Creo que lo se…

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El ciudadano.

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Muchas veces nos preguntamos cuánto metal es necesario para convertir a un hombre en una máquina, pero quizá la pregunta esté mal planteada, y sea necesario invertirla y pensar en cuánto tejido humano es necesario para que una máquina pueda ser considerada un ser vivo.


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Rodrigo García Fernández

−¡Inaceptable! ¡No toleraremos eso!

La voz de Magnus Kubota atronó la sala de reuniones.

−Si insisten por esa vía tendremos que tomar medidas… ¡Y serán drásticas, se lo aseguro!

El Gobernador Cherkas miró al techo por enésima vez ese día. De haber tenido a mano algo lo bastante contundente, habría desperdigado los sesos de aquel idiota por toda la colonia. ¿Cómo había llegado a ese punto? Obligó a su atención a relegar las protestas del delegado a segundo plano y repasó los últimos acontecimientos. Tal vez encontrara una solución…

 

Unas semanas antes, Fawaz Cherkas estaba feliz. Le quedaban sólo dos meses para abandonar la estación minera Komatsu, y estaba encantado por ello. No es que no estuviera a gusto: es que la odiaba. Había llegado a aquel punto perdido en mitad de ningún sitio tras cuatro años de viaje, con el primer convoy combinado de los gobiernos de la Tierra, Marte y la Luna, en lo que iba a ser la mayor aventura comercial emprendida desde que el ser humano comprendió que una vez colonizado el planeta rojo, poco más había en el sistema solar que invitara a nuevos asentamientos. Además de un puesto minero avanzado, la estación era una puerta abierta al espacio transcolonial, o al menos eso decían, porque en los seis años que el Honorable Gobernador Cherkas llevaba allí nadie había intentado ir mucho más allá. Pero todo eso estaba a punto de terminar. En un par de meses su sucesor se haría cargo de la estación y él volvería a su casa, a desquitarse de tanto alimento enlatado y suplementos de vitaminas. Estaba saboreando en sueños una enorme rodaja de atún marinado sobre el carbón de su barbacoa en la Tierra, cuando sonó el intercomunicador. La voz de Tormod Roos, su secretario, sonó con su característico timbre nasal. No era culpa del aparato: Roos hablaba realmente así por causa de una sinusitis crónica causada por el aire seco de la estación.

−¿Qué ocurre? preguntó fastidiado.

−Creo que debe venir a la Torre, gobernador −la voz del secretario pretendiendo ser dramática era en realidad ridícula, en especial cuando sorbía los mocos−. Tenemos un problema.

Apenas diez minutos más tarde, el Honorable Gobernador Cherkas estaba en comunicación directo con Daedalos Munro, capitán de la nave chatarrera Bystryy. El capitán Munro se negaba a hablar con nadie, y sólo había aceptado negociar con Cherkas tras casi una hora de discusión con el jefe de seguridad de la Torre. Su voz sonaba por toda la sala de control:

−¡la pieza es mía! −rezongaba el chatarrero a través de la radio−. ¡La he perseguido durante días, una fortuna en combustible!…

−¿Se puede saber que le pasa? −preguntó el gobernador con cara de no entender nada.

¡No la entregaré! …¡ya tiene mi marca!…

−¡Cierren ese audio! −la paciencia de Cherkas había llegado y superado su límite−. ¡Y que alguien me explique qué pasa y por qué me han hecho venir!

−El capitán Munro ha pasado casi cuatro meses en el espacio transcolonial, gobernador −era su secretario quien hablaba−. No hay mucho movimiento en la zona desde que se instalaron las gabarras auto-pilotadas, y le recolección de chatarra ha bajado mucho: de hecho llevan ya un tiempo pidiendo que se rebajen las concesiones de diez a seis y…

−Vaya al grano, secretario.

−Sí: pido disculpas −carraspeó Roos−. Pues bien: el capitán encontró una pieza interesante, la marcó y uno de los nuevos RAP, remolcador auto-pilotado, ha salido a su encuentro. Se suponía que tenía que llevar la pieza a la base Bedford, para su desguace… y aquí está el problema.

−El problema lo va a tener usted si no se explica de una vez…

−El RAP se niega a remolcar la pieza, gobernador −dijo el secretario.

−¿Cómo? ¿No hemos quedado que no tiene piloto? ¿Quién está más cerca del pecio?

−El teniente Taverna ha salido está mañana con un viper modificado. Hemos eliminado el armamento para darle un pequeño nicho de estasis y poder aumentar la velocidad en un diez por ciento, así que llegará a la pieza en un par de días. El RAP ha notificado que el pecio ha atracado en la dársena de carga y que tienen el control, pero sigue negando el remolque.

−¿Hay algún antecedente sobre casos similares? −preguntó Cherkas.

−Sólo en simulaciones: Los RAP pueden ser servo-asistidos desde la colonia, pero como es obvio no se hace −sorbió los mocos de nuevo−, Al parecer ningún equipo auto-pilotado puede remolcar piezas en cuyo interior haya seres humanos.

−¿Entonces? −reaccionó el gobernador con renovado interés−. ¿La pieza está tripulada? Eso la descalificaría como chatarra, supongo.

−Por eso protesta el capitán Munro. Insiste es que es un fallo de lectura del RAP y que sólo se trata de chatarra…

−¿Lo es?

−Los auto diagnósticos de la unidad coinciden con los que hemos ordenado de forma remota: nada falla en el remolque. El sistema insiste en que hay control inteligente a bordo, orgánico, pero ni el tradar ni el lector de bioseñales detectan una simple rata. Además hay otro problema…

−Dispare, Tormod: llevo un día de perros −ironizó Cherkas.

−La pieza… el diseño y la tecnología… En fin… −tragó saliva el secretario−. Ese pecio parece tener unos siete mil años.

El Honorable Gobernador Cherkas miró a su secretario, quien se limitó a desviar la mirada y sorber los mocos con tanta fuerza que escapó un sonido como de trompetilla.

¡Meec!

−Espero que sea una broma…

−Lo siento, gobernador… ¡meec!… Lo estamos comprobando por cuarta vez, pero ¡meec!, no hay error posible, ¡meec,meec!...

Ya en su despacho, el gobernador introdujo una serie de claves en su consola. El procedimiento que había invocado eliminaba todo salto en la comunicación a través de repetidores y conectaba su terminal con un servidor oficial googlespace que orbitaba en el cinturón de Clark. El sistema se tomó su tiempo antes de confirmarle que la conexión era segura. Un menú se desplegó ante sus ojos y le preguntó sobre la búsqueda. Introdujo una sola palabra:

«Niflheim»

Tuvo que facilitar una nueva contraseña y un escáner de retina. Sabía que su entrada habría hecho saltar las alarmas en varios departamentos en la Tierra. No importaba: contaba con ello y se alegraba de hacer bailar la silla de algún burócrata.          Un nuevo menú le ofreció diferentes apartados de consulta. Eligió «naves auxiliares» y mientras se cargaba la información contempló la fotografía que habían obtenido de las cámaras de aproximación del RAP. Tuviera los años que tuviera, aquella nave había sufrido lo suyo. Los paneles exteriores estaban numerados, aunque en la mayoría de ellos los numerosos impactos de meteoritos habían actuado como granalla y estaban borrados. Sin embargo, el panel número cuatro conservaba aún parte de la pintura original, aunque faltaba más de la mitad de la tapa de metal, al parecer fruto de una explosión interna. También se adivinaban toberas y pequeños motores de hidrazina para maniobras de atraque. En varios lugares se apreciaban las marcas de plasma hechas por el capitán Munro: se había querido asegurar de que nadie le quitara la presa.

