronan en el mapa. Como por ensalmo todo cobró sentido. Los puntos que quedaban inconexos sirvieron  de hitos para trazar la última curva. No había duda. Era un punto no muy alejado de Locronan el destino del viaje de aquel hombre… y del mío, porque yo acababa de decidir que le acompañaría a ver qué era eso tan importante que le había hecho recorrer toda Francia hasta situarle al borde del abismo de la locura.

Demain nous irons. Ce est le jour choisi! —dijo sin disimular su alegría—

Por mi parte me pareció perfecto que mañana fuera el día elegido. Me daría tiempo a prepararme y a dejar resueltos un par de asuntos de índole personal.

Tras almorzar, mi compañero mostró claros síntomas de cansancio. Me pidió que le acercara el macuto y de un bolsillo extrajo un frasco de pastillas. Era un potente vaso dilatador. Comprendí que aquel hombre estaba muy enfermo. Padecía sin duda una insuficiencia cardiaca y dada su edad en cualquier momento podía tener un problema serio. Solo esperaba que no se me muriera en casa.

Mientras el descansaba, abrí mi portátil e inicié una búsqueda para recabar información sobre el tal Lu. Casi todos mis intentos terminaban en una conocida fábrica de galletas. Si introducía el término “historia” me aparecía la historia de la fábrica, si introducía la palabra “Francia” me ocurría otro tanto. Tuve que discurrir un poco antes de que se me ocurriera unir “Lu” y “Mitología”: ¡Bingo!¡Lo tenía!

Me perdí durante unos minutos entre paranoicos hablando de hombrecillos verdes y sesudos documentos sobre la escritura cuneiforme antes de llegar a una explicación fácil de comprender. Lu era el primer hombre, Para algunos un líder y para otros un símbolo del hombre original, mejor dicho, del hombre primordial. Algo así como el primer ser creado por los dioses para servirles. Me abstraje lucubrando sobre la escasa originalidad de las religiones. Todas estaban cortadas por el mismo patrón, empeñadas en demostrar que el hombre es la obra maestra de dios, del dios de turno, para después aceptar que fue creado como esclavo y sirviente. Intenté que la red me ofreciera información sobre cómo conectar a Lu con los albañiles, pero no encontré nada. Alguien habló a mi lado.

– Visite l’intérieur de la Terre et en te rectifiant tu trouveras la pierre cachée

Me acababa de llevar un susto de muerte. Estaba tan envuelto en la búsqueda que no había oído levantarse a mi invitado. Ante mi cara de desconcierto tomó el ordenador y tecleó con una habilidad inesperada la frase que acababa de decirme en francés. Al momento apareció una página web sobre la francmasonería. La frase era una de las explicaciones dadas para el anagrama “VITROL” en el latín original: “Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”.

Tomó de nuevo el mapa que aún seguía sobre la mesa y señaló de nuevo el dibujo de Lumason.

El asunto me estaba empezando a superar, pero mi curiosidad era tal que no podía abandonar lo que para mí ya se pergeñaba como una aventura en el mundo del espíritu. Sin embargo. aún había demasiadas cortapisas.

– Lo lamento —comenté sintiendo una sincera desilusión— Soy ateo. Ni creo en dios alguno ni pertenezco a ninguna organización religiosa…

La franc-maçonnerie ne est pas une religion! —contestó como si le hubieran herido con un látigo— Nous cherchons seulement la vérité!

Bueno —repuse— Respecto a eso podríamos decir que todas las religiones dicen buscar la verdad…

Non, vous avez tort. Religions prétendent posséder la vérité. Nous la cherchons. Ce est très différent!

Se levantó de la silla y se dirigió de nuevo al cuarto que le había asignado.

Vous devriez vous reposer. Demain, nous allons commencer très tôt.

Cerró con un portazo.

Me acerqué hasta la puerta y le grité desde fuera

– ¡Muy bien, viejo loco! ¡Me voy a descansar!¡Pero que sepas que tampoco soy masón!

Abrió la puerta a tal velocidad que pensé que me había estado esperando.

Oh… Oui, vous êtes! Je ne sais pas parce que vous n’êtes pas un Initié!— y dio un nuevo portazo—

Me quedé pensando qué quería decir con eso de que yo era masón pero no lo sabía. Aquel hombre era un saco de sorpresas.

Con todo eso en la cabeza decidí que tal vez tuviera razón y fuera mejor descansar.

