Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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“PACIENTE 101”, por Joseba Paulorena

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paciente 101Hay veces que una obra crece entre tus manos según vas avanzando es sus páginas. Este es el caso de PACIENTE 101 de Joseba Paulorena.

Describe una sociedad tan aséptica que la sensación de control total se escapa del libro, y te hace pensar que nada va a pasar, que lo leerás como parte de un mandato superior y te sentirás satisfecho cuando lo termines y abandones en una estantería para comenzar con otro.

Pues no.

Nada más lejos de la realidad. “Paciente 101” te va a incomodar, va a removerte del sillón y en más de una ocasión te obligará a releer algunos párrafos, angustiado por lo que allí se ha dicho, insinuado.

En una sociedad donde nada se deja al azar, y en la que es necesario un control total de la natalidad, aparece una niña cuya fisiología puede cambiar no solo el mundo, sino el delicado equilibro universal que compete a humanos y xenos, criaturas extraterrestres de diferentes orígenes.

No hay salvación: un pandemia se extiende de forma lenta pero inexorable. No hay tratamiento, no hay vacuna, no hay cura. No hay defensa contra un arma peligrosa con la que nadie contaba enfrentarse jamás: el amor.

Lejos de recrearse en damas o escenas ñoñas, Joseba Paulorena trata el tema con pulso de cirujano, y nos sumerge poco a poco en una sociedad gris que trata a sus miembros como una madre controladora e insensible, que no duda en sacrificar a los hijos cuyas mentes  graba a fuego la siguiente máxima: “Mi vida por la humanidad”, y es que no hay recurso más preciado que el propio ser humano.

Procrear para el estado es el modus vivendi del ser humano, algo tan natural como el respirar, en un mundo donde la poligamia es una característica de la sociedad, inseparable como la humedad lo es del agua.

Paciente 101  no es una novela para saltarse páginas, ninguna debería serlo, pero en este caso hacerlo rozaría el sacrilegio.

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Written by aitztv

31 mayo, 2017 at 22:59

Publicado en ficcion, Literatura, novela, Prosa, scifi

Entrevista en NGC3660

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José Jorquera Blanco, me entrevista para NGC3660

Breve: Juan Manuel Sánchez-Villoldo

Written by aitztv

11 noviembre, 2016 at 10:25

Antología de relatos huérfanos

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AUTOLOGIA“No es una poseía gota a gota pensada” decía Gabriel Celaya. Así es. “Antología de relatos huérfanos” es una recopilación de relatos que habéis leído aquí en su mayoría, ordenados en un ebook para vuestra comodidad, y -por supuesto- gratis. Es mi intención ir publicando regularmente esos relatos que van quedando descarriados. Considerad éste que aquí veis, el primer volumen de una serie.
Espero que os guste.

Lo podéis encontrar y descargar en Lektu en este enlace.

https://lektu.com/l/juan-manuel-sanchez/antologia-de-relatos-huerfanos/5557

 

“Conocí Juan Manuel Sánchez Villoldo más o menos en 2014 cuando comenzamos a trabajar en la antología “Hijos del mal” de Vuelo de Cuervos. He visto su evolución, que es espectacular, y me siento una privilegiada al conocerle como persona y saber que hay en él un gran amigo para mí. Hace unos días me dijo que iba a sacar a sus “pequeños huérfanos” del cajón. Le ofrecí mi ayuda y le deseé suerte, aunque esta última no la necesita porque es un tío que lucha por lo que de verdad quiere y pelea en esta jodida vida que nos ha tocado soportar. El lunes salió en Lektu una antología de su puño y letra que os puedo asegurar: no defraudará a nadie. Podría decir muchas cosas más pero quiero que las descubráis por vosotros mismos, porque muchas veces se conoce a un escritor por como escribe y ambos, en este caso, son maravillosos.
Si de verdad os consideráis lectores, si de verdad apoyáis a los que empiezan, descargad esta antología. No sólo ayudaréis a un muy buen escritor, si no que además, disfrutaréis muy mucho con la lectura.”

(Lorena Raven: escritora y directora de la revista digital”Vuelo de cuervos”)


 

“No podéis perderos esta antología de tamaña gran persona y excepcional escritor. Un crack D. Juan Manuel Sánchez Villoldo. Sigue así Señor. Conseguirás lo que mereces ”

(JM Segura: artista gráfico)


 

Written by aitztv

17 agosto, 2016 at 2:39

El ciudadano.

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Muchas veces nos preguntamos cuánto metal es necesario para convertir a un hombre en una máquina, pero quizá la pregunta esté mal planteada, y sea necesario invertirla y pensar en cuánto tejido humano es necesario para que una máquina pueda ser considerada un ser vivo.


hombremaqu

Rodrigo García Fernández

−¡Inaceptable! ¡No toleraremos eso!

La voz de Magnus Kubota atronó la sala de reuniones.

−Si insisten por esa vía tendremos que tomar medidas… ¡Y serán drásticas, se lo aseguro!

El Gobernador Cherkas miró al techo por enésima vez ese día. De haber tenido a mano algo lo bastante contundente, habría desperdigado los sesos de aquel idiota por toda la colonia. ¿Cómo había llegado a ese punto? Obligó a su atención a relegar las protestas del delegado a segundo plano y repasó los últimos acontecimientos. Tal vez encontrara una solución…

 

Unas semanas antes, Fawaz Cherkas estaba feliz. Le quedaban sólo dos meses para abandonar la estación minera Komatsu, y estaba encantado por ello. No es que no estuviera a gusto: es que la odiaba. Había llegado a aquel punto perdido en mitad de ningún sitio tras cuatro años de viaje, con el primer convoy combinado de los gobiernos de la Tierra, Marte y la Luna, en lo que iba a ser la mayor aventura comercial emprendida desde que el ser humano comprendió que una vez colonizado el planeta rojo, poco más había en el sistema solar que invitara a nuevos asentamientos. Además de un puesto minero avanzado, la estación era una puerta abierta al espacio transcolonial, o al menos eso decían, porque en los seis años que el Honorable Gobernador Cherkas llevaba allí nadie había intentado ir mucho más allá. Pero todo eso estaba a punto de terminar. En un par de meses su sucesor se haría cargo de la estación y él volvería a su casa, a desquitarse de tanto alimento enlatado y suplementos de vitaminas. Estaba saboreando en sueños una enorme rodaja de atún marinado sobre el carbón de su barbacoa en la Tierra, cuando sonó el intercomunicador. La voz de Tormod Roos, su secretario, sonó con su característico timbre nasal. No era culpa del aparato: Roos hablaba realmente así por causa de una sinusitis crónica causada por el aire seco de la estación.

−¿Qué ocurre? preguntó fastidiado.

−Creo que debe venir a la Torre, gobernador −la voz del secretario pretendiendo ser dramática era en realidad ridícula, en especial cuando sorbía los mocos−. Tenemos un problema.

Apenas diez minutos más tarde, el Honorable Gobernador Cherkas estaba en comunicación directo con Daedalos Munro, capitán de la nave chatarrera Bystryy. El capitán Munro se negaba a hablar con nadie, y sólo había aceptado negociar con Cherkas tras casi una hora de discusión con el jefe de seguridad de la Torre. Su voz sonaba por toda la sala de control:

−¡la pieza es mía! −rezongaba el chatarrero a través de la radio−. ¡La he perseguido durante días, una fortuna en combustible!…

−¿Se puede saber que le pasa? −preguntó el gobernador con cara de no entender nada.

¡No la entregaré! …¡ya tiene mi marca!…

−¡Cierren ese audio! −la paciencia de Cherkas había llegado y superado su límite−. ¡Y que alguien me explique qué pasa y por qué me han hecho venir!

−El capitán Munro ha pasado casi cuatro meses en el espacio transcolonial, gobernador −era su secretario quien hablaba−. No hay mucho movimiento en la zona desde que se instalaron las gabarras auto-pilotadas, y le recolección de chatarra ha bajado mucho: de hecho llevan ya un tiempo pidiendo que se rebajen las concesiones de diez a seis y…

−Vaya al grano, secretario.

