Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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“Lentamente”

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descargaNo: No es como esperaba. Me había preparado para un salto al vacío o para estrellarme contra una pared. No en vano he dedicado toda mi vida a este momento. Creía haber evaluado todas las posibilidades, no haber dejado nada al azar, pero ¡claro! Todo eran especulaciones. Un dulce sopor va entrando por mis venas y tras él viene un frío indescriptible, como si mis extremidades cristalizaran bajo la mirada de Medusa. ¡Es tan sutil! Milímetro a milímetro comienzo a caer, con tanta suavidad que habría que inventar nuevas medidas para definir mi tránsito. ¿Dónde estoy? No en el mismo sitio que antes, pero lo parece. Percibo mi derredor como un nuevo mundo donde todo deviene a otra velocidad o a otra ausencia de tal. No es una mala experiencia, pero si se prolonga puede resultar angustiosa. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Un segundo? ¿Un siglo? ¿Una vida? Ya no siento nada. Nada avanza ahora por mis venas. No necesito mi corazón. Creo que es mejor que se pare. También merece un descanso, pero comienzo a entender que no lo va a hacer. No se va a detener, va a seguir latiendo pero lentamente: Una sola vez por toda la eternidad.

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Written by aitztv

22 noviembre, 2014 at 11:16

Publicado en Ensayo, Literatura, Poesía, Prosa, Romanticismo

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La noche que perdí una estrella entre tu pelo.

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Do you remember?Hacía tiempo que no me miraba en ningún camino. Me refiero a que cuando caminamos solemos mirarnos de forma inconsciente la punta de los pies, pero hoy he preferido ignorar lo obstáculos y mirar al cielo. He descubierto que cuando me siento triste las noches estrelladas llaman mi atención más de lo habitual. Hoy, la luna era tan solo una rodaja de noche iluminada mal colgada del firmamento, como si el encargado de la noche tuviera un cita importante y se hubiera  limitado a cumplir con el expediente de poner, más o menos, cada luminaria en su sitio. Mi camino estaba separado entre dos mundos tan distintos que resulta difícil pensar que están sobre la misma tierra. A un lado de mi cabeza estaba el mar, ronroneando como un gato recién comido; al otro la sierra madre despegaba agitando los enormes troncos de las palmeras como si pretendiera llamar mi atención. El cielo estrellado era el único punto de contacto entre dos universos convergentes y yo. Yo, si. Tan poca cosa entre tanta inmensidad, atreviéndome a criticar la luna invertida de la mecánica celeste. Se por qué me cautiva tanto la noche. Es porque soy miserablemente pequeño,  poco más que una semilla al pie de un bosque. Divago de forma absolutamente prescindible en números complicados que me permitan saber si la existe la probabilidad de que alguien este mirando exactamente ahora esa misma estrella que yo miro. La luna no me vale, está cubierta de miradas de amantes, pero esa estrella, esa luz mortecina que tal vez pertenezca al sol de un planeta ya extinto, esa estrella es mía. ¿Y si la estuvieras mirando, justo ahora, tu también? No puede existir mayor comunión que dos miradas al infinito confluyendo en un punto que solo tiene significado para ti y para mí. Sé que la matemática está en mi contra, pero déjame abrazar con fuerza esa posibilidad, ese secreto que únicamente nosotros conocemos. Desconozco el nombre de esa estrella. No sería difícil de descubrir pero no quiero hacerlo porque ya la he bautizado. Es tu estrella. Seguramente tiene un nombre precioso, tal vez un nombre árabe como tantas otras luminarias. Tal vez esconda su belleza tras un velo, como hace las mujeres en lejanas tierras, pero no es por ocultar su belleza de los ojos de los hombres: es porque los hombres no podrían resistir tanta perfección sin enloquecer. ¡Sí! Definitivamente es tu estrella. Inconscientemente tu nombre empieza a martillear mis oídos. Sé que no es cierto, que no oigo nada, que es la sangre que bulle en el interior de mi cuerpo lo que produce ese redoble que yo convierto en tu nombre, pero este conjunto de mentiras iluminadas por la luz evanescente de la noche poco a poco van dando cuerpo a una visión. Sé que estas en ese rizo de aire que caracolea a mi alrededor, que me toca aquí y allá… Aun no te veo, pero solo necesito un poco mas de tiempo para que mi mente reclusa construya tu realidad a base de retazos de mis delirios. Ahora incluso te puedo oler. Más correcto sería decir que puedo ver tu perfume, porque en el aire solo discuten los aromas arrojados por el mar y la vegetación húmeda que viene arrastrándose desde el bosque. Es cierto, veo una pieza de seda flotando que es la esencia de los aromas. Es un poco de vainilla con un golpe cítrico tan leve como persistente y –sobre ella- florecen chispas que recuerdan a las violetas silvestres, con ese olor a fruta madura que embriaga hasta marearme. Hay más. Si… Tras la seda está definitivamente el mar, donde se reflejan retorcidas todas las estrellas. Incluso aquellas que no veré jamás. Todo mi universo eres tú… Y ahora te estás disipando de nuevo en tus partículas elementales, aquellas cuya ciencia dice que haga lo que haga, estas muy lejos de mí… aunque la distancia no sea el problema.

