Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

“La catenaria”

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Hay relatos que sufren más de lo debido. Casi siempre, o siempre, la culpa es del autor, que espera de él algo para lo que no fue escrito. Deambulan como apátridas de certamen en certamen, de concurso en concurso, castigados de forma injusta por un crimen que no han cometido. Esta es una de esas historias. Nunca supe dónde la debía situar. Creo que ya es hora de liberarla.


electrificacionCuando las luces del vagón parpadearon con insistencia, Mario se dio cuenta de que la mañana empezaba mal para él. se había demorado más de lo normal en su ritual matutino de ducha y café y no había alcanzado el Metro a la hora de siempre. Estaba acostumbrado a ver las mismas caras a las mismas horas y tenía la impresión de ser observado con hostilidad por los demás viajeros, como si fuera una hormiga en hormiguero ajeno. Si de algo se sentía orgulloso era precisamente de su orden. siempre a la hora, siempre impecable: era un hombre sin sorpresas. Había pretendido llevar su vida como si se tratara de una producción en cadena, siempre intentando ser eficiente, calculando sus movimientos para no dar un paso de más. Fracasó en muchas cosas: negocios, matrimonio, familia… Siempre pensó que la culpa no podía ser suya: él siempre cumplía con sus compromisos.

La megafonía el tren se abrió con un soplido. una voz femenina comenzó a recitar la información con evidente desgana:

«Atención señores viajeros. Por causa de la caída de una catenaria nos vemos obligados a detenernos durante los próximos veinte minutos. Rogamos no intenten abandonar el coche por sus propios medios. Lamentamos la molestias: Buenos días».

El mensaje terminó con otro par de soplidos. el vagón estuvo sumido unos instantes en un silencio pesado antes de dar paso a expresiones de desagrado y a más de un exabrupto. De inmediato hubo en cada mano un teléfono móvil y cada uno de los viajeros comenzó a repetir o a teclear la historia a su manera. Algunos la retorcieron a su conveniencia, otros llamaban a la consulta del médico para explicar la causa del retraso e incluso un par de escolares comenzaron a especular con la posibilidad de librarse esa mañana de la hora de matemáticas. Mario se limitó a mirar su reloj de pulsera y maldecir su mala suerte. Soltó un bufido mientras intentaba acomodar su agenda al nuevo horario.

−Perdona ¿No nos conocemos?, −escuchó una voz a su lado–. Si no me equivoco estudiamos juntos, durante la secundaria…

Mario se giró para ver quién le hablaba y se encontró con una cara familiar. necesitó unos segundos para que su cerebro pusiera nombre a aquel rostro, pero no tardó demasiado en conseguirlo.

−¿Lucía? ¿Eres tú? ¡Dios mío! ¿Cuánto tiempo ha pasado? –dijo contento de ver a la mujer− ¡Uf!, ¡Más de veinticinco años! –se quitó el guante para estrechar su mano–. No te puedes imaginar la ilusión que me hace verte.

Ella se quitó a su vez una manopla de vivos colores y le tendió una delicada mano de piel aterciopelada. Casi sin querer el brillo de una alianza llamó la atención de Mario. Ciertamente ella estaba muy guapa, incluso le parecía más atractiva que cuando eran unos adolescentes. Entonces no recordaba haber sentido por ella una atracción especial, pese a que por aquella época todos chicos de su edad se enamoraban de todo aquello que tuviera pulso.

Habían compartido instituto desde los catorce hasta los dieciocho años. los nombres comenzaron a volver a la cabeza de Mario como salen a la superficie los restos de un naufragio: Antón, Oscar, Adrián, Luis  y él mismo conformaban el bando de los chicos, mientras que las chicas eran Sofía, Raquel, Celia, una tal Victoria que iba y venía del grupo y, por supuesto, la propia Lucía. En ocasiones eran más, pero no recordaba el grupo si no recordaba primero todos estos nombres.

−Me sorprende que me hayas recordado con tanta facilidad –dijo ella con una sonrisa−, déjame que lo intente yo –añadió mientras ponía un mohín encantador−. Tú eres… Adrián ¿A que sí?

Mario se sintió decepcionado. No era extraño que a él y a Adrián los confundieran,realmente tenían una constitución muy parecida e incluso se daban un aire el uno al otro. En más de una ocasión les tomaron por hermanos: solían bromear con quién era el mayor de los dos.  Sin embargo, esta vez sí que le molestó la confusión. tal vez fuera porque Lucía estaba realmente radiante. Llevaba la melena suelta en cascada sobre el cuello de un abrigo de espiguilla y un traje sastre con una falda ajustada. No la recordaba así. para él nunca destacó por su belleza, pero los años, o vete tú a saber qué, habían hecho de aquella chica «del montón» una mujer madura y muy atractiva. Sin embargo, que no recordara su nombre le había molestado, así que ¿por qué no continuar la conversación como si él fuera realmente Adrián? La idea le produjo un cosquilleo morboso en el interior. Engañar a Lucía de esa forma estúpida se le antojaba parecido a revolver en el cajón de su ropa interior, una especie relación sexual no consentida pero de baja intensidad. Que lo hubiera pensado mejor, dijo en su fuero interno.