−Sí: pido disculpas −carraspeó Roos−. Pues bien: el capitán encontró una pieza interesante, la marcó y uno de los nuevos RAP, remolcador auto-pilotado, ha salido a su encuentro. Se suponía que tenía que llevar la pieza a la base Bedford, para su desguace… y aquí está el problema.

−El problema lo va a tener usted si no se explica de una vez…

−El RAP se niega a remolcar la pieza, gobernador −dijo el secretario.

−¿Cómo? ¿No hemos quedado que no tiene piloto? ¿Quién está más cerca del pecio?

−El teniente Taverna ha salido está mañana con un viper modificado. Hemos eliminado el armamento para darle un pequeño nicho de estasis y poder aumentar la velocidad en un diez por ciento, así que llegará a la pieza en un par de días. El RAP ha notificado que el pecio ha atracado en la dársena de carga y que tienen el control, pero sigue negando el remolque.

−¿Hay algún antecedente sobre casos similares? −preguntó Cherkas.

−Sólo en simulaciones: Los RAP pueden ser servo-asistidos desde la colonia, pero como es obvio no se hace −sorbió los mocos de nuevo−, Al parecer ningún equipo auto-pilotado puede remolcar piezas en cuyo interior haya seres humanos.

−¿Entonces? −reaccionó el gobernador con renovado interés−. ¿La pieza está tripulada? Eso la descalificaría como chatarra, supongo.

−Por eso protesta el capitán Munro. Insiste es que es un fallo de lectura del RAP y que sólo se trata de chatarra…

−¿Lo es?

−Los auto diagnósticos de la unidad coinciden con los que hemos ordenado de forma remota: nada falla en el remolque. El sistema insiste en que hay control inteligente a bordo, orgánico, pero ni el tradar ni el lector de bioseñales detectan una simple rata. Además hay otro problema…

−Dispare, Tormod: llevo un día de perros −ironizó Cherkas.

−La pieza… el diseño y la tecnología… En fin… −tragó saliva el secretario−. Ese pecio parece tener unos siete mil años.

El Honorable Gobernador Cherkas miró a su secretario, quien se limitó a desviar la mirada y sorber los mocos con tanta fuerza que escapó un sonido como de trompetilla.

¡Meec!

−Espero que sea una broma…

−Lo siento, gobernador… ¡meec!… Lo estamos comprobando por cuarta vez, pero ¡meec!, no hay error posible, ¡meec,meec!...

Ya en su despacho, el gobernador introdujo una serie de claves en su consola. El procedimiento que había invocado eliminaba todo salto en la comunicación a través de repetidores y conectaba su terminal con un servidor oficial googlespace que orbitaba en el cinturón de Clark. El sistema se tomó su tiempo antes de confirmarle que la conexión era segura. Un menú se desplegó ante sus ojos y le preguntó sobre la búsqueda. Introdujo una sola palabra:

«Niflheim»

Tuvo que facilitar una nueva contraseña y un escáner de retina. Sabía que su entrada habría hecho saltar las alarmas en varios departamentos en la Tierra. No importaba: contaba con ello y se alegraba de hacer bailar la silla de algún burócrata.          Un nuevo menú le ofreció diferentes apartados de consulta. Eligió «naves auxiliares» y mientras se cargaba la información contempló la fotografía que habían obtenido de las cámaras de aproximación del RAP. Tuviera los años que tuviera, aquella nave había sufrido lo suyo. Los paneles exteriores estaban numerados, aunque en la mayoría de ellos los numerosos impactos de meteoritos habían actuado como granalla y estaban borrados. Sin embargo, el panel número cuatro conservaba aún parte de la pintura original, aunque faltaba más de la mitad de la tapa de metal, al parecer fruto de una explosión interna. También se adivinaban toberas y pequeños motores de hidrazina para maniobras de atraque. En varios lugares se apreciaban las marcas de plasma hechas por el capitán Munro: se había querido asegurar de que nadie le quitara la presa.

La Niflheim tenía una flota completa de naves auxiliares, repartidas entre unidades de reparación, interceptores militares, cargueros pesados y ligeros… Se hacía muy difícil entender cómo la humanidad se había embarcado en aquella aventura: cinco kilómetros de diámetro mayor. Una nave/estado de aspecto ovalado, algo chata en los extremos. Un monstruo de metal lleno de seres humanos, miles de ellos, dispuestos a encontrar nuevos mundos. No se trataba de hallar futuras residencias para la humanidad, sino de extender reservorios de la misma a lo largo, ancho, alto, y cuantas dimensiones existieran, de la misma. Cherkas entro en el apartado de «vehículos de emergencia» y dentro de este «cápsulas de escape». Los ingenieros habían dispuesto diferentes modelos adecuados a la evacuación de cada sección. El puente de mando podía ser eyectado completo ya que fue diseñado para poder operar de forma autónoma. En las áreas habitables se instalaron cápsulas automáticas con capacidad hasta de cincuenta personas. El gobernador creía estar mirando una tecnología alienígena, muy alejada de los planteamientos tecnológicos que mantenían en su sitio a la Colonia Komatsu  por ejemplo, pero válidos, como eran validas la pinturas rupestres frente a  la obra de artistas digitales milenios después.

El gobernador pasaba las páginas distraído hasta que lo vio:

«E.A.M.M.E.S.

«Módulo automático de evacuación con soporte médico de emergencia» también conocido como Spasatel’ (salvavidas) por los ingenieros de los reactores nucleares de la Niflheim.

Capacidad: Dos personas.

Propulsión y fuente de energía: Mini reactor de fusión Fermi-Standford.

APU: Baterías estándar.

Control auxiliar de Maniobras: Seis pentatoberas de hidrazina.

Sistema operativo: I.A. Nivel 1, más I.A. Nivel 2 en auto-cirujano.

Sistema médico de emergencia: Auto-cirujano Siemens-Mitsubichi. Auto-diagnóstico basado en la Enciclopedia Médica Universal (Edit. Mc.Grow-Hill-Normapress, 2 584)»

 

No era idéntico al pecio que tan mal humor estaba causando a Munro, estaba claro que había sufrido varias modificaciones con toda probabilidad para hacerlo más eficiente, pero era inconfundible. Según el despacho original, la Niflheim llevaba unos doscientos cincuenta módulos de aquel modelo. La corazonada del gobernador era correcta. Llevó la mano al intercom. Le respondió la voz nasal de Roos.

− ¿Cuando establecerá contacto por radio el teniente Taverna? −le preguntó.

−Está ya desacelerando… Supongo que en unas ocho horas lo sacaremos de estasis −respondió el secretario−. ¿Quiere que le avise cuando esté disponible?

−Por favor: sea a la hora que sea.

Le tomó la palabra: a las seis de la mañana, hora estándar, el comunicador instalado en la cabecera de la cama sonó sacando a Cherkas de sus escasas horas de sueño. Taverna estaba en línea y Roos preguntaba si quería que le pasara la comunicación a su cabina. Denegó la conexión. Se lavó la cara para despejarse y se puso un mono: no tenía tiempo ni ganas de vestirse de modo formal. A los veinte minutos estaba de nuevo en la Torre, saludando al joven teniente Zosimus Taverna.

−Aún no he intentado comunicarme con el piloto del Spasatel −dijo Taverna tras los preceptivos saludos iniciales−. He pensado que… que si viene de tan lejos como parece no soy la persona adecuada para darle la bienvenida…

−Buen criterio −dijo Cherkas tras aguardar al pitido del auto-over−. Usted llegará lejos −alabó−. ¡Lippencott! −se dirigió ahora a un joven alférez al cargo de las comunicaciones de la torre de control−. ¿Podemos establecer contacto con el Spasatel utilizando el viper de Taverna como repetidor?

