Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

El okupa.

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images (1)Vuelta a empezar. No quieren aceptar que aunque no viva  en mi casa, sigue siendo mi casa. La quiero como la dejé. No me molesta si el polvo se acumula sobre los muebles o que las arañas tejan en las esquinas. Tampoco me preocupa que no haya corriente o si algún grifo gotea.

Ninguno de ellos estuvo allí cuando la levanté con mis propias manos con el dinero que me quitaba de la comida y trabajando todas las horas que podía en cualquier cosa. Era mi ilusión. Quería ver el mar al levantarme, quería tener un rincón de reposo al final del día al arrullo de la marea. Lo conseguí. Tardé años en ahorrar lo suficiente para poder comprar unos metros cuadrados frente al mar. Cavé a pico y pala, aprendí a preparar el cemento y el hormigón, a poner ladrillos, a hacer puertas y ventanas de madera y nadie —ni amigo ni enemigo ni familiar ni extraño— vino a echarme una mano. “Es un viejo loco”, decían. “Para cuando quiera acabar la casa ya se habrá muerto”. Se equivocaron todos. No solo la hice, sino que la vestí haciendo muebles con la madera que las tormentas arrojaban a la playa. Mesas, sillas… Hasta una mecedora en la que me sentaba a ver como el sol se acostaba sobre el horizonte. Poco a poco el viento fue puliendo sus esquinas y la lluvia y salitre bruñeron su piel de madera. Tenía el tacto de los pasamanos de los barcos No estaba barnizada, pero la madera brillaba.

No es que fuera mi casa: Era mucho más que eso. Yo le pertenecía; me adoptó. Su espíritu, su esencia, estaba allí. Yo solo la vestí de madera y piedra para hacerla visible y a cambio me dejó vivir en ella. Las habitaciones eran sus órganos internos y yo la sangre que movía en su interior los elementos necesarios para continuar viviendo. Éramos felices, muy felices. Los dos.

Pero llegó el día en que me tuve que marchar. Nunca aguanto mucho tiempo en ningún sitio y ella lo supo. No me dejaba salir. No pude abrir ninguna puerta ni ventana, hasta que le prometí que nunca nadie más viviría en ella. Que la visitaría de vez en cuando y que cuidaría de ella tanto como me fuera posible.

Durante un tiempo no tuve ninguna noticia y -siendo sincero- debo reconocer que me olvidé un poco del asunto. Pero un día sentí su llamada. No puedo explicar cómo ni por qué. Solo sé que tuve la necesidad de ir a visitarla porque algo extraño estaba ocurriendo.

Cuando me iba acercando el problema se hizo evidente. Una de mis hijas estaba en el jardín y tras ella, en el porche, su madre —de la que me había separado tiempo atrás— dormitaba en mi mecedora. Ni se habían dignado a preguntar. Daban por hecho de que la casa era suya. La casa de la que se habían reído hasta herniarse, la casa que me había costado el matrimonio, por la que me quedé sin amigos… La casa en la que nunca colaboraron, en la que no pusieron una sola piedra.

Intenté hablar con ellas, no quería discutir, pero fue inútil. Me ignoraron una y otra vez hasta que una noche, cegado por la rabia, las asesiné sin ninguna piedad. No fue difícil. Pensaba que me torturarían los remordimientos, pero no fue así. Es más. Me sentí bien. Al amanecer todas las ventanas se abrieron a la vez y el virazón barrió hasta la última gota de sus perfumes. El mar se tragó sus cuerpos y sus enseres.

Vino mucha gente después, pero no se atrevieron a entrar. Yo me escondía para verlos cuchichear en voz baja sobre crímenes y asesinatos. Pero ninguno se atrevió a entrar. Solo unos policías que —por supuesto— no encontraron nada. Una noche incluso un grupo de adolescentes hicieron un pequeño fuego cerca de la entrada y empezaron a llamar a fantasmas y espíritus. Fue fácil echarlos. Solo necesite un par de gritos y huyeron despavoridos. Cuando llegaron al pueblo inflaron la historia hasta parecer una película de miedo. Me gustó la idea. Así nadie se acercaría de nuevo, pensaba. Me equivoqué.

Al estar yo desaparecido la casa pasó a la propiedad de mi otra hija. No estaba interesada en ella, así que la puso en alquiler. Fue un calvario. Cada poco tiempo me veía en la obligación de echar a alguien, a veces familias completas. No quería matar, pero la insensibilidad que había sentido la primera vez me animó a hacerlo. Hasta diez personas encontraron el final de sus días en mi casa. El mar esconde sus cuerpos.

Un día me di cuenta de que estaba muy cansado. Que aquella casa había consumido toda mi energía y —en pocas palabras— necesitaba descansar. Se lo dije y me ignoró. Rogué, me arrodillé, me humillé de todas las formas posibles para que me dejara ir, pero era inútil: Me quería allí.