A la mañana siguiente no habían dado las seis cuando me levantó de la cama. Corría de punta a punta de la casa como cuando liberas a un perro atado. Se puso y se volvió a quitar la chaqueta media docena de veces. Lo mismo hacía con el macuto, que pasaba de su hombro a la silla o al suelo cada ocho segundos más o menos. Yo desayuné tan tranquilo como pude mientras él se movía a mi alrededor como un enjambre de avispas.

El día era propio de la entrada del invierno. La humedad flotaba en el ambiente en forma de aguanieve y los caminos aún estaban helados y oscuros. No llevábamos ninguna brújula ni instrumento de orientación alguno, pero él caminaba con seguridad. De vez en cuando sacaba una libreta y consultaba algunas notas. No le vi dudar ni una sola vez. Ese mismo día comenzaba el invierno y no sé por qué, yo tenía la impresión de que la fecha era importante. Caminamos durante horas, solo deteniéndonos a beber un poco de café caliente que yo había preparado y a comer unos brioches congelados que yo mismo había horneado. El hombre miraba la hora y sonreía satisfecho. Todo parecía ir bien.

Al filo de las once de la mañana, y ya metidos en el corazón de un bosque de pinos, se detuvo. Lanzó miradas a su alrededor deteniéndose de cuando en vez. Estaba sin duda buscando algo. De repente, lo vio.

Corrió hacia unas rocas y limpió parte de la nieve con su mano desnuda.

C’est ici!—gritó emocionado.

– ¿Qué está aquí?—pregunté molesto por sentirme en desventaja—

No me contestó, ni hizo falta. En la roca había un relieve. Estaba deteriorado pero se adivinaba una “ese” y una luna en menguante.

l’esprit!—dijo.

Corrió en otra dirección e hizo lo mismo un par de veces más, encontrando una letra “a” sobre un sol y una “c” sobre lo que parecía un cubo rodeado de estrellas.

L’âme et le corps!— dijo emocionado—

El espíritu, el alma y el cuerpo… Me ahorré un comentario bastante ácido sobre el asunto de las religiones.

El hombrecillo comenzó entonces a buscar una posición equidistante a las tres rocas grabadas. Se movía paso a paso y miraba con cierta frecuencia al suelo. Había una gruesa capa de agujas secas de pino bajo la nieve, así que no tuvo más remedio que ponerse a escarbar. No pude evitar encontrarle cierta similitud con un duende cavando debajo de una seta. La verdad es que la luz que se había encendido en su mirada dejaba bien claro que lo que estaba haciendo era muy importante para él. Ya ni tan siquiera hablaba. Cavaba con tal celo que me temí que su corazón no lo soportase. Soltaba pequeños gruñidos que no supe calificar como de satisfacción o como de dolor. Tenía las manos llenas de cortes producidos por el hielo y las piedras y sangraba por varios puntos, pero no dejó de escarbar hasta que encontró lo que buscaba. Dejó de cavar. Miré por encima de su hombro.

Hubiera creído que me estaban gastando una broma si fuera porque no tenía a nadie para reírse a mi costa. Aquel hombre había descubierto una losa enterrada y en ella estaba grabada una espiral irregular, a primera vista idéntica a la del mapa. Me interrogó con la mirada. Solo moví la cabeza en gesto afirmativo demostrando mi admiración. No sabía cuántos años había empleado aquel hombre para llegar hasta allí, pero me daba la impresión de que en la práctica había empeñado toda su vida en ello.

Media hora más tarde habíamos despejado la losa. Parecía una lápida, pero no me cupo la menor duda de que n o se trataba de eso. Era claramente una puerta. Recordé lo que había dicho aquel hombre: “Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”.

¿Era acaso la entrada al centro de la tierra? No quise especular más.

En el centro de la espiral había un pequeño hueco circular. Lo limpiamos con cuidado. El hombre entonces se quitó un colgante del cuello. Era una pequeña pieza de cerámica circular con un compás y una escuadra cruzados, pero con la peculiaridad de que en el centro tenía una piedra de color verde, casi transparente.

Miró al cielo mientras desmontaba el enganche que unía el disco a la cadena y dijo, casi con resignación:

…il est temps…

En ese momento las nubes se apartaron y un sol radiante apareció justo sobre nuestras cabezas. Colocó entonces el disco en el rebaje de la losa y ocurrió algo increíble.

Al incidir la luz en la gema del disco, se iluminó como una bombilla. Comenzó a girar dentro de su bajo relieve como si se tratara de la combinación de una caja fuerte. Sonó un ruido seco, como un chasquido. Juro que sentí moverse el suelo bajo mis pies cuando la losa cayó a plomo en el interior del hueco que había debajo. Un intenso olor a humedad escapó de aquella fosa. Me asomé con precaución. Una escalera de mano se perdía en la oscuridad. Reconozco que estaba asustado. Muy asustado. Miré de nuevo a aquel hombre. No sabía quién era, ni por qué lo había recogido de la cuneta. Solo sabía que aquello era lo que tenía que hacer. Puso su mano sobre la mía y con la mirada me lo dijo todo. Había llegado su momento.