−Sin problemas, gobernador. Tendremos…eeeh… un segundo y tres décimas de retraso: apenas apreciable…

−Hágalo ahora. Utilice un saludo estándar.

El joven suboficial había trabajado durante horas, para ajustar los nuevos formatos de comunicaciones a los criterios de hacía casi siete mil años. Todo el equipo de la Torre había pasado las horas previas reunido hasta establecer los protocolos actualizados a lo que la Spasatel podría comprender. Se habían suprimido todos los permisos y se había apremiado a los servicios médicos sobre previsible la llegada de organismos de setenta siglos de antigüedad.

Pasaron unos segundos. Lippencott invitó al gobernador a iniciar la conversación.

−Módulo E.A.M.M.E.S. procedente de la nave estelar Niflheim… Le habla el gobernador Fawaz Cherkas, el mando de la estación minera Komatsu… ¿Me recibe?

Al instante una voz masculina y potente llenó la sala de control de la Torre.

−Saludos, gobernador Cherkas. Es un placer poder hablar con otros seres humanos después de tanto tiempo. Le habla el ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, al mando del módulo Spasatel número 112.

El secretario Roos tecleaba con ferocidad en una terminal buscando una identificación positiva del piloto mientras el gobernador le apremiaba con la mirada. Por fin levantó el pulgar dando su conformidad.

−Hemos establecido que un ingeniero llamado Iván Virgil Lewitt viajaba en la Niflheim en el momento de abandonar el sistema solar. El protocolo exige que intercambiemos un fichero encriptado para que ambas partes estemos seguras de que somos quien decimos ser. ¿Está preparado?

−Les envío mi fichero y quedo a la espera del suyo.

−Mientras se produce el intercambio, tengo que hacerle una pregunta, ingeniero Lewitt: ¿es usted consciente de la duración de su viaje y de la fecha actual? −Cherkas miró al altavoz de respuesta con aprensión.

−Según mis cálculos −sonó la voz de Lewitt−. Dentro de un año, siete meses, diez días y unas cuantas horas, cumpliré los siete mil doscientos años de viaje. ¿Es correcto?

−Identificación positiva del Ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, gobernador −interrumpió Lippencott.

−Bienvenido a casa, hijo −dijo Cherkas ignorando al alférez −. No espere que le paguemos los atrasos…

 

Varios días después de aquel contacto con la Spasatel el despacho del gobernador era una locura. Periodistas de los tres mundos solares habían recibido la filtración de la noticia y todos querían la exclusiva. Varias universidades buscaban a su vez ser las primeras en visitar el módulo, un par de escritores pretendían ser los biógrafos oficiales de Lewitt, e incluso varias integrantes de un club de solteras preguntaron si aún estaba disponible. Cherkas desviaba todo eso a los comunicados oficiales mientras en la estación Komatsu todo el mundo se dirigía a la dársena de cortesía para ver la histórica llegada y atraque del módulo de escape. El gobernador estaba enfadado. Nadie se había preocupado del ingeniero que pilotaba aquella nave. ¿Quién era Iván Virgil Lewitt? ¿Por qué abandono la nave nodriza? ¿Fue expulsado? Tal vez era culpable de crímenes inconfesables y el gobierno de la nave/estado Niflheim lo condenó a vagar por el espacio hasta la muerte… En cualquier caso, todo aquello habría ocurrido hacía más de siete mil años. ¿Estaría redimida la pena? ¿Habría prescrito el delito? ¡Bonito problema para los doctores en derecho!

Una luz se iluminó en su intercom.

−¿Gobernador? −era la voz del alférez Lippencott−. Spasatel pide comunicación con usted.

−Adelante −respondió escueto, mientras miraba su reloj de pulsera: eran las seis y media de la mañana.

−Buenos días gobernador Cherkas −la voz de Lewitt llenó la estancia con su tono grave−. Confío en que no sea demasiado temprano…

−Tranquilo, hijo: siempre estoy para usted. ¿Todo bien?

−Nada que reseñar, gobernador, pero creo que tenemos que hablar sobre algunas cosas antes de que atraque.

−Por supuesto, ingeniero. Entiendo su inquietud. No todos los días se regresa de un viaje de siete mil años…Permítame que pida un café antes de continuar −dijo levantándose de la mesa y asomándose a la puerta−. ¿De qué se trata? −preguntó tras pedir la infusión a Roos con una seña−. No tenemos una banda de música, salvo al pesado de Kubota con su violín: le aseguro que si le recibe él, le entrarán ganas de volver al espacio unos cuantos siglos más. Su interpretación de Yervinyan es lo más parecido a torturar un gato que he escuchado jamás…

−Bien… −la pausada voz de Lewitt pareció dudar por primera vez−: de eso quería hablarle. No abandonaré la Spasatel, gobernador.

El secretario Roos entró en el despacho y depositó en una mesita auxiliar una cafetera junto a un sobre de azúcar y otro de leche en polvo.

−Explíquese −pidió Cherkas una vez abandonó la estancia−. ¿Qué teme? ¿No se fía de nosotros?

−No se trata de eso, gobernador: no he dicho que no quiera abandonar la nave. He dicho que no puedo hacerlo.

−¿Por qué?

−Porque… Yo, Iván Virgil Lewitt, soy la nave.

Aquella confesión podría haber derrumbado a un hombre que no fuera Fawaz Cherkas, sin embargo estaba preparado para ello: de hecho, lo había sospechado al revisar las bitácoras de la Niflheim que se habían remitido a la tierra durante casi ochocientos años, antes de que la enorme distancia y la pérdida de interés sumiera en la bruma de la leyenda aquel proyecto. Los experimentos de estasis prolongada habían fracasado, si no, la propia Niflheim hubiera carecido de sentido. Nadie podía sobrevivir siete mil años encerrado en una lata.

−Así pues, hijo −no podía dejar de ver a Lewitt como una persona−, usted es en realidad la Inteligencia artificial del E.A.M.M.E.S. −dijo algo desilusionado.

−No, gobernador. Yo soy Iván Virgil Lewitt, ya se lo he dicho, y no soy una inteligencia artificial. Si se tratara de eso no habría problema alguno, pero soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir.

Cherkas sintió una profunda compasión por aquel hombre. Cierto que había alcanzado un cierto estado de eternidad, pero ¿para qué? ¿De qué sirve vivir eones si tus días están vacíos? Lewitt siguió hablando.

−Tuvimos problemas en la Niflheim. No es posible encerrar a miles de hombres y mujeres y confiar en que mantengan la disciplina durante siglos. Con razón o sin ella surgen divergencias, voces discrepantes e incluso religiones, aun cuando el espacio vacío sólo evidencia que no hay nada ahí afuera en qué creer.

»Yo estaba al cargo del reactor de fusión del Sector dos, una zona de dormitorios, hidroponía y granja. Antes de que se llame a error, «granja» era cómo llamábamos a los enormes reservorios de embriones, preparados para ir habitando los mundos que esperábamos encontrar en nuestro viaje. Así pues, la Granja 2 se alimentaba del reactor que yo atendía. Nos encontramos una nube de materia desconocida, algo similar a la arena, que se comió el veinte por ciento de la integridad estructural de la nave, pero eso no fue lo peor. Lo grave fue el desencanto de no ver las estrellas durante los noventa años que tardamos en atravesar aquello. Dos generaciones nacieron y murieron sin poder abrir una portilla y mirar al exterior. La desidia se hizo dueña de todos y cada uno de nosotros. Mi reactor comenzó a fallar, una avería simple en el circuito de refrigeración, pero el ingeniero a quien le pedí que reparara el problema, simplemente lo ignoró. Se quedó durmiendo en su cabina mientras las alarmas advertían de una evacuación inmediata. Quise arrojar el núcleo al espacio, pero el cierre automático de las esclusas me impidió llegar, En lugar de ello me dirigieron a la Spasatel más cercana. Llegué por los pelos. Cuando salí expulsado ya había absorbido una cantidad mortal de radiación. La cápsula del módulo E.A.M.M.E.S. me introdujo en el auto cirujano cuando ya había perdido el conocimiento. −Lewitt hizo una pausa−. Quiero hacer un alto en la narración, gobernador. Es importante aclarar una cosa.

