Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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“PACIENTE 101”, por Joseba Paulorena

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paciente 101Hay veces que una obra crece entre tus manos según vas avanzando es sus páginas. Este es el caso de PACIENTE 101 de Joseba Paulorena.

Describe una sociedad tan aséptica que la sensación de control total se escapa del libro, y te hace pensar que nada va a pasar, que lo leerás como parte de un mandato superior y te sentirás satisfecho cuando lo termines y abandones en una estantería para comenzar con otro.

Pues no.

Nada más lejos de la realidad. “Paciente 101” te va a incomodar, va a removerte del sillón y en más de una ocasión te obligará a releer algunos párrafos, angustiado por lo que allí se ha dicho, insinuado.

En una sociedad donde nada se deja al azar, y en la que es necesario un control total de la natalidad, aparece una niña cuya fisiología puede cambiar no solo el mundo, sino el delicado equilibro universal que compete a humanos y xenos, criaturas extraterrestres de diferentes orígenes.

No hay salvación: un pandemia se extiende de forma lenta pero inexorable. No hay tratamiento, no hay vacuna, no hay cura. No hay defensa contra un arma peligrosa con la que nadie contaba enfrentarse jamás: el amor.

Lejos de recrearse en damas o escenas ñoñas, Joseba Paulorena trata el tema con pulso de cirujano, y nos sumerge poco a poco en una sociedad gris que trata a sus miembros como una madre controladora e insensible, que no duda en sacrificar a los hijos cuyas mentes  graba a fuego la siguiente máxima: “Mi vida por la humanidad”, y es que no hay recurso más preciado que el propio ser humano.

Procrear para el estado es el modus vivendi del ser humano, algo tan natural como el respirar, en un mundo donde la poligamia es una característica de la sociedad, inseparable como la humedad lo es del agua.

Paciente 101  no es una novela para saltarse páginas, ninguna debería serlo, pero en este caso hacerlo rozaría el sacrilegio.

Written by aitztv

31 mayo, 2017 at 22:59

Publicado en ficcion, Literatura, novela, Prosa, scifi

MIÑONES DE BIZKAIA

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IMG20170509190221Hoy ha tenido lugar ne la Librería ELKAR de Bilbao la presentación del libro histórico “Miñones de Bizkaia: policías forales del Señorío”.

Su autor, Jorge Cabanellas en compañía de una representante de la editorial valenciana SARGANTANA, especializada en temas culturales, nos ha comentado su periplo, desde que cayó en sus manos una de las chapas que formaban parte del uniforme de dicho cuerpo foral, hasta la publicación del libro.

No han faltado los familiares de aquellos que fueron fusilados o hechos desaparecer durante los momentos más crudos de la guerra, como tampoco el recuerdo de los que, por razones ideológicas, abrazaron el bando nacional. Como J. Cabanellas ha querido dejar claro desde el principio, se han tratado ambas vertientes del conflicto desde el rigor, el respeto y, por supuesto, sin rencores.

Nos ha ofrecido un breve, pero jugoso, recorrido por las hemerotecas, archivos municipales e incluso del propio ejército, ilustrado por la proximidad a la propia librería ELKAR de la comandancia de Miñones de Bilbao, que se conserva, cosa que ignorábamos la mayoría de los presentes, tal y como hubo de ser abandonado en 1937.

Un libro editado de forma primorosa por SARGANTANA de forma primorosa, con abundante fotografías y que hará sin duda las delicias de los familiares de los últimos integrantes de aquel cuerpo foral, y de los aficionados a la historia.

Jorge Cabanellas ‘Miñones de Vizcaya. Policias forales del señorío’.

 

Written by aitztv

9 mayo, 2017 at 21:52

Publicado en Historia, Prosa

Entrevista en NGC3660

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José Jorquera Blanco, me entrevista para NGC3660

Breve: Juan Manuel Sánchez-Villoldo

Written by aitztv

11 noviembre, 2016 at 10:25

Lawin

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lawin_16101806Son la siete de la mañana. La gente refugiada se despereza mientras recorro los cincuenta metros que separan la entrada principal de la sala de control de producciones. Conozco a casi todas esas personas. Son familiares de los trabajadores que han venido a pasar la noche ante el riego de que el tifón se lleve sus casas de bambú y nipa. Para otros el riesgo es el mar. Dicen, los rumores son más veloces que las noticias, que el nivel ya se ha elevado cinco metros y que es posible un tsunami. Cuando vives a cincuenta metros de la playa no es lo que te gustaría escuchar.