La Niflheim tenía una flota completa de naves auxiliares, repartidas entre unidades de reparación, interceptores militares, cargueros pesados y ligeros… Se hacía muy difícil entender cómo la humanidad se había embarcado en aquella aventura: cinco kilómetros de diámetro mayor. Una nave/estado de aspecto ovalado, algo chata en los extremos. Un monstruo de metal lleno de seres humanos, miles de ellos, dispuestos a encontrar nuevos mundos. No se trataba de hallar futuras residencias para la humanidad, sino de extender reservorios de la misma a lo largo, ancho, alto, y cuantas dimensiones existieran, de la misma. Cherkas entro en el apartado de «vehículos de emergencia» y dentro de este «cápsulas de escape». Los ingenieros habían dispuesto diferentes modelos adecuados a la evacuación de cada sección. El puente de mando podía ser eyectado completo ya que fue diseñado para poder operar de forma autónoma. En las áreas habitables se instalaron cápsulas automáticas con capacidad hasta de cincuenta personas. El gobernador creía estar mirando una tecnología alienígena, muy alejada de los planteamientos tecnológicos que mantenían en su sitio a la Colonia Komatsu  por ejemplo, pero válidos, como eran validas la pinturas rupestres frente a  la obra de artistas digitales milenios después.

El gobernador pasaba las páginas distraído hasta que lo vio:

«E.A.M.M.E.S.

«Módulo automático de evacuación con soporte médico de emergencia» también conocido como Spasatel’ (salvavidas) por los ingenieros de los reactores nucleares de la Niflheim.

Capacidad: Dos personas.

Propulsión y fuente de energía: Mini reactor de fusión Fermi-Standford.

APU: Baterías estándar.

Control auxiliar de Maniobras: Seis pentatoberas de hidrazina.

Sistema operativo: I.A. Nivel 1, más I.A. Nivel 2 en auto-cirujano.

Sistema médico de emergencia: Auto-cirujano Siemens-Mitsubichi. Auto-diagnóstico basado en la Enciclopedia Médica Universal (Edit. Mc.Grow-Hill-Normapress, 2 584)»

 

No era idéntico al pecio que tan mal humor estaba causando a Munro, estaba claro que había sufrido varias modificaciones con toda probabilidad para hacerlo más eficiente, pero era inconfundible. Según el despacho original, la Niflheim llevaba unos doscientos cincuenta módulos de aquel modelo. La corazonada del gobernador era correcta. Llevó la mano al intercom. Le respondió la voz nasal de Roos.

− ¿Cuando establecerá contacto por radio el teniente Taverna? −le preguntó.

−Está ya desacelerando… Supongo que en unas ocho horas lo sacaremos de estasis −respondió el secretario−. ¿Quiere que le avise cuando esté disponible?

−Por favor: sea a la hora que sea.

Le tomó la palabra: a las seis de la mañana, hora estándar, el comunicador instalado en la cabecera de la cama sonó sacando a Cherkas de sus escasas horas de sueño. Taverna estaba en línea y Roos preguntaba si quería que le pasara la comunicación a su cabina. Denegó la conexión. Se lavó la cara para despejarse y se puso un mono: no tenía tiempo ni ganas de vestirse de modo formal. A los veinte minutos estaba de nuevo en la Torre, saludando al joven teniente Zosimus Taverna.

−Aún no he intentado comunicarme con el piloto del Spasatel −dijo Taverna tras los preceptivos saludos iniciales−. He pensado que… que si viene de tan lejos como parece no soy la persona adecuada para darle la bienvenida…

−Buen criterio −dijo Cherkas tras aguardar al pitido del auto-over−. Usted llegará lejos −alabó−. ¡Lippencott! −se dirigió ahora a un joven alférez al cargo de las comunicaciones de la torre de control−. ¿Podemos establecer contacto con el Spasatel utilizando el viper de Taverna como repetidor?

−Sin problemas, gobernador. Tendremos…eeeh… un segundo y tres décimas de retraso: apenas apreciable…

−Hágalo ahora. Utilice un saludo estándar.

El joven suboficial había trabajado durante horas, para ajustar los nuevos formatos de comunicaciones a los criterios de hacía casi siete mil años. Todo el equipo de la Torre había pasado las horas previas reunido hasta establecer los protocolos actualizados a lo que la Spasatel podría comprender. Se habían suprimido todos los permisos y se había apremiado a los servicios médicos sobre previsible la llegada de organismos de setenta siglos de antigüedad.

Pasaron unos segundos. Lippencott invitó al gobernador a iniciar la conversación.

−Módulo E.A.M.M.E.S. procedente de la nave estelar Niflheim… Le habla el gobernador Fawaz Cherkas, el mando de la estación minera Komatsu… ¿Me recibe?

Al instante una voz masculina y potente llenó la sala de control de la Torre.

−Saludos, gobernador Cherkas. Es un placer poder hablar con otros seres humanos después de tanto tiempo. Le habla el ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, al mando del módulo Spasatel número 112.

El secretario Roos tecleaba con ferocidad en una terminal buscando una identificación positiva del piloto mientras el gobernador le apremiaba con la mirada. Por fin levantó el pulgar dando su conformidad.

−Hemos establecido que un ingeniero llamado Iván Virgil Lewitt viajaba en la Niflheim en el momento de abandonar el sistema solar. El protocolo exige que intercambiemos un fichero encriptado para que ambas partes estemos seguras de que somos quien decimos ser. ¿Está preparado?

−Les envío mi fichero y quedo a la espera del suyo.

−Mientras se produce el intercambio, tengo que hacerle una pregunta, ingeniero Lewitt: ¿es usted consciente de la duración de su viaje y de la fecha actual? −Cherkas miró al altavoz de respuesta con aprensión.

−Según mis cálculos −sonó la voz de Lewitt−. Dentro de un año, siete meses, diez días y unas cuantas horas, cumpliré los siete mil doscientos años de viaje. ¿Es correcto?

−Identificación positiva del Ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, gobernador −interrumpió Lippencott.

−Bienvenido a casa, hijo −dijo Cherkas ignorando al alférez −. No espere que le paguemos los atrasos…

 

Varios días después de aquel contacto con la Spasatel el despacho del gobernador era una locura. Periodistas de los tres mundos solares habían recibido la filtración de la noticia y todos querían la exclusiva. Varias universidades buscaban a su vez ser las primeras en visitar el módulo, un par de escritores pretendían ser los biógrafos oficiales de Lewitt, e incluso varias integrantes de un club de solteras preguntaron si aún estaba disponible. Cherkas desviaba todo eso a los comunicados oficiales mientras en la estación Komatsu todo el mundo se dirigía a la dársena de cortesía para ver la histórica llegada y atraque del módulo de escape. El gobernador estaba enfadado. Nadie se había preocupado del ingeniero que pilotaba aquella nave. ¿Quién era Iván Virgil Lewitt? ¿Por qué abandono la nave nodriza? ¿Fue expulsado? Tal vez era culpable de crímenes inconfesables y el gobierno de la nave/estado Niflheim lo condenó a vagar por el espacio hasta la muerte… En cualquier caso, todo aquello habría ocurrido hacía más de siete mil años. ¿Estaría redimida la pena? ¿Habría prescrito el delito? ¡Bonito problema para los doctores en derecho!

Una luz se iluminó en su intercom.

−¿Gobernador? −era la voz del alférez Lippencott−. Spasatel pide comunicación con usted.

−Adelante −respondió escueto, mientras miraba su reloj de pulsera: eran las seis y media de la mañana.