De nuevo estamos solos el camino y yo. Me cuesta dar un paso más. Temo dejarte atrás y no ser capaz de volver a verte de nuevo. Tal vez algún día, cuando se seque definitivamente el mar de mis ojos y la sangre tome su lugar, esté preparado para olvidarte, pero esta noche… Esta noche miro hacia atrás de reojo. Por si acaso.

Written by aitztv

31 mayo, 2014 at 23:17

En la oscuridad.

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MorshalinLa mirada de Benson es como un cuchillo al rojo vivo. Te corta, te penetra, te perpetra saliendo indemne de la acción mientras tú te retuerces en el suelo abrazándote con fuerza para evitar que se te desparramen por el suelo las entrañas. Benson siempre aparece cuando mi estado de ánimo decae o se corrompe. Es como mi sombra a mediodía, tan cerca, tan pegado a mí que no puedo verla hasta que a la luz de la tarde las sombras se estiran sobre el asfalto caliente, aun mordido por el aliento cálido de un sol que se desvanece. ¿Para que preguntar si mi cara es una respuesta? Sé que hoy, hace días, mi semblante esta tan desnudo que casi es obsceno mirarme a la cara; incluso el espejo borraría mi rostro si le fuera posible. Por fortuna la organización del mundo es tan clara que no le permite ningún devaneo fuera de las fronteras de la realidad que le abraza.
Benson siempre sabe todo lo que hay que saber. Tampoco es difícil saberlo. El conoce mi poco sana costumbre de exponerme demasiado, de ofrecer al filo de la tijera las fibras más tiernas de mi corazón enfermo, arriesgándome que ocurra lo que siempre ocurre. Cada vez que la tijera cierra su abrazo alguna de esas fibras salta como una cuerda de piano. A cámara lenta veríamos como se libera y retuerce en el aire como las manos de una bailarina, trazando estrías imposibles mientras suena una nota postrera, similar al aroma de la rosa que se deja morir al calor de las manos de un amante. ¿Dónde he mirado esta vez? ¡Donde siempre! Directamente a los ojos del abismo. Benson piensa que, para mí, esparcir mi interior sobre una mesa de autopsias es como el opio para otras personas. Creer que me gusta que me recorten, suturen y vuelvan a recortar por el mero placer de sobrevivir a ello. No consigo hacerle ver que es un camino, casi una religión, con todo lo absurdo que eso suena. Me gusta ponerme de puntillas en el borde del precipicio, cerrar los ojos y confiar en que el aire que viene de frente sea suficiente para no dejarme caer. Siento el vértigo, las nauseas me dominan y percibo en mi boca el sabor ácido del vomito que intento controlar. ¿Dónde he mirado esta vez? Donde no debía de haber mirado nunca. Me convencí de que era posible apartar la cortina de sus parpados para fundirme en el océano de sus pupilas, cercadas de aquellos brillos del color del brandy. ¡Era tan tentador! Sus labios eran corales, su aliento era el viento del sur y su voz seda mecida por la brisa del mar. Las caricias eran poesía cuando sus manos se movían alrededor de mí como mariposas en cortejo. Y después… La distancia. Esa nada que no existe, la frontera invisible, el filo de la espada.
Se acerca un nuevo amanecer. No es la primera vez que siento que todo tiene que volver a ocurrir por primera vez. Todo lo que paso a su lado ha de suceder de nuevo en su ausencia. ¿Volverá? No. Nunca vuelve la misma persona que se ha ido. Vuelve su remedo, su copia imperfecta, estoy seguro. Pero aun así, estoy dispuesto a captar la impostura, las caricias y la música de su voz. Eso si: Nunca miraré de nuevo a sus ojos.