−Adelante, hijo: tómese el tiempo que necesite.

−Quiero que quede claro que no culpo a la I.A. por lo que hizo. Aunque siete mil años vacíos pueden parecer una condena, me salvó la vida. Esa era su misión, y estoy agradecido por ello.

−Así lo haré constar cuando se me consulte: pierda cuidado −concedió el gobernador.

−Se lo agradezco, gobernador Cherkas. A partir de ahora, mis recuerdos son difusos. No sé si me pertenecen o si los he compartido tantos años con la I.A. de la nave que lo he asumido como propios, sin embargo, tengo una razonable convicción de que lo que voy a contarle es la realidad.

»Las quemaduras por radiación eran considerables, especialmente en manos y piernas. El auto-cirujano tenía que tomar medidas drásticas. Tuvo que decidir por mí, y lo hizo. Amputó las extremidades enfermas que no hacían más que drenar mis escasas energías. Tampoco podía disponer de piel para injertar, no había zonas donantes viables en mi cuerpo. Intentó recuperar cuantos fluidos vitales pudo para rehidratarme, pero mis órganos internos estaban afectados e iban fracasando poco a poco. No puedo imaginarme qué hubiera visto alguien que abriera el tanque medico en ese momento. Supongo que yo era una masa de carne viva que nadie compararía con un ser humano.

−¿Por qué no regresó a la nave nodriza?

−Se había desatado el caos. La humanidad sigue temiendo, al menos seguía entonces, los accidentes nucleares, y teníamos uno muy grave. El auto piloto de la Spasatel pidió autorización para atracar en varios sectores, pero las defensas automáticas detectaban la contaminación y nos rechazaban cada vez con más contundencia. En el último intento fuimos repelidos y el mar de arena nos tragó. El piloto automático navegó entonces a favor de la corriente para minimizar los daños por desgaste en el casco, pero eso nos alejó aún más de la Niflheim que avanzaba a la contra. Las balizas sub-onda eran fagocitadas por la nube, créame: nada podría sobrevivir ahí fuera.

−¿Que ocurrió entonces? −preguntó el gobernador mientras se servía una segunda taza de café.

−Algo maravilloso…: Las dos I.A. del módulo hablaron entre ellas: se pusieron de acuerdo.

»Decidieron sacrificar la base de datos estelares y buena parte del control de navegación para darme una oportunidad. El auto-piloto fijó un rumbo hacia el sistema solar y cedió el resto de su capacidad al auto-cirujano. Él me dotó de ojos, de manos, de oídos… Me dio un nuevo cuerpo, uno único, que nadie había disfrutado hasta entonces. En pocas palabras, me fundí con la nave.

−¡Espere, espere! ¿Quiere decir que hay partes de usted vivas, y que la nave…toda la nave… es una enorme prótesis?

−Lo ha explicado perfectamente, gobernador. Ya se lo había dicho. Soy Iván Virgil Lewitt y sí: soy una nave espacial.

El Honorable Gobernador Fawaz Cherkas depositó con cuidado la taza de nuevo en su plato. Ni había probado el segundo café. Pensó en la cara que pondría Magnus Kubota cuando se enterara de aquello. Habían acordado en una reunión de emergencia dar el estatus de ciudadano a Lewitt en cuanto atracara en la estación. Conocía a Kubota, ultranacionalista-fanático-religioso que no daría más importancia a Lewit que a su tostadora de pan. Para él, la Spasatel no tendía más relevancia que pasar a ser la mascota oficial de la colonia, una atracción circense, como antaño los delfines visitaban los puertos y la gente les ponía nombre.

−Tengo que preguntarle algo, hijo −se odiaba por violar la intimidad de aquel… lo que fuera, pero no le quedaba más remedio.

−Pregunte lo que sea, gobernador −respondió la voz−, aunque creo que sé qué quiere saber. Necesita que le diga cuánto queda de mí, quiero decir de mi ser orgánico, en la nave ¿correcto?

−Lo siento, hijo…

−No se preocupe. El módulo carecía de herramientas para fabricar prótesis reales. No podía dotarme de brazos robóticos, o de ojos artificiales. En pocas palabras, no podía darme una apariencia más o menos humana.

»Lo hablamos. Me consultó qué quería hacer, y me ofreció su propio sistema sensorial. Acepte. Sin embargo, mantener con vida ese montón de masa orgánica era un gasto energético apasionante. ¿Se imagina? Producir oxígeno, mantener una temperatura viable, cosechar hidrocarburos…  Un día consulté a la I.A. cuánto de mí sería necesario para seguir siendo yo. Se sorprendería lo poco que hace falta. Me costó convencer al programa médico que lo que pedía era coherente con el primun non nocere. Se trataba de salvar mi vida en las mejores condiciones. Hicieron falta meses y un par de crisis con el soporte vital para que me diera el visto bueno. Aun así, me puso condiciones. Creó un banco de tejido y congeló células madre suficientes para reparar y reconstruir todo mi cuerpo en el futuro, cuando las condiciones lo permitieran.

−No está respondiendo a mi pregunta, Iván…

−Prefiero Virgil, gobernador −respondió la voz−: Iván sólo lo usaba mi padre cuando estaba enfadado conmigo. Sí: tiene razón, estoy divagando. No es una cantidad exacta, pero una buena aproximación es… medio centímetro cúbico.

 

Y allí estaban ahora, escuchando los gritos de un Magnus Kubota a punto del derrame cerebral, defendiendo a capa y espada que Spasatel era una máquina pura y dura a la que no asistía ningún derecho. Otros delegados se mostraron más flexibles, e incluso llegaron a mostrar cierto grado de empatía con Lewitt, sin embargo Kubota era inflexible, y su influencia en el consejo podía eclipsar el buen juicio del gobernador Cherkas.

−¡Unos gramos de masa cerebral no son una persona! −gritaba lanzando salivazos−, ¡Este consejo no puede permitirse el lujo de sentar precedentes de ese tipo! ¿Qué diferencia hay entre diez gramos y uno? ¿Y cuánta entre uno y ninguno? ¡Somos una colonia espacial! Dependemos de las máquinas, y si aceptamos los derechos de una tendremos que aceptar los derechos de todas.

−¿Ha hablado con Virgil, delegado Kubota? −preguntó el gobernador en un ejercicio de serenidad.

−¡Por supuesto! Y le he expresado que no se trata de nada personal y…

−¿Por qué? −interrumpió Cherkas−. ¿Por qué le ha dicho eso? ¿Le da explicaciones a su lavadora o a su máquina de afeitar?

−¡No intente confundirme, gobernador! ¡Sabe que tengo razón!

La tenía: al menos en lo de sentar precedentes, pero no conseguía entender que se trataba de una circunstancia singular, irrepetible con toda probabilidad.

La delegada Naenie Stratos, una de las pocas mujeres del equipo de gobierno. golpeó su taza de té con una cucharilla.

−Permítame enseñarle algo, Magnus −era el único miembro del consejo que llamaba a Kubota y al resto de los presentes por su nombre−. Este −puso algo sobre la mesa−, es el espejo de mi abuela. Me lo dio cuando cumplí once años, exactamente el día que… ¡bueno!… cosas de viejas.

»Verá, Magnus. Yo siempre he sido muy torpe, así que no tardé en dejarlo caer, con tan mala suerte que se rompió el cristal. No quería que mi abuela se disgustara, así que gasté mis pocos ahorros en poner un espejo nuevo. Quedó perfecto. Mi abuela nunca supo que lo había cambiado. Muchos años después −continuó la delegada Stratos− rompí el mango. Por fortuna ya era una mujer adulta y bien situada, porque es de marfil, ¿saben? Me costó una pequeña fortuna encontrar un importador de marfil fósil y un artesano que reprodujera con fidelidad la forma y detalle del original, pero mi abuela lo merecía.

