Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

Archive for the ‘Terror’ Category

Antología de relatos huérfanos

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AUTOLOGIA“No es una poseía gota a gota pensada” decía Gabriel Celaya. Así es. “Antología de relatos huérfanos” es una recopilación de relatos que habéis leído aquí en su mayoría, ordenados en un ebook para vuestra comodidad, y -por supuesto- gratis. Es mi intención ir publicando regularmente esos relatos que van quedando descarriados. Considerad éste que aquí veis, el primer volumen de una serie.
Espero que os guste.

Lo podéis encontrar y descargar en Lektu en este enlace.

https://lektu.com/l/juan-manuel-sanchez/antologia-de-relatos-huerfanos/5557

 

“Conocí Juan Manuel Sánchez Villoldo más o menos en 2014 cuando comenzamos a trabajar en la antología “Hijos del mal” de Vuelo de Cuervos. He visto su evolución, que es espectacular, y me siento una privilegiada al conocerle como persona y saber que hay en él un gran amigo para mí. Hace unos días me dijo que iba a sacar a sus “pequeños huérfanos” del cajón. Le ofrecí mi ayuda y le deseé suerte, aunque esta última no la necesita porque es un tío que lucha por lo que de verdad quiere y pelea en esta jodida vida que nos ha tocado soportar. El lunes salió en Lektu una antología de su puño y letra que os puedo asegurar: no defraudará a nadie. Podría decir muchas cosas más pero quiero que las descubráis por vosotros mismos, porque muchas veces se conoce a un escritor por como escribe y ambos, en este caso, son maravillosos.
Si de verdad os consideráis lectores, si de verdad apoyáis a los que empiezan, descargad esta antología. No sólo ayudaréis a un muy buen escritor, si no que además, disfrutaréis muy mucho con la lectura.”

(Lorena Raven: escritora y directora de la revista digital”Vuelo de cuervos”)


 

“No podéis perderos esta antología de tamaña gran persona y excepcional escritor. Un crack D. Juan Manuel Sánchez Villoldo. Sigue así Señor. Conseguirás lo que mereces ”

(JM Segura: artista gráfico)


 

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Written by aitztv

17 agosto, 2016 at 2:39

RENAISSANCE: EL NUEVO CICLO DE LOS MITOS

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JUAN MANUEL SANCHEZ  SANTA ANA, CAGAYAN VALLE, PHILIPPINES 15/03/2016 01:10

TAAL“El extraño brillo de las estrellas se asemeja de manera inquietante al perturbador titilar que creemos apreciar, fugaz, en medio de la noche. ¿Son ambos, acaso, la misma cosa?”

Antología a la que aporto mi relato “Taal”, en un intento de reflejar lo que me transmitió H.P. Lovecraft cuando lo leí por primera vez. Comparto este magnífico trabajo de la Editorial Pulpture, con los siguientes autores:
Beatriz Troitiño, Juan Manuel Sánchez-Villoldo, Dioni Arroyo Merino, Edgar-Max Mirigaya Salvador, Germinal García Ramírez, Federico Garrido Villar, Carlos Fernando Vega Esquivel, Javier Torras de Ugarte , Ana Nieto Morillo, Jorge R. del Río, Jorge P. López, Jaume Vicent, Josué Ramos, J. R. Plana, Juan F. Valdivia, Francesc Marí Company, Álvaro Aparicio, Ruymán Alonso, Isabel Galán, Charles Pouzols, Alejandro Morales Mariaca, Alberto Berjón , Ruben Fonsec, S. Barker, Ana López Gómez .

“Renaissance contiene 25 relatos, interpretaciones de los Mitos, algunas veces bastante libres, otras bastante centradas. Todas son historias muy buenas que os van a gustar y a sorprender, si te gusta Lovecraft tienes que leer este libro. Así de claro.”

(Jaume VIcent Bernat)

Lo podéis encontrar aquí:

http://boutiquedezothique.es/terror/116-renaissance-el-nuevo-ciclo-de-los-mitos.html

Y aquí:

https://www.goodreads.com/book/show/29471890-renaissance

 

Written by aitztv

14 marzo, 2016 at 18:28

Last Christmas

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calavera-para-navidadYo sólo tenía quince años, esa edad cuando uno termina de preguntar a todo “por qué” y comienza a sentirse invencible. Estaba convencido de que las cosas cambiarían por el mero hecho de que yo deseara ese cambio.

Sabía que algo no iba bien. Año tras año, cada siete de diciembre mis padres me llevaban a un restaurante junto a la playa. Recuerdo aquellas enormes bandejas de pescado con las que los tres celebrábamos su aniversario. Éste año tocaba el vigésimo, pero no hubo ni restaurante ni celebración.

“Ayúdame” me dijo mi padre aquel sábado por la mañana. Vamos a poner el árbol de Navidad. Supe al momento que era una excusa.

Me explicó qué estaba pasando, que mama y él ya no iban a vivir juntos nuca más y que se tendría que marchar tras el día de Año Nuevo. Me dijo que me quería, pero que mamá ya no le amaba como cuando se casaron, y que ya no quería vivir a su lado. Recuerdo que lloré. No sé muy bien por qué, ni por quién, pero las lágrimas acudieron a mis ojos sin haberlas llamado, como si tuvieran vida propia.

“Vamos a adornar el abeto del jardín: el año que viene tendrás que hacerlo tú solo”, me dijo.

Pasamos una buena mañana, pese a todo. El árbol quedó precioso, pero me fijé que mi padre había dejado una rama casi desnuda, sin adornos ni luces.

“Esa es mi rama. Quiero que la dejes desnuda cada año, así, cuando la vea de lejos sabré que te acuerdas de mí”

Volvía a llorar, pero él me dijo que el domingo colgaría algo muy especial de esa rama.

Me levanté al alba y salí tan rápido como pude y le vi. Allí estaba mi padre, columpiándose al extremo de una cuerda de aquella rama desnuda.

