Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Lawin

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lawin_16101806Son la siete de la mañana. La gente refugiada se despereza mientras recorro los cincuenta metros que separan la entrada principal de la sala de control de producciones. Conozco a casi todas esas personas. Son familiares de los trabajadores que han venido a pasar la noche ante el riego de que el tifón se lleve sus casas de bambú y nipa. Para otros el riesgo es el mar. Dicen, los rumores son más veloces que las noticias, que el nivel ya se ha elevado cinco metros y que es posible un tsunami. Cuando vives a cincuenta metros de la playa no es lo que te gustaría escuchar.

De todos modos este leviatán ha llegado por detrás, y es de agradecer. Las estribaciones de la Sierra Madre a nuestra espalda han atemperado su furia, y nos ha alcanzado con viento y agua, pero no ha podido obligar al mar a abandonar su lecho y lanzarse contra nosotros.

En mi camino oigo llantos. Los niños se despiertan sorprendidos y se asustan al no reconocer sus cunas y habitaciones. Están en un hangar oscuro y poco amistoso. El techo les mira desde más de treinta metros de altura y el viento aún hace sonar con violencia el tejado metálico que, sin embargo, ha soportado incólume la violencia del huracán.

No hay electricidad, ni teléfono, ni tan siquiera agua corriente. El pueblo ha sido desmembrado, descordado por decreto de la naturaleza, y sus venas y nervios cercenados de modo que sus miembros son incapaces de comunicarse entre sí.

Me asomo a la puerta, mejor dicho, al hueco de la puerta ya que esta ha volado por efecto de la presión del aire durante la noche. El mismo destino a sufrido el techo de la habitación donde duermo, que se ha desprendido como una hoja de otoño, con la delicadeza de no caer sobre mí. Luego recogeré los destrozos.

En el exterior, las bananeras están destrozadas, descuartizadas sobre el suelo como los cadáveres de una guerra vegetal. Los cocoteros intentan sobrevivir; se tumban y se levantan al son de ráfagas de viento que han llegado superar los dos dígitos durante muchas horas. Alguien avisa para que me aparte. Veo venir un trozo de techo metálico, retorciéndose en el aire como si fuera una criatura viva, pero no lo es. En realidad se ha convertido en una guillotina libre del suelo. Casi parece que tiene criterio, y me da la impresión de que si salgo vendrá a por mí. Busca carne y no la encuentra, y termina por saciar su rabia contra el tronco de un árbol del que arranca más de la mitad de su diámetro de un único bocado metálico (¿dónde estarán la mariposas?, pienso sin venir a cuento).

El aire: una nada necesaria. Este aire está maldito. Arrastra vida y miseria, y mucha muerte. No va a levantar hojas como en otoño, ni va a dibujar espirales en el espacio con los restos del verano. Este aire es culpable. Ha llegado hasta aquí cercenado vidas, desguazando moradas. Nunca las de los ricos, sino las de los menesterosos. Viene arrastrándose sobre las cimas de los montes a las que deja huérfanas de su piel vegetal para mostrarse obsceno a nuestros ojos.

Decido vengarme. Voy a atravesarlo, me voy a colar en sus entrañas y dividirlo con la única arma de mi cuerpo. Me voy a enfrentar a él y voy a ganar. Me enfundo un traje de agua y pongo mis cuatro cosas en un macuto, y en un arrebato de pesimismo le digo a mi compañero de cuarto que si no vuelvo, todo lo que allí queda es suyo. No sé si me cree, pero su sonrisa torcida muestra la duda, la gran duda, toda la duda.

El impacto es brutal en los primero pasos. El traje de agua gualdrapea en mis oídos como las velas de una embarcación mal gobernada. El aire es cálido, y trae gotas de agua que arranca de los charcos del suelo. Me tambaleo, pero doy un paso, y después otro. Estoy avanzando, penetrando la piel de la bestia que logra sacudirme pero que no consigue tumbarme. Estoy asustado. Pienso en qué ocurrirá si me tira al suelo y me arrastra, pero sigo en pie, y en ese momento, me doy cuenta de que puedo ganar. Fijo mi meta siete kilómetros más adelante. Supongo que se da cuenta, porque arrecia con saña, pero estoy decidido.

Voy tomando confianza. Estoy conociendo su lenguaje. Él tiene la ventaja porque viene de mi espalda, así que si lanza hacia mí algo mortal, no voy a verlo venir. Confío en que después de tantas horas acechándonos, no le queda nada que tirar, pero nunca se sabe.

A la mayoría de las palmeras le falta la mitad de su copa, y las enormes nueces de coco rebotan en el suelo como si fueran pelotas de baloncesto. El suelo está cubierto de ramas que cambian de sitio al capricho del viento. Los campos de arroz y los manglares no se distinguen los unos de los otros, ambos anegados en aguas del color del café de los hospitales. En medio de una terraza veo  un búfalo de agua, imperturbable con su media tonelada de carne. ¡Loco!, leo en su mirada, ignorante del hecho de que él y yo estamos subidos en el mismo barco.

Enfilo una recta resguardada por la ladera de una colina. Allí la gente se ha atrevido a salir a la calle. Han extendido sus cosas, sus vidas, sobre la parte menos húmeda confiando en que se sequen. Así funciona esto. No ha terminado la fiesta de la destrucción, pero ellos ya comienzan a rehacer sus chozas, como las hormigas reparan sus hormigueros una y otra vez, desastre tras desastre. Saben que vendrán más, muchos más, y entonan la canción de su existencia levantado sus moradas como Sísifo arrastraba la roca a la cima de la montaña, sólo para verla caer de nuevo.