Written by aitztv

26 mayo, 2014 at 21:24

En el infierno líquido

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Tengo el pecho lleno de agua: es agua limpia como la que escapa entre las arugas más profundas de la tierra. Es agua eterna, que sube y baja entre el cielo y el infierno suavemente encendida por el beso plano y grato del sol. No es más que agua, pero me aprieta las entrañas como si fuera pedernal esculpido directamente sobre mis hechuras. Siento el esfuerzo de mis pulmones en sus intentos de llenarse de aire y la lucha titánica de mi corazón por ganar el siguiente latido. Cada pulso es una enorme burbuja que estalla sobre mi esternón haciendo eco en lo que me queda de estómago. Este momento, este tiempo, esta vida son serpientes constrictoras. Matan por el sencillo método de no permitirte volver a respirar. Bien mirado es la forma más elegante de cercenar una vida, lo más bello que la naturaleza ha creado para terminar con la existencia de cualquier ser, lo más próximo a la muerte natural. Acabar contigo negándote el aire.

Todos somos una obscena cantidad de agua. Nada más que agua con algunas impurezas que son precisamente las que nos definen como individuos particulares, como entes singulares, personales, únicos e intransferibles, como si nuestra esencia fuera solo la esencia de una tarjeta de crédito vital de la que se nos descuentan los días vividos, a veces a precio de usura.

La luz en el fondo de mis ojos es cada día más débil, mechada de tinieblas robadas de las llanuras abisales. Quizás el infierno no sea una tumba de fuego eterno que desgarra y desentraña nuestras carnes y disuelve nuestros recuerdos; tal vez sea una enorme tumba de agua oscura y fría que te quiebra los huesos y te ahoga eternamente. No puede existir tortura mas infame que la sensación de estar permanentemente ahogándote, buscando cada bocanada de aire y deseando que sea la última, que no exista el castigo de obligarte a respirar una vez más esa agua enorme, que cada vez que abres tu boca busca reventarte como un globo de feria. ¿Quién no ha sentido alguna vez una mano atravesando su espalda y apretando su corazón como si fuera una esponja? Un aliento helado en la nuca, como si tuvieras sobre ti los ojos del asesino, una enorme bola de nada en tu garganta. Es lo que esperas para el final de tus días, es el peaje para tu tránsito, el óbolo del barquero… Pero no: no señala nada. Solamente te tortura una vez y otra y se repite y se exhibe lejos de la piedad, para transformarnos en uno eternos moribundos, en meros parias apátridas de la frontera de la vida, cruzando el río grande con las espaldas mojadas de vergüenza y de venganza; de la vergüenza de no habernos revelado y llamar amigo al amigo y traidor al traidor: de la venganza que fuimos incapaces de usar, y que no nos queda más remedio que llevarla de lastre el resto de los días que vivamos antes de poder entrar en el infierno líquido.

El agua; el espejo natural de la luna, esa nada consistente a la que pertenecemos y de la que estamos condenados a depender. El agua de la vida de los alquimistas, el agua amarga del filósofo, el agua turbia del recién nacido, el agua de fuego de los druidas. Tan mortal como necesaria. El agua de sus ojos donde se bañaba el verde claro, el mar de lagrimas que se había secado en su mirada y que había hecho su cuerpo seco de tanto tener que humedecerse al capricho de los poderosos. El agua que soporta los fluidos vitales, ese que a veces escondemos y a veces compartimos. el soporte inerte de los nervios del mundo.

