Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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Lawin

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lawin_16101806Son la siete de la mañana. La gente refugiada se despereza mientras recorro los cincuenta metros que separan la entrada principal de la sala de control de producciones. Conozco a casi todas esas personas. Son familiares de los trabajadores que han venido a pasar la noche ante el riego de que el tifón se lleve sus casas de bambú y nipa. Para otros el riesgo es el mar. Dicen, los rumores son más veloces que las noticias, que el nivel ya se ha elevado cinco metros y que es posible un tsunami. Cuando vives a cincuenta metros de la playa no es lo que te gustaría escuchar.

De todos modos este leviatán ha llegado por detrás, y es de agradecer. Las estribaciones de la Sierra Madre a nuestra espalda han atemperado su furia, y nos ha alcanzado con viento y agua, pero no ha podido obligar al mar a abandonar su lecho y lanzarse contra nosotros.

En mi camino oigo llantos. Los niños se despiertan sorprendidos y se asustan al no reconocer sus cunas y habitaciones. Están en un hangar oscuro y poco amistoso. El techo les mira desde más de treinta metros de altura y el viento aún hace sonar con violencia el tejado metálico que, sin embargo, ha soportado incólume la violencia del huracán.

No hay electricidad, ni teléfono, ni tan siquiera agua corriente. El pueblo ha sido desmembrado, descordado por decreto de la naturaleza, y sus venas y nervios cercenados de modo que sus miembros son incapaces de comunicarse entre sí.

Me asomo a la puerta, mejor dicho, al hueco de la puerta ya que esta ha volado por efecto de la presión del aire durante la noche. El mismo destino a sufrido el techo de la habitación donde duermo, que se ha desprendido como una hoja de otoño, con la delicadeza de no caer sobre mí. Luego recogeré los destrozos.

En el exterior, las bananeras están destrozadas, descuartizadas sobre el suelo como los cadáveres de una guerra vegetal. Los cocoteros intentan sobrevivir; se tumban y se levantan al son de ráfagas de viento que han llegado superar los dos dígitos durante muchas horas. Alguien avisa para que me aparte. Veo venir un trozo de techo metálico, retorciéndose en el aire como si fuera una criatura viva, pero no lo es. En realidad se ha convertido en una guillotina libre del suelo. Casi parece que tiene criterio, y me da la impresión de que si salgo vendrá a por mí. Busca carne y no la encuentra, y termina por saciar su rabia contra el tronco de un árbol del que arranca más de la mitad de su diámetro de un único bocado metálico (¿dónde estarán la mariposas?, pienso sin venir a cuento).

El aire: una nada necesaria. Este aire está maldito. Arrastra vida y miseria, y mucha muerte. No va a levantar hojas como en otoño, ni va a dibujar espirales en el espacio con los restos del verano. Este aire es culpable. Ha llegado hasta aquí cercenado vidas, desguazando moradas. Nunca las de los ricos, sino las de los menesterosos. Viene arrastrándose sobre las cimas de los montes a las que deja huérfanas de su piel vegetal para mostrarse obsceno a nuestros ojos.

Decido vengarme. Voy a atravesarlo, me voy a colar en sus entrañas y dividirlo con la única arma de mi cuerpo. Me voy a enfrentar a él y voy a ganar. Me enfundo un traje de agua y pongo mis cuatro cosas en un macuto, y en un arrebato de pesimismo le digo a mi compañero de cuarto que si no vuelvo, todo lo que allí queda es suyo. No sé si me cree, pero su sonrisa torcida muestra la duda, la gran duda, toda la duda.

El impacto es brutal en los primero pasos. El traje de agua gualdrapea en mis oídos como las velas de una embarcación mal gobernada. El aire es cálido, y trae gotas de agua que arranca de los charcos del suelo. Me tambaleo, pero doy un paso, y después otro. Estoy avanzando, penetrando la piel de la bestia que logra sacudirme pero que no consigue tumbarme. Estoy asustado. Pienso en qué ocurrirá si me tira al suelo y me arrastra, pero sigo en pie, y en ese momento, me doy cuenta de que puedo ganar. Fijo mi meta siete kilómetros más adelante. Supongo que se da cuenta, porque arrecia con saña, pero estoy decidido.

Voy tomando confianza. Estoy conociendo su lenguaje. Él tiene la ventaja porque viene de mi espalda, así que si lanza hacia mí algo mortal, no voy a verlo venir. Confío en que después de tantas horas acechándonos, no le queda nada que tirar, pero nunca se sabe.

A la mayoría de las palmeras le falta la mitad de su copa, y las enormes nueces de coco rebotan en el suelo como si fueran pelotas de baloncesto. El suelo está cubierto de ramas que cambian de sitio al capricho del viento. Los campos de arroz y los manglares no se distinguen los unos de los otros, ambos anegados en aguas del color del café de los hospitales. En medio de una terraza veo  un búfalo de agua, imperturbable con su media tonelada de carne. ¡Loco!, leo en su mirada, ignorante del hecho de que él y yo estamos subidos en el mismo barco.

Enfilo una recta resguardada por la ladera de una colina. Allí la gente se ha atrevido a salir a la calle. Han extendido sus cosas, sus vidas, sobre la parte menos húmeda confiando en que se sequen. Así funciona esto. No ha terminado la fiesta de la destrucción, pero ellos ya comienzan a rehacer sus chozas, como las hormigas reparan sus hormigueros una y otra vez, desastre tras desastre. Saben que vendrán más, muchos más, y entonan la canción de su existencia levantado sus moradas como Sísifo arrastraba la roca a la cima de la montaña, sólo para verla caer de nuevo.

Niños, ancianos, jóvenes… Sus enseres sólo parecen cosas y ellos sólo parecen personas, pero no es cierto. Son parte del viento, son hijos de los huracanes que dividen sus existencias y las arbitran mejor que el calendario más exacto. Ese colchón donde engendraron sus hijos, el puchero del que comen con la mano todos ellos, ventiladores que pasan de generación en generación… Una historia en cada cuneta secándose a un sol que no acaba de salir.

Doblo un recodo y es como darme con una pared. El viento entra por el valle fluvial como un cañón. Ruge entre los árboles que aún se mantienen en pie y me hace tambalearme. Intento caminar y no puedo, el aire es como un imán que elige la dirección por mí, e intentar avanzar es una rebeldía fútil. Por un momento siento que me despego del suelo, que voy a volar. Los cierres del traje de agua pugnan por abrirse y uno de ellos cede arrancando el plástico en el que estaba embutido. Noto las piezas metálicas, que me golpean las piernas como si fueran las cabezas de un látigo. Me dejo caer mientras busco la posición que ofrezca menos resistencia al cuerpo. Veo volar algunas ramas sobre mí y, de repente, como comenzó, el aire se calma y el viento, aunque recio, se vuelve tolerable. Aprovecho esa calma relativa para atravesar el resto del valle y refugiarme en el siguiente recodo.  Ahora me toca enfilar una recta bastante complicada. Voy a estar expuesto al mar y al monte  a partes iguales.

La playa es una especie de estercolero. Las aguas que han bajado del monte  han arrastrado  gran cantidad de escombros, restos vegetales y barró, contaminando el agua de un enfermizo color marrón traslúcido. La arena está llena de troncos y de todo aquello que el mar se ha negado a digerir, pero lo más impresiónate es el oleaje.

Las olas no vienen hacia la costa, sino que se mueven de forma perpendicular a ella, de Oeste a Este, como si ignoraran la playa y toda la costa. Aunque desentrenado, mi ojo, antes marinero, me permite calcular que el viento está por encima de los cuarenta nudos, y arranca rizos de espuma sucia a las cimas de las murallas de agua que corren sin acercarse a la orilla. Es espectacular, por no puedo permanecer allí mucho tiempo, El aire trae la arena coralina y se me clava en las piernas.

Estoy solo y me gusta. Este paseo me trae a la cabeza las tribulaciones de un Benjamín Driscoll atado al planeta Tierra. Me siento un explorador de lo imposible, yendo valientemente donde no muchos se atreven aunque sé que no lo hacen porque, en realidad, no merece la pena.

El viento me golpea de nuevo desde la sierra. La carretera esta festoneada de cocoteros y veo que estoy cometiendo un error al alejarme de ellos. La mejor manera de que no te golpeen las ramas desprendidas es precisamente estar bajo ellas. La otra linde del camino te puede convertir en un muñeco de «pim-pam-pun» en cualquier momento.

Algunas casas parecen esqueletos de dinosaurios asomando sus huesos desde las entrañas de la tierra. Sí hubo alguien dentro, el tifón se ha encargado de borrar sus huellas. Nada evidencia que alguien haya vivido allí jamás, aunque me consta que era así. Imagino a esas personas en el gimnasio municipal, en realidad una cancha de baloncesto cubierta, escuchando al viento golpear el tejado metálico tal vez con sus propios muebles. Más niños asustados en una noche eterna.

Apuro la recta hasta alcanzar una zona más tranquila. Allí los vecinos han comenzado a reconstruir su miseria. Me duele pensar en ellos en esos términos, pero es la realidad. Construirán una casa nueva que no diferenciará en nada de las que han sobrevivido al huracán. Nacerá envejecida, con vocación de ruina en su bloque hueco y desnudo, sin recibir una triste mano de pintura, como la hubieran castigado por ser la herencia de la tormenta. Pienso que no sé por qué me preocupo: a ellos les da igual, sin embargo, me duele ese conformismo casi religioso con el que enfrentan la vida. Para ellos los cambios no son oportunidades, sino algo que hay que olvidar cuanto antes para que todo siga igual.

