Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Lawin

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lawin_16101806Son la siete de la mañana. La gente refugiada se despereza mientras recorro los cincuenta metros que separan la entrada principal de la sala de control de producciones. Conozco a casi todas esas personas. Son familiares de los trabajadores que han venido a pasar la noche ante el riego de que el tifón se lleve sus casas de bambú y nipa. Para otros el riesgo es el mar. Dicen, los rumores son más veloces que las noticias, que el nivel ya se ha elevado cinco metros y que es posible un tsunami. Cuando vives a cincuenta metros de la playa no es lo que te gustaría escuchar.

De todos modos este leviatán ha llegado por detrás, y es de agradecer. Las estribaciones de la Sierra Madre a nuestra espalda han atemperado su furia, y nos ha alcanzado con viento y agua, pero no ha podido obligar al mar a abandonar su lecho y lanzarse contra nosotros.

En mi camino oigo llantos. Los niños se despiertan sorprendidos y se asustan al no reconocer sus cunas y habitaciones. Están en un hangar oscuro y poco amistoso. El techo les mira desde más de treinta metros de altura y el viento aún hace sonar con violencia el tejado metálico que, sin embargo, ha soportado incólume la violencia del huracán.

No hay electricidad, ni teléfono, ni tan siquiera agua corriente. El pueblo ha sido desmembrado, descordado por decreto de la naturaleza, y sus venas y nervios cercenados de modo que sus miembros son incapaces de comunicarse entre sí.

Me asomo a la puerta, mejor dicho, al hueco de la puerta ya que esta ha volado por efecto de la presión del aire durante la noche. El mismo destino a sufrido el techo de la habitación donde duermo, que se ha desprendido como una hoja de otoño, con la delicadeza de no caer sobre mí. Luego recogeré los destrozos.

En el exterior, las bananeras están destrozadas, descuartizadas sobre el suelo como los cadáveres de una guerra vegetal. Los cocoteros intentan sobrevivir; se tumban y se levantan al son de ráfagas de viento que han llegado superar los dos dígitos durante muchas horas. Alguien avisa para que me aparte. Veo venir un trozo de techo metálico, retorciéndose en el aire como si fuera una criatura viva, pero no lo es. En realidad se ha convertido en una guillotina libre del suelo. Casi parece que tiene criterio, y me da la impresión de que si salgo vendrá a por mí. Busca carne y no la encuentra, y termina por saciar su rabia contra el tronco de un árbol del que arranca más de la mitad de su diámetro de un único bocado metálico (¿dónde estarán la mariposas?, pienso sin venir a cuento).

El aire: una nada necesaria. Este aire está maldito. Arrastra vida y miseria, y mucha muerte. No va a levantar hojas como en otoño, ni va a dibujar espirales en el espacio con los restos del verano. Este aire es culpable. Ha llegado hasta aquí cercenado vidas, desguazando moradas. Nunca las de los ricos, sino las de los menesterosos. Viene arrastrándose sobre las cimas de los montes a las que deja huérfanas de su piel vegetal para mostrarse obsceno a nuestros ojos.

Decido vengarme. Voy a atravesarlo, me voy a colar en sus entrañas y dividirlo con la única arma de mi cuerpo. Me voy a enfrentar a él y voy a ganar. Me enfundo un traje de agua y pongo mis cuatro cosas en un macuto, y en un arrebato de pesimismo le digo a mi compañero de cuarto que si no vuelvo, todo lo que allí queda es suyo. No sé si me cree, pero su sonrisa torcida muestra la duda, la gran duda, toda la duda.

El impacto es brutal en los primero pasos. El traje de agua gualdrapea en mis oídos como las velas de una embarcación mal gobernada. El aire es cálido, y trae gotas de agua que arranca de los charcos del suelo. Me tambaleo, pero doy un paso, y después otro. Estoy avanzando, penetrando la piel de la bestia que logra sacudirme pero que no consigue tumbarme. Estoy asustado. Pienso en qué ocurrirá si me tira al suelo y me arrastra, pero sigo en pie, y en ese momento, me doy cuenta de que puedo ganar. Fijo mi meta siete kilómetros más adelante. Supongo que se da cuenta, porque arrecia con saña, pero estoy decidido.

Voy tomando confianza. Estoy conociendo su lenguaje. Él tiene la ventaja porque viene de mi espalda, así que si lanza hacia mí algo mortal, no voy a verlo venir. Confío en que después de tantas horas acechándonos, no le queda nada que tirar, pero nunca se sabe.

A la mayoría de las palmeras le falta la mitad de su copa, y las enormes nueces de coco rebotan en el suelo como si fueran pelotas de baloncesto. El suelo está cubierto de ramas que cambian de sitio al capricho del viento. Los campos de arroz y los manglares no se distinguen los unos de los otros, ambos anegados en aguas del color del café de los hospitales. En medio de una terraza veo  un búfalo de agua, imperturbable con su media tonelada de carne. ¡Loco!, leo en su mirada, ignorante del hecho de que él y yo estamos subidos en el mismo barco.

Enfilo una recta resguardada por la ladera de una colina. Allí la gente se ha atrevido a salir a la calle. Han extendido sus cosas, sus vidas, sobre la parte menos húmeda confiando en que se sequen. Así funciona esto. No ha terminado la fiesta de la destrucción, pero ellos ya comienzan a rehacer sus chozas, como las hormigas reparan sus hormigueros una y otra vez, desastre tras desastre. Saben que vendrán más, muchos más, y entonan la canción de su existencia levantado sus moradas como Sísifo arrastraba la roca a la cima de la montaña, sólo para verla caer de nuevo.

Niños, ancianos, jóvenes… Sus enseres sólo parecen cosas y ellos sólo parecen personas, pero no es cierto. Son parte del viento, son hijos de los huracanes que dividen sus existencias y las arbitran mejor que el calendario más exacto. Ese colchón donde engendraron sus hijos, el puchero del que comen con la mano todos ellos, ventiladores que pasan de generación en generación… Una historia en cada cuneta secándose a un sol que no acaba de salir.

Doblo un recodo y es como darme con una pared. El viento entra por el valle fluvial como un cañón. Ruge entre los árboles que aún se mantienen en pie y me hace tambalearme. Intento caminar y no puedo, el aire es como un imán que elige la dirección por mí, e intentar avanzar es una rebeldía fútil. Por un momento siento que me despego del suelo, que voy a volar. Los cierres del traje de agua pugnan por abrirse y uno de ellos cede arrancando el plástico en el que estaba embutido. Noto las piezas metálicas, que me golpean las piernas como si fueran las cabezas de un látigo. Me dejo caer mientras busco la posición que ofrezca menos resistencia al cuerpo. Veo volar algunas ramas sobre mí y, de repente, como comenzó, el aire se calma y el viento, aunque recio, se vuelve tolerable. Aprovecho esa calma relativa para atravesar el resto del valle y refugiarme en el siguiente recodo.  Ahora me toca enfilar una recta bastante complicada. Voy a estar expuesto al mar y al monte  a partes iguales.

La playa es una especie de estercolero. Las aguas que han bajado del monte  han arrastrado  gran cantidad de escombros, restos vegetales y barró, contaminando el agua de un enfermizo color marrón traslúcido. La arena está llena de troncos y de todo aquello que el mar se ha negado a digerir, pero lo más impresiónate es el oleaje.