– No tengo un nombre que te pueda interesar, ya te lo dije— habló en claro castellano— Pero puedes llamarme Moisés si te place…

– ¿Lo dices porque nunca verás la tierra prometida?— le pregunté intuyendo que la vida se le escapaba a chorros—

Una vez más guardó silencio. Abrió el macuto y me entregó el libro. Se recostó contra el tronco de un pino y me miró sonriente. Después cerró los ojos y —haciendo de la muerte un acto  natural— se fue.

No había marcha atrás. Inspiré con ansia el aire fresco de la montaña y comencé el descenso por aquella escalera. No tenía ni una idea aproximada sobre cuánto tendría que descender. Conforme iba bajando, el aire era cada vez mas pegajoso. Crucé telarañas, manojos de raíces que parecían seres animados y mis manos resbalaban a veces sobre una substancia viscosa que cubría los peldaños. Miré hacia arriba y me sorprendió ver las estrellas, aunque pronto comprendí que se debía al hecho de estar bajo tierra y sólo percibir una pequeña viñeta del cielo. Justo en el centro del campo de visión una estrella lucía más que el resto. Por desgracia no supe identificarla.

Había perdido la noción del tiempo. Sobre mí la apertura de la fosa no era más que un rectángulo del tamaño de un sello de correos. Por fin toqué el suelo.

Busqué en mi mochila un pequeño encendedor que siempre me acompañaba en las excursiones. A su escasa luz, pude ver un manojo de antorchas en el suelo, así como yesca y pedernal. Por fortuna  no me haría falta encender un fuego de aquel modo. Estaba seguro de no lograrlo. Tras varios intentos fallidos logré prender una de las teas.

A mis pies estaban los escombros de la losa que había cerrado aquel lugar. Un túnel se extendía frente a mi hasta terminar en una puerta de madera cuajada de inscripciones que no entendí. Sin aviso alguno, la puerta se abrió y una potente luz escapó de la dependencia que se encontraba tras ella. Me costó unos segundos adaptar mi vista a la nueva condición. El lugar era realmente impresionante. Una enorme sala cilíndrica, quizás de más de cien metros de altura con varios balcones en sus laterales. Por ellos se movían varias personas todas vestidas como para acudir a una recepción en la embajada. Pero eso no era lo más importante. Aquella sala tendría unos cincuenta metros de diámetro.

– Surpris? Peut-être que ce ne est pas ce que je attendais à trouver…

Me volví hacia la esa voz. Era un hombre anciano, pero con una inusitada frescura en sus ojos y en su voz.

– Lo siento—me disculpé— No entiendo bien el francés…

Je suis désolé, mon ami… Lo lamento, espero disculpe mi falta de tacto. Pasamos tanto tiempo aquí que nos olvidamos de que existe un mundo fuera de esta sala. Mi nombre es Jules Larocque —dijo jovial, mientras me tendía su mano—. Creo que tiene algo para mí —dirigió su vista al macuto—

Supuse que se refería al libro que con tanto mimo había cuidado Moisés. Abrí la bolsa y se lo entregué. Él vio en mi cara el reflejo de la curiosidad.

Retiró la envoltura con reverencia y cuando el libro mostró si interior, los ojos de Jules se iluminaron.

C’est super! Durand, viens ici! C’est magnifique!

Apareció otro anciano, supuse que se trataba del tal Durand, y le quitó el libro de las manos a Jules. La alegría que mostraba aquel hombre me parecía exagerada. Poco a poco se fueron juntando más curiosos alrededor del libro. Todos festejaban su llegada como si hubiera nacido el mesías  allí mismo.

– Estamos siendo muy descorteses con nuestro invitado— intervino Jules elevando la voz sobre el alborozo de todos ellos— No nos olvidemos que él nos ha traído el libro.

– ¿Por qué es tan importante esté libro?—pregunté cuando por fin hubo silencio— Lo he estudiado una noche entera. Aparte de lo antiguo no tiene nada especial.

– Se equivoca, mon ami— terció Durand. Todos los libros son especiales: Observe.

A un gesto suyo la sala se llenó de luz. No lo podía creer. Todas las paredes de aquella estancia estaban cubiertas de estanterías. Tenía que haber miles, quizá millones de libros en aquel lugar.