Niños, ancianos, jóvenes… Sus enseres sólo parecen cosas y ellos sólo parecen personas, pero no es cierto. Son parte del viento, son hijos de los huracanes que dividen sus existencias y las arbitran mejor que el calendario más exacto. Ese colchón donde engendraron sus hijos, el puchero del que comen con la mano todos ellos, ventiladores que pasan de generación en generación… Una historia en cada cuneta secándose a un sol que no acaba de salir.

Doblo un recodo y es como darme con una pared. El viento entra por el valle fluvial como un cañón. Ruge entre los árboles que aún se mantienen en pie y me hace tambalearme. Intento caminar y no puedo, el aire es como un imán que elige la dirección por mí, e intentar avanzar es una rebeldía fútil. Por un momento siento que me despego del suelo, que voy a volar. Los cierres del traje de agua pugnan por abrirse y uno de ellos cede arrancando el plástico en el que estaba embutido. Noto las piezas metálicas, que me golpean las piernas como si fueran las cabezas de un látigo. Me dejo caer mientras busco la posición que ofrezca menos resistencia al cuerpo. Veo volar algunas ramas sobre mí y, de repente, como comenzó, el aire se calma y el viento, aunque recio, se vuelve tolerable. Aprovecho esa calma relativa para atravesar el resto del valle y refugiarme en el siguiente recodo.  Ahora me toca enfilar una recta bastante complicada. Voy a estar expuesto al mar y al monte  a partes iguales.

La playa es una especie de estercolero. Las aguas que han bajado del monte  han arrastrado  gran cantidad de escombros, restos vegetales y barró, contaminando el agua de un enfermizo color marrón traslúcido. La arena está llena de troncos y de todo aquello que el mar se ha negado a digerir, pero lo más impresiónate es el oleaje.

Las olas no vienen hacia la costa, sino que se mueven de forma perpendicular a ella, de Oeste a Este, como si ignoraran la playa y toda la costa. Aunque desentrenado, mi ojo, antes marinero, me permite calcular que el viento está por encima de los cuarenta nudos, y arranca rizos de espuma sucia a las cimas de las murallas de agua que corren sin acercarse a la orilla. Es espectacular, por no puedo permanecer allí mucho tiempo, El aire trae la arena coralina y se me clava en las piernas.

Estoy solo y me gusta. Este paseo me trae a la cabeza las tribulaciones de un Benjamín Driscoll atado al planeta Tierra. Me siento un explorador de lo imposible, yendo valientemente donde no muchos se atreven aunque sé que no lo hacen porque, en realidad, no merece la pena.

El viento me golpea de nuevo desde la sierra. La carretera esta festoneada de cocoteros y veo que estoy cometiendo un error al alejarme de ellos. La mejor manera de que no te golpeen las ramas desprendidas es precisamente estar bajo ellas. La otra linde del camino te puede convertir en un muñeco de «pim-pam-pun» en cualquier momento.

Algunas casas parecen esqueletos de dinosaurios asomando sus huesos desde las entrañas de la tierra. Sí hubo alguien dentro, el tifón se ha encargado de borrar sus huellas. Nada evidencia que alguien haya vivido allí jamás, aunque me consta que era así. Imagino a esas personas en el gimnasio municipal, en realidad una cancha de baloncesto cubierta, escuchando al viento golpear el tejado metálico tal vez con sus propios muebles. Más niños asustados en una noche eterna.

Apuro la recta hasta alcanzar una zona más tranquila. Allí los vecinos han comenzado a reconstruir su miseria. Me duele pensar en ellos en esos términos, pero es la realidad. Construirán una casa nueva que no diferenciará en nada de las que han sobrevivido al huracán. Nacerá envejecida, con vocación de ruina en su bloque hueco y desnudo, sin recibir una triste mano de pintura, como la hubieran castigado por ser la herencia de la tormenta. Pienso que no sé por qué me preocupo: a ellos les da igual, sin embargo, me duele ese conformismo casi religioso con el que enfrentan la vida. Para ellos los cambios no son oportunidades, sino algo que hay que olvidar cuanto antes para que todo siga igual.

Otra vez el aire, arremolinando vidas.

Me siento empujado, impelido a abandonar la escena, porque el viento sabe que no he sido invitado. Soy un intruso, el advenedizo que no se quedó en casa durante el tifón, Aún me obliga a clavar la rodilla en el suelo dejando parte de la piel en el movimiento, pero el aire está ya pataleando. Sabe que ha perdido.

La última recta a mi destino la hago sin prisa y sin miedo. No puede pasarme nada, lo sé.

Entro despacio en una habitación de alquiler. El sudor corre bajo el plástico que me ha protegido del agua. Se escurre pos mis piernas y me pregunto por qué me escuecen tanto. Descubro con sorpresa que de rodilla para abajo estoy lleno de sangre. Los múltiples golpes de la arena coralina me han acribillado y no me he dado cuenta. No es nada, sólo la señal de lo que podía haber pasado. Tengo el pelo también lleno de arena, igual que los pliegues del traje de agua.

Me siento en un poyete a ver llover. La tormenta me ha respetado durante las casi dos horas que he caminado bajo su manto, como si discrepara con el viento sobre mi destino.

