Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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El ciudadano.

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Muchas veces nos preguntamos cuánto metal es necesario para convertir a un hombre en una máquina, pero quizá la pregunta esté mal planteada, y sea necesario invertirla y pensar en cuánto tejido humano es necesario para que una máquina pueda ser considerada un ser vivo.


hombremaqu

Rodrigo García Fernández

−¡Inaceptable! ¡No toleraremos eso!

La voz de Magnus Kubota atronó la sala de reuniones.

−Si insisten por esa vía tendremos que tomar medidas… ¡Y serán drásticas, se lo aseguro!

El Gobernador Cherkas miró al techo por enésima vez ese día. De haber tenido a mano algo lo bastante contundente, habría desperdigado los sesos de aquel idiota por toda la colonia. ¿Cómo había llegado a ese punto? Obligó a su atención a relegar las protestas del delegado a segundo plano y repasó los últimos acontecimientos. Tal vez encontrara una solución…

 

Unas semanas antes, Fawaz Cherkas estaba feliz. Le quedaban sólo dos meses para abandonar la estación minera Komatsu, y estaba encantado por ello. No es que no estuviera a gusto: es que la odiaba. Había llegado a aquel punto perdido en mitad de ningún sitio tras cuatro años de viaje, con el primer convoy combinado de los gobiernos de la Tierra, Marte y la Luna, en lo que iba a ser la mayor aventura comercial emprendida desde que el ser humano comprendió que una vez colonizado el planeta rojo, poco más había en el sistema solar que invitara a nuevos asentamientos. Además de un puesto minero avanzado, la estación era una puerta abierta al espacio transcolonial, o al menos eso decían, porque en los seis años que el Honorable Gobernador Cherkas llevaba allí nadie había intentado ir mucho más allá. Pero todo eso estaba a punto de terminar. En un par de meses su sucesor se haría cargo de la estación y él volvería a su casa, a desquitarse de tanto alimento enlatado y suplementos de vitaminas. Estaba saboreando en sueños una enorme rodaja de atún marinado sobre el carbón de su barbacoa en la Tierra, cuando sonó el intercomunicador. La voz de Tormod Roos, su secretario, sonó con su característico timbre nasal. No era culpa del aparato: Roos hablaba realmente así por causa de una sinusitis crónica causada por el aire seco de la estación.

−¿Qué ocurre? preguntó fastidiado.

−Creo que debe venir a la Torre, gobernador −la voz del secretario pretendiendo ser dramática era en realidad ridícula, en especial cuando sorbía los mocos−. Tenemos un problema.

Apenas diez minutos más tarde, el Honorable Gobernador Cherkas estaba en comunicación directo con Daedalos Munro, capitán de la nave chatarrera Bystryy. El capitán Munro se negaba a hablar con nadie, y sólo había aceptado negociar con Cherkas tras casi una hora de discusión con el jefe de seguridad de la Torre. Su voz sonaba por toda la sala de control:

−¡la pieza es mía! −rezongaba el chatarrero a través de la radio−. ¡La he perseguido durante días, una fortuna en combustible!…

−¿Se puede saber que le pasa? −preguntó el gobernador con cara de no entender nada.

¡No la entregaré! …¡ya tiene mi marca!…

−¡Cierren ese audio! −la paciencia de Cherkas había llegado y superado su límite−. ¡Y que alguien me explique qué pasa y por qué me han hecho venir!

−El capitán Munro ha pasado casi cuatro meses en el espacio transcolonial, gobernador −era su secretario quien hablaba−. No hay mucho movimiento en la zona desde que se instalaron las gabarras auto-pilotadas, y le recolección de chatarra ha bajado mucho: de hecho llevan ya un tiempo pidiendo que se rebajen las concesiones de diez a seis y…

−Vaya al grano, secretario.

−Sí: pido disculpas −carraspeó Roos−. Pues bien: el capitán encontró una pieza interesante, la marcó y uno de los nuevos RAP, remolcador auto-pilotado, ha salido a su encuentro. Se suponía que tenía que llevar la pieza a la base Bedford, para su desguace… y aquí está el problema.

−El problema lo va a tener usted si no se explica de una vez…

−El RAP se niega a remolcar la pieza, gobernador −dijo el secretario.