Otra vez el aire, arremolinando vidas.

Me siento empujado, impelido a abandonar la escena, porque el viento sabe que no he sido invitado. Soy un intruso, el advenedizo que no se quedó en casa durante el tifón, Aún me obliga a clavar la rodilla en el suelo dejando parte de la piel en el movimiento, pero el aire está ya pataleando. Sabe que ha perdido.

La última recta a mi destino la hago sin prisa y sin miedo. No puede pasarme nada, lo sé.

Entro despacio en una habitación de alquiler. El sudor corre bajo el plástico que me ha protegido del agua. Se escurre pos mis piernas y me pregunto por qué me escuecen tanto. Descubro con sorpresa que de rodilla para abajo estoy lleno de sangre. Los múltiples golpes de la arena coralina me han acribillado y no me he dado cuenta. No es nada, sólo la señal de lo que podía haber pasado. Tengo el pelo también lleno de arena, igual que los pliegues del traje de agua.

Me siento en un poyete a ver llover. La tormenta me ha respetado durante las casi dos horas que he caminado bajo su manto, como si discrepara con el viento sobre mi destino.

Me ofrecen un vaso de agua.

Lo suelo rechazar, no sé de dónde procede, pero hoy no.

Hoy me siento inmortal.

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Written by aitztv

21 octubre, 2016 at 16:21

El ciudadano.

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Muchas veces nos preguntamos cuánto metal es necesario para convertir a un hombre en una máquina, pero quizá la pregunta esté mal planteada, y sea necesario invertirla y pensar en cuánto tejido humano es necesario para que una máquina pueda ser considerada un ser vivo.


hombremaqu

Rodrigo García Fernández

−¡Inaceptable! ¡No toleraremos eso!

La voz de Magnus Kubota atronó la sala de reuniones.

−Si insisten por esa vía tendremos que tomar medidas… ¡Y serán drásticas, se lo aseguro!

El Gobernador Cherkas miró al techo por enésima vez ese día. De haber tenido a mano algo lo bastante contundente, habría desperdigado los sesos de aquel idiota por toda la colonia. ¿Cómo había llegado a ese punto? Obligó a su atención a relegar las protestas del delegado a segundo plano y repasó los últimos acontecimientos. Tal vez encontrara una solución…

 

Unas semanas antes, Fawaz Cherkas estaba feliz. Le quedaban sólo dos meses para abandonar la estación minera Komatsu, y estaba encantado por ello. No es que no estuviera a gusto: es que la odiaba. Había llegado a aquel punto perdido en mitad de ningún sitio tras cuatro años de viaje, con el primer convoy combinado de los gobiernos de la Tierra, Marte y la Luna, en lo que iba a ser la mayor aventura comercial emprendida desde que el ser humano comprendió que una vez colonizado el planeta rojo, poco más había en el sistema solar que invitara a nuevos asentamientos. Además de un puesto minero avanzado, la estación era una puerta abierta al espacio transcolonial, o al menos eso decían, porque en los seis años que el Honorable Gobernador Cherkas llevaba allí nadie había intentado ir mucho más allá. Pero todo eso estaba a punto de terminar. En un par de meses su sucesor se haría cargo de la estación y él volvería a su casa, a desquitarse de tanto alimento enlatado y suplementos de vitaminas. Estaba saboreando en sueños una enorme rodaja de atún marinado sobre el carbón de su barbacoa en la Tierra, cuando sonó el intercomunicador. La voz de Tormod Roos, su secretario, sonó con su característico timbre nasal. No era culpa del aparato: Roos hablaba realmente así por causa de una sinusitis crónica causada por el aire seco de la estación.

−¿Qué ocurre? preguntó fastidiado.

−Creo que debe venir a la Torre, gobernador −la voz del secretario pretendiendo ser dramática era en realidad ridícula, en especial cuando sorbía los mocos−. Tenemos un problema.

Apenas diez minutos más tarde, el Honorable Gobernador Cherkas estaba en comunicación directo con Daedalos Munro, capitán de la nave chatarrera Bystryy. El capitán Munro se negaba a hablar con nadie, y sólo había aceptado negociar con Cherkas tras casi una hora de discusión con el jefe de seguridad de la Torre. Su voz sonaba por toda la sala de control:

−¡la pieza es mía! −rezongaba el chatarrero a través de la radio−. ¡La he perseguido durante días, una fortuna en combustible!…

−¿Se puede saber que le pasa? −preguntó el gobernador con cara de no entender nada.

¡No la entregaré! …¡ya tiene mi marca!…

−¡Cierren ese audio! −la paciencia de Cherkas había llegado y superado su límite−. ¡Y que alguien me explique qué pasa y por qué me han hecho venir!

−El capitán Munro ha pasado casi cuatro meses en el espacio transcolonial, gobernador −era su secretario quien hablaba−. No hay mucho movimiento en la zona desde que se instalaron las gabarras auto-pilotadas, y le recolección de chatarra ha bajado mucho: de hecho llevan ya un tiempo pidiendo que se rebajen las concesiones de diez a seis y…

−Vaya al grano, secretario.

−Sí: pido disculpas −carraspeó Roos−. Pues bien: el capitán encontró una pieza interesante, la marcó y uno de los nuevos RAP, remolcador auto-pilotado, ha salido a su encuentro. Se suponía que tenía que llevar la pieza a la base Bedford, para su desguace… y aquí está el problema.

−El problema lo va a tener usted si no se explica de una vez…

−El RAP se niega a remolcar la pieza, gobernador −dijo el secretario.

−¿Cómo? ¿No hemos quedado que no tiene piloto? ¿Quién está más cerca del pecio?

−El teniente Taverna ha salido está mañana con un viper modificado. Hemos eliminado el armamento para darle un pequeño nicho de estasis y poder aumentar la velocidad en un diez por ciento, así que llegará a la pieza en un par de días. El RAP ha notificado que el pecio ha atracado en la dársena de carga y que tienen el control, pero sigue negando el remolque.

−¿Hay algún antecedente sobre casos similares? −preguntó Cherkas.

−Sólo en simulaciones: Los RAP pueden ser servo-asistidos desde la colonia, pero como es obvio no se hace −sorbió los mocos de nuevo−, Al parecer ningún equipo auto-pilotado puede remolcar piezas en cuyo interior haya seres humanos.

−¿Entonces? −reaccionó el gobernador con renovado interés−. ¿La pieza está tripulada? Eso la descalificaría como chatarra, supongo.

−Por eso protesta el capitán Munro. Insiste es que es un fallo de lectura del RAP y que sólo se trata de chatarra…

−¿Lo es?

−Los auto diagnósticos de la unidad coinciden con los que hemos ordenado de forma remota: nada falla en el remolque. El sistema insiste en que hay control inteligente a bordo, orgánico, pero ni el tradar ni el lector de bioseñales detectan una simple rata. Además hay otro problema…

−Dispare, Tormod: llevo un día de perros −ironizó Cherkas.

−La pieza… el diseño y la tecnología… En fin… −tragó saliva el secretario−. Ese pecio parece tener unos siete mil años.

El Honorable Gobernador Cherkas miró a su secretario, quien se limitó a desviar la mirada y sorber los mocos con tanta fuerza que escapó un sonido como de trompetilla.

¡Meec!

−Espero que sea una broma…

−Lo siento, gobernador… ¡meec!… Lo estamos comprobando por cuarta vez, pero ¡meec!, no hay error posible, ¡meec,meec!...

Ya en su despacho, el gobernador introdujo una serie de claves en su consola. El procedimiento que había invocado eliminaba todo salto en la comunicación a través de repetidores y conectaba su terminal con un servidor oficial googlespace que orbitaba en el cinturón de Clark. El sistema se tomó su tiempo antes de confirmarle que la conexión era segura. Un menú se desplegó ante sus ojos y le preguntó sobre la búsqueda. Introdujo una sola palabra:

«Niflheim»

Tuvo que facilitar una nueva contraseña y un escáner de retina. Sabía que su entrada habría hecho saltar las alarmas en varios departamentos en la Tierra. No importaba: contaba con ello y se alegraba de hacer bailar la silla de algún burócrata.          Un nuevo menú le ofreció diferentes apartados de consulta. Eligió «naves auxiliares» y mientras se cargaba la información contempló la fotografía que habían obtenido de las cámaras de aproximación del RAP. Tuviera los años que tuviera, aquella nave había sufrido lo suyo. Los paneles exteriores estaban numerados, aunque en la mayoría de ellos los numerosos impactos de meteoritos habían actuado como granalla y estaban borrados. Sin embargo, el panel número cuatro conservaba aún parte de la pintura original, aunque faltaba más de la mitad de la tapa de metal, al parecer fruto de una explosión interna. También se adivinaban toberas y pequeños motores de hidrazina para maniobras de atraque. En varios lugares se apreciaban las marcas de plasma hechas por el capitán Munro: se había querido asegurar de que nadie le quitara la presa.