Me ofrecen un vaso de agua.

Lo suelo rechazar, no sé de dónde procede, pero hoy no.

Hoy me siento inmortal.

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Written by aitztv

21 octubre, 2016 at 16:21

La vida en cincuenta céntimos.

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Azimov, Clarke, Benford, Niven, Bradbury… Todos ellos llegaron después. Mucho antes estaban en mi lista Clark Carrados, Silver Cane, Lou Carrigan, Curtis Garland, Peter Kapra, Burton Hare, Marcus Sidéreo, Joseph Berna… y muchos más.
El día de mi cumpleaños recibí muchas felicitaciones, es lo que tienen las redes sociales. Me felicitaron ex-compañeros de estudios, ex-compañeros de trabajo, ex-novias e incluso ex-cónyuges. Como siempre no eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran, pero me llevé unas cuantas bellas sorpresas.

Mi vida, mi desastrosa vida, ha cambiado mucho en tres años. Ese cambio ha sido tan radical que casi no me reconozco en el espejo. Me he convertido en un nómada, que mas que viajar, rebota en las fronteras de los continentes sin un destino fijo. No sé si quiero, ya en la cuesta abajo de mi vida, echar raíces o no. Tampoco quiero planteármelo.

Pero hablaba de felicitaciones.

Entre todas ellas hubo una que me impactó. Desde que me he decidido a escribir, a juntar letras, y he recibido algunas buenas -y generosas- críticas, me veo a menudo sumergido en conversaciones en las que no puedo opinar. He llegado muy tarde a la literatura, y necesitaría otra vida para ponerme al día en todo lo que mis compañeros de aventuras literarias me aventajan. Pero yo tengo un tesoro valioso: Yo cambiaba novelas por cincuenta céntimos.

En aquella España de los años sesenta, una “novela”, así llamábamos a los libros de bolsillo de Bruguera, costaba alrededor de 1,50 en pesetas, claro. Pero esa picaresca tan nuestra funcionaba a la perfección: Por cincuenta céntimos cambiabas una dos novelas en las tiendas de chucherías.

Así establecí contacto con lo que ahora sé que se llama “pulp” español. Nunca fui muy amigo de las novelas del oeste ni de las hazañas bélicas, tampoco de las novelas románticas de la celebérrima Corin Tellado, pero devoraba cuanto caía en mis manos de terror y ciencia ficción.
Siempre me ha gustado leer, y si he llegado a los autores con premios Nébula y Hugo, es gracias a la tinta que inyectaron en mis venas aquellos autores desconocidos entonces, de lo que todos el mundo sospechaba que eran españoles camuflados en nombres americanizados, aunque nadie lo sabía a ciencia cierta. La verdad es que no cometían errores. Sus historias eran cautivadoras, hipnotizantes, y te causaba pena tener que espera una semana para leer el siguiente título.
Detrás de esos nombres había -hay- una historia. Novelas censuradas por el franquismo, premios nacionales de literatura, premios planeta… Escritores de oficio, si. Pero no “carpinteros de literatura”. Buenos escritores de oficio.
Muchos de ellos nos han dejado, pero he llegado a tiempo de conocer a uno de mis favoritos, Ralph Barby, quien sigue escribiendo y espero que lo haga durante muchos años más, aunque ya no tiene que demostrar nada a nadie.
Decía que algunas felicitaciones me sorprendieron, bien: una de ellas fue -precisamente- Ralph Barby.
Fue encontrar un ídolo de la infancia y adolescencia. Si de verdad agradecí la felicitación, fue porque me dio la oportunidad de agradecerle en persona lo que aprendí con todos aquellos autores.

Ellos me elevaron hasta las estrellas y me hundieron en la tierra hasta las más profundas catacumbas, y creo justo reconocer que aportaron, a lo poco que yo sepa escribir, tanto como los “grandes” autores que mencionaba al principio.

No soy yo nadie para hacer homenajes, pero no quería dejar de contarlo. Todo empezó con cincuenta céntimos, aquella monedita con un agujero en el centro que usábamos para adornar los cinturones o jugar a la peonza.

Un libro, siempre es un libro: aunque sólo cueste cincuenta céntimos.

Written by aitztv

27 julio, 2015 at 12:24

“Tan solo un susurro”

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130604164250-underwater-hotel-dubai-beach-horizontal-large-galleryLa sala era milimétricamente aséptica incluso en sus formas; no había nada de más, ni tan siquiera una mota de polvo y si la hubiera seguro que alguien la habría catalogado, censado y tabulado en algún formulario perdido en aquel enorme hospital. Se acercó a la ventana y anuló la polarización para poder ver mejor el exterior. Una catarata de luz invadió la sala; las paredes inmaculadamente blancas multiplicaron la luminosidad hasta hacerle sentir que estaba rodeado de hielo. Fuera, el paisaje fue componiéndose a medida que su vista se adaptaba a la situación.  No era su mundo natal y muchos aún se sentían incómodos al contemplar aquel yermo rojizo y la enorme luna que se alzaba cada noche en el cielo; sin embargo a él le encantaba: sabía que era su hogar y se había acostumbrado a vivirlo tal y como era. Le fascinaban las enormes tormentas de polvo que periódicamente cubrían gran parte de aquel mundo. Para un arqueólogo como él era el mundo perfecto; aún se levantaban enormes restos de la civilización que les precedió, restos en su mayoría de enormes construcciones en las que aquellos seres debieron de vivir apilados como insectos. Los primeros análisis de las estructuras demostraban que aquellas viviendas eran absolutamente ineficientes en cuanto a la conservación del calor o de la energía; los espacios estaban tabicados con lo que la idea de unos seres sociales era muy difícil de sostener: No encajaba con el concepto de colmena. No terminaba de comprender cómo los habitantes de aquel mundo se encerraban en enormes construcciones comunitarias para después construir de nuevo habitáculos más pequeños en los que conservar la individualidad.

