Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Lawin

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lawin_16101806Son la siete de la mañana. La gente refugiada se despereza mientras recorro los cincuenta metros que separan la entrada principal de la sala de control de producciones. Conozco a casi todas esas personas. Son familiares de los trabajadores que han venido a pasar la noche ante el riego de que el tifón se lleve sus casas de bambú y nipa. Para otros el riesgo es el mar. Dicen, los rumores son más veloces que las noticias, que el nivel ya se ha elevado cinco metros y que es posible un tsunami. Cuando vives a cincuenta metros de la playa no es lo que te gustaría escuchar.

De todos modos este leviatán ha llegado por detrás, y es de agradecer. Las estribaciones de la Sierra Madre a nuestra espalda han atemperado su furia, y nos ha alcanzado con viento y agua, pero no ha podido obligar al mar a abandonar su lecho y lanzarse contra nosotros.

En mi camino oigo llantos. Los niños se despiertan sorprendidos y se asustan al no reconocer sus cunas y habitaciones. Están en un hangar oscuro y poco amistoso. El techo les mira desde más de treinta metros de altura y el viento aún hace sonar con violencia el tejado metálico que, sin embargo, ha soportado incólume la violencia del huracán.

No hay electricidad, ni teléfono, ni tan siquiera agua corriente. El pueblo ha sido desmembrado, descordado por decreto de la naturaleza, y sus venas y nervios cercenados de modo que sus miembros son incapaces de comunicarse entre sí.

Me asomo a la puerta, mejor dicho, al hueco de la puerta ya que esta ha volado por efecto de la presión del aire durante la noche. El mismo destino a sufrido el techo de la habitación donde duermo, que se ha desprendido como una hoja de otoño, con la delicadeza de no caer sobre mí. Luego recogeré los destrozos.

En el exterior, las bananeras están destrozadas, descuartizadas sobre el suelo como los cadáveres de una guerra vegetal. Los cocoteros intentan sobrevivir; se tumban y se levantan al son de ráfagas de viento que han llegado superar los dos dígitos durante muchas horas. Alguien avisa para que me aparte. Veo venir un trozo de techo metálico, retorciéndose en el aire como si fuera una criatura viva, pero no lo es. En realidad se ha convertido en una guillotina libre del suelo. Casi parece que tiene criterio, y me da la impresión de que si salgo vendrá a por mí. Busca carne y no la encuentra, y termina por saciar su rabia contra el tronco de un árbol del que arranca más de la mitad de su diámetro de un único bocado metálico (¿dónde estarán la mariposas?, pienso sin venir a cuento).

El aire: una nada necesaria. Este aire está maldito. Arrastra vida y miseria, y mucha muerte. No va a levantar hojas como en otoño, ni va a dibujar espirales en el espacio con los restos del verano. Este aire es culpable. Ha llegado hasta aquí cercenado vidas, desguazando moradas. Nunca las de los ricos, sino las de los menesterosos. Viene arrastrándose sobre las cimas de los montes a las que deja huérfanas de su piel vegetal para mostrarse obsceno a nuestros ojos.

Decido vengarme. Voy a atravesarlo, me voy a colar en sus entrañas y dividirlo con la única arma de mi cuerpo. Me voy a enfrentar a él y voy a ganar. Me enfundo un traje de agua y pongo mis cuatro cosas en un macuto, y en un arrebato de pesimismo le digo a mi compañero de cuarto que si no vuelvo, todo lo que allí queda es suyo. No sé si me cree, pero su sonrisa torcida muestra la duda, la gran duda, toda la duda.

El impacto es brutal en los primero pasos. El traje de agua gualdrapea en mis oídos como las velas de una embarcación mal gobernada. El aire es cálido, y trae gotas de agua que arranca de los charcos del suelo. Me tambaleo, pero doy un paso, y después otro. Estoy avanzando, penetrando la piel de la bestia que logra sacudirme pero que no consigue tumbarme. Estoy asustado. Pienso en qué ocurrirá si me tira al suelo y me arrastra, pero sigo en pie, y en ese momento, me doy cuenta de que puedo ganar. Fijo mi meta siete kilómetros más adelante. Supongo que se da cuenta, porque arrecia con saña, pero estoy decidido.

Voy tomando confianza. Estoy conociendo su lenguaje. Él tiene la ventaja porque viene de mi espalda, así que si lanza hacia mí algo mortal, no voy a verlo venir. Confío en que después de tantas horas acechándonos, no le queda nada que tirar, pero nunca se sabe.

A la mayoría de las palmeras le falta la mitad de su copa, y las enormes nueces de coco rebotan en el suelo como si fueran pelotas de baloncesto. El suelo está cubierto de ramas que cambian de sitio al capricho del viento. Los campos de arroz y los manglares no se distinguen los unos de los otros, ambos anegados en aguas del color del café de los hospitales. En medio de una terraza veo  un búfalo de agua, imperturbable con su media tonelada de carne. ¡Loco!, leo en su mirada, ignorante del hecho de que él y yo estamos subidos en el mismo barco.

Enfilo una recta resguardada por la ladera de una colina. Allí la gente se ha atrevido a salir a la calle. Han extendido sus cosas, sus vidas, sobre la parte menos húmeda confiando en que se sequen. Así funciona esto. No ha terminado la fiesta de la destrucción, pero ellos ya comienzan a rehacer sus chozas, como las hormigas reparan sus hormigueros una y otra vez, desastre tras desastre. Saben que vendrán más, muchos más, y entonan la canción de su existencia levantado sus moradas como Sísifo arrastraba la roca a la cima de la montaña, sólo para verla caer de nuevo.

Niños, ancianos, jóvenes… Sus enseres sólo parecen cosas y ellos sólo parecen personas, pero no es cierto. Son parte del viento, son hijos de los huracanes que dividen sus existencias y las arbitran mejor que el calendario más exacto. Ese colchón donde engendraron sus hijos, el puchero del que comen con la mano todos ellos, ventiladores que pasan de generación en generación… Una historia en cada cuneta secándose a un sol que no acaba de salir.

Doblo un recodo y es como darme con una pared. El viento entra por el valle fluvial como un cañón. Ruge entre los árboles que aún se mantienen en pie y me hace tambalearme. Intento caminar y no puedo, el aire es como un imán que elige la dirección por mí, e intentar avanzar es una rebeldía fútil. Por un momento siento que me despego del suelo, que voy a volar. Los cierres del traje de agua pugnan por abrirse y uno de ellos cede arrancando el plástico en el que estaba embutido. Noto las piezas metálicas, que me golpean las piernas como si fueran las cabezas de un látigo. Me dejo caer mientras busco la posición que ofrezca menos resistencia al cuerpo. Veo volar algunas ramas sobre mí y, de repente, como comenzó, el aire se calma y el viento, aunque recio, se vuelve tolerable. Aprovecho esa calma relativa para atravesar el resto del valle y refugiarme en el siguiente recodo.  Ahora me toca enfilar una recta bastante complicada. Voy a estar expuesto al mar y al monte  a partes iguales.