La Niflheim tenía una flota completa de naves auxiliares, repartidas entre unidades de reparación, interceptores militares, cargueros pesados y ligeros… Se hacía muy difícil entender cómo la humanidad se había embarcado en aquella aventura: cinco kilómetros de diámetro mayor. Una nave/estado de aspecto ovalado, algo chata en los extremos. Un monstruo de metal lleno de seres humanos, miles de ellos, dispuestos a encontrar nuevos mundos. No se trataba de hallar futuras residencias para la humanidad, sino de extender reservorios de la misma a lo largo, ancho, alto, y cuantas dimensiones existieran, de la misma. Cherkas entro en el apartado de «vehículos de emergencia» y dentro de este «cápsulas de escape». Los ingenieros habían dispuesto diferentes modelos adecuados a la evacuación de cada sección. El puente de mando podía ser eyectado completo ya que fue diseñado para poder operar de forma autónoma. En las áreas habitables se instalaron cápsulas automáticas con capacidad hasta de cincuenta personas. El gobernador creía estar mirando una tecnología alienígena, muy alejada de los planteamientos tecnológicos que mantenían en su sitio a la Colonia Komatsu  por ejemplo, pero válidos, como eran validas la pinturas rupestres frente a  la obra de artistas digitales milenios después.

El gobernador pasaba las páginas distraído hasta que lo vio:

«E.A.M.M.E.S.

«Módulo automático de evacuación con soporte médico de emergencia» también conocido como Spasatel’ (salvavidas) por los ingenieros de los reactores nucleares de la Niflheim.

Capacidad: Dos personas.

Propulsión y fuente de energía: Mini reactor de fusión Fermi-Standford.

APU: Baterías estándar.

Control auxiliar de Maniobras: Seis pentatoberas de hidrazina.

Sistema operativo: I.A. Nivel 1, más I.A. Nivel 2 en auto-cirujano.

Sistema médico de emergencia: Auto-cirujano Siemens-Mitsubichi. Auto-diagnóstico basado en la Enciclopedia Médica Universal (Edit. Mc.Grow-Hill-Normapress, 2 584)»

 

No era idéntico al pecio que tan mal humor estaba causando a Munro, estaba claro que había sufrido varias modificaciones con toda probabilidad para hacerlo más eficiente, pero era inconfundible. Según el despacho original, la Niflheim llevaba unos doscientos cincuenta módulos de aquel modelo. La corazonada del gobernador era correcta. Llevó la mano al intercom. Le respondió la voz nasal de Roos.

− ¿Cuando establecerá contacto por radio el teniente Taverna? −le preguntó.

−Está ya desacelerando… Supongo que en unas ocho horas lo sacaremos de estasis −respondió el secretario−. ¿Quiere que le avise cuando esté disponible?

−Por favor: sea a la hora que sea.

Le tomó la palabra: a las seis de la mañana, hora estándar, el comunicador instalado en la cabecera de la cama sonó sacando a Cherkas de sus escasas horas de sueño. Taverna estaba en línea y Roos preguntaba si quería que le pasara la comunicación a su cabina. Denegó la conexión. Se lavó la cara para despejarse y se puso un mono: no tenía tiempo ni ganas de vestirse de modo formal. A los veinte minutos estaba de nuevo en la Torre, saludando al joven teniente Zosimus Taverna.

−Aún no he intentado comunicarme con el piloto del Spasatel −dijo Taverna tras los preceptivos saludos iniciales−. He pensado que… que si viene de tan lejos como parece no soy la persona adecuada para darle la bienvenida…

−Buen criterio −dijo Cherkas tras aguardar al pitido del auto-over−. Usted llegará lejos −alabó−. ¡Lippencott! −se dirigió ahora a un joven alférez al cargo de las comunicaciones de la torre de control−. ¿Podemos establecer contacto con el Spasatel utilizando el viper de Taverna como repetidor?

−Sin problemas, gobernador. Tendremos…eeeh… un segundo y tres décimas de retraso: apenas apreciable…

−Hágalo ahora. Utilice un saludo estándar.

El joven suboficial había trabajado durante horas, para ajustar los nuevos formatos de comunicaciones a los criterios de hacía casi siete mil años. Todo el equipo de la Torre había pasado las horas previas reunido hasta establecer los protocolos actualizados a lo que la Spasatel podría comprender. Se habían suprimido todos los permisos y se había apremiado a los servicios médicos sobre previsible la llegada de organismos de setenta siglos de antigüedad.

Pasaron unos segundos. Lippencott invitó al gobernador a iniciar la conversación.

−Módulo E.A.M.M.E.S. procedente de la nave estelar Niflheim… Le habla el gobernador Fawaz Cherkas, el mando de la estación minera Komatsu… ¿Me recibe?

Al instante una voz masculina y potente llenó la sala de control de la Torre.

−Saludos, gobernador Cherkas. Es un placer poder hablar con otros seres humanos después de tanto tiempo. Le habla el ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, al mando del módulo Spasatel número 112.

El secretario Roos tecleaba con ferocidad en una terminal buscando una identificación positiva del piloto mientras el gobernador le apremiaba con la mirada. Por fin levantó el pulgar dando su conformidad.

−Hemos establecido que un ingeniero llamado Iván Virgil Lewitt viajaba en la Niflheim en el momento de abandonar el sistema solar. El protocolo exige que intercambiemos un fichero encriptado para que ambas partes estemos seguras de que somos quien decimos ser. ¿Está preparado?

−Les envío mi fichero y quedo a la espera del suyo.

−Mientras se produce el intercambio, tengo que hacerle una pregunta, ingeniero Lewitt: ¿es usted consciente de la duración de su viaje y de la fecha actual? −Cherkas miró al altavoz de respuesta con aprensión.

−Según mis cálculos −sonó la voz de Lewitt−. Dentro de un año, siete meses, diez días y unas cuantas horas, cumpliré los siete mil doscientos años de viaje. ¿Es correcto?

−Identificación positiva del Ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, gobernador −interrumpió Lippencott.

−Bienvenido a casa, hijo −dijo Cherkas ignorando al alférez −. No espere que le paguemos los atrasos…

 

Varios días después de aquel contacto con la Spasatel el despacho del gobernador era una locura. Periodistas de los tres mundos solares habían recibido la filtración de la noticia y todos querían la exclusiva. Varias universidades buscaban a su vez ser las primeras en visitar el módulo, un par de escritores pretendían ser los biógrafos oficiales de Lewitt, e incluso varias integrantes de un club de solteras preguntaron si aún estaba disponible. Cherkas desviaba todo eso a los comunicados oficiales mientras en la estación Komatsu todo el mundo se dirigía a la dársena de cortesía para ver la histórica llegada y atraque del módulo de escape. El gobernador estaba enfadado. Nadie se había preocupado del ingeniero que pilotaba aquella nave. ¿Quién era Iván Virgil Lewitt? ¿Por qué abandono la nave nodriza? ¿Fue expulsado? Tal vez era culpable de crímenes inconfesables y el gobierno de la nave/estado Niflheim lo condenó a vagar por el espacio hasta la muerte… En cualquier caso, todo aquello habría ocurrido hacía más de siete mil años. ¿Estaría redimida la pena? ¿Habría prescrito el delito? ¡Bonito problema para los doctores en derecho!

Una luz se iluminó en su intercom.

−¿Gobernador? −era la voz del alférez Lippencott−. Spasatel pide comunicación con usted.

−Adelante −respondió escueto, mientras miraba su reloj de pulsera: eran las seis y media de la mañana.

−Buenos días gobernador Cherkas −la voz de Lewitt llenó la estancia con su tono grave−. Confío en que no sea demasiado temprano…

−Tranquilo, hijo: siempre estoy para usted. ¿Todo bien?

−Nada que reseñar, gobernador, pero creo que tenemos que hablar sobre algunas cosas antes de que atraque.

−Por supuesto, ingeniero. Entiendo su inquietud. No todos los días se regresa de un viaje de siete mil años…Permítame que pida un café antes de continuar −dijo levantándose de la mesa y asomándose a la puerta−. ¿De qué se trata? −preguntó tras pedir la infusión a Roos con una seña−. No tenemos una banda de música, salvo al pesado de Kubota con su violín: le aseguro que si le recibe él, le entrarán ganas de volver al espacio unos cuantos siglos más. Su interpretación de Yervinyan es lo más parecido a torturar un gato que he escuchado jamás…

−Bien… −la pausada voz de Lewitt pareció dudar por primera vez−: de eso quería hablarle. No abandonaré la Spasatel, gobernador.

El secretario Roos entró en el despacho y depositó en una mesita auxiliar una cafetera junto a un sobre de azúcar y otro de leche en polvo.

−Explíquese −pidió Cherkas una vez abandonó la estancia−. ¿Qué teme? ¿No se fía de nosotros?

−No se trata de eso, gobernador: no he dicho que no quiera abandonar la nave. He dicho que no puedo hacerlo.

−¿Por qué?

−Porque… Yo, Iván Virgil Lewitt, soy la nave.

Aquella confesión podría haber derrumbado a un hombre que no fuera Fawaz Cherkas, sin embargo estaba preparado para ello: de hecho, lo había sospechado al revisar las bitácoras de la Niflheim que se habían remitido a la tierra durante casi ochocientos años, antes de que la enorme distancia y la pérdida de interés sumiera en la bruma de la leyenda aquel proyecto. Los experimentos de estasis prolongada habían fracasado, si no, la propia Niflheim hubiera carecido de sentido. Nadie podía sobrevivir siete mil años encerrado en una lata.

−Así pues, hijo −no podía dejar de ver a Lewitt como una persona−, usted es en realidad la Inteligencia artificial del E.A.M.M.E.S. −dijo algo desilusionado.