Las olas no vienen hacia la costa, sino que se mueven de forma perpendicular a ella, de Oeste a Este, como si ignoraran la playa y toda la costa. Aunque desentrenado, mi ojo, antes marinero, me permite calcular que el viento está por encima de los cuarenta nudos, y arranca rizos de espuma sucia a las cimas de las murallas de agua que corren sin acercarse a la orilla. Es espectacular, por no puedo permanecer allí mucho tiempo, El aire trae la arena coralina y se me clava en las piernas.

Estoy solo y me gusta. Este paseo me trae a la cabeza las tribulaciones de un Benjamín Driscoll atado al planeta Tierra. Me siento un explorador de lo imposible, yendo valientemente donde no muchos se atreven aunque sé que no lo hacen porque, en realidad, no merece la pena.

El viento me golpea de nuevo desde la sierra. La carretera esta festoneada de cocoteros y veo que estoy cometiendo un error al alejarme de ellos. La mejor manera de que no te golpeen las ramas desprendidas es precisamente estar bajo ellas. La otra linde del camino te puede convertir en un muñeco de «pim-pam-pun» en cualquier momento.

Algunas casas parecen esqueletos de dinosaurios asomando sus huesos desde las entrañas de la tierra. Sí hubo alguien dentro, el tifón se ha encargado de borrar sus huellas. Nada evidencia que alguien haya vivido allí jamás, aunque me consta que era así. Imagino a esas personas en el gimnasio municipal, en realidad una cancha de baloncesto cubierta, escuchando al viento golpear el tejado metálico tal vez con sus propios muebles. Más niños asustados en una noche eterna.

Apuro la recta hasta alcanzar una zona más tranquila. Allí los vecinos han comenzado a reconstruir su miseria. Me duele pensar en ellos en esos términos, pero es la realidad. Construirán una casa nueva que no diferenciará en nada de las que han sobrevivido al huracán. Nacerá envejecida, con vocación de ruina en su bloque hueco y desnudo, sin recibir una triste mano de pintura, como la hubieran castigado por ser la herencia de la tormenta. Pienso que no sé por qué me preocupo: a ellos les da igual, sin embargo, me duele ese conformismo casi religioso con el que enfrentan la vida. Para ellos los cambios no son oportunidades, sino algo que hay que olvidar cuanto antes para que todo siga igual.

Otra vez el aire, arremolinando vidas.

Me siento empujado, impelido a abandonar la escena, porque el viento sabe que no he sido invitado. Soy un intruso, el advenedizo que no se quedó en casa durante el tifón, Aún me obliga a clavar la rodilla en el suelo dejando parte de la piel en el movimiento, pero el aire está ya pataleando. Sabe que ha perdido.

La última recta a mi destino la hago sin prisa y sin miedo. No puede pasarme nada, lo sé.

Entro despacio en una habitación de alquiler. El sudor corre bajo el plástico que me ha protegido del agua. Se escurre pos mis piernas y me pregunto por qué me escuecen tanto. Descubro con sorpresa que de rodilla para abajo estoy lleno de sangre. Los múltiples golpes de la arena coralina me han acribillado y no me he dado cuenta. No es nada, sólo la señal de lo que podía haber pasado. Tengo el pelo también lleno de arena, igual que los pliegues del traje de agua.

Me siento en un poyete a ver llover. La tormenta me ha respetado durante las casi dos horas que he caminado bajo su manto, como si discrepara con el viento sobre mi destino.

Me ofrecen un vaso de agua.

Lo suelo rechazar, no sé de dónde procede, pero hoy no.

Hoy me siento inmortal.

Written by aitztv

21 octubre, 2016 at 16:21

Antología de relatos huérfanos

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AUTOLOGIA“No es una poseía gota a gota pensada” decía Gabriel Celaya. Así es. “Antología de relatos huérfanos” es una recopilación de relatos que habéis leído aquí en su mayoría, ordenados en un ebook para vuestra comodidad, y -por supuesto- gratis. Es mi intención ir publicando regularmente esos relatos que van quedando descarriados. Considerad éste que aquí veis, el primer volumen de una serie.
Espero que os guste.

Lo podéis encontrar y descargar en Lektu en este enlace.

https://lektu.com/l/juan-manuel-sanchez/antologia-de-relatos-huerfanos/5557

 

“Conocí Juan Manuel Sánchez Villoldo más o menos en 2014 cuando comenzamos a trabajar en la antología “Hijos del mal” de Vuelo de Cuervos. He visto su evolución, que es espectacular, y me siento una privilegiada al conocerle como persona y saber que hay en él un gran amigo para mí. Hace unos días me dijo que iba a sacar a sus “pequeños huérfanos” del cajón. Le ofrecí mi ayuda y le deseé suerte, aunque esta última no la necesita porque es un tío que lucha por lo que de verdad quiere y pelea en esta jodida vida que nos ha tocado soportar. El lunes salió en Lektu una antología de su puño y letra que os puedo asegurar: no defraudará a nadie. Podría decir muchas cosas más pero quiero que las descubráis por vosotros mismos, porque muchas veces se conoce a un escritor por como escribe y ambos, en este caso, son maravillosos.
Si de verdad os consideráis lectores, si de verdad apoyáis a los que empiezan, descargad esta antología. No sólo ayudaréis a un muy buen escritor, si no que además, disfrutaréis muy mucho con la lectura.”

(Lorena Raven: escritora y directora de la revista digital”Vuelo de cuervos”)


 

“No podéis perderos esta antología de tamaña gran persona y excepcional escritor. Un crack D. Juan Manuel Sánchez Villoldo. Sigue así Señor. Conseguirás lo que mereces ”

(JM Segura: artista gráfico)


 

Written by aitztv

17 agosto, 2016 at 2:39

“La llave”

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Yo tenía sólo nueve años: ella siete, bueno…, casi. Estaba en la linde de aquel camino polvoriento que yo recorría a diario hasta la granja de mis tíos con una cántara de leche vacía. Yo se la dejaba cada tarde y mi madre la recogía, llena, cada mañana, antes de que yo me levantara.

El primer día no la miré. ¿Una niña? ¡Ni hablar! Me esperaban mis amigos con el balón para apurar las últimas luces del día antes del perceptivo baño, antesala de cena y cama.

El sol de septiembre se precipitó veloz tras las montañas que le fueron devorando a mordiscos hasta dejar una agradable penumbra, sólo rota por la agonizante luz de mi bicicleta.

Así la fui viendo un día tras otro, hasta que el verano murió en los brazos de los cólquicos y el otoño entró casi sin querer, como pidiendo permiso. Para entonces ya éramos novios. No “novios de esos de verdad”, no: mi madre se reñía mucho con eso. Pero los años pasaron y seguíamos juntos, Y así fue durante los siguientes cuarenta años.

Me acuerdo que una vez ella me preguntó si le quería y yo contesté que sí.

—¡Demuéstramelo! —me pidió con una sonrisa.

Cuando no tienes nada, es difícil hacer demostraciones.

—¿Me quieres más que a tu bici? —me preguntó mirándome por el rabillo del ojo.

—¡Claro que sí! —me había dado la solución, sin querer, al problema.

Rebusqué en mi bolsillo hasta encontrar una llave pequeña. Pertenecía al candado de mi bicicleta. Se la entregué sin dudarlo. La miró un instante, como evaluando el significado de mi gesto. Después, en un arranque de sincero cariño, se alzó sobre la punta de sus pies, me dio un beso fugaz en los labios y salió corriendo. No volví a ver aquella llave en mucho tiempo.

El día de nuestra boda, muchos años después, cuando acudí a rescatarla de los brazos del padrino a la puerta de la iglesia, un reflejo en su cuello me llamó la atención. ¡Allí estaba mi llave! La había bañado en oro y relucía como una estrella arrancada del cielo. Allí la vi esa noche, sobre su garganta mientras perpetrábamos el acto de amor más sincero que la vida me ha concedido.