 

 

Written by aitztv

15 diciembre, 2015 at 1:32

El okupa.

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images (1)Vuelta a empezar. No quieren aceptar que aunque no viva  en mi casa, sigue siendo mi casa. La quiero como la dejé. No me molesta si el polvo se acumula sobre los muebles o que las arañas tejan en las esquinas. Tampoco me preocupa que no haya corriente o si algún grifo gotea.

Ninguno de ellos estuvo allí cuando la levanté con mis propias manos con el dinero que me quitaba de la comida y trabajando todas las horas que podía en cualquier cosa. Era mi ilusión. Quería ver el mar al levantarme, quería tener un rincón de reposo al final del día al arrullo de la marea. Lo conseguí. Tardé años en ahorrar lo suficiente para poder comprar unos metros cuadrados frente al mar. Cavé a pico y pala, aprendí a preparar el cemento y el hormigón, a poner ladrillos, a hacer puertas y ventanas de madera y nadie —ni amigo ni enemigo ni familiar ni extraño— vino a echarme una mano. “Es un viejo loco”, decían. “Para cuando quiera acabar la casa ya se habrá muerto”. Se equivocaron todos. No solo la hice, sino que la vestí haciendo muebles con la madera que las tormentas arrojaban a la playa. Mesas, sillas… Hasta una mecedora en la que me sentaba a ver como el sol se acostaba sobre el horizonte. Poco a poco el viento fue puliendo sus esquinas y la lluvia y salitre bruñeron su piel de madera. Tenía el tacto de los pasamanos de los barcos No estaba barnizada, pero la madera brillaba.

No es que fuera mi casa: Era mucho más que eso. Yo le pertenecía; me adoptó. Su espíritu, su esencia, estaba allí. Yo solo la vestí de madera y piedra para hacerla visible y a cambio me dejó vivir en ella. Las habitaciones eran sus órganos internos y yo la sangre que movía en su interior los elementos necesarios para continuar viviendo. Éramos felices, muy felices. Los dos.

Pero llegó el día en que me tuve que marchar. Nunca aguanto mucho tiempo en ningún sitio y ella lo supo. No me dejaba salir. No pude abrir ninguna puerta ni ventana, hasta que le prometí que nunca nadie más viviría en ella. Que la visitaría de vez en cuando y que cuidaría de ella tanto como me fuera posible.

Durante un tiempo no tuve ninguna noticia y -siendo sincero- debo reconocer que me olvidé un poco del asunto. Pero un día sentí su llamada. No puedo explicar cómo ni por qué. Solo sé que tuve la necesidad de ir a visitarla porque algo extraño estaba ocurriendo.

Cuando me iba acercando el problema se hizo evidente. Una de mis hijas estaba en el jardín y tras ella, en el porche, su madre —de la que me había separado tiempo atrás— dormitaba en mi mecedora. Ni se habían dignado a preguntar. Daban por hecho de que la casa era suya. La casa de la que se habían reído hasta herniarse, la casa que me había costado el matrimonio, por la que me quedé sin amigos… La casa en la que nunca colaboraron, en la que no pusieron una sola piedra.

Intenté hablar con ellas, no quería discutir, pero fue inútil. Me ignoraron una y otra vez hasta que una noche, cegado por la rabia, las asesiné sin ninguna piedad. No fue difícil. Pensaba que me torturarían los remordimientos, pero no fue así. Es más. Me sentí bien. Al amanecer todas las ventanas se abrieron a la vez y el virazón barrió hasta la última gota de sus perfumes. El mar se tragó sus cuerpos y sus enseres.

Vino mucha gente después, pero no se atrevieron a entrar. Yo me escondía para verlos cuchichear en voz baja sobre crímenes y asesinatos. Pero ninguno se atrevió a entrar. Solo unos policías que —por supuesto— no encontraron nada. Una noche incluso un grupo de adolescentes hicieron un pequeño fuego cerca de la entrada y empezaron a llamar a fantasmas y espíritus. Fue fácil echarlos. Solo necesite un par de gritos y huyeron despavoridos. Cuando llegaron al pueblo inflaron la historia hasta parecer una película de miedo. Me gustó la idea. Así nadie se acercaría de nuevo, pensaba. Me equivoqué.

Al estar yo desaparecido la casa pasó a la propiedad de mi otra hija. No estaba interesada en ella, así que la puso en alquiler. Fue un calvario. Cada poco tiempo me veía en la obligación de echar a alguien, a veces familias completas. No quería matar, pero la insensibilidad que había sentido la primera vez me animó a hacerlo. Hasta diez personas encontraron el final de sus días en mi casa. El mar esconde sus cuerpos.

Un día me di cuenta de que estaba muy cansado. Que aquella casa había consumido toda mi energía y —en pocas palabras— necesitaba descansar. Se lo dije y me ignoró. Rogué, me arrodillé, me humillé de todas las formas posibles para que me dejara ir, pero era inútil: Me quería allí.

Una noche decidí desaparecer sin decirle nada. Abrí la puerta de mi habitación sin problemas, pero al llegar a la puerta de la calle me detuvo. Me había descubierto. Grité. Amenace con darle fuego, con destruirla. Yo la Había construido ¡No era nada sin mí! Me pareció escuchar una carcajada. La puerta se abrió sola, no más de un palmo. Un hedor insoportable entró por aquella apertura. Tomé el pomo y abrí de un tirón. El infierno —si existiera— sería un jardín de infancia comparado con aquello. El mar había devuelto todos los cadáveres que yo había arrojado durante años. Eran manojos de trapos y huesos envueltos en algas. El olor a podrido era tan hediondo que me provocó arcadas. La casa me estaba amenazando. Había expuesto ante mí las pruebas de mis crímenes. Al contrario que al cometer los asesinatos, el que mi nombre fuera calificado con lo de “asesino en serie” me hacía sentirme mal. Cerré la puerta y me volví a mi cuarto resignado a permanecer allí. A la mañana siguiente no había ni rastro de los cuerpos.