−No, gobernador. Yo soy Iván Virgil Lewitt, ya se lo he dicho, y no soy una inteligencia artificial. Si se tratara de eso no habría problema alguno, pero soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir.

Cherkas sintió una profunda compasión por aquel hombre. Cierto que había alcanzado un cierto estado de eternidad, pero ¿para qué? ¿De qué sirve vivir eones si tus días están vacíos? Lewitt siguió hablando.

−Tuvimos problemas en la Niflheim. No es posible encerrar a miles de hombres y mujeres y confiar en que mantengan la disciplina durante siglos. Con razón o sin ella surgen divergencias, voces discrepantes e incluso religiones, aun cuando el espacio vacío sólo evidencia que no hay nada ahí afuera en qué creer.

»Yo estaba al cargo del reactor de fusión del Sector dos, una zona de dormitorios, hidroponía y granja. Antes de que se llame a error, «granja» era cómo llamábamos a los enormes reservorios de embriones, preparados para ir habitando los mundos que esperábamos encontrar en nuestro viaje. Así pues, la Granja 2 se alimentaba del reactor que yo atendía. Nos encontramos una nube de materia desconocida, algo similar a la arena, que se comió el veinte por ciento de la integridad estructural de la nave, pero eso no fue lo peor. Lo grave fue el desencanto de no ver las estrellas durante los noventa años que tardamos en atravesar aquello. Dos generaciones nacieron y murieron sin poder abrir una portilla y mirar al exterior. La desidia se hizo dueña de todos y cada uno de nosotros. Mi reactor comenzó a fallar, una avería simple en el circuito de refrigeración, pero el ingeniero a quien le pedí que reparara el problema, simplemente lo ignoró. Se quedó durmiendo en su cabina mientras las alarmas advertían de una evacuación inmediata. Quise arrojar el núcleo al espacio, pero el cierre automático de las esclusas me impidió llegar, En lugar de ello me dirigieron a la Spasatel más cercana. Llegué por los pelos. Cuando salí expulsado ya había absorbido una cantidad mortal de radiación. La cápsula del módulo E.A.M.M.E.S. me introdujo en el auto cirujano cuando ya había perdido el conocimiento. −Lewitt hizo una pausa−. Quiero hacer un alto en la narración, gobernador. Es importante aclarar una cosa.

−Adelante, hijo: tómese el tiempo que necesite.

−Quiero que quede claro que no culpo a la I.A. por lo que hizo. Aunque siete mil años vacíos pueden parecer una condena, me salvó la vida. Esa era su misión, y estoy agradecido por ello.

−Así lo haré constar cuando se me consulte: pierda cuidado −concedió el gobernador.

−Se lo agradezco, gobernador Cherkas. A partir de ahora, mis recuerdos son difusos. No sé si me pertenecen o si los he compartido tantos años con la I.A. de la nave que lo he asumido como propios, sin embargo, tengo una razonable convicción de que lo que voy a contarle es la realidad.

»Las quemaduras por radiación eran considerables, especialmente en manos y piernas. El auto-cirujano tenía que tomar medidas drásticas. Tuvo que decidir por mí, y lo hizo. Amputó las extremidades enfermas que no hacían más que drenar mis escasas energías. Tampoco podía disponer de piel para injertar, no había zonas donantes viables en mi cuerpo. Intentó recuperar cuantos fluidos vitales pudo para rehidratarme, pero mis órganos internos estaban afectados e iban fracasando poco a poco. No puedo imaginarme qué hubiera visto alguien que abriera el tanque medico en ese momento. Supongo que yo era una masa de carne viva que nadie compararía con un ser humano.

−¿Por qué no regresó a la nave nodriza?

−Se había desatado el caos. La humanidad sigue temiendo, al menos seguía entonces, los accidentes nucleares, y teníamos uno muy grave. El auto piloto de la Spasatel pidió autorización para atracar en varios sectores, pero las defensas automáticas detectaban la contaminación y nos rechazaban cada vez con más contundencia. En el último intento fuimos repelidos y el mar de arena nos tragó. El piloto automático navegó entonces a favor de la corriente para minimizar los daños por desgaste en el casco, pero eso nos alejó aún más de la Niflheim que avanzaba a la contra. Las balizas sub-onda eran fagocitadas por la nube, créame: nada podría sobrevivir ahí fuera.

−¿Que ocurrió entonces? −preguntó el gobernador mientras se servía una segunda taza de café.

−Algo maravilloso…: Las dos I.A. del módulo hablaron entre ellas: se pusieron de acuerdo.

»Decidieron sacrificar la base de datos estelares y buena parte del control de navegación para darme una oportunidad. El auto-piloto fijó un rumbo hacia el sistema solar y cedió el resto de su capacidad al auto-cirujano. Él me dotó de ojos, de manos, de oídos… Me dio un nuevo cuerpo, uno único, que nadie había disfrutado hasta entonces. En pocas palabras, me fundí con la nave.

−¡Espere, espere! ¿Quiere decir que hay partes de usted vivas, y que la nave…toda la nave… es una enorme prótesis?

−Lo ha explicado perfectamente, gobernador. Ya se lo había dicho. Soy Iván Virgil Lewitt y sí: soy una nave espacial.

El Honorable Gobernador Fawaz Cherkas depositó con cuidado la taza de nuevo en su plato. Ni había probado el segundo café. Pensó en la cara que pondría Magnus Kubota cuando se enterara de aquello. Habían acordado en una reunión de emergencia dar el estatus de ciudadano a Lewitt en cuanto atracara en la estación. Conocía a Kubota, ultranacionalista-fanático-religioso que no daría más importancia a Lewit que a su tostadora de pan. Para él, la Spasatel no tendía más relevancia que pasar a ser la mascota oficial de la colonia, una atracción circense, como antaño los delfines visitaban los puertos y la gente les ponía nombre.

−Tengo que preguntarle algo, hijo −se odiaba por violar la intimidad de aquel… lo que fuera, pero no le quedaba más remedio.

−Pregunte lo que sea, gobernador −respondió la voz−, aunque creo que sé qué quiere saber. Necesita que le diga cuánto queda de mí, quiero decir de mi ser orgánico, en la nave ¿correcto?

−Lo siento, hijo…

−No se preocupe. El módulo carecía de herramientas para fabricar prótesis reales. No podía dotarme de brazos robóticos, o de ojos artificiales. En pocas palabras, no podía darme una apariencia más o menos humana.

»Lo hablamos. Me consultó qué quería hacer, y me ofreció su propio sistema sensorial. Acepte. Sin embargo, mantener con vida ese montón de masa orgánica era un gasto energético apasionante. ¿Se imagina? Producir oxígeno, mantener una temperatura viable, cosechar hidrocarburos…  Un día consulté a la I.A. cuánto de mí sería necesario para seguir siendo yo. Se sorprendería lo poco que hace falta. Me costó convencer al programa médico que lo que pedía era coherente con el primun non nocere. Se trataba de salvar mi vida en las mejores condiciones. Hicieron falta meses y un par de crisis con el soporte vital para que me diera el visto bueno. Aun así, me puso condiciones. Creó un banco de tejido y congeló células madre suficientes para reparar y reconstruir todo mi cuerpo en el futuro, cuando las condiciones lo permitieran.

−No está respondiendo a mi pregunta, Iván…

−Prefiero Virgil, gobernador −respondió la voz−: Iván sólo lo usaba mi padre cuando estaba enfadado conmigo. Sí: tiene razón, estoy divagando. No es una cantidad exacta, pero una buena aproximación es… medio centímetro cúbico.

 

Y allí estaban ahora, escuchando los gritos de un Magnus Kubota a punto del derrame cerebral, defendiendo a capa y espada que Spasatel era una máquina pura y dura a la que no asistía ningún derecho. Otros delegados se mostraron más flexibles, e incluso llegaron a mostrar cierto grado de empatía con Lewitt, sin embargo Kubota era inflexible, y su influencia en el consejo podía eclipsar el buen juicio del gobernador Cherkas.

−¡Unos gramos de masa cerebral no son una persona! −gritaba lanzando salivazos−, ¡Este consejo no puede permitirse el lujo de sentar precedentes de ese tipo! ¿Qué diferencia hay entre diez gramos y uno? ¿Y cuánta entre uno y ninguno? ¡Somos una colonia espacial! Dependemos de las máquinas, y si aceptamos los derechos de una tendremos que aceptar los derechos de todas.

−¿Ha hablado con Virgil, delegado Kubota? −preguntó el gobernador en un ejercicio de serenidad.

−¡Por supuesto! Y le he expresado que no se trata de nada personal y…

−¿Por qué? −interrumpió Cherkas−. ¿Por qué le ha dicho eso? ¿Le da explicaciones a su lavadora o a su máquina de afeitar?

−¡No intente confundirme, gobernador! ¡Sabe que tengo razón!

La tenía: al menos en lo de sentar precedentes, pero no conseguía entender que se trataba de una circunstancia singular, irrepetible con toda probabilidad.

La delegada Naenie Stratos, una de las pocas mujeres del equipo de gobierno. golpeó su taza de té con una cucharilla.

−Permítame enseñarle algo, Magnus −era el único miembro del consejo que llamaba a Kubota y al resto de los presentes por su nombre−. Este −puso algo sobre la mesa−, es el espejo de mi abuela. Me lo dio cuando cumplí once años, exactamente el día que… ¡bueno!… cosas de viejas.