−Buenos días gobernador Cherkas −la voz de Lewitt llenó la estancia con su tono grave−. Confío en que no sea demasiado temprano…

−Tranquilo, hijo: siempre estoy para usted. ¿Todo bien?

−Nada que reseñar, gobernador, pero creo que tenemos que hablar sobre algunas cosas antes de que atraque.

−Por supuesto, ingeniero. Entiendo su inquietud. No todos los días se regresa de un viaje de siete mil años…Permítame que pida un café antes de continuar −dijo levantándose de la mesa y asomándose a la puerta−. ¿De qué se trata? −preguntó tras pedir la infusión a Roos con una seña−. No tenemos una banda de música, salvo al pesado de Kubota con su violín: le aseguro que si le recibe él, le entrarán ganas de volver al espacio unos cuantos siglos más. Su interpretación de Yervinyan es lo más parecido a torturar un gato que he escuchado jamás…

−Bien… −la pausada voz de Lewitt pareció dudar por primera vez−: de eso quería hablarle. No abandonaré la Spasatel, gobernador.

El secretario Roos entró en el despacho y depositó en una mesita auxiliar una cafetera junto a un sobre de azúcar y otro de leche en polvo.

−Explíquese −pidió Cherkas una vez abandonó la estancia−. ¿Qué teme? ¿No se fía de nosotros?

−No se trata de eso, gobernador: no he dicho que no quiera abandonar la nave. He dicho que no puedo hacerlo.

−¿Por qué?

−Porque… Yo, Iván Virgil Lewitt, soy la nave.

Aquella confesión podría haber derrumbado a un hombre que no fuera Fawaz Cherkas, sin embargo estaba preparado para ello: de hecho, lo había sospechado al revisar las bitácoras de la Niflheim que se habían remitido a la tierra durante casi ochocientos años, antes de que la enorme distancia y la pérdida de interés sumiera en la bruma de la leyenda aquel proyecto. Los experimentos de estasis prolongada habían fracasado, si no, la propia Niflheim hubiera carecido de sentido. Nadie podía sobrevivir siete mil años encerrado en una lata.

−Así pues, hijo −no podía dejar de ver a Lewitt como una persona−, usted es en realidad la Inteligencia artificial del E.A.M.M.E.S. −dijo algo desilusionado.

−No, gobernador. Yo soy Iván Virgil Lewitt, ya se lo he dicho, y no soy una inteligencia artificial. Si se tratara de eso no habría problema alguno, pero soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir.

Cherkas sintió una profunda compasión por aquel hombre. Cierto que había alcanzado un cierto estado de eternidad, pero ¿para qué? ¿De qué sirve vivir eones si tus días están vacíos? Lewitt siguió hablando.

−Tuvimos problemas en la Niflheim. No es posible encerrar a miles de hombres y mujeres y confiar en que mantengan la disciplina durante siglos. Con razón o sin ella surgen divergencias, voces discrepantes e incluso religiones, aun cuando el espacio vacío sólo evidencia que no hay nada ahí afuera en qué creer.

»Yo estaba al cargo del reactor de fusión del Sector dos, una zona de dormitorios, hidroponía y granja. Antes de que se llame a error, «granja» era cómo llamábamos a los enormes reservorios de embriones, preparados para ir habitando los mundos que esperábamos encontrar en nuestro viaje. Así pues, la Granja 2 se alimentaba del reactor que yo atendía. Nos encontramos una nube de materia desconocida, algo similar a la arena, que se comió el veinte por ciento de la integridad estructural de la nave, pero eso no fue lo peor. Lo grave fue el desencanto de no ver las estrellas durante los noventa años que tardamos en atravesar aquello. Dos generaciones nacieron y murieron sin poder abrir una portilla y mirar al exterior. La desidia se hizo dueña de todos y cada uno de nosotros. Mi reactor comenzó a fallar, una avería simple en el circuito de refrigeración, pero el ingeniero a quien le pedí que reparara el problema, simplemente lo ignoró. Se quedó durmiendo en su cabina mientras las alarmas advertían de una evacuación inmediata. Quise arrojar el núcleo al espacio, pero el cierre automático de las esclusas me impidió llegar, En lugar de ello me dirigieron a la Spasatel más cercana. Llegué por los pelos. Cuando salí expulsado ya había absorbido una cantidad mortal de radiación. La cápsula del módulo E.A.M.M.E.S. me introdujo en el auto cirujano cuando ya había perdido el conocimiento. −Lewitt hizo una pausa−. Quiero hacer un alto en la narración, gobernador. Es importante aclarar una cosa.

−Adelante, hijo: tómese el tiempo que necesite.

−Quiero que quede claro que no culpo a la I.A. por lo que hizo. Aunque siete mil años vacíos pueden parecer una condena, me salvó la vida. Esa era su misión, y estoy agradecido por ello.

−Así lo haré constar cuando se me consulte: pierda cuidado −concedió el gobernador.

−Se lo agradezco, gobernador Cherkas. A partir de ahora, mis recuerdos son difusos. No sé si me pertenecen o si los he compartido tantos años con la I.A. de la nave que lo he asumido como propios, sin embargo, tengo una razonable convicción de que lo que voy a contarle es la realidad.

»Las quemaduras por radiación eran considerables, especialmente en manos y piernas. El auto-cirujano tenía que tomar medidas drásticas. Tuvo que decidir por mí, y lo hizo. Amputó las extremidades enfermas que no hacían más que drenar mis escasas energías. Tampoco podía disponer de piel para injertar, no había zonas donantes viables en mi cuerpo. Intentó recuperar cuantos fluidos vitales pudo para rehidratarme, pero mis órganos internos estaban afectados e iban fracasando poco a poco. No puedo imaginarme qué hubiera visto alguien que abriera el tanque medico en ese momento. Supongo que yo era una masa de carne viva que nadie compararía con un ser humano.

−¿Por qué no regresó a la nave nodriza?

−Se había desatado el caos. La humanidad sigue temiendo, al menos seguía entonces, los accidentes nucleares, y teníamos uno muy grave. El auto piloto de la Spasatel pidió autorización para atracar en varios sectores, pero las defensas automáticas detectaban la contaminación y nos rechazaban cada vez con más contundencia. En el último intento fuimos repelidos y el mar de arena nos tragó. El piloto automático navegó entonces a favor de la corriente para minimizar los daños por desgaste en el casco, pero eso nos alejó aún más de la Niflheim que avanzaba a la contra. Las balizas sub-onda eran fagocitadas por la nube, créame: nada podría sobrevivir ahí fuera.

−¿Que ocurrió entonces? −preguntó el gobernador mientras se servía una segunda taza de café.

−Algo maravilloso…: Las dos I.A. del módulo hablaron entre ellas: se pusieron de acuerdo.

»Decidieron sacrificar la base de datos estelares y buena parte del control de navegación para darme una oportunidad. El auto-piloto fijó un rumbo hacia el sistema solar y cedió el resto de su capacidad al auto-cirujano. Él me dotó de ojos, de manos, de oídos… Me dio un nuevo cuerpo, uno único, que nadie había disfrutado hasta entonces. En pocas palabras, me fundí con la nave.

−¡Espere, espere! ¿Quiere decir que hay partes de usted vivas, y que la nave…toda la nave… es una enorme prótesis?

−Lo ha explicado perfectamente, gobernador. Ya se lo había dicho. Soy Iván Virgil Lewitt y sí: soy una nave espacial.