−¿Cómo? ¿No hemos quedado que no tiene piloto? ¿Quién está más cerca del pecio?

−El teniente Taverna ha salido está mañana con un viper modificado. Hemos eliminado el armamento para darle un pequeño nicho de estasis y poder aumentar la velocidad en un diez por ciento, así que llegará a la pieza en un par de días. El RAP ha notificado que el pecio ha atracado en la dársena de carga y que tienen el control, pero sigue negando el remolque.

−¿Hay algún antecedente sobre casos similares? −preguntó Cherkas.

−Sólo en simulaciones: Los RAP pueden ser servo-asistidos desde la colonia, pero como es obvio no se hace −sorbió los mocos de nuevo−, Al parecer ningún equipo auto-pilotado puede remolcar piezas en cuyo interior haya seres humanos.

−¿Entonces? −reaccionó el gobernador con renovado interés−. ¿La pieza está tripulada? Eso la descalificaría como chatarra, supongo.

−Por eso protesta el capitán Munro. Insiste es que es un fallo de lectura del RAP y que sólo se trata de chatarra…

−¿Lo es?

−Los auto diagnósticos de la unidad coinciden con los que hemos ordenado de forma remota: nada falla en el remolque. El sistema insiste en que hay control inteligente a bordo, orgánico, pero ni el tradar ni el lector de bioseñales detectan una simple rata. Además hay otro problema…

−Dispare, Tormod: llevo un día de perros −ironizó Cherkas.

−La pieza… el diseño y la tecnología… En fin… −tragó saliva el secretario−. Ese pecio parece tener unos siete mil años.

El Honorable Gobernador Cherkas miró a su secretario, quien se limitó a desviar la mirada y sorber los mocos con tanta fuerza que escapó un sonido como de trompetilla.

¡Meec!

−Espero que sea una broma…

−Lo siento, gobernador… ¡meec!… Lo estamos comprobando por cuarta vez, pero ¡meec!, no hay error posible, ¡meec,meec!...

Ya en su despacho, el gobernador introdujo una serie de claves en su consola. El procedimiento que había invocado eliminaba todo salto en la comunicación a través de repetidores y conectaba su terminal con un servidor oficial googlespace que orbitaba en el cinturón de Clark. El sistema se tomó su tiempo antes de confirmarle que la conexión era segura. Un menú se desplegó ante sus ojos y le preguntó sobre la búsqueda. Introdujo una sola palabra:

«Niflheim»

Tuvo que facilitar una nueva contraseña y un escáner de retina. Sabía que su entrada habría hecho saltar las alarmas en varios departamentos en la Tierra. No importaba: contaba con ello y se alegraba de hacer bailar la silla de algún burócrata.          Un nuevo menú le ofreció diferentes apartados de consulta. Eligió «naves auxiliares» y mientras se cargaba la información contempló la fotografía que habían obtenido de las cámaras de aproximación del RAP. Tuviera los años que tuviera, aquella nave había sufrido lo suyo. Los paneles exteriores estaban numerados, aunque en la mayoría de ellos los numerosos impactos de meteoritos habían actuado como granalla y estaban borrados. Sin embargo, el panel número cuatro conservaba aún parte de la pintura original, aunque faltaba más de la mitad de la tapa de metal, al parecer fruto de una explosión interna. También se adivinaban toberas y pequeños motores de hidrazina para maniobras de atraque. En varios lugares se apreciaban las marcas de plasma hechas por el capitán Munro: se había querido asegurar de que nadie le quitara la presa.

La Niflheim tenía una flota completa de naves auxiliares, repartidas entre unidades de reparación, interceptores militares, cargueros pesados y ligeros… Se hacía muy difícil entender cómo la humanidad se había embarcado en aquella aventura: cinco kilómetros de diámetro mayor. Una nave/estado de aspecto ovalado, algo chata en los extremos. Un monstruo de metal lleno de seres humanos, miles de ellos, dispuestos a encontrar nuevos mundos. No se trataba de hallar futuras residencias para la humanidad, sino de extender reservorios de la misma a lo largo, ancho, alto, y cuantas dimensiones existieran, de la misma. Cherkas entro en el apartado de «vehículos de emergencia» y dentro de este «cápsulas de escape». Los ingenieros habían dispuesto diferentes modelos adecuados a la evacuación de cada sección. El puente de mando podía ser eyectado completo ya que fue diseñado para poder operar de forma autónoma. En las áreas habitables se instalaron cápsulas automáticas con capacidad hasta de cincuenta personas. El gobernador creía estar mirando una tecnología alienígena, muy alejada de los planteamientos tecnológicos que mantenían en su sitio a la Colonia Komatsu  por ejemplo, pero válidos, como eran validas la pinturas rupestres frente a  la obra de artistas digitales milenios después.