Pasé años en esa casa. Me deshice con precisión quirúrgica de todos aquellos a los que no pude convencer de que aquella casa no quería otro dueño. Yo me iba consumiendo poco a poco.

Una mañana, justo al amanecer, una pareja llegó caminando por la orilla del mar. Cargaban sendas mochilas y daba la impresión de que todo lo que tenían en este mundo iba en su interior. El sol comenzaba a molestar y los jóvenes se metieron en el jardín para protegerse bajo el porche. La chica comentó que le parecía un lugar ideal para vivir, frente al mar. Ella podía escribir –quería ser escritora— y encargarse de la casa y él se podía ganar la vida pescando. Al chico le gustó la idea, pero no podrían pagar el alquiler  por bajo que fuera. Ella le dijo que podrían negociar: Arreglarían la casa a cambio de un año de alquiler. El muchacho se entusiasmó. Dijo que él podría hacer algunos muebles con las maderas que arrojan las tormentas, y que pondría un cenador aquí y unas macetas allá. Y que barnizaría las ventanas con aceite de teca para que el mar no las resecara, que pondría un horno de pan, que…

Fue suficiente. La puerta de la casa se abrió de golpe y me dejó al descubierto. Los chicos me vieron y se asustaron —mi aspecto no es muy bueno; los últimos años han hecho estragos en mí—. Recogieron sus cosas musitando disculpas y disponiéndose a marchar.

— ¿Os gusta la casa? —pregunté sorprendido de mi propia voz: llevaba años sin hablar—

— Mucho. Señor —dijo la muchacha— Es usted muy afortunado viviendo aquí.

— Entrad a ver el interior —invité a ambos—

Caminaron por toda la casa asombrados de que todo lo hubiera hecho yo a mano. Sentí que la casa era feliz. ¡Estaba siendo liberado!

— La puerta de atrás a veces se bloquea con el frío —recité —  y hay que reparar el tiro de la chimenea. Si queréis electricidad tendréis que pagarla de vuestro bolsillo. El agua es gratis.

— Gracias, señor —dijo el muchacho— Pero no podemos pagar un depósito… ni un alquiler: Hasta hoy hemos vivido como okupas

Y lo vais a seguir siendo—le interrumpí— Esta casa no tiene dueño. Ella manda. No hay llaves ni cerraduras. Las puertas se abren y se cierran cuando corresponde hacerlo. Tampoco os preocupéis por la leña. Todas las mañanas el mar deja un buen montón en la orilla —caminé hacia la puerta—. ¡Ah! Lo olvidaba —me di la vuelta un momento—. A la casa no le gustan los ruidos ni las voces altas. Tampoco demasiado las visitas, pero bueno —reí— ya iréis descubriendo esas cosas…

Desaparecí. Sin más. Ya era hora de descansar. Nunca supe si a los chicos les hice un favor o si les condené en vida. Creo que a la casa le gustaron y por eso los invitó a entrar. A mí me parecieron unos excelentes muchachos. Eso sí. La casa sigue siendo mía. Yo la levanté e iré a verla cuando me dé la gana. Es mi casa, aunque yo lleve veinte años muerto.

Written by aitztv

7 diciembre, 2014 at 15:16

Frankenstein

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El suave traqueteo del tren había conseguido dejarme en un plácido estado de duermevela Estábamos llegando a una estación cuyo nombre desconocía. Tampoco mirar por la ventana me hubiera ayudado mucho. Para mí todos estos pueblos Suizos me parecen uno la repetición del anterior. La potente máquina de vapor ronroneó como un gato mientras se detenía como a regañadientes. Lo cierto es que cada estación era una especie de molesta interrupción. En el andén las farolas eléctricas – ya se empezaba a popularizar esa nueva tecnología- apenas podían compartir con la tormenta de nieve que azotaba implacable todas la zona desde unos días atrás. Los copos volaban alrededor de las tulipas de las luminarias como las polillas a la luz de una vela, revoloteando atontadas para finalizar, los unos y las otras, fundidos por el calor de las lámparas.

La tormenta era tan profunda que todo alrededor era una noche interminable. Saqué mi reloj y — con un gesto perfectamente estudiado—  abrí la tapa con una sola mano. Eran poco más de las seis de la tarde. Tiré de la campanilla y en poco tiempo tenía a mi servicio a un camarero. Le pregunté si podría encargar algo para cenar y él me recomendó que visitara el vagón restaurante. Le comenté que no me encontraba muy bien y que prefería estar solo. También le comenté que mis propinas solían ser muy generosas con quienes me permitían cumplir mis deseos. Esto último pareció convencerle. Me recomendó la especialidad el cocinero: Chateaubriand. Una elección excelente. Hice mi encargo y puse unas cuantas monedas en su mano. No había terminado de marcharse el camarero cuando llegó un mozo acompañando a dos mujeres. Hermosas damas ambas, aunque una de ellas ya estaba entrando en el otoño de su belleza. Se presentaron como Margrit Ellenberg y su sobrina Heide Warmisch Ellenberg. Yo me había puesto el pie como ordena la cortesía y permanecí en dicha posición hasta que la mujer de más edad me rogó que tomara asiento. Me preguntaron mi nombre: no tenía inconveniente en facilitárselo.

– Me llamo Bohumír Dambitsch-Sharton, tercer Conde de Dambitsch-Sharton a sus pies, Frau Ellenberg.

– No me suena el nombre de su familia, joven ¿Son ustedes de aquí? —preguntó mientras se arreglaba el pelo bajo el aparatoso sombrero que lucía—

– Me temo que no, y no crea que a la vista de su belleza y la de su adorable sobrina no me apena dicha circunstancia —añadí cortés— pero soy originario de Bohemia, al igual que toda mi familia desde que tenemos memoria.