– Usted es un amante del saber— dijo Jules— Sabe con certeza que saber, conocer, aprender o comprender son las cosas que nos mantienen vivos. Ha conocido a Moisés, no se preocupe— dijo a ver mi gesto de asombro— Nos hemos encargado de sus restos. Eligió ese nombre porque es el nombre de un guía. Él nos nutre de personas que aman el saber, de aquellos que pueden continuar nuestra obra. ¿Ve usted este libro?— señaló al ejemplar que yo había traído y que ahora estaba en las manos de Durand— Es el último que queda. Palissy nos dejó un mensaje en él.

– ¿Qué mensaje?—pregunté de nuevo mordido por la curiosidad—

– Ese es nuestro trabajo a partir de ahora — dijo Jules con una sonrisa— Tenemos que desmenuzar sus palabras una a una, entender las mil combinaciones que Palissy pudo usar y -cuando lo logremos— guardaremos una copia de su mensaje hasta que llegue el momento de comunicarlo al mundo.

¿Me está diciendo que ustedes tienen mensajes dejados en los libros? ¿Mensajes tan complejos que no estamos preparados para entenderlos?

– El hombre siempre ha sabido cosas demasiado terribles para ser contadas — intervino Durand— El conocimiento en manos de un ignorante es más aterrador que la propia ignorancia. Créame: hay cosas que es mejor no contar. Estos hombres — señaló Con un gesto amplio la sala— nos dejaron su saber oculto en las letras. ¿Se ha fijado alguna vez en que los grandes científicos siempre han sido a su vez profundos pensadores? Aquí podrá leer el auténtico mensaje de Newton, las advertencias de Darwin, el testimonio real de Lovecraft o las tremendas tensiones internas que tuvo que superar Theilard de Chardin.

– ¿Quiere decir que todos ellos eran masones? —no quería quedarme con la duda—

– Unos sí y otros no; ¿Acaso eso importa?  Nosotros — señaló a sus acompañantes— buscamos el conocimiento. Queremos creer que la atención, la reflexión y el diálogo son el pan de la especie humana. Si usted está de acuerdo con nosotros, ¿Qué importa si está iniciado o no? Nuestros caminos parecen opuestos ahora, pero nunca olvide que incluso dos rectas paralelas terminan por unirse en el infinito. ¿Es consciente de lo que le rodea ahora mismo?

No pude evitar que mi vista se perdiera en las alturas en aquella torre de Babel invertida. ¿Qué no habría en esas estanterías?

– ¿Sabe que Sócrates no nos dejó nada por escrito? — me preguntó Jules—

– ¿Me quiere hacer creer que tienen textos de Sócrates? — respondí incrédulo—

Jules se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa pícara en sus ojos.

– ¿Qué quieren de mí?— pregunté ansioso por saber qué iba a pasar a continuación—

– Queremos torturarle el resto de sus días. Sí, no se asuste. Queremos obligarle a leer la obra ignota de Nerón, Las crónicas supuestamente apócrifas de Cleopatra o las conclusiones de Einstein… —Me miró a los ojos antes de continuar— ¿Qué me dice?

Debo reconocer que aún dudaba. La oferta era maravillosa, pero toda aquella gente me parecían seres de otro mundo.

– ¿Tal vez el Evangelio según Judas? —añadió Durand— No crea que todos los apóstoles estaban de acuerdo con Jesús. Algunos pagaron con su vida el que se pretendiera centrar toda una revolución en una sola persona, claro que ya sabe cómo actúan las mafias.”Que parezca un accidente”… — dijo con la voz de Marlon Brando interpretando a Vito Corleone—.

– Está bien, está bien — me parecía imposible que fuera yo el que estaba hablando ¿Qué quieren de mí? —insistí—

– Su trabajo — respondió Durand— Hay más sitios como este. Algunos aún están cerrados, enterrados, escondidos. La única forma de  hallarlos es buceando en los libros que ellos nos dejaron. Por eso los almacenamos todos. Hoy hay enigmas que no podemos responder, pero tal vez alguien en el futuro sí pueda. Si acepta, le mostraré cuál será su primera misión.

Por supuesto que acepté. En cuanto tuvieron mi palabra de colaborar me dirigieron al centro de la sala. No me había fijado, pero había una escalera descendente, una escalera de caracol. No sé cuantos metros bajo tierra alcanzamos, pero al final había una sala pequeña en forma de domo. En el techo leí la frase que Moisés me dijo el día anterior frente a mi portátil:

“Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”

Había un pequeño atril y sobre él un libro.

– Muchos se han equivocado a lo largo de la historia —dijo Jules a mi espalda—. La piedra no es tal. No es una roca. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ¿le suena?

