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RENAISSANCE: EL NUEVO CICLO DE LOS MITOS

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JUAN MANUEL SANCHEZ  SANTA ANA, CAGAYAN VALLE, PHILIPPINES 15/03/2016 01:10

TAAL“El extraño brillo de las estrellas se asemeja de manera inquietante al perturbador titilar que creemos apreciar, fugaz, en medio de la noche. ¿Son ambos, acaso, la misma cosa?”

Antología a la que aporto mi relato “Taal”, en un intento de reflejar lo que me transmitió H.P. Lovecraft cuando lo leí por primera vez. Comparto este magnífico trabajo de la Editorial Pulpture, con los siguientes autores:
Beatriz Troitiño, Juan Manuel Sánchez-Villoldo, Dioni Arroyo Merino, Edgar-Max Mirigaya Salvador, Germinal García Ramírez, Federico Garrido Villar, Carlos Fernando Vega Esquivel, Javier Torras de Ugarte , Ana Nieto Morillo, Jorge R. del Río, Jorge P. López, Jaume Vicent, Josué Ramos, J. R. Plana, Juan F. Valdivia, Francesc Marí Company, Álvaro Aparicio, Ruymán Alonso, Isabel Galán, Charles Pouzols, Alejandro Morales Mariaca, Alberto Berjón , Ruben Fonsec, S. Barker, Ana López Gómez .

“Renaissance contiene 25 relatos, interpretaciones de los Mitos, algunas veces bastante libres, otras bastante centradas. Todas son historias muy buenas que os van a gustar y a sorprender, si te gusta Lovecraft tienes que leer este libro. Así de claro.”

(Jaume VIcent Bernat)

Lo podéis encontrar aquí:

http://boutiquedezothique.es/terror/116-renaissance-el-nuevo-ciclo-de-los-mitos.html

Y aquí:

https://www.goodreads.com/book/show/29471890-renaissance

 

Written by aitztv

14 marzo, 2016 at 18:28

Last Christmas

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calavera-para-navidadYo sólo tenía quince años, esa edad cuando uno termina de preguntar a todo “por qué” y comienza a sentirse invencible. Estaba convencido de que las cosas cambiarían por el mero hecho de que yo deseara ese cambio.

Sabía que algo no iba bien. Año tras año, cada siete de diciembre mis padres me llevaban a un restaurante junto a la playa. Recuerdo aquellas enormes bandejas de pescado con las que los tres celebrábamos su aniversario. Éste año tocaba el vigésimo, pero no hubo ni restaurante ni celebración.

“Ayúdame” me dijo mi padre aquel sábado por la mañana. Vamos a poner el árbol de Navidad. Supe al momento que era una excusa.

Me explicó qué estaba pasando, que mama y él ya no iban a vivir juntos nuca más y que se tendría que marchar tras el día de Año Nuevo. Me dijo que me quería, pero que mamá ya no le amaba como cuando se casaron, y que ya no quería vivir a su lado. Recuerdo que lloré. No sé muy bien por qué, ni por quién, pero las lágrimas acudieron a mis ojos sin haberlas llamado, como si tuvieran vida propia.

“Vamos a adornar el abeto del jardín: el año que viene tendrás que hacerlo tú solo”, me dijo.

Pasamos una buena mañana, pese a todo. El árbol quedó precioso, pero me fijé que mi padre había dejado una rama casi desnuda, sin adornos ni luces.

“Esa es mi rama. Quiero que la dejes desnuda cada año, así, cuando la vea de lejos sabré que te acuerdas de mí”

Volvía a llorar, pero él me dijo que el domingo colgaría algo muy especial de esa rama.

Me levanté al alba y salí tan rápido como pude y le vi. Allí estaba mi padre, columpiándose al extremo de una cuerda de aquella rama desnuda.

 

 

Written by aitztv

15 diciembre, 2015 at 1:32

“La llave”

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Yo tenía sólo nueve años: ella siete, bueno…, casi. Estaba en la linde de aquel camino polvoriento que yo recorría a diario hasta la granja de mis tíos con una cántara de leche vacía. Yo se la dejaba cada tarde y mi madre la recogía, llena, cada mañana, antes de que yo me levantara.

El primer día no la miré. ¿Una niña? ¡Ni hablar! Me esperaban mis amigos con el balón para apurar las últimas luces del día antes del perceptivo baño, antesala de cena y cama.