El Honorable Gobernador Fawaz Cherkas depositó con cuidado la taza de nuevo en su plato. Ni había probado el segundo café. Pensó en la cara que pondría Magnus Kubota cuando se enterara de aquello. Habían acordado en una reunión de emergencia dar el estatus de ciudadano a Lewitt en cuanto atracara en la estación. Conocía a Kubota, ultranacionalista-fanático-religioso que no daría más importancia a Lewit que a su tostadora de pan. Para él, la Spasatel no tendía más relevancia que pasar a ser la mascota oficial de la colonia, una atracción circense, como antaño los delfines visitaban los puertos y la gente les ponía nombre.

−Tengo que preguntarle algo, hijo −se odiaba por violar la intimidad de aquel… lo que fuera, pero no le quedaba más remedio.

−Pregunte lo que sea, gobernador −respondió la voz−, aunque creo que sé qué quiere saber. Necesita que le diga cuánto queda de mí, quiero decir de mi ser orgánico, en la nave ¿correcto?

−Lo siento, hijo…

−No se preocupe. El módulo carecía de herramientas para fabricar prótesis reales. No podía dotarme de brazos robóticos, o de ojos artificiales. En pocas palabras, no podía darme una apariencia más o menos humana.

»Lo hablamos. Me consultó qué quería hacer, y me ofreció su propio sistema sensorial. Acepte. Sin embargo, mantener con vida ese montón de masa orgánica era un gasto energético apasionante. ¿Se imagina? Producir oxígeno, mantener una temperatura viable, cosechar hidrocarburos…  Un día consulté a la I.A. cuánto de mí sería necesario para seguir siendo yo. Se sorprendería lo poco que hace falta. Me costó convencer al programa médico que lo que pedía era coherente con el primun non nocere. Se trataba de salvar mi vida en las mejores condiciones. Hicieron falta meses y un par de crisis con el soporte vital para que me diera el visto bueno. Aun así, me puso condiciones. Creó un banco de tejido y congeló células madre suficientes para reparar y reconstruir todo mi cuerpo en el futuro, cuando las condiciones lo permitieran.

−No está respondiendo a mi pregunta, Iván…

−Prefiero Virgil, gobernador −respondió la voz−: Iván sólo lo usaba mi padre cuando estaba enfadado conmigo. Sí: tiene razón, estoy divagando. No es una cantidad exacta, pero una buena aproximación es… medio centímetro cúbico.

 

Y allí estaban ahora, escuchando los gritos de un Magnus Kubota a punto del derrame cerebral, defendiendo a capa y espada que Spasatel era una máquina pura y dura a la que no asistía ningún derecho. Otros delegados se mostraron más flexibles, e incluso llegaron a mostrar cierto grado de empatía con Lewitt, sin embargo Kubota era inflexible, y su influencia en el consejo podía eclipsar el buen juicio del gobernador Cherkas.

−¡Unos gramos de masa cerebral no son una persona! −gritaba lanzando salivazos−, ¡Este consejo no puede permitirse el lujo de sentar precedentes de ese tipo! ¿Qué diferencia hay entre diez gramos y uno? ¿Y cuánta entre uno y ninguno? ¡Somos una colonia espacial! Dependemos de las máquinas, y si aceptamos los derechos de una tendremos que aceptar los derechos de todas.

−¿Ha hablado con Virgil, delegado Kubota? −preguntó el gobernador en un ejercicio de serenidad.

−¡Por supuesto! Y le he expresado que no se trata de nada personal y…

−¿Por qué? −interrumpió Cherkas−. ¿Por qué le ha dicho eso? ¿Le da explicaciones a su lavadora o a su máquina de afeitar?

−¡No intente confundirme, gobernador! ¡Sabe que tengo razón!

La tenía: al menos en lo de sentar precedentes, pero no conseguía entender que se trataba de una circunstancia singular, irrepetible con toda probabilidad.

La delegada Naenie Stratos, una de las pocas mujeres del equipo de gobierno. golpeó su taza de té con una cucharilla.

−Permítame enseñarle algo, Magnus −era el único miembro del consejo que llamaba a Kubota y al resto de los presentes por su nombre−. Este −puso algo sobre la mesa−, es el espejo de mi abuela. Me lo dio cuando cumplí once años, exactamente el día que… ¡bueno!… cosas de viejas.

»Verá, Magnus. Yo siempre he sido muy torpe, así que no tardé en dejarlo caer, con tan mala suerte que se rompió el cristal. No quería que mi abuela se disgustara, así que gasté mis pocos ahorros en poner un espejo nuevo. Quedó perfecto. Mi abuela nunca supo que lo había cambiado. Muchos años después −continuó la delegada Stratos− rompí el mango. Por fortuna ya era una mujer adulta y bien situada, porque es de marfil, ¿saben? Me costó una pequeña fortuna encontrar un importador de marfil fósil y un artesano que reprodujera con fidelidad la forma y detalle del original, pero mi abuela lo merecía.

−¿A dónde quiere ir a parar, delegada? −interrumpió Kubota sin disimular su enfado.

−A que no queda nada de lo que me dio mi abuela, sin embargo, este −señaló a la mesa− y no otro es y será siempre el espejo de mi abuela, el que ella me regaló.

Se hizo un silencio reflexivo en la sala del consejo. Durante unos minutos nadie dijo una palabra. La delegada Stratos había disparado a la diana, a los corazones, con precisión milimétrica. Por un instante pareció que Kubota iba a ceder, pero era un hombre de estado. Equivocado o no, estaba convencido que abrir la puerta a la ciudadanía de las máquinas era el peor error que podían cometer.

−Si me permiten −Cherkas tomó la palabra−, creo que estamos enfocando mal el asunto. El debate no está en si dotamos a las máquinas de derechos civiles, en eso yo mismo estaría de acuerdo con el delegado Kubota. Lo que tenemos que decidir es si Ivan Virgil Lewitt es «Virgil» o es «Spasatel»

−¿Recuerda usted qué le dijo, gobernador? −intervino la delegada de nuevo−. He repasado una y otra vez las grabaciones que nos ha suministrado:

«…soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir». ¿Son esas las palabras de una máquina? −concluyó Stratos.

Kubota iba a replicar cuando las luces se apagaron. Un momento después se conectaron las luces de emergencia mientras una alarma saltaba en toda la estación. Todos notaron una pequeña nausea, señal de que había problemas con la gravedad artificial. Los altavoces comenzaron a escupir recomendaciones y llamadas. El gobernador se dirigió a la Torre, mientras todo el personal era redirigido a las cápsulas de escape.

En la sala de control de la Torre las órdenes entraban y salían a velocidad de vértigo. Lippencott señaló una consola a Cherkas sin molestarse en saludar. Pidió que se pusiera toda la información en aquel puesto a disposición del gobernador. Cherkas sintió un ligero mareo, lo que indicaba que la estación estaba girando. No era una rotación importante, pero significaba que algo iba mal, muy mal.

−¡Alférez! −rugió a Lippencott−. ¡Quiero un resumen inmediatamente!

−Nos están entrando más datos ahora mismo, gobernador, pero tenemos un problema serio. La estación está ahora mismo en modo autónomo.

»Hace veinte minutos una auto-gabarra ha tenido un fallo instrumental, se ha separado del convoy y todas las que iban tras ella la han seguido, en total unas cincuenta auto-gabarras cargadas con doscientas toneladas de mineral cada una de ellas. Han impactado directamente con un asteroide metálico que estaba siendo transportado para ser procesado en la estación Benford.

−¿Bajas?

−Ninguna, gobernador: todas las acciones era automáticas y sin piloto.

−Estupendo −se relajó−. ¿Cuál es la situación ahora?

−El asteroide viene hacia nosotros −dijo Lippencott con tono fúnebre−. Estamos a veinte minutos del impacto.