– Eso explica su saludable aspecto —devolvió ella la cortesía mientras Heide se ruborizaba del atrevimiento de su tía—

Solté una carcajada de verdad sincera. Mi aspecto declaraba mi origen zíngaro. Había heredado la cara rotunda de mi padre, con un saludable moreno ligeramente aceitunado que llamaba la atención. Mi madre me había dado unos enigmáticos ojos verdes que junto con mi ensortijado pelo negro habían hecho desvanecer a más de una dama. No se me hacía extraño que incluso mujeres que me superaban ampliamente en edad me lanzaran velados requiebros. Todo lo demás era tan falso como una moneda de plomo. Ni era mi nombre ni era originario de la siempre convulsa Bohemia.

Un golpe de viento arreció haciendo que todo el tren se retorciera como si tuviera vida propia. Las farolas en el andén titilaron unos momentos antes de apagarse y sumir a la estación en una extraña oscuridad solo rota por la luz que arrojaba el tren a través de sus ventanas.

– ¡Estos inventos modernos! —Protestó Frau Ellenberg— ¡El gas es mucho más seguro que todo esto! ¿Cuándo se ha visto fallar una buena conducción de gas? ¡No sé a dónde nos van a llevar estos gobernantes!

– ¿No comparte el progreso, Frau Ellenberg? — pregunté divertido—

– ¡Joven! — Me miró con falso enfado— Si una cosa lleva funcionando bien muchos años, ¿Para qué cambiarla?

– Pero, Tía Margrit —habló por primera vez Heide— La electricidad es más segura…

– ¡Tonterías! — Cortó por lo sano la mujer mayor— ¿Es que no sabes lo que ha ocurrido la semana pasada?

– ¿A qué se refiere? —Pregunté interesado mientras el camarero disponía frente a mí un impresionante Chateaubriand con  guarnición de verduras y Creme Parmentier—

– ¡Esto es enorme! — Dije al enfrentarme a mi cena— ¿Me harían el honor de compartir conmigo este pequeño banquete? — No esperé la respuesta— ¡Camarero! Disponga dos servicios más y añada una botella de Oporto. Si es que no prefieren jerez u otro cordial — pregunté educado—

– El Oporto estará bien con este frió que nos acompaña. Es usted muy amable, Joven — dijo Frau Ellenberg contenta por la inesperada invitación—

– Dígame Frau —recuperé el hilo de la conversación— ¿Qué ocurrió la semana pasada?

– ¡Lo que tenía que pasar, Conde! ¡Esas locuras contra natura de las que son culpables tanto Galvani como Volta! ¡Y el sobrino de Galvani, ese tal Doctor Albani!… ¡Menudo sinvergüenza!

– Creo que se refiere usted al doctor Aldini — corregí suavemente—

– ¡Como se llame! ¿Acaso le conoce usted?

– No tengo el placer — dije mientras el cuchillo entraba en la carne dejando escapar sobre el plato una mezcla de sangre y salsa— ¡Perfecto! Así se prepara la carne — dije antes de continuar— Mi padre presenció alguna de sus presentaciones científicas…

– ¡Eso no es ciencia! — Ahora sí que Frau Ellenberg parecía realmente enfadada— ¡Eran salvajes herejías! ¡Meterle por…por ahí! un hierro a un muerto para hacerle bailar desnudo delante de esos petimetres londinenses…!

– Las investigaciones de Aldini son muy importantes para conocer las claves del funcionamiento de nuestros cuerpos, Frau Ellenberg. Se dice que con esos aparatos y con el galvanismo se podrá hacer andar a personas hoy paralíticas y que tal vez sirva para corregir ciertas demencias…

– ¡Paparruchas!— dijo la mujer haciéndose con la botella de Oporto— La vida y los destinos solo están en manos de Dios: así ha sido siempre y así seguirá siendo. ¡Fíjese en lo que ha ocurrido a Victor Von Frankenstein! ¡Ha creado un monstruo que ha matado a no sé cuántas personas!

– ¿Lo dice en serio? —Quería tirar de la lengua a Frau Ellenberg—

– ¡Por supuesto, joven! Dicen —bajó la voz como si fuera a confesar un pecado— que se puso a juntar trozos de cadáveres hasta hacer un hombre y que después aplicó esas corrientes galvánicas para darle vida…

– ¿Y tuvo éxito? — Pregunté distraído mientras me limpiaba los labios con una inmaculada servilleta—

– ¿Que si lo tuvo? ¿Por qué cree que me llevo de aquí a mi sobrina? El monstruo, porque todos los que lo han visto dicen que es una quimera horrible hecha de retazos de difuntos ajusticiados zurcidos de mala manera, ha matado ya a una niña y dicen que a un pobre ciego. ¡Cobarde! No volveremos hasta que hayan acabado con él…

– Hace usted muy bien, Frau Ellenberg. Debe buscar un refugio seguro para usted y su adorable sobrina. ¿Me disculpan un momento? —Me puse en pie— Voy a refrescarme un poco.

– Por supuesto, joven Conde: tómese su tiempo.

Abandoné el compartimento y ya en el pasillo abrí una ventana. El frío de la ventisca era como un millón de agujas sobre mi cara, pero me encantaba la sensación. Tenía que escaparme con mi secreto. Lo sentía por Víctor a quien tanto le debía, pero si me obligaban a elegir entre él o yo, la elección estaba muy clara. ¡Si hubiera sido más cuidadoso! Le dije que tenía que terminar con aquella abominación. Fisiológicamente era un ser perfecto: Feo y a falta de un correcto acabado, pero el problema era su cerebro. Tenía que ocurrir. Se le escapó y pasó lo que pasó. Lo que no sabe nadie es que esa abominación solo fue el primero, una obra de juventud. Víctor siempre fue un gran cirujano, con una extraordinaria habilidad para coser sin casi dejar cicatrices. Cuando me decía “Tienes los ojos de tu madre y el rostro de tu padre” yo siempre le respondía: “… y las manos de un pianista austriaco, las piernas de un escalador bávaro, y las entrañas de varios señores suizos cuyos nombres desconozco.

Si… El primero fue una abominación, pero yo… ¡Yo soy perfecto!