La playa es una especie de estercolero. Las aguas que han bajado del monte  han arrastrado  gran cantidad de escombros, restos vegetales y barró, contaminando el agua de un enfermizo color marrón traslúcido. La arena está llena de troncos y de todo aquello que el mar se ha negado a digerir, pero lo más impresiónate es el oleaje.

Las olas no vienen hacia la costa, sino que se mueven de forma perpendicular a ella, de Oeste a Este, como si ignoraran la playa y toda la costa. Aunque desentrenado, mi ojo, antes marinero, me permite calcular que el viento está por encima de los cuarenta nudos, y arranca rizos de espuma sucia a las cimas de las murallas de agua que corren sin acercarse a la orilla. Es espectacular, por no puedo permanecer allí mucho tiempo, El aire trae la arena coralina y se me clava en las piernas.

Estoy solo y me gusta. Este paseo me trae a la cabeza las tribulaciones de un Benjamín Driscoll atado al planeta Tierra. Me siento un explorador de lo imposible, yendo valientemente donde no muchos se atreven aunque sé que no lo hacen porque, en realidad, no merece la pena.

El viento me golpea de nuevo desde la sierra. La carretera esta festoneada de cocoteros y veo que estoy cometiendo un error al alejarme de ellos. La mejor manera de que no te golpeen las ramas desprendidas es precisamente estar bajo ellas. La otra linde del camino te puede convertir en un muñeco de «pim-pam-pun» en cualquier momento.

Algunas casas parecen esqueletos de dinosaurios asomando sus huesos desde las entrañas de la tierra. Sí hubo alguien dentro, el tifón se ha encargado de borrar sus huellas. Nada evidencia que alguien haya vivido allí jamás, aunque me consta que era así. Imagino a esas personas en el gimnasio municipal, en realidad una cancha de baloncesto cubierta, escuchando al viento golpear el tejado metálico tal vez con sus propios muebles. Más niños asustados en una noche eterna.

Apuro la recta hasta alcanzar una zona más tranquila. Allí los vecinos han comenzado a reconstruir su miseria. Me duele pensar en ellos en esos términos, pero es la realidad. Construirán una casa nueva que no diferenciará en nada de las que han sobrevivido al huracán. Nacerá envejecida, con vocación de ruina en su bloque hueco y desnudo, sin recibir una triste mano de pintura, como la hubieran castigado por ser la herencia de la tormenta. Pienso que no sé por qué me preocupo: a ellos les da igual, sin embargo, me duele ese conformismo casi religioso con el que enfrentan la vida. Para ellos los cambios no son oportunidades, sino algo que hay que olvidar cuanto antes para que todo siga igual.

Otra vez el aire, arremolinando vidas.

Me siento empujado, impelido a abandonar la escena, porque el viento sabe que no he sido invitado. Soy un intruso, el advenedizo que no se quedó en casa durante el tifón, Aún me obliga a clavar la rodilla en el suelo dejando parte de la piel en el movimiento, pero el aire está ya pataleando. Sabe que ha perdido.

La última recta a mi destino la hago sin prisa y sin miedo. No puede pasarme nada, lo sé.

Entro despacio en una habitación de alquiler. El sudor corre bajo el plástico que me ha protegido del agua. Se escurre pos mis piernas y me pregunto por qué me escuecen tanto. Descubro con sorpresa que de rodilla para abajo estoy lleno de sangre. Los múltiples golpes de la arena coralina me han acribillado y no me he dado cuenta. No es nada, sólo la señal de lo que podía haber pasado. Tengo el pelo también lleno de arena, igual que los pliegues del traje de agua.

Me siento en un poyete a ver llover. La tormenta me ha respetado durante las casi dos horas que he caminado bajo su manto, como si discrepara con el viento sobre mi destino.

Me ofrecen un vaso de agua.

Lo suelo rechazar, no sé de dónde procede, pero hoy no.

Hoy me siento inmortal.

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Written by aitztv

21 octubre, 2016 at 16:21

Halloween

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La soledad me mata. Si, lo reconozco. Frente a los demás me hago el ermitaño porque queda bien, es una pose que me ha dado un cierto porte enigmático frente a mis amistades. Lo que no saben es que esas noches en las que ellos creen que estoy disfrutando de la mejor compañía del mundo- la mía- en realidad estoy vaciando una botella tras otra, chapoteando en mi propio vómito o durmiendo en el suelo del cuarto de baño con la cabeza metida en el inodoro. Ellos me imaginan frente a mi ordenador, escuchando música clásica mientras en mis manos templo con delicadeza una copa balón terciada de brandy. Si… La copa está ahí, la veo. Me la regalaron esos amigos que piensan que soy un escritor por el mero hecho de que leyeron un libro mío. ¡Me mondo de risa! Una tirada de cien ejemplares de los cuales yo mis regalé casi sesenta a amigos y amistades. Me acaba de llamar el editor. Me dice que le estorban los que quedan y que antes de tirarlos me los deja a precio de coste. Le he dicho que sí, que me los guarde. Ya veré qué hago con ellos.

Miro casi con obsesión mi teléfono móvil. He comprobado mil veces si funciona sabiendo la respuesta de antemano. Todos mis amigos se han reunido hoy en la cena de Halloween. Me llamó Sonia y me soltó lo de “ya sabemos que a ti te gusta estar solo, pero bueno… Nosotros ya sabes… ¡Somos normales…!” La misma mierda de siempre. Soy el esclavo de mi personalidad. Me encantaría ir con ellos y montar un jaleo épico, de los de terminar bailando como el pariente pelma de las bodas, con los pantalones metidos en los calcetines y la corbata en la frente como si fuera una cinta para el pelo. Pero no. Soy el escritor, el intelectual… Lo que no saben es que si no fuera por la fortuna que me dejó mi padre -el diablo y él estarán haciendo buenas migas- hace tiempo que habría muerto de hambre. Soy un fraude ¿Por qué? Porque puedo. Y si tú no puedes que te den.

Escucho la máquina de escribir que desgrana los últimos párrafos. Tengo una secretaria que pasa a máquina – si a máquina- lo que escribo en el ordenador o -a veces- le dejo grabado de viva voz. Hasta en eso miento. A las visitas les hago creer que escribo a la antigua usanza, en la mesa de mi enorme despacho con mi bata de seda y mi habano tiñendo el aire con su perfume azul. Lo confieso. Odio los cigarros. Para mí es como sorber del tubo de escape de una moto, pero de eso soy también esclavo. Cada cumpleaños, cada navidad, me llegan un par de cajas de puros habanos, de los caros: los odio.

El carillón de más de un siglo que tengo en la entrada dice que son las siete. La mecanógrafa me ha pedido permiso para salir un poco antes porque necesita tiempo para disfrazarse. La veo venir hacia mí con varios folios en la mano.