El gobernador pasaba las páginas distraído hasta que lo vio:

«E.A.M.M.E.S.

«Módulo automático de evacuación con soporte médico de emergencia» también conocido como Spasatel’ (salvavidas) por los ingenieros de los reactores nucleares de la Niflheim.

Capacidad: Dos personas.

Propulsión y fuente de energía: Mini reactor de fusión Fermi-Standford.

APU: Baterías estándar.

Control auxiliar de Maniobras: Seis pentatoberas de hidrazina.

Sistema operativo: I.A. Nivel 1, más I.A. Nivel 2 en auto-cirujano.

Sistema médico de emergencia: Auto-cirujano Siemens-Mitsubichi. Auto-diagnóstico basado en la Enciclopedia Médica Universal (Edit. Mc.Grow-Hill-Normapress, 2 584)»

 

No era idéntico al pecio que tan mal humor estaba causando a Munro, estaba claro que había sufrido varias modificaciones con toda probabilidad para hacerlo más eficiente, pero era inconfundible. Según el despacho original, la Niflheim llevaba unos doscientos cincuenta módulos de aquel modelo. La corazonada del gobernador era correcta. Llevó la mano al intercom. Le respondió la voz nasal de Roos.

− ¿Cuando establecerá contacto por radio el teniente Taverna? −le preguntó.

−Está ya desacelerando… Supongo que en unas ocho horas lo sacaremos de estasis −respondió el secretario−. ¿Quiere que le avise cuando esté disponible?

−Por favor: sea a la hora que sea.

Le tomó la palabra: a las seis de la mañana, hora estándar, el comunicador instalado en la cabecera de la cama sonó sacando a Cherkas de sus escasas horas de sueño. Taverna estaba en línea y Roos preguntaba si quería que le pasara la comunicación a su cabina. Denegó la conexión. Se lavó la cara para despejarse y se puso un mono: no tenía tiempo ni ganas de vestirse de modo formal. A los veinte minutos estaba de nuevo en la Torre, saludando al joven teniente Zosimus Taverna.

−Aún no he intentado comunicarme con el piloto del Spasatel −dijo Taverna tras los preceptivos saludos iniciales−. He pensado que… que si viene de tan lejos como parece no soy la persona adecuada para darle la bienvenida…

−Buen criterio −dijo Cherkas tras aguardar al pitido del auto-over−. Usted llegará lejos −alabó−. ¡Lippencott! −se dirigió ahora a un joven alférez al cargo de las comunicaciones de la torre de control−. ¿Podemos establecer contacto con el Spasatel utilizando el viper de Taverna como repetidor?

−Sin problemas, gobernador. Tendremos…eeeh… un segundo y tres décimas de retraso: apenas apreciable…

−Hágalo ahora. Utilice un saludo estándar.

El joven suboficial había trabajado durante horas, para ajustar los nuevos formatos de comunicaciones a los criterios de hacía casi siete mil años. Todo el equipo de la Torre había pasado las horas previas reunido hasta establecer los protocolos actualizados a lo que la Spasatel podría comprender. Se habían suprimido todos los permisos y se había apremiado a los servicios médicos sobre previsible la llegada de organismos de setenta siglos de antigüedad.

Pasaron unos segundos. Lippencott invitó al gobernador a iniciar la conversación.

−Módulo E.A.M.M.E.S. procedente de la nave estelar Niflheim… Le habla el gobernador Fawaz Cherkas, el mando de la estación minera Komatsu… ¿Me recibe?

Al instante una voz masculina y potente llenó la sala de control de la Torre.

−Saludos, gobernador Cherkas. Es un placer poder hablar con otros seres humanos después de tanto tiempo. Le habla el ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, al mando del módulo Spasatel número 112.