Un suave zumbido a su espalda le hizo saber que los servomecanismos de la puerta la estaban abriendo; volvió la vista y de encontró de frente con el doctor al cargo del cuidado de su esposa.

–  ¿Cómo estás, Doc? -saludó el recién llegado-

–  Esperando noticias, Doc -contestó a su vez-

–  ¿Acaso quieres quedarte ciego? – dijo el médico mientras se dirigía a la ventana y polarizaba el cristal- Pusimos estos filtros para algo.

Ambos se conocían bien desde muchos años atrás; habían nacido en la misma colonia. Se hicieron amigos en la escuela, durante el largo viaje que les llevó desde su mundo natal hasta este que habitaban ahora. Fueron compañeros de estudios hasta la universidad, cuando uno se decantó por la medicina y el otro por la arqueología; se doctoraron a la vez, por eso se referían el uno al otro con un afectivo “Doc”.

–   Tu esposa está bien; no debes preocuparte. –Se acercó a la pared y con un gesto de la mano un panel se deslizó dejando a la vista un recipiente con agua caliente y diferentes infusiones – ¿Tomas algo?

–    No, gracias – respondió con un gesto de impaciencia -. ¿Cuánto crees que va a durar esto? Hace dos horas que no sé nada. Espero que esté todo bien.

El médico levantó la vista al techo con un gesto teatral

–  ¡Padres primerizos! ¡El terror de los médicos!… No tienes que preocuparte de nada –hizo un gesto con los brazos extendidos- Todo el personal de esta institución está atento a la llegada al mundo del vástago del arqueólogo más rebelde e iconoclasta de nuestra historia reciente.

–   No te rías de mí – se puso serio y se acercó de nuevo a la ventana – Sabes que mi teoría será rechazada y enviada a la papelera unánimemente por todo el Consejo Superior: peligra hasta mí puesto en la Universidad…

–   No seas tan pesimista; has creado una corriente de pensamiento, que es más que elaborar una teoría. Has conseguido que un montón de personas presionen para que se investigue en la línea que tú has trazado – se detuvo buscando una cucharilla- ¡Despedirte! No se atreverán a tanto, aunque… – hizo una pausa y miró fijamente a su amigo – he oído que tal vez te sancionen. Lo siento Doc; no pasarán por alto el desafío.

–   ¡Estamos en peligro! No puedo callar después de tantos años viajando por la nada para lograr un mundo que nos acoja ¡Míralo! –despolarizó de nuevo la ventana con un gesto violento- ¡Es hostil! ¡No nos dará oportunidad alguna! – se volvió hacia su amigo – Doc… Tú has visto las pruebas conmigo, te las mostré antes que a nadie: todas las razas que han habitado este planeta han convergido a una. ¡Es como una maldición! –señaló con un dedo al exterior- Estas ruinas no las dejaron ni la primera ni la segunda ni la décima raza que ha vivido aquí; muchos fueron parias del universo, como nosotros que tuvimos que abandonar nuestro mundo. Doc… – miró fijamente al doctor- Tú y yo nacimos en una maldita nave espacial; por mucho que la llamáramos Colonia; nuestra casa era un camarote precipitadamente habilitado por nuestros abuelos para huir del desastre. Muchas de las razas que han habitado este mundo eran como nosotros. Algunas de ellas eran infinitamente más resistentes al cambio genético de lo que somos nosotros… y eso no les salvó – puso ambas manos en los hombros de su amigo- Doc… Tienen que entenderlo; Todas las razas con el tiempo terminaron siendo seres bípedos con simetría bilateral… y en eso es en lo único en lo que se parecieron a nosotros; en todo lo demás… ¡Dios mío! ¿Es que estamos ciegos?