−Evacuación inmediata −ordenó Cherkas sin pestañear−. ¿Qué opciones tenemos?

−Ninguna, gobernador. Nuestras defensas están basadas en la detección temprana. No podemos desviar ese objeto.

−¿Destruirlo?

−Tampoco. Haría falta una detonación nuclear: hace tiempo que abandonamos esa tecnología. No tenemos un reactor con el que improvisar una bomba… Somos mineros –dijo con pesar.

−Se equivoca: tenemos uno, pero no es nuestro −dijo el gobernador−. Póngame con la Spasatel, ahora.

En línea −contestó una voz anónima.

−Hijo… −el gobernador no sabía cómo empezar− Virgil… Necesitamos su ayuda.

−Estoy al corriente de todo, gobernador. ¿Qué puedo hacer?

−No es fácil, Virgil… Pero todo está en sus manos…

−¿Quiere que use mi reactor para destruir el asteroide?

−Hijo…

−Está bien −La respuesta de Lewitt fue contundente como un martillazo−. No hay problema gobernador. ¿Sabe?… tal vez he vivido siete mil años sólo para este momento.

−Virgil… −el gobernador no estaba seguro de que Lewitt estuviera teniendo en cuenta todo−. No hay tiempo para sacarle de ahí. Hemos perdido el tiempo discutiendo si usted es humano o no, y ninguno nos hemos preocupado por usted… Lo siento, hijo… Hemos sido unos egoístas…

−Creo que no podía haber encontrado a nadie mejor que usted en mi regreso, gobernador. Lamento que no vayamos a tener tiempo para mantener esas largas conversaciones con las que tanto he soñado… Comienzo a descargar datos en su sistema. Sería una pena que todo lo que he visto en siete milenios se perdiera…

−Muchas gracias, Virgil…

−No esté triste, gobernador. No pude salvar a todas aquellas personas en la Niflheim. Esto hará que me sienta útil.

La Spasatel desatracó sin pedir permiso. Era una especie de bailarina, nacida para vivir en el espacio sin las limitaciones de los seres humanos. No era un hombre en un traje espacial, sino una criatura gestada entre las galaxias, la única de su raza.

La puerta de la Torre se abrió y entraron varios delegados, con Kubota a la cabeza. Miró al gobernador y le pidió con un gesto permiso para hablar con el módulo. Cherkas se lo concedió.

−¿Nos escucha, muchacho? −preguntó Kubota con un nudo en la garganta.

−Alto y claro, delegado, pero deberían estar ustedes embarcando en un módulo de escape.

−Sólo es un instante, Hijo. Queremos que sepa que rezaremos por usted, al menos algunos de nosotros, y que nunca dejaremos que esto se olvide. Muchas gracias… Virgil −una lágrima se negó a caer de los ojos de Magnus Kubota−, Ciudadano Ivan Virgil Lewitt…

La Spasatel viró con elegancia hacía el objeto que iba creciendo en las pantallas de la estación…

−Muchas gracias a ustedes, delegados…

−¿Por qué, hijo? −pregunto la delegada Stratos.

−Gracias… por concederme un segundo de humanidad.

 

 

 

 

 

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Written by aitztv

24 mayo, 2016 at 14:13

Crónica solitaria.

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maxresdefaultSi cerraba los ojos, podía sentir el delicado aroma del vino corriendo por aquellos canales cuando el planeta era joven, pero el paisaje hacía milenios que no veía ninguna fiesta y él, ya sólo cubierto con harapos, había abandonado la juventud muchos años atrás. Sus botas de arrogante astronauta colgaban andrajosas al extremo de sus pies, bajo los que un seco caudal de arena áspera y dura permanecía inmóvil, carente del agua que, en otro tiempo, había animado sus días.

Estaba sólo. Aunque sabía que unos centenares de metros tras él los hombres que habían acudido a rescatarle cuchicheaban a su espalda, estaba seguro y convencido de su soledad. Había necesitado la compañía de otros seres humanos para descubrir el verdadero peso de la soledad. Desde que ella le dejó habían pasado quince años. Durante todo ese tiempo sus días habían estado llenos de recuerdos, mechados de lágrimas y sonrisas que se perseguían las unas a las otras. La veía en cada recodo del camino, en cada rayo de sol al atardecer rojizo, en los amaneceres sobre los famélicos frutales de su agónico huerto. Pero la llegada de aquellos hombres había contaminado su panteón particular. Estaban respirando el aire que sólo ella había respirado, hollando el suelo que ella tatuaba con las diminutas huellas de sus pies, bebiendo su agua… robando su sol.

Hubiera podido con todo eso, sin embargo no consentiría que le robaran su recuerdo. No ¡eso no! Se atrevieron a excavar en su tumba, la que él había cavado con sus propias manos para sepultarla mirando al canal, como a ella le gustaba. No habían encontrado nada, Le repetían una y otra vez que ella no había existido, que su mente había creado una compañera para superar la soledad, para salvarle de la locura. ¿Qué sabían ellos? Él la había visto venir caminado desde el horizonte. Entonces sí que estuvo a punto de pensar que estaba definitivamente loco. Llevaba cuatro años en aquel planeta. Sólo hacía siete meses que había enterrado al último de sus compañeros, muerto tras agonizar durante semanas con las costillas clavadas en un pulmón al caerse a uno de los canales.

Sólo quedaba él de los seis astronautas que iniciaron la expedición. Los demás… no habían sabido sobrellevar la soledad de aquel planeta. No lo entendía. ¡Para él era hermoso! ¿Por qué aquella necesidad de marcharse, de abandonar aquella eterna desolación?

Tuvo que ir matándolos de uno en uno. Con disimulo, fingiendo accidentes, enfermedades, desapariciones… Para el último tuvo que manipular el cierre de seguridad de su arnés. Se dio cuenta ¡Cómo no! ¿Quién iba a haber sido cuando sólo quedaban dos personas en aquel mundo? Después él mismo le pidió que acabara con su vida, torturado por la fiebre y con los pulmones llenos de agua por causa del neumotórax… No. Nunca. A su manera, él no era un asesino. Lo mantuvo con vida escuchando todas las maldiciones que escapaban entre toses desgarradoras.

Pero después todo cambió.

Cuando ella llegó el planeta entero pareció pararse. Ni le dijo de dónde venía ni le dio los buenos días. Se envolvió en su vida como te atrapa un amanecer, sin sobresaltos, como si estuviera escrito que tenía que ser así. Pronto comenzaron a deslizarse por las dunas como adolescentes. Navegaron los canales en los fugaces deshielos e incluso construyeron un velero de arena y cruzaron los desiertos empujados por la brisa nocturna. Sin embargo, un día, una vez más, su mundo cambió.

Los pocos dispositivos que aún funcionaban, se despertaron haciendo sonar todas las alarmas. Algo se acercaba. Él miró las sucias pantallas y vio cómo una nave se aproximaba a su planeta. No le costó reconocer una nave Ranger de rescate. ¿Acaso había pedido que le vinieran a buscar? ¿No podían conformarse con hacerles un funeral de estado, declararles héroes, bla, bla, bla…?

Sabía cómo eran los tipos que viajaban en aquel rescate. Hombres duros, sin más horizonte que la misión que tuvieran encomendada.

Comenzó a rebuscar cómo loco entre la chatarra en que se había convertido la nave que le había llevado hasta allí. No tardó en descubrir la baliza que alguno de sus compañeros había activado y escondido. Sabía que sospechaban de él, pero no esperaba eso. Creía que intentarían matarlo o reducirlo… Tal vez no habían tenido tiempo. Por otro lado, tal vez fuera hora de regresar. Decidió hablar con ella.

