Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Last Christmas

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calavera-para-navidadYo sólo tenía quince años, esa edad cuando uno termina de preguntar a todo “por qué” y comienza a sentirse invencible. Estaba convencido de que las cosas cambiarían por el mero hecho de que yo deseara ese cambio.

Sabía que algo no iba bien. Año tras año, cada siete de diciembre mis padres me llevaban a un restaurante junto a la playa. Recuerdo aquellas enormes bandejas de pescado con las que los tres celebrábamos su aniversario. Éste año tocaba el vigésimo, pero no hubo ni restaurante ni celebración.

“Ayúdame” me dijo mi padre aquel sábado por la mañana. Vamos a poner el árbol de Navidad. Supe al momento que era una excusa.

Me explicó qué estaba pasando, que mama y él ya no iban a vivir juntos nuca más y que se tendría que marchar tras el día de Año Nuevo. Me dijo que me quería, pero que mamá ya no le amaba como cuando se casaron, y que ya no quería vivir a su lado. Recuerdo que lloré. No sé muy bien por qué, ni por quién, pero las lágrimas acudieron a mis ojos sin haberlas llamado, como si tuvieran vida propia.

“Vamos a adornar el abeto del jardín: el año que viene tendrás que hacerlo tú solo”, me dijo.

Pasamos una buena mañana, pese a todo. El árbol quedó precioso, pero me fijé que mi padre había dejado una rama casi desnuda, sin adornos ni luces.

“Esa es mi rama. Quiero que la dejes desnuda cada año, así, cuando la vea de lejos sabré que te acuerdas de mí”

Volvía a llorar, pero él me dijo que el domingo colgaría algo muy especial de esa rama.

Me levanté al alba y salí tan rápido como pude y le vi. Allí estaba mi padre, columpiándose al extremo de una cuerda de aquella rama desnuda.

 

 

Written by aitztv

15 diciembre, 2015 at 1:32

“La llave”

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Yo tenía sólo nueve años: ella siete, bueno…, casi. Estaba en la linde de aquel camino polvoriento que yo recorría a diario hasta la granja de mis tíos con una cántara de leche vacía. Yo se la dejaba cada tarde y mi madre la recogía, llena, cada mañana, antes de que yo me levantara.

El primer día no la miré. ¿Una niña? ¡Ni hablar! Me esperaban mis amigos con el balón para apurar las últimas luces del día antes del perceptivo baño, antesala de cena y cama.

El sol de septiembre se precipitó veloz tras las montañas que le fueron devorando a mordiscos hasta dejar una agradable penumbra, sólo rota por la agonizante luz de mi bicicleta.

Así la fui viendo un día tras otro, hasta que el verano murió en los brazos de los cólquicos y el otoño entró casi sin querer, como pidiendo permiso. Para entonces ya éramos novios. No “novios de esos de verdad”, no: mi madre se reñía mucho con eso. Pero los años pasaron y seguíamos juntos, Y así fue durante los siguientes cuarenta años.

Me acuerdo que una vez ella me preguntó si le quería y yo contesté que sí.

—¡Demuéstramelo! —me pidió con una sonrisa.

Cuando no tienes nada, es difícil hacer demostraciones.

—¿Me quieres más que a tu bici? —me preguntó mirándome por el rabillo del ojo.

—¡Claro que sí! —me había dado la solución, sin querer, al problema.

Rebusqué en mi bolsillo hasta encontrar una llave pequeña. Pertenecía al candado de mi bicicleta. Se la entregué sin dudarlo. La miró un instante, como evaluando el significado de mi gesto. Después, en un arranque de sincero cariño, se alzó sobre la punta de sus pies, me dio un beso fugaz en los labios y salió corriendo. No volví a ver aquella llave en mucho tiempo.

El día de nuestra boda, muchos años después, cuando acudí a rescatarla de los brazos del padrino a la puerta de la iglesia, un reflejo en su cuello me llamó la atención. ¡Allí estaba mi llave! La había bañado en oro y relucía como una estrella arrancada del cielo. Allí la vi esa noche, sobre su garganta mientras perpetrábamos el acto de amor más sincero que la vida me ha concedido.

Pasada esa noche perdí de nuevo de vista a la llave durante muchos años.

La vida fue pasando y, entre amores y desamores, algo se fue rompiendo entre nosotros. La rutina, los celos…, tal vez el simple hastío de llenar un día con los restos del anterior, fueron arrancando la delicada piel de nuestra unión.

Hoy, más de cuarenta años después de aquel viaje en bicicleta con la cántara vacía, he visto la llave. Estaba sobre la mesilla de noche cuando he llegado a casa. Junto a ella, una lacónica nota: sólo cinco letras.

“Adios”

Written by aitztv

5 diciembre, 2015 at 14:21

“Tan solo un susurro”

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130604164250-underwater-hotel-dubai-beach-horizontal-large-galleryLa sala era milimétricamente aséptica incluso en sus formas; no había nada de más, ni tan siquiera una mota de polvo y si la hubiera seguro que alguien la habría catalogado, censado y tabulado en algún formulario perdido en aquel enorme hospital. Se acercó a la ventana y anuló la polarización para poder ver mejor el exterior. Una catarata de luz invadió la sala; las paredes inmaculadamente blancas multiplicaron la luminosidad hasta hacerle sentir que estaba rodeado de hielo. Fuera, el paisaje fue componiéndose a medida que su vista se adaptaba a la situación.  No era su mundo natal y muchos aún se sentían incómodos al contemplar aquel yermo rojizo y la enorme luna que se alzaba cada noche en el cielo; sin embargo a él le encantaba: sabía que era su hogar y se había acostumbrado a vivirlo tal y como era. Le fascinaban las enormes tormentas de polvo que periódicamente cubrían gran parte de aquel mundo. Para un arqueólogo como él era el mundo perfecto; aún se levantaban enormes restos de la civilización que les precedió, restos en su mayoría de enormes construcciones en las que aquellos seres debieron de vivir apilados como insectos. Los primeros análisis de las estructuras demostraban que aquellas viviendas eran absolutamente ineficientes en cuanto a la conservación del calor o de la energía; los espacios estaban tabicados con lo que la idea de unos seres sociales era muy difícil de sostener: No encajaba con el concepto de colmena. No terminaba de comprender cómo los habitantes de aquel mundo se encerraban en enormes construcciones comunitarias para después construir de nuevo habitáculos más pequeños en los que conservar la individualidad.

Un suave zumbido a su espalda le hizo saber que los servomecanismos de la puerta la estaban abriendo; volvió la vista y de encontró de frente con el doctor al cargo del cuidado de su esposa.

–  ¿Cómo estás, Doc? -saludó el recién llegado-

–  Esperando noticias, Doc -contestó a su vez-

–  ¿Acaso quieres quedarte ciego? – dijo el médico mientras se dirigía a la ventana y polarizaba el cristal- Pusimos estos filtros para algo.

Ambos se conocían bien desde muchos años atrás; habían nacido en la misma colonia. Se hicieron amigos en la escuela, durante el largo viaje que les llevó desde su mundo natal hasta este que habitaban ahora. Fueron compañeros de estudios hasta la universidad, cuando uno se decantó por la medicina y el otro por la arqueología; se doctoraron a la vez, por eso se referían el uno al otro con un afectivo “Doc”.

–   Tu esposa está bien; no debes preocuparte. –Se acercó a la pared y con un gesto de la mano un panel se deslizó dejando a la vista un recipiente con agua caliente y diferentes infusiones – ¿Tomas algo?