El sol de septiembre se precipitó veloz tras las montañas que le fueron devorando a mordiscos hasta dejar una agradable penumbra, sólo rota por la agonizante luz de mi bicicleta.

Así la fui viendo un día tras otro, hasta que el verano murió en los brazos de los cólquicos y el otoño entró casi sin querer, como pidiendo permiso. Para entonces ya éramos novios. No “novios de esos de verdad”, no: mi madre se reñía mucho con eso. Pero los años pasaron y seguíamos juntos, Y así fue durante los siguientes cuarenta años.

Me acuerdo que una vez ella me preguntó si le quería y yo contesté que sí.

—¡Demuéstramelo! —me pidió con una sonrisa.

Cuando no tienes nada, es difícil hacer demostraciones.

—¿Me quieres más que a tu bici? —me preguntó mirándome por el rabillo del ojo.

—¡Claro que sí! —me había dado la solución, sin querer, al problema.

Rebusqué en mi bolsillo hasta encontrar una llave pequeña. Pertenecía al candado de mi bicicleta. Se la entregué sin dudarlo. La miró un instante, como evaluando el significado de mi gesto. Después, en un arranque de sincero cariño, se alzó sobre la punta de sus pies, me dio un beso fugaz en los labios y salió corriendo. No volví a ver aquella llave en mucho tiempo.

El día de nuestra boda, muchos años después, cuando acudí a rescatarla de los brazos del padrino a la puerta de la iglesia, un reflejo en su cuello me llamó la atención. ¡Allí estaba mi llave! La había bañado en oro y relucía como una estrella arrancada del cielo. Allí la vi esa noche, sobre su garganta mientras perpetrábamos el acto de amor más sincero que la vida me ha concedido.

Pasada esa noche perdí de nuevo de vista a la llave durante muchos años.

La vida fue pasando y, entre amores y desamores, algo se fue rompiendo entre nosotros. La rutina, los celos…, tal vez el simple hastío de llenar un día con los restos del anterior, fueron arrancando la delicada piel de nuestra unión.

Hoy, más de cuarenta años después de aquel viaje en bicicleta con la cántara vacía, he visto la llave. Estaba sobre la mesilla de noche cuando he llegado a casa. Junto a ella, una lacónica nota: sólo cinco letras.

“Adios”

Written by aitztv

5 diciembre, 2015 at 14:21

Crónica solitaria.

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maxresdefaultSi cerraba los ojos, podía sentir el delicado aroma del vino corriendo por aquellos canales cuando el planeta era joven, pero el paisaje hacía milenios que no veía ninguna fiesta y él, ya sólo cubierto con harapos, había abandonado la juventud muchos años atrás. Sus botas de arrogante astronauta colgaban andrajosas al extremo de sus pies, bajo los que un seco caudal de arena áspera y dura permanecía inmóvil, carente del agua que, en otro tiempo, había animado sus días.

Estaba sólo. Aunque sabía que unos centenares de metros tras él los hombres que habían acudido a rescatarle cuchicheaban a su espalda, estaba seguro y convencido de su soledad. Había necesitado la compañía de otros seres humanos para descubrir el verdadero peso de la soledad. Desde que ella le dejó habían pasado quince años. Durante todo ese tiempo sus días habían estado llenos de recuerdos, mechados de lágrimas y sonrisas que se perseguían las unas a las otras. La veía en cada recodo del camino, en cada rayo de sol al atardecer rojizo, en los amaneceres sobre los famélicos frutales de su agónico huerto. Pero la llegada de aquellos hombres había contaminado su panteón particular. Estaban respirando el aire que sólo ella había respirado, hollando el suelo que ella tatuaba con las diminutas huellas de sus pies, bebiendo su agua… robando su sol.

Hubiera podido con todo eso, sin embargo no consentiría que le robaran su recuerdo. No ¡eso no! Se atrevieron a excavar en su tumba, la que él había cavado con sus propias manos para sepultarla mirando al canal, como a ella le gustaba. No habían encontrado nada, Le repetían una y otra vez que ella no había existido, que su mente había creado una compañera para superar la soledad, para salvarle de la locura. ¿Qué sabían ellos? Él la había visto venir caminado desde el horizonte. Entonces sí que estuvo a punto de pensar que estaba definitivamente loco. Llevaba cuatro años en aquel planeta. Sólo hacía siete meses que había enterrado al último de sus compañeros, muerto tras agonizar durante semanas con las costillas clavadas en un pulmón al caerse a uno de los canales.