El secretario Roos tecleaba con ferocidad en una terminal buscando una identificación positiva del piloto mientras el gobernador le apremiaba con la mirada. Por fin levantó el pulgar dando su conformidad.

−Hemos establecido que un ingeniero llamado Iván Virgil Lewitt viajaba en la Niflheim en el momento de abandonar el sistema solar. El protocolo exige que intercambiemos un fichero encriptado para que ambas partes estemos seguras de que somos quien decimos ser. ¿Está preparado?

−Les envío mi fichero y quedo a la espera del suyo.

−Mientras se produce el intercambio, tengo que hacerle una pregunta, ingeniero Lewitt: ¿es usted consciente de la duración de su viaje y de la fecha actual? −Cherkas miró al altavoz de respuesta con aprensión.

−Según mis cálculos −sonó la voz de Lewitt−. Dentro de un año, siete meses, diez días y unas cuantas horas, cumpliré los siete mil doscientos años de viaje. ¿Es correcto?

−Identificación positiva del Ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, gobernador −interrumpió Lippencott.

−Bienvenido a casa, hijo −dijo Cherkas ignorando al alférez −. No espere que le paguemos los atrasos…

 

Varios días después de aquel contacto con la Spasatel el despacho del gobernador era una locura. Periodistas de los tres mundos solares habían recibido la filtración de la noticia y todos querían la exclusiva. Varias universidades buscaban a su vez ser las primeras en visitar el módulo, un par de escritores pretendían ser los biógrafos oficiales de Lewitt, e incluso varias integrantes de un club de solteras preguntaron si aún estaba disponible. Cherkas desviaba todo eso a los comunicados oficiales mientras en la estación Komatsu todo el mundo se dirigía a la dársena de cortesía para ver la histórica llegada y atraque del módulo de escape. El gobernador estaba enfadado. Nadie se había preocupado del ingeniero que pilotaba aquella nave. ¿Quién era Iván Virgil Lewitt? ¿Por qué abandono la nave nodriza? ¿Fue expulsado? Tal vez era culpable de crímenes inconfesables y el gobierno de la nave/estado Niflheim lo condenó a vagar por el espacio hasta la muerte… En cualquier caso, todo aquello habría ocurrido hacía más de siete mil años. ¿Estaría redimida la pena? ¿Habría prescrito el delito? ¡Bonito problema para los doctores en derecho!

Una luz se iluminó en su intercom.

−¿Gobernador? −era la voz del alférez Lippencott−. Spasatel pide comunicación con usted.

−Adelante −respondió escueto, mientras miraba su reloj de pulsera: eran las seis y media de la mañana.

−Buenos días gobernador Cherkas −la voz de Lewitt llenó la estancia con su tono grave−. Confío en que no sea demasiado temprano…

−Tranquilo, hijo: siempre estoy para usted. ¿Todo bien?

−Nada que reseñar, gobernador, pero creo que tenemos que hablar sobre algunas cosas antes de que atraque.

−Por supuesto, ingeniero. Entiendo su inquietud. No todos los días se regresa de un viaje de siete mil años…Permítame que pida un café antes de continuar −dijo levantándose de la mesa y asomándose a la puerta−. ¿De qué se trata? −preguntó tras pedir la infusión a Roos con una seña−. No tenemos una banda de música, salvo al pesado de Kubota con su violín: le aseguro que si le recibe él, le entrarán ganas de volver al espacio unos cuantos siglos más. Su interpretación de Yervinyan es lo más parecido a torturar un gato que he escuchado jamás…

−Bien… −la pausada voz de Lewitt pareció dudar por primera vez−: de eso quería hablarle. No abandonaré la Spasatel, gobernador.

El secretario Roos entró en el despacho y depositó en una mesita auxiliar una cafetera junto a un sobre de azúcar y otro de leche en polvo.

−Explíquese −pidió Cherkas una vez abandonó la estancia−. ¿Qué teme? ¿No se fía de nosotros?

−No se trata de eso, gobernador: no he dicho que no quiera abandonar la nave. He dicho que no puedo hacerlo.

−¿Por qué?

−Porque… Yo, Iván Virgil Lewitt, soy la nave.