−¿A dónde quiere ir a parar, delegada? −interrumpió Kubota sin disimular su enfado.

−A que no queda nada de lo que me dio mi abuela, sin embargo, este −señaló a la mesa− y no otro es y será siempre el espejo de mi abuela, el que ella me regaló.

Se hizo un silencio reflexivo en la sala del consejo. Durante unos minutos nadie dijo una palabra. La delegada Stratos había disparado a la diana, a los corazones, con precisión milimétrica. Por un instante pareció que Kubota iba a ceder, pero era un hombre de estado. Equivocado o no, estaba convencido que abrir la puerta a la ciudadanía de las máquinas era el peor error que podían cometer.

−Si me permiten −Cherkas tomó la palabra−, creo que estamos enfocando mal el asunto. El debate no está en si dotamos a las máquinas de derechos civiles, en eso yo mismo estaría de acuerdo con el delegado Kubota. Lo que tenemos que decidir es si Ivan Virgil Lewitt es «Virgil» o es «Spasatel»

−¿Recuerda usted qué le dijo, gobernador? −intervino la delegada de nuevo−. He repasado una y otra vez las grabaciones que nos ha suministrado:

«…soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir». ¿Son esas las palabras de una máquina? −concluyó Stratos.

Kubota iba a replicar cuando las luces se apagaron. Un momento después se conectaron las luces de emergencia mientras una alarma saltaba en toda la estación. Todos notaron una pequeña nausea, señal de que había problemas con la gravedad artificial. Los altavoces comenzaron a escupir recomendaciones y llamadas. El gobernador se dirigió a la Torre, mientras todo el personal era redirigido a las cápsulas de escape.

En la sala de control de la Torre las órdenes entraban y salían a velocidad de vértigo. Lippencott señaló una consola a Cherkas sin molestarse en saludar. Pidió que se pusiera toda la información en aquel puesto a disposición del gobernador. Cherkas sintió un ligero mareo, lo que indicaba que la estación estaba girando. No era una rotación importante, pero significaba que algo iba mal, muy mal.

−¡Alférez! −rugió a Lippencott−. ¡Quiero un resumen inmediatamente!

−Nos están entrando más datos ahora mismo, gobernador, pero tenemos un problema serio. La estación está ahora mismo en modo autónomo.

»Hace veinte minutos una auto-gabarra ha tenido un fallo instrumental, se ha separado del convoy y todas las que iban tras ella la han seguido, en total unas cincuenta auto-gabarras cargadas con doscientas toneladas de mineral cada una de ellas. Han impactado directamente con un asteroide metálico que estaba siendo transportado para ser procesado en la estación Benford.

−¿Bajas?

−Ninguna, gobernador: todas las acciones era automáticas y sin piloto.

−Estupendo −se relajó−. ¿Cuál es la situación ahora?

−El asteroide viene hacia nosotros −dijo Lippencott con tono fúnebre−. Estamos a veinte minutos del impacto.

−Evacuación inmediata −ordenó Cherkas sin pestañear−. ¿Qué opciones tenemos?

−Ninguna, gobernador. Nuestras defensas están basadas en la detección temprana. No podemos desviar ese objeto.

−¿Destruirlo?

−Tampoco. Haría falta una detonación nuclear: hace tiempo que abandonamos esa tecnología. No tenemos un reactor con el que improvisar una bomba… Somos mineros –dijo con pesar.

−Se equivoca: tenemos uno, pero no es nuestro −dijo el gobernador−. Póngame con la Spasatel, ahora.

En línea −contestó una voz anónima.

−Hijo… −el gobernador no sabía cómo empezar− Virgil… Necesitamos su ayuda.

−Estoy al corriente de todo, gobernador. ¿Qué puedo hacer?

−No es fácil, Virgil… Pero todo está en sus manos…

−¿Quiere que use mi reactor para destruir el asteroide?

−Hijo…

−Está bien −La respuesta de Lewitt fue contundente como un martillazo−. No hay problema gobernador. ¿Sabe?… tal vez he vivido siete mil años sólo para este momento.

−Virgil… −el gobernador no estaba seguro de que Lewitt estuviera teniendo en cuenta todo−. No hay tiempo para sacarle de ahí. Hemos perdido el tiempo discutiendo si usted es humano o no, y ninguno nos hemos preocupado por usted… Lo siento, hijo… Hemos sido unos egoístas…

−Creo que no podía haber encontrado a nadie mejor que usted en mi regreso, gobernador. Lamento que no vayamos a tener tiempo para mantener esas largas conversaciones con las que tanto he soñado… Comienzo a descargar datos en su sistema. Sería una pena que todo lo que he visto en siete milenios se perdiera…

−Muchas gracias, Virgil…

−No esté triste, gobernador. No pude salvar a todas aquellas personas en la Niflheim. Esto hará que me sienta útil.

La Spasatel desatracó sin pedir permiso. Era una especie de bailarina, nacida para vivir en el espacio sin las limitaciones de los seres humanos. No era un hombre en un traje espacial, sino una criatura gestada entre las galaxias, la única de su raza.

La puerta de la Torre se abrió y entraron varios delegados, con Kubota a la cabeza. Miró al gobernador y le pidió con un gesto permiso para hablar con el módulo. Cherkas se lo concedió.

−¿Nos escucha, muchacho? −preguntó Kubota con un nudo en la garganta.

−Alto y claro, delegado, pero deberían estar ustedes embarcando en un módulo de escape.

−Sólo es un instante, Hijo. Queremos que sepa que rezaremos por usted, al menos algunos de nosotros, y que nunca dejaremos que esto se olvide. Muchas gracias… Virgil −una lágrima se negó a caer de los ojos de Magnus Kubota−, Ciudadano Ivan Virgil Lewitt…

La Spasatel viró con elegancia hacía el objeto que iba creciendo en las pantallas de la estación…

−Muchas gracias a ustedes, delegados…

−¿Por qué, hijo? −pregunto la delegada Stratos.

−Gracias… por concederme un segundo de humanidad.

 

 

 

 

 

Written by aitztv

24 mayo, 2016 at 14:13

Crónica solitaria.

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maxresdefaultSi cerraba los ojos, podía sentir el delicado aroma del vino corriendo por aquellos canales cuando el planeta era joven, pero el paisaje hacía milenios que no veía ninguna fiesta y él, ya sólo cubierto con harapos, había abandonado la juventud muchos años atrás. Sus botas de arrogante astronauta colgaban andrajosas al extremo de sus pies, bajo los que un seco caudal de arena áspera y dura permanecía inmóvil, carente del agua que, en otro tiempo, había animado sus días.

Estaba sólo. Aunque sabía que unos centenares de metros tras él los hombres que habían acudido a rescatarle cuchicheaban a su espalda, estaba seguro y convencido de su soledad. Había necesitado la compañía de otros seres humanos para descubrir el verdadero peso de la soledad. Desde que ella le dejó habían pasado quince años. Durante todo ese tiempo sus días habían estado llenos de recuerdos, mechados de lágrimas y sonrisas que se perseguían las unas a las otras. La veía en cada recodo del camino, en cada rayo de sol al atardecer rojizo, en los amaneceres sobre los famélicos frutales de su agónico huerto. Pero la llegada de aquellos hombres había contaminado su panteón particular. Estaban respirando el aire que sólo ella había respirado, hollando el suelo que ella tatuaba con las diminutas huellas de sus pies, bebiendo su agua… robando su sol.