– ¿Es eso una biblia? —pregunté desencantado—

– ¡Por supuesto que no!— Jules parecía  ofendido— Todas las religiones tiene un texto sagrado. Este no es sagrado: ¡Este es cierto!

– Pedro significa piedra — aventuré—

– Pero Pedro se llama “Cephas” que quiere decir “cabeza”. Haga usted las conexiones…

– ¿Cuál sería mi primera misión?

No sé cuántas respuestas podrían existir para esa pregunta. Solo obtuve una. Pero creo que no existe una mejor.

– Alejandría -dijo Jules sin sombra de duda—

Era imposible decir que no.

Written by aitztv

26 diciembre, 2014 at 21:34

Publicado en Literatura, Prosa, relato, reto, Romanticismo, Viajes

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Quince de diciembre.

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Loscafe1 días pasan lentos, arrastrando cada uno su mortaja cuando el sol se oculta. Pero tú sigues ahí, fiel a los recuerdos y al amor de tu vida. Él se fue, no tenía más remedio. Tú sabías que se había olvidado de ti hacía años, muchos años. Que ya no te pertenecía. ¡Qué duro fue sentarte a su lado y sentir como no eras nadie para él, poco más que un bulto incómodo con el que compartir el asiento! No se despidió. Ayer estaba contigo y hoy ya no está. Se ha marchado llevándose las pequeñas esperanzas que tú guardabas en un rincón secreto de tu corazón. Cierto que sabías que no era tuyo, que no tenía dueño, que no era de nadie, pero al menos sabías que estaba cerca de ti, sentías su presencia y te enamorabas cada día un poco más. Pero era inútil. Aunque te cruzaras a propósito con su vista, eras transparente para él.

Tal vez en el fondo sea mejor. Sabes que nunca va a volver. Ya no tienes que sufrir por la duda. La realidad es cruda, muy cierto… pero inmutable.

Te sientas frente al espejo con la intención de mortificarte un poco más. Te sientes culpable de pretender olvidarlo. Se ha marchado y se lo ha llevado todo, todo excepto los recuerdos que duelen, los que te arañan el corazón y se ensañan con tus pobres sentimientos. ¡Ay, María! —te compadeces— ¿Cuando perdiste la luz de tus ojos, aquella que rivalizaba con el mar? ¿Dónde está aquella mirada del color de las mareas que paralizaba a los hombres que se perdían en tus ojos? Él también se la llevó. Te preguntas por qué si está tan lejos, todo es aún tan suyo, por qué todo huele a él, sabe a él… Por qué todo suena como sonaba él. No necesitabas verle para saber que estaba cerca… ¡Lo presentías!… Aunque él te ignorara totalmente.

El día se ha rendido. Todos los atardeceres lo hace. Se abandona a la suerte de la noche. Como tú.

Al amanecer alguien llama a tu puerta. Te cuesta acudir. El vacío es más difícil de cruzar que el propio infierno. Es tan denso, tan desolador… Al acercarte a la puerta ves que alguien ha deslizado una carta por debajo. Abres pero no ves a nadie. El sobre ha quedado boca abajo sobre el suelo. Lo tomas y le das la vuelta. Sientes un chispazo en todo el cuerpo. ¡Es su letra! ¡La reconocerías entre miles! Al mover el aire te llega su perfume, o al menos eso quieres creer. Tal vez es una ilusión, pero para ti es tan real como tu misma existencia. Te pones nerviosa, quieres leerla y a la vez sientes pánico. Estás confusa. Decides hacer las cosas con tranquilidad. Vas a la cocina y te preparas un café. Veamos: El agua a punto de hervir, dos cucharadas generosas de café molido, una puntita de achicoria… ¡Perfecto! Ni leche ni azúcar, pero eso sí: hay que darle vueltas con una cucharilla porque —como le oías decir a él— “no sabe igual si no lo mueves”

Tomas el sobre, lo acaricias mientras piensas que una vez su piel estuvo en contacto con ese papel. Sabes que al abrirlo escapará su aliento allí contenido, que nunca habrá una segunda vez, pero ¿Qué esperabas? No hay paz para los abandonados. Dejas que tus ojos disfruten de su letra, algo redonda para ser de un hombre, pero es que él tenía ese lado tan femenino en ocasiones, tan dulce. Te decides a leer la carta. Te tiemblan las manos y te dices a ti misma “¡Qué tonta!” mientras una risa nerviosa se va alternando con las lágrimas. Las dos primeras palabras te destrozan, te retuercen el ánimo como si fuera un olivo. “Querida María”. ¿Es posible? —Te sorprendes—  ¿Querida María?. Si María, ¡sí! Es a ti a quien están dirigidas esas palabras tan simples y tan profundas a la vez. Sigues leyendo.