−Tienes una fantástica memoria –dijo sintiéndose un hipócrita–. Menos mal que no me has equivocado con Mario: Por cierto. ¿Sabes algo de él y de los demás? ¡Hace siglos que no veo a nadie!

−No te puedo contar mucho: Oscar y Sofía estuvieron saliendo un par de años y Celia y Raquel… Bueno… –puso una sonrisa pícara− Viven Juntas, ya me entiendes…

−¿Y dices que no me puedes contar mucho? –dijo Mario con estudiada exageración− ¡Eres una enciclopedia! –rio−. Yo sí que no puedo contarte nada.

Mario Iba a continuar sus disculpas, pero se dio cuenta de que si hablaba podía descubrir su pequeña mentira. Tendría que estar atento a no equivocarse. No sabía hasta dónde conocía ella realmente a Adrián, aunque el hecho de haberlos confundido no indicaba mucho contacto en los últimos años.

−No recuerdo apenas nada de entonces –mintió de nuevo−. ¿Qué me cuentas de los chicos?

−De Antón no sé nada: ni si vive, ni si está aquí, ni si terminó la carrera. De Luis puedo decirte que dejó de estudiar porque falleció su padre y él se hizo cargo de la tienda familiar. A partir de ahí le perdí la pista. Creo que se casó, pero no recuerdo quién me lo contó, no me hagas mucho caso en eso.

−¿Y qué hay de ti? –preguntó Mario−. Te veo estupenda. ¿Has hecho un trato con el Diablo? –preguntó galante.

−¡Qué más quisiera! –contestó ella halagada−. No, no hay secretos. Vivo muy tranquila. Terminé la carrera y me fui fuera un par de años. Bueno: ¡Iban ser un par de años! Pero ya sabes… La juventud. Conocí a un hombre algo mayor y me enamoré de él como una tonta. Nos casamos y…−su cara se oscureció−. Lo perdí el año pasado. Habíamos puesto juntos una Asesoría: ahora la llevo yo.

−Lo lamento mucho –dijo Mario conmovido. Durante unos instantes se sintió más culpable aún de tomar el pelo a Lucía. Ahora sabía que ella era muy vulnerable y no quería hacerle daño, pero no podía volverse atrás. Deseó que el tren recobrara la electricidad pronto para salir del embrollo−. ¿Qué tal lo llevas?

−¡Oh, no te preocupes! Estoy bien. A veces los recuerdos me hacen alguna jugada, pero yo suelo decir que los recuerdos son para soñar, no para vivir. No quiero sentirme especial, eso únicamente aumentaría la pena y los remordimientos.

Los ojos de Lucía habían comenzado a brillar. Mario sacó un pañuelo y se lo ofreció con delicadeza. Su esposa había fallecido también un par de años antes, pero para entonces ya estaban separados. Nunca supo medir bien las necesidades de su mujer durante el matrimonio: no supo leer las señales. Día a día iba perdiendo encanto ante sus ojos hasta que llegó un momento en que no quedó nada en él a lo que ella pudiera querer. Su vida era una vela encendida por los dos lados. Ardía veloz sin percatarse de que lo que realmente se consumía era él. Cuando ella le dijo un día que había tocado fondo él se derrumbó. Fue como si un corredor se encontrara de pronto con un cristal invisible en su camino. Se deshizo en mil partes irreconciliables que se desperdigaron en un espacio infinito. Tuvo que volver a construir una nueva soledad:una propia. No había sido capaz de querer a nadie desde entonces. Cuando recibió la noticia de su muerte no se sintió libre. Se volvió densamente pesado, inercial. Se movió mucho tiempo como un cadáver incorrupto viéndose a sí mismo como un homenaje al sufrimiento, como una piedra de río que es incapaz de rodar.

−De verdad que lo siento –repitió−. No te voy a incomodar soltando tópicos sobre la vida y la muerte. Tienes razón. Los recuerdos son para soñar: no para vivir.

−¡Vaya! –dijo ella de repente− Me acabas de recordar a Mario… Él hubiera dicho algo así.

Antes de que en Mario saltaran todas las alarmas, sonó en el vagón una especie de golpe seco y todas las luces se apagaron a la vez. Hubo un momento de total oscuridad mientras la iluminación de emergencia comenzaba a bañar de un color amarillento el interior del coche. se escucharon algunos gritos de angustia mientras por megafonía la misma voz desganada de antes explicaba que era un paso normal y que nadie perdiera los nervios. La mano de ella buscó en los instantes de oscuridad un asidero y lo encontró en la mano de Mario. durante una corta eternidad sus cuerpos buscaron abrigo uno en otro y sus alientos se confundieron.