Hubiera podido con todo eso, sin embargo no consentiría que le robaran su recuerdo. No ¡eso no! Se atrevieron a excavar en su tumba, la que él había cavado con sus propias manos para sepultarla mirando al canal, como a ella le gustaba. No habían encontrado nada, Le repetían una y otra vez que ella no había existido, que su mente había creado una compañera para superar la soledad, para salvarle de la locura. ¿Qué sabían ellos? Él la había visto venir caminado desde el horizonte. Entonces sí que estuvo a punto de pensar que estaba definitivamente loco. Llevaba cuatro años en aquel planeta. Sólo hacía siete meses que había enterrado al último de sus compañeros, muerto tras agonizar durante semanas con las costillas clavadas en un pulmón al caerse a uno de los canales.

Sólo quedaba él de los seis astronautas que iniciaron la expedición. Los demás… no habían sabido sobrellevar la soledad de aquel planeta. No lo entendía. ¡Para él era hermoso! ¿Por qué aquella necesidad de marcharse, de abandonar aquella eterna desolación?

Tuvo que ir matándolos de uno en uno. Con disimulo, fingiendo accidentes, enfermedades, desapariciones… Para el último tuvo que manipular el cierre de seguridad de su arnés. Se dio cuenta ¡Cómo no! ¿Quién iba a haber sido cuando sólo quedaban dos personas en aquel mundo? Después él mismo le pidió que acabara con su vida, torturado por la fiebre y con los pulmones llenos de agua por causa del neumotórax… No. Nunca. A su manera, él no era un asesino. Lo mantuvo con vida escuchando todas las maldiciones que escapaban entre toses desgarradoras.

Pero después todo cambió.

Cuando ella llegó el planeta entero pareció pararse. Ni le dijo de dónde venía ni le dio los buenos días. Se envolvió en su vida como te atrapa un amanecer, sin sobresaltos, como si estuviera escrito que tenía que ser así. Pronto comenzaron a deslizarse por las dunas como adolescentes. Navegaron los canales en los fugaces deshielos e incluso construyeron un velero de arena y cruzaron los desiertos empujados por la brisa nocturna. Sin embargo, un día, una vez más, su mundo cambió.

Los pocos dispositivos que aún funcionaban, se despertaron haciendo sonar todas las alarmas. Algo se acercaba. Él miró las sucias pantallas y vio cómo una nave se aproximaba a su planeta. No le costó reconocer una nave Ranger de rescate. ¿Acaso había pedido que le vinieran a buscar? ¿No podían conformarse con hacerles un funeral de estado, declararles héroes, bla, bla, bla…?

Sabía cómo eran los tipos que viajaban en aquel rescate. Hombres duros, sin más horizonte que la misión que tuvieran encomendada.

Comenzó a rebuscar cómo loco entre la chatarra en que se había convertido la nave que le había llevado hasta allí. No tardó en descubrir la baliza que alguno de sus compañeros había activado y escondido. Sabía que sospechaban de él, pero no esperaba eso. Creía que intentarían matarlo o reducirlo… Tal vez no habían tenido tiempo. Por otro lado, tal vez fuera hora de regresar. Decidió hablar con ella.

Se negó en redondo. No abandonaría su hogar.

Se lo rogó. Se arrodilló ante ella, lloró como un niño, pero fue en vano. ¿Qué alternativa tenía? La estranguló esa misma noche. Ella le miró a los ojos hasta el último aliento. No se defendió, no grito, no pataleó: Dejó escapar la vida con la misma tranquilidad con la que había aparecido una mañana entre la bruma del amanecer en el desierto.

Cuando llegaron los ranger, sabía que le descubrirían. Eran veteranos y no se creyeron en ningún momento la cadena de casualidades que había acabado con toda la expedición menos con la suya. Sacaron todos los cadáveres de sus tumbas de arena y piedra. Secos como el tasajo, congelados en el tiempo casi tal y como él los había enterrado, los muertos confesaron. Contaron cómo él había terminado con todos ellos, uno a uno. Los ranger eran tipos duros, si. No dijeron nada. No le juzgaron, no le encerraron. No era su trabajo. Sólo hubo una cosa que les llamó la atención: la tumba de ella estaba vacía.

Le preguntaron una y otra vez dónde la había encontrado, cómo y qué había pasado desde entonces. No hallaron nada que demostrara su existencia: ni tan siquiera el velero de arena que él aseguraba haber construido.

Y allí estaba ahora, mirando sus andrajosas botas al extremo de sus pies. Uno de los ranger era un joven novato. Le llamaban “Niño” los demás veteranos. Le caía bien, pensó mientras jugaba con el detonador que llevaba escondido desde que supo que venían a rescatarle. Las cargas estaban escondidas en el almacén, donde ahora todos los soldados se protegían del sol del mediodía.

Lo siento, Niño —pensó en voz alta sorprendido por el sonido de su voz—. Me da mucha pena tener que matarte…

Written by aitztv

18 noviembre, 2015 at 18:28

La vida en cincuenta céntimos.

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Azimov, Clarke, Benford, Niven, Bradbury… Todos ellos llegaron después. Mucho antes estaban en mi lista Clark Carrados, Silver Cane, Lou Carrigan, Curtis Garland, Peter Kapra, Burton Hare, Marcus Sidéreo, Joseph Berna… y muchos más.
El día de mi cumpleaños recibí muchas felicitaciones, es lo que tienen las redes sociales. Me felicitaron ex-compañeros de estudios, ex-compañeros de trabajo, ex-novias e incluso ex-cónyuges. Como siempre no eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran, pero me llevé unas cuantas bellas sorpresas.

Mi vida, mi desastrosa vida, ha cambiado mucho en tres años. Ese cambio ha sido tan radical que casi no me reconozco en el espejo. Me he convertido en un nómada, que mas que viajar, rebota en las fronteras de los continentes sin un destino fijo. No sé si quiero, ya en la cuesta abajo de mi vida, echar raíces o no. Tampoco quiero planteármelo.

Pero hablaba de felicitaciones.

Entre todas ellas hubo una que me impactó. Desde que me he decidido a escribir, a juntar letras, y he recibido algunas buenas -y generosas- críticas, me veo a menudo sumergido en conversaciones en las que no puedo opinar. He llegado muy tarde a la literatura, y necesitaría otra vida para ponerme al día en todo lo que mis compañeros de aventuras literarias me aventajan. Pero yo tengo un tesoro valioso: Yo cambiaba novelas por cincuenta céntimos.

En aquella España de los años sesenta, una “novela”, así llamábamos a los libros de bolsillo de Bruguera, costaba alrededor de 1,50 en pesetas, claro. Pero esa picaresca tan nuestra funcionaba a la perfección: Por cincuenta céntimos cambiabas una dos novelas en las tiendas de chucherías.

Así establecí contacto con lo que ahora sé que se llama “pulp” español. Nunca fui muy amigo de las novelas del oeste ni de las hazañas bélicas, tampoco de las novelas románticas de la celebérrima Corin Tellado, pero devoraba cuanto caía en mis manos de terror y ciencia ficción.
Siempre me ha gustado leer, y si he llegado a los autores con premios Nébula y Hugo, es gracias a la tinta que inyectaron en mis venas aquellos autores desconocidos entonces, de lo que todos el mundo sospechaba que eran españoles camuflados en nombres americanizados, aunque nadie lo sabía a ciencia cierta. La verdad es que no cometían errores. Sus historias eran cautivadoras, hipnotizantes, y te causaba pena tener que espera una semana para leer el siguiente título.
Detrás de esos nombres había -hay- una historia. Novelas censuradas por el franquismo, premios nacionales de literatura, premios planeta… Escritores de oficio, si. Pero no “carpinteros de literatura”. Buenos escritores de oficio.
Muchos de ellos nos han dejado, pero he llegado a tiempo de conocer a uno de mis favoritos, Ralph Barby, quien sigue escribiendo y espero que lo haga durante muchos años más, aunque ya no tiene que demostrar nada a nadie.
Decía que algunas felicitaciones me sorprendieron, bien: una de ellas fue -precisamente- Ralph Barby.
Fue encontrar un ídolo de la infancia y adolescencia. Si de verdad agradecí la felicitación, fue porque me dio la oportunidad de agradecerle en persona lo que aprendí con todos aquellos autores.