Sólo quedaba él de los seis astronautas que iniciaron la expedición. Los demás… no habían sabido sobrellevar la soledad de aquel planeta. No lo entendía. ¡Para él era hermoso! ¿Por qué aquella necesidad de marcharse, de abandonar aquella eterna desolación?

Tuvo que ir matándolos de uno en uno. Con disimulo, fingiendo accidentes, enfermedades, desapariciones… Para el último tuvo que manipular el cierre de seguridad de su arnés. Se dio cuenta ¡Cómo no! ¿Quién iba a haber sido cuando sólo quedaban dos personas en aquel mundo? Después él mismo le pidió que acabara con su vida, torturado por la fiebre y con los pulmones llenos de agua por causa del neumotórax… No. Nunca. A su manera, él no era un asesino. Lo mantuvo con vida escuchando todas las maldiciones que escapaban entre toses desgarradoras.

Pero después todo cambió.

Cuando ella llegó el planeta entero pareció pararse. Ni le dijo de dónde venía ni le dio los buenos días. Se envolvió en su vida como te atrapa un amanecer, sin sobresaltos, como si estuviera escrito que tenía que ser así. Pronto comenzaron a deslizarse por las dunas como adolescentes. Navegaron los canales en los fugaces deshielos e incluso construyeron un velero de arena y cruzaron los desiertos empujados por la brisa nocturna. Sin embargo, un día, una vez más, su mundo cambió.

Los pocos dispositivos que aún funcionaban, se despertaron haciendo sonar todas las alarmas. Algo se acercaba. Él miró las sucias pantallas y vio cómo una nave se aproximaba a su planeta. No le costó reconocer una nave Ranger de rescate. ¿Acaso había pedido que le vinieran a buscar? ¿No podían conformarse con hacerles un funeral de estado, declararles héroes, bla, bla, bla…?

Sabía cómo eran los tipos que viajaban en aquel rescate. Hombres duros, sin más horizonte que la misión que tuvieran encomendada.

Comenzó a rebuscar cómo loco entre la chatarra en que se había convertido la nave que le había llevado hasta allí. No tardó en descubrir la baliza que alguno de sus compañeros había activado y escondido. Sabía que sospechaban de él, pero no esperaba eso. Creía que intentarían matarlo o reducirlo… Tal vez no habían tenido tiempo. Por otro lado, tal vez fuera hora de regresar. Decidió hablar con ella.

Se negó en redondo. No abandonaría su hogar.

Se lo rogó. Se arrodilló ante ella, lloró como un niño, pero fue en vano. ¿Qué alternativa tenía? La estranguló esa misma noche. Ella le miró a los ojos hasta el último aliento. No se defendió, no grito, no pataleó: Dejó escapar la vida con la misma tranquilidad con la que había aparecido una mañana entre la bruma del amanecer en el desierto.

Cuando llegaron los ranger, sabía que le descubrirían. Eran veteranos y no se creyeron en ningún momento la cadena de casualidades que había acabado con toda la expedición menos con la suya. Sacaron todos los cadáveres de sus tumbas de arena y piedra. Secos como el tasajo, congelados en el tiempo casi tal y como él los había enterrado, los muertos confesaron. Contaron cómo él había terminado con todos ellos, uno a uno. Los ranger eran tipos duros, si. No dijeron nada. No le juzgaron, no le encerraron. No era su trabajo. Sólo hubo una cosa que les llamó la atención: la tumba de ella estaba vacía.

Le preguntaron una y otra vez dónde la había encontrado, cómo y qué había pasado desde entonces. No hallaron nada que demostrara su existencia: ni tan siquiera el velero de arena que él aseguraba haber construido.

Y allí estaba ahora, mirando sus andrajosas botas al extremo de sus pies. Uno de los ranger era un joven novato. Le llamaban “Niño” los demás veteranos. Le caía bien, pensó mientras jugaba con el detonador que llevaba escondido desde que supo que venían a rescatarle. Las cargas estaban escondidas en el almacén, donde ahora todos los soldados se protegían del sol del mediodía.

Lo siento, Niño —pensó en voz alta sorprendido por el sonido de su voz—. Me da mucha pena tener que matarte…

Written by aitztv

18 noviembre, 2015 at 18:28

La vida en cincuenta céntimos.

