Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Crónica solitaria.

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maxresdefaultSi cerraba los ojos, podía sentir el delicado aroma del vino corriendo por aquellos canales cuando el planeta era joven, pero el paisaje hacía milenios que no veía ninguna fiesta y él, ya sólo cubierto con harapos, había abandonado la juventud muchos años atrás. Sus botas de arrogante astronauta colgaban andrajosas al extremo de sus pies, bajo los que un seco caudal de arena áspera y dura permanecía inmóvil, carente del agua que, en otro tiempo, había animado sus días.

Estaba sólo. Aunque sabía que unos centenares de metros tras él los hombres que habían acudido a rescatarle cuchicheaban a su espalda, estaba seguro y convencido de su soledad. Había necesitado la compañía de otros seres humanos para descubrir el verdadero peso de la soledad. Desde que ella le dejó habían pasado quince años. Durante todo ese tiempo sus días habían estado llenos de recuerdos, mechados de lágrimas y sonrisas que se perseguían las unas a las otras. La veía en cada recodo del camino, en cada rayo de sol al atardecer rojizo, en los amaneceres sobre los famélicos frutales de su agónico huerto. Pero la llegada de aquellos hombres había contaminado su panteón particular. Estaban respirando el aire que sólo ella había respirado, hollando el suelo que ella tatuaba con las diminutas huellas de sus pies, bebiendo su agua… robando su sol.

Hubiera podido con todo eso, sin embargo no consentiría que le robaran su recuerdo. No ¡eso no! Se atrevieron a excavar en su tumba, la que él había cavado con sus propias manos para sepultarla mirando al canal, como a ella le gustaba. No habían encontrado nada, Le repetían una y otra vez que ella no había existido, que su mente había creado una compañera para superar la soledad, para salvarle de la locura. ¿Qué sabían ellos? Él la había visto venir caminado desde el horizonte. Entonces sí que estuvo a punto de pensar que estaba definitivamente loco. Llevaba cuatro años en aquel planeta. Sólo hacía siete meses que había enterrado al último de sus compañeros, muerto tras agonizar durante semanas con las costillas clavadas en un pulmón al caerse a uno de los canales.

Sólo quedaba él de los seis astronautas que iniciaron la expedición. Los demás… no habían sabido sobrellevar la soledad de aquel planeta. No lo entendía. ¡Para él era hermoso! ¿Por qué aquella necesidad de marcharse, de abandonar aquella eterna desolación?

Tuvo que ir matándolos de uno en uno. Con disimulo, fingiendo accidentes, enfermedades, desapariciones… Para el último tuvo que manipular el cierre de seguridad de su arnés. Se dio cuenta ¡Cómo no! ¿Quién iba a haber sido cuando sólo quedaban dos personas en aquel mundo? Después él mismo le pidió que acabara con su vida, torturado por la fiebre y con los pulmones llenos de agua por causa del neumotórax… No. Nunca. A su manera, él no era un asesino. Lo mantuvo con vida escuchando todas las maldiciones que escapaban entre toses desgarradoras.

Pero después todo cambió.

Cuando ella llegó el planeta entero pareció pararse. Ni le dijo de dónde venía ni le dio los buenos días. Se envolvió en su vida como te atrapa un amanecer, sin sobresaltos, como si estuviera escrito que tenía que ser así. Pronto comenzaron a deslizarse por las dunas como adolescentes. Navegaron los canales en los fugaces deshielos e incluso construyeron un velero de arena y cruzaron los desiertos empujados por la brisa nocturna. Sin embargo, un día, una vez más, su mundo cambió.

Los pocos dispositivos que aún funcionaban, se despertaron haciendo sonar todas las alarmas. Algo se acercaba. Él miró las sucias pantallas y vio cómo una nave se aproximaba a su planeta. No le costó reconocer una nave Ranger de rescate. ¿Acaso había pedido que le vinieran a buscar? ¿No podían conformarse con hacerles un funeral de estado, declararles héroes, bla, bla, bla…?

Sabía cómo eran los tipos que viajaban en aquel rescate. Hombres duros, sin más horizonte que la misión que tuvieran encomendada.

Comenzó a rebuscar cómo loco entre la chatarra en que se había convertido la nave que le había llevado hasta allí. No tardó en descubrir la baliza que alguno de sus compañeros había activado y escondido. Sabía que sospechaban de él, pero no esperaba eso. Creía que intentarían matarlo o reducirlo… Tal vez no habían tenido tiempo. Por otro lado, tal vez fuera hora de regresar. Decidió hablar con ella.

Se negó en redondo. No abandonaría su hogar.

Se lo rogó. Se arrodilló ante ella, lloró como un niño, pero fue en vano. ¿Qué alternativa tenía? La estranguló esa misma noche. Ella le miró a los ojos hasta el último aliento. No se defendió, no grito, no pataleó: Dejó escapar la vida con la misma tranquilidad con la que había aparecido una mañana entre la bruma del amanecer en el desierto.

Cuando llegaron los ranger, sabía que le descubrirían. Eran veteranos y no se creyeron en ningún momento la cadena de casualidades que había acabado con toda la expedición menos con la suya. Sacaron todos los cadáveres de sus tumbas de arena y piedra. Secos como el tasajo, congelados en el tiempo casi tal y como él los había enterrado, los muertos confesaron. Contaron cómo él había terminado con todos ellos, uno a uno. Los ranger eran tipos duros, si. No dijeron nada. No le juzgaron, no le encerraron. No era su trabajo. Sólo hubo una cosa que les llamó la atención: la tumba de ella estaba vacía.

Le preguntaron una y otra vez dónde la había encontrado, cómo y qué había pasado desde entonces. No hallaron nada que demostrara su existencia: ni tan siquiera el velero de arena que él aseguraba haber construido.

Y allí estaba ahora, mirando sus andrajosas botas al extremo de sus pies. Uno de los ranger era un joven novato. Le llamaban “Niño” los demás veteranos. Le caía bien, pensó mientras jugaba con el detonador que llevaba escondido desde que supo que venían a rescatarle. Las cargas estaban escondidas en el almacén, donde ahora todos los soldados se protegían del sol del mediodía.

Lo siento, Niño —pensó en voz alta sorprendido por el sonido de su voz—. Me da mucha pena tener que matarte…

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Written by aitztv

18 noviembre, 2015 at 18:28