–    No, gracias – respondió con un gesto de impaciencia -. ¿Cuánto crees que va a durar esto? Hace dos horas que no sé nada. Espero que esté todo bien.

El médico levantó la vista al techo con un gesto teatral

–  ¡Padres primerizos! ¡El terror de los médicos!… No tienes que preocuparte de nada –hizo un gesto con los brazos extendidos- Todo el personal de esta institución está atento a la llegada al mundo del vástago del arqueólogo más rebelde e iconoclasta de nuestra historia reciente.

–   No te rías de mí – se puso serio y se acercó de nuevo a la ventana – Sabes que mi teoría será rechazada y enviada a la papelera unánimemente por todo el Consejo Superior: peligra hasta mí puesto en la Universidad…

–   No seas tan pesimista; has creado una corriente de pensamiento, que es más que elaborar una teoría. Has conseguido que un montón de personas presionen para que se investigue en la línea que tú has trazado – se detuvo buscando una cucharilla- ¡Despedirte! No se atreverán a tanto, aunque… – hizo una pausa y miró fijamente a su amigo – he oído que tal vez te sancionen. Lo siento Doc; no pasarán por alto el desafío.

–   ¡Estamos en peligro! No puedo callar después de tantos años viajando por la nada para lograr un mundo que nos acoja ¡Míralo! –despolarizó de nuevo la ventana con un gesto violento- ¡Es hostil! ¡No nos dará oportunidad alguna! – se volvió hacia su amigo – Doc… Tú has visto las pruebas conmigo, te las mostré antes que a nadie: todas las razas que han habitado este planeta han convergido a una. ¡Es como una maldición! –señaló con un dedo al exterior- Estas ruinas no las dejaron ni la primera ni la segunda ni la décima raza que ha vivido aquí; muchos fueron parias del universo, como nosotros que tuvimos que abandonar nuestro mundo. Doc… – miró fijamente al doctor- Tú y yo nacimos en una maldita nave espacial; por mucho que la llamáramos Colonia; nuestra casa era un camarote precipitadamente habilitado por nuestros abuelos para huir del desastre. Muchas de las razas que han habitado este mundo eran como nosotros. Algunas de ellas eran infinitamente más resistentes al cambio genético de lo que somos nosotros… y eso no les salvó – puso ambas manos en los hombros de su amigo- Doc… Tienen que entenderlo; Todas las razas con el tiempo terminaron siendo seres bípedos con simetría bilateral… y en eso es en lo único en lo que se parecieron a nosotros; en todo lo demás… ¡Dios mío! ¿Es que estamos ciegos?

El médico tomó las manos de su amigo y las apartó de sus hombros; no sabía qué decir. Las pruebas que una noche le presentó lleno de entusiasmo parecían consistentes con lo que decía, pero no encajaban ni con la medicina ni con la genética. Pretender que existía un factor ambiental que determinaba a cualquier forma de vida inteligente ajena al planeta a reencarnarse siempre en la misma raza, era poco menos que atribuir a ese mundo una conciencia casi divina. El Consejo no iba a pasar por alto esa aproximación al pensamiento religioso que tantos años había tardado en contener durante el viaje. Pelearon duro contra las sectas y religiones que dividían a los viajeros hasta lograr un pensamiento crítico y coherente con la situación anómala que estaban viviendo. Ahora, un arqueólogo sin conocimientos de evolución o de genética se sacaba de la manga un nuevo apocalipsis, un juicio divino que enfrentaría a todos contra todos hasta la destrucción final. Había grupos en la calle que presionaban a los gobernantes para que hicieran algo. Muchos de esos grupos no habían comprendido el asunto ni la trascendencia del mismo. Algunos pensaban que esa evolución era la razón de la existencia su propia raza; tenían que alcanzar un estado belicista que dictara quién vive y quién muere; achacaban a las razas que anteriormente lo habían intentado no ser “las elegidas”; para esos grupos aquellas eran razas inferiores con las que el planeta había ensayado lo que ellos llamaban “evolución planetaria”. Difundieron octavillas con la frase “El bienestar es el fruto de las batallas y matanzas”; hablaban del siguiente paso, que no sería otra cosa que magnificar el estado actual y convertirlo en una “evolución galáctica”. Otros grupos tomaban un camino diferente: postulaban que el Consejo nunca escucharía los gritos pero tal vez prestara atención a un susurro. Se habían constituido en hermandades herméticas que esperaban conseguir el favor del gobierno dándoles el trabajo hecho. Pretendían usar las Colonias en órbita como un repositorio para la raza; allí se guardarían ejemplares “puros” para refrescar la sangre de los habitantes cuando los síntomas de mutación comenzaran a hacerse evidentes. Ya habían juntado fondos y habían adquirido dos de las viejas naves que rebautizaron como “Perfecta” y “Pacífica”. En la primera querían crear un enorme banco genético con capacidad para replicar ADN y utilizarlo para eliminar los signos de cambio según fueran apareciendo; en la otra pretendían organizar un sistema de gobierno basado en el único código que, según ellos, era compartido por toda la comunidad: El código genético.

La voz de su amigo le sacó de sus pensamientos.

–   Tú tampoco me crees, ¿verdad? No te culpo – se dirigió al estante con las infusiones y comenzó a jugar con los sobres- Créeme; me gustaría, me encantaría estar equivocado; pero sé que no lo estoy. Tal vez me embarque en la Pacifica; me han ofrecido un cargo en su futuro gobierno y la garantía de que mi esposa y mi hijo vendrán conmigo. Además, me permitirán proseguir mis investigaciones.

–   Estás adelantando acontecimientos, Doc – interrumpió el médico- Llevamos aquí casi dos décadas y no se ha detectado ni  un solo caso de mutación que concuerde con tu teoría. Si algo bueno ha traído tu estudio es que se ha realizado un estudio genético de carácter universal; jamás tuvimos datos tan precisos de los cambios de la población a nivel molecular. Te garantizo que seguimos siendo lo que fuimos.

–   El cambio será instantáneo y masivo – rebatió el arqueólogo- No habrá aviso; mutaremos a toque de silbato – se dejó caer desmañadamente en una silla – No habrá tiempo, Doc… No lo habrá.

El buscador del médico iluminó uno de los bolsillos de su bata al tiempo que un zumbido avisaba de un mensaje entrante. El doctor se lo llevó al oído y escucho atentamente; por un momento una nube de preocupación cubrió su rostro, pero un segundo después levanto la mirada hacia su amigo con una sonrisa.

–   Bueno, Doc… ¡A trabajar!

–   ¿Seguro que todo va bien? He visto tu cara mientras escuchabas el mensaje…

–    Querido amigo… –dijo el médico mientras tecleaba hábilmente en su comunicador- Sabes que tu esposa tiene toda mi atención, pero este hospital tiene más pacientes y no todos vienen por algo tan bonito como traer un hijo al mundo – guardó el aparato en su bata- Me llaman de varios frentes, pero me han comunicado que tu esposa estará preparada en diez minutos. ¡Es lo bueno de los partos programados! No hay sorpresas – Dio la mano a su amigo y se encaminó a la puerta- Te veo dentro de un rato para presentarte a tu hijo. Relájate; ¡a partir de hoy vas a dormir bastante menos!