El médico tomó las manos de su amigo y las apartó de sus hombros; no sabía qué decir. Las pruebas que una noche le presentó lleno de entusiasmo parecían consistentes con lo que decía, pero no encajaban ni con la medicina ni con la genética. Pretender que existía un factor ambiental que determinaba a cualquier forma de vida inteligente ajena al planeta a reencarnarse siempre en la misma raza, era poco menos que atribuir a ese mundo una conciencia casi divina. El Consejo no iba a pasar por alto esa aproximación al pensamiento religioso que tantos años había tardado en contener durante el viaje. Pelearon duro contra las sectas y religiones que dividían a los viajeros hasta lograr un pensamiento crítico y coherente con la situación anómala que estaban viviendo. Ahora, un arqueólogo sin conocimientos de evolución o de genética se sacaba de la manga un nuevo apocalipsis, un juicio divino que enfrentaría a todos contra todos hasta la destrucción final. Había grupos en la calle que presionaban a los gobernantes para que hicieran algo. Muchos de esos grupos no habían comprendido el asunto ni la trascendencia del mismo. Algunos pensaban que esa evolución era la razón de la existencia su propia raza; tenían que alcanzar un estado belicista que dictara quién vive y quién muere; achacaban a las razas que anteriormente lo habían intentado no ser “las elegidas”; para esos grupos aquellas eran razas inferiores con las que el planeta había ensayado lo que ellos llamaban “evolución planetaria”. Difundieron octavillas con la frase “El bienestar es el fruto de las batallas y matanzas”; hablaban del siguiente paso, que no sería otra cosa que magnificar el estado actual y convertirlo en una “evolución galáctica”. Otros grupos tomaban un camino diferente: postulaban que el Consejo nunca escucharía los gritos pero tal vez prestara atención a un susurro. Se habían constituido en hermandades herméticas que esperaban conseguir el favor del gobierno dándoles el trabajo hecho. Pretendían usar las Colonias en órbita como un repositorio para la raza; allí se guardarían ejemplares “puros” para refrescar la sangre de los habitantes cuando los síntomas de mutación comenzaran a hacerse evidentes. Ya habían juntado fondos y habían adquirido dos de las viejas naves que rebautizaron como “Perfecta” y “Pacífica”. En la primera querían crear un enorme banco genético con capacidad para replicar ADN y utilizarlo para eliminar los signos de cambio según fueran apareciendo; en la otra pretendían organizar un sistema de gobierno basado en el único código que, según ellos, era compartido por toda la comunidad: El código genético.

La voz de su amigo le sacó de sus pensamientos.

–   Tú tampoco me crees, ¿verdad? No te culpo – se dirigió al estante con las infusiones y comenzó a jugar con los sobres- Créeme; me gustaría, me encantaría estar equivocado; pero sé que no lo estoy. Tal vez me embarque en la Pacifica; me han ofrecido un cargo en su futuro gobierno y la garantía de que mi esposa y mi hijo vendrán conmigo. Además, me permitirán proseguir mis investigaciones.

–   Estás adelantando acontecimientos, Doc – interrumpió el médico- Llevamos aquí casi dos décadas y no se ha detectado ni  un solo caso de mutación que concuerde con tu teoría. Si algo bueno ha traído tu estudio es que se ha realizado un estudio genético de carácter universal; jamás tuvimos datos tan precisos de los cambios de la población a nivel molecular. Te garantizo que seguimos siendo lo que fuimos.

–   El cambio será instantáneo y masivo – rebatió el arqueólogo- No habrá aviso; mutaremos a toque de silbato – se dejó caer desmañadamente en una silla – No habrá tiempo, Doc… No lo habrá.

El buscador del médico iluminó uno de los bolsillos de su bata al tiempo que un zumbido avisaba de un mensaje entrante. El doctor se lo llevó al oído y escucho atentamente; por un momento una nube de preocupación cubrió su rostro, pero un segundo después levanto la mirada hacia su amigo con una sonrisa.

–   Bueno, Doc… ¡A trabajar!

–   ¿Seguro que todo va bien? He visto tu cara mientras escuchabas el mensaje…

–    Querido amigo… –dijo el médico mientras tecleaba hábilmente en su comunicador- Sabes que tu esposa tiene toda mi atención, pero este hospital tiene más pacientes y no todos vienen por algo tan bonito como traer un hijo al mundo – guardó el aparato en su bata- Me llaman de varios frentes, pero me han comunicado que tu esposa estará preparada en diez minutos. ¡Es lo bueno de los partos programados! No hay sorpresas – Dio la mano a su amigo y se encaminó a la puerta- Te veo dentro de un rato para presentarte a tu hijo. Relájate; ¡a partir de hoy vas a dormir bastante menos!

Relajarse no parecía posible en ese momento. Con la espada de Damocles sobre su empleo y un hijo llamando a la puerta el relax se antojaba inalcanzable. Volvió a ajustar la ventana hasta dejar la sala en semioscuridad  y decidió concentrarse en la llegada de su hijo. No había querido saber el sexo; su esposa y él querían disfrutar de la paternidad al máximo. Pensó en su padre; vio de nuevo como su ataúd era arrojado al espacio mientras se agarraba con fuerza a la mano de su madre. En ocasiones echaba de menos el perfecto orden de la Colonia; una vida monótona pero sin sorpresas… Tranquila… el sopor le vencía…

Se despertó en la más absoluta oscuridad; en el exterior la noche era pesadamente oscura; ajustó la ventana a la máxima transparencia pero únicamente logró ver las siluetas del terreno bajo la suave luminiscencia azulada que se desprendía del hospital; ninguna estrella colgaba del cielo. Miró apresuradamente su reloj y descubrió con inquietud que había pasado más de dos horas desde que el médico había abandonado la sala. Los servomecanismos de la puerta llamaron de nuevo su atención y una vez más el doctor atravesó el umbral: su cara lo decía todo: El médico bajo la cabeza sin querer que sus ojos se encontraran.

– No sé qué decirte, Doc; hemos hecho todo lo posible pero…- sus hombros se estremecieron- No ha sido suficiente. – Se acercó a la ventana para esquivar la mirada de su amigo- He tenido que decidir… He creído que tu esposa tenía más oportunidades que el chico… He actuado en consecuencia; pensando qué querrías tú. De verdad, Doc. El chico no tenía posibilidades, no hubiera vivido más allá de unas horas…Como mucho un par de días ¡Parecía que todo iba bien! – se le quebró la voz- ¡Lo siento mucho!