Pasada esa noche perdí de nuevo de vista a la llave durante muchos años.

La vida fue pasando y, entre amores y desamores, algo se fue rompiendo entre nosotros. La rutina, los celos…, tal vez el simple hastío de llenar un día con los restos del anterior, fueron arrancando la delicada piel de nuestra unión.

Hoy, más de cuarenta años después de aquel viaje en bicicleta con la cántara vacía, he visto la llave. Estaba sobre la mesilla de noche cuando he llegado a casa. Junto a ella, una lacónica nota: sólo cinco letras.

“Adios”

Written by aitztv

5 diciembre, 2015 at 14:21

Tres Reyes y una madre

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Baltasar abrió la carta de Juan y Luisita y se llevo una enorme sorpresa: Juliana, la madre de ambos, había colado una nota personal y manuscrita a su atención. Cuando terminó de leerla, tras unos minutos de reflexión, llamó a sus compañeros y les pidió su parecer. La carta decía así:

Estimado compañero Baltasar:
Lamento no poder tratarle de Majestad, pero para mí la monarquía es una institución anacrónica que ya debería de haber sido sustituida por un modelo de gobierno más actual. Pero de todos modos no le escribo por eso.
Yo soy una madre preocupada por sus hijos a quienes doy –como debe ser- lo que considero mejor para ellos. Les he acostumbrado a la dieta vegana, porque no quiero que comiendo carne contribuyan al sufrimiento de los pobrecitos animales. También les he educado en el reciclaje. En esta casa no entra nada que no pueda ser utilizado al menos un par de veces, además me encargo personalmente de que lo que no se puede reciclar no produzca residuos peligrosos para el medio ambiente. En mi casa todo ha de ser natural, sin “químicos” de esos que tanto perjudican la salud de todos, aunque hay algunos que se las dan de científicos o de escépticos y que no entienden el peligro que corremos todos los días por los productos de laboratorio que nos meten en las comidas. Tampoco quiero que mis hijos se eduquen en los roles preestablecidos por el sistema, ya sabe. Si es chica, muñeca, si es chico Bbalón. ¡Ni hablar! Los juguetes deben ser unisex, que es lo correcto. Respecto al racismo, ya se puede imaginar usted por qué mis hijos han elegido –solidariamente aconsejados por mí- el rey de color, vamos, el negro; usted. 
Esto que yo llevo a rajatabla todo el año queda destruido por ustedes cada noche de Reyes, porque –con la excusa de que son buenos chicos y buenos estudiantes- ustedes les traen todo lo que piden. ¿Qué van a saber ellos lo que les conviene? ¿Cómo se fían ustedes del criterio de unos niños de nueve y once años? ¿Qué saben ellos qué es bueno y qué no lo es? Están ustedes inmiscuyéndose en la educación de mis hijos. No lo voy a consentir más.
Confío en que este año presten atención a los que les he contado y no a los deseos de unos mocosos que no saben lo que les conviene. Así pues, en lugar de lo que hayan pedido, van ustedes a traer algo útil, reciclable, que no subestime a los de otro color – vamos, a los negros como usted- y que además sea algo natural (nada de plásticos ni cosas parecidas), respetuoso con el medio ambiente y no deje residuos perjudiciales cuando ya no sirva para nada.
Saludos.
Juliana”

Baltasar levantó la mirada hacia sus compañeros.

– ¿Tenemos algo de eso? –Preguntó en voz baja-
– No podemos ignorar los deseos de una madre –dijo Melchor, contrariado-
– Creo que tengo la solución –añadió Gaspar con una sombra de pena en la mirada- Tenemos que aplicar la Solución Final.

Melchor y Baltasar respingaron, pero se dieron cuenta de que no podían hacer otra cosa.
Ese año los Reyes Magos -muy a su pesar- Llenaron con carbón los zapatos de Juan y de Luisita

 

Written by aitztv

6 enero, 2015 at 14:55

Publicado en Literatura, Prosa, relato, reto, Viajes

“Lumason”

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caracolAquel hombre parecía realmente enfermo. Cuando le encontré, tirado en una cuneta hubiera podido pasar por un saco de escombros arrojado por algún desalmado por ahorrarse un viaje al vertedero. Aún no sé la razón por la que me acerqué hasta él y pude salvarle de una muerte segura. Le llevé como pude hasta mi casa, en realidad una vivienda temporal, cerca de Locronan en la Bretaña francesa. Apenas era una cabaña de madera, aunque me había asegurado de que no faltara una buena chimenea que me ayudara a superar con éxito aquel desierto de nieve que era el invierno francés.

Puse un par de troncos para alimentar el fuego y descargué aquel cuerpo que había transportado sobre mis propios hombros. Lo deposité sobre la alfombra tras comprobar que no tenía nada roto. Mis conocimientos de medicina no iban más allá de mis veranos de socorrista cuando era estudiante, pero me sirvieron para constatar que no había huesos rotos. Tampoco se veían heridas abiertas y —aunque respiraba con dificultad— no parecía tener fiebre. Necesitaba quitarle la ropa para ver el resto de su cuerpo pero había un problema: apestaba. Fui hasta el cuarto de baño para ponerme un par de guantes de látex. No me arriesgaría a tocarle con las manos desnudas. No, mientras no recibiera un buen baño. Escuché un ruido proveniente de la sala.

Volví sobre mis pasos y vi que el hombre estaba despierto. Había abierto un sucio macuto y de él había sacado varias cosas. Me acerqué y ni tan siquiera se volvió a mirarme. Le vi dibujar de forma frenética sobre un mapa en el que parecía mentira cupiera un solo trazo más. Observé que tenía a su lado un libro que había envuelto en papel de estraza. Era un libro antiguo, en francés, que recogía resúmenes de los estudios de Palissy, según yo entendí en su título. Me llamó la atención un detalle. El libro era realmente antiguo pese a mostrar un buen estado de conservación. Pude ver en su lomo el número diez y nueve escrito en números romanos. Aquel ejemplar tenía casi doscientos años. Alargué mi mano para tomarlo, pero el hombre reaccionó como si hubiera pisado un cable pelado. Se abalanzó sobre el libro y no me permitió ni siquiera tocarlo. Se arrastró con el libro entre los brazos hasta una esquina y me lanzó una mirada enfermiza, de las que evidencian que en el interior de la cabeza de aquel pobre diablo algo no funcionaba como era debido.