Relajarse no parecía posible en ese momento. Con la espada de Damocles sobre su empleo y un hijo llamando a la puerta el relax se antojaba inalcanzable. Volvió a ajustar la ventana hasta dejar la sala en semioscuridad  y decidió concentrarse en la llegada de su hijo. No había querido saber el sexo; su esposa y él querían disfrutar de la paternidad al máximo. Pensó en su padre; vio de nuevo como su ataúd era arrojado al espacio mientras se agarraba con fuerza a la mano de su madre. En ocasiones echaba de menos el perfecto orden de la Colonia; una vida monótona pero sin sorpresas… Tranquila… el sopor le vencía…

Se despertó en la más absoluta oscuridad; en el exterior la noche era pesadamente oscura; ajustó la ventana a la máxima transparencia pero únicamente logró ver las siluetas del terreno bajo la suave luminiscencia azulada que se desprendía del hospital; ninguna estrella colgaba del cielo. Miró apresuradamente su reloj y descubrió con inquietud que había pasado más de dos horas desde que el médico había abandonado la sala. Los servomecanismos de la puerta llamaron de nuevo su atención y una vez más el doctor atravesó el umbral: su cara lo decía todo: El médico bajo la cabeza sin querer que sus ojos se encontraran.

– No sé qué decirte, Doc; hemos hecho todo lo posible pero…- sus hombros se estremecieron- No ha sido suficiente. – Se acercó a la ventana para esquivar la mirada de su amigo- He tenido que decidir… He creído que tu esposa tenía más oportunidades que el chico… He actuado en consecuencia; pensando qué querrías tú. De verdad, Doc. El chico no tenía posibilidades, no hubiera vivido más allá de unas horas…Como mucho un par de días ¡Parecía que todo iba bien! – se le quebró la voz- ¡Lo siento mucho!

El arqueólogo no se había movido de la silla: estaba congelado. Aún tenía el brazo extendido y la manga recogida mostrando su reloj de pulsera; En la sala el aire parecía gelatina; denso, asfixiante. El procesador de soporte ambiental funcionaba, pero sus sentidos se negaban a reconocerlo. Casi le daba pena el médico; parecía que era él quien hubiera perdido un hijo. Tomó una bocanada de aire antes de hablar.

–   ¿Puedo verlos?

–   Tu esposa está sedada; estará bien, pero por ahora es mejor que duerma.

–    Esa es sólo la mitad de la respuesta, Doc. ¿Qué hay del niño?

–    Verlo no le devolverá a la vida; Ya has sufrido demasiado por hoy, créeme; verlo sería demasiado castigo.

–  ¿Cuánto hace que nos conocemos, Doc? – preguntó el arqueólogo –

–   ¿Qué pregunta es esa? – el médico giro la cabeza hacia él- Desde que nacimos; ¿Por qué lo preguntas?

–   Porque creo que me estás mintiendo.

–  ¡Te estás volviendo un paranoico! ¡Esto no es una de tus malditas teorías apocalípticas! Has perdido un hijo, las cosas no han salido bien, estás dolido, quizás hasta me culpes ahora… ¡Pero no consentiré que me trates así!

–   ¿Por qué te enfadas, Doc? ¿Dónde está tu fama de hombre contenido, de cirujano imperturbable? – se levantó lentamente de la silla- Ahora estoy seguro de que me ocultas algo; y lo voy a descubrir.

–   No digas tonterías; no estás bien. – el médico se colocó entre él y la puerta- Acabas de sufrir un enorme impacto emocional: eso es todo; intenta relajarte. Tu esposa te va a necesitar muy sereno: ha sufrido mucho; aún no sabe nada del chico. No se lo hemos dicho.

Antes de que el médico pudiera reaccionar lo esquivó y salió corriendo por el pasillo; recodaba el lugar al que habían llevado a su esposa. Encontró la habitación con facilidad.

Ella  yacía inconsciente entre una maraña de cables y tubos que conectaban su cuerpo con un pupitre lleno de luces parpadeantes. Reconoció el ritmo firme del electrocardiograma y respiró  tranquilo al ver que estaba viva. Estaba tomando su mano cuando un ruido llamó su atención. No se había fijado en el pequeño nicho que había en un lateral de la habitación; prestó atención. El ruido se repitió y ya no tuvo dudas: era el llanto de un niño. Temía lo que se pudiera encontrar. Lentamente apartó la sábana que cubría al niño. Las rodillas le fallaron cuando vio lo que había en la cuna.

–    Te dije que no lo hicieras, sonó la voz jadeante del médico desde la puerta- Aléjate de él, por favor…

Lo hizo; poco a poco se plantó delante del espejo del baño abrió el grifo y se refrescó la cara.

–   Sabía que la mutación estaba a punto de comenzar… pero no esperaba esto, Doc. ¿Has visto sus manos? Tienen… ¡tienen cinco dedos! Y sus ojos…- rompió en llanto- …Dos horribles ojos azules… ¡Azules!

Intentó serenarse: rebuscó en el bolsillo hasta encontrar un pañuelo y lentamente comenzó a secarse las lágrimas que manaban de su amarillo y único ojo.

Written by aitztv

7 marzo, 2015 at 5:33

El infiel

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flormarchita¿Sabes? Hoy… Bueno hoy he hecho algo que no ha estado bien. No, no te enfades… Déjame explicarme, por favor.
Sé que te prometí… lo que te prometí y -de verdad- que pensaba que iba a ser fácil, pero… ella no es mejor que tú, no: no lo es. Pero tú estás tan alejada de mí que yo… yo necesitaba algo de cariño. No te asustes no ha pasado nada, al menos nada irreparable, pero he descubierto que busco su presencia cuando tomo un café por las mañanas.
Me ha costado reconocerlo, pero debo confesar que he ajustado la hora de mi desayuno para coincidir con ella, que inicio conversaciones para llamar su atención y que hasta una vez le he preguntado la hora sólo por escuchar su voz. ¿Es eso amor? No lo sé. Yo no he conocido más amor que el tuyo. Nadie me podrá dar lo que tú me has dado ni cuidarme cómo me has cuidado… Sé cuánto sacrificaste cuando entré en tu vida: Tu trabajo, tu carrera… Todo en definitiva. Si no fuera por ti, nunca hubiera terminado mis estudios. Era muy duro ver a todos mis amigos gastarse el sueldo con sus novias en fiestas y diversiones, pero tú me decías “eso ya llegará” y tenías razón. Pero todo eso ha cambiado.
Hemos vivido juntos más de cincuenta años. Reconozco que he sido muy feliz contigo y te echo muchísimo de menos. Recuerdo que aquí mismo, al pie de tu lápida, te prometí que nunca, nunca, entraría otra mujer en mi vida… Pero creo que no voy a poder cumplir mi promesa. No va a ocupar tu lugar: no puede, nadie puede ocupar ese rincón de mi corazón. Pero quiero que sepas que la necesito casi tanto como te necesitaba a ti cuando aún estabas conmigo. Créeme, no quiero herirte, pero necesito saber que me permites terminar mis días su lado. Si no… Solo me quedará pedirte perdón, porque quiero estar con ella y no puedo cerrar mi corazón a un deseo tan nítido, puro e intenso como este. Sé que lo entiendes… Así que -como decía aquella canción que tanto te gustaba: …“O me llevo a esa mujer, o entre los tres nos organizamos… si puede ser”…
¿Qué me dices? ¿Te parece bien, Mamá?