El arqueólogo no se había movido de la silla: estaba congelado. Aún tenía el brazo extendido y la manga recogida mostrando su reloj de pulsera; En la sala el aire parecía gelatina; denso, asfixiante. El procesador de soporte ambiental funcionaba, pero sus sentidos se negaban a reconocerlo. Casi le daba pena el médico; parecía que era él quien hubiera perdido un hijo. Tomó una bocanada de aire antes de hablar.

–   ¿Puedo verlos?

–   Tu esposa está sedada; estará bien, pero por ahora es mejor que duerma.

–    Esa es sólo la mitad de la respuesta, Doc. ¿Qué hay del niño?

–    Verlo no le devolverá a la vida; Ya has sufrido demasiado por hoy, créeme; verlo sería demasiado castigo.

–  ¿Cuánto hace que nos conocemos, Doc? – preguntó el arqueólogo –

–   ¿Qué pregunta es esa? – el médico giro la cabeza hacia él- Desde que nacimos; ¿Por qué lo preguntas?

–   Porque creo que me estás mintiendo.

–  ¡Te estás volviendo un paranoico! ¡Esto no es una de tus malditas teorías apocalípticas! Has perdido un hijo, las cosas no han salido bien, estás dolido, quizás hasta me culpes ahora… ¡Pero no consentiré que me trates así!

–   ¿Por qué te enfadas, Doc? ¿Dónde está tu fama de hombre contenido, de cirujano imperturbable? – se levantó lentamente de la silla- Ahora estoy seguro de que me ocultas algo; y lo voy a descubrir.

–   No digas tonterías; no estás bien. – el médico se colocó entre él y la puerta- Acabas de sufrir un enorme impacto emocional: eso es todo; intenta relajarte. Tu esposa te va a necesitar muy sereno: ha sufrido mucho; aún no sabe nada del chico. No se lo hemos dicho.

Antes de que el médico pudiera reaccionar lo esquivó y salió corriendo por el pasillo; recodaba el lugar al que habían llevado a su esposa. Encontró la habitación con facilidad.

Ella  yacía inconsciente entre una maraña de cables y tubos que conectaban su cuerpo con un pupitre lleno de luces parpadeantes. Reconoció el ritmo firme del electrocardiograma y respiró  tranquilo al ver que estaba viva. Estaba tomando su mano cuando un ruido llamó su atención. No se había fijado en el pequeño nicho que había en un lateral de la habitación; prestó atención. El ruido se repitió y ya no tuvo dudas: era el llanto de un niño. Temía lo que se pudiera encontrar. Lentamente apartó la sábana que cubría al niño. Las rodillas le fallaron cuando vio lo que había en la cuna.

–    Te dije que no lo hicieras, sonó la voz jadeante del médico desde la puerta- Aléjate de él, por favor…

Lo hizo; poco a poco se plantó delante del espejo del baño abrió el grifo y se refrescó la cara.

–   Sabía que la mutación estaba a punto de comenzar… pero no esperaba esto, Doc. ¿Has visto sus manos? Tienen… ¡tienen cinco dedos! Y sus ojos…- rompió en llanto- …Dos horribles ojos azules… ¡Azules!

Intentó serenarse: rebuscó en el bolsillo hasta encontrar un pañuelo y lentamente comenzó a secarse las lágrimas que manaban de su amarillo y único ojo.

Written by aitztv

7 marzo, 2015 at 5:33

“Lentamente”

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descargaNo: No es como esperaba. Me había preparado para un salto al vacío o para estrellarme contra una pared. No en vano he dedicado toda mi vida a este momento. Creía haber evaluado todas las posibilidades, no haber dejado nada al azar, pero ¡claro! Todo eran especulaciones. Un dulce sopor va entrando por mis venas y tras él viene un frío indescriptible, como si mis extremidades cristalizaran bajo la mirada de Medusa. ¡Es tan sutil! Milímetro a milímetro comienzo a caer, con tanta suavidad que habría que inventar nuevas medidas para definir mi tránsito. ¿Dónde estoy? No en el mismo sitio que antes, pero lo parece. Percibo mi derredor como un nuevo mundo donde todo deviene a otra velocidad o a otra ausencia de tal. No es una mala experiencia, pero si se prolonga puede resultar angustiosa. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Un segundo? ¿Un siglo? ¿Una vida? Ya no siento nada. Nada avanza ahora por mis venas. No necesito mi corazón. Creo que es mejor que se pare. También merece un descanso, pero comienzo a entender que no lo va a hacer. No se va a detener, va a seguir latiendo pero lentamente: Una sola vez por toda la eternidad.

Written by aitztv

22 noviembre, 2014 at 11:16

Publicado en Ensayo, Literatura, Poesía, Prosa, Romanticismo

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Esquinas palpitando vida.

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Miro el reloj: 4:37 de la mañana. Acabo de terminar mi trabajo y en poco más de cuatro horas me tengo que poner en marcha de nuevo. Me he decidido a escribir esta entrada con las esperanza de que Internet no funcionara y me pudiera acostar unas horas, pero no ha sido así. La tecnología está en mi contra.