La spirale! —grito tan fuerte que yo casi no le comprendía—  La spirale est la réponse!… La solution!… Je suis très proche!… Très proche!…

Intenté tranquilizarle con mis mejores palabras y me temo que con mi peor francés, porque cada vez que yo le decía algo él gritaba más alto. Intenté acercarme hasta él, pero reaccionaba como si yo fuera a estrangularlo o algo peor. Sé me ocurrió un poco de psicología inversa. Me levante del suelo y me moví hasta un aparador en el que guardaba algunas botellas. Tomé una copa y me serví un coñac. No era de marca, pero el invitado tampoco parecía muy exigente. Encontré también un par de bolsas de almendras tostadas que abrí y serví en una fuente pequeña. Me senté a la mesa con mi copa y me lancé con gesto exagerado un par de almendras a la boca. Las mastiqué tan ruidosamente como pude; un camello no hubiera mejorado mis movimientos de mandíbula. Mientras hacía esto no quitaba ojo a mi invitado. Intentó ignorarme, pero al cabo de un par de minutos y varias almendras más le vi cómo pasaba la lengua por sus labios resecos. Tomé una copa vacía del aparador y serví un poco de licor. arrimé la copa al extremo de la mesa más próximo a él. Hice lo mismo con las almendras. Añadí al escenario una silla y le hice un gesto para que la ocupara. El hombre metió todas las cosas con descuido en su bolsa mugrienta y se acercó poco a poco. Se sentó en la silla mirándome de reojo. Alargó su mano hasta las almendras…

-¡Ejém!—solté con voz reprobatoria—

El hombre retiró la mano como si las almendras quemaran. Debo reconocer que en fondo la situación era divertida. Dos veces más intentó acercarse a las almendras y en todas ellas le detuve con un carraspeo. Puse de nuevo las almendras de mi lado de la mesa. Él bajó la cabeza. Era un hombre mayor, quizás un anciano. Llevaba una larga barba blanca muy descuidada y hacía muchos meses de su último corte de pelo. En su cara, sucia como la de un carbonero,se encendían dos ojos azules tan claros que casi hería mirarlos. Me estaba empezando a sentir mal, torturando a aquel hombre que ni siquiera conocía, pero entonces él colaboró.

Abrió el macuto y sacó de nuevo el libro y lo puso sobre la mesa. Le quitó el papel de estraza como quien quita la ropa a una amante y lo colocó junto a mi. Fui a tomarlo.

– ¡Ejem!—ésta vez fue él quien carraspeó—

Levanté la mirada y me encontré con sus ojos y una sonrisa pícara asomando entre la mugre. Le acerqué el plato de almendras con una carcajada. Fui de nuevo a por el libro.

– ¡Ejem, ejém, ejem!… — me recordó que su copa aún estaba vacía—

No hablamos más.

Esa noche yo apuré el libro sobre Palissy y él la botella de coñac. No sé quién terminó peor de los dos.

A la mañana, previo paso por la bañera, el hombre había recuperado su color natural y su aspecto de duende había tornado en una venerable ancianidad. Si no fuera por el chándal que yo le había prestado —tres tallas mayor que él— se podría decir que hasta tenía cierta hechura de sabio clásico. Pese a todo era muy difícil sacarle una palabra. Le interrogué sobre el libro de Palissy, que él ya había recuperado y guardado en su sucio macuto, pero no obtuve ninguna respuesta. Siempre repetía lo mismo una y otra vez.

La spirale! L’hélice! … Serpent! … La solution!

Y no había modo de sacarle de ahí.

El libro no me había dado respuestas. Era una recopilación primorosa de parte de la obra escrita de Bernard Palissy, ceramista y geólogo, y uno de los primeros en intentar entender el misterio de los fósiles. También era protestante, lo que le concedió el honor de morir abandonado en una celda cuando ya era un anciano.

En el libro se hablaba de los procesos, casi alquímicos para la época, con los que conseguía porcelanas blancas como la nieve o policromías como nadie había sabido crear hasta entonces. Pero una gran parte de aquella recopilación era un estudio sobre las conchas de diferentes animales marinos, extintos o no, al que no dí más importancia que al interés de aquel artista por adornar sus creaciones con motivos naturales. Lo cierto es que dedicaba muchas páginas a reproducir con minuciosidad las conchas de las amonitas y la de los modernos nautilos. Por todas partes se veían anotaciones, casi todas referentes a traducciones de los nombres del latín a las versiones más modernas de los idiomas actuales. Los diferentes tipos de letras y los utensilios usados para escribir, mostraban a las claras que aquel volumen había pasado por muchas manos a lo largo de sus casi dos siglos de existencia. Había trazos de pluma y tintero, de lápiz, bolígrafos y hasta textos obtenidos con una imprentilla manual. Pero lo más curioso del libro era que tras dedicar la mayor parte del texto a las láminas y explicaciones de los diferentes animales con concha, terminaba con el dibujo de una babosa de tierra: Un limaco.

Pregunté a mi visitante por ese extremo y sus ojos se encendieron como dos luciérnagas. Se puso de pie y comenzó a bailotear por la sala mientras repetía una y otra vez:

— Enfin quelqu’un qui semble comprendre! Merci à la Providence de sortir de les idiots! — mientras movía su cuerpo como si hubiera metido los dedos en un enchufe—

Le pregunté de todas las formas posibles qué era lo que yo empezaba a comprender y quiénes eran aquellos idiotas de los que la divina Providencia le estaba alejando, pero —lejos de prestarme ninguna atención— tomó de nuevo su bolsa y esparció su contenido sobre la alfombra. Vi de nuevo el libro en su envoltura, el mapa lleno de líneas y el resto de sus escasas pertenencias. Se detuvo y me miró a los ojos. Se levantó dejando la bolsa y trazó con su índice en el aire un ángulo con el vértice hacia arriba y al momento otro en la posición opuesta.

La cara de idiota que se me quedó debió ser antológica. Aquel parias comenzó a reír como si le estuvieran haciendo cosquillas. No pudo parar hasta que las lágrimas se le escaparon mientras le goteaba la nariz. Después de un buen rato miró al cielo:

–  N’a pas d’importance!

Tomó el mapa del suelo y lo extendió sobre la mesa. Era una mapa antiguo, aunque no tanto como el libro. Me fijé en las líneas que aquel hombre había trazado. Estaban pintadas, borradas y vuelto a repintar un montón de veces: unas sobre otras con ligeras variaciones entre ellas. Igual que el libro, el mapa estaba lleno de apuntes de diferente puño y letra. Estaba seguro que si un forense peritara aquel documento y el libro encontraría que en el paso de los últimos años las mismas personas habían llenado de glosas los márgenes de uno y otro. En cualquier caso el resultado era el dibujo de una espiral bastante irregular. Faltaban un par de espiras para poder saber cuál era su origen… o su final. Dado que la espiral no era perfecta no era posible predecir un punto exacto. De todos modos era una espiral sin duda alguna, y eso explicaba parte de los delirios de mi invitado cuando lo recogí de una cuneta.

En varios puntos del mapa había dibujos que se correspondían con las láminas del libro de Palissy. Parecían determinar lugares concretos. En el centro estaba reflejada la misma babosa que cerraba el libro.

En ese momento caí en la cuenta de que aún desconocía el nombre de mi excitado amigo. Se lo pregunté mientras el me señalaba frenéticamente el limaco en el mapa dando rítmicos golpecitos con su dedo índice.

Lou Massón —me respondió sin dejar de toquetear el mapa—

– ¡Encantado, Lou — tendí mi mano suponiendo que se llamaría Louis o algo parecido—

Je ne me appelle pas Lou! Oh mon Dieu! Il peut être plus stupide?—respondió más contrariado que enfadado—

Iba a protestar por haberse atrevido a llamarme bobo, pero él no me dio tiempo:

Ce est le “lumason”! Mon nom n’a pas d’importance!—dijo con un gesto negativo de su mano— “Limace”…“Lumason”… Vous ne comprenez pas? No lumason: Mason Lu… “Albañil de Lu” —pronunció por fin en castellano

Me encantaría decir que con eso quedó todo aclarado, pero mentiría. En honor a la verdad lo del “Albañil de Lu” me dejó aún más confundido que antes. ¿Qué me quería decir aquel hombrecillo?

Volví la mirada al mapa y me fijé en un detalle. Todos los puntos importantes que trazaban aquella espiral se correspondían con pueblos franceses cuyo nombre empezaba con la letra “ele”.