– Ayer tuvo un día inspirado — me dice sonriente—. ¡Cinco mil palabras!

– Me visitó una musa especial — respondí más pedante que nunca mientras recordaba el buen rato que pasé con una prostituta a domicilio—. Espero que hoy también me visite. — no bromeaba: estaba pensando en llamar para pedir un poco de compañía—

– ¿No va a salir? — me miró sorprendida—

– Sabe usted que no— me metí de nuevo en mi maldito alter ego— No me gustan esas diversiones de diseño. Mi noche perfecta es a solas con las letras — mentí como un bellaco—

– ¡No me lo puedo creer! ¿Y por qué no organiza usted una fiesta a su estilo, de las que le gusten? — Me preguntó con una expresión tan inocente que por un momento me pareció hasta de burla—

– Sinceramente —respondí—, no se me había ocurrido.

– ¡Pues hágalo! ¡Aún es pronto! Seguro que está a tiempo.

– No, querida, mis amistades —los intelectuales no tenemos amigos, solo amistades— tienen sus compromisos. Además ya sabe que no soporto las multitudes…

– Invite solo a uno — me dijo con toda la naturalidad del mundo— ¡Venga, haga la prueba!

Debo reconocer que me estaba tentando. Nada me apetecía más que una juerga, pero eso supondría desmontar en parte la personalidad que me había costado tanto tiempo -y dinero- construir a mi alrededor. Se lo iba a decir cuando ella soltó algo inesperado.

– ¡Invíteme a mí!

– ¿Cómo?

– ¡Anímese! Vamos a hacer la prueba ¡Verá cómo sale bien!

– Pero usted tiene hoy compromisos…

– Usted lo ha dicho: Compromisos. Me ha invitado un amigo que anda loco por que sea su novia. Ya le he dicho que no un millón de veces, pero él insiste que te insiste…

La miré con detenimiento. Nunca me había fijado en lo bonita que era. Tendría unos veinticinco años, no muy alta. Siempre llevaba polos de cuello alto muy ajustados y el pelo recogido. No recordaba haberla visto jamás con pantalones. Siempre vestía faldas oscuras y zapatos o botas con unos tacones de vértigo.

– Me está tentando usted… – y esta vez era verdad-, Pero ¿Qué podemos hacer a estas horas?

– ¡Vamos a la cocina, yo me encargo de todo! Usted elija el vino

A las diez de la noche, tres horas después, habíamos cenado como en un restaurante. Cierto es que en mi cocina hay siempre de todo, pero Lucía, tuve que llamar a mi contable para que me dijera el nombre, se manejaba en la cocina como una profesional. Descongeló un salmón y lo preparó guarnecido con una salsa holandesa espectacular. Organizó una ensalada de templados digna del mejor restaurante y lo culminó con una macedonia de frutas -de lata, claro- que dio paso al café. Conseguí librarme del maldito habano con una excusa que ya ni recuerdo. Pero la noche avanzaba y yo tenía en mente la misma idea que antes de organizar toda aquella zarabanda. Sexo, sexo y sexo. Sexo a cremallera suelta, sin compromisos y sin mentiras. Y se lo dije así de claro.

No se enfadó, por el contrario, daba la impresión de que la idea le gustaba, pero -siempre hay un “pero”- Lucía quería jugar.

– Hagamos una cosa — me propuso—. Esta casa es enorme. Si me encuentra, soy suya ¿Cuántos cuadrados metros tiene?

– Más de cuatrocientos — contesté—. Creo que hay habitaciones en las que nunca he estado…

– Me voy a poner mi disfraz de Halloween y voy a esconderme por ahí. Cuando esté conforme con mi escondite le mando un mensaje a su teléfono. Debe apagar todas las luces. Solo entonces puede empezar a buscarme. ¿Qué le parece?

– Me gusta la idea — y era verdad de nuevo— Y cuando la encuentre…

– Usted lo ha dicho, cuando me encuentre.

Me beso de forma inesperada en la mejilla y salió de la cocina a toda velocidad. La escuché recoger sus bolsas y salir corriendo pasillo adelante. Bien. Esto si merecía esa copa de brandy… “¿Dónde demonios he puesto la copa balón?” Me preguntaba. Daba igual. Tome un vaso y me despaché una dosis. No quería tener prisa. Me apetecía mucho disfrutar del juego. Por lo pronto apagué la luz de la inmensa cocina y me dediqué a mirar por la enorme ventana sobre la cuidad. Vivía en lo que había sido la planta noble de uno de los edificios de la corporación de mi padre. Mientras me tomaba el segundo trago recordé lo fácil que había sido malvender las empresas de mi familia y aun así ganar suficiente dinero como para no tener tiempo de gastarlo. Solo conservaba ese edificio. Lo demás era billete sobre billete en el banco. Solo con los intereses de los intereses podría vivir feliz muchos años. Pero no era esa mi idea.

El teléfono móvil emitió un tono suave; un mensaje de remitente desconocido.

  • Búscame”.