Mis ojos apagados ya no pueden mirar los carbones encendidos que iluminaban los suyos. Yo quería ver arder aquellos cuerpos del vicio hasta convertirse en cenizas, en la hojarasca del otoño del fuego para poder soplar sobre ellos y ver cómo desaparecían casi con un suspiro. ver la inmundicia volando alrededor de mi, cuando ya no puede hacerme ni hacerle daño. Pero el agua, la maldita agua, arrebató de mi camino el camino a su corazón. Borró las pistas para encontrar el camino a su hogar y le hizo partir a la aventura, sin mapa ni compás. Desconocía la capacidad de mi ser para beberme el dolor que destila la soledad. El licor de la ausencia. Buscaba su presencia en cualquier sitio, pero siempre tenía la impresión de llegar un segundo tarde, cuando ella ya había partido. Miraba en los rizos de las estrellas, en las cortinas de la lluvia, en el ir y venir de las mareas, pero siempre era tarde. Siento que tengo plaza libre en la antesala de la locura. Las esencias de los licores que antes utilizaba como anestesia de los sentidos son únicamente líquidos de colores, cada color con una dosis de lástima diferente, pero lástima a fin de cuentas. Me queda la fuerza justa para dar cuerda al reloj de la cuenta atrás.

Me siento a mirar el horizonte a la puesta de sol. El mar se junta con el cielo y de nuevo, presiento que ante mis ojos sólo se extiende una sucursal del infierno.

Written by aitztv

17 noviembre, 2013 at 6:42

La luz de tu mirada.

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Hoy me apetecía el amanecer. Tal vez sea porque a veces el mejor modo de terminar un día es que empiece otro. Es curioso el gran significado que damos a cosas tan pequeñas que es probable que no existan. ¿Acaso sabe el sol que ha nacido una nueva jornada? Seguro que no. Por diminutas que hagamos las divisiones del tiempo siempre habrá un punto en el que está amaneciendo y otro en el que la noche se deja caer para ayudar al mundo de los sueños a vivir su momento de realidad. Es algo inevitable, algo que ahora mismo está sucediendo en infinitos lugares a la vez dada la inmensidad de universo. Me viene a la mente nuestra naturaleza, ese “ínfimo origen” del que hablaba Darwin enfadado con el mundo porque por más que buscara no podía encontrar el aliento divino que cambia nuestro estado de vivo a muerto. Quizá la vida sea sólo uno más de esos vapores mágicos que a la larga la ciencia desvela y pone en su sitio. Como lo fue el éter o los rayos visuales con los que se creía los ojos eran capaces de ver. La idea es muy atractiva.

Noto que alguien me mueve. Es Benson. Últimamente me despierto envuelto en mis vómitos de borracho demasiado a menudo. Es curioso como al abrir un ojo el suelo parece nacer desde tu mirada y extenderse hasta el infinito. También es curioso como ese licor que era tan dulce en la botella se vuelve amargo cuando lo vomitas, excepto para las hormigas que se acumulan alrededor de lo arrojado encantadas de tener una comida gratis. Benson no habla: me levanta y me mete en la ducha vestido. Sabe cuando hay que respetar la dignidad de un hombre indigno de su amistad. Prepara un café cargado y se sienta frente a mí con una ceja enmarcada, como si fuera una interrogación tumbada. No hay preguntas, no hay reproches. Únicamente una mirada que telegrafía directamente a mi conciencia ¿Qué ha sido esta vez?. Me causa un dolor enorme no tener respuesta. Me he convertido en un mercenario, en un muerto viviente que deambula por la vida sabiendo que esta es un trago amargo un día tras otro. Soy  el cazador de la muerte; la busco cada día para poder decir que le he vencido y arrojarme a los brazos mórbidos de las prostitutas y al aliento cálido de las botellas. No busco el combate. Busco la guerra.