– “Ele” de Lu— dijo sin dejar de mirarme—. “Ele” de Locronan—remató la frase con gesto satisfecho—

“Está como un cencerro” pensé mientras me comenzaba a arrepentir de haberlo recogido de la cuneta el día anterior. Pero le presté atención una vez más. Me estaba diciendo que el limaco, ”limace” en francés, toma su nombre del transporte a dicha lengua de “El albañil de Lu” que se traduciría como “Lumason”.

Miré de nuevo el mapa y empecé a atar cabos. Lumason es el único caracol sin concha, porque su concha —según la teoría de mi ínclito invitado—  está trazada sobre el mapa de Francia, donde describe una espiral que a su vez está definida por diferentes poblaciones cuyo nombre comienza por “ele”: Lyon, Luz-Ardiden, Limoges, Loches, Lannion, Landernau, Lampaul-Gimiliau… Desde los pirineos hasta Normandia, poblaciones, comunas e incluso lugares ya desaparecidos trazaban aquella curva. Irregular, rota en algunos puntos, pero sin duda alguna una espiral perfectamente definida. Todos aquellos lugares guardaban en su inicial la adoración a Lu, fuera quien fuera el tal Lu, sobre quien no había oído hablar en mi vida. En cualquier caso quedaba claro que la imagen de Lumason, la babosa, coincidía con Locronan, lugar en el que nos encontrábamos en aquel momento. Como si me hubiera leído el pensamiento, mi visitante tomó un lápiz y señaló Locronan en el mapa. Como por ensalmo todo cobró sentido. Los puntos que quedaban inconexos sirvieron  de hitos para trazar la última curva. No había duda. Era un punto no muy alejado de Locronan el destino del viaje de aquel hombre… y del mío, porque yo acababa de decidir que le acompañaría a ver qué era eso tan importante que le había hecho recorrer toda Francia hasta situarle al borde del abismo de la locura.

Demain nous irons. Ce est le jour choisi! —dijo sin disimular su alegría—

Por mi parte me pareció perfecto que mañana fuera el día elegido. Me daría tiempo a prepararme y a dejar resueltos un par de asuntos de índole personal.

Tras almorzar, mi compañero mostró claros síntomas de cansancio. Me pidió que le acercara el macuto y de un bolsillo extrajo un frasco de pastillas. Era un potente vaso dilatador. Comprendí que aquel hombre estaba muy enfermo. Padecía sin duda una insuficiencia cardiaca y dada su edad en cualquier momento podía tener un problema serio. Solo esperaba que no se me muriera en casa.

Mientras el descansaba, abrí mi portátil e inicié una búsqueda para recabar información sobre el tal Lu. Casi todos mis intentos terminaban en una conocida fábrica de galletas. Si introducía el término “historia” me aparecía la historia de la fábrica, si introducía la palabra “Francia” me ocurría otro tanto. Tuve que discurrir un poco antes de que se me ocurriera unir “Lu” y “Mitología”: ¡Bingo!¡Lo tenía!

Me perdí durante unos minutos entre paranoicos hablando de hombrecillos verdes y sesudos documentos sobre la escritura cuneiforme antes de llegar a una explicación fácil de comprender. Lu era el primer hombre, Para algunos un líder y para otros un símbolo del hombre original, mejor dicho, del hombre primordial. Algo así como el primer ser creado por los dioses para servirles. Me abstraje lucubrando sobre la escasa originalidad de las religiones. Todas estaban cortadas por el mismo patrón, empeñadas en demostrar que el hombre es la obra maestra de dios, del dios de turno, para después aceptar que fue creado como esclavo y sirviente. Intenté que la red me ofreciera información sobre cómo conectar a Lu con los albañiles, pero no encontré nada. Alguien habló a mi lado.

– Visite l’intérieur de la Terre et en te rectifiant tu trouveras la pierre cachée

Me acababa de llevar un susto de muerte. Estaba tan envuelto en la búsqueda que no había oído levantarse a mi invitado. Ante mi cara de desconcierto tomó el ordenador y tecleó con una habilidad inesperada la frase que acababa de decirme en francés. Al momento apareció una página web sobre la francmasonería. La frase era una de las explicaciones dadas para el anagrama “VITROL” en el latín original: “Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”.

Tomó de nuevo el mapa que aún seguía sobre la mesa y señaló de nuevo el dibujo de Lumason.

El asunto me estaba empezando a superar, pero mi curiosidad era tal que no podía abandonar lo que para mí ya se pergeñaba como una aventura en el mundo del espíritu. Sin embargo. aún había demasiadas cortapisas.

– Lo lamento —comenté sintiendo una sincera desilusión— Soy ateo. Ni creo en dios alguno ni pertenezco a ninguna organización religiosa…

La franc-maçonnerie ne est pas une religion! —contestó como si le hubieran herido con un látigo— Nous cherchons seulement la vérité!

Bueno —repuse— Respecto a eso podríamos decir que todas las religiones dicen buscar la verdad…

Non, vous avez tort. Religions prétendent posséder la vérité. Nous la cherchons. Ce est très différent!

Se levantó de la silla y se dirigió de nuevo al cuarto que le había asignado.

Vous devriez vous reposer. Demain, nous allons commencer très tôt.

Cerró con un portazo.

Me acerqué hasta la puerta y le grité desde fuera

– ¡Muy bien, viejo loco! ¡Me voy a descansar!¡Pero que sepas que tampoco soy masón!

Abrió la puerta a tal velocidad que pensé que me había estado esperando.

Oh… Oui, vous êtes! Je ne sais pas parce que vous n’êtes pas un Initié!— y dio un nuevo portazo—

Me quedé pensando qué quería decir con eso de que yo era masón pero no lo sabía. Aquel hombre era un saco de sorpresas.

Con todo eso en la cabeza decidí que tal vez tuviera razón y fuera mejor descansar.

A la mañana siguiente no habían dado las seis cuando me levantó de la cama. Corría de punta a punta de la casa como cuando liberas a un perro atado. Se puso y se volvió a quitar la chaqueta media docena de veces. Lo mismo hacía con el macuto, que pasaba de su hombro a la silla o al suelo cada ocho segundos más o menos. Yo desayuné tan tranquilo como pude mientras él se movía a mi alrededor como un enjambre de avispas.

El día era propio de la entrada del invierno. La humedad flotaba en el ambiente en forma de aguanieve y los caminos aún estaban helados y oscuros. No llevábamos ninguna brújula ni instrumento de orientación alguno, pero él caminaba con seguridad. De vez en cuando sacaba una libreta y consultaba algunas notas. No le vi dudar ni una sola vez. Ese mismo día comenzaba el invierno y no sé por qué, yo tenía la impresión de que la fecha era importante. Caminamos durante horas, solo deteniéndonos a beber un poco de café caliente que yo había preparado y a comer unos brioches congelados que yo mismo había horneado. El hombre miraba la hora y sonreía satisfecho. Todo parecía ir bien.

Al filo de las once de la mañana, y ya metidos en el corazón de un bosque de pinos, se detuvo. Lanzó miradas a su alrededor deteniéndose de cuando en vez. Estaba sin duda buscando algo. De repente, lo vio.

Corrió hacia unas rocas y limpió parte de la nieve con su mano desnuda.

C’est ici!—gritó emocionado.

– ¿Qué está aquí?—pregunté molesto por sentirme en desventaja—

No me contestó, ni hizo falta. En la roca había un relieve. Estaba deteriorado pero se adivinaba una “ese” y una luna en menguante.

l’esprit!—dijo.

Corrió en otra dirección e hizo lo mismo un par de veces más, encontrando una letra “a” sobre un sol y una “c” sobre lo que parecía un cubo rodeado de estrellas.