De todos modos este leviatán ha llegado por detrás, y es de agradecer. Las estribaciones de la Sierra Madre a nuestra espalda han atemperado su furia, y nos ha alcanzado con viento y agua, pero no ha podido obligar al mar a abandonar su lecho y lanzarse contra nosotros.

En mi camino oigo llantos. Los niños se despiertan sorprendidos y se asustan al no reconocer sus cunas y habitaciones. Están en un hangar oscuro y poco amistoso. El techo les mira desde más de treinta metros de altura y el viento aún hace sonar con violencia el tejado metálico que, sin embargo, ha soportado incólume la violencia del huracán.

No hay electricidad, ni teléfono, ni tan siquiera agua corriente. El pueblo ha sido desmembrado, descordado por decreto de la naturaleza, y sus venas y nervios cercenados de modo que sus miembros son incapaces de comunicarse entre sí.

Me asomo a la puerta, mejor dicho, al hueco de la puerta ya que esta ha volado por efecto de la presión del aire durante la noche. El mismo destino a sufrido el techo de la habitación donde duermo, que se ha desprendido como una hoja de otoño, con la delicadeza de no caer sobre mí. Luego recogeré los destrozos.

En el exterior, las bananeras están destrozadas, descuartizadas sobre el suelo como los cadáveres de una guerra vegetal. Los cocoteros intentan sobrevivir; se tumban y se levantan al son de ráfagas de viento que han llegado superar los dos dígitos durante muchas horas. Alguien avisa para que me aparte. Veo venir un trozo de techo metálico, retorciéndose en el aire como si fuera una criatura viva, pero no lo es. En realidad se ha convertido en una guillotina libre del suelo. Casi parece que tiene criterio, y me da la impresión de que si salgo vendrá a por mí. Busca carne y no la encuentra, y termina por saciar su rabia contra el tronco de un árbol del que arranca más de la mitad de su diámetro de un único bocado metálico (¿dónde estarán la mariposas?, pienso sin venir a cuento).

El aire: una nada necesaria. Este aire está maldito. Arrastra vida y miseria, y mucha muerte. No va a levantar hojas como en otoño, ni va a dibujar espirales en el espacio con los restos del verano. Este aire es culpable. Ha llegado hasta aquí cercenado vidas, desguazando moradas. Nunca las de los ricos, sino las de los menesterosos. Viene arrastrándose sobre las cimas de los montes a las que deja huérfanas de su piel vegetal para mostrarse obsceno a nuestros ojos.

Decido vengarme. Voy a atravesarlo, me voy a colar en sus entrañas y dividirlo con la única arma de mi cuerpo. Me voy a enfrentar a él y voy a ganar. Me enfundo un traje de agua y pongo mis cuatro cosas en un macuto, y en un arrebato de pesimismo le digo a mi compañero de cuarto que si no vuelvo, todo lo que allí queda es suyo. No sé si me cree, pero su sonrisa torcida muestra la duda, la gran duda, toda la duda.

El impacto es brutal en los primero pasos. El traje de agua gualdrapea en mis oídos como las velas de una embarcación mal gobernada. El aire es cálido, y trae gotas de agua que arranca de los charcos del suelo. Me tambaleo, pero doy un paso, y después otro. Estoy avanzando, penetrando la piel de la bestia que logra sacudirme pero que no consigue tumbarme. Estoy asustado. Pienso en qué ocurrirá si me tira al suelo y me arrastra, pero sigo en pie, y en ese momento, me doy cuenta de que puedo ganar. Fijo mi meta siete kilómetros más adelante. Supongo que se da cuenta, porque arrecia con saña, pero estoy decidido.