“Esta carta no te la escribo yo. Al menos estoy seguro de que no sé quién soy ahora mismo —cuando  tú has abierto este sobre— ni dónde estaré. Le pedí a un amigo que te la hiciera llegar si se daban las circunstancias, y parece que así ha sido.

He querido hacer mi propia máquina del tiempo, por eso esta carta es mi despedida, aunque ahora mismo te esté viendo frente a mí. Sé que esta noche te abrazarás a mí, como todas las noches desde que nos conocimos, cuando pensábamos que necesitaríamos media vida para recordar cada instante compartido, cada beso y cada caricia. Era solo un sueño, una fantasía que se acaba de quebrar, porque ahora mismo –mientras  te veo— estoy comenzando a olvidarte. Cada vez tengo menos de ti y menos de mí. Sabes que una mañana te miraré a la cara y no sabré quien eres nunca más. Por eso quiero dejar claro de una vez por todas que te quise, te quiero y te querré. Por desgracia no puedo decir que nunca te olvidaré, porque ya lo estoy haciendo y te juro que olvidarte es más castigo que morir. Me aterra la idea de que la muerte no reverdezca los recuerdos. De tener que pasar la eternidad sin saber de ti. Tal vez sea ese mi infierno particular; vivir en el permanente olvido.

Eres la mujer de mi vida. Es tan simple como tu nombre: María. El nombre que suena a música en mis oídos, pero llegará un momento en el que no lo pronuncie nunca más.

Me voy, me estoy yendo ya, poco a poco. Quiero pedirte perdón por haber amargado tu vida, por no poder cumplir nuestros sueños, por todo lo que te haya hecho y por todo lo que te voy a hacer sufrir.

Perdóname Amor mío.

No puedo dejar de quererte

¡Pobre María! Tú que has llorado hasta secar el mar de tus ojos, hasta pensar que ya no te quedaban lágrimas, y ahora dos hilos de amargura corren por tus mejillas. Las últimas lágrimas, las que queman como ácido, las que son el equivalente a vomitar bilis cuando ya no queda nada que vomitar.

Miras su firma, ensortijada como los zarcillos de los guisantes de olor que plantabas cada año en tu jardín. Conoces cada curva de su rúbrica como él conocía cada curva de tu cuerpo.

Y ahora es cuando te fijas en la fecha. Quince de diciembre. Recuerdas un día gris de lluvia mansa, cuando él llegó a casa y te dijo que tenía que contarte algo. Venía del médico.

Le habían diagnosticado Alzheimer.

Written by aitztv

15 diciembre, 2014 at 19:26

El okupa.

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images (1)Vuelta a empezar. No quieren aceptar que aunque no viva  en mi casa, sigue siendo mi casa. La quiero como la dejé. No me molesta si el polvo se acumula sobre los muebles o que las arañas tejan en las esquinas. Tampoco me preocupa que no haya corriente o si algún grifo gotea.

Ninguno de ellos estuvo allí cuando la levanté con mis propias manos con el dinero que me quitaba de la comida y trabajando todas las horas que podía en cualquier cosa. Era mi ilusión. Quería ver el mar al levantarme, quería tener un rincón de reposo al final del día al arrullo de la marea. Lo conseguí. Tardé años en ahorrar lo suficiente para poder comprar unos metros cuadrados frente al mar. Cavé a pico y pala, aprendí a preparar el cemento y el hormigón, a poner ladrillos, a hacer puertas y ventanas de madera y nadie —ni amigo ni enemigo ni familiar ni extraño— vino a echarme una mano. “Es un viejo loco”, decían. “Para cuando quiera acabar la casa ya se habrá muerto”. Se equivocaron todos. No solo la hice, sino que la vestí haciendo muebles con la madera que las tormentas arrojaban a la playa. Mesas, sillas… Hasta una mecedora en la que me sentaba a ver como el sol se acostaba sobre el horizonte. Poco a poco el viento fue puliendo sus esquinas y la lluvia y salitre bruñeron su piel de madera. Tenía el tacto de los pasamanos de los barcos No estaba barnizada, pero la madera brillaba.

No es que fuera mi casa: Era mucho más que eso. Yo le pertenecía; me adoptó. Su espíritu, su esencia, estaba allí. Yo solo la vestí de madera y piedra para hacerla visible y a cambio me dejó vivir en ella. Las habitaciones eran sus órganos internos y yo la sangre que movía en su interior los elementos necesarios para continuar viviendo. Éramos felices, muy felices. Los dos.