Written by aitztv

3 febrero, 2015 at 14:19

Publicado en Poesía, Prosa, relato, reto, Romanticismo

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Pieza en forma de chiste con gato

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Su gato: El rey de la casa. Marta tenía auténtica devoción por aquel siamés caprichoso y protestón con el que compartía su vida. Desde que se quedó viuda se había alejado de la gente. Ya no frecuentaba amigos ni familiares, salvo en las ocasiones importantes, que dada su edad ya eran casi siempre funerales. No salía ni iba de vacaciones. No quería dejar solo a su pequeño. Ella suponía que le recordaba a su difunto, siempre silencioso y con un gesto entre malhumorado y distraído. En ocasiones, Marta soñaba con su esposo y —en esos sueños—  su marido era a veces él mismo y otras el gato. Se ruborizaba pensando en el significado de ese sueño.

Una tarde ocurrió algo mágico.

¡Marta! —una voz majestuosa la sacó de su labor de punto—

– ¿Es a mí? —Preguntó mientras se daba cuenta de lo absurdo de esa pregunta—

– Sé que estás muy sola… ¿Qué puedo hacer para alegrarte la vida?

Marta estaba a medio camino entre el terror y la curiosidad, pero la oferta era generosa y —a fin de cuentas— no le pedían nada a cambio.

– ¿Puedes convertir a mi gato en un príncipe? Uno de los de los cuentos, con capa, espada y palacio…

 

¡Hecho!

Frente a ella, con rebufo de humo de colores, su querido siamés trocó en príncipe. Media capa mechada de armiños colgaba desde sus rectos hombros hasta la cintura y unas calzas cubrían sus piernas hasta terminar en unos zapatos de piel de cabritilla que lucían enormes hebillas doradas. La tez era clara y el cabello de un color rubio ceniza colgaba en media melena bajo la cual dos ojos verdes intensos —esos eran del gato, sin duda— la atravesaban sin piedad.

Marta creyó enloquecer de felicidad. Se inhibió de todo y dispuesta a terminar con aquellos áridos años vacíos de pasión se apretó contra su príncipe sin ninguna vergüenza, Pero él no reaccionaba. Al contrario; comenzó a reír a carcajadas.

– Verás —le dijo cuando la risa le dejó respirar— ¡Ahora te vas acordar de la operación aquella que me hiciste cuando era gato!

 

Written by aitztv

23 enero, 2015 at 17:05

Publicado en Prosa, reto

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Tres Reyes y una madre

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Baltasar abrió la carta de Juan y Luisita y se llevo una enorme sorpresa: Juliana, la madre de ambos, había colado una nota personal y manuscrita a su atención. Cuando terminó de leerla, tras unos minutos de reflexión, llamó a sus compañeros y les pidió su parecer. La carta decía así:

Estimado compañero Baltasar:
Lamento no poder tratarle de Majestad, pero para mí la monarquía es una institución anacrónica que ya debería de haber sido sustituida por un modelo de gobierno más actual. Pero de todos modos no le escribo por eso.
Yo soy una madre preocupada por sus hijos a quienes doy –como debe ser- lo que considero mejor para ellos. Les he acostumbrado a la dieta vegana, porque no quiero que comiendo carne contribuyan al sufrimiento de los pobrecitos animales. También les he educado en el reciclaje. En esta casa no entra nada que no pueda ser utilizado al menos un par de veces, además me encargo personalmente de que lo que no se puede reciclar no produzca residuos peligrosos para el medio ambiente. En mi casa todo ha de ser natural, sin “químicos” de esos que tanto perjudican la salud de todos, aunque hay algunos que se las dan de científicos o de escépticos y que no entienden el peligro que corremos todos los días por los productos de laboratorio que nos meten en las comidas. Tampoco quiero que mis hijos se eduquen en los roles preestablecidos por el sistema, ya sabe. Si es chica, muñeca, si es chico Bbalón. ¡Ni hablar! Los juguetes deben ser unisex, que es lo correcto. Respecto al racismo, ya se puede imaginar usted por qué mis hijos han elegido –solidariamente aconsejados por mí- el rey de color, vamos, el negro; usted. 
Esto que yo llevo a rajatabla todo el año queda destruido por ustedes cada noche de Reyes, porque –con la excusa de que son buenos chicos y buenos estudiantes- ustedes les traen todo lo que piden. ¿Qué van a saber ellos lo que les conviene? ¿Cómo se fían ustedes del criterio de unos niños de nueve y once años? ¿Qué saben ellos qué es bueno y qué no lo es? Están ustedes inmiscuyéndose en la educación de mis hijos. No lo voy a consentir más.
Confío en que este año presten atención a los que les he contado y no a los deseos de unos mocosos que no saben lo que les conviene. Así pues, en lugar de lo que hayan pedido, van ustedes a traer algo útil, reciclable, que no subestime a los de otro color – vamos, a los negros como usted- y que además sea algo natural (nada de plásticos ni cosas parecidas), respetuoso con el medio ambiente y no deje residuos perjudiciales cuando ya no sirva para nada.
Saludos.
Juliana”

Baltasar levantó la mirada hacia sus compañeros.

– ¿Tenemos algo de eso? –Preguntó en voz baja-
– No podemos ignorar los deseos de una madre –dijo Melchor, contrariado-
– Creo que tengo la solución –añadió Gaspar con una sombra de pena en la mirada- Tenemos que aplicar la Solución Final.

Melchor y Baltasar respingaron, pero se dieron cuenta de que no podían hacer otra cosa.
Ese año los Reyes Magos -muy a su pesar- Llenaron con carbón los zapatos de Juan y de Luisita

 

Written by aitztv

6 enero, 2015 at 14:55

Publicado en Literatura, Prosa, relato, reto, Viajes

“Lumason”

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caracolAquel hombre parecía realmente enfermo. Cuando le encontré, tirado en una cuneta hubiera podido pasar por un saco de escombros arrojado por algún desalmado por ahorrarse un viaje al vertedero. Aún no sé la razón por la que me acerqué hasta él y pude salvarle de una muerte segura. Le llevé como pude hasta mi casa, en realidad una vivienda temporal, cerca de Locronan en la Bretaña francesa. Apenas era una cabaña de madera, aunque me había asegurado de que no faltara una buena chimenea que me ayudara a superar con éxito aquel desierto de nieve que era el invierno francés.

Puse un par de troncos para alimentar el fuego y descargué aquel cuerpo que había transportado sobre mis propios hombros. Lo deposité sobre la alfombra tras comprobar que no tenía nada roto. Mis conocimientos de medicina no iban más allá de mis veranos de socorrista cuando era estudiante, pero me sirvieron para constatar que no había huesos rotos. Tampoco se veían heridas abiertas y —aunque respiraba con dificultad— no parecía tener fiebre. Necesitaba quitarle la ropa para ver el resto de su cuerpo pero había un problema: apestaba. Fui hasta el cuarto de baño para ponerme un par de guantes de látex. No me arriesgaría a tocarle con las manos desnudas. No, mientras no recibiera un buen baño. Escuché un ruido proveniente de la sala.