Me guardé el teléfono en el bolsillo y tras una breve -brevísima- duda me llevé de paseo la botella. Apagué todas las luces cerca del cuadro general y comencé a recorrer el enorme pasillo que dividía la casa en dos mitades asimétricas. Me paré al ver cómo se perdía en la oscuridad solo rota por la luz que entraba desde el exterior a intervalos regulares. Mi vista no iba más allá de unos cinco metros antes de diluirse en la negrura más absoluta. Escuché un ruido un ruido frente a mí. En alguna parte la tarima estaba quejándose por el peso de mi visitante. Sonreí. No iba a tardar en encontrarla. Se repitió el sonido. Calculé que estaría en la segunda puerta a mi derecha, más o menos al filo de la siguiente galería de ventanas. Comencé a moverme más despacio… casi de puntillas. Esta vez fui yo el traicionado por la tarima. Un crujido bajo mi pie delató mi presencia. Me quedé quieto, como confiando en que no se hubiera oído. Nada se escuchaba. Rezando por no cometer otro error avancé unos metros más, Ya estaba casi a la altura de la puerta. Entonces ocurrió. Abrí la puerta y un cuerpo enorme se abalanzó sobre mí, apartándome de su camino sin miramientos. La botella rodó lejos de mí sin romperse y aquello pasó por encima de mi cuerpo como un meteoro. Me dio tiempo a ver su enorme silueta desde el suelo fundiéndose con la oscuridad del pasillo. No sonaban pasos como podría esperarse de tanta envergadura, por el contrario, sonaba como las pisadas de un gato, un sonido sordo y veloz, demasiado veloz para ese cuerpo-. Me quedé en el suelo, feliz porque lo que quiera que fuera aquello se alejaba de mi, pero tenía que avisar a lucía. ¡Había un intruso en la casa! Intente sacar mi teléfono del bolsillo, pero no estaba allí. Se debía haber escapado cuando caí. Me puse a buscarlo a gatas en la más absoluta oscuridad. Solo una leve luz, que más parecía una neblina difusa, llenaba el marco de la puerta. Palpaba el suelo casi con desesperación. Mis manos chocaban inútiles contra el rodapié, el marco de la puerta o algún mueble inútil que no tenía por qué estar ahí. Decidí usar todo el antebrazo para abarcar más suelo a cada pasada, como si fuera el limpia parabrisas de un coche. Nada. A veces tenía la sensación de no estar solo, como si lo que fuera aquello que me había empujado hubiera vuelto y se estuviera regodeando de mi estupidez. Si hubiera llamado a la prostituta ya estaría aliviado y durmiendo como un ángel, pero en lugar de eso me encontraba a cuatro patas, mareado por el alcohol y muerto de miedo en mi propia casa. Mi mano chocó con algo… Si… cuadrado, delgado… con botones… ¡Por fin! Ese teléfono en mis manos me hacía sentir más poderoso que un súper héroe. Localicé con el pulgar el botón cuadrado del menú y lo presioné… No pasó nada. Lo intenté una docena de veces sin resultado. El maldito teléfono se había estropeado con la caída. Lo desmonté y monté a oscuras, quité y puse la batería, pero el aparato se negaba de forma contumaz a funcionar. Lo tiré lejos de mí. En ese momento me resultaba más útil un ladrillo que aquel artilúgio. Bien, pensé, vamos a ser prácticos. Volvería por mis pasos hasta la cocina y conectaría de nuevo el alumbrado desde el cuadro central. Ya no era momento de juegos. Me puse en pie apoyándome en la pared. Localicé la escasa luz que definía el marco de la puerta y comencé a caminar hacia allí. Al tercer paso algo rodó bajo mi pie. ¡Con lo que me había costado encontrar el teléfono y ahora encontraba la botella sin querer! Caí sobre la espalda con un estrépito vergonzoso. Me quise levantar tan rápido como había caído: error. Mi cabeza estaba debajo de una mesa y al incorporarme me abrí la ceja derecha. Al momento noté la sangre corriendo por mi mejilla y colándose por el cuello de mi camisa. Me quedé sentado en el duelo, confuso y algo atontado por efecto del alcohol y del golpe. Entre el ruido de mi respiración volví a escuchar de nuevo aquellas patas de gato moviéndose por el pasillo. Se estaba acercando. Pegué la espalda a la pared; de haber podido la hubiera atravesado, aunque eso me supusiera estar a la intemperie a la altura de un noveno piso. Cualquier cosa era mejor que la oscuridad opresiva y el terror que poco a poco, paso a paso, se iba acercando a mí. Ya no pensaba en Lucía, ¡allá ella y su estúpido juego! Quería terminar, llamar a la policía, a los bomberos,¡a quién fuera! Los pasos ya estaba casi a la altura de la puerta. Fue un segundo. Lo que fuera la cruzó en una sola zancada. Vi poco más que una silueta algo más oscura que la propia oscuridad de la puerta. Quizá estaba influenciado por el sonido de los pasos, pero me pareció distinguir algo similar a un gato. Un gato de casi dos metros de altura y caminando sobre las patas traseras. Durante ese momento que ocupó el quicio de la puerta, dos ojos blancos refulgieron como el vidrio antes de ser soplado. Un destello maligno, centelleante, que apretó mi corazón como una garra. Mi teléfono desechado de repente tomo vida y una luz verde iluminó por unos segundos la habitación. Casi me arrojé sobre él: Era un mensaje. De nuevo un número desconocido. El mensaje era sin duda de Lucía, quien al parecer no estaba al corriente de todo lo que estaba pasando.

-” ¿Te gusta mi disfraz?”

Durante un momento pensé que lo que fuera aquella criatura había rondado cerca de ella y ahora Lucía pensaba que había sido yo. La pobre no sabía que teníamos un visitante salido directamente del infierno. De nuevo el tono suave avisó de un nuevo mensaje.

– “¡Miau!

Creí enloquecer. Me metí el teléfono al bolsillo de forma automática y comencé a correr hacia la cocina. Iba dejando un reguero de sangre a mi paso, la ceja no terminaba de cerrarse. Cuando alcancé el cuadro eléctrico estaba a punto de desmayarme. Nuevo mensaje:

“No me estás buscando. Ese no era el juego…”

Puse el interruptor general de nuevo en “ON”. La oscuridad no se fue. Ni una sola luz respondió. Mensaje:

– “¿Ya no quieres estar conmigo? ¡Cambiemos las reglas! Seré yo quien te busque; si te encuentro, serás mío

Quería correr, pero no sabía hacia dónde. Tomé de nuevo el largo pasillo buscando la puerta de la calle, pero vislumbré al fondo a aquella abominación agazapada, como si un oso tomara la postura de un tigre, las dos ascuas de sus ojos clavadas en mi…

Retrocedí de nuevo. Mensaje:

– “si te encuentro, serás mío… ¡Miiaooo!

Abandoné el pasillo volviendo hacia la habitación donde había tenido el accidente. Al menos sabía que allí no estaba aquel ser. Cerraría la puerta por dentro, amontonaría los muebles ¡lo que fuera! Tal vez intentara salir por una ventana y escapar por la escalera de incendios. El teléfono no dejaba de recibir mensajes

“Se dónde estás…¡Miao!”

Moví la cama a oscuras, lo mismo que la mesa y una mesilla, arrastré un armario, todo contra la puerta. Me resbalé varias veces en mi propia sangre cayendo al suelo. En una me rompí un dedo de la mano derecha. Tuve que recolocarlo yo mismo: a oscuras. Después, me arrastré hasta un rincón y me decidí a esperar allí lo que fuera que iba a pasar. Mensaje:

– “Estoy muy cerca… ¡Miao-marramiao!

Escuche esos pasitos de nuevo. Se pararon frente a la puerta. Escuché como intentaba abrirla. Golpes de frustración, De momento mi barricada estaba funcionando. Empecé a escuchar maullidos, que fueron creciendo en intensidad demostrando una furia terrible, Los arañazos en la puerta sonaban como cuchilladas sobre la madera. Me eché a llorar. Mi llanto pasaba inadvertido en la ordalía de rugidos y arañazos. Una parte de la puerta se deshizo, a través de aquella oscuridad veía brillar aquellos dos ojos, ahora inyectados en sangre. Veía el brillo de unos colmillos imposibles… me desmayé.

Cuando abrí los ojos estaba amaneciendo. La barricada me había protegido. Miré a mí alrededor. El suelo era una mezcla de manchas de pisadas y sangre. El lado derecho de mi cara crujía bajo la costra de sangre que llegaba hasta mi cuello. Vi la botella. La tomé y me receté un hermoso trago. En el suelo estaba mi teléfono; aún tenía batería. Había un último mensaje.