Pero llegó el día en que me tuve que marchar. Nunca aguanto mucho tiempo en ningún sitio y ella lo supo. No me dejaba salir. No pude abrir ninguna puerta ni ventana, hasta que le prometí que nunca nadie más viviría en ella. Que la visitaría de vez en cuando y que cuidaría de ella tanto como me fuera posible.

Durante un tiempo no tuve ninguna noticia y -siendo sincero- debo reconocer que me olvidé un poco del asunto. Pero un día sentí su llamada. No puedo explicar cómo ni por qué. Solo sé que tuve la necesidad de ir a visitarla porque algo extraño estaba ocurriendo.

Cuando me iba acercando el problema se hizo evidente. Una de mis hijas estaba en el jardín y tras ella, en el porche, su madre —de la que me había separado tiempo atrás— dormitaba en mi mecedora. Ni se habían dignado a preguntar. Daban por hecho de que la casa era suya. La casa de la que se habían reído hasta herniarse, la casa que me había costado el matrimonio, por la que me quedé sin amigos… La casa en la que nunca colaboraron, en la que no pusieron una sola piedra.

Intenté hablar con ellas, no quería discutir, pero fue inútil. Me ignoraron una y otra vez hasta que una noche, cegado por la rabia, las asesiné sin ninguna piedad. No fue difícil. Pensaba que me torturarían los remordimientos, pero no fue así. Es más. Me sentí bien. Al amanecer todas las ventanas se abrieron a la vez y el virazón barrió hasta la última gota de sus perfumes. El mar se tragó sus cuerpos y sus enseres.

Vino mucha gente después, pero no se atrevieron a entrar. Yo me escondía para verlos cuchichear en voz baja sobre crímenes y asesinatos. Pero ninguno se atrevió a entrar. Solo unos policías que —por supuesto— no encontraron nada. Una noche incluso un grupo de adolescentes hicieron un pequeño fuego cerca de la entrada y empezaron a llamar a fantasmas y espíritus. Fue fácil echarlos. Solo necesite un par de gritos y huyeron despavoridos. Cuando llegaron al pueblo inflaron la historia hasta parecer una película de miedo. Me gustó la idea. Así nadie se acercaría de nuevo, pensaba. Me equivoqué.

Al estar yo desaparecido la casa pasó a la propiedad de mi otra hija. No estaba interesada en ella, así que la puso en alquiler. Fue un calvario. Cada poco tiempo me veía en la obligación de echar a alguien, a veces familias completas. No quería matar, pero la insensibilidad que había sentido la primera vez me animó a hacerlo. Hasta diez personas encontraron el final de sus días en mi casa. El mar esconde sus cuerpos.

Un día me di cuenta de que estaba muy cansado. Que aquella casa había consumido toda mi energía y —en pocas palabras— necesitaba descansar. Se lo dije y me ignoró. Rogué, me arrodillé, me humillé de todas las formas posibles para que me dejara ir, pero era inútil: Me quería allí.

Una noche decidí desaparecer sin decirle nada. Abrí la puerta de mi habitación sin problemas, pero al llegar a la puerta de la calle me detuvo. Me había descubierto. Grité. Amenace con darle fuego, con destruirla. Yo la Había construido ¡No era nada sin mí! Me pareció escuchar una carcajada. La puerta se abrió sola, no más de un palmo. Un hedor insoportable entró por aquella apertura. Tomé el pomo y abrí de un tirón. El infierno —si existiera— sería un jardín de infancia comparado con aquello. El mar había devuelto todos los cadáveres que yo había arrojado durante años. Eran manojos de trapos y huesos envueltos en algas. El olor a podrido era tan hediondo que me provocó arcadas. La casa me estaba amenazando. Había expuesto ante mí las pruebas de mis crímenes. Al contrario que al cometer los asesinatos, el que mi nombre fuera calificado con lo de “asesino en serie” me hacía sentirme mal. Cerré la puerta y me volví a mi cuarto resignado a permanecer allí. A la mañana siguiente no había ni rastro de los cuerpos.

Pasé años en esa casa. Me deshice con precisión quirúrgica de todos aquellos a los que no pude convencer de que aquella casa no quería otro dueño. Yo me iba consumiendo poco a poco.