Volví sobre mis pasos y vi que el hombre estaba despierto. Había abierto un sucio macuto y de él había sacado varias cosas. Me acerqué y ni tan siquiera se volvió a mirarme. Le vi dibujar de forma frenética sobre un mapa en el que parecía mentira cupiera un solo trazo más. Observé que tenía a su lado un libro que había envuelto en papel de estraza. Era un libro antiguo, en francés, que recogía resúmenes de los estudios de Palissy, según yo entendí en su título. Me llamó la atención un detalle. El libro era realmente antiguo pese a mostrar un buen estado de conservación. Pude ver en su lomo el número diez y nueve escrito en números romanos. Aquel ejemplar tenía casi doscientos años. Alargué mi mano para tomarlo, pero el hombre reaccionó como si hubiera pisado un cable pelado. Se abalanzó sobre el libro y no me permitió ni siquiera tocarlo. Se arrastró con el libro entre los brazos hasta una esquina y me lanzó una mirada enfermiza, de las que evidencian que en el interior de la cabeza de aquel pobre diablo algo no funcionaba como era debido.

La spirale! —grito tan fuerte que yo casi no le comprendía—  La spirale est la réponse!… La solution!… Je suis très proche!… Très proche!…

Intenté tranquilizarle con mis mejores palabras y me temo que con mi peor francés, porque cada vez que yo le decía algo él gritaba más alto. Intenté acercarme hasta él, pero reaccionaba como si yo fuera a estrangularlo o algo peor. Sé me ocurrió un poco de psicología inversa. Me levante del suelo y me moví hasta un aparador en el que guardaba algunas botellas. Tomé una copa y me serví un coñac. No era de marca, pero el invitado tampoco parecía muy exigente. Encontré también un par de bolsas de almendras tostadas que abrí y serví en una fuente pequeña. Me senté a la mesa con mi copa y me lancé con gesto exagerado un par de almendras a la boca. Las mastiqué tan ruidosamente como pude; un camello no hubiera mejorado mis movimientos de mandíbula. Mientras hacía esto no quitaba ojo a mi invitado. Intentó ignorarme, pero al cabo de un par de minutos y varias almendras más le vi cómo pasaba la lengua por sus labios resecos. Tomé una copa vacía del aparador y serví un poco de licor. arrimé la copa al extremo de la mesa más próximo a él. Hice lo mismo con las almendras. Añadí al escenario una silla y le hice un gesto para que la ocupara. El hombre metió todas las cosas con descuido en su bolsa mugrienta y se acercó poco a poco. Se sentó en la silla mirándome de reojo. Alargó su mano hasta las almendras…

-¡Ejém!—solté con voz reprobatoria—

El hombre retiró la mano como si las almendras quemaran. Debo reconocer que en fondo la situación era divertida. Dos veces más intentó acercarse a las almendras y en todas ellas le detuve con un carraspeo. Puse de nuevo las almendras de mi lado de la mesa. Él bajó la cabeza. Era un hombre mayor, quizás un anciano. Llevaba una larga barba blanca muy descuidada y hacía muchos meses de su último corte de pelo. En su cara, sucia como la de un carbonero,se encendían dos ojos azules tan claros que casi hería mirarlos. Me estaba empezando a sentir mal, torturando a aquel hombre que ni siquiera conocía, pero entonces él colaboró.

Abrió el macuto y sacó de nuevo el libro y lo puso sobre la mesa. Le quitó el papel de estraza como quien quita la ropa a una amante y lo colocó junto a mi. Fui a tomarlo.

– ¡Ejem!—ésta vez fue él quien carraspeó—

Levanté la mirada y me encontré con sus ojos y una sonrisa pícara asomando entre la mugre. Le acerqué el plato de almendras con una carcajada. Fui de nuevo a por el libro.

– ¡Ejem, ejém, ejem!… — me recordó que su copa aún estaba vacía—

No hablamos más.

Esa noche yo apuré el libro sobre Palissy y él la botella de coñac. No sé quién terminó peor de los dos.

A la mañana, previo paso por la bañera, el hombre había recuperado su color natural y su aspecto de duende había tornado en una venerable ancianidad. Si no fuera por el chándal que yo le había prestado —tres tallas mayor que él— se podría decir que hasta tenía cierta hechura de sabio clásico. Pese a todo era muy difícil sacarle una palabra. Le interrogué sobre el libro de Palissy, que él ya había recuperado y guardado en su sucio macuto, pero no obtuve ninguna respuesta. Siempre repetía lo mismo una y otra vez.

La spirale! L’hélice! … Serpent! … La solution!

Y no había modo de sacarle de ahí.

El libro no me había dado respuestas. Era una recopilación primorosa de parte de la obra escrita de Bernard Palissy, ceramista y geólogo, y uno de los primeros en intentar entender el misterio de los fósiles. También era protestante, lo que le concedió el honor de morir abandonado en una celda cuando ya era un anciano.

En el libro se hablaba de los procesos, casi alquímicos para la época, con los que conseguía porcelanas blancas como la nieve o policromías como nadie había sabido crear hasta entonces. Pero una gran parte de aquella recopilación era un estudio sobre las conchas de diferentes animales marinos, extintos o no, al que no dí más importancia que al interés de aquel artista por adornar sus creaciones con motivos naturales. Lo cierto es que dedicaba muchas páginas a reproducir con minuciosidad las conchas de las amonitas y la de los modernos nautilos. Por todas partes se veían anotaciones, casi todas referentes a traducciones de los nombres del latín a las versiones más modernas de los idiomas actuales. Los diferentes tipos de letras y los utensilios usados para escribir, mostraban a las claras que aquel volumen había pasado por muchas manos a lo largo de sus casi dos siglos de existencia. Había trazos de pluma y tintero, de lápiz, bolígrafos y hasta textos obtenidos con una imprentilla manual. Pero lo más curioso del libro era que tras dedicar la mayor parte del texto a las láminas y explicaciones de los diferentes animales con concha, terminaba con el dibujo de una babosa de tierra: Un limaco.

Pregunté a mi visitante por ese extremo y sus ojos se encendieron como dos luciérnagas. Se puso de pie y comenzó a bailotear por la sala mientras repetía una y otra vez:

— Enfin quelqu’un qui semble comprendre! Merci à la Providence de sortir de les idiots! — mientras movía su cuerpo como si hubiera metido los dedos en un enchufe—

Le pregunté de todas las formas posibles qué era lo que yo empezaba a comprender y quiénes eran aquellos idiotas de los que la divina Providencia le estaba alejando, pero —lejos de prestarme ninguna atención— tomó de nuevo su bolsa y esparció su contenido sobre la alfombra. Vi de nuevo el libro en su envoltura, el mapa lleno de líneas y el resto de sus escasas pertenencias. Se detuvo y me miró a los ojos. Se levantó dejando la bolsa y trazó con su índice en el aire un ángulo con el vértice hacia arriba y al momento otro en la posición opuesta.

La cara de idiota que se me quedó debió ser antológica. Aquel parias comenzó a reír como si le estuvieran haciendo cosquillas. No pudo parar hasta que las lágrimas se le escaparon mientras le goteaba la nariz. Después de un buen rato miró al cielo:

–  N’a pas d’importance!

Tomó el mapa del suelo y lo extendió sobre la mesa. Era una mapa antiguo, aunque no tanto como el libro. Me fijé en las líneas que aquel hombre había trazado. Estaban pintadas, borradas y vuelto a repintar un montón de veces: unas sobre otras con ligeras variaciones entre ellas. Igual que el libro, el mapa estaba lleno de apuntes de diferente puño y letra. Estaba seguro que si un forense peritara aquel documento y el libro encontraría que en el paso de los últimos años las mismas personas habían llenado de glosas los márgenes de uno y otro. En cualquier caso el resultado era el dibujo de una espiral bastante irregular. Faltaban un par de espiras para poder saber cuál era su origen… o su final. Dado que la espiral no era perfecta no era posible predecir un punto exacto. De todos modos era una espiral sin duda alguna, y eso explicaba parte de los delirios de mi invitado cuando lo recogí de una cuneta.