Se negó en redondo. No abandonaría su hogar.

Se lo rogó. Se arrodilló ante ella, lloró como un niño, pero fue en vano. ¿Qué alternativa tenía? La estranguló esa misma noche. Ella le miró a los ojos hasta el último aliento. No se defendió, no grito, no pataleó: Dejó escapar la vida con la misma tranquilidad con la que había aparecido una mañana entre la bruma del amanecer en el desierto.

Cuando llegaron los ranger, sabía que le descubrirían. Eran veteranos y no se creyeron en ningún momento la cadena de casualidades que había acabado con toda la expedición menos con la suya. Sacaron todos los cadáveres de sus tumbas de arena y piedra. Secos como el tasajo, congelados en el tiempo casi tal y como él los había enterrado, los muertos confesaron. Contaron cómo él había terminado con todos ellos, uno a uno. Los ranger eran tipos duros, si. No dijeron nada. No le juzgaron, no le encerraron. No era su trabajo. Sólo hubo una cosa que les llamó la atención: la tumba de ella estaba vacía.

Le preguntaron una y otra vez dónde la había encontrado, cómo y qué había pasado desde entonces. No hallaron nada que demostrara su existencia: ni tan siquiera el velero de arena que él aseguraba haber construido.

Y allí estaba ahora, mirando sus andrajosas botas al extremo de sus pies. Uno de los ranger era un joven novato. Le llamaban “Niño” los demás veteranos. Le caía bien, pensó mientras jugaba con el detonador que llevaba escondido desde que supo que venían a rescatarle. Las cargas estaban escondidas en el almacén, donde ahora todos los soldados se protegían del sol del mediodía.

Lo siento, Niño —pensó en voz alta sorprendido por el sonido de su voz—. Me da mucha pena tener que matarte…

Written by aitztv

18 noviembre, 2015 at 18:28

Los últimos de Filipinas

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Cuántas veces hemos oído hablar de los últimos de Filipinas… Para muchos es una frase hecha para indicar al último que apague la luz y cierra la puerta; para otros es una película que probablemente no han visto ni verán y para algunos es un acto heroico que los soldados españoles protagonizaron en unas islas que casi nadie sabe situar correctamente en el mapa. Lo único que podemos afirmar como cierto, es que hubo unos soldados que defendieron su posición durante casi un año (337 días) con el único refugio de una ermita en Baler, isla de Luzón.

supervivientes de BalerNo eran unos soldados cualesquiera; tampoco eran súper héroes ni fuerzas especiales. Eran en su mayoría campesinos arrancados de sus casas durante la Regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena. Hombres cuyas familias carecían de recursos para librarlos del servicio militar y fueron enviados al olvido por no poder pagar las dos mil pesetas que costaba la redención. Así se cantaba entonces por las tierras del casi muerto imperio español:

Vamos los quintos pa´rriba
que nos llaman las campanas
probaremos nuestra suerte
pa´unos buena pa´otros mala…

Múltiplo de cinco, soldado de cuota.

En 1752 el rey Felipe V quiso terminar con los privilegios de los pudientes y ordenó que, tomando los censos de cada población, uno cada cinco jóvenes serviría en armas: Esos “quintos” se tenían que enfrentar a los destinos que las guerras de la época dictaban. La norma no fue útil ya que los que tenían dinero compraban su puesto en la lista; Con no tener un múltiplo de cinco estabas salvado. Los pudientes siempre se han burlado de los menesterosos. Durante aquellos años, los que pudieron comprar su redención hacían gala de su soberbia cantando:

Si te toca te jodes
que te tienes que ir
que tu madre no tiene
para librarte a tí.

Para salvarte a tí
como la mía a mí,
si te toca te jodes
que te tienes que ir…

Sin embargo, entre todo lo malo que tenía ser reclutado por la fuerza destacaba aun una posibilidad aun peor. Aun conservaba el imperio las colonias de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas y terminar en uno de aquellos destinos era, a veces, una garantía de no volver. Así lo reflejaban las canciones populares, aquellas que con el tiempo pasarían a llamarse canciones “de quintos”; Esta expresión llegó a popularizarse tanto que hoy en día ser “quinto” implica tener la misma edad o simplemente se utiliza como sinónimo de reemplazo. De entre todos aquellos destinos era Filipinas uno de las más temidos por los llamados Soldados de cuota:

Soy soldado de marina

y en el cuello llevo el ancla

y aunque vaya a Filipinas

nunca pierdo la esperanza.

La Regencia y el bipartidismo.

CANOVAS Y SAGASTALa regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena ( a quien no hay que equivocar con María Cristina de Borbón Dos-Sicilias que también, fue regente en un período anterior) se produce a la muerte de Alfonso XII. Este rey, viudo de María de las Mercedes de Orleans, nunca apreció demasiado a su segunda esposa que tuvo que soportar la continuas infidelidades de su marido hasta su fallecimiento en 1885. Conocida como “Doña Virtudes” tuvo que enfrentar el cargo de soberana hasta la mayoría de edad de su hijo, el futuro rey Alfonso XIII, aún en su vientre a la muerte del rey. Durante los diecisiete años que duró su regencia tuvo una presencia discreta en el gobierno, que había pactado el bipartidismo rotatorio suscrito por Cánovas y Sagasta, limitándose la participación de la María Cristina a llamarlos sucesivamente para formar gobierno. Cánovas era un conservador al más puro estilo británico; Defensor del esclavismo en las colonias y de la democracia no revolucionaria, instó a la formación de un partido liberal con el que poder liderar por turnos el gobierno del imperio. Esa meta la alcanza en el pacto del Pardo con el liberal Sagasta.

El USS Maine y su oportuna explosión.

USS MAINE EN LA HABANAPero el 1897 Cánovas muere en Mondragón asesinado por un anarquista italiano y la aparentemente tranquila vida política del imperio comienza a caerse a pedazos: Un año más tarde el USS Maine, acorazado estadounidense que había entrado sin permiso en Cuba, explota misteriosamente cuando estaba anclado en el puerto de La Habana y la Guerra entre estados unidos y España se vuelve inevitable: El Imperio nada tenia que ganar en aquel conflicto, pero para el pujante crecimiento de los estados unidos, que había intentado comprar Cuba al gobierno español en varias ocasiones sin éxito, Puerto Rico, Cuba y Filipinas eran bocados demasiado apetitosos para sus planes de expansión: La venida a menos flota española nada tiene que hacer frente a los modernos barcos americanos que tienen mayor potencia de fuego y alcance, por lo que la guerra se transforma en un ejercicio militar para la armada americana que culmina en el Tratado de París: España acepta la Independencia de Cuba y vende la soberanía de Puerto Rico, Filipinas y Guam a estados unidos por 20.000 dólares. Como consecuencia del tratado y de la desaparición de la armada española, los territorios de Oceanía aún bajo pabellón español se vuelven indefendibles, por lo que las Marianas, Carolinas y Palaos son vendidas al año siguiente a Alemania en 25 millones de pesetas.

Pero estamos en 1898 y las noticias tardan semanas en llegar a los reductos del extinto imperio: Una cincuentena de hombres, algunos veteranos y otros procedentes de los que no pudieron pagar su redención, están cercados en Baler, al Este de Luzón, sin saber que la guerra ya ha terminado y la han perdido. Durante casi un año se defienden de más de ochocientos atacantes filipinos, los katipuneros, mientras el gobierno español los olvida de forma miserable. La defensa de aquellos soldados aún se estudia en las academias militares de todo el mundo pues fue épica e impecable, pero para el gobierno de cualquier país abandonar aquellos soldados a su suerte no es una gesta; en una vergüenza. Cuando pretendieron informar a los sitiados del fin del guerra ya era tarde; No se lo creían.