– “Veo que ya no estás interesado en jugar conmigo: me voy

Saber que Lucía y el monstruo, si no eran la misma cosa, ya no estaban en mi casa me llenó de optimismo. Retiré los muebles y cojeando fui hasta el cuarto de baño de mi habitación en busca el botiquín. Me quité la ropa. En cuanto me limpiara la herida de la ceja tomaría una ducha y me iría al hospital. El dedo estaba amoratado y muy hinchado. Tal vez el hueso no estaba bien colocado.

Una vez desnudo me senté en la cama. Necesitaba dejar la mente en blanco unos instantes, pero no fue posible. El teléfono volvió a avisar de un mensaje. Muy escueto.

– “¡Te encontré!

¡No era posible! ¿O sí? ¿Había sido tan tonto de aceptar un mensaje de texto como una verdad? ¿Me lo había creído porque quería creer que se habían ido? El teléfono sonaba una y otra vez, siempre el mismo mensaje:

“¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!

   ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!¡Miao!¡Miao!

   ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!…”

Me incorporé justo cuando sentí dos manos agarrándome de los tobillos desde debajo de la cama. No tenía ya fuerzas para defenderme. Caí de plano al suelo abriéndome otra vez la ceja. Aquel ser salió de su escondite y cayó sobre mi espalda, sentí que buscaba mi cuello: me preparé para morir.

– ¡Miao! – dijo Lucía en mi oreja- ¡He ganado!- y se echo a reír-

El resto es muy confuso. Sé que la violé. No buscaba sexo: buscaba venganza. La humillé de cuantas formas pude, la golpeé hasta dejarla sin sentido y cuando me cansé de ella abrí la ventana y la arroje al vacío desde el noveno piso. Seguí con la mirada su caída hacia el vacío como si fuera una marioneta sin cuerdas. Deseaba escuchar cómo se estrellaba contra el suelo, como se abría su cráneo como un melón maduro y ver todas sus tripas esparcidas por el asfalto. Pero de nuevo fallé. Cuando casi tocaba el suelo su cuerpo, se revolvió como una bailarina en el aire y cayó de pie. ¡Lo juro! La vi desparecer con su ropa hecha trizas. Al cabo de cinco minutos sonó de nuevo el teléfono.

– “Hasta el año que viene… ¡Miao”!

Hoy es Halloween, otra vez. Me he preparado para el momento. Me he puesto un esmoquin y  una preciosa camisa de seda. Llevo los gemelos de mi padre, de oro y diamantes. También he rescatado mi copa balón y he encendido uno de esos apestosos habanos: ya da igual. Me he cortado el pelo y he preparado una cena, con atún, que nunca se sabe quién puede venir. Bueno… Yo sí lo sé. ¡Mira qué casualidad!!Me acaba de llegar un mensaje!

¿Sabéis lo qué dice?

Written by aitztv

31 octubre, 2014 at 17:01

Publicado en Comentario, Prosa, Romanticismo, Terror

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Llegaron la lluvias

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Llegaron las lluvias. Como cada año, como cada estación de lluvias. El cielo, que tiene vida propia, decidió que era el momento propicio para velar nuestra vista, para esconder los paisajes. No es una lluvia suave. No se trata de si llueve con fuerza o no; no es el caso. No es una lluvia suave porque en mis ojos ya no queda mar suficiente para cubrir los paisajes de terciopelo. Mi mirada se ha vuelto tan áspera que nada soporta el paso a su través. El azul del cielo ha desaparecido y ahora es del color del plomo. Tampoco mis ojos son azules. Los observo delante del espejo y los veo grises, del color de la nada. Grises como la vocación del metal de los cuchillos que hieren, grises como la hiel que nunca vemos, grises como las alas de una mariposa metálica a la que invité a posarse sobre mi lápida. Gris es el color del agua tibia, que ni sacia la sed ni conforta. Gris es el color del vómito que provoca la bebida barata, la bebida que solo sirve parta anular el alma y asesinar los recuerdos durante un tiempo. Los vinos suaves, los espíritus nobles encerrados en las mejores botellas, los mostos jóvenes que devendrán en obras de arte nada pueden contra quien se niega a probarlos. Llegan de nuevo las lluvias, pero no llueve agua. Caen lágrimas.

He mirado en tantos ojos y con tanta profundidad, que mirarme en mis propios ojos me resulta imposible. Tanto tiempo buscando la belleza, buscando el calor de una sonrisa que estaba vedado en el interior de mi cubil, me ha vuelto el cobarde del que siempre huí, la suma de todos mis errores. Solo quería llevarte a un salón de baile imposible, donde mis pasos fueran correctos y tu flotaras sobre el suelo con la única seguridad de mi abrazo. ¿Pedía demasiado? Quería que sintieras que en mis brazos no existe el riesgo, que mis ojos son tu puerta al universo. Pero no es mi sangre la misma que la tuya, como mi lluvia nunca será la que tu escuchas caer. Entré en tu cuerpo para pedir continuidad, una prórroga. Quería esconder en ti lo poco que mereciera la pena preservar. Fracasé. Ahora solo conservo la cordura justa para entender que llueve de nuevo, pero he gastado en querer más tiempo del que me queda de vida. Mi piel no volverá a hacer poesía con otra piel ni mis labios escribirán palabras de amor sobre otros labios.

Intento mirar al sol, pero no lo veo. La lluvia lo tapa. Como cada año, como cada estación de lluvias, llegaron de nuevo las lluvias.

Written by aitztv

3 octubre, 2014 at 21:33

La mirada tierna

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la-mirada

Mirada tierna

Estoy viviendo en un país maravilloso, o mejor aún, en un país lleno de gente maravillosa que es en definitiva lo que hace que los lugares sean buenos o malos. Hace unos días fui invitado a un cumpleaños que aquí no son diferentes en su celebración a otros lugares: Abundante comida regada con abundante bebida. No había lujos en el sentido en el que nosotros podemos entender tal cosa, aunque para ellos salirse del consabido arroz blanco con alguna verdura o carne es ya escaparse de la rutina alimenticia. No Faltaba el Pancit guisado, o los macarons dulces ni unas tortillas de patata que ofició un servidor con bastante éxito, pero el plato fuerte, el que hacía realmente del día una jornada especial esperaba salpicando alegremente en una cazuela. Era una caldereta, guisada con piña, patata, laurel, zanahoria, jengibre, algunas otras especias desconocidas para mí y, como ingrediente principal, “aso”. Aso (léase “asó”, con acento) es una de las palabras que los filipinos pronuncian un poco en voz baja mientras te miran de reojo esperando para evaluar tu reacción. Ocurre lo mismo cuanto te invitan a balot, huevo de pato negro empollado durante 18 días y después cocido, o con el abalin, larvas del escarabajo de los cereales fritas con ajo en aceite de palma. La razón es que aso significa, literalmente, perro. Personalmente – cosa que les sorprendió- no tengo ningún problema con eso. No me comería la mascota de nadie fuera ésta un perro, un gato o un canario, pero eso no me impide comer carne que ha sido criada exactamente para eso: para carne. El aso no es un plato barato, ni mucho menos, por lo que está restringido a las celebraciones, especialmente a la reina de todas las celebraciones que aquí no es otra que los funerales. Tampoco es cierta la idea que tenemos los occidentales de que los chinos y los filipinos van matando perros por la calle para comérselos. No digo que no ocurra y que no haya ocurrido, pero por lo general son tan reacios a ello como nosotros lo somos a comernos una paloma del parque. Para ellos los perros callejeros, los askal, no son comestibles. Preparar el perro no es diferente de la matanza del cerdo o la txarriboda. El mismo corte en el cuello, lo justo para desangrarlo, y el mismo proceso de chamuscado, despellejado etc. Nadie que haya vivido una matanza puede llevarse las manos a la cabeza simplemente porque  el involuntario protagonista sea un animal que te cae mejor que otro. Y como sé que aunque algunos se estarán rasgando las vestiduras la curiosidad es más poderosa que otras virtudes y defectos, diré que sabe bien. Es una carne similar al cordero en muchos aspectos, aunque, por supuesto, tiene cosidos conceptos míticos-místicos, sobre si es una carne que da calor o sobre si los perros vivos conocen por el olor a  aquel que ha comido perro en el almuerzo.