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Azimov, Clarke, Benford, Niven, Bradbury… Todos ellos llegaron después. Mucho antes estaban en mi lista Clark Carrados, Silver Cane, Lou Carrigan, Curtis Garland, Peter Kapra, Burton Hare, Marcus Sidéreo, Joseph Berna… y muchos más.
El día de mi cumpleaños recibí muchas felicitaciones, es lo que tienen las redes sociales. Me felicitaron ex-compañeros de estudios, ex-compañeros de trabajo, ex-novias e incluso ex-cónyuges. Como siempre no eran todos los que estaban ni estaban todos los que eran, pero me llevé unas cuantas bellas sorpresas.

Mi vida, mi desastrosa vida, ha cambiado mucho en tres años. Ese cambio ha sido tan radical que casi no me reconozco en el espejo. Me he convertido en un nómada, que mas que viajar, rebota en las fronteras de los continentes sin un destino fijo. No sé si quiero, ya en la cuesta abajo de mi vida, echar raíces o no. Tampoco quiero planteármelo.

Pero hablaba de felicitaciones.

Entre todas ellas hubo una que me impactó. Desde que me he decidido a escribir, a juntar letras, y he recibido algunas buenas -y generosas- críticas, me veo a menudo sumergido en conversaciones en las que no puedo opinar. He llegado muy tarde a la literatura, y necesitaría otra vida para ponerme al día en todo lo que mis compañeros de aventuras literarias me aventajan. Pero yo tengo un tesoro valioso: Yo cambiaba novelas por cincuenta céntimos.

En aquella España de los años sesenta, una “novela”, así llamábamos a los libros de bolsillo de Bruguera, costaba alrededor de 1,50 en pesetas, claro. Pero esa picaresca tan nuestra funcionaba a la perfección: Por cincuenta céntimos cambiabas una dos novelas en las tiendas de chucherías.

Así establecí contacto con lo que ahora sé que se llama “pulp” español. Nunca fui muy amigo de las novelas del oeste ni de las hazañas bélicas, tampoco de las novelas románticas de la celebérrima Corin Tellado, pero devoraba cuanto caía en mis manos de terror y ciencia ficción.
Siempre me ha gustado leer, y si he llegado a los autores con premios Nébula y Hugo, es gracias a la tinta que inyectaron en mis venas aquellos autores desconocidos entonces, de lo que todos el mundo sospechaba que eran españoles camuflados en nombres americanizados, aunque nadie lo sabía a ciencia cierta. La verdad es que no cometían errores. Sus historias eran cautivadoras, hipnotizantes, y te causaba pena tener que espera una semana para leer el siguiente título.
Detrás de esos nombres había -hay- una historia. Novelas censuradas por el franquismo, premios nacionales de literatura, premios planeta… Escritores de oficio, si. Pero no “carpinteros de literatura”. Buenos escritores de oficio.
Muchos de ellos nos han dejado, pero he llegado a tiempo de conocer a uno de mis favoritos, Ralph Barby, quien sigue escribiendo y espero que lo haga durante muchos años más, aunque ya no tiene que demostrar nada a nadie.
Decía que algunas felicitaciones me sorprendieron, bien: una de ellas fue -precisamente- Ralph Barby.
Fue encontrar un ídolo de la infancia y adolescencia. Si de verdad agradecí la felicitación, fue porque me dio la oportunidad de agradecerle en persona lo que aprendí con todos aquellos autores.

Ellos me elevaron hasta las estrellas y me hundieron en la tierra hasta las más profundas catacumbas, y creo justo reconocer que aportaron, a lo poco que yo sepa escribir, tanto como los “grandes” autores que mencionaba al principio.

No soy yo nadie para hacer homenajes, pero no quería dejar de contarlo. Todo empezó con cincuenta céntimos, aquella monedita con un agujero en el centro que usábamos para adornar los cinturones o jugar a la peonza.

Un libro, siempre es un libro: aunque sólo cueste cincuenta céntimos.

Written by aitztv

27 julio, 2015 at 12:24

El astronauta…

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astronauta-¡Blip!

-Odio ese sonido. Me machaca los oídos.Odio todo lo que está a mi alrededor. No quiero estar cómodo, quiero que algo falle, necesito un motivo para tomar decisiones…

-¡Blip!

Sí, lo sé. Todo está activo y funcionando. Me lo has repetido un millón de veces. Estoy harto de tus estúpidas advertencias y de tus lucecitas de colores¿Por qué demonios eres tan eficiente?

-¡Blip!

¡Déjame en paz! Quiero dormir. Estoy muy cansado…

 

Una desgracia. Que un traje que costaba millones fuera a fallar en el sistema de desconexión de las alarmas sonoras era casi una ironía del destino. Los ingenieros dirían: “Es lo único que ha fallado, no es tan importante”. Se equivocaban. Ese sonido perfecto,a intervalos perfectos, indicando lo perfecto que estaba todo, era una tortura.