Written by aitztv

1 noviembre, 2014 at 17:03

Halloween

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La soledad me mata. Si, lo reconozco. Frente a los demás me hago el ermitaño porque queda bien, es una pose que me ha dado un cierto porte enigmático frente a mis amistades. Lo que no saben es que esas noches en las que ellos creen que estoy disfrutando de la mejor compañía del mundo- la mía- en realidad estoy vaciando una botella tras otra, chapoteando en mi propio vómito o durmiendo en el suelo del cuarto de baño con la cabeza metida en el inodoro. Ellos me imaginan frente a mi ordenador, escuchando música clásica mientras en mis manos templo con delicadeza una copa balón terciada de brandy. Si… La copa está ahí, la veo. Me la regalaron esos amigos que piensan que soy un escritor por el mero hecho de que leyeron un libro mío. ¡Me mondo de risa! Una tirada de cien ejemplares de los cuales yo mis regalé casi sesenta a amigos y amistades. Me acaba de llamar el editor. Me dice que le estorban los que quedan y que antes de tirarlos me los deja a precio de coste. Le he dicho que sí, que me los guarde. Ya veré qué hago con ellos.

Miro casi con obsesión mi teléfono móvil. He comprobado mil veces si funciona sabiendo la respuesta de antemano. Todos mis amigos se han reunido hoy en la cena de Halloween. Me llamó Sonia y me soltó lo de “ya sabemos que a ti te gusta estar solo, pero bueno… Nosotros ya sabes… ¡Somos normales…!” La misma mierda de siempre. Soy el esclavo de mi personalidad. Me encantaría ir con ellos y montar un jaleo épico, de los de terminar bailando como el pariente pelma de las bodas, con los pantalones metidos en los calcetines y la corbata en la frente como si fuera una cinta para el pelo. Pero no. Soy el escritor, el intelectual… Lo que no saben es que si no fuera por la fortuna que me dejó mi padre -el diablo y él estarán haciendo buenas migas- hace tiempo que habría muerto de hambre. Soy un fraude ¿Por qué? Porque puedo. Y si tú no puedes que te den.

Escucho la máquina de escribir que desgrana los últimos párrafos. Tengo una secretaria que pasa a máquina – si a máquina- lo que escribo en el ordenador o -a veces- le dejo grabado de viva voz. Hasta en eso miento. A las visitas les hago creer que escribo a la antigua usanza, en la mesa de mi enorme despacho con mi bata de seda y mi habano tiñendo el aire con su perfume azul. Lo confieso. Odio los cigarros. Para mí es como sorber del tubo de escape de una moto, pero de eso soy también esclavo. Cada cumpleaños, cada navidad, me llegan un par de cajas de puros habanos, de los caros: los odio.

El carillón de más de un siglo que tengo en la entrada dice que son las siete. La mecanógrafa me ha pedido permiso para salir un poco antes porque necesita tiempo para disfrazarse. La veo venir hacia mí con varios folios en la mano.

– Ayer tuvo un día inspirado — me dice sonriente—. ¡Cinco mil palabras!

– Me visitó una musa especial — respondí más pedante que nunca mientras recordaba el buen rato que pasé con una prostituta a domicilio—. Espero que hoy también me visite. — no bromeaba: estaba pensando en llamar para pedir un poco de compañía—

– ¿No va a salir? — me miró sorprendida—

– Sabe usted que no— me metí de nuevo en mi maldito alter ego— No me gustan esas diversiones de diseño. Mi noche perfecta es a solas con las letras — mentí como un bellaco—

– ¡No me lo puedo creer! ¿Y por qué no organiza usted una fiesta a su estilo, de las que le gusten? — Me preguntó con una expresión tan inocente que por un momento me pareció hasta de burla—

– Sinceramente —respondí—, no se me había ocurrido.

– ¡Pues hágalo! ¡Aún es pronto! Seguro que está a tiempo.

– No, querida, mis amistades —los intelectuales no tenemos amigos, solo amistades— tienen sus compromisos. Además ya sabe que no soporto las multitudes…

– Invite solo a uno — me dijo con toda la naturalidad del mundo— ¡Venga, haga la prueba!

Debo reconocer que me estaba tentando. Nada me apetecía más que una juerga, pero eso supondría desmontar en parte la personalidad que me había costado tanto tiempo -y dinero- construir a mi alrededor. Se lo iba a decir cuando ella soltó algo inesperado.

– ¡Invíteme a mí!

– ¿Cómo?

– ¡Anímese! Vamos a hacer la prueba ¡Verá cómo sale bien!

– Pero usted tiene hoy compromisos…

– Usted lo ha dicho: Compromisos. Me ha invitado un amigo que anda loco por que sea su novia. Ya le he dicho que no un millón de veces, pero él insiste que te insiste…

La miré con detenimiento. Nunca me había fijado en lo bonita que era. Tendría unos veinticinco años, no muy alta. Siempre llevaba polos de cuello alto muy ajustados y el pelo recogido. No recordaba haberla visto jamás con pantalones. Siempre vestía faldas oscuras y zapatos o botas con unos tacones de vértigo.

– Me está tentando usted… – y esta vez era verdad-, Pero ¿Qué podemos hacer a estas horas?

– ¡Vamos a la cocina, yo me encargo de todo! Usted elija el vino

A las diez de la noche, tres horas después, habíamos cenado como en un restaurante. Cierto es que en mi cocina hay siempre de todo, pero Lucía, tuve que llamar a mi contable para que me dijera el nombre, se manejaba en la cocina como una profesional. Descongeló un salmón y lo preparó guarnecido con una salsa holandesa espectacular. Organizó una ensalada de templados digna del mejor restaurante y lo culminó con una macedonia de frutas -de lata, claro- que dio paso al café. Conseguí librarme del maldito habano con una excusa que ya ni recuerdo. Pero la noche avanzaba y yo tenía en mente la misma idea que antes de organizar toda aquella zarabanda. Sexo, sexo y sexo. Sexo a cremallera suelta, sin compromisos y sin mentiras. Y se lo dije así de claro.