L’âme et le corps!— dijo emocionado—

El espíritu, el alma y el cuerpo… Me ahorré un comentario bastante ácido sobre el asunto de las religiones.

El hombrecillo comenzó entonces a buscar una posición equidistante a las tres rocas grabadas. Se movía paso a paso y miraba con cierta frecuencia al suelo. Había una gruesa capa de agujas secas de pino bajo la nieve, así que no tuvo más remedio que ponerse a escarbar. No pude evitar encontrarle cierta similitud con un duende cavando debajo de una seta. La verdad es que la luz que se había encendido en su mirada dejaba bien claro que lo que estaba haciendo era muy importante para él. Ya ni tan siquiera hablaba. Cavaba con tal celo que me temí que su corazón no lo soportase. Soltaba pequeños gruñidos que no supe calificar como de satisfacción o como de dolor. Tenía las manos llenas de cortes producidos por el hielo y las piedras y sangraba por varios puntos, pero no dejó de escarbar hasta que encontró lo que buscaba. Dejó de cavar. Miré por encima de su hombro.

Hubiera creído que me estaban gastando una broma si fuera porque no tenía a nadie para reírse a mi costa. Aquel hombre había descubierto una losa enterrada y en ella estaba grabada una espiral irregular, a primera vista idéntica a la del mapa. Me interrogó con la mirada. Solo moví la cabeza en gesto afirmativo demostrando mi admiración. No sabía cuántos años había empleado aquel hombre para llegar hasta allí, pero me daba la impresión de que en la práctica había empeñado toda su vida en ello.

Media hora más tarde habíamos despejado la losa. Parecía una lápida, pero no me cupo la menor duda de que n o se trataba de eso. Era claramente una puerta. Recordé lo que había dicho aquel hombre: “Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”.

¿Era acaso la entrada al centro de la tierra? No quise especular más.

En el centro de la espiral había un pequeño hueco circular. Lo limpiamos con cuidado. El hombre entonces se quitó un colgante del cuello. Era una pequeña pieza de cerámica circular con un compás y una escuadra cruzados, pero con la peculiaridad de que en el centro tenía una piedra de color verde, casi transparente.

Miró al cielo mientras desmontaba el enganche que unía el disco a la cadena y dijo, casi con resignación:

…il est temps…

En ese momento las nubes se apartaron y un sol radiante apareció justo sobre nuestras cabezas. Colocó entonces el disco en el rebaje de la losa y ocurrió algo increíble.

Al incidir la luz en la gema del disco, se iluminó como una bombilla. Comenzó a girar dentro de su bajo relieve como si se tratara de la combinación de una caja fuerte. Sonó un ruido seco, como un chasquido. Juro que sentí moverse el suelo bajo mis pies cuando la losa cayó a plomo en el interior del hueco que había debajo. Un intenso olor a humedad escapó de aquella fosa. Me asomé con precaución. Una escalera de mano se perdía en la oscuridad. Reconozco que estaba asustado. Muy asustado. Miré de nuevo a aquel hombre. No sabía quién era, ni por qué lo había recogido de la cuneta. Solo sabía que aquello era lo que tenía que hacer. Puso su mano sobre la mía y con la mirada me lo dijo todo. Había llegado su momento.

– No tengo un nombre que te pueda interesar, ya te lo dije— habló en claro castellano— Pero puedes llamarme Moisés si te place…

– ¿Lo dices porque nunca verás la tierra prometida?— le pregunté intuyendo que la vida se le escapaba a chorros—

Una vez más guardó silencio. Abrió el macuto y me entregó el libro. Se recostó contra el tronco de un pino y me miró sonriente. Después cerró los ojos y —haciendo de la muerte un acto  natural— se fue.

No había marcha atrás. Inspiré con ansia el aire fresco de la montaña y comencé el descenso por aquella escalera. No tenía ni una idea aproximada sobre cuánto tendría que descender. Conforme iba bajando, el aire era cada vez mas pegajoso. Crucé telarañas, manojos de raíces que parecían seres animados y mis manos resbalaban a veces sobre una substancia viscosa que cubría los peldaños. Miré hacia arriba y me sorprendió ver las estrellas, aunque pronto comprendí que se debía al hecho de estar bajo tierra y sólo percibir una pequeña viñeta del cielo. Justo en el centro del campo de visión una estrella lucía más que el resto. Por desgracia no supe identificarla.

Había perdido la noción del tiempo. Sobre mí la apertura de la fosa no era más que un rectángulo del tamaño de un sello de correos. Por fin toqué el suelo.

Busqué en mi mochila un pequeño encendedor que siempre me acompañaba en las excursiones. A su escasa luz, pude ver un manojo de antorchas en el suelo, así como yesca y pedernal. Por fortuna  no me haría falta encender un fuego de aquel modo. Estaba seguro de no lograrlo. Tras varios intentos fallidos logré prender una de las teas.

A mis pies estaban los escombros de la losa que había cerrado aquel lugar. Un túnel se extendía frente a mi hasta terminar en una puerta de madera cuajada de inscripciones que no entendí. Sin aviso alguno, la puerta se abrió y una potente luz escapó de la dependencia que se encontraba tras ella. Me costó unos segundos adaptar mi vista a la nueva condición. El lugar era realmente impresionante. Una enorme sala cilíndrica, quizás de más de cien metros de altura con varios balcones en sus laterales. Por ellos se movían varias personas todas vestidas como para acudir a una recepción en la embajada. Pero eso no era lo más importante. Aquella sala tendría unos cincuenta metros de diámetro.

– Surpris? Peut-être que ce ne est pas ce que je attendais à trouver…

Me volví hacia la esa voz. Era un hombre anciano, pero con una inusitada frescura en sus ojos y en su voz.

– Lo siento—me disculpé— No entiendo bien el francés…

Je suis désolé, mon ami… Lo lamento, espero disculpe mi falta de tacto. Pasamos tanto tiempo aquí que nos olvidamos de que existe un mundo fuera de esta sala. Mi nombre es Jules Larocque —dijo jovial, mientras me tendía su mano—. Creo que tiene algo para mí —dirigió su vista al macuto—

Supuse que se refería al libro que con tanto mimo había cuidado Moisés. Abrí la bolsa y se lo entregué. Él vio en mi cara el reflejo de la curiosidad.

Retiró la envoltura con reverencia y cuando el libro mostró si interior, los ojos de Jules se iluminaron.

C’est super! Durand, viens ici! C’est magnifique!

Apareció otro anciano, supuse que se trataba del tal Durand, y le quitó el libro de las manos a Jules. La alegría que mostraba aquel hombre me parecía exagerada. Poco a poco se fueron juntando más curiosos alrededor del libro. Todos festejaban su llegada como si hubiera nacido el mesías  allí mismo.

– Estamos siendo muy descorteses con nuestro invitado— intervino Jules elevando la voz sobre el alborozo de todos ellos— No nos olvidemos que él nos ha traído el libro.

– ¿Por qué es tan importante esté libro?—pregunté cuando por fin hubo silencio— Lo he estudiado una noche entera. Aparte de lo antiguo no tiene nada especial.

– Se equivoca, mon ami— terció Durand. Todos los libros son especiales: Observe.

A un gesto suyo la sala se llenó de luz. No lo podía creer. Todas las paredes de aquella estancia estaban cubiertas de estanterías. Tenía que haber miles, quizá millones de libros en aquel lugar.