Me lleva esto a pensar en la cantidad de post que cuelgan de Facebook con fotos de perros y gatos. Y me molesta sobremanera que algunos de aquellos que se auto-proclaman defensores de los animales (que como alguien dijo muy bien se deberían hacer llamar defensores de los animales de mirada tierna) pretendan criminalizar a los que no pensamos que los servicios veterinarios deban formar parte de la seguridad social. Tener un animal cómo mascota es una elección voluntaria con la que no puedes penalizar a quien, ejerciendo su libre derecho, decide no tener animales. De igual modo, si a mí no me gusta la proximidad de los animales, elegiré un hotel donde no estén admitidos, pero no pasaré mis vacaciones en un hotel que admite mascotas quejándome de los perros.

Creo que tener una mascota es algo que no debería vetarse a ningún niño. Ayuda a valorar la vida y a entender el ciclo que siempre termina con la muerte; forma parte de un ejercicio de responsabilidad que me parece es muy necesario como parte de la educación de la persona en sus primeros años. Pero también debe servir para aprender que los animales, esos que tanto queremos , no son personas y no deben sentarse a la mesa a comer ni dormir en la cama de su dueño. Tener una mascota ha de enseñar a que hay un lugar para cada cosa, y una actitud y una responsabilidad. Sé que hay mentes muy cerradas que no van a entender esto y –sinceramente- me da absolutamente igual. No soy tan imbécil como para pedir un plato de perro –si se pudiera- en un restaurante en Madrid: Ni es correcto ni lo necesito, pero tampoco pondré caras raras por comer perro en Filipinas o en China, o caballo en Francia o un jamón de Montánchez… si es que todavía quedara alguno.

Me llega una petición para terminar con un festejo radicado sobre la persecución y muerte de un toro bravo. La firmo, y me explico. Me gusta la tauromaquia y he disfrutado, si disfrutado, muchas veces de las corridas de toros. No hay que esconderse por ello, aunque siempre he visto un componente morboso en un espectáculo tan lleno de drama. No voy a dar la razón a los que simplemente porque es muy “progre” se posicionan a favor o en contra de determinadas posturas; para mí esa gente no son más que eso… gente en el sentido de masa biológica. Me repugnan las personas que habiendo sido dotadas e la capacidad de discernir, como todos los seres humanos, buscan sólo su relevancia social repitiendo hasta la saciedad clichés – muchas veces ya apergaminados por el tiempo- que ni comprueban ni revisan. El enorme problema de las redes sociales es que ahora tenemos a estos paniaguados hasta en la sopa, haciendo que abrir el ordenador sea a veces un acto de fe. Pero vuelvo al tema. ¿Soy Taurino? Si. ¿Me gustan las corridas de toros? Si. ¿Quiero que se digan celebrando? No. ¿Firmarás en contra de festejos donde se maltrate animales? Si.

Ya está. Sin aspavientos. Creo que la tauromaquia, incluida la muerte del toro, ha tenido su momento en las historia y se ha disfrutado como tal. Ha creado obra literaria, pintura, maravillosas esculturas y algunos mitos. Pero es absolutamente innecesario prorrogar la muerte de los toros para seguir creando, porque los seres humanos, y en eso nos diferenciamos de los animales, somos capaces de sublimar y eso es lo que yo he hecho con los festejos taurinos. Ya somos mayorcitos para quedarnos con los conceptos y abandonar la adicción a la sangre. Un hombre con una capa y una espada frente a quinientos kilos de fuerza bruta es un poema en sí mismo. No necesitamos ver morir los animales de seis en seis para poder trabajar con esa idea. Ya lo tuvimos, ya los disfrutamos: hoy sabemos que no es correcto, que no es algo que esté bien de igual modo que no festejamos el día de la independencia yendo a invadir un país extraño.

Comer perro en caldereta, haber disfrutado de los toros, nadado con delfines o alimentado tiburones no nos hace mejores ni peores. Son acciones que tienen momentos y lugares y no deben ser esgrimidas como armas por aquellos que necesitan meter un dedo en el agua para saber si esta mojada. Personalmente puedo asegurar que he conocido individuos, a los que catalogar de hijos de la gran puta es echarles un piropo, que besaban a su perro mientras molían a hostias a su mujer. Estoy seguro de que vosotros también conocéis casos similares.

El amor muchas veces se sublima con el alcohol, la soledad en el pensamiento y la guerra, el drama, la sangre y la muerte se pueden sublimar en la literatura y el ensayo.

No necesito deshojar una margarita para saber que no me quieres…

Written by aitztv

11 agosto, 2014 at 15:37

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Esquinas palpitando vida.

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Miro el reloj: 4:37 de la mañana. Acabo de terminar mi trabajo y en poco más de cuatro horas me tengo que poner en marcha de nuevo. Me he decidido a escribir esta entrada con las esperanza de que Internet no funcionara y me pudiera acostar unas horas, pero no ha sido así. La tecnología está en mi contra.