No se enfadó, por el contrario, daba la impresión de que la idea le gustaba, pero -siempre hay un “pero”- Lucía quería jugar.

– Hagamos una cosa — me propuso—. Esta casa es enorme. Si me encuentra, soy suya ¿Cuántos cuadrados metros tiene?

– Más de cuatrocientos — contesté—. Creo que hay habitaciones en las que nunca he estado…

– Me voy a poner mi disfraz de Halloween y voy a esconderme por ahí. Cuando esté conforme con mi escondite le mando un mensaje a su teléfono. Debe apagar todas las luces. Solo entonces puede empezar a buscarme. ¿Qué le parece?

– Me gusta la idea — y era verdad de nuevo— Y cuando la encuentre…

– Usted lo ha dicho, cuando me encuentre.

Me beso de forma inesperada en la mejilla y salió de la cocina a toda velocidad. La escuché recoger sus bolsas y salir corriendo pasillo adelante. Bien. Esto si merecía esa copa de brandy… “¿Dónde demonios he puesto la copa balón?” Me preguntaba. Daba igual. Tome un vaso y me despaché una dosis. No quería tener prisa. Me apetecía mucho disfrutar del juego. Por lo pronto apagué la luz de la inmensa cocina y me dediqué a mirar por la enorme ventana sobre la cuidad. Vivía en lo que había sido la planta noble de uno de los edificios de la corporación de mi padre. Mientras me tomaba el segundo trago recordé lo fácil que había sido malvender las empresas de mi familia y aun así ganar suficiente dinero como para no tener tiempo de gastarlo. Solo conservaba ese edificio. Lo demás era billete sobre billete en el banco. Solo con los intereses de los intereses podría vivir feliz muchos años. Pero no era esa mi idea.

El teléfono móvil emitió un tono suave; un mensaje de remitente desconocido.

  • Búscame”.

Me guardé el teléfono en el bolsillo y tras una breve -brevísima- duda me llevé de paseo la botella. Apagué todas las luces cerca del cuadro general y comencé a recorrer el enorme pasillo que dividía la casa en dos mitades asimétricas. Me paré al ver cómo se perdía en la oscuridad solo rota por la luz que entraba desde el exterior a intervalos regulares. Mi vista no iba más allá de unos cinco metros antes de diluirse en la negrura más absoluta. Escuché un ruido un ruido frente a mí. En alguna parte la tarima estaba quejándose por el peso de mi visitante. Sonreí. No iba a tardar en encontrarla. Se repitió el sonido. Calculé que estaría en la segunda puerta a mi derecha, más o menos al filo de la siguiente galería de ventanas. Comencé a moverme más despacio… casi de puntillas. Esta vez fui yo el traicionado por la tarima. Un crujido bajo mi pie delató mi presencia. Me quedé quieto, como confiando en que no se hubiera oído. Nada se escuchaba. Rezando por no cometer otro error avancé unos metros más, Ya estaba casi a la altura de la puerta. Entonces ocurrió. Abrí la puerta y un cuerpo enorme se abalanzó sobre mí, apartándome de su camino sin miramientos. La botella rodó lejos de mí sin romperse y aquello pasó por encima de mi cuerpo como un meteoro. Me dio tiempo a ver su enorme silueta desde el suelo fundiéndose con la oscuridad del pasillo. No sonaban pasos como podría esperarse de tanta envergadura, por el contrario, sonaba como las pisadas de un gato, un sonido sordo y veloz, demasiado veloz para ese cuerpo-. Me quedé en el suelo, feliz porque lo que quiera que fuera aquello se alejaba de mi, pero tenía que avisar a lucía. ¡Había un intruso en la casa! Intente sacar mi teléfono del bolsillo, pero no estaba allí. Se debía haber escapado cuando caí. Me puse a buscarlo a gatas en la más absoluta oscuridad. Solo una leve luz, que más parecía una neblina difusa, llenaba el marco de la puerta. Palpaba el suelo casi con desesperación. Mis manos chocaban inútiles contra el rodapié, el marco de la puerta o algún mueble inútil que no tenía por qué estar ahí. Decidí usar todo el antebrazo para abarcar más suelo a cada pasada, como si fuera el limpia parabrisas de un coche. Nada. A veces tenía la sensación de no estar solo, como si lo que fuera aquello que me había empujado hubiera vuelto y se estuviera regodeando de mi estupidez. Si hubiera llamado a la prostituta ya estaría aliviado y durmiendo como un ángel, pero en lugar de eso me encontraba a cuatro patas, mareado por el alcohol y muerto de miedo en mi propia casa. Mi mano chocó con algo… Si… cuadrado, delgado… con botones… ¡Por fin! Ese teléfono en mis manos me hacía sentir más poderoso que un súper héroe. Localicé con el pulgar el botón cuadrado del menú y lo presioné… No pasó nada. Lo intenté una docena de veces sin resultado. El maldito teléfono se había estropeado con la caída. Lo desmonté y monté a oscuras, quité y puse la batería, pero el aparato se negaba de forma contumaz a funcionar. Lo tiré lejos de mí. En ese momento me resultaba más útil un ladrillo que aquel artilúgio. Bien, pensé, vamos a ser prácticos. Volvería por mis pasos hasta la cocina y conectaría de nuevo el alumbrado desde el cuadro central. Ya no era momento de juegos. Me puse en pie apoyándome en la pared. Localicé la escasa luz que definía el marco de la puerta y comencé a caminar hacia allí. Al tercer paso algo rodó bajo mi pie. ¡Con lo que me había costado encontrar el teléfono y ahora encontraba la botella sin querer! Caí sobre la espalda con un estrépito vergonzoso. Me quise levantar tan rápido como había caído: error. Mi cabeza estaba debajo de una mesa y al incorporarme me abrí la ceja derecha. Al momento noté la sangre corriendo por mi mejilla y colándose por el cuello de mi camisa. Me quedé sentado en el duelo, confuso y algo atontado por efecto del alcohol y del golpe. Entre el ruido de mi respiración volví a escuchar de nuevo aquellas patas de gato moviéndose por el pasillo. Se estaba acercando. Pegué la espalda a la pared; de haber podido la hubiera atravesado, aunque eso me supusiera estar a la intemperie a la altura de un noveno piso. Cualquier cosa era mejor que la oscuridad opresiva y el terror que poco a poco, paso a paso, se iba acercando a mí. Ya no pensaba en Lucía, ¡allá ella y su estúpido juego! Quería terminar, llamar a la policía, a los bomberos,¡a quién fuera! Los pasos ya estaba casi a la altura de la puerta. Fue un segundo. Lo que fuera la cruzó en una sola zancada. Vi poco más que una silueta algo más oscura que la propia oscuridad de la puerta. Quizá estaba influenciado por el sonido de los pasos, pero me pareció distinguir algo similar a un gato. Un gato de casi dos metros de altura y caminando sobre las patas traseras. Durante ese momento que ocupó el quicio de la puerta, dos ojos blancos refulgieron como el vidrio antes de ser soplado. Un destello maligno, centelleante, que apretó mi corazón como una garra. Mi teléfono desechado de repente tomo vida y una luz verde iluminó por unos segundos la habitación. Casi me arrojé sobre él: Era un mensaje. De nuevo un número desconocido. El mensaje era sin duda de Lucía, quien al parecer no estaba al corriente de todo lo que estaba pasando.