»Verá, Magnus. Yo siempre he sido muy torpe, así que no tardé en dejarlo caer, con tan mala suerte que se rompió el cristal. No quería que mi abuela se disgustara, así que gasté mis pocos ahorros en poner un espejo nuevo. Quedó perfecto. Mi abuela nunca supo que lo había cambiado. Muchos años después −continuó la delegada Stratos− rompí el mango. Por fortuna ya era una mujer adulta y bien situada, porque es de marfil, ¿saben? Me costó una pequeña fortuna encontrar un importador de marfil fósil y un artesano que reprodujera con fidelidad la forma y detalle del original, pero mi abuela lo merecía.

−¿A dónde quiere ir a parar, delegada? −interrumpió Kubota sin disimular su enfado.

−A que no queda nada de lo que me dio mi abuela, sin embargo, este −señaló a la mesa− y no otro es y será siempre el espejo de mi abuela, el que ella me regaló.

Se hizo un silencio reflexivo en la sala del consejo. Durante unos minutos nadie dijo una palabra. La delegada Stratos había disparado a la diana, a los corazones, con precisión milimétrica. Por un instante pareció que Kubota iba a ceder, pero era un hombre de estado. Equivocado o no, estaba convencido que abrir la puerta a la ciudadanía de las máquinas era el peor error que podían cometer.

−Si me permiten −Cherkas tomó la palabra−, creo que estamos enfocando mal el asunto. El debate no está en si dotamos a las máquinas de derechos civiles, en eso yo mismo estaría de acuerdo con el delegado Kubota. Lo que tenemos que decidir es si Ivan Virgil Lewitt es «Virgil» o es «Spasatel»

−¿Recuerda usted qué le dijo, gobernador? −intervino la delegada de nuevo−. He repasado una y otra vez las grabaciones que nos ha suministrado:

«…soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir». ¿Son esas las palabras de una máquina? −concluyó Stratos.

Kubota iba a replicar cuando las luces se apagaron. Un momento después se conectaron las luces de emergencia mientras una alarma saltaba en toda la estación. Todos notaron una pequeña nausea, señal de que había problemas con la gravedad artificial. Los altavoces comenzaron a escupir recomendaciones y llamadas. El gobernador se dirigió a la Torre, mientras todo el personal era redirigido a las cápsulas de escape.

En la sala de control de la Torre las órdenes entraban y salían a velocidad de vértigo. Lippencott señaló una consola a Cherkas sin molestarse en saludar. Pidió que se pusiera toda la información en aquel puesto a disposición del gobernador. Cherkas sintió un ligero mareo, lo que indicaba que la estación estaba girando. No era una rotación importante, pero significaba que algo iba mal, muy mal.

−¡Alférez! −rugió a Lippencott−. ¡Quiero un resumen inmediatamente!

−Nos están entrando más datos ahora mismo, gobernador, pero tenemos un problema serio. La estación está ahora mismo en modo autónomo.

»Hace veinte minutos una auto-gabarra ha tenido un fallo instrumental, se ha separado del convoy y todas las que iban tras ella la han seguido, en total unas cincuenta auto-gabarras cargadas con doscientas toneladas de mineral cada una de ellas. Han impactado directamente con un asteroide metálico que estaba siendo transportado para ser procesado en la estación Benford.

−¿Bajas?

−Ninguna, gobernador: todas las acciones era automáticas y sin piloto.

−Estupendo −se relajó−. ¿Cuál es la situación ahora?

−El asteroide viene hacia nosotros −dijo Lippencott con tono fúnebre−. Estamos a veinte minutos del impacto.

−Evacuación inmediata −ordenó Cherkas sin pestañear−. ¿Qué opciones tenemos?

−Ninguna, gobernador. Nuestras defensas están basadas en la detección temprana. No podemos desviar ese objeto.

−¿Destruirlo?

−Tampoco. Haría falta una detonación nuclear: hace tiempo que abandonamos esa tecnología. No tenemos un reactor con el que improvisar una bomba… Somos mineros –dijo con pesar.

−Se equivoca: tenemos uno, pero no es nuestro −dijo el gobernador−. Póngame con la Spasatel, ahora.

En línea −contestó una voz anónima.

−Hijo… −el gobernador no sabía cómo empezar− Virgil… Necesitamos su ayuda.

−Estoy al corriente de todo, gobernador. ¿Qué puedo hacer?

−No es fácil, Virgil… Pero todo está en sus manos…

−¿Quiere que use mi reactor para destruir el asteroide?

−Hijo…

−Está bien −La respuesta de Lewitt fue contundente como un martillazo−. No hay problema gobernador. ¿Sabe?… tal vez he vivido siete mil años sólo para este momento.

−Virgil… −el gobernador no estaba seguro de que Lewitt estuviera teniendo en cuenta todo−. No hay tiempo para sacarle de ahí. Hemos perdido el tiempo discutiendo si usted es humano o no, y ninguno nos hemos preocupado por usted… Lo siento, hijo… Hemos sido unos egoístas…

−Creo que no podía haber encontrado a nadie mejor que usted en mi regreso, gobernador. Lamento que no vayamos a tener tiempo para mantener esas largas conversaciones con las que tanto he soñado… Comienzo a descargar datos en su sistema. Sería una pena que todo lo que he visto en siete milenios se perdiera…

−Muchas gracias, Virgil…

−No esté triste, gobernador. No pude salvar a todas aquellas personas en la Niflheim. Esto hará que me sienta útil.

La Spasatel desatracó sin pedir permiso. Era una especie de bailarina, nacida para vivir en el espacio sin las limitaciones de los seres humanos. No era un hombre en un traje espacial, sino una criatura gestada entre las galaxias, la única de su raza.

La puerta de la Torre se abrió y entraron varios delegados, con Kubota a la cabeza. Miró al gobernador y le pidió con un gesto permiso para hablar con el módulo. Cherkas se lo concedió.

−¿Nos escucha, muchacho? −preguntó Kubota con un nudo en la garganta.

−Alto y claro, delegado, pero deberían estar ustedes embarcando en un módulo de escape.

−Sólo es un instante, Hijo. Queremos que sepa que rezaremos por usted, al menos algunos de nosotros, y que nunca dejaremos que esto se olvide. Muchas gracias… Virgil −una lágrima se negó a caer de los ojos de Magnus Kubota−, Ciudadano Ivan Virgil Lewitt…

La Spasatel viró con elegancia hacía el objeto que iba creciendo en las pantallas de la estación…

−Muchas gracias a ustedes, delegados…

−¿Por qué, hijo? −pregunto la delegada Stratos.

−Gracias… por concederme un segundo de humanidad.

 

 

 

 

 

Written by aitztv

24 mayo, 2016 at 14:13

“La llave”

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Yo tenía sólo nueve años: ella siete, bueno…, casi. Estaba en la linde de aquel camino polvoriento que yo recorría a diario hasta la granja de mis tíos con una cántara de leche vacía. Yo se la dejaba cada tarde y mi madre la recogía, llena, cada mañana, antes de que yo me levantara.

El primer día no la miré. ¿Una niña? ¡Ni hablar! Me esperaban mis amigos con el balón para apurar las últimas luces del día antes del perceptivo baño, antesala de cena y cama.

El sol de septiembre se precipitó veloz tras las montañas que le fueron devorando a mordiscos hasta dejar una agradable penumbra, sólo rota por la agonizante luz de mi bicicleta.

Así la fui viendo un día tras otro, hasta que el verano murió en los brazos de los cólquicos y el otoño entró casi sin querer, como pidiendo permiso. Para entonces ya éramos novios. No “novios de esos de verdad”, no: mi madre se reñía mucho con eso. Pero los años pasaron y seguíamos juntos, Y así fue durante los siguientes cuarenta años.

Me acuerdo que una vez ella me preguntó si le quería y yo contesté que sí.

—¡Demuéstramelo! —me pidió con una sonrisa.

Cuando no tienes nada, es difícil hacer demostraciones.

—¿Me quieres más que a tu bici? —me preguntó mirándome por el rabillo del ojo.

—¡Claro que sí! —me había dado la solución, sin querer, al problema.

Rebusqué en mi bolsillo hasta encontrar una llave pequeña. Pertenecía al candado de mi bicicleta. Se la entregué sin dudarlo. La miró un instante, como evaluando el significado de mi gesto. Después, en un arranque de sincero cariño, se alzó sobre la punta de sus pies, me dio un beso fugaz en los labios y salió corriendo. No volví a ver aquella llave en mucho tiempo.

El día de nuestra boda, muchos años después, cuando acudí a rescatarla de los brazos del padrino a la puerta de la iglesia, un reflejo en su cuello me llamó la atención. ¡Allí estaba mi llave! La había bañado en oro y relucía como una estrella arrancada del cielo. Allí la vi esa noche, sobre su garganta mientras perpetrábamos el acto de amor más sincero que la vida me ha concedido.

Pasada esa noche perdí de nuevo de vista a la llave durante muchos años.

La vida fue pasando y, entre amores y desamores, algo se fue rompiendo entre nosotros. La rutina, los celos…, tal vez el simple hastío de llenar un día con los restos del anterior, fueron arrancando la delicada piel de nuestra unión.

Hoy, más de cuarenta años después de aquel viaje en bicicleta con la cántara vacía, he visto la llave. Estaba sobre la mesilla de noche cuando he llegado a casa. Junto a ella, una lacónica nota: sólo cinco letras.