No hace mucho, o sí, el tiempo se relativiza con facilidad, hablaba con una amiga sobre una visita a los Indios Aetas, una tribu pigmea nativa de Filipinas. Me dijo: ” No pensaba que fueras tan humano”. No porque yo lo sea especialmente, sino por oposición a una periodista estadounidense que había pasado por allí poco antes que yo y que había tratado a los indios como si fueran animales de granja. Mi respuesta fue cualquier cosa menos una respuesta. Dije algo así como que “me gusta cuando veo la vida palpitando por las esquinas”. Supongo que fue una mentira de mi mente, una trampa , una zancadilla que yo mismo me puse y que no pude explicar cuando mi interlocutora se me quedo mirando con cara de llamar a urgencias. Sin embargo creo que ahora lo sé. Estoy tan lejos de ningún sitio que todo me parece que ocurre, no ya en otro planeta, sino incluso en otra época. Pese a todo sé que en estos momentos hay mucha gente inocente muriendo por trozos de tierra baldía, por el mero hecho de plantar una bandera, como si eso fuera más importante que plantar, un árbol, trigo o simplemente dejar crecer la hierba. Los que ordenan las muertas nunca ponen el dedo en el gatillo; son demasiado cobardes, lo mismo que los que usan la frágil existencia de un niños como saco terrero para que paren las balas que ellos, desde la comodidad de sus refugios y despachos nunca van a recibir. Prescinden de gente para no prescindir de otra gente prescindible, porque piensan que ellos son los elegidos para guiar al pueblo… ¿A dónde?

Pese a todo la vida palpita. Escondida entre los escombros habrá una semilla que fructifique, una flor que se abra y -con el tiempo- una conciencia que devore de dentro a fuera toda la basura que estamos arrojando sobre algo tan frágil como es la propia vida. No puedo culpar a quien contiende, ellos están tan ciegos, tienen los ojos tan encendidos de sangre que ya no pueden razonar. Culpo a quien mira hacia otro lado. Las guerras se parecen mucho unas a otras. Por más que pongamos nombre y guarismos no son más que la continuación de otras guerras, tal vez de una única guerra que simplemente cambia de escenario entre periodos de paz. No hace mucho hubo guerras en Europa, en los Balcanes.  Tan cerca de casa que podíamos oír el ruido de sables en el patio trasero. Tampoco nadie hizo nada. Una vez más quitaron la mirada de aquello que afeaba su jardín. Ahora que la guerra es casi en el paraíso, ¿quién va a pensar que será distinto? No lo es, porque no lo ha sido y no lo será. Se unirán las naciones para menguar su debe y hacer crecer sus haberes, pero no sumaran conciencias. Sumarán víctimas y nos las enseñarán obscenamente para que nos aterremos y agradezcamos sus desvelos,  porque han sido capaces de enviar la muerte a muchos miles de kilómetros de casa, donde la sangre no nos manche y la podredumbre no invada con su fétido olor nuestras anestesiadas fosas nasales.

Si; la vida palpita. Es necesario que palpite para poder asesinarla, pero no es el pálpito el músculo que se contrae y cuya ausencia significa la muerte. El pálpito es  la voz que se alza cada vez más acusadora ante los demiurgos de la hecatombe. El pálpito seguirá sonando como el reloj de Poe, implacable bajo la tarima para hacer enloquecer al asesino, como el tic tac de una cuenta atrás.

Entonces podremos entender cómo, por qué la vida palpitaba en cada esquina

5;15. Es suficiente.

Written by aitztv

31 julio, 2014 at 23:13

La noche que perdí una estrella entre tu pelo.

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Do you remember?Hacía tiempo que no me miraba en ningún camino. Me refiero a que cuando caminamos solemos mirarnos de forma inconsciente la punta de los pies, pero hoy he preferido ignorar lo obstáculos y mirar al cielo. He descubierto que cuando me siento triste las noches estrelladas llaman mi atención más de lo habitual. Hoy, la luna era tan solo una rodaja de noche iluminada mal colgada del firmamento, como si el encargado de la noche tuviera un cita importante y se hubiera  limitado a cumplir con el expediente de poner, más o menos, cada luminaria en su sitio. Mi camino estaba separado entre dos mundos tan distintos que resulta difícil pensar que están sobre la misma tierra. A un lado de mi cabeza estaba el mar, ronroneando como un gato recién comido; al otro la sierra madre despegaba agitando los enormes troncos de las palmeras como si pretendiera llamar mi atención. El cielo estrellado era el único punto de contacto entre dos universos convergentes y yo. Yo, si. Tan poca cosa entre tanta inmensidad, atreviéndome a criticar la luna invertida de la mecánica celeste. Se por qué me cautiva tanto la noche. Es porque soy miserablemente pequeño,  poco más que una semilla al pie de un bosque. Divago de forma absolutamente prescindible en números complicados que me permitan saber si la existe la probabilidad de que alguien este mirando exactamente ahora esa misma estrella que yo miro. La luna no me vale, está cubierta de miradas de amantes, pero esa estrella, esa luz mortecina que tal vez pertenezca al sol de un planeta ya extinto, esa estrella es mía. ¿Y si la estuvieras mirando, justo ahora, tu también? No puede existir mayor comunión que dos miradas al infinito confluyendo en un punto que solo tiene significado para ti y para mí. Sé que la matemática está en mi contra, pero déjame abrazar con fuerza esa posibilidad, ese secreto que únicamente nosotros conocemos. Desconozco el nombre de esa estrella. No sería difícil de descubrir pero no quiero hacerlo porque ya la he bautizado. Es tu estrella. Seguramente tiene un nombre precioso, tal vez un nombre árabe como tantas otras luminarias. Tal vez esconda su belleza tras un velo, como hace las mujeres en lejanas tierras, pero no es por ocultar su belleza de los ojos de los hombres: es porque los hombres no podrían resistir tanta perfección sin enloquecer. ¡Sí! Definitivamente es tu estrella. Inconscientemente tu nombre empieza a martillear mis oídos. Sé que no es cierto, que no oigo nada, que es la sangre que bulle en el interior de mi cuerpo lo que produce ese redoble que yo convierto en tu nombre, pero este conjunto de mentiras iluminadas por la luz evanescente de la noche poco a poco van dando cuerpo a una visión. Sé que estas en ese rizo de aire que caracolea a mi alrededor, que me toca aquí y allá… Aun no te veo, pero solo necesito un poco mas de tiempo para que mi mente reclusa construya tu realidad a base de retazos de mis delirios. Ahora incluso te puedo oler. Más correcto sería decir que puedo ver tu perfume, porque en el aire solo discuten los aromas arrojados por el mar y la vegetación húmeda que viene arrastrándose desde el bosque. Es cierto, veo una pieza de seda flotando que es la esencia de los aromas. Es un poco de vainilla con un golpe cítrico tan leve como persistente y –sobre ella- florecen chispas que recuerdan a las violetas silvestres, con ese olor a fruta madura que embriaga hasta marearme. Hay más. Si… Tras la seda está definitivamente el mar, donde se reflejan retorcidas todas las estrellas. Incluso aquellas que no veré jamás. Todo mi universo eres tú… Y ahora te estás disipando de nuevo en tus partículas elementales, aquellas cuya ciencia dice que haga lo que haga, estas muy lejos de mí… aunque la distancia no sea el problema.