-” ¿Te gusta mi disfraz?”

Durante un momento pensé que lo que fuera aquella criatura había rondado cerca de ella y ahora Lucía pensaba que había sido yo. La pobre no sabía que teníamos un visitante salido directamente del infierno. De nuevo el tono suave avisó de un nuevo mensaje.

– “¡Miau!

Creí enloquecer. Me metí el teléfono al bolsillo de forma automática y comencé a correr hacia la cocina. Iba dejando un reguero de sangre a mi paso, la ceja no terminaba de cerrarse. Cuando alcancé el cuadro eléctrico estaba a punto de desmayarme. Nuevo mensaje:

“No me estás buscando. Ese no era el juego…”

Puse el interruptor general de nuevo en “ON”. La oscuridad no se fue. Ni una sola luz respondió. Mensaje:

– “¿Ya no quieres estar conmigo? ¡Cambiemos las reglas! Seré yo quien te busque; si te encuentro, serás mío

Quería correr, pero no sabía hacia dónde. Tomé de nuevo el largo pasillo buscando la puerta de la calle, pero vislumbré al fondo a aquella abominación agazapada, como si un oso tomara la postura de un tigre, las dos ascuas de sus ojos clavadas en mi…

Retrocedí de nuevo. Mensaje:

– “si te encuentro, serás mío… ¡Miiaooo!

Abandoné el pasillo volviendo hacia la habitación donde había tenido el accidente. Al menos sabía que allí no estaba aquel ser. Cerraría la puerta por dentro, amontonaría los muebles ¡lo que fuera! Tal vez intentara salir por una ventana y escapar por la escalera de incendios. El teléfono no dejaba de recibir mensajes

“Se dónde estás…¡Miao!”

Moví la cama a oscuras, lo mismo que la mesa y una mesilla, arrastré un armario, todo contra la puerta. Me resbalé varias veces en mi propia sangre cayendo al suelo. En una me rompí un dedo de la mano derecha. Tuve que recolocarlo yo mismo: a oscuras. Después, me arrastré hasta un rincón y me decidí a esperar allí lo que fuera que iba a pasar. Mensaje:

– “Estoy muy cerca… ¡Miao-marramiao!

Escuche esos pasitos de nuevo. Se pararon frente a la puerta. Escuché como intentaba abrirla. Golpes de frustración, De momento mi barricada estaba funcionando. Empecé a escuchar maullidos, que fueron creciendo en intensidad demostrando una furia terrible, Los arañazos en la puerta sonaban como cuchilladas sobre la madera. Me eché a llorar. Mi llanto pasaba inadvertido en la ordalía de rugidos y arañazos. Una parte de la puerta se deshizo, a través de aquella oscuridad veía brillar aquellos dos ojos, ahora inyectados en sangre. Veía el brillo de unos colmillos imposibles… me desmayé.

Cuando abrí los ojos estaba amaneciendo. La barricada me había protegido. Miré a mí alrededor. El suelo era una mezcla de manchas de pisadas y sangre. El lado derecho de mi cara crujía bajo la costra de sangre que llegaba hasta mi cuello. Vi la botella. La tomé y me receté un hermoso trago. En el suelo estaba mi teléfono; aún tenía batería. Había un último mensaje.

– “Veo que ya no estás interesado en jugar conmigo: me voy

Saber que Lucía y el monstruo, si no eran la misma cosa, ya no estaban en mi casa me llenó de optimismo. Retiré los muebles y cojeando fui hasta el cuarto de baño de mi habitación en busca el botiquín. Me quité la ropa. En cuanto me limpiara la herida de la ceja tomaría una ducha y me iría al hospital. El dedo estaba amoratado y muy hinchado. Tal vez el hueso no estaba bien colocado.

Una vez desnudo me senté en la cama. Necesitaba dejar la mente en blanco unos instantes, pero no fue posible. El teléfono volvió a avisar de un mensaje. Muy escueto.

– “¡Te encontré!

¡No era posible! ¿O sí? ¿Había sido tan tonto de aceptar un mensaje de texto como una verdad? ¿Me lo había creído porque quería creer que se habían ido? El teléfono sonaba una y otra vez, siempre el mismo mensaje:

“¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!

   ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!¡Miao!¡Miao!

   ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao! ¡Miao!…”

Me incorporé justo cuando sentí dos manos agarrándome de los tobillos desde debajo de la cama. No tenía ya fuerzas para defenderme. Caí de plano al suelo abriéndome otra vez la ceja. Aquel ser salió de su escondite y cayó sobre mi espalda, sentí que buscaba mi cuello: me preparé para morir.