Ellos me elevaron hasta las estrellas y me hundieron en la tierra hasta las más profundas catacumbas, y creo justo reconocer que aportaron, a lo poco que yo sepa escribir, tanto como los “grandes” autores que mencionaba al principio.

No soy yo nadie para hacer homenajes, pero no quería dejar de contarlo. Todo empezó con cincuenta céntimos, aquella monedita con un agujero en el centro que usábamos para adornar los cinturones o jugar a la peonza.

Un libro, siempre es un libro: aunque sólo cueste cincuenta céntimos.

Written by aitztv

27 julio, 2015 at 12:24

“Tan solo un susurro”

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130604164250-underwater-hotel-dubai-beach-horizontal-large-galleryLa sala era milimétricamente aséptica incluso en sus formas; no había nada de más, ni tan siquiera una mota de polvo y si la hubiera seguro que alguien la habría catalogado, censado y tabulado en algún formulario perdido en aquel enorme hospital. Se acercó a la ventana y anuló la polarización para poder ver mejor el exterior. Una catarata de luz invadió la sala; las paredes inmaculadamente blancas multiplicaron la luminosidad hasta hacerle sentir que estaba rodeado de hielo. Fuera, el paisaje fue componiéndose a medida que su vista se adaptaba a la situación.  No era su mundo natal y muchos aún se sentían incómodos al contemplar aquel yermo rojizo y la enorme luna que se alzaba cada noche en el cielo; sin embargo a él le encantaba: sabía que era su hogar y se había acostumbrado a vivirlo tal y como era. Le fascinaban las enormes tormentas de polvo que periódicamente cubrían gran parte de aquel mundo. Para un arqueólogo como él era el mundo perfecto; aún se levantaban enormes restos de la civilización que les precedió, restos en su mayoría de enormes construcciones en las que aquellos seres debieron de vivir apilados como insectos. Los primeros análisis de las estructuras demostraban que aquellas viviendas eran absolutamente ineficientes en cuanto a la conservación del calor o de la energía; los espacios estaban tabicados con lo que la idea de unos seres sociales era muy difícil de sostener: No encajaba con el concepto de colmena. No terminaba de comprender cómo los habitantes de aquel mundo se encerraban en enormes construcciones comunitarias para después construir de nuevo habitáculos más pequeños en los que conservar la individualidad.

Un suave zumbido a su espalda le hizo saber que los servomecanismos de la puerta la estaban abriendo; volvió la vista y de encontró de frente con el doctor al cargo del cuidado de su esposa.

–  ¿Cómo estás, Doc? -saludó el recién llegado-

–  Esperando noticias, Doc -contestó a su vez-

–  ¿Acaso quieres quedarte ciego? – dijo el médico mientras se dirigía a la ventana y polarizaba el cristal- Pusimos estos filtros para algo.

Ambos se conocían bien desde muchos años atrás; habían nacido en la misma colonia. Se hicieron amigos en la escuela, durante el largo viaje que les llevó desde su mundo natal hasta este que habitaban ahora. Fueron compañeros de estudios hasta la universidad, cuando uno se decantó por la medicina y el otro por la arqueología; se doctoraron a la vez, por eso se referían el uno al otro con un afectivo “Doc”.

–   Tu esposa está bien; no debes preocuparte. –Se acercó a la pared y con un gesto de la mano un panel se deslizó dejando a la vista un recipiente con agua caliente y diferentes infusiones – ¿Tomas algo?

–    No, gracias – respondió con un gesto de impaciencia -. ¿Cuánto crees que va a durar esto? Hace dos horas que no sé nada. Espero que esté todo bien.

El médico levantó la vista al techo con un gesto teatral

–  ¡Padres primerizos! ¡El terror de los médicos!… No tienes que preocuparte de nada –hizo un gesto con los brazos extendidos- Todo el personal de esta institución está atento a la llegada al mundo del vástago del arqueólogo más rebelde e iconoclasta de nuestra historia reciente.

–   No te rías de mí – se puso serio y se acercó de nuevo a la ventana – Sabes que mi teoría será rechazada y enviada a la papelera unánimemente por todo el Consejo Superior: peligra hasta mí puesto en la Universidad…

–   No seas tan pesimista; has creado una corriente de pensamiento, que es más que elaborar una teoría. Has conseguido que un montón de personas presionen para que se investigue en la línea que tú has trazado – se detuvo buscando una cucharilla- ¡Despedirte! No se atreverán a tanto, aunque… – hizo una pausa y miró fijamente a su amigo – he oído que tal vez te sancionen. Lo siento Doc; no pasarán por alto el desafío.

–   ¡Estamos en peligro! No puedo callar después de tantos años viajando por la nada para lograr un mundo que nos acoja ¡Míralo! –despolarizó de nuevo la ventana con un gesto violento- ¡Es hostil! ¡No nos dará oportunidad alguna! – se volvió hacia su amigo – Doc… Tú has visto las pruebas conmigo, te las mostré antes que a nadie: todas las razas que han habitado este planeta han convergido a una. ¡Es como una maldición! –señaló con un dedo al exterior- Estas ruinas no las dejaron ni la primera ni la segunda ni la décima raza que ha vivido aquí; muchos fueron parias del universo, como nosotros que tuvimos que abandonar nuestro mundo. Doc… – miró fijamente al doctor- Tú y yo nacimos en una maldita nave espacial; por mucho que la llamáramos Colonia; nuestra casa era un camarote precipitadamente habilitado por nuestros abuelos para huir del desastre. Muchas de las razas que han habitado este mundo eran como nosotros. Algunas de ellas eran infinitamente más resistentes al cambio genético de lo que somos nosotros… y eso no les salvó – puso ambas manos en los hombros de su amigo- Doc… Tienen que entenderlo; Todas las razas con el tiempo terminaron siendo seres bípedos con simetría bilateral… y en eso es en lo único en lo que se parecieron a nosotros; en todo lo demás… ¡Dios mío! ¿Es que estamos ciegos?

El médico tomó las manos de su amigo y las apartó de sus hombros; no sabía qué decir. Las pruebas que una noche le presentó lleno de entusiasmo parecían consistentes con lo que decía, pero no encajaban ni con la medicina ni con la genética. Pretender que existía un factor ambiental que determinaba a cualquier forma de vida inteligente ajena al planeta a reencarnarse siempre en la misma raza, era poco menos que atribuir a ese mundo una conciencia casi divina. El Consejo no iba a pasar por alto esa aproximación al pensamiento religioso que tantos años había tardado en contener durante el viaje. Pelearon duro contra las sectas y religiones que dividían a los viajeros hasta lograr un pensamiento crítico y coherente con la situación anómala que estaban viviendo. Ahora, un arqueólogo sin conocimientos de evolución o de genética se sacaba de la manga un nuevo apocalipsis, un juicio divino que enfrentaría a todos contra todos hasta la destrucción final. Había grupos en la calle que presionaban a los gobernantes para que hicieran algo. Muchos de esos grupos no habían comprendido el asunto ni la trascendencia del mismo. Algunos pensaban que esa evolución era la razón de la existencia su propia raza; tenían que alcanzar un estado belicista que dictara quién vive y quién muere; achacaban a las razas que anteriormente lo habían intentado no ser “las elegidas”; para esos grupos aquellas eran razas inferiores con las que el planeta había ensayado lo que ellos llamaban “evolución planetaria”. Difundieron octavillas con la frase “El bienestar es el fruto de las batallas y matanzas”; hablaban del siguiente paso, que no sería otra cosa que magnificar el estado actual y convertirlo en una “evolución galáctica”. Otros grupos tomaban un camino diferente: postulaban que el Consejo nunca escucharía los gritos pero tal vez prestara atención a un susurro. Se habían constituido en hermandades herméticas que esperaban conseguir el favor del gobierno dándoles el trabajo hecho. Pretendían usar las Colonias en órbita como un repositorio para la raza; allí se guardarían ejemplares “puros” para refrescar la sangre de los habitantes cuando los síntomas de mutación comenzaran a hacerse evidentes. Ya habían juntado fondos y habían adquirido dos de las viejas naves que rebautizaron como “Perfecta” y “Pacífica”. En la primera querían crear un enorme banco genético con capacidad para replicar ADN y utilizarlo para eliminar los signos de cambio según fueran apareciendo; en la otra pretendían organizar un sistema de gobierno basado en el único código que, según ellos, era compartido por toda la comunidad: El código genético.