“Adios”

Written by aitztv

5 diciembre, 2015 at 14:21

Los últimos de Filipinas

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Cuántas veces hemos oído hablar de los últimos de Filipinas… Para muchos es una frase hecha para indicar al último que apague la luz y cierra la puerta; para otros es una película que probablemente no han visto ni verán y para algunos es un acto heroico que los soldados españoles protagonizaron en unas islas que casi nadie sabe situar correctamente en el mapa. Lo único que podemos afirmar como cierto, es que hubo unos soldados que defendieron su posición durante casi un año (337 días) con el único refugio de una ermita en Baler, isla de Luzón.

supervivientes de BalerNo eran unos soldados cualesquiera; tampoco eran súper héroes ni fuerzas especiales. Eran en su mayoría campesinos arrancados de sus casas durante la Regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena. Hombres cuyas familias carecían de recursos para librarlos del servicio militar y fueron enviados al olvido por no poder pagar las dos mil pesetas que costaba la redención. Así se cantaba entonces por las tierras del casi muerto imperio español:

Vamos los quintos pa´rriba
que nos llaman las campanas
probaremos nuestra suerte
pa´unos buena pa´otros mala…

Múltiplo de cinco, soldado de cuota.

En 1752 el rey Felipe V quiso terminar con los privilegios de los pudientes y ordenó que, tomando los censos de cada población, uno cada cinco jóvenes serviría en armas: Esos “quintos” se tenían que enfrentar a los destinos que las guerras de la época dictaban. La norma no fue útil ya que los que tenían dinero compraban su puesto en la lista; Con no tener un múltiplo de cinco estabas salvado. Los pudientes siempre se han burlado de los menesterosos. Durante aquellos años, los que pudieron comprar su redención hacían gala de su soberbia cantando:

Si te toca te jodes
que te tienes que ir
que tu madre no tiene
para librarte a tí.

Para salvarte a tí
como la mía a mí,
si te toca te jodes
que te tienes que ir…

Sin embargo, entre todo lo malo que tenía ser reclutado por la fuerza destacaba aun una posibilidad aun peor. Aun conservaba el imperio las colonias de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas y terminar en uno de aquellos destinos era, a veces, una garantía de no volver. Así lo reflejaban las canciones populares, aquellas que con el tiempo pasarían a llamarse canciones “de quintos”; Esta expresión llegó a popularizarse tanto que hoy en día ser “quinto” implica tener la misma edad o simplemente se utiliza como sinónimo de reemplazo. De entre todos aquellos destinos era Filipinas uno de las más temidos por los llamados Soldados de cuota:

Soy soldado de marina

y en el cuello llevo el ancla

y aunque vaya a Filipinas

nunca pierdo la esperanza.

La Regencia y el bipartidismo.

CANOVAS Y SAGASTALa regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena ( a quien no hay que equivocar con María Cristina de Borbón Dos-Sicilias que también, fue regente en un período anterior) se produce a la muerte de Alfonso XII. Este rey, viudo de María de las Mercedes de Orleans, nunca apreció demasiado a su segunda esposa que tuvo que soportar la continuas infidelidades de su marido hasta su fallecimiento en 1885. Conocida como “Doña Virtudes” tuvo que enfrentar el cargo de soberana hasta la mayoría de edad de su hijo, el futuro rey Alfonso XIII, aún en su vientre a la muerte del rey. Durante los diecisiete años que duró su regencia tuvo una presencia discreta en el gobierno, que había pactado el bipartidismo rotatorio suscrito por Cánovas y Sagasta, limitándose la participación de la María Cristina a llamarlos sucesivamente para formar gobierno. Cánovas era un conservador al más puro estilo británico; Defensor del esclavismo en las colonias y de la democracia no revolucionaria, instó a la formación de un partido liberal con el que poder liderar por turnos el gobierno del imperio. Esa meta la alcanza en el pacto del Pardo con el liberal Sagasta.

El USS Maine y su oportuna explosión.

USS MAINE EN LA HABANAPero el 1897 Cánovas muere en Mondragón asesinado por un anarquista italiano y la aparentemente tranquila vida política del imperio comienza a caerse a pedazos: Un año más tarde el USS Maine, acorazado estadounidense que había entrado sin permiso en Cuba, explota misteriosamente cuando estaba anclado en el puerto de La Habana y la Guerra entre estados unidos y España se vuelve inevitable: El Imperio nada tenia que ganar en aquel conflicto, pero para el pujante crecimiento de los estados unidos, que había intentado comprar Cuba al gobierno español en varias ocasiones sin éxito, Puerto Rico, Cuba y Filipinas eran bocados demasiado apetitosos para sus planes de expansión: La venida a menos flota española nada tiene que hacer frente a los modernos barcos americanos que tienen mayor potencia de fuego y alcance, por lo que la guerra se transforma en un ejercicio militar para la armada americana que culmina en el Tratado de París: España acepta la Independencia de Cuba y vende la soberanía de Puerto Rico, Filipinas y Guam a estados unidos por 20.000 dólares. Como consecuencia del tratado y de la desaparición de la armada española, los territorios de Oceanía aún bajo pabellón español se vuelven indefendibles, por lo que las Marianas, Carolinas y Palaos son vendidas al año siguiente a Alemania en 25 millones de pesetas.

Pero estamos en 1898 y las noticias tardan semanas en llegar a los reductos del extinto imperio: Una cincuentena de hombres, algunos veteranos y otros procedentes de los que no pudieron pagar su redención, están cercados en Baler, al Este de Luzón, sin saber que la guerra ya ha terminado y la han perdido. Durante casi un año se defienden de más de ochocientos atacantes filipinos, los katipuneros, mientras el gobierno español los olvida de forma miserable. La defensa de aquellos soldados aún se estudia en las academias militares de todo el mundo pues fue épica e impecable, pero para el gobierno de cualquier país abandonar aquellos soldados a su suerte no es una gesta; en una vergüenza. Cuando pretendieron informar a los sitiados del fin del guerra ya era tarde; No se lo creían.

Los últimos de Filipinas fueron héroes cada uno de ellos, pero recordemos que  si los hombres mueren sin dignidad son una mácula para quien los envía a la muerte y –no olvidemos nunca- que fue el gobierno español quien les envió a morir, sin motivo y sin posibilidades de éxito. Fue difícil; hubo deserciones, suicidios, traiciones y hasta fusilamientos. Tuvieron que sobrevivir cavando un pozo, resistiendo al beri-beri, la disentería y el hambre.

Muchas años después, en 1996, Gloria Macapagal (Presidenta de la república de Filipinas) viajó hasta Almonte, en Extremadura, para rendir homenaje a uno de aquellos supervivientes de Baler. Una réplica de aquella iglesia en la que 33 soldados supervivientes del ejercito de ultramar resistieron más de 300 días. Cuando al fin vencidos capitulan ante el General Filipino Emilio Aguinaldo, éste les declara amigos de la República Filipina y facilita su regreso a España.

El cine nos dejó una versión  de la historia. Con los medios actuales cada uno de nosotros puede acceder a la información necesaria para hacer una idea de qué ocurrió en realidad en Baler a Finales del siglo XIX.  Si pudiera poner música a este post, sin duda sería la voz de Nani Fernández interpretando “Yo te diré”, icónica habanera de Halper y Llovét que acompañará para siempre a la película y a la historia.

Cada vez que el viento pasa se lleva una flor

Os dejo el enlace a la canción original. Se que en muchos despertará la sonrisa o quizá la hilaridad; como dicen aquí, “up to you”. Esta es sólo mi versión de los hechos.