– Usted es un amante del saber— dijo Jules— Sabe con certeza que saber, conocer, aprender o comprender son las cosas que nos mantienen vivos. Ha conocido a Moisés, no se preocupe— dijo a ver mi gesto de asombro— Nos hemos encargado de sus restos. Eligió ese nombre porque es el nombre de un guía. Él nos nutre de personas que aman el saber, de aquellos que pueden continuar nuestra obra. ¿Ve usted este libro?— señaló al ejemplar que yo había traído y que ahora estaba en las manos de Durand— Es el último que queda. Palissy nos dejó un mensaje en él.

– ¿Qué mensaje?—pregunté de nuevo mordido por la curiosidad—

– Ese es nuestro trabajo a partir de ahora — dijo Jules con una sonrisa— Tenemos que desmenuzar sus palabras una a una, entender las mil combinaciones que Palissy pudo usar y -cuando lo logremos— guardaremos una copia de su mensaje hasta que llegue el momento de comunicarlo al mundo.

¿Me está diciendo que ustedes tienen mensajes dejados en los libros? ¿Mensajes tan complejos que no estamos preparados para entenderlos?

– El hombre siempre ha sabido cosas demasiado terribles para ser contadas — intervino Durand— El conocimiento en manos de un ignorante es más aterrador que la propia ignorancia. Créame: hay cosas que es mejor no contar. Estos hombres — señaló Con un gesto amplio la sala— nos dejaron su saber oculto en las letras. ¿Se ha fijado alguna vez en que los grandes científicos siempre han sido a su vez profundos pensadores? Aquí podrá leer el auténtico mensaje de Newton, las advertencias de Darwin, el testimonio real de Lovecraft o las tremendas tensiones internas que tuvo que superar Theilard de Chardin.

– ¿Quiere decir que todos ellos eran masones? —no quería quedarme con la duda—

– Unos sí y otros no; ¿Acaso eso importa?  Nosotros — señaló a sus acompañantes— buscamos el conocimiento. Queremos creer que la atención, la reflexión y el diálogo son el pan de la especie humana. Si usted está de acuerdo con nosotros, ¿Qué importa si está iniciado o no? Nuestros caminos parecen opuestos ahora, pero nunca olvide que incluso dos rectas paralelas terminan por unirse en el infinito. ¿Es consciente de lo que le rodea ahora mismo?

No pude evitar que mi vista se perdiera en las alturas en aquella torre de Babel invertida. ¿Qué no habría en esas estanterías?

– ¿Sabe que Sócrates no nos dejó nada por escrito? — me preguntó Jules—

– ¿Me quiere hacer creer que tienen textos de Sócrates? — respondí incrédulo—

Jules se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa pícara en sus ojos.

– ¿Qué quieren de mí?— pregunté ansioso por saber qué iba a pasar a continuación—

– Queremos torturarle el resto de sus días. Sí, no se asuste. Queremos obligarle a leer la obra ignota de Nerón, Las crónicas supuestamente apócrifas de Cleopatra o las conclusiones de Einstein… —Me miró a los ojos antes de continuar— ¿Qué me dice?

Debo reconocer que aún dudaba. La oferta era maravillosa, pero toda aquella gente me parecían seres de otro mundo.

– ¿Tal vez el Evangelio según Judas? —añadió Durand— No crea que todos los apóstoles estaban de acuerdo con Jesús. Algunos pagaron con su vida el que se pretendiera centrar toda una revolución en una sola persona, claro que ya sabe cómo actúan las mafias.”Que parezca un accidente”… — dijo con la voz de Marlon Brando interpretando a Vito Corleone—.

– Está bien, está bien — me parecía imposible que fuera yo el que estaba hablando ¿Qué quieren de mí? —insistí—

– Su trabajo — respondió Durand— Hay más sitios como este. Algunos aún están cerrados, enterrados, escondidos. La única forma de  hallarlos es buceando en los libros que ellos nos dejaron. Por eso los almacenamos todos. Hoy hay enigmas que no podemos responder, pero tal vez alguien en el futuro sí pueda. Si acepta, le mostraré cuál será su primera misión.

Por supuesto que acepté. En cuanto tuvieron mi palabra de colaborar me dirigieron al centro de la sala. No me había fijado, pero había una escalera descendente, una escalera de caracol. No sé cuantos metros bajo tierra alcanzamos, pero al final había una sala pequeña en forma de domo. En el techo leí la frase que Moisés me dijo el día anterior frente a mi portátil:

“Visita el centro de la tierra y rectificando encontrarás la piedra escondida”

Había un pequeño atril y sobre él un libro.

– Muchos se han equivocado a lo largo de la historia —dijo Jules a mi espalda—. La piedra no es tal. No es una roca. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ¿le suena?

– ¿Es eso una biblia? —pregunté desencantado—

– ¡Por supuesto que no!— Jules parecía  ofendido— Todas las religiones tiene un texto sagrado. Este no es sagrado: ¡Este es cierto!

– Pedro significa piedra — aventuré—

– Pero Pedro se llama “Cephas” que quiere decir “cabeza”. Haga usted las conexiones…

– ¿Cuál sería mi primera misión?

No sé cuántas respuestas podrían existir para esa pregunta. Solo obtuve una. Pero creo que no existe una mejor.

– Alejandría -dijo Jules sin sombra de duda—

Era imposible decir que no.

Written by aitztv

26 diciembre, 2014 at 21:34

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Llegaron la lluvias

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Llegaron las lluvias. Como cada año, como cada estación de lluvias. El cielo, que tiene vida propia, decidió que era el momento propicio para velar nuestra vista, para esconder los paisajes. No es una lluvia suave. No se trata de si llueve con fuerza o no; no es el caso. No es una lluvia suave porque en mis ojos ya no queda mar suficiente para cubrir los paisajes de terciopelo. Mi mirada se ha vuelto tan áspera que nada soporta el paso a su través. El azul del cielo ha desaparecido y ahora es del color del plomo. Tampoco mis ojos son azules. Los observo delante del espejo y los veo grises, del color de la nada. Grises como la vocación del metal de los cuchillos que hieren, grises como la hiel que nunca vemos, grises como las alas de una mariposa metálica a la que invité a posarse sobre mi lápida. Gris es el color del agua tibia, que ni sacia la sed ni conforta. Gris es el color del vómito que provoca la bebida barata, la bebida que solo sirve parta anular el alma y asesinar los recuerdos durante un tiempo. Los vinos suaves, los espíritus nobles encerrados en las mejores botellas, los mostos jóvenes que devendrán en obras de arte nada pueden contra quien se niega a probarlos. Llegan de nuevo las lluvias, pero no llueve agua. Caen lágrimas.

He mirado en tantos ojos y con tanta profundidad, que mirarme en mis propios ojos me resulta imposible. Tanto tiempo buscando la belleza, buscando el calor de una sonrisa que estaba vedado en el interior de mi cubil, me ha vuelto el cobarde del que siempre huí, la suma de todos mis errores. Solo quería llevarte a un salón de baile imposible, donde mis pasos fueran correctos y tu flotaras sobre el suelo con la única seguridad de mi abrazo. ¿Pedía demasiado? Quería que sintieras que en mis brazos no existe el riesgo, que mis ojos son tu puerta al universo. Pero no es mi sangre la misma que la tuya, como mi lluvia nunca será la que tu escuchas caer. Entré en tu cuerpo para pedir continuidad, una prórroga. Quería esconder en ti lo poco que mereciera la pena preservar. Fracasé. Ahora solo conservo la cordura justa para entender que llueve de nuevo, pero he gastado en querer más tiempo del que me queda de vida. Mi piel no volverá a hacer poesía con otra piel ni mis labios escribirán palabras de amor sobre otros labios.