Voy tomando confianza. Estoy conociendo su lenguaje. Él tiene la ventaja porque viene de mi espalda, así que si lanza hacia mí algo mortal, no voy a verlo venir. Confío en que después de tantas horas acechándonos, no le queda nada que tirar, pero nunca se sabe.

A la mayoría de las palmeras le falta la mitad de su copa, y las enormes nueces de coco rebotan en el suelo como si fueran pelotas de baloncesto. El suelo está cubierto de ramas que cambian de sitio al capricho del viento. Los campos de arroz y los manglares no se distinguen los unos de los otros, ambos anegados en aguas del color del café de los hospitales. En medio de una terraza veo  un búfalo de agua, imperturbable con su media tonelada de carne. ¡Loco!, leo en su mirada, ignorante del hecho de que él y yo estamos subidos en el mismo barco.

Enfilo una recta resguardada por la ladera de una colina. Allí la gente se ha atrevido a salir a la calle. Han extendido sus cosas, sus vidas, sobre la parte menos húmeda confiando en que se sequen. Así funciona esto. No ha terminado la fiesta de la destrucción, pero ellos ya comienzan a rehacer sus chozas, como las hormigas reparan sus hormigueros una y otra vez, desastre tras desastre. Saben que vendrán más, muchos más, y entonan la canción de su existencia levantado sus moradas como Sísifo arrastraba la roca a la cima de la montaña, sólo para verla caer de nuevo.

Niños, ancianos, jóvenes… Sus enseres sólo parecen cosas y ellos sólo parecen personas, pero no es cierto. Son parte del viento, son hijos de los huracanes que dividen sus existencias y las arbitran mejor que el calendario más exacto. Ese colchón donde engendraron sus hijos, el puchero del que comen con la mano todos ellos, ventiladores que pasan de generación en generación… Una historia en cada cuneta secándose a un sol que no acaba de salir.

Doblo un recodo y es como darme con una pared. El viento entra por el valle fluvial como un cañón. Ruge entre los árboles que aún se mantienen en pie y me hace tambalearme. Intento caminar y no puedo, el aire es como un imán que elige la dirección por mí, e intentar avanzar es una rebeldía fútil. Por un momento siento que me despego del suelo, que voy a volar. Los cierres del traje de agua pugnan por abrirse y uno de ellos cede arrancando el plástico en el que estaba embutido. Noto las piezas metálicas, que me golpean las piernas como si fueran las cabezas de un látigo. Me dejo caer mientras busco la posición que ofrezca menos resistencia al cuerpo. Veo volar algunas ramas sobre mí y, de repente, como comenzó, el aire se calma y el viento, aunque recio, se vuelve tolerable. Aprovecho esa calma relativa para atravesar el resto del valle y refugiarme en el siguiente recodo.  Ahora me toca enfilar una recta bastante complicada. Voy a estar expuesto al mar y al monte  a partes iguales.

La playa es una especie de estercolero. Las aguas que han bajado del monte  han arrastrado  gran cantidad de escombros, restos vegetales y barró, contaminando el agua de un enfermizo color marrón traslúcido. La arena está llena de troncos y de todo aquello que el mar se ha negado a digerir, pero lo más impresiónate es el oleaje.

Las olas no vienen hacia la costa, sino que se mueven de forma perpendicular a ella, de Oeste a Este, como si ignoraran la playa y toda la costa. Aunque desentrenado, mi ojo, antes marinero, me permite calcular que el viento está por encima de los cuarenta nudos, y arranca rizos de espuma sucia a las cimas de las murallas de agua que corren sin acercarse a la orilla. Es espectacular, por no puedo permanecer allí mucho tiempo, El aire trae la arena coralina y se me clava en las piernas.

Estoy solo y me gusta. Este paseo me trae a la cabeza las tribulaciones de un Benjamín Driscoll atado al planeta Tierra. Me siento un explorador de lo imposible, yendo valientemente donde no muchos se atreven aunque sé que no lo hacen porque, en realidad, no merece la pena.

El viento me golpea de nuevo desde la sierra. La carretera esta festoneada de cocoteros y veo que estoy cometiendo un error al alejarme de ellos. La mejor manera de que no te golpeen las ramas desprendidas es precisamente estar bajo ellas. La otra linde del camino te puede convertir en un muñeco de «pim-pam-pun» en cualquier momento.