-”Una tortura perfecta” -pensó con las últimas gotas de ironía que aún le quedaban.

No iba a conseguir dormir. No estaba cansado, era imposible. Pasaba más de la mitad del día castigado en una especie de duermevela interrumpida a intervalos regulares por las malditas alarmas. Hacía unas veinte horas que se había producido el fallo.

Había polarizado su visor para no ver nada. El espacio estrellado ya no le causaba ninguna emoción, ni tan siquiera ese vértigo tan característico de saber que estás colgado de ningún sitio. Se le había quedado pequeño el universo.

En esos estados de semi vigilia se repetía a menudo el momento de su separación de su vehículo. Una estupidez. En cada una de las repeticiones encontraba una solución distinta al problema. Había repasado la acción tantas veces que estaba seguro de haber hecho lo único que le podría alejar de la nave. Bien: era tarde para todo eso.

Por fortuna vestía el traje definitivo. En el mismo instante en que se había producido el percance que le había separado del módulo de operaciones, todos los dispositivos de había puesto en modo de supervivencia. Una radio baliza comenzó a emitir su posición en todas las frecuencias conocidas. Los sistemas habían extrapolado su trayectoria y daban datos de su dirección y velocidad. Se había desplegado a su espalda una enorme vela foto voltaica que captaba hasta el último rayo de luz y lo convertía en energía para su soporte vital. Todo tan efectivo como inútil. No había nadie para acudir en su ayuda.

Los ingenieros habían previsto todo. El sistema recuperaba cada molécula de agua exhalada, sudada o excretada por su cuerpo, a la que añadía un compuesto nutritivo que podría mantenerle vivo durante muchas semanas. De igual manera regulaba la mezcla de gases que respiraba, para llevarle a un estado catatónico, de modo que mantuviera una línea de bajo consumo de aire. El traje podía, por decirlo de una forma clara, matarlo y resucitarlo cuantas veces hiciera falta. Pero el gran logro de los ingenieros era haberse adelantado a las reacciones del astronauta:

 

“El cincuenta por ciento de los astronautas en condiciones críticas, entraron en crisis de pánico: Al igual que ocurre con los buzos, en esas circunstancias tienden a desprenderse del equipo, aun a sabiendas de que es ese equipo el que les mantiene con vida. Pues bien -habían anunciado triunfales-, este nuevo traje se anticipa a esas reacciones, evitando de forma activa que el astronauta pueda desprenderse de él, inutilizar algún elemento crítico del soporte vital o cometer errores de nefastas consecuencias. En resumen: mantendrá vivo al astronauta aun en contra de su voluntad…”

 

Era cierto. Llevaba diez semanas flotando en el vacío, y el traje le mantenía vivo… en contra de su voluntad.

 

-¡Blip!

Written by aitztv

30 junio, 2015 at 15:32

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Adios… Hasta pronto.

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Me acabo de enterar del fallecimiento de mi primo Javi. Supongo que llegamos a una edad donde tenemos que cerrar ciclos y, quizás, también muchas puertas. Mis tíos -sus padres- ya fallecieron hace años. Intento rebanarme los sesos para ver la última vez que estuve con ellos, y, lamentablemente, creo que fue en el funeral de mi tía. Por aquel entonces estaba yo sacándome la licencia de buzo en tierras murcianas, pero llegué a tiempo. Hoy. a 12000 kilómetros de casa no hay nada que pueda hacer.

Estas noticias reverdecen los recuerdos y -al menos a mí- me llenan de nostalgia. Los buenos tiempos se nos quieren escapar entre los dedos como cuando de niños nos empeñamos en tomar al agua del mar a puñados. Supongo, todo es un suponer, que estas cosas también nos hacen conscientes de que ya no somos niños. Son las noticias que comienzan a hacerse permanentes. El tiempo se escapa porque todo aquello a lo que quisieras dedicar ese tiempo se está desvaneciendo.

Me gustaría tener un corazón romo, sin rincones. Sin pliegues donde se pueda esconder el dolor o la melancolía de la distancia. Nos vamos, nos estamos marchando de uno en uno, diezmados por el paso de los años.

Miras las manos -vacías- y todo es pesar. La nada es muy dolorosa.

Written by aitztv

25 mayo, 2015 at 16:15

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