Una noche decidí desaparecer sin decirle nada. Abrí la puerta de mi habitación sin problemas, pero al llegar a la puerta de la calle me detuvo. Me había descubierto. Grité. Amenace con darle fuego, con destruirla. Yo la Había construido ¡No era nada sin mí! Me pareció escuchar una carcajada. La puerta se abrió sola, no más de un palmo. Un hedor insoportable entró por aquella apertura. Tomé el pomo y abrí de un tirón. El infierno —si existiera— sería un jardín de infancia comparado con aquello. El mar había devuelto todos los cadáveres que yo había arrojado durante años. Eran manojos de trapos y huesos envueltos en algas. El olor a podrido era tan hediondo que me provocó arcadas. La casa me estaba amenazando. Había expuesto ante mí las pruebas de mis crímenes. Al contrario que al cometer los asesinatos, el que mi nombre fuera calificado con lo de “asesino en serie” me hacía sentirme mal. Cerré la puerta y me volví a mi cuarto resignado a permanecer allí. A la mañana siguiente no había ni rastro de los cuerpos.

Pasé años en esa casa. Me deshice con precisión quirúrgica de todos aquellos a los que no pude convencer de que aquella casa no quería otro dueño. Yo me iba consumiendo poco a poco.

Una mañana, justo al amanecer, una pareja llegó caminando por la orilla del mar. Cargaban sendas mochilas y daba la impresión de que todo lo que tenían en este mundo iba en su interior. El sol comenzaba a molestar y los jóvenes se metieron en el jardín para protegerse bajo el porche. La chica comentó que le parecía un lugar ideal para vivir, frente al mar. Ella podía escribir –quería ser escritora— y encargarse de la casa y él se podía ganar la vida pescando. Al chico le gustó la idea, pero no podrían pagar el alquiler  por bajo que fuera. Ella le dijo que podrían negociar: Arreglarían la casa a cambio de un año de alquiler. El muchacho se entusiasmó. Dijo que él podría hacer algunos muebles con las maderas que arrojan las tormentas, y que pondría un cenador aquí y unas macetas allá. Y que barnizaría las ventanas con aceite de teca para que el mar no las resecara, que pondría un horno de pan, que…

Fue suficiente. La puerta de la casa se abrió de golpe y me dejó al descubierto. Los chicos me vieron y se asustaron —mi aspecto no es muy bueno; los últimos años han hecho estragos en mí—. Recogieron sus cosas musitando disculpas y disponiéndose a marchar.

— ¿Os gusta la casa? —pregunté sorprendido de mi propia voz: llevaba años sin hablar—

— Mucho. Señor —dijo la muchacha— Es usted muy afortunado viviendo aquí.

— Entrad a ver el interior —invité a ambos—

Caminaron por toda la casa asombrados de que todo lo hubiera hecho yo a mano. Sentí que la casa era feliz. ¡Estaba siendo liberado!

— La puerta de atrás a veces se bloquea con el frío —recité —  y hay que reparar el tiro de la chimenea. Si queréis electricidad tendréis que pagarla de vuestro bolsillo. El agua es gratis.

— Gracias, señor —dijo el muchacho— Pero no podemos pagar un depósito… ni un alquiler: Hasta hoy hemos vivido como okupas

Y lo vais a seguir siendo—le interrumpí— Esta casa no tiene dueño. Ella manda. No hay llaves ni cerraduras. Las puertas se abren y se cierran cuando corresponde hacerlo. Tampoco os preocupéis por la leña. Todas las mañanas el mar deja un buen montón en la orilla —caminé hacia la puerta—. ¡Ah! Lo olvidaba —me di la vuelta un momento—. A la casa no le gustan los ruidos ni las voces altas. Tampoco demasiado las visitas, pero bueno —reí— ya iréis descubriendo esas cosas…

Desaparecí. Sin más. Ya era hora de descansar. Nunca supe si a los chicos les hice un favor o si les condené en vida. Creo que a la casa le gustaron y por eso los invitó a entrar. A mí me parecieron unos excelentes muchachos. Eso sí. La casa sigue siendo mía. Yo la levanté e iré a verla cuando me dé la gana. Es mi casa, aunque yo lleve veinte años muerto.

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Written by aitztv

7 diciembre, 2014 a 15:16

4 comentarios

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  1. Siempre he pensado que este es el género que mejor se te da (Y los otros se te dan genial también). Impresionate relato.

    Jhon Barcasnegras

    8 diciembre, 2014 at 1:14

  2. Buena historia muy bien narrada.

    Alejandro

    13 diciembre, 2014 at 15:29


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