Me siento frente a él envuelto en una toalla y encaro el reto de retener en el estómago esa taza de café. Tal vez lo consiga o tal vez no. No sé si depende de mí o del mismo café, que a mi entender siempre ha tenido su propia conciencia, al menos respecto a mí. La mirada de Benson lo dice todo; mira a mi escritorio, donde mi novela inacabada se marchita como mis ideas, y depués me mira a mí, directamente a los ojos. Me pregunto qué ve: ¿Es el hombre transparente al fracaso? Tiene algo en las manos. Lo deposita sobre la mesa sin dejar de mirarme y se levanta. No tardo en moverme para ver qué me ha dejado. Es un libro. “El Arte De las Putas” de Moratín. Lo recuerdo. En mi infancia había un ejemplar en casa que alguien había forrado de papel manila para evitar que mis ojos, o los de una visita, se fijaran en un título tan vergonzante. Lo curioso es que yo quité el forro por ver que había debajo, y una vez descubierto nunca le presté más atención: mi mente infantil decidió que un libro bautizado así tenía que ser tremendamente aburrido.  Pero sé que me está diciendo Benson: Él mismo es una metáfora de mí. Sabe cuales son mis puntos débiles y no los evita; por el contrario incide en ellos hasta que el dolor es insoportable, hasta que la redención, la catarsis o la muerte son las únicas bazas que puedo jugar. Me lleva al borde del abismo y me abandona allí, sin más abrigo que mi piel y sin más futuro que las decisiones que yo mismo tome. Ahora me obliga a mirar a los ojos a una muchacha menuda. Se me hace muy difícil asumir cuanta vida navega por el mar de sus pupilas. Quisiera quererla, quisiera amarla, quisiera hacer de ella la mujer de mi vida… Pero entre ella y yo hay una enorme barrera de cuerpos. ¿Puede acaso el amor desvanecer la vida disoluta de una hetaira? Pienso que no, pero no me resisto a mirar de nuevo en el fondo de sus ojos. Veo miseria, inmundicia… Veo dolor más allá de las penas de los corazones de los considerados decentes… Veo el vacío que supone la imposición de una presencia porque la vida nos mide con monedas… Una arcada me recorre el cuerpo; es como si bajo mi esternón un puño apretara todas mis miserias empujándolas hacia arriba para que las escupa de una vez. El café hace el camino de regreso hacia mi boca, pero me niego a dejarlo escapar. Me lo trago de nuevo y busco de nuevo esos ojos. No había mirado bien; Hay más cosas. Veo un corazón de niña emocionada con sus juegos infantiles. Descubro como la vida ha ido pudriendo célula a célula todo lo bello que allí había, veo esfumarse el amor como el perfume de una flor, desvaneciéndose en el aire como si nunca hubiera existido; veo mis ojos en sus ojos, y los de aquel y los de aquel otro. Pero lo más aterrador es que en esos ojos, en el fondo de esos ojos, veo mi última oportunidad. La salida de mi carrera hacia la autodestrucción se encierra en los ojos de una prostituta ¿Qué hacer? No quiero seguir jugando a la ruleta rusa. Miro desesperadamente a Benson, quiero que me ayude, que me responda… Pero sé que no lo va a hacer. Él ha puesto la bala en el tambor; solo me pide que tenga el valor de apretar el gatillo. Se acerca a mí y pone una botella en la mesa, al lado del libro; me da a elegir. No puedo evitar las lágrimas. Tengo frío, siento miedo y mi cabeza gira en ángulos imposibles. Si no estuviera tan asustado intentaría escapar, correr hacia el mar y dejar que me trague, pero ni uno solo de mis músculos va a obedecer. Veo mi mano; es mi mano izquierda la que se dirige hacia la botella; la toma, la sujeta casi con devoción y en un gesto rápido la arroja contra la pared esparciendo por el suelo todos los demonios que contenía.

Abrazo la muchacha. De su pelo recibo aroma de mil flores y su piel es como la seda más suave que jamás se haya tejido. Sus labios son una fruta abierta que nadie había sabido paladear, su cuerpo es una sinfonía contra mi cuerpo. Me siento bien.

Tal vez, sólo tal vez, mañana no de de comer a las hormigas.

Written by aitztv

16 octubre, 2013 at 8:40

Publicado en Ensayo, Literatura, Prosa

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La vida es una enfermedad terminal.

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Hace tiempo que escribí un cuento, que podéis encontrar aquí, en el que la idea central era la posibilidad de intervenir en la propia muerte. No se trataba del punto de vista del suicida, sino más bien en como los sucesos algún día determinarán que ha llegado el último momento. A veces nuestra personalidad es como el submarino del Capitán Nemo. Tiene diseño retro futurista, y nos permite desandar lo caminado pero sólo para volver a ver como nuevo escogemos la ruta equivocada. Es curioso cómo Julio Verne nos dejó una pista clarísima en su relato.  Nemo significa “nadie” en latín. Y es que en el fondo todos tenemos un rincón “Nemo” que de vez en cuando asoma para recordarnos que nacemos con fecha de caducidad. Charlaba hace unos días con una profesional (de la medicina) sobre lo sencillo que resulta para las personas elegir el camino fácil una vez que has descubierto que tomar decisiones, decisiones muy serias, no es tan grave como parece. Sin embargo, vivir más de la cuenta puede suponer un problema cuando no te has mentalizado para ello. Todos nosotros tenemos una fecha de caducidad. Me consta porque recientemente yo he superado la mía. Aquí es donde me surge el problema. Me da la impresión de que el hecho de permanecer donde ya no se te espera, o de superar la locura o de vencer a la enfermedad, nos da una capa de barniz mágico que nos lleva pensar que somos indestructibles. A partir de ese momento me he dado cuenta que el reino de las decisiones se amplía exponencialmente con el paso de los días, tanto que puede ser que nos supere y nos nuble el entendimiento. Mi Nemo personal desde entonces parece tomar decisiones que yo no entiendo. También puede ser que simplemente nací idiota y no me había dado cuenta hasta ahora. Pero yo lo achaco al hecho de que pienso que ya nada me puede pasar. Es el típico pensamiento que nos viene a la cabeza un segundo antes de que empiece a llover cuando hemos perdido el paraguas.