No hace mucho, o sí, el tiempo se relativiza con facilidad, hablaba con una amiga sobre una visita a los Indios Aetas, una tribu pigmea nativa de Filipinas. Me dijo: ” No pensaba que fueras tan humano”. No porque yo lo sea especialmente, sino por oposición a una periodista estadounidense que había pasado por allí poco antes que yo y que había tratado a los indios como si fueran animales de granja. Mi respuesta fue cualquier cosa menos una respuesta. Dije algo así como que “me gusta cuando veo la vida palpitando por las esquinas”. Supongo que fue una mentira de mi mente, una trampa , una zancadilla que yo mismo me puse y que no pude explicar cuando mi interlocutora se me quedo mirando con cara de llamar a urgencias. Sin embargo creo que ahora lo sé. Estoy tan lejos de ningún sitio que todo me parece que ocurre, no ya en otro planeta, sino incluso en otra época. Pese a todo sé que en estos momentos hay mucha gente inocente muriendo por trozos de tierra baldía, por el mero hecho de plantar una bandera, como si eso fuera más importante que plantar, un árbol, trigo o simplemente dejar crecer la hierba. Los que ordenan las muertas nunca ponen el dedo en el gatillo; son demasiado cobardes, lo mismo que los que usan la frágil existencia de un niños como saco terrero para que paren las balas que ellos, desde la comodidad de sus refugios y despachos nunca van a recibir. Prescinden de gente para no prescindir de otra gente prescindible, porque piensan que ellos son los elegidos para guiar al pueblo… ¿A dónde?

Pese a todo la vida palpita. Escondida entre los escombros habrá una semilla que fructifique, una flor que se abra y -con el tiempo- una conciencia que devore de dentro a fuera toda la basura que estamos arrojando sobre algo tan frágil como es la propia vida. No puedo culpar a quien contiende, ellos están tan ciegos, tienen los ojos tan encendidos de sangre que ya no pueden razonar. Culpo a quien mira hacia otro lado. Las guerras se parecen mucho unas a otras. Por más que pongamos nombre y guarismos no son más que la continuación de otras guerras, tal vez de una única guerra que simplemente cambia de escenario entre periodos de paz. No hace mucho hubo guerras en Europa, en los Balcanes.  Tan cerca de casa que podíamos oír el ruido de sables en el patio trasero. Tampoco nadie hizo nada. Una vez más quitaron la mirada de aquello que afeaba su jardín. Ahora que la guerra es casi en el paraíso, ¿quién va a pensar que será distinto? No lo es, porque no lo ha sido y no lo será. Se unirán las naciones para menguar su debe y hacer crecer sus haberes, pero no sumaran conciencias. Sumarán víctimas y nos las enseñarán obscenamente para que nos aterremos y agradezcamos sus desvelos,  porque han sido capaces de enviar la muerte a muchos miles de kilómetros de casa, donde la sangre no nos manche y la podredumbre no invada con su fétido olor nuestras anestesiadas fosas nasales.

Si; la vida palpita. Es necesario que palpite para poder asesinarla, pero no es el pálpito el músculo que se contrae y cuya ausencia significa la muerte. El pálpito es  la voz que se alza cada vez más acusadora ante los demiurgos de la hecatombe. El pálpito seguirá sonando como el reloj de Poe, implacable bajo la tarima para hacer enloquecer al asesino, como el tic tac de una cuenta atrás.

Entonces podremos entender cómo, por qué la vida palpitaba en cada esquina

5;15. Es suficiente.

Written by aitztv

31 julio, 2014 at 23:13

En el infierno líquido

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Tengo el pecho lleno de agua: es agua limpia como la que escapa entre las arugas más profundas de la tierra. Es agua eterna, que sube y baja entre el cielo y el infierno suavemente encendida por el beso plano y grato del sol. No es más que agua, pero me aprieta las entrañas como si fuera pedernal esculpido directamente sobre mis hechuras. Siento el esfuerzo de mis pulmones en sus intentos de llenarse de aire y la lucha titánica de mi corazón por ganar el siguiente latido. Cada pulso es una enorme burbuja que estalla sobre mi esternón haciendo eco en lo que me queda de estómago. Este momento, este tiempo, esta vida son serpientes constrictoras. Matan por el sencillo método de no permitirte volver a respirar. Bien mirado es la forma más elegante de cercenar una vida, lo más bello que la naturaleza ha creado para terminar con la existencia de cualquier ser, lo más próximo a la muerte natural. Acabar contigo negándote el aire.

Todos somos una obscena cantidad de agua. Nada más que agua con algunas impurezas que son precisamente las que nos definen como individuos particulares, como entes singulares, personales, únicos e intransferibles, como si nuestra esencia fuera solo la esencia de una tarjeta de crédito vital de la que se nos descuentan los días vividos, a veces a precio de usura.

La luz en el fondo de mis ojos es cada día más débil, mechada de tinieblas robadas de las llanuras abisales. Quizás el infierno no sea una tumba de fuego eterno que desgarra y desentraña nuestras carnes y disuelve nuestros recuerdos; tal vez sea una enorme tumba de agua oscura y fría que te quiebra los huesos y te ahoga eternamente. No puede existir tortura mas infame que la sensación de estar permanentemente ahogándote, buscando cada bocanada de aire y deseando que sea la última, que no exista el castigo de obligarte a respirar una vez más esa agua enorme, que cada vez que abres tu boca busca reventarte como un globo de feria. ¿Quién no ha sentido alguna vez una mano atravesando su espalda y apretando su corazón como si fuera una esponja? Un aliento helado en la nuca, como si tuvieras sobre ti los ojos del asesino, una enorme bola de nada en tu garganta. Es lo que esperas para el final de tus días, es el peaje para tu tránsito, el óbolo del barquero… Pero no: no señala nada. Solamente te tortura una vez y otra y se repite y se exhibe lejos de la piedad, para transformarnos en uno eternos moribundos, en meros parias apátridas de la frontera de la vida, cruzando el río grande con las espaldas mojadas de vergüenza y de venganza; de la vergüenza de no habernos revelado y llamar amigo al amigo y traidor al traidor: de la venganza que fuimos incapaces de usar, y que no nos queda más remedio que llevarla de lastre el resto de los días que vivamos antes de poder entrar en el infierno líquido.

El agua; el espejo natural de la luna, esa nada consistente a la que pertenecemos y de la que estamos condenados a depender. El agua de la vida de los alquimistas, el agua amarga del filósofo, el agua turbia del recién nacido, el agua de fuego de los druidas. Tan mortal como necesaria. El agua de sus ojos donde se bañaba el verde claro, el mar de lagrimas que se había secado en su mirada y que había hecho su cuerpo seco de tanto tener que humedecerse al capricho de los poderosos. El agua que soporta los fluidos vitales, ese que a veces escondemos y a veces compartimos. el soporte inerte de los nervios del mundo.

Mis ojos apagados ya no pueden mirar los carbones encendidos que iluminaban los suyos. Yo quería ver arder aquellos cuerpos del vicio hasta convertirse en cenizas, en la hojarasca del otoño del fuego para poder soplar sobre ellos y ver cómo desaparecían casi con un suspiro. ver la inmundicia volando alrededor de mi, cuando ya no puede hacerme ni hacerle daño. Pero el agua, la maldita agua, arrebató de mi camino el camino a su corazón. Borró las pistas para encontrar el camino a su hogar y le hizo partir a la aventura, sin mapa ni compás. Desconocía la capacidad de mi ser para beberme el dolor que destila la soledad. El licor de la ausencia. Buscaba su presencia en cualquier sitio, pero siempre tenía la impresión de llegar un segundo tarde, cuando ella ya había partido. Miraba en los rizos de las estrellas, en las cortinas de la lluvia, en el ir y venir de las mareas, pero siempre era tarde. Siento que tengo plaza libre en la antesala de la locura. Las esencias de los licores que antes utilizaba como anestesia de los sentidos son únicamente líquidos de colores, cada color con una dosis de lástima diferente, pero lástima a fin de cuentas. Me queda la fuerza justa para dar cuerda al reloj de la cuenta atrás.