De nuevo estamos solos el camino y yo. Me cuesta dar un paso más. Temo dejarte atrás y no ser capaz de volver a verte de nuevo. Tal vez algún día, cuando se seque definitivamente el mar de mis ojos y la sangre tome su lugar, esté preparado para olvidarte, pero esta noche… Esta noche miro hacia atrás de reojo. Por si acaso.

Written by aitztv

31 mayo, 2014 at 23:17

En la oscuridad.

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MorshalinLa mirada de Benson es como un cuchillo al rojo vivo. Te corta, te penetra, te perpetra saliendo indemne de la acción mientras tú te retuerces en el suelo abrazándote con fuerza para evitar que se te desparramen por el suelo las entrañas. Benson siempre aparece cuando mi estado de ánimo decae o se corrompe. Es como mi sombra a mediodía, tan cerca, tan pegado a mí que no puedo verla hasta que a la luz de la tarde las sombras se estiran sobre el asfalto caliente, aun mordido por el aliento cálido de un sol que se desvanece. ¿Para que preguntar si mi cara es una respuesta? Sé que hoy, hace días, mi semblante esta tan desnudo que casi es obsceno mirarme a la cara; incluso el espejo borraría mi rostro si le fuera posible. Por fortuna la organización del mundo es tan clara que no le permite ningún devaneo fuera de las fronteras de la realidad que le abraza.
Benson siempre sabe todo lo que hay que saber. Tampoco es difícil saberlo. El conoce mi poco sana costumbre de exponerme demasiado, de ofrecer al filo de la tijera las fibras más tiernas de mi corazón enfermo, arriesgándome que ocurra lo que siempre ocurre. Cada vez que la tijera cierra su abrazo alguna de esas fibras salta como una cuerda de piano. A cámara lenta veríamos como se libera y retuerce en el aire como las manos de una bailarina, trazando estrías imposibles mientras suena una nota postrera, similar al aroma de la rosa que se deja morir al calor de las manos de un amante. ¿Dónde he mirado esta vez? ¡Donde siempre! Directamente a los ojos del abismo. Benson piensa que, para mí, esparcir mi interior sobre una mesa de autopsias es como el opio para otras personas. Creer que me gusta que me recorten, suturen y vuelvan a recortar por el mero placer de sobrevivir a ello. No consigo hacerle ver que es un camino, casi una religión, con todo lo absurdo que eso suena. Me gusta ponerme de puntillas en el borde del precipicio, cerrar los ojos y confiar en que el aire que viene de frente sea suficiente para no dejarme caer. Siento el vértigo, las nauseas me dominan y percibo en mi boca el sabor ácido del vomito que intento controlar. ¿Dónde he mirado esta vez? Donde no debía de haber mirado nunca. Me convencí de que era posible apartar la cortina de sus parpados para fundirme en el océano de sus pupilas, cercadas de aquellos brillos del color del brandy. ¡Era tan tentador! Sus labios eran corales, su aliento era el viento del sur y su voz seda mecida por la brisa del mar. Las caricias eran poesía cuando sus manos se movían alrededor de mí como mariposas en cortejo. Y después… La distancia. Esa nada que no existe, la frontera invisible, el filo de la espada.
Se acerca un nuevo amanecer. No es la primera vez que siento que todo tiene que volver a ocurrir por primera vez. Todo lo que paso a su lado ha de suceder de nuevo en su ausencia. ¿Volverá? No. Nunca vuelve la misma persona que se ha ido. Vuelve su remedo, su copia imperfecta, estoy seguro. Pero aun así, estoy dispuesto a captar la impostura, las caricias y la música de su voz. Eso si: Nunca miraré de nuevo a sus ojos.

Written by aitztv

26 mayo, 2014 at 21:24