No tengo ni idea de qué es la vida, por lo que hablar de la muerte es todavía más difícil. Definir las cosas nos da una cómoda sensación de seguridad. No nos cuesta intervenir en los procesos que podemos colocar en un diccionario con cierta conformidad por parte de todos, pero con los conceptos más abstractos tenemos problemas. Nuestras “nadas” son particulares, como lo son nuestras ideas de la vida y la muerte o la razón de nuestras existencia. Nuestras definiciones dependen tanto de los estados de ánimo que lo que ahora es válido mañana nos puede parecer una majadería. Pese a todo podemos admitir algunas cosas respecto a ese fenómeno que es la vida y su opuesto. La muerte es un estado que nos perpetúa en el recuerdo de los demás, que intentan con ello ocultar el vacío de la ausencia.  La diferencia entre la vida y la muerte es tan pequeña que no hemos conseguido hallarla aún.  Espero que no la encontremos nunca. Cuando sepamos dónde está esa pequeña frontera y como funciona se destruirán muchas cosas bellas. A partir de ese día ya no habrá lugar para los mártires ni los héroes; morir de amor no servirá de nada porque será reversible, como el dejar de fumar: las religiones perderán su mejor arma; ya no nos podrían amenazar con el lado tenebroso y encima los enterradores se quedarán sin trabajo.

Desde mi ignorancia pienso que la vida no es un estado de ser humano; es una característica. Así que si no podemos separar nuestras condición de “ser” de la condición de “estar vivo” ¿qué somos si trascendemos? Personalmente pienso que al eternidad es un premio muy pobre para todo lo que algunos tienen que sufrir en este lado, como el recuerdo puede ser una tortura para algunos allegados. Tal vez lo humano sería que nos dejaran la trascendencia como una opción, sin imposiciones. Poder ser Nemo en el sentido más amplio de la pablara. Ser transparente a la historia y a los recuerdos. No se trata de ser lo que uno quiera sino de que uno quiera ser.

Written by aitztv

2 marzo, 2013 at 13:00

Me llamaba Manuel

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Me llamaba Manuel, soy un maldito. Manuel como aquel que nació en España, como el que tuvo una corta vida eterna en cinco minutos. Manuel como el que terminó en una cruz, como el que cavó su fosa con sus propias manos. El amado de Amanda, el arabesco de los cuadros de Goya. Manuel el que marchó a la sierra, el que nunca hizo daño, el péndulo en el olivo del amo. Soy el cuerpo con el que la vergüenza abonó las cunetas de la guerra y con el que ahora quiere abonar la semilla del olvido. Soy el metal de las medallas de los generales y el de los clavos de los ataúdes de los leales. Era Manuel de Argentina, de España, de Chile… Era el puñado de maíz, el surco del arado, el río claro. El cobre, el hierro y el carbón.  Era el trigo dorado, la música y el vino. Era la cobija de mi esposa y el llanto de mis hijos. Era Manuel; la congoja del futuro de los padres, la carcoma del confesionario.

Era Manuel y tuve miedo. Era Sancho sin Quijote, almirez sin mano. El que pasaba por allí, el que guardó en sus entrañas sus balas. El alimento de la raíz de tu rosa, el despojo que comen tus gaviotas. Tu blanco y tu negro, tu rojo y tu azul. El deprecio de tu himno, el corazón de tu soberbia

Era Manuel y no me dejasteis ser nada.

Written by aitztv

28 febrero, 2013 at 12:49