– ¡Miao! – dijo Lucía en mi oreja- ¡He ganado!- y se echo a reír-

El resto es muy confuso. Sé que la violé. No buscaba sexo: buscaba venganza. La humillé de cuantas formas pude, la golpeé hasta dejarla sin sentido y cuando me cansé de ella abrí la ventana y la arroje al vacío desde el noveno piso. Seguí con la mirada su caída hacia el vacío como si fuera una marioneta sin cuerdas. Deseaba escuchar cómo se estrellaba contra el suelo, como se abría su cráneo como un melón maduro y ver todas sus tripas esparcidas por el asfalto. Pero de nuevo fallé. Cuando casi tocaba el suelo su cuerpo, se revolvió como una bailarina en el aire y cayó de pie. ¡Lo juro! La vi desparecer con su ropa hecha trizas. Al cabo de cinco minutos sonó de nuevo el teléfono.

– “Hasta el año que viene… ¡Miao”!

Hoy es Halloween, otra vez. Me he preparado para el momento. Me he puesto un esmoquin y  una preciosa camisa de seda. Llevo los gemelos de mi padre, de oro y diamantes. También he rescatado mi copa balón y he encendido uno de esos apestosos habanos: ya da igual. Me he cortado el pelo y he preparado una cena, con atún, que nunca se sabe quién puede venir. Bueno… Yo sí lo sé. ¡Mira qué casualidad!!Me acaba de llegar un mensaje!

¿Sabéis lo qué dice?

Written by aitztv

31 octubre, 2014 at 17:01

Publicado en Comentario, Prosa, Romanticismo, Terror

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El horizonte de niebla

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Hace tres días que no deja de llover. La temporada de lluvias se muestra desnuda ante nuestros ojos. Implacable. El viento ha decidido no participar y el agua cuelga del cielo como el telón de un teatro; pesada e impenetrable para la vista. El mar, alimentado por los numerosos ríos que arrugan el paisaje con sus valles, tiene ahora un curioso color de café con leche. Se acerca a la orilla extrañamente manso y rompe en pequeñas reverencias construidas con crestas de espuma. Todo el paisaje parece que se está diluyendo en una nada lechosa que nos rodea sin llegar nunca a tocarnos, como una segunda piel tejida a distancia. Pero lo más impactante es el horizonte: se ha desvanecido, licuado en un aire translúcido a través del cual es imposible medir las hechuras del paisaje. Las olas salen de una nada blanquecina como si provinieran de las entrañas de la tierra, como si fuera una fuente enorme, de dimensiones navegables pero nada más que una fuente; una invención del hombre para poder transportar al hombro el arrullo dulce del agua a los lugares donde el agua es inconcebible. Hombre y hombro. La distancia de una letra va de la cabeza al brazo: lo que el hombre piensa debe ser perpetrado después por sus hombros salvo que quiera caer en la fatigosa muerte del hambre. Hombre y hambre: de nuevo una letra, un guarismo, un dibujo con contenido que transforma una cosa en otra sin necesidad de magias, sin necesidad de divinidades, sólo con la fuerza de la palabra. Hombre, hombro y hambre, la trilogía maldita que nos mantiene cosidos a lo inconsútil, pegados a los desapegos. El hombre sin hombro es fácil víctima del hambre. Inesperadamente son los hombres sin tierra los que yacen bajo ella, cubiertos por capas de vergüenza ajena, abonando la injusticia de los que nunca trabajarán esa tierra, pero dicen ser sus dueños, como si fuera una concubina de lujo, sólo para mostrarla cuando la ocasión lo merece. Y mientras tanto, la niebla baila impúdica sobre los tálamos de los olvidados. Acorta las distancias y alarga las esperas. Confunde los caminos y transforma los senderos conocidos en un misterio que esconde algo terrible a cada paso, algo ignoto. Criaturas de niebla que cambian de forma impasibles a las gotas de lluvia que las atraviesan por mil sitios a la vez, túnicas de seda que resbalan por los troncos de los árboles como el vestido por los hombros de una mujer, deliciosos rayos de luna que nos engañan, enamoran y obnubilan como antes hicieran con los poetas. Y en realidad… únicamente es un poco mas que un suspiro de agua diseminada en un aliento. Bellas y quimeras; mitos, trasgos… sólo son la ilusión urdida por la niebla para mantenernos atentos a la vida.

Pero ¿Y si fuera cierto? ¿Y si esas criaturas fueran realmente los habitantes del otro lado del horizonte? Tal vez esa línea inexistente es una frontera que sólo se pueda atravesar en determinados momentos, en determinadas condiciones. Tal vez el horizonte exista de verdad y aún no lo hemos alcanzado, o si, pero no hemos parado a tiempo y lo hemos sobrepasado en nuestro afán de llegar más y más lejos. Tal vez los habitantes de la niebla son seres reales. Quizás nosotros les aterremos a ellos tanto como ellos a nosotros, y les hagamos evocar sus miedos más profundos y sus formas más sensuales. Quizás nosotros seamos los que inspiran a sus poetas a vivir amores imposibles, de los que sólo soporta el papel. Tal vez nuestro mundo sólido cause dolor a esas pobres criaturas construidas de átomos sutiles, de la nada ordenada según dictan sus ciencias, tan diferentes de las nuestras: las mismas ciencias que les demostrarán día a día que nosotros no existimos y que somos fruto de su versión de pareidolia, acomodando las imágenes a sus ojos de niebla con formas conocidas.

Miro de nuevo el horizonte y me da miedo. Lo temo porque ya no lo puedo definir, porque se me escapa, porque ahora creo que hay alguien al otro lado agazapado, esperando el momento para hacer algo que tampoco sé. Desde ahora seré el vigía del horizonte de niebla

Written by aitztv

24 noviembre, 2013 at 13:27