Intento mirar al sol, pero no lo veo. La lluvia lo tapa. Como cada año, como cada estación de lluvias, llegaron de nuevo las lluvias.

Written by aitztv

3 octubre, 2014 at 21:33

La mirada tierna

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Mirada tierna

Estoy viviendo en un país maravilloso, o mejor aún, en un país lleno de gente maravillosa que es en definitiva lo que hace que los lugares sean buenos o malos. Hace unos días fui invitado a un cumpleaños que aquí no son diferentes en su celebración a otros lugares: Abundante comida regada con abundante bebida. No había lujos en el sentido en el que nosotros podemos entender tal cosa, aunque para ellos salirse del consabido arroz blanco con alguna verdura o carne es ya escaparse de la rutina alimenticia. No Faltaba el Pancit guisado, o los macarons dulces ni unas tortillas de patata que ofició un servidor con bastante éxito, pero el plato fuerte, el que hacía realmente del día una jornada especial esperaba salpicando alegremente en una cazuela. Era una caldereta, guisada con piña, patata, laurel, zanahoria, jengibre, algunas otras especias desconocidas para mí y, como ingrediente principal, “aso”. Aso (léase “asó”, con acento) es una de las palabras que los filipinos pronuncian un poco en voz baja mientras te miran de reojo esperando para evaluar tu reacción. Ocurre lo mismo cuanto te invitan a balot, huevo de pato negro empollado durante 18 días y después cocido, o con el abalin, larvas del escarabajo de los cereales fritas con ajo en aceite de palma. La razón es que aso significa, literalmente, perro. Personalmente – cosa que les sorprendió- no tengo ningún problema con eso. No me comería la mascota de nadie fuera ésta un perro, un gato o un canario, pero eso no me impide comer carne que ha sido criada exactamente para eso: para carne. El aso no es un plato barato, ni mucho menos, por lo que está restringido a las celebraciones, especialmente a la reina de todas las celebraciones que aquí no es otra que los funerales. Tampoco es cierta la idea que tenemos los occidentales de que los chinos y los filipinos van matando perros por la calle para comérselos. No digo que no ocurra y que no haya ocurrido, pero por lo general son tan reacios a ello como nosotros lo somos a comernos una paloma del parque. Para ellos los perros callejeros, los askal, no son comestibles. Preparar el perro no es diferente de la matanza del cerdo o la txarriboda. El mismo corte en el cuello, lo justo para desangrarlo, y el mismo proceso de chamuscado, despellejado etc. Nadie que haya vivido una matanza puede llevarse las manos a la cabeza simplemente porque  el involuntario protagonista sea un animal que te cae mejor que otro. Y como sé que aunque algunos se estarán rasgando las vestiduras la curiosidad es más poderosa que otras virtudes y defectos, diré que sabe bien. Es una carne similar al cordero en muchos aspectos, aunque, por supuesto, tiene cosidos conceptos míticos-místicos, sobre si es una carne que da calor o sobre si los perros vivos conocen por el olor a  aquel que ha comido perro en el almuerzo.

Me lleva esto a pensar en la cantidad de post que cuelgan de Facebook con fotos de perros y gatos. Y me molesta sobremanera que algunos de aquellos que se auto-proclaman defensores de los animales (que como alguien dijo muy bien se deberían hacer llamar defensores de los animales de mirada tierna) pretendan criminalizar a los que no pensamos que los servicios veterinarios deban formar parte de la seguridad social. Tener un animal cómo mascota es una elección voluntaria con la que no puedes penalizar a quien, ejerciendo su libre derecho, decide no tener animales. De igual modo, si a mí no me gusta la proximidad de los animales, elegiré un hotel donde no estén admitidos, pero no pasaré mis vacaciones en un hotel que admite mascotas quejándome de los perros.

Creo que tener una mascota es algo que no debería vetarse a ningún niño. Ayuda a valorar la vida y a entender el ciclo que siempre termina con la muerte; forma parte de un ejercicio de responsabilidad que me parece es muy necesario como parte de la educación de la persona en sus primeros años. Pero también debe servir para aprender que los animales, esos que tanto queremos , no son personas y no deben sentarse a la mesa a comer ni dormir en la cama de su dueño. Tener una mascota ha de enseñar a que hay un lugar para cada cosa, y una actitud y una responsabilidad. Sé que hay mentes muy cerradas que no van a entender esto y –sinceramente- me da absolutamente igual. No soy tan imbécil como para pedir un plato de perro –si se pudiera- en un restaurante en Madrid: Ni es correcto ni lo necesito, pero tampoco pondré caras raras por comer perro en Filipinas o en China, o caballo en Francia o un jamón de Montánchez… si es que todavía quedara alguno.

Me llega una petición para terminar con un festejo radicado sobre la persecución y muerte de un toro bravo. La firmo, y me explico. Me gusta la tauromaquia y he disfrutado, si disfrutado, muchas veces de las corridas de toros. No hay que esconderse por ello, aunque siempre he visto un componente morboso en un espectáculo tan lleno de drama. No voy a dar la razón a los que simplemente porque es muy “progre” se posicionan a favor o en contra de determinadas posturas; para mí esa gente no son más que eso… gente en el sentido de masa biológica. Me repugnan las personas que habiendo sido dotadas e la capacidad de discernir, como todos los seres humanos, buscan sólo su relevancia social repitiendo hasta la saciedad clichés – muchas veces ya apergaminados por el tiempo- que ni comprueban ni revisan. El enorme problema de las redes sociales es que ahora tenemos a estos paniaguados hasta en la sopa, haciendo que abrir el ordenador sea a veces un acto de fe. Pero vuelvo al tema. ¿Soy Taurino? Si. ¿Me gustan las corridas de toros? Si. ¿Quiero que se digan celebrando? No. ¿Firmarás en contra de festejos donde se maltrate animales? Si.

Ya está. Sin aspavientos. Creo que la tauromaquia, incluida la muerte del toro, ha tenido su momento en las historia y se ha disfrutado como tal. Ha creado obra literaria, pintura, maravillosas esculturas y algunos mitos. Pero es absolutamente innecesario prorrogar la muerte de los toros para seguir creando, porque los seres humanos, y en eso nos diferenciamos de los animales, somos capaces de sublimar y eso es lo que yo he hecho con los festejos taurinos. Ya somos mayorcitos para quedarnos con los conceptos y abandonar la adicción a la sangre. Un hombre con una capa y una espada frente a quinientos kilos de fuerza bruta es un poema en sí mismo. No necesitamos ver morir los animales de seis en seis para poder trabajar con esa idea. Ya lo tuvimos, ya los disfrutamos: hoy sabemos que no es correcto, que no es algo que esté bien de igual modo que no festejamos el día de la independencia yendo a invadir un país extraño.

Comer perro en caldereta, haber disfrutado de los toros, nadado con delfines o alimentado tiburones no nos hace mejores ni peores. Son acciones que tienen momentos y lugares y no deben ser esgrimidas como armas por aquellos que necesitan meter un dedo en el agua para saber si esta mojada. Personalmente puedo asegurar que he conocido individuos, a los que catalogar de hijos de la gran puta es echarles un piropo, que besaban a su perro mientras molían a hostias a su mujer. Estoy seguro de que vosotros también conocéis casos similares.

El amor muchas veces se sublima con el alcohol, la soledad en el pensamiento y la guerra, el drama, la sangre y la muerte se pueden sublimar en la literatura y el ensayo.

No necesito deshojar una margarita para saber que no me quieres…

Written by aitztv

11 agosto, 2014 at 15:37

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