Algunas casas parecen esqueletos de dinosaurios asomando sus huesos desde las entrañas de la tierra. Sí hubo alguien dentro, el tifón se ha encargado de borrar sus huellas. Nada evidencia que alguien haya vivido allí jamás, aunque me consta que era así. Imagino a esas personas en el gimnasio municipal, en realidad una cancha de baloncesto cubierta, escuchando al viento golpear el tejado metálico tal vez con sus propios muebles. Más niños asustados en una noche eterna.

Apuro la recta hasta alcanzar una zona más tranquila. Allí los vecinos han comenzado a reconstruir su miseria. Me duele pensar en ellos en esos términos, pero es la realidad. Construirán una casa nueva que no diferenciará en nada de las que han sobrevivido al huracán. Nacerá envejecida, con vocación de ruina en su bloque hueco y desnudo, sin recibir una triste mano de pintura, como la hubieran castigado por ser la herencia de la tormenta. Pienso que no sé por qué me preocupo: a ellos les da igual, sin embargo, me duele ese conformismo casi religioso con el que enfrentan la vida. Para ellos los cambios no son oportunidades, sino algo que hay que olvidar cuanto antes para que todo siga igual.

Otra vez el aire, arremolinando vidas.

Me siento empujado, impelido a abandonar la escena, porque el viento sabe que no he sido invitado. Soy un intruso, el advenedizo que no se quedó en casa durante el tifón, Aún me obliga a clavar la rodilla en el suelo dejando parte de la piel en el movimiento, pero el aire está ya pataleando. Sabe que ha perdido.

La última recta a mi destino la hago sin prisa y sin miedo. No puede pasarme nada, lo sé.

Entro despacio en una habitación de alquiler. El sudor corre bajo el plástico que me ha protegido del agua. Se escurre pos mis piernas y me pregunto por qué me escuecen tanto. Descubro con sorpresa que de rodilla para abajo estoy lleno de sangre. Los múltiples golpes de la arena coralina me han acribillado y no me he dado cuenta. No es nada, sólo la señal de lo que podía haber pasado. Tengo el pelo también lleno de arena, igual que los pliegues del traje de agua.

Me siento en un poyete a ver llover. La tormenta me ha respetado durante las casi dos horas que he caminado bajo su manto, como si discrepara con el viento sobre mi destino.

Me ofrecen un vaso de agua.

Lo suelo rechazar, no sé de dónde procede, pero hoy no.

Hoy me siento inmortal.

Written by aitztv

21 octubre, 2016 at 16:21

La guerras del código

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lasguerradelcodigo_portadaEn una pequeña comunidad de la América rural, los niños desarrollan una salvaje deformidad que hará de ellos asesinos monstruosos bautizados como coyotes.

Tras un primer combate y aparente victoria, otro pueblo es atacado y todos los habitantes devorados. Julián Mozzi,  superviviente de la primera batalla, es convocado para dirigir las operaciones de contención de este nuevo ataque.

Pero esta no es una novela de zombies. No hay infecciones ni contagios. Puede que los coyotes sean la respuesta de la naturaleza al vaciado de especies, o quizás al orgullo del ser humano.

Las Guerras del Código relata el conflicto entre el ser humano y la naturaleza, una batalla que se gesta en nuestro interior desde el origen de la vida. Ahí se esconden nuestros peores miedos.

 

http://edicionescivicas.org/producto/las-guerras-del-codigo/

Written by aitztv

13 septiembre, 2016 at 14:19

Antología de relatos huérfanos

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AUTOLOGIA“No es una poseía gota a gota pensada” decía Gabriel Celaya. Así es. “Antología de relatos huérfanos” es una recopilación de relatos que habéis leído aquí en su mayoría, ordenados en un ebook para vuestra comodidad, y -por supuesto- gratis. Es mi intención ir publicando regularmente esos relatos que van quedando descarriados. Considerad éste que aquí veis, el primer volumen de una serie.
Espero que os guste.