En varios puntos del mapa había dibujos que se correspondían con las láminas del libro de Palissy. Parecían determinar lugares concretos. En el centro estaba reflejada la misma babosa que cerraba el libro.

En ese momento caí en la cuenta de que aún desconocía el nombre de mi excitado amigo. Se lo pregunté mientras el me señalaba frenéticamente el limaco en el mapa dando rítmicos golpecitos con su dedo índice.

Lou Massón —me respondió sin dejar de toquetear el mapa—

– ¡Encantado, Lou — tendí mi mano suponiendo que se llamaría Louis o algo parecido—

Je ne me appelle pas Lou! Oh mon Dieu! Il peut être plus stupide?—respondió más contrariado que enfadado—

Iba a protestar por haberse atrevido a llamarme bobo, pero él no me dio tiempo:

Ce est le “lumason”! Mon nom n’a pas d’importance!—dijo con un gesto negativo de su mano— “Limace”…“Lumason”… Vous ne comprenez pas? No lumason: Mason Lu… “Albañil de Lu” —pronunció por fin en castellano

Me encantaría decir que con eso quedó todo aclarado, pero mentiría. En honor a la verdad lo del “Albañil de Lu” me dejó aún más confundido que antes. ¿Qué me quería decir aquel hombrecillo?

Volví la mirada al mapa y me fijé en un detalle. Todos los puntos importantes que trazaban aquella espiral se correspondían con pueblos franceses cuyo nombre empezaba con la letra “ele”.

– “Ele” de Lu— dijo sin dejar de mirarme—. “Ele” de Locronan—remató la frase con gesto satisfecho—

“Está como un cencerro” pensé mientras me comenzaba a arrepentir de haberlo recogido de la cuneta el día anterior. Pero le presté atención una vez más. Me estaba diciendo que el limaco, ”limace” en francés, toma su nombre del transporte a dicha lengua de “El albañil de Lu” que se traduciría como “Lumason”.

Miré de nuevo el mapa y empecé a atar cabos. Lumason es el único caracol sin concha, porque su concha —según la teoría de mi ínclito invitado—  está trazada sobre el mapa de Francia, donde describe una espiral que a su vez está definida por diferentes poblaciones cuyo nombre comienza por “ele”: Lyon, Luz-Ardiden, Limoges, Loches, Lannion, Landernau, Lampaul-Gimiliau… Desde los pirineos hasta Normandia, poblaciones, comunas e incluso lugares ya desaparecidos trazaban aquella curva. Irregular, rota en algunos puntos, pero sin duda alguna una espiral perfectamente definida. Todos aquellos lugares guardaban en su inicial la adoración a Lu, fuera quien fuera el tal Lu, sobre quien no había oído hablar en mi vida. En cualquier caso quedaba claro que la imagen de Lumason, la babosa, coincidía con Locronan, lugar en el que nos encontrábamos en aquel momento. Como si me hubiera leído el pensamiento, mi visitante tomó un lápiz y señaló Locronan en el mapa. Como por ensalmo todo cobró sentido. Los puntos que quedaban inconexos sirvieron  de hitos para trazar la última curva. No había duda. Era un punto no muy alejado de Locronan el destino del viaje de aquel hombre… y del mío, porque yo acababa de decidir que le acompañaría a ver qué era eso tan importante que le había hecho recorrer toda Francia hasta situarle al borde del abismo de la locura.

Demain nous irons. Ce est le jour choisi! —dijo sin disimular su alegría—

Por mi parte me pareció perfecto que mañana fuera el día elegido. Me daría tiempo a prepararme y a dejar resueltos un par de asuntos de índole personal.

Tras almorzar, mi compañero mostró claros síntomas de cansancio. Me pidió que le acercara el macuto y de un bolsillo extrajo un frasco de pastillas. Era un potente vaso dilatador. Comprendí que aquel hombre estaba muy enfermo. Padecía sin duda una insuficiencia cardiaca y dada su edad en cualquier momento podía tener un problema serio. Solo esperaba que no se me muriera en casa.

Mientras el descansaba, abrí mi portátil e inicié una búsqueda para recabar información sobre el tal Lu. Casi todos mis intentos terminaban en una conocida fábrica de galletas. Si introducía el término “historia” me aparecía la historia de la fábrica, si introducía la palabra “Francia” me ocurría otro tanto. Tuve que discurrir un poco antes de que se me ocurriera unir “Lu” y “Mitología”: ¡Bingo!¡Lo tenía!

Me perdí durante unos minutos entre paranoicos hablando de hombrecillos verdes y sesudos documentos sobre la escritura cuneiforme antes de llegar a una explicación fácil de comprender. Lu era el primer hombre, Para algunos un líder y para otros un símbolo del hombre original, mejor dicho, del hombre primordial. Algo así como el primer ser creado por los dioses para servirles. Me abstraje lucubrando sobre la escasa originalidad de las religiones. Todas estaban cortadas por el mismo patrón, empeñadas en demostrar que el hombre es la obra maestra de dios, del dios de turno, para después aceptar que fue creado como esclavo y sirviente. Intenté que la red me ofreciera información sobre cómo conectar a Lu con los albañiles, pero no encontré nada. Alguien habló a mi lado.

– Visite l’intérieur de la Terre et en te rectifiant tu trouveras la pierre cachée

Me acababa de llevar un susto de muerte. Estaba tan envuelto en la búsqueda que no había oído levantarse a mi invitado. Ante mi cara de desconcierto tomó el ordenador y tecleó con una habilidad inesperada la frase que acababa de decirme en francés. Al momento apareció una página web sobre la francmasonería. La frase era una de las explicaciones dadas para el anagrama “VITROL” en el latín original: “Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”.

Tomó de nuevo el mapa que aún seguía sobre la mesa y señaló de nuevo el dibujo de Lumason.

El asunto me estaba empezando a superar, pero mi curiosidad era tal que no podía abandonar lo que para mí ya se pergeñaba como una aventura en el mundo del espíritu. Sin embargo. aún había demasiadas cortapisas.

– Lo lamento —comenté sintiendo una sincera desilusión— Soy ateo. Ni creo en dios alguno ni pertenezco a ninguna organización religiosa…

La franc-maçonnerie ne est pas une religion! —contestó como si le hubieran herido con un látigo— Nous cherchons seulement la vérité!

Bueno —repuse— Respecto a eso podríamos decir que todas las religiones dicen buscar la verdad…

Non, vous avez tort. Religions prétendent posséder la vérité. Nous la cherchons. Ce est très différent!

Se levantó de la silla y se dirigió de nuevo al cuarto que le había asignado.

Vous devriez vous reposer. Demain, nous allons commencer très tôt.

Cerró con un portazo.

Me acerqué hasta la puerta y le grité desde fuera

– ¡Muy bien, viejo loco! ¡Me voy a descansar!¡Pero que sepas que tampoco soy masón!

Abrió la puerta a tal velocidad que pensé que me había estado esperando.

Oh… Oui, vous êtes! Je ne sais pas parce que vous n’êtes pas un Initié!— y dio un nuevo portazo—

Me quedé pensando qué quería decir con eso de que yo era masón pero no lo sabía. Aquel hombre era un saco de sorpresas.