Y vendrán lluvias suaves…

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_IGP4111 Hay una historia maravillosa sobre una casa que intenta sobrevivir cuando sus dueños ya no existen. Un hogar automatizado que intenta seguir su vida aun cuando no hay a quién atender. Vendrán lluvias suaves aun cuando no haya nadie para celebrarlas o maldecirlas. Hoy me han sacado del país de los sueños unos pescadores que, al retornar a puerto al alba, querían vender los pulpos que han logrado durante su singladura. A las seis y media de la mañana el espíritu no está para la cocina –ni para pulpos- pero el cuerpo ya estaba en marcha y me he pertrechado para salir al monte. El paisaje ha cambiado desde la última vez que salí: la hierba esta muy alta y no permite ver lo que pisas, además los arrozales ya están inundados y los caminos entre la espesura están  desdibujados por el barro y las pisadas de los carabaos. El sol, que entona su canto del cisne para dar paso a la temporada de lluvias, ataca desde lo alto con dureza, obligándome a refrescarme a menudo con el agua de una botella congelada que siempre llevo en las salidas. No tardo mucho en darme cuenta de que el campo está muy pesado. La convergencia del calor, la  hierba alta y los campos inundados me obligan a caminar sobre las pequeñas pasarelas que separan los arrozales, en parte para evitar mojarme los pies y en parte para evitar pisar los cultivos. El arroz es más que un alimento básico; es casi una  religión. Podrás invitar a cualquier natural de estas tierras a los mejores restaurantes del mundo que –al final- siempre acaban preguntando por su taza de arroz blanco. A veces pienso que si les invitas a una paella reclamarían su arroz blanco. No es el arroz de elegante grano largo al que estamos nosotros más acostumbrados sino el arroz corto, chato y romo que el hombre hace más de diez siglos que mima y cultiva. El arroz del pueblo es un arroz recio, de grano roto y con enorme cantidad de almidón que la mayoría de las familias comen preparado en un steamer, al vapor. Cada cultura se ha beneficiado de un cereal: África lo hizo al mijo, América al maíz, la mayorías de nosotros al trigo y los países centroeuropeos y germánicos al centeno. Asia es la cultura del arroz y no lo disimulan. No hacen complicadas preparaciones con él. Lo cultivan, lo hierven y lo consumen. Una vez recolectado lo extienden por cualquier superficie seca y lo solean, como nosotros hacemos con las uvas, hasta cuatro veces. Saco a saco _IGP4113-como-objeto-inteligente-1las carreteras, campos de baloncesto y cualquier lugar plano y seco reciben la alfombra de este cultivo. Lo vacían lo extienden y lo recogen hasta cuatro veces por saco. No hay maquinaria, sólo la paciencia de los filipinos trabajando entre dos soles durante un buen montón de días, hasta que llega la báscula, pesa la cosecha y paga a los agricultores. Después, vuelta a empezar. El sol dibuja arcos en el cielo, como las enormes  ojivas de las catedrales, en cuyos vanos los hombres de la tierra, ennegrecidos por los siglos, se doblan en un eterno ciclo de plantaciones y recogidas, de inundaciones y secanos.  La hierba me alcanza el pecho y me resulta imposible ver mis propios pies en el suelo. Los arrozales son lugar frecuentados por todo tipos de insectos que forman parte de la dieta de aves y reptiles que a su vez, forman parte de la dieta de otras aves y reptiles de mayor tamaño. Se que cerca de mi hay cautelosos lagartos y varanos en busca de caracoles e insectos, hay ranas y sapos que a su vez alimentan a las serpientes. Aquí vive la Cobra filipina, que curiosamente es la que usan los supuestos encantadores hindúes de serpientes por su dibujo tan característico. Es muy agresiva y casi siempre mortal. Se que a unas horas de donde me encuentro hay un hospital especializado en mordeduras de animales de todo tipo pero no me consuela. Si me picara no llegaría a tiempo. Hace unos días en la playa me topé a menos de un metro con una medusa cubo – las llaman avispas de mar– cuyo veneno es catastrófico para el hombre. La vi tranquilamente a mi lado, ignorándome, pero extendiendo sus mortales tentáculos al capricho de la resaca. Si no la hubiera visto podría estar ahora en un serio problema o simplemente no estar.  Pese a todo, pese a saber que cada paso es un riesgo para nada calculado, me resisto a regresar. Supongo que en mi mente está afincada esa idea de que todas esas cosas le pasan siempre a otro y que yo soy inmune a estas frivolidades de la Naturaleza.  En el fondo creo que somos, al menos yo, adictos a esa sensación de peligro que adereza los días y ayuda a distinguirlos unos de otros. De todos modos intento escuchar entre la maleza cualquier sonido que denote la presencia de un animal. Ni quiero molestarle ni quiero inquietarlo. Rodeo cuidadosamente los cúmulos de hierbas más altas en los que hay más posibilidades de un encuentro no deseado. Cuesta mucho avanzar, hacer camino. El bosque se resiste a darme paso. Inicio muchas rutas que tengo que abandonar porque no tengo claro que lleven a algún sitio. Me acompañan libélulas de cuerpo pesado y vuelo significativamente torpe. Son oscuras y macizas, lejos de las formas gráciles y colores brillantes que siempre les adjudicamos. Al final, casi sin saber cómo, alcanzo la cima de una pequeña colina y me puedo volver para contemplar qué he dejado a mi espalda. Como siempre, el horizonte está dibujado a tiralíneas por el mar, que hace una línea perfecta sólo interrumpida por la silueta agresiva de las grúas de los cargueros. El aire está absolutamente parado, no hay sonido alguno alrededor.  Es el perfecto mediodía. Los pájaros chapotean agrupados en las pequeñas balsas que aun quedan bajo la luz, justiciera y cenital, del sol. He calculado mal. La luz es absolutamente plana a estas horas y obtener un fotografía decente es difícil pero ya estoy aquí y no puedo hacer otra cosa que al menos intentarlo. Hoy es un día de trabajo por volumen: si hago una cantidad absurdamente grande de tomas, alguna tiene que ser lo suficientemente buena como para justificar la salida. No estoy preocupado –tengo crédito suficiente como para  hacer días en blanco- pero me irrita no obtener resultados. Comienzo la vuelta al valle entre el laberinto de canales que el agua organiza en esta zona. Los arrozales inundados han modificado totalmente el paisaje y no encuentro una vía para volver que no suponga hundirse en el lodo hasta las rodillas. Como cada vez que salgo tengo las piernas llenas de cortes desde las rodillas hasta los pies y no me parece una buena idea meter heridas abiertas en aguas estancadas. Por la zona merodean a sus anchas carabaos y cabras, por lo que eres candidato a una infección o a llevarte unas garrapatas de regalo. Por fin veo una posible vía de retorno, pero tengo que sortear un montículo  y hacerlo por la parte seca. Cuando casi he _IGP4123terminado me encuentro de frente, a menos de un metro, con la cabeza enorme de un carabao.  nos miramos los dos a los ojos como si estuviéramos manteniendo una conversación telepática. Su natural bondad es una  baza a mi favor; sólo tengo que esperar un poco. Como si me hubiera comprendido se da la vuelta y se mete en una poza a refrescarse. Tengo vía libre pero no me sirve de nada: el camino termina es una laguna nauseabunda llena de mosquitos. No hay más remedio que volver por el mismo camino por el que he ido. Nunca me ha gustado desandar un camino. Intento siempre poder regresar por un lugar diferente, de modo que no sea un viaje  de ida y vuelta pero, al menos esta vez, tengo que tomar el imaginario hilo de Ariadna que me permita abandonar este dédalo vegetal. Escucho un trueno en la lejanía y me pregunto si llegaré a tiempo, antes de que la lluvia inunde lo que queda de los caminos.  Ya fui sorprendido y arrastrado en una ocasión por una riada repentina. Perdí una cámara y varias tarjetas de memoria pero gané experiencia y sobre todo  prudencia. Ahora llevo conmigo bolsas estancas para, al menos, proteger el equipo. casi no llego a tiempo a ponerme a cubierto: la lluvia comienza a caer, perezosa al principio y desbocada al cabo de unos minutos: mientras recibo en la cara su cálida caricia me viene a la cabeza el poema de Sara Teasdale:

_IGP4129Vendrán lluvias suaves y olor a tierra,
Y golondrinas volando en círculos con su vibrante sonido;
Y ranas en el estanque cantando en la noche,
Y ciruelos silvestres en su trémula blancura.
Petirrojos vestirán su emplumado fuego,
Silbando sus antojos sobre una alambrada.
Y nadie sabrá de la guerra, nadie
Se preocupará finalmente cuando esté acabada.
A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si la Humanidad pereciera del todo;
Y ni la Primavera misma, cuando despertara al alba
Se daría cuenta de que nos habíamos ido.

//

Written by aitztv

15 julio, 2012 at 8:34

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El primer trago.

