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“La catenaria”

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Hay relatos que sufren más de lo debido. Casi siempre, o siempre, la culpa es del autor, que espera de él algo para lo que no fue escrito. Deambulan como apátridas de certamen en certamen, de concurso en concurso, castigados de forma injusta por un crimen que no han cometido. Esta es una de esas historias. Nunca supe dónde la debía situar. Creo que ya es hora de liberarla.


electrificacionCuando las luces del vagón parpadearon con insistencia, Mario se dio cuenta de que la mañana empezaba mal para él. se había demorado más de lo normal en su ritual matutino de ducha y café y no había alcanzado el Metro a la hora de siempre. Estaba acostumbrado a ver las mismas caras a las mismas horas y tenía la impresión de ser observado con hostilidad por los demás viajeros, como si fuera una hormiga en hormiguero ajeno. Si de algo se sentía orgulloso era precisamente de su orden. siempre a la hora, siempre impecable: era un hombre sin sorpresas. Había pretendido llevar su vida como si se tratara de una producción en cadena, siempre intentando ser eficiente, calculando sus movimientos para no dar un paso de más. Fracasó en muchas cosas: negocios, matrimonio, familia… Siempre pensó que la culpa no podía ser suya: él siempre cumplía con sus compromisos.

La megafonía el tren se abrió con un soplido. una voz femenina comenzó a recitar la información con evidente desgana:

«Atención señores viajeros. Por causa de la caída de una catenaria nos vemos obligados a detenernos durante los próximos veinte minutos. Rogamos no intenten abandonar el coche por sus propios medios. Lamentamos la molestias: Buenos días».

El mensaje terminó con otro par de soplidos. el vagón estuvo sumido unos instantes en un silencio pesado antes de dar paso a expresiones de desagrado y a más de un exabrupto. De inmediato hubo en cada mano un teléfono móvil y cada uno de los viajeros comenzó a repetir o a teclear la historia a su manera. Algunos la retorcieron a su conveniencia, otros llamaban a la consulta del médico para explicar la causa del retraso e incluso un par de escolares comenzaron a especular con la posibilidad de librarse esa mañana de la hora de matemáticas. Mario se limitó a mirar su reloj de pulsera y maldecir su mala suerte. Soltó un bufido mientras intentaba acomodar su agenda al nuevo horario.

−Perdona ¿No nos conocemos?, −escuchó una voz a su lado–. Si no me equivoco estudiamos juntos, durante la secundaria…

Mario se giró para ver quién le hablaba y se encontró con una cara familiar. necesitó unos segundos para que su cerebro pusiera nombre a aquel rostro, pero no tardó demasiado en conseguirlo.

−¿Lucía? ¿Eres tú? ¡Dios mío! ¿Cuánto tiempo ha pasado? –dijo contento de ver a la mujer− ¡Uf!, ¡Más de veinticinco años! –se quitó el guante para estrechar su mano–. No te puedes imaginar la ilusión que me hace verte.

Ella se quitó a su vez una manopla de vivos colores y le tendió una delicada mano de piel aterciopelada. Casi sin querer el brillo de una alianza llamó la atención de Mario. Ciertamente ella estaba muy guapa, incluso le parecía más atractiva que cuando eran unos adolescentes. Entonces no recordaba haber sentido por ella una atracción especial, pese a que por aquella época todos chicos de su edad se enamoraban de todo aquello que tuviera pulso.

Habían compartido instituto desde los catorce hasta los dieciocho años. los nombres comenzaron a volver a la cabeza de Mario como salen a la superficie los restos de un naufragio: Antón, Oscar, Adrián, Luis  y él mismo conformaban el bando de los chicos, mientras que las chicas eran Sofía, Raquel, Celia, una tal Victoria que iba y venía del grupo y, por supuesto, la propia Lucía. En ocasiones eran más, pero no recordaba el grupo si no recordaba primero todos estos nombres.

−Me sorprende que me hayas recordado con tanta facilidad –dijo ella con una sonrisa−, déjame que lo intente yo –añadió mientras ponía un mohín encantador−. Tú eres… Adrián ¿A que sí?

Mario se sintió decepcionado. No era extraño que a él y a Adrián los confundieran,realmente tenían una constitución muy parecida e incluso se daban un aire el uno al otro. En