Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Supongo que he dejado pasar demasiado tiempo sin escribir nada. No, no me refiero a escribir relatos o a permanecer transportado a otro universo en una nueva novela: me refiero a escribir como lo hacía antes.

Siempre digo que escribir no es una fiesta. No es siempre divertido. Lo considero un arte duro, casi un deporte de riesgo que muchas veces te deja agujetas en el corazón. Esa es la causa, o al menos eso quiero suponer, de que me acerque a los libros de los amigos con un respeto reverencial, que hace que mis lecturas sean lentas y que me llenen de un percutiente sentimiento de culpabilidad. Se lo que cuesta tener una buena idea, traducirla a palabras y conseguir que alguien se interese lo suficiente como para publicarla, y también se lo que se valora la opinión de un amigo.

El asunto es que todo tiene un  propósito y un momento, y en los tiempos que corren, creo que me he quedado vacío de ambos. Leo las palabras, paso las páginas, y al cabo de un rato debo volver a leerlas porque no me he quedado con nada. Tengo entre manos obras de personas  a las que considero geniales cocineros de palabras. Tengo entre manos libros de mi buen amigo Pedro, de Rosa, de Mari Carmen e incluso mi última posesión, de Alaitz Arruti. Tengo esos libros dedicados, firmados y rubricados (la tinta de los escritores siempre es sangre) y no llego a ellos. Sí: lo he dicho bien: soy yo quien no llega. La razón es muy sencilla: añoro mi trópico.

Antes escribía mis historias de alcohol, vómitos y Mummatas, de escabio y tifones, de mi sirviente imaginario y mis paseos por la Playa de los Esqueletos. Recorría las calas solitarias  mientras buscaba dientes de tiburón y recogía corales y nácar. Antes soñaba. Ahora soy un extraño en mi tierra.

Tengo que decir, con toda honestidad, que si fuera este el momento de decidir, no habría vuelto. Rotundo: no hay grises. Todo es negro. Estaría en Filipinas, donde quiero estar y con quien quiero estar, y si no he regresado allí aún es porque no puedo. Añoro que Manila me golpee con el olor de sus calles, y que el norte me abrace con sus playas de arena de cristal. No: no quiero estar aquí. Me vuelvo huraño y taciturno, y la indefinición me mata, los retrasos me asfixian.

Quiero irme . Pero no me dejan.

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Written by aitztv

24 julio, 2017 a 7:00

Publicado en Sin categoría

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