La voz de su amigo le sacó de sus pensamientos.

–   Tú tampoco me crees, ¿verdad? No te culpo – se dirigió al estante con las infusiones y comenzó a jugar con los sobres- Créeme; me gustaría, me encantaría estar equivocado; pero sé que no lo estoy. Tal vez me embarque en la Pacifica; me han ofrecido un cargo en su futuro gobierno y la garantía de que mi esposa y mi hijo vendrán conmigo. Además, me permitirán proseguir mis investigaciones.

–   Estás adelantando acontecimientos, Doc – interrumpió el médico- Llevamos aquí casi dos décadas y no se ha detectado ni  un solo caso de mutación que concuerde con tu teoría. Si algo bueno ha traído tu estudio es que se ha realizado un estudio genético de carácter universal; jamás tuvimos datos tan precisos de los cambios de la población a nivel molecular. Te garantizo que seguimos siendo lo que fuimos.

–   El cambio será instantáneo y masivo – rebatió el arqueólogo- No habrá aviso; mutaremos a toque de silbato – se dejó caer desmañadamente en una silla – No habrá tiempo, Doc… No lo habrá.

El buscador del médico iluminó uno de los bolsillos de su bata al tiempo que un zumbido avisaba de un mensaje entrante. El doctor se lo llevó al oído y escucho atentamente; por un momento una nube de preocupación cubrió su rostro, pero un segundo después levanto la mirada hacia su amigo con una sonrisa.

–   Bueno, Doc… ¡A trabajar!

–   ¿Seguro que todo va bien? He visto tu cara mientras escuchabas el mensaje…

–    Querido amigo… –dijo el médico mientras tecleaba hábilmente en su comunicador- Sabes que tu esposa tiene toda mi atención, pero este hospital tiene más pacientes y no todos vienen por algo tan bonito como traer un hijo al mundo – guardó el aparato en su bata- Me llaman de varios frentes, pero me han comunicado que tu esposa estará preparada en diez minutos. ¡Es lo bueno de los partos programados! No hay sorpresas – Dio la mano a su amigo y se encaminó a la puerta- Te veo dentro de un rato para presentarte a tu hijo. Relájate; ¡a partir de hoy vas a dormir bastante menos!

Relajarse no parecía posible en ese momento. Con la espada de Damocles sobre su empleo y un hijo llamando a la puerta el relax se antojaba inalcanzable. Volvió a ajustar la ventana hasta dejar la sala en semioscuridad  y decidió concentrarse en la llegada de su hijo. No había querido saber el sexo; su esposa y él querían disfrutar de la paternidad al máximo. Pensó en su padre; vio de nuevo como su ataúd era arrojado al espacio mientras se agarraba con fuerza a la mano de su madre. En ocasiones echaba de menos el perfecto orden de la Colonia; una vida monótona pero sin sorpresas… Tranquila… el sopor le vencía…

Se despertó en la más absoluta oscuridad; en el exterior la noche era pesadamente oscura; ajustó la ventana a la máxima transparencia pero únicamente logró ver las siluetas del terreno bajo la suave luminiscencia azulada que se desprendía del hospital; ninguna estrella colgaba del cielo. Miró apresuradamente su reloj y descubrió con inquietud que había pasado más de dos horas desde que el médico había abandonado la sala. Los servomecanismos de la puerta llamaron de nuevo su atención y una vez más el doctor atravesó el umbral: su cara lo decía todo: El médico bajo la cabeza sin querer que sus ojos se encontraran.

– No sé qué decirte, Doc; hemos hecho todo lo posible pero…- sus hombros se estremecieron- No ha sido suficiente. – Se acercó a la ventana para esquivar la mirada de su amigo- He tenido que decidir… He creído que tu esposa tenía más oportunidades que el chico… He actuado en consecuencia; pensando qué querrías tú. De verdad, Doc. El chico no tenía posibilidades, no hubiera vivido más allá de unas horas…Como mucho un par de días ¡Parecía que todo iba bien! – se le quebró la voz- ¡Lo siento mucho!

El arqueólogo no se había movido de la silla: estaba congelado. Aún tenía el brazo extendido y la manga recogida mostrando su reloj de pulsera; En la sala el aire parecía gelatina; denso, asfixiante. El procesador de soporte ambiental funcionaba, pero sus sentidos se negaban a reconocerlo. Casi le daba pena el médico; parecía que era él quien hubiera perdido un hijo. Tomó una bocanada de aire antes de hablar.

–   ¿Puedo verlos?

–   Tu esposa está sedada; estará bien, pero por ahora es mejor que duerma.

–    Esa es sólo la mitad de la respuesta, Doc. ¿Qué hay del niño?

–    Verlo no le devolverá a la vida; Ya has sufrido demasiado por hoy, créeme; verlo sería demasiado castigo.

–  ¿Cuánto hace que nos conocemos, Doc? – preguntó el arqueólogo –

–   ¿Qué pregunta es esa? – el médico giro la cabeza hacia él- Desde que nacimos; ¿Por qué lo preguntas?

–   Porque creo que me estás mintiendo.

–  ¡Te estás volviendo un paranoico! ¡Esto no es una de tus malditas teorías apocalípticas! Has perdido un hijo, las cosas no han salido bien, estás dolido, quizás hasta me culpes ahora… ¡Pero no consentiré que me trates así!

–   ¿Por qué te enfadas, Doc? ¿Dónde está tu fama de hombre contenido, de cirujano imperturbable? – se levantó lentamente de la silla- Ahora estoy seguro de que me ocultas algo; y lo voy a descubrir.

–   No digas tonterías; no estás bien. – el médico se colocó entre él y la puerta- Acabas de sufrir un enorme impacto emocional: eso es todo; intenta relajarte. Tu esposa te va a necesitar muy sereno: ha sufrido mucho; aún no sabe nada del chico. No se lo hemos dicho.

Antes de que el médico pudiera reaccionar lo esquivó y salió corriendo por el pasillo; recodaba el lugar al que habían llevado a su esposa. Encontró la habitación con facilidad.

Ella  yacía inconsciente entre una maraña de cables y tubos que conectaban su cuerpo con un pupitre lleno de luces parpadeantes. Reconoció el ritmo firme del electrocardiograma y respiró  tranquilo al ver que estaba viva. Estaba tomando su mano cuando un ruido llamó su atención. No se había fijado en el pequeño nicho que había en un lateral de la habitación; prestó atención. El ruido se repitió y ya no tuvo dudas: era el llanto de un niño. Temía lo que se pudiera encontrar. Lentamente apartó la sábana que cubría al niño. Las rodillas le fallaron cuando vio lo que había en la cuna.

–    Te dije que no lo hicieras, sonó la voz jadeante del médico desde la puerta- Aléjate de él, por favor…

Lo hizo; poco a poco se plantó delante del espejo del baño abrió el grifo y se refrescó la cara.

–   Sabía que la mutación estaba a punto de comenzar… pero no esperaba esto, Doc. ¿Has visto sus manos? Tienen… ¡tienen cinco dedos! Y sus ojos…- rompió en llanto- …Dos horribles ojos azules… ¡Azules!

Intentó serenarse: rebuscó en el bolsillo hasta encontrar un pañuelo y lentamente comenzó a secarse las lágrimas que manaban de su amarillo y único ojo.

Written by aitztv

7 marzo, 2015 at 5:33