Con todo eso en la cabeza decidí que tal vez tuviera razón y fuera mejor descansar.

A la mañana siguiente no habían dado las seis cuando me levantó de la cama. Corría de punta a punta de la casa como cuando liberas a un perro atado. Se puso y se volvió a quitar la chaqueta media docena de veces. Lo mismo hacía con el macuto, que pasaba de su hombro a la silla o al suelo cada ocho segundos más o menos. Yo desayuné tan tranquilo como pude mientras él se movía a mi alrededor como un enjambre de avispas.

El día era propio de la entrada del invierno. La humedad flotaba en el ambiente en forma de aguanieve y los caminos aún estaban helados y oscuros. No llevábamos ninguna brújula ni instrumento de orientación alguno, pero él caminaba con seguridad. De vez en cuando sacaba una libreta y consultaba algunas notas. No le vi dudar ni una sola vez. Ese mismo día comenzaba el invierno y no sé por qué, yo tenía la impresión de que la fecha era importante. Caminamos durante horas, solo deteniéndonos a beber un poco de café caliente que yo había preparado y a comer unos brioches congelados que yo mismo había horneado. El hombre miraba la hora y sonreía satisfecho. Todo parecía ir bien.

Al filo de las once de la mañana, y ya metidos en el corazón de un bosque de pinos, se detuvo. Lanzó miradas a su alrededor deteniéndose de cuando en vez. Estaba sin duda buscando algo. De repente, lo vio.

Corrió hacia unas rocas y limpió parte de la nieve con su mano desnuda.

C’est ici!—gritó emocionado.

– ¿Qué está aquí?—pregunté molesto por sentirme en desventaja—

No me contestó, ni hizo falta. En la roca había un relieve. Estaba deteriorado pero se adivinaba una “ese” y una luna en menguante.

l’esprit!—dijo.

Corrió en otra dirección e hizo lo mismo un par de veces más, encontrando una letra “a” sobre un sol y una “c” sobre lo que parecía un cubo rodeado de estrellas.

L’âme et le corps!— dijo emocionado—

El espíritu, el alma y el cuerpo… Me ahorré un comentario bastante ácido sobre el asunto de las religiones.

El hombrecillo comenzó entonces a buscar una posición equidistante a las tres rocas grabadas. Se movía paso a paso y miraba con cierta frecuencia al suelo. Había una gruesa capa de agujas secas de pino bajo la nieve, así que no tuvo más remedio que ponerse a escarbar. No pude evitar encontrarle cierta similitud con un duende cavando debajo de una seta. La verdad es que la luz que se había encendido en su mirada dejaba bien claro que lo que estaba haciendo era muy importante para él. Ya ni tan siquiera hablaba. Cavaba con tal celo que me temí que su corazón no lo soportase. Soltaba pequeños gruñidos que no supe calificar como de satisfacción o como de dolor. Tenía las manos llenas de cortes producidos por el hielo y las piedras y sangraba por varios puntos, pero no dejó de escarbar hasta que encontró lo que buscaba. Dejó de cavar. Miré por encima de su hombro.

Hubiera creído que me estaban gastando una broma si fuera porque no tenía a nadie para reírse a mi costa. Aquel hombre había descubierto una losa enterrada y en ella estaba grabada una espiral irregular, a primera vista idéntica a la del mapa. Me interrogó con la mirada. Solo moví la cabeza en gesto afirmativo demostrando mi admiración. No sabía cuántos años había empleado aquel hombre para llegar hasta allí, pero me daba la impresión de que en la práctica había empeñado toda su vida en ello.

Media hora más tarde habíamos despejado la losa. Parecía una lápida, pero no me cupo la menor duda de que n o se trataba de eso. Era claramente una puerta. Recordé lo que había dicho aquel hombre: “Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”.

¿Era acaso la entrada al centro de la tierra? No quise especular más.

En el centro de la espiral había un pequeño hueco circular. Lo limpiamos con cuidado. El hombre entonces se quitó un colgante del cuello. Era una pequeña pieza de cerámica circular con un compás y una escuadra cruzados, pero con la peculiaridad de que en el centro tenía una piedra de color verde, casi transparente.

Miró al cielo mientras desmontaba el enganche que unía el disco a la cadena y dijo, casi con resignación:

…il est temps…

En ese momento las nubes se apartaron y un sol radiante apareció justo sobre nuestras cabezas. Colocó entonces el disco en el rebaje de la losa y ocurrió algo increíble.

Al incidir la luz en la gema del disco, se iluminó como una bombilla. Comenzó a girar dentro de su bajo relieve como si se tratara de la combinación de una caja fuerte. Sonó un ruido seco, como un chasquido. Juro que sentí moverse el suelo bajo mis pies cuando la losa cayó a plomo en el interior del hueco que había debajo. Un intenso olor a humedad escapó de aquella fosa. Me asomé con precaución. Una escalera de mano se perdía en la oscuridad. Reconozco que estaba asustado. Muy asustado. Miré de nuevo a aquel hombre. No sabía quién era, ni por qué lo había recogido de la cuneta. Solo sabía que aquello era lo que tenía que hacer. Puso su mano sobre la mía y con la mirada me lo dijo todo. Había llegado su momento.

– No tengo un nombre que te pueda interesar, ya te lo dije— habló en claro castellano— Pero puedes llamarme Moisés si te place…

– ¿Lo dices porque nunca verás la tierra prometida?— le pregunté intuyendo que la vida se le escapaba a chorros—

Una vez más guardó silencio. Abrió el macuto y me entregó el libro. Se recostó contra el tronco de un pino y me miró sonriente. Después cerró los ojos y —haciendo de la muerte un acto  natural— se fue.

No había marcha atrás. Inspiré con ansia el aire fresco de la montaña y comencé el descenso por aquella escalera. No tenía ni una idea aproximada sobre cuánto tendría que descender. Conforme iba bajando, el aire era cada vez mas pegajoso. Crucé telarañas, manojos de raíces que parecían seres animados y mis manos resbalaban a veces sobre una substancia viscosa que cubría los peldaños. Miré hacia arriba y me sorprendió ver las estrellas, aunque pronto comprendí que se debía al hecho de estar bajo tierra y sólo percibir una pequeña viñeta del cielo. Justo en el centro del campo de visión una estrella lucía más que el resto. Por desgracia no supe identificarla.

Había perdido la noción del tiempo. Sobre mí la apertura de la fosa no era más que un rectángulo del tamaño de un sello de correos. Por fin toqué el suelo.

Busqué en mi mochila un pequeño encendedor que siempre me acompañaba en las excursiones. A su escasa luz, pude ver un manojo de antorchas en el suelo, así como yesca y pedernal. Por fortuna  no me haría falta encender un fuego de aquel modo. Estaba seguro de no lograrlo. Tras varios intentos fallidos logré prender una de las teas.

A mis pies estaban los escombros de la losa que había cerrado aquel lugar. Un túnel se extendía frente a mi hasta terminar en una puerta de madera cuajada de inscripciones que no entendí. Sin aviso alguno, la puerta se abrió y una potente luz escapó de la dependencia que se encontraba tras ella. Me costó unos segundos adaptar mi vista a la nueva condición. El lugar era realmente impresionante. Una enorme sala cilíndrica, quizás de más de cien metros de altura con varios balcones en sus laterales. Por ellos se movían varias personas todas vestidas como para acudir a una recepción en la embajada. Pero eso no era lo más importante. Aquella sala tendría unos cincuenta metros de diámetro.