Me siento a mirar el horizonte a la puesta de sol. El mar se junta con el cielo y de nuevo, presiento que ante mis ojos sólo se extiende una sucursal del infierno.

Written by aitztv

17 noviembre, 2013 at 6:42

Noche de pasión con Odette

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© J.M. Sánchez 2013Mediaba la tarde del jueves cuando, con la tarea del día ya encaminada, decidí acercarme al Palengke, que es como aquí se denomina al centro de la población. Tenía unas compras menores que hacer; eso de un bote de “Noescafé” para las noches de trabajo, algo de leche en polvo, la natural siempre se me estropea, y algo de edulcorante por aquello de la dieta. Jueves y domingos son días de mercado y aún a sabiendas de que no habría nada especial que ver, siempre están los puestos algo más animados que el resto de los días. Así pues, contento con mi café que no es café, mi leche que no es leche y mi azúcar que no es azúcar, decidí caminar un poco hasta  hasta el Coutry Inn, un precioso “spot” junto al mar donde me gusta tomar una cerveza y ver el atardecer dorado del mar norte de China. Y como me suele ocurrir, me senté en el pajar y me clavé la aguja.

© J.M. Sánchez 2013No había pasado mucho tiempo cuando noté que el mar se enojaba más de la cuenta. El mar aquí es manso y silencioso: a veces me recuerda a un gato. Sólo se manifiesta lo justo para que sepas que está ahí. Pero el jueves la cosa era distinta. Poco a poco vi aparecer los mechones blancos de espuma sembrando el mar de borreguitos. Utilizando mis escasos conocimientos sobre el tema (uno es patrón de yate , pero no ejerce) calculé que el viento iba pasando de cinco a diez nudos y poco después a quince y a veinte. Al mismo tiempo “fizo a noite em pleno día”, que diría el inimitable Lampinho, y la apacible tarde tomó un aspecto amenazador. Cuando vi que los camareros se afanaban en llevarse sillas y mesas al interior del resort me intranquilicé un poco: cuando vi que los camareros empezaban a clavar tablas de madera maciza en las ventanas con unos clavos de los que solo salen a la calle en semana santa decidí que era hora de marcharme de allí.

Tarde: era tarde.

© J.M. Sánchez 2013Cada vez que reclamaba un transporte era respondido con “here safe , Sir!” y una sonrisa filipina, de esas que vienen a decir “ahí te quedas”. Mientras, la lluvia comenzaba a caer con fuerza aterrizando sobre mi moviéndose con la velocidad de una espada de un lado a otro a merced de un viento que ya hacía difícil el mantenerse en pie. Ya conocía ese fenómeno y lo que se avecinaba no era halagüeño. Pregunté si se trataba de un tifón y la respuesta fue que no… que se trataba de un “Super Typhoon” que por razones desconocidas para mi había sido bautizado como Odette por las autoridades filipinas. Yo siempre había pensado que Odette era un diminutivo de Bernardette y por eso me preguntaba que hacia yo en mismísimo”cogno de la Bernardette” pero no: al parecer significa “tesoro”. Sigo sin entender la relación.

Me tuve que rendir a la fuerza de la evidencia y del viento y tomar una habitación. Era eso o que darme a la intemperie o iniciar una caminata de siete kilómetros a oscuras y en pleno huracán. Así pues a las ocho de la tarde estaba en mi habitación, sin cobertura de móvil, sin televisión y con un paquete hecho de papel de periódico bajo el brazo. Me vi reflejado en un espejo con aspecto de tener muchos años (¡el espejo!) y la figura mojada y deformada en la penumbra me recordó a uno de aquellos personajes torturados de las películas de Paco Martínez Soria. ¡En fin! Sólo podía dormir y es lo que hice.

© J.M. Sánchez 2013A la mañana siguiente la cosa, lejos de mejorar, había ido a peor. El mar era un película de escombros en movimiento y el viento tenía tal fuerza que hacía difícil mantener el equilibrio. Necesité dos horas para conseguir que una moto con sidecar, aquí se llama “trysiclo” me llevara hasta el trabajo, eso y pagar cinco veces el valor normal de la carrera. Evidentemente Odette había llegado antes que yo. El techo de la cabina de control era una laguna que desaguaba a través de las luces fluorescentes directamente sobre los equipos. El personal de producciones se afanaba en poner plásticos, desmontar aparatos y mover palanganas, todo a la vez. Mi estación de trabajo rezumaba agua por el ventilador, todos los equipos estaban desconectados porque  la pared era una pequeña catarata y podíamos escuchar como vibraban las tomas de luz por causa del agua que las cortocircuitaba una y otra vez. Y seguía lloviendo. Empezamos a movernos a oscuras, sólo con la ayuda de unas linternas que se perdían en la enormidad de la sala. La pintura de la pared se hinchaba en ampollas que iban bajando sin reventar hasta el mismísimo suelo. Daba la impresión de que al otro lado de la pared hubiera un fuerza inteligente tratando de entrar por la fuerza en nuestro refugio.

© J.M. Sánchez 2013Peleamos durante horas con el agua en una batalla perdida. No podíamos evitar que entrara, así que la canalizamos para que saliera haciendo el menor daño posible. Al final, un capricho del viento nos dio una tregua para recomponer nuestras filas. En medio de todo, un cliente nos llama para preguntar si está saliendo su comercial tal y como estaba programado…¡En fin! El cliente siempre tiene la razón y si no la tienen se le da… se le da una patada en el culo y que marche a freír espárragos: por fortuna cuando le explico la situación y le demuestro que no estamos para milagros decide dejarnos trabajar. Me llama una amiga y me pregunta si he cenado. Me doy cuenta de que es de noche de nuevo. No: No he cenado.

La gente como yo no cenamos, no conservamos nuestras familias y enfadamos a nuestros amigos porque hay otra gente que quiere ver la televisión esa noche. Es mi trabajo. Soy un “mediaman”, yo lo elegí. Como diría el Pirata de Espronceda: “…ni tormenta ni bonanza a torcer tu rumbo alcanza…”

Lo siento, Odette: Esta noche no.

 

 

*Todas las imágenes tienen copyright. Todo uso no autorizado será denunciado a la autoridad competente
© texto y fotos J.M. Sánchez 2013

Written by aitztv

21 septiembre, 2013 at 15:10