Los últimos de Filipinas fueron héroes cada uno de ellos, pero recordemos que  si los hombres mueren sin dignidad son una mácula para quien los envía a la muerte y –no olvidemos nunca- que fue el gobierno español quien les envió a morir, sin motivo y sin posibilidades de éxito. Fue difícil; hubo deserciones, suicidios, traiciones y hasta fusilamientos. Tuvieron que sobrevivir cavando un pozo, resistiendo al beri-beri, la disentería y el hambre.

Muchas años después, en 1996, Gloria Macapagal (Presidenta de la república de Filipinas) viajó hasta Almonte, en Extremadura, para rendir homenaje a uno de aquellos supervivientes de Baler. Una réplica de aquella iglesia en la que 33 soldados supervivientes del ejercito de ultramar resistieron más de 300 días. Cuando al fin vencidos capitulan ante el General Filipino Emilio Aguinaldo, éste les declara amigos de la República Filipina y facilita su regreso a España.

El cine nos dejó una versión  de la historia. Con los medios actuales cada uno de nosotros puede acceder a la información necesaria para hacer una idea de qué ocurrió en realidad en Baler a Finales del siglo XIX.  Si pudiera poner música a este post, sin duda sería la voz de Nani Fernández interpretando “Yo te diré”, icónica habanera de Halper y Llovét que acompañará para siempre a la película y a la historia.

Cada vez que el viento pasa se lleva una flor

Os dejo el enlace a la canción original. Se que en muchos despertará la sonrisa o quizá la hilaridad; como dicen aquí, “up to you”. Esta es sólo mi versión de los hechos.

El día del padre

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3727088-silueta-de-padre-e-hija-en-la-puesta-de-solNada se puede comparar a la infinita alegría que produce ser padre. Cuando tu primer hijo viene a mundo te das cuenta de que acabas de descubrir una de las pocas cosas, quizás la única, por la que pondrías en juego tu vida hasta perderla. Cuando debutas en la paternidad recibes de la naturaleza un regalo y una enorme responsabilidad; tienes en tus manos un futuro, una vida que has de modelar desde el principio sin determinar sus características únicas, esas que hacen que tu hijo o hija sean un ser maravillosamente individual. Pero también recibes la garantía del dolor; sabes que llegará un día en el que se tendrá que desgajar de ti y recorrer su propio camino y que cada día que disfrutas de su infancia y adolescencia es un día menos hacia esa separación. Las estaciones de la vida de un padre las marcan la evolución de sus hijos; sólo compartimos con ellos la primavera de la infancia y el verano dela adolescencia, después ellos toman las riendas de sus vidas y nos transformamos es una especie de consejeros cuyas advertencias rara vez son escuchadas.

Personalmente recuerdo cada instante de la vida de mis hijas: sus primeros pasos, sus primeras palabras… Recuerdo sus ojos enormemente abiertos al mundo y a todo lo que les rodeaba. Y sufro. Sufro por todo aquello que se me ha escapado entre las manos y que ya no tendré tiempo de realizar con ellas. Sufro porque no podré repetir esos momentos de infinito cariño cuando era para ellas, junto con su madre, lo más importante del mundo. Sufro porque descubro que si elimino de la ecuación de mi vida esos momentos y su mera existencia no queda nada de mí que merezca la pena.

Hoy es el día del padre y estoy a miles de kilómetros de aquellos que quiero: Esta mañana ha sonado mi teléfono diciéndome que tenía un mensaje. Mi hija mayor me recordaba la fecha con un “te quiero” que me ha atravesado de parte a parte. Me siento horriblemente bien o tal vez extraordinariamente mal. Subido como estoy en una montaña rusa emocional hace falta muy poco para desequilibrarme y ese “te quiero” es uno de los pocos que escucharé ya en mi vida. Lo siento como siento las primeras lluvias de septiembre que marcan el final del verano, de ese verano de adolescencia, para dar paso al otoño de la razón y de la distancia. No hace mucho pedía yo a los hados del destino diez años de paz… y me los han negado. En ese juego infame de dar y quitar que es la vida quedan sin embargo cosas de las que no nos pueden expropiar. La más importante es posiblemente el haber sido padres.

No hace falta marcar a fuego una fecha en el calendario para recordar que tuvimos la suerte de ser partícipes del milagro de la vida, pero sí es bueno que aprovechemos que existe para reflexionar sobre todo lo que intentamos trasladar a nuestros hijos; todo el amor que pusimos para que su vida fuera un poco mejor que la nuestra. A veces en el empeño dedicamos tanto tiempo al trabajo que nos perdemos los momentos más maravillosos de su infancia; la comparamos con la nuestra y nos parece que la hemos mejorado, pero ellos cargan con nuestras categorías sin saber si está bien o mal: sólo lo aceptan.

Alguien dijo que no dejamos de jugar al hacernos mayores; nos hacemos mayores al dejar de jugar. Por eso pienso que la vida junto a mis hijas debería ser aún una especie de juego incluso en los peores momentos, como hacia el protagonista de “La vida es Bella”. En ese juego quisiera poder dejar escondido, como el mapa del tesoro, mi testamento emocional. En él quiero detallar a quién dejar la curiosidad y la cautela. A quién las noches estrelladas y los colores de las mariposas. A ambas quiero librar de los miedos, el odio y la mezquindad que a la larga sólo producen dolor y profundas heridas. Pero sobre todo quisiera poner a esa humilde herencia una condición. nunca olvidéis aquellos momentos, los buenos, los que merece la pena recordar, porque en ellos siempre encontraréis el profundo cariño de vuestro padre.

Llegará el invierno del olvido: es inevitable. Un día amanecerá el horizonte nevado y los vientos del norte barrerán los recuerdos; los buenos y los malos. Nada sobrevivirá excepto quizás, esa cascada de cristal que no es otra cosa que la risa inocente de vuestra infancia.

Written by aitztv

19 marzo, 2013 at 2:48

8 de marzo

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“El primero que comparó a la mujer con una flor fue un poeta; el segundo, un imbécil”

(Voltaire)

Me doy cuenta de que llega el 8 de marzo del mismo modo que descubro la primavera cuando las flores empiezan a tapizar el campo: sin querer. Pienso que es bueno; cuando las cosas se suceden con naturalidad no pueden perjudicar a nadie. Si conseguimos desplazar todos los dolores y los malos recuerdos a la parte de atrás de la cabeza es posible asumir las cosas como lo que son ahora y no como lo que fueron. En fechas como la de hoy me reafirmo en la idea de la justicia, mucho más equilibrada que la masificadora idea de  la igualdad.

Nunca he sido machista ni por palabra, obra ni omisión; tampoco entiendo el feminismo, que en muchos casos me parece una mera travestura radicalizada y dirigida más a cambiar la opresión de manos que a la consecución de objetivos justos; tampoco creo en  términos tautológicamente opuestos como la “discriminación positiva”, que me parece quiere vestir de inocuidad homeopática el sagrado principio de equidad que dice pretender. La radicalización y el inmovilismo son los extremos de una línea que puede conducir al fascismo. El totalitarismo también llega como sin querer, como los cambios de estación. Uno se vuelve totalitarista como se vuelve alcohólico; muy poco a poco. Al igual que estos no saben reconocer su problema y lo negarán fervientemente trufando sus acciones de victimismo de lágrima de cocodrilo; es propio del fascista reconducir la situación a escenarios de defensa propia en los que, según su limitado ángulo de visión todo está justificado.