– Surpris? Peut-être que ce ne est pas ce que je attendais à trouver…

Me volví hacia la esa voz. Era un hombre anciano, pero con una inusitada frescura en sus ojos y en su voz.

– Lo siento—me disculpé— No entiendo bien el francés…

Je suis désolé, mon ami… Lo lamento, espero disculpe mi falta de tacto. Pasamos tanto tiempo aquí que nos olvidamos de que existe un mundo fuera de esta sala. Mi nombre es Jules Larocque —dijo jovial, mientras me tendía su mano—. Creo que tiene algo para mí —dirigió su vista al macuto—

Supuse que se refería al libro que con tanto mimo había cuidado Moisés. Abrí la bolsa y se lo entregué. Él vio en mi cara el reflejo de la curiosidad.

Retiró la envoltura con reverencia y cuando el libro mostró si interior, los ojos de Jules se iluminaron.

C’est super! Durand, viens ici! C’est magnifique!

Apareció otro anciano, supuse que se trataba del tal Durand, y le quitó el libro de las manos a Jules. La alegría que mostraba aquel hombre me parecía exagerada. Poco a poco se fueron juntando más curiosos alrededor del libro. Todos festejaban su llegada como si hubiera nacido el mesías  allí mismo.

– Estamos siendo muy descorteses con nuestro invitado— intervino Jules elevando la voz sobre el alborozo de todos ellos— No nos olvidemos que él nos ha traído el libro.

– ¿Por qué es tan importante esté libro?—pregunté cuando por fin hubo silencio— Lo he estudiado una noche entera. Aparte de lo antiguo no tiene nada especial.

– Se equivoca, mon ami— terció Durand. Todos los libros son especiales: Observe.

A un gesto suyo la sala se llenó de luz. No lo podía creer. Todas las paredes de aquella estancia estaban cubiertas de estanterías. Tenía que haber miles, quizá millones de libros en aquel lugar.

– Usted es un amante del saber— dijo Jules— Sabe con certeza que saber, conocer, aprender o comprender son las cosas que nos mantienen vivos. Ha conocido a Moisés, no se preocupe— dijo a ver mi gesto de asombro— Nos hemos encargado de sus restos. Eligió ese nombre porque es el nombre de un guía. Él nos nutre de personas que aman el saber, de aquellos que pueden continuar nuestra obra. ¿Ve usted este libro?— señaló al ejemplar que yo había traído y que ahora estaba en las manos de Durand— Es el último que queda. Palissy nos dejó un mensaje en él.

– ¿Qué mensaje?—pregunté de nuevo mordido por la curiosidad—

– Ese es nuestro trabajo a partir de ahora — dijo Jules con una sonrisa— Tenemos que desmenuzar sus palabras una a una, entender las mil combinaciones que Palissy pudo usar y -cuando lo logremos— guardaremos una copia de su mensaje hasta que llegue el momento de comunicarlo al mundo.

¿Me está diciendo que ustedes tienen mensajes dejados en los libros? ¿Mensajes tan complejos que no estamos preparados para entenderlos?

– El hombre siempre ha sabido cosas demasiado terribles para ser contadas — intervino Durand— El conocimiento en manos de un ignorante es más aterrador que la propia ignorancia. Créame: hay cosas que es mejor no contar. Estos hombres — señaló Con un gesto amplio la sala— nos dejaron su saber oculto en las letras. ¿Se ha fijado alguna vez en que los grandes científicos siempre han sido a su vez profundos pensadores? Aquí podrá leer el auténtico mensaje de Newton, las advertencias de Darwin, el testimonio real de Lovecraft o las tremendas tensiones internas que tuvo que superar Theilard de Chardin.

– ¿Quiere decir que todos ellos eran masones? —no quería quedarme con la duda—

– Unos sí y otros no; ¿Acaso eso importa?  Nosotros — señaló a sus acompañantes— buscamos el conocimiento. Queremos creer que la atención, la reflexión y el diálogo son el pan de la especie humana. Si usted está de acuerdo con nosotros, ¿Qué importa si está iniciado o no? Nuestros caminos parecen opuestos ahora, pero nunca olvide que incluso dos rectas paralelas terminan por unirse en el infinito. ¿Es consciente de lo que le rodea ahora mismo?

No pude evitar que mi vista se perdiera en las alturas en aquella torre de Babel invertida. ¿Qué no habría en esas estanterías?

– ¿Sabe que Sócrates no nos dejó nada por escrito? — me preguntó Jules—

– ¿Me quiere hacer creer que tienen textos de Sócrates? — respondí incrédulo—

Jules se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa pícara en sus ojos.

– ¿Qué quieren de mí?— pregunté ansioso por saber qué iba a pasar a continuación—

– Queremos torturarle el resto de sus días. Sí, no se asuste. Queremos obligarle a leer la obra ignota de Nerón, Las crónicas supuestamente apócrifas de Cleopatra o las conclusiones de Einstein… —Me miró a los ojos antes de continuar— ¿Qué me dice?

Debo reconocer que aún dudaba. La oferta era maravillosa, pero toda aquella gente me parecían seres de otro mundo.

– ¿Tal vez el Evangelio según Judas? —añadió Durand— No crea que todos los apóstoles estaban de acuerdo con Jesús. Algunos pagaron con su vida el que se pretendiera centrar toda una revolución en una sola persona, claro que ya sabe cómo actúan las mafias.”Que parezca un accidente”… — dijo con la voz de Marlon Brando interpretando a Vito Corleone—.

– Está bien, está bien — me parecía imposible que fuera yo el que estaba hablando ¿Qué quieren de mí? —insistí—

– Su trabajo — respondió Durand— Hay más sitios como este. Algunos aún están cerrados, enterrados, escondidos. La única forma de  hallarlos es buceando en los libros que ellos nos dejaron. Por eso los almacenamos todos. Hoy hay enigmas que no podemos responder, pero tal vez alguien en el futuro sí pueda. Si acepta, le mostraré cuál será su primera misión.

Por supuesto que acepté. En cuanto tuvieron mi palabra de colaborar me dirigieron al centro de la sala. No me había fijado, pero había una escalera descendente, una escalera de caracol. No sé cuantos metros bajo tierra alcanzamos, pero al final había una sala pequeña en forma de domo. En el techo leí la frase que Moisés me dijo el día anterior frente a mi portátil:

“Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”

Había un pequeño atril y sobre él un libro.

– Muchos se han equivocado a lo largo de la historia —dijo Jules a mi espalda—. La piedra no es tal. No es una roca. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ¿le suena?

– ¿Es eso una biblia? —pregunté desencantado—

– ¡Por supuesto que no!— Jules parecía  ofendido— Todas las religiones tiene un texto sagrado. Este no es sagrado: ¡Este es cierto!

– Pedro significa piedra — aventuré—

– Pero Pedro se llama “Cephas” que quiere decir “cabeza”. Haga usted las conexiones…

– ¿Cuál sería mi primera misión?

No sé cuántas respuestas podrían existir para esa pregunta. Solo obtuve una. Pero creo que no existe una mejor.

– Alejandría -dijo Jules sin sombra de duda—

Era imposible decir que no.

Written by aitztv

26 diciembre, 2014 at 21:34

Publicado en Literatura, Prosa, relato, reto, Romanticismo, Viajes

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