Una mañana, justo al amanecer, una pareja llegó caminando por la orilla del mar. Cargaban sendas mochilas y daba la impresión de que todo lo que tenían en este mundo iba en su interior. El sol comenzaba a molestar y los jóvenes se metieron en el jardín para protegerse bajo el porche. La chica comentó que le parecía un lugar ideal para vivir, frente al mar. Ella podía escribir –quería ser escritora— y encargarse de la casa y él se podía ganar la vida pescando. Al chico le gustó la idea, pero no podrían pagar el alquiler  por bajo que fuera. Ella le dijo que podrían negociar: Arreglarían la casa a cambio de un año de alquiler. El muchacho se entusiasmó. Dijo que él podría hacer algunos muebles con las maderas que arrojan las tormentas, y que pondría un cenador aquí y unas macetas allá. Y que barnizaría las ventanas con aceite de teca para que el mar no las resecara, que pondría un horno de pan, que…

Fue suficiente. La puerta de la casa se abrió de golpe y me dejó al descubierto. Los chicos me vieron y se asustaron —mi aspecto no es muy bueno; los últimos años han hecho estragos en mí—. Recogieron sus cosas musitando disculpas y disponiéndose a marchar.

— ¿Os gusta la casa? —pregunté sorprendido de mi propia voz: llevaba años sin hablar—

— Mucho. Señor —dijo la muchacha— Es usted muy afortunado viviendo aquí.

— Entrad a ver el interior —invité a ambos—

Caminaron por toda la casa asombrados de que todo lo hubiera hecho yo a mano. Sentí que la casa era feliz. ¡Estaba siendo liberado!

— La puerta de atrás a veces se bloquea con el frío —recité —  y hay que reparar el tiro de la chimenea. Si queréis electricidad tendréis que pagarla de vuestro bolsillo. El agua es gratis.

— Gracias, señor —dijo el muchacho— Pero no podemos pagar un depósito… ni un alquiler: Hasta hoy hemos vivido como okupas

Y lo vais a seguir siendo—le interrumpí— Esta casa no tiene dueño. Ella manda. No hay llaves ni cerraduras. Las puertas se abren y se cierran cuando corresponde hacerlo. Tampoco os preocupéis por la leña. Todas las mañanas el mar deja un buen montón en la orilla —caminé hacia la puerta—. ¡Ah! Lo olvidaba —me di la vuelta un momento—. A la casa no le gustan los ruidos ni las voces altas. Tampoco demasiado las visitas, pero bueno —reí— ya iréis descubriendo esas cosas…

Desaparecí. Sin más. Ya era hora de descansar. Nunca supe si a los chicos les hice un favor o si les condené en vida. Creo que a la casa le gustaron y por eso los invitó a entrar. A mí me parecieron unos excelentes muchachos. Eso sí. La casa sigue siendo mía. Yo la levanté e iré a verla cuando me dé la gana. Es mi casa, aunque yo lleve veinte años muerto.

Written by aitztv

7 diciembre, 2014 at 15:16

El vino

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imagesVeo la tierra alimentándose del sol, tomando su luz y guardándola, esperando a que llegue el otoño y las aguas de una primavera invertida. Veo la lluvia lavando tu piel, tu raíz y el sarmiento atormentado en el que te convertirás y que un día tornará en ceniza para disipar los fríos olvidos del invierno. Siento en ti los aromas de la tierra a veces quemada por el sol, a veces disuelta por el agua. Entiendo en tu cuerpo la canela y la mora, el regaliz y la vainilla, la mandarina y la fresa. Eres todo lo que se puede ser, todos los colores, todas las luces. Eres el filtro por el que mi mirada todo lo ve, el color del cristal con el que miro, eres la luz en la que viran mis sentimientos, mi verdad y mis mentiras. Eres mi dulce compañía en la juventud mientras esperas que el tiempo convierta tu espíritu en plácida serenidad o en áspero vinagre. Veo en ti mi fuerza, mi penitencia, mi castigo, mi libertad y mi yugo. Eres la brisa de la montaña, eres levante, ábrego y aquilón, luz y sombra, consuelo y perdición.
Eres una continuación de mí, la que prolonga mis victorias y recorta mis fracasos. Eres el abrazo en la soledad, la palmada en la espalda: eres te quiero y te odio. En ti guardo mis secretos y por ti los confieso. En ti escondo mis defectos y por ti los expongo. Eres mis vergüenzas y la ausencia de todas ellas. Solo tú me haces callar o hablar a destiempo. Tú me cubres, tú me desnudas…
Te añoro y te desprecio, te busco y te evito. Te bebo y te vomito cuando me harto de ti. Tras una noche contigo, la mañana sin ti es solitaria, dura y enfermiza.
Dime.
¿Por qué te llaman vino, si eres una mujer?

Written by aitztv

4 diciembre, 2014 at 15:16

Publicado en Literatura, Prosa, reto, Romanticismo

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