Podemos pensar que la sociedad está en deuda con la mujer, trabajadora o no, y es cierto. Pero no se trata de pensar que la deuda emana de lo que se les ha quitado; la deuda emana de lo mucho que ellas han dado. Las mujeres han sido siempre el primer oficial del gran vuelo de la humanidad. Siempre al lado del capitán, velando por la tripulación y encargándose de los menesteres de mantener alta la moral y vivo el espíritu. A mi entender ha llegado el momento de que piloten la nave. No es necesario que los varones sean confinados en la sala de maquinas, no es un motín; es aprovechar las diferencias que hacen que juntos sumemos más que dos.

Es lo justo. Decía Louis de Bonald, fascista de pensamiento inmune a las revoluciones, que dos talentos en un sólo matrimonio son mucho talento para una casa. Su error es obvio. Si de algo estamos todos escasos en los tiempos que corren es precisamente de talento; ojala hubiera al menos uno por hogar.

Los seres humanos pasamos nuestra vida celebrando nuestro nacimiento en modo de cumpleaños: es curioso que celebremos algo que somos incapaces de recordar. De igual modo solemos firmar con sangre la mayoría de las fechas de nuestro calendario. Quizá por eso las marcamos en rojo, para que hechos como que el dio origen al 8 de marzo no se repitan jamás. Es tiempo de construir para todos y para todas, como afortunadamente ya comprende la mayoría. Pero tampoco podemos mirarnos permanentemente el ombligo y olvidar que hay muchos países, muchas comunidades e incluso muchas religiones que denigran, humillan,  menosprecian y asesinan a las personas que nacen mujer, o que no nacen “hombre” según su aldeana concepción del sexo y de la sexualidad. En esos lugares es más necesaria nuestra queja y nuestra solidaridad. Hoy nos vamos a manifestar y después nos iremos al refugio de nuestra sociedad de consumo, a celebrar nuestra solidaridad para quien en muchos casos ya no la necesita.

No se puede aplaudir con una sola mano. Hoy, día de la mujer trabajadora, como el resto de los días que celebramos internacionalmente, debemos hacer un guiño a la comunidad, aunque sólo sea porque entre todos podamos tener un segundo de humanidad.

Written by aitztv

8 marzo, 2013 at 10:48

La vida es una enfermedad terminal.

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Hace tiempo que escribí un cuento, que podéis encontrar aquí, en el que la idea central era la posibilidad de intervenir en la propia muerte. No se trataba del punto de vista del suicida, sino más bien en como los sucesos algún día determinarán que ha llegado el último momento. A veces nuestra personalidad es como el submarino del Capitán Nemo. Tiene diseño retro futurista, y nos permite desandar lo caminado pero sólo para volver a ver como nuevo escogemos la ruta equivocada. Es curioso cómo Julio Verne nos dejó una pista clarísima en su relato.  Nemo significa “nadie” en latín. Y es que en el fondo todos tenemos un rincón “Nemo” que de vez en cuando asoma para recordarnos que nacemos con fecha de caducidad. Charlaba hace unos días con una profesional (de la medicina) sobre lo sencillo que resulta para las personas elegir el camino fácil una vez que has descubierto que tomar decisiones, decisiones muy serias, no es tan grave como parece. Sin embargo, vivir más de la cuenta puede suponer un problema cuando no te has mentalizado para ello. Todos nosotros tenemos una fecha de caducidad. Me consta porque recientemente yo he superado la mía. Aquí es donde me surge el problema. Me da la impresión de que el hecho de permanecer donde ya no se te espera, o de superar la locura o de vencer a la enfermedad, nos da una capa de barniz mágico que nos lleva pensar que somos indestructibles. A partir de ese momento me he dado cuenta que el reino de las decisiones se amplía exponencialmente con el paso de los días, tanto que puede ser que nos supere y nos nuble el entendimiento. Mi Nemo personal desde entonces parece tomar decisiones que yo no entiendo. También puede ser que simplemente nací idiota y no me había dado cuenta hasta ahora. Pero yo lo achaco al hecho de que pienso que ya nada me puede pasar. Es el típico pensamiento que nos viene a la cabeza un segundo antes de que empiece a llover cuando hemos perdido el paraguas.

No tengo ni idea de qué es la vida, por lo que hablar de la muerte es todavía más difícil. Definir las cosas nos da una cómoda sensación de seguridad. No nos cuesta intervenir en los procesos que podemos colocar en un diccionario con cierta conformidad por parte de todos, pero con los conceptos más abstractos tenemos problemas. Nuestras “nadas” son particulares, como lo son nuestras ideas de la vida y la muerte o la razón de nuestras existencia. Nuestras definiciones dependen tanto de los estados de ánimo que lo que ahora es válido mañana nos puede parecer una majadería. Pese a todo podemos admitir algunas cosas respecto a ese fenómeno que es la vida y su opuesto. La muerte es un estado que nos perpetúa en el recuerdo de los demás, que intentan con ello ocultar el vacío de la ausencia.  La diferencia entre la vida y la muerte es tan pequeña que no hemos conseguido hallarla aún.  Espero que no la encontremos nunca. Cuando sepamos dónde está esa pequeña frontera y como funciona se destruirán muchas cosas bellas. A partir de ese día ya no habrá lugar para los mártires ni los héroes; morir de amor no servirá de nada porque será reversible, como el dejar de fumar: las religiones perderán su mejor arma; ya no nos podrían amenazar con el lado tenebroso y encima los enterradores se quedarán sin trabajo.

Desde mi ignorancia pienso que la vida no es un estado de ser humano; es una característica. Así que si no podemos separar nuestras condición de “ser” de la condición de “estar vivo” ¿qué somos si trascendemos? Personalmente pienso que al eternidad es un premio muy pobre para todo lo que algunos tienen que sufrir en este lado, como el recuerdo puede ser una tortura para algunos allegados. Tal vez lo humano sería que nos dejaran la trascendencia como una opción, sin imposiciones. Poder ser Nemo en el sentido más amplio de la pablara. Ser transparente a la historia y a los recuerdos. No se trata de ser lo que uno quiera sino de que uno quiera ser.

Written by aitztv

2 marzo, 2013 at 13:00

Me llamaba Manuel

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Me llamaba Manuel, soy un maldito. Manuel como aquel que nació en España, como el que tuvo una corta vida eterna en cinco minutos. Manuel como el que terminó en una cruz, como el que cavó su fosa con sus propias manos. El amado de Amanda, el arabesco de los cuadros de Goya. Manuel el que marchó a la sierra, el que nunca hizo daño, el péndulo en el olivo del amo. Soy el cuerpo con el que la vergüenza abonó las cunetas de la guerra y con el que ahora quiere abonar la semilla del olvido. Soy el metal de las medallas de los generales y el de los clavos de los ataúdes de los leales. Era Manuel de Argentina, de España, de Chile… Era el puñado de maíz, el surco del arado, el río claro. El cobre, el hierro y el carbón.  Era el trigo dorado, la música y el vino. Era la cobija de mi esposa y el llanto de mis hijos. Era Manuel; la congoja del futuro de los padres, la carcoma del confesionario.

Era Manuel y tuve miedo. Era Sancho sin Quijote, almirez sin mano. El que pasaba por allí, el que guardó en sus entrañas sus balas. El alimento de la raíz de tu rosa, el despojo que comen tus gaviotas. Tu blanco y tu negro, tu rojo y tu azul. El deprecio de tu himno, el corazón de tu soberbia

Era Manuel y no me dejasteis ser nada.

Written by aitztv

28 febrero, 2013 at 12:49