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Nicolae Grigorescu - Dos borrachos El día amanece plano de luz con un uniforme tono gris metálico en el cielo que preludia la llegada de enormes nubes preñadas de aguas ascendidas lejos de aquí. Así son ciclos vitales, los eternos retornos, viajes interminables entre dos puntos lejanos que curiosamente separados terminan siendo un uno coherente. Estoy sentado con la vista clavada en el levante, recibiendo los vientos que se escapan hacia el mar en su camino a ninguna parte. Hoy me he dejado acompañar de una amiga de conveniencia, una amistad de esas que nunca faltan cuando las cosas no pueden ir peor: una botella. La he tenido acunada entre hielo para que deje allí su calor y sólo caiga en mi interior el placer de sentir como su espíritu recorre mi cuerpo de arriba abajo, penetrando en mi como una espada. Tomar un trago, solo uno, es un arte de difícil ejecución. Hay que prepararse para sentir un placer que desaparece según el licor se va perdiendo en espiral ejecutando una perfecta caída libre hacia la nada. No se trata de llegar al placer ni de recordarlo después. Se trata de disfrutarlo una única vez y hacerlo según pasa. Un buen trago es como una sinfonía que tiene el tiempo como dimensión principal; no es un cuadro sobre el que dejar viajar la mirada o una escultura que acepte las caricias. No es una amante que gime entre tu brazos para después abandonarse desmadejada abrazada a ti. Un trago es una comunión con el tiempo más pequeño que los hombres podemos medir, es la música en tu sentido más interior. Al abrir la botella el calor de mi mano es suficiente para elevar desde sus adentros el delicado aroma del ron que contiene. Es como si escapara el genio de la lámpara y se vaporizara a tu alrededor, alcanzando por tus fosas nasales el punto del cerebro que evoca tierras lejanas, esas que siempre parecen coquetear con el horizonte donde la vista no permite ver más. Por un instante veo la enorme panza de un barco de madera, de un velero poderoso en cuyas entrañas los marineros cuelgan de las cuadernas como si fueran arañas, encaramados en sus hamacas mientras el aire huele a mar, a música y a ron. tomo un vaso y dejo caer el líquido en su interior. Desciende perezoso como intentando no pisar las paredes de cristal que lo van a acunar unos instantes, los que tarde en decidirme a vaciar el vaso de un  tirón y terminar la magia. Escucho unos pasos a mi lado y reconozco el caminar de Benson a mi lado. Ha vuelto hace poco de una salida relámpago en busca de una población indígena y aun no ha recuperado el caminar en suelo firme tras haber pasado unos días en la selva. Lo sé porque yo mismo camino del mismo modo cuando paso tiempo en la parte salvaje de la isla: uno se acostumbra a caminar de puntillas o clavando los talones con fuerza según sea el firme bajo nuestro pies. Al regreso a terreno doméstico uno no puede evitar que las tsinelas suenen como palmetazos en una mesa. Se me cuelga en la cara una sonrisa de paciencia mientras espero que me dirija una filípica paternalista respecto a la mala costumbre de beber temprano. Pero no. Simplemente alarga el brazo y toma otro vaso a la vez que, con un gesto, me solicita que se lo llene. ¡Esto es nuevo!¡un detalle de humanidad en Benson! Yo había empezado a pensar que no era de este planeta -ni de ningún otro- pero aquí está. Mirando en el interior del vaso como si pudiera diferenciar el líquido del cristal. Súbitamente se lleva el vaso a los labios y con un único movimiento lo vacía sin pestañear, mandando al infierno toda mi reflexión sobre el arte de disfrutar de un tragosolitario. No me queda opción. Hago lo mismo con la mente enfocada en mi acompañante en lugar de viajar a mares lejanos.  Tiende la mano con el vaso y me solicita que se lo llene de nuevo. ¡Qué le vamos a hacer! Un segundo trago con el estómago lleno de mariposas puede ser una idea horrible pero algo me dice que voy a ser testigo de un interesante discurso. El segundo trago sigue el camino del anterior y un  tercero ocupa su lugar en el vaso. El delicado aroma a café con el que está perfumado el licor flota a nuestro alrededor. Me doy cuenta de que Benson me está mirando directamente. Cuando dos hombres beben solos sin hablarse es que pasa algo entre ellos. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en nuestra humilde morada, parecemos los últimos representantes de la raza humana. No se me ocurre como descerrajar la conversación. Es la primera vez que temo la palabras de mi asistente: Querido Benson – le digo- creo que es la primera vez que realizamos juntos la liturgia de hacer trabajar al hígado tan temprano: ¿A qué se debe el placer? –pregunto dándome cuenta de lo tópico de la pregunta, – Depende Sire – me responde-. En primer lugar tendríamos que tener claro si se trata de un placer o no. beber es siempre una catarsis, un intento de purificación por el sufrimiento.  Cuando bebemos nos infligimos un mal que esperamos justifique las acciones que hemos hecho o las que vamos a hacer – Benson se gira hacia la montaña antes de continuar-. Sin embargo, otras veces intentamos que el espíritu del licor prolongue los momentos de alegría, algo que simplemente significa cuán escasos son estos últimos – vacía de nuevo el vaso- ¿Otro más?. El calor del trópico  ha eliminado la frescura gélida del licor y ahora se lanza directo al sistema circulatorio. Noto el calor en el fondo de los pensamientos y la mente empieza a vagar entre algodón. No hay sintonía entre lo que quiero decir y mi lengua dice; además una dulce sensación de sopor me está abrazando por momentos. Benson continúa hablando: Hay una diferencia entre las personas que estamos bebiendo ahora… aquí. Uno lo hace para olvidar, el otro para  ignorar. Ahora pregunto ¿Quién es quién, Sire?.  No tengo ya la cabeza para filosofías, Benson, – digo mientras intento sacudirme el sueño- así que iré a lo fácil. ¿Qué contestaría Lady Lía? . Benson salta como un resorte. Me da la impresión de que no le gustado que la saque a colación con unas copas de más. Pero Benson es imprevisible y rápidamente da la vuelta a la argumentación. Lady Lía – me dice divertido-  le respondería de la misma manera que lo hizo usted cuando fue ella quien preguntó. Le diría que todo aquel que tiene algo que contar no debe ahogarse en tribulaciones. Le diría que la próxima botella esté llena de poesía, de paisajes y de momentos felices. ¿Está todo eso en el espíritu del ron?. Hemos vaciado la botella y el licor ya no es amable. Martillea en las sienes con medida precisión. Miro al horizonte e intento que el viento se lleve las penas. Benson ya no está a mi lado. Le veo caminado por la cima de la colina hasta que desaparece por el otro lado. A mis pies está la botella vacía como trofeo a la estupidez. Entre el metal plomizo del cielo se abren grietas por la que se escapa el sol dibujando caminos entre la espesura. El aire se levanta arrastrando el olor de la tierra mojada y las frutas recién lavadas por la lluvia. Me quedo reflexionando en el hecho de que quién olvida no necesita ignorar. Me voy a dormir, a olvidar…

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Written by aitztv

11 julio, 2012 at 15:56

Publicado en Literatura, Prosa

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“Ínsula in Flúmine Nata”

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Vaya previa la disculpa, ya que el título de este post debería ir en cursiva, según dictan los tratados de estilo, pero el carácter anglosajón de éstos nuevos inventos para publicar no me lo permite. En cualquier caso aclaro que el latinajo “Ínsula in flúmine nata” quiere decir la “isla nacida del río”

El mundo está vivo.

Cambia delante de nuestros ojos habitualmente a una lentitud enloquecedora e incomprensible para el ser humano, pero en ocasiones hasta esos cansinos procesos geológicos son tan veloces que nos pillan con el paso cambiado. Con ese fundamento me atrevo a preguntar qué haremos si al final el proceso eruptivo en El Hierro culmina con el nacimiento de una nueva isla, la octava del archipiélago canario. por casusa de ese comportamiento tan humano consistente en vender la piel del oso antes de haberlo cazado, ya hay personas bautizando el nuevo territorio mientras otras, muy sesudas ellas, están muy preocupadas por el tema de la pertenencia. Así se invoca el derecho romano para fijar la territorialidad del futuro terruño ya que las aguas interiores pertenecen al soberano estado español, soberano ritornelo totalmente innecesario ya que la isla nace – nacería- en aguas territoriales españolas, y ya se sabe: “Lo que se encuentra en España es de los españoles

Mi pregunta es:

¿Qué vamos a hacer con una isla nueva? Me lo temo. Estoy convencido de que lo primero que se hará es mandar a algún majadero a plantar un trapo glorificado clavado en un palo y reclamar ese territorio pala la corona española, no sea que algún sarraceno infiel nos haga la del perejil y sea necesario desalojarlo con un viento duro de levante, como decía Trillo “Mandagüebos” muy orondo él de contento que estaba. La Isla de las Calmas, como se ha propuesto bautizarla -me parece un nombre precioso- puede a partir de ahí seguir destinos diferentes. Desde languidecer hasta morir convertida en un refugio de contrabandistas mechada los fines de semana de domingueros haciendo la paella, hasta albergar una base militar. En otros tiempos tal vez terminara sirviendo de lazareto, pero hoy en día no parece necesaria una instalación sanitaria de ese porte. En el mejor de los casos podría ser sede de astrónomos, dado que carecerá de contaminación lumínica o, mejor aun, transformarse en un parque natural.

Hay una oportunidad única.

Me gustaría saber dónde tengo que acudir a proponer que esa Isla no se toque. Que se declare patrimonio de la humanidad y que las naciones del mundo pongan a sus investigadores – de todas las disciplinas- simplemente a observar. Podríamos saber qué especies llegan primero,¿ Serán insectos, pájaros, reptiles, mamíferos flotando en troncos? ¿Cómo y con qué se viste la plataforma submarina sobre la que asoma la isla? ¿Comenzarán las algas? ¿Llegarán antes los corales? ¿Qué especies de peces y cetáceos se acercan y hacen de ella su nuevo hogar? Todo esto desde lejos, para alejar ese principio de incertidumbre lo más posible, sin que las mediciones afecten a los parámetros que queremos medir.

La idea es tan clara que no merece la pena extenderse más. Desde un punto de vista económico, Canarias, El Hierro, podría convertirse en un centro científico de primera línea mundial, beneficiando al resto del estado y potenciando en las universidades las disciplinas aplicables a un estudio que podría prolongarse durante décadas, ofreciendo una y otra vez datos de primera mano a los investigadores de todo el mundo. La ecología –esa ciencia casi mágica que hoy está tan de moda- sería sin duda la primera beneficiada, pero después llegaría, la zoología, la botánica y con el tiempo, cuando las especies muten en genotipos específicos y endémicos de esa isla, la genética. Es posible que hubiera que crear métodos de estudio absolutamente novedosos, basados en un principio no intrusivo que definieran nuevos caminos para la investigación. No es necesario construir un carísimo ingenió aero-espacial para llega hasta el sujeto de estudio. No hay que ir a Marte o la Luna. Está aquí y podemos llegar en barca.

El planeta Tierra nos puede brindar una oportunidad para conocerlo mejor. Casi podíamos entender que nos pide ayuda, que nos dice “aprended de lo nuevo, para enmendar lo antiguo”. La naturaleza se nos ofrece desnuda en una oportunidad que puede ser única. Tal vez en esta ocasión merezca la pena dejar de pensar como seres humanos y hacerlo como habitantes del Universo. Tal vez debamos aparcar ese nacionalismo antrópico y sentirnos por una vez cosmopolitas en el sentido real de la palabra; “Ciudadano del mundo”

No me gusta citar a nadie pues nunca estoy seguro de que la cita sea real. Pero hay un pensamiento atribuido a Einstein que refleja y resume mi pensamiento respecto a este asunto: “El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados.”

Espero que nazca “la Isla de las Calmas” y que el ser humano pase la reválida que la naturaleza le propone. Además, Canarias se lo merece.

Written by aitztv

13 noviembre, 2011 at 13:49