Aquella confesión podría haber derrumbado a un hombre que no fuera Fawaz Cherkas, sin embargo estaba preparado para ello: de hecho, lo había sospechado al revisar las bitácoras de la Niflheim que se habían remitido a la tierra durante casi ochocientos años, antes de que la enorme distancia y la pérdida de interés sumiera en la bruma de la leyenda aquel proyecto. Los experimentos de estasis prolongada habían fracasado, si no, la propia Niflheim hubiera carecido de sentido. Nadie podía sobrevivir siete mil años encerrado en una lata.

−Así pues, hijo −no podía dejar de ver a Lewitt como una persona−, usted es en realidad la Inteligencia artificial del E.A.M.M.E.S. −dijo algo desilusionado.

−No, gobernador. Yo soy Iván Virgil Lewitt, ya se lo he dicho, y no soy una inteligencia artificial. Si se tratara de eso no habría problema alguno, pero soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir.

Cherkas sintió una profunda compasión por aquel hombre. Cierto que había alcanzado un cierto estado de eternidad, pero ¿para qué? ¿De qué sirve vivir eones si tus días están vacíos? Lewitt siguió hablando.

−Tuvimos problemas en la Niflheim. No es posible encerrar a miles de hombres y mujeres y confiar en que mantengan la disciplina durante siglos. Con razón o sin ella surgen divergencias, voces discrepantes e incluso religiones, aun cuando el espacio vacío sólo evidencia que no hay nada ahí afuera en qué creer.

»Yo estaba al cargo del reactor de fusión del Sector dos, una zona de dormitorios, hidroponía y granja. Antes de que se llame a error, «granja» era cómo llamábamos a los enormes reservorios de embriones, preparados para ir habitando los mundos que esperábamos encontrar en nuestro viaje. Así pues, la Granja 2 se alimentaba del reactor que yo atendía. Nos encontramos una nube de materia desconocida, algo similar a la arena, que se comió el veinte por ciento de la integridad estructural de la nave, pero eso no fue lo peor. Lo grave fue el desencanto de no ver las estrellas durante los noventa años que tardamos en atravesar aquello. Dos generaciones nacieron y murieron sin poder abrir una portilla y mirar al exterior. La desidia se hizo dueña de todos y cada uno de nosotros. Mi reactor comenzó a fallar, una avería simple en el circuito de refrigeración, pero el ingeniero a quien le pedí que reparara el problema, simplemente lo ignoró. Se quedó durmiendo en su cabina mientras las alarmas advertían de una evacuación inmediata. Quise arrojar el núcleo al espacio, pero el cierre automático de las esclusas me impidió llegar, En lugar de ello me dirigieron a la Spasatel más cercana. Llegué por los pelos. Cuando salí expulsado ya había absorbido una cantidad mortal de radiación. La cápsula del módulo E.A.M.M.E.S. me introdujo en el auto cirujano cuando ya había perdido el conocimiento. −Lewitt hizo una pausa−. Quiero hacer un alto en la narración, gobernador. Es importante aclarar una cosa.

−Adelante, hijo: tómese el tiempo que necesite.

−Quiero que quede claro que no culpo a la I.A. por lo que hizo. Aunque siete mil años vacíos pueden parecer una condena, me salvó la vida. Esa era su misión, y estoy agradecido por ello.

−Así lo haré constar cuando se me consulte: pierda cuidado −concedió el gobernador.

−Se lo agradezco, gobernador Cherkas. A partir de ahora, mis recuerdos son difusos. No sé si me pertenecen o si los he compartido tantos años con la I.A. de la nave que lo he asumido como propios, sin embargo, tengo una razonable convicción de que lo que voy a contarle es la realidad.

»Las quemaduras por radiación eran considerables, especialmente en manos y piernas. El auto-cirujano tenía que tomar medidas drásticas. Tuvo que decidir por mí, y lo hizo. Amputó las extremidades enfermas que no hacían más que drenar mis escasas energías. Tampoco podía disponer de piel para injertar, no había zonas donantes viables en mi cuerpo. Intentó recuperar cuantos fluidos vitales pudo para rehidratarme, pero mis órganos internos estaban afectados e iban fracasando poco a poco. No puedo imaginarme qué hubiera visto alguien que abriera el tanque medico en ese momento. Supongo que yo era una masa de carne viva que nadie compararía con un ser humano.