−Tranquila, no pasa nada –explicó−. Tienen que desconectar la red dañada para sustituirla por la nueva –ella intentó retirar su mano pero él la retuvo suavemente, aunque con firmeza−. Créeme: soy ingeniero −dijo en un susurro.

−¡Pero si hiciste el bachiller por letras! −recordó ella.

−¡Estaba bromeando! –dijo Mario agradecido de que la oscuridad cubriera su rubor−. Intentaba tranquilizarte un poco –añadió, llamándose idiota por el desliz−. Hablando de ingenieros. ¿No sabes nada de Mario?

−Lo cierto es que no. No he sabido de él como no he sabido de ti. Os perdí de vista y si no hubiera sido por esta avería en el tren no sabría nada de ninguno de los dos: hasta en eso os parecéis.

−La verdad es que siempre nos confundían, pero no nos parecíamos tanto, creo yo. Supongo que el hecho de estar siempre juntos acentuaba la confusión.

−En realidad siempre pensé que Mario era un idiota –dijo ella de sopetón−. Siempre sabiéndolo todo y corrigiendo a los demás. Creo que carecía totalmente de empatía.

Mario soltó su mano de inmediato. el viento gélido de las palabras que ella acababa de pronunciar había derrumbado hasta los cimientos su frágil castillo de naipes.

−Hombre…Lucía…−tartamudeó−. Me parece una afirmación un poco dura. Tal vez Mario no fuera muy sociable, pero tampoco un insensible…

−¡Siempre con sus agendas! con sus puntualidades, con su orden inalterable –continuó ella hablando−. Nunca dejaba lugar a la diversión completa, a la improvisación… Incluso tú, que eras su mejor amigo decías que muchas veces no le soportabas. Recuerda que tú le bautizaste «El Tieso». ¡Tú le pusiste el mote! Si te soy sincera no es precisamente a quien más he echado de menos y eso que por aquel entonces, pese a todo, me gustaba muchísimo, pero él nada más tenía ojos para Sofía y está a su vez no le hacía ni caso porque sólo miraba a Oscar.

−¡Caramba! ¡Qué revelación! – dijo sorprendido.

−Siempre he elegido mal a los hombres, y por entonces me fijaba en los más raritos. Me gustaba de él lo culto que era, pero siempre que tenía oportunidad, te lo restregaba por la cara. Si no le dabas la razón era inflexible contigo hasta que terminabas cediendo. Siempre hablando de sus cosas, de sus intereses, de tanto como él sabía… ¿Recuerdas cómo a veces le dábamos esquinazo para no verle? –dejó escapar una risa cómplice− Yo creo que nunca se enteró de lo mal que nos caía a veces…

−De eso estoy seguro… Nunca lo supo.

En ese instante las luces se encendieron y el tren se puso en marcha. Lucía continuaba hablando pero él ya no la escuchaba. Su voz era un eco lejano. Aquella etapa que Mario siempre consideró la mejor de su vida no había existido. Fue actor involuntario de una farsa, de una obra de carpintería social en la que sólo le habían soportado por caridad. Siempre había sido un vacío en la vida de sus amigos. Perder esa mañana el tiempo eligiendo una camisa, llegar tarde a la estación, tomar un tren que no era el habitual, una avería inoportuna… Todo conducía a una revelación dolorosa y precisa. Nadie le había querido nunca.

−¡Bueno! –dijo ella−, estoy llegando a mi estación. Si me das un número de teléfono podemos quedar algún día a tomar un café.

−Imposible, Lucía. Trabajo en el extranjero. Sólo he venido a renovar la documentación –mintió con descaro– Yo te buscaré en la asesoría cuando vuelva de vez en cuando − tendió la mano de nuevo−. ¡Ha sido un placer!

−Lo he pasado muy bien −dijo ella−. Confío en que no tenga que esperar otros veinticinco años para verte de nuevo. ¡Adiós, Adrián!

Abandonó el coche y con un taconeo rápido enfiló las escaleras mecánicas.

Él se bajó del metro en la siguiente estación. Mientras el tren la abandonaba, las luces de  las ventanillas encendieron claroscuros sobre su cara. Él se sentía más o menos igual. Como si viviera dos vidas simultáneas en las que una era su propia percepción y la otra su oscura realidad. El Mario que entró esa mañana en el tren nunca sería igual que la persona que acababa de abandonarlo. Una parte de su vida se había arrojado a la vía. Comprendió mejor que nunca por qué su esposa le abandonó. supo por qué nunca tuvo amigos de verdad: Por fin entendió por qué siempre estaba solo.

Cuando por fin salió a la luz de la ciudad era un Mario nuevo. No era ni mejor ni peor, tan sólo había dejado de pensar en sí mismo como parte de los recuerdos de otros. Miró su reloj: llegaba tarde.

−¡Qué demonios! –pensó mientras  soltaba su perfecto nudo de corbata−. ¡Aún tengo tiempo de tomar un café!

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Written by aitztv

7 julio, 2016 a 15:36

Publicado en ficcion, Prosa, relato

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