Lo podéis encontrar y descargar en Lektu en este enlace.

https://lektu.com/l/juan-manuel-sanchez/antologia-de-relatos-huerfanos/5557

 

“Conocí Juan Manuel Sánchez Villoldo más o menos en 2014 cuando comenzamos a trabajar en la antología “Hijos del mal” de Vuelo de Cuervos. He visto su evolución, que es espectacular, y me siento una privilegiada al conocerle como persona y saber que hay en él un gran amigo para mí. Hace unos días me dijo que iba a sacar a sus “pequeños huérfanos” del cajón. Le ofrecí mi ayuda y le deseé suerte, aunque esta última no la necesita porque es un tío que lucha por lo que de verdad quiere y pelea en esta jodida vida que nos ha tocado soportar. El lunes salió en Lektu una antología de su puño y letra que os puedo asegurar: no defraudará a nadie. Podría decir muchas cosas más pero quiero que las descubráis por vosotros mismos, porque muchas veces se conoce a un escritor por como escribe y ambos, en este caso, son maravillosos.
Si de verdad os consideráis lectores, si de verdad apoyáis a los que empiezan, descargad esta antología. No sólo ayudaréis a un muy buen escritor, si no que además, disfrutaréis muy mucho con la lectura.”

(Lorena Raven: escritora y directora de la revista digital”Vuelo de cuervos”)


 

“No podéis perderos esta antología de tamaña gran persona y excepcional escritor. Un crack D. Juan Manuel Sánchez Villoldo. Sigue así Señor. Conseguirás lo que mereces ”

(JM Segura: artista gráfico)


 

Written by aitztv

17 agosto, 2016 at 2:39

“La catenaria”

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Hay relatos que sufren más de lo debido. Casi siempre, o siempre, la culpa es del autor, que espera de él algo para lo que no fue escrito. Deambulan como apátridas de certamen en certamen, de concurso en concurso, castigados de forma injusta por un crimen que no han cometido. Esta es una de esas historias. Nunca supe dónde la debía situar. Creo que ya es hora de liberarla.


electrificacionCuando las luces del vagón parpadearon con insistencia, Mario se dio cuenta de que la mañana empezaba mal para él. se había demorado más de lo normal en su ritual matutino de ducha y café y no había alcanzado el Metro a la hora de siempre. Estaba acostumbrado a ver las mismas caras a las mismas horas y tenía la impresión de ser observado con hostilidad por los demás viajeros, como si fuera una hormiga en hormiguero ajeno. Si de algo se sentía orgulloso era precisamente de su orden. siempre a la hora, siempre impecable: era un hombre sin sorpresas. Había pretendido llevar su vida como si se tratara de una producción en cadena, siempre intentando ser eficiente, calculando sus movimientos para no dar un paso de más. Fracasó en muchas cosas: negocios, matrimonio, familia… Siempre pensó que la culpa no podía ser suya: él siempre cumplía con sus compromisos.

La megafonía el tren se abrió con un soplido. una voz femenina comenzó a recitar la información con evidente desgana:

«Atención señores viajeros. Por causa de la caída de una catenaria nos vemos obligados a detenernos durante los próximos veinte minutos. Rogamos no intenten abandonar el coche por sus propios medios. Lamentamos la molestias: Buenos días».

El mensaje terminó con otro par de soplidos. el vagón estuvo sumido unos instantes en un silencio pesado antes de dar paso a expresiones de desagrado y a más de un exabrupto. De inmediato hubo en cada mano un teléfono móvil y cada uno de los viajeros comenzó a repetir o a teclear la historia a su manera. Algunos la retorcieron a su conveniencia, otros llamaban a la consulta del médico para explicar la causa del retraso e incluso un par de escolares comenzaron a especular con la posibilidad de librarse esa mañana de la hora de matemáticas. Mario se limitó a mirar su reloj de pulsera y maldecir su mala suerte. Soltó un bufido mientras intentaba acomodar su agenda al nuevo horario.

−Perdona ¿No nos conocemos?, −escuchó una voz a su lado–. Si no me equivoco estudiamos juntos, durante la secundaria…

Mario se giró para ver quién le hablaba y se encontró con una cara familiar. necesitó unos segundos para que su cerebro pusiera nombre a aquel rostro, pero no tardó demasiado en conseguirlo.

−¿Lucía? ¿Eres tú? ¡Dios mío! ¿Cuánto tiempo ha pasado? –dijo contento de ver a la mujer− ¡Uf!, ¡Más de veinticinco años! –se quitó el guante para estrechar su mano–. No te puedes imaginar la ilusión que me hace verte.

Ella se quitó a su vez una manopla de vivos colores y le tendió una delicada mano de piel aterciopelada. Casi sin querer el brillo de una alianza llamó la atención de Mario. Ciertamente ella estaba muy guapa, incluso le parecía más atractiva que cuando eran unos adolescentes. Entonces no recordaba haber sentido por ella una atracción especial, pese a que por aquella época todos chicos de su edad se enamoraban de todo aquello que tuviera pulso.

Habían compartido instituto desde los catorce hasta los dieciocho años. los nombres comenzaron a volver a la cabeza de Mario como salen a la superficie los restos de un naufragio: Antón, Oscar, Adrián, Luis  y él mismo conformaban el bando de los chicos, mientras que las chicas eran Sofía, Raquel, Celia, una tal Victoria que iba y venía del grupo y, por supuesto, la propia Lucía. En ocasiones eran más, pero no recordaba el grupo si no recordaba primero todos estos nombres.

−Me sorprende que me hayas recordado con tanta facilidad –dijo ella con una sonrisa−, déjame que lo intente yo –añadió mientras ponía un mohín encantador−. Tú eres… Adrián ¿A que sí?

Mario se sintió decepcionado. No era extraño que a él y a Adrián los confundieran,realmente tenían una constitución muy parecida e incluso se daban un aire el uno al otro. En más de una ocasión les tomaron por hermanos: solían bromear con quién era el mayor de los dos.  Sin embargo, esta vez sí que le molestó la confusión. tal vez fuera porque Lucía estaba realmente radiante. Llevaba la melena suelta en cascada sobre el cuello de un abrigo de espiguilla y un traje sastre con una falda ajustada. No la recordaba así. para él nunca destacó por su belleza, pero los años, o vete tú a saber qué, habían hecho de aquella chica «del montón» una mujer madura y muy atractiva. Sin embargo, que no recordara su nombre le había molestado, así que ¿por qué no continuar la conversación como si él fuera realmente Adrián? La idea le produjo un cosquilleo morboso en el interior. Engañar a Lucía de esa forma estúpida se le antojaba parecido a revolver en el cajón de su ropa interior, una especie relación sexual no consentida pero de baja intensidad. Que lo hubiera pensado mejor, dijo en su fuero interno.

−Tienes una fantástica memoria –dijo sintiéndose un hipócrita–. Menos mal que no me has equivocado con Mario: Por cierto. ¿Sabes algo de él y de los demás? ¡Hace siglos que no veo a nadie!

−No te puedo contar mucho: Oscar y Sofía estuvieron saliendo un par de años y Celia y Raquel… Bueno… –puso una sonrisa pícara− Viven Juntas, ya me entiendes…

−¿Y dices que no me puedes contar mucho? –dijo Mario con estudiada exageración− ¡Eres una enciclopedia! –rio−. Yo sí que no puedo contarte nada.

Mario Iba a continuar sus disculpas, pero se dio cuenta de que si hablaba podía descubrir su pequeña mentira. Tendría que estar atento a no equivocarse. No sabía hasta dónde conocía ella realmente a Adrián, aunque el hecho de haberlos confundido no indicaba mucho contacto en los últimos años.

−No recuerdo apenas nada de entonces –mintió de nuevo−. ¿Qué me cuentas de los chicos?

−De Antón no sé nada: ni si vive, ni si está aquí, ni si terminó la carrera. De Luis puedo decirte que dejó de estudiar porque falleció su padre y él se hizo cargo de la tienda familiar. A partir de ahí le perdí la pista. Creo que se casó, pero no recuerdo quién me lo contó, no me hagas mucho caso en eso.

−¿Y qué hay de ti? –preguntó Mario−. Te veo estupenda. ¿Has hecho un trato con el Diablo? –preguntó galante.

−¡Qué más quisiera! –contestó ella halagada−. No, no hay secretos. Vivo muy tranquila. Terminé la carrera y me fui fuera un par de años. Bueno: ¡Iban ser un par de años! Pero ya sabes… La juventud. Conocí a un hombre algo mayor y me enamoré de él como una tonta. Nos casamos y…−su cara se oscureció−. Lo perdí el año pasado. Habíamos puesto juntos una Asesoría: ahora la llevo yo.

−Lo lamento mucho –dijo Mario conmovido. Durante unos instantes se sintió más culpable aún de tomar el pelo a Lucía. Ahora sabía que ella era muy vulnerable y no quería hacerle daño, pero no podía volverse atrás. Deseó que el tren recobrara la electricidad pronto para salir del embrollo−. ¿Qué tal lo llevas?

−¡Oh, no te preocupes! Estoy bien. A veces los recuerdos me hacen alguna jugada, pero yo suelo decir que los recuerdos son para soñar, no para vivir. No quiero sentirme especial, eso únicamente aumentaría la pena y los remordimientos.

Los ojos de Lucía habían comenzado a brillar. Mario sacó un pañuelo y se lo ofreció con delicadeza. Su esposa había fallecido también un par de años antes, pero para entonces ya estaban separados. Nunca supo medir bien las necesidades de su mujer durante el matrimonio: no supo leer las señales. Día a día iba perdiendo encanto ante sus ojos hasta que llegó un momento en que no quedó nada en él a lo que ella pudiera querer. Su vida era una vela encendida por los dos lados. Ardía veloz sin percatarse de que lo que realmente se consumía era él. Cuando ella le dijo un día que había tocado fondo él se derrumbó. Fue como si un corredor se encontrara de pronto con un cristal invisible en su camino. Se deshizo en mil partes irreconciliables que se desperdigaron en un espacio infinito. Tuvo que volver a construir una nueva soledad:una propia. No había sido capaz de querer a nadie desde entonces. Cuando recibió la noticia de su muerte no se sintió libre. Se volvió densamente pesado, inercial. Se movió mucho tiempo como un cadáver incorrupto viéndose a sí mismo como un homenaje al sufrimiento, como una piedra de río que es incapaz de rodar.

−De verdad que lo siento –repitió−. No te voy a incomodar soltando tópicos sobre la vida y la muerte. Tienes razón. Los recuerdos son para soñar: no para vivir.

−¡Vaya! –dijo ella de repente− Me acabas de recordar a Mario… Él hubiera dicho algo así.

Antes de que en Mario saltaran todas las alarmas, sonó en el vagón una especie de golpe seco y todas las luces se apagaron a la vez. Hubo un momento de total oscuridad mientras la iluminación de emergencia comenzaba a bañar de un color amarillento el interior del coche. se escucharon algunos gritos de angustia mientras por megafonía la misma voz desganada de antes explicaba que era un paso normal y que nadie perdiera los nervios. La mano de ella buscó en los instantes de oscuridad un asidero y lo encontró en la mano de Mario. durante una corta eternidad sus cuerpos buscaron abrigo uno en otro y sus alientos se confundieron.

−Tranquila, no pasa nada –explicó−. Tienen que desconectar la red dañada para sustituirla por la nueva –ella intentó retirar su mano pero él la retuvo suavemente, aunque con firmeza−. Créeme: soy ingeniero −dijo en un susurro.

−¡Pero si hiciste el bachiller por letras! −recordó ella.

−¡Estaba bromeando! –dijo Mario agradecido de que la oscuridad cubriera su rubor−. Intentaba tranquilizarte un poco –añadió, llamándose idiota por el desliz−. Hablando de ingenieros. ¿No sabes nada de Mario?

−Lo cierto es que no. No he sabido de él como no he sabido de ti. Os perdí de vista y si no hubiera sido por esta avería en el tren no sabría nada de ninguno de los dos: hasta en eso os parecéis.

−La verdad es que siempre nos confundían, pero no nos parecíamos tanto, creo yo. Supongo que el hecho de estar siempre juntos acentuaba la confusión.

−En realidad siempre pensé que Mario era un idiota –dijo ella de sopetón−. Siempre sabiéndolo todo y corrigiendo a los demás. Creo que carecía totalmente de empatía.

Mario soltó su mano de inmediato. el viento gélido de las palabras que ella acababa de pronunciar había derrumbado hasta los cimientos su frágil castillo de naipes.

−Hombre…Lucía…−tartamudeó−. Me parece una afirmación un poco dura. Tal vez Mario no fuera muy sociable, pero tampoco un insensible…

−¡Siempre con sus agendas! con sus puntualidades, con su orden inalterable –continuó ella hablando−. Nunca dejaba lugar a la diversión completa, a la improvisación… Incluso tú, que eras su mejor amigo decías que muchas veces no le soportabas. Recuerda que tú le bautizaste «El Tieso». ¡Tú le pusiste el mote! Si te soy sincera no es precisamente a quien más he echado de menos y eso que por aquel entonces, pese a todo, me gustaba muchísimo, pero él nada más tenía ojos para Sofía y está a su vez no le hacía ni caso porque sólo miraba a Oscar.

−¡Caramba! ¡Qué revelación! – dijo sorprendido.

−Siempre he elegido mal a los hombres, y por entonces me fijaba en los más raritos. Me gustaba de él lo culto que era, pero siempre que tenía oportunidad, te lo restregaba por la cara. Si no le dabas la razón era inflexible contigo hasta que terminabas cediendo. Siempre hablando de sus cosas, de sus intereses, de tanto como él sabía… ¿Recuerdas cómo a veces le dábamos esquinazo para no verle? –dejó escapar una risa cómplice− Yo creo que nunca se enteró de lo mal que nos caía a veces…

−De eso estoy seguro… Nunca lo supo.

En ese instante las luces se encendieron y el tren se puso en marcha. Lucía continuaba hablando pero él ya no la escuchaba. Su voz era un eco lejano. Aquella etapa que Mario siempre consideró la mejor de su vida no había existido. Fue actor involuntario de una farsa, de una obra de carpintería social en la que sólo le habían soportado por caridad. Siempre había sido un vacío en la vida de sus amigos. Perder esa mañana el tiempo eligiendo una camisa, llegar tarde a la estación, tomar un tren que no era el habitual, una avería inoportuna… Todo conducía a una revelación dolorosa y precisa. Nadie le había querido nunca.

−¡Bueno! –dijo ella−, estoy llegando a mi estación. Si me das un número de teléfono podemos quedar algún día a tomar un café.

−Imposible, Lucía. Trabajo en el extranjero. Sólo he venido a renovar la documentación –mintió con descaro– Yo te buscaré en la asesoría cuando vuelva de vez en cuando − tendió la mano de nuevo−. ¡Ha sido un placer!

−Lo he pasado muy bien −dijo ella−. Confío en que no tenga que esperar otros veinticinco años para verte de nuevo. ¡Adiós, Adrián!

Abandonó el coche y con un taconeo rápido enfiló las escaleras mecánicas.

Él se bajó del metro en la siguiente estación. Mientras el tren la abandonaba, las luces de  las ventanillas encendieron claroscuros sobre su cara. Él se sentía más o menos igual. Como si viviera dos vidas simultáneas en las que una era su propia percepción y la otra su oscura realidad. El Mario que entró esa mañana en el tren nunca sería igual que la persona que acababa de abandonarlo. Una parte de su vida se había arrojado a la vía. Comprendió mejor que nunca por qué su esposa le abandonó. supo por qué nunca tuvo amigos de verdad: Por fin entendió por qué siempre estaba solo.

Cuando por fin salió a la luz de la ciudad era un Mario nuevo. No era ni mejor ni peor, tan sólo había dejado de pensar en sí mismo como parte de los recuerdos de otros. Miró su reloj: llegaba tarde.

−¡Qué demonios! –pensó mientras  soltaba su perfecto nudo de corbata−. ¡Aún tengo tiempo de tomar un café!

Written by aitztv

7 julio, 2016 at 15:36

Publicado en ficcion, Prosa, relato

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