−¿Por qué no regresó a la nave nodriza?

−Se había desatado el caos. La humanidad sigue temiendo, al menos seguía entonces, los accidentes nucleares, y teníamos uno muy grave. El auto piloto de la Spasatel pidió autorización para atracar en varios sectores, pero las defensas automáticas detectaban la contaminación y nos rechazaban cada vez con más contundencia. En el último intento fuimos repelidos y el mar de arena nos tragó. El piloto automático navegó entonces a favor de la corriente para minimizar los daños por desgaste en el casco, pero eso nos alejó aún más de la Niflheim que avanzaba a la contra. Las balizas sub-onda eran fagocitadas por la nube, créame: nada podría sobrevivir ahí fuera.

−¿Que ocurrió entonces? −preguntó el gobernador mientras se servía una segunda taza de café.

−Algo maravilloso…: Las dos I.A. del módulo hablaron entre ellas: se pusieron de acuerdo.

»Decidieron sacrificar la base de datos estelares y buena parte del control de navegación para darme una oportunidad. El auto-piloto fijó un rumbo hacia el sistema solar y cedió el resto de su capacidad al auto-cirujano. Él me dotó de ojos, de manos, de oídos… Me dio un nuevo cuerpo, uno único, que nadie había disfrutado hasta entonces. En pocas palabras, me fundí con la nave.

−¡Espere, espere! ¿Quiere decir que hay partes de usted vivas, y que la nave…toda la nave… es una enorme prótesis?

−Lo ha explicado perfectamente, gobernador. Ya se lo había dicho. Soy Iván Virgil Lewitt y sí: soy una nave espacial.

El Honorable Gobernador Fawaz Cherkas depositó con cuidado la taza de nuevo en su plato. Ni había probado el segundo café. Pensó en la cara que pondría Magnus Kubota cuando se enterara de aquello. Habían acordado en una reunión de emergencia dar el estatus de ciudadano a Lewitt en cuanto atracara en la estación. Conocía a Kubota, ultranacionalista-fanático-religioso que no daría más importancia a Lewit que a su tostadora de pan. Para él, la Spasatel no tendía más relevancia que pasar a ser la mascota oficial de la colonia, una atracción circense, como antaño los delfines visitaban los puertos y la gente les ponía nombre.

−Tengo que preguntarle algo, hijo −se odiaba por violar la intimidad de aquel… lo que fuera, pero no le quedaba más remedio.

−Pregunte lo que sea, gobernador −respondió la voz−, aunque creo que sé qué quiere saber. Necesita que le diga cuánto queda de mí, quiero decir de mi ser orgánico, en la nave ¿correcto?

−Lo siento, hijo…

−No se preocupe. El módulo carecía de herramientas para fabricar prótesis reales. No podía dotarme de brazos robóticos, o de ojos artificiales. En pocas palabras, no podía darme una apariencia más o menos humana.

»Lo hablamos. Me consultó qué quería hacer, y me ofreció su propio sistema sensorial. Acepte. Sin embargo, mantener con vida ese montón de masa orgánica era un gasto energético apasionante. ¿Se imagina? Producir oxígeno, mantener una temperatura viable, cosechar hidrocarburos…  Un día consulté a la I.A. cuánto de mí sería necesario para seguir siendo yo. Se sorprendería lo poco que hace falta. Me costó convencer al programa médico que lo que pedía era coherente con el primun non nocere. Se trataba de salvar mi vida en las mejores condiciones. Hicieron falta meses y un par de crisis con el soporte vital para que me diera el visto bueno. Aun así, me puso condiciones. Creó un banco de tejido y congeló células madre suficientes para reparar y reconstruir todo mi cuerpo en el futuro, cuando las condiciones lo permitieran.

−No está respondiendo a mi pregunta, Iván…

−Prefiero Virgil, gobernador −respondió la voz−: Iván sólo lo usaba mi padre cuando estaba enfadado conmigo. Sí: tiene razón, estoy divagando. No es una cantidad exacta, pero una buena aproximación es… medio centímetro cúbico.

 

Y allí estaban ahora, escuchando los gritos de un Magnus Kubota a punto del derrame cerebral, defendiendo a capa y espada que Spasatel era una máquina pura y dura a la que no asistía ningún derecho. Otros delegados se mostraron más flexibles, e incluso llegaron a mostrar cierto grado de empatía con Lewitt, sin embargo Kubota era inflexible, y su influencia en el consejo podía eclipsar el buen juicio del gobernador Cherkas.

−¡Unos gramos de masa cerebral no son una persona! −gritaba lanzando salivazos−, ¡Este consejo no puede permitirse el lujo de sentar precedentes de ese tipo! ¿Qué diferencia hay entre diez gramos y uno? ¿Y cuánta entre uno y ninguno? ¡Somos una colonia espacial! Dependemos de las máquinas, y si aceptamos los derechos de una tendremos que aceptar los derechos de todas.

−¿Ha hablado con Virgil, delegado Kubota? −preguntó el gobernador en un ejercicio de serenidad.

−¡Por supuesto! Y le he expresado que no se trata de nada personal y…

−¿Por qué? −interrumpió Cherkas−. ¿Por qué le ha dicho eso? ¿Le da explicaciones a su lavadora o a su máquina de afeitar?

−¡No intente confundirme, gobernador! ¡Sabe que tengo razón!

La tenía: al menos en lo de sentar precedentes, pero no conseguía entender que se trataba de una circunstancia singular, irrepetible con toda probabilidad.

La delegada Naenie Stratos, una de las pocas mujeres del equipo de gobierno. golpeó su taza de té con una cucharilla.

−Permítame enseñarle algo, Magnus −era el único miembro del consejo que llamaba a Kubota y al resto de los presentes por su nombre−. Este −puso algo sobre la mesa−, es el espejo de mi abuela. Me lo dio cuando cumplí once años, exactamente el día que… ¡bueno!… cosas de viejas.

»Verá, Magnus. Yo siempre he sido muy torpe, así que no tardé en dejarlo caer, con tan mala suerte que se rompió el cristal. No quería que mi abuela se disgustara, así que gasté mis pocos ahorros en poner un espejo nuevo. Quedó perfecto. Mi abuela nunca supo que lo había cambiado. Muchos años después −continuó la delegada Stratos− rompí el mango. Por fortuna ya era una mujer adulta y bien situada, porque es de marfil, ¿saben? Me costó una pequeña fortuna encontrar un importador de marfil fósil y un artesano que reprodujera con fidelidad la forma y detalle del original, pero mi abuela lo merecía.

−¿A dónde quiere ir a parar, delegada? −interrumpió Kubota sin disimular su enfado.

−A que no queda nada de lo que me dio mi abuela, sin embargo, este −señaló a la mesa− y no otro es y será siempre el espejo de mi abuela, el que ella me regaló.

Se hizo un silencio reflexivo en la sala del consejo. Durante unos minutos nadie dijo una palabra. La delegada Stratos había disparado a la diana, a los corazones, con precisión milimétrica. Por un instante pareció que Kubota iba a ceder, pero era un hombre de estado. Equivocado o no, estaba convencido que abrir la puerta a la ciudadanía de las máquinas era el peor error que podían cometer.

−Si me permiten −Cherkas tomó la palabra−, creo que estamos enfocando mal el asunto. El debate no está en si dotamos a las máquinas de derechos civiles, en eso yo mismo estaría de acuerdo con el delegado Kubota. Lo que tenemos que decidir es si Ivan Virgil Lewitt es «Virgil» o es «Spasatel»

−¿Recuerda usted qué le dijo, gobernador? −intervino la delegada de nuevo−. He repasado una y otra vez las grabaciones que nos ha suministrado:

«…soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir». ¿Son esas las palabras de una máquina? −concluyó Stratos.

Kubota iba a replicar cuando las luces se apagaron. Un momento después se conectaron las luces de emergencia mientras una alarma saltaba en toda la estación. Todos notaron una pequeña nausea, señal de que había problemas con la gravedad artificial. Los altavoces comenzaron a escupir recomendaciones y llamadas. El gobernador se dirigió a la Torre, mientras todo el personal era redirigido a las cápsulas de escape.

En la sala de control de la Torre las órdenes entraban y salían a velocidad de vértigo. Lippencott señaló una consola a Cherkas sin molestarse en saludar. Pidió que se pusiera toda la información en aquel puesto a disposición del gobernador. Cherkas sintió un ligero mareo, lo que indicaba que la estación estaba girando. No era una rotación importante, pero significaba que algo iba mal, muy mal.

−¡Alférez! −rugió a Lippencott−. ¡Quiero un resumen inmediatamente!

−Nos están entrando más datos ahora mismo, gobernador, pero tenemos un problema serio. La estación está ahora mismo en modo autónomo.

»Hace veinte minutos una auto-gabarra ha tenido un fallo instrumental, se ha separado del convoy y todas las que iban tras ella la han seguido, en total unas cincuenta auto-gabarras cargadas con doscientas toneladas de mineral cada una de ellas. Han impactado directamente con un asteroide metálico que estaba siendo transportado para ser procesado en la estación Benford.

−¿Bajas?

−Ninguna, gobernador: todas las acciones era automáticas y sin piloto.

−Estupendo −se relajó−. ¿Cuál es la situación ahora?

−El asteroide viene hacia nosotros −dijo Lippencott con tono fúnebre−. Estamos a veinte minutos del impacto.

−Evacuación inmediata −ordenó Cherkas sin pestañear−. ¿Qué opciones tenemos?

−Ninguna, gobernador. Nuestras defensas están basadas en la detección temprana. No podemos desviar ese objeto.

−¿Destruirlo?

−Tampoco. Haría falta una detonación nuclear: hace tiempo que abandonamos esa tecnología. No tenemos un reactor con el que improvisar una bomba… Somos mineros –dijo con pesar.

−Se equivoca: tenemos uno, pero no es nuestro −dijo el gobernador−. Póngame con la Spasatel, ahora.

En línea −contestó una voz anónima.

−Hijo… −el gobernador no sabía cómo empezar− Virgil… Necesitamos su ayuda.

−Estoy al corriente de todo, gobernador. ¿Qué puedo hacer?

−No es fácil, Virgil… Pero todo está en sus manos…

−¿Quiere que use mi reactor para destruir el asteroide?

−Hijo…

−Está bien −La respuesta de Lewitt fue contundente como un martillazo−. No hay problema gobernador. ¿Sabe?… tal vez he vivido siete mil años sólo para este momento.

−Virgil… −el gobernador no estaba seguro de que Lewitt estuviera teniendo en cuenta todo−. No hay tiempo para sacarle de ahí. Hemos perdido el tiempo discutiendo si usted es humano o no, y ninguno nos hemos preocupado por usted… Lo siento, hijo… Hemos sido unos egoístas…

−Creo que no podía haber encontrado a nadie mejor que usted en mi regreso, gobernador. Lamento que no vayamos a tener tiempo para mantener esas largas conversaciones con las que tanto he soñado… Comienzo a descargar datos en su sistema. Sería una pena que todo lo que he visto en siete milenios se perdiera…

−Muchas gracias, Virgil…

−No esté triste, gobernador. No pude salvar a todas aquellas personas en la Niflheim. Esto hará que me sienta útil.

La Spasatel desatracó sin pedir permiso. Era una especie de bailarina, nacida para vivir en el espacio sin las limitaciones de los seres humanos. No era un hombre en un traje espacial, sino una criatura gestada entre las galaxias, la única de su raza.

La puerta de la Torre se abrió y entraron varios delegados, con Kubota a la cabeza. Miró al gobernador y le pidió con un gesto permiso para hablar con el módulo. Cherkas se lo concedió.

−¿Nos escucha, muchacho? −preguntó Kubota con un nudo en la garganta.

−Alto y claro, delegado, pero deberían estar ustedes embarcando en un módulo de escape.

−Sólo es un instante, Hijo. Queremos que sepa que rezaremos por usted, al menos algunos de nosotros, y que nunca dejaremos que esto se olvide. Muchas gracias… Virgil −una lágrima se negó a caer de los ojos de Magnus Kubota−, Ciudadano Ivan Virgil Lewitt…

La Spasatel viró con elegancia hacía el objeto que iba creciendo en las pantallas de la estación…

−Muchas gracias a ustedes, delegados…

−¿Por qué, hijo? −pregunto la delegada Stratos.

−Gracias… por concederme un segundo de humanidad.

 

 

 

 

 

Written by aitztv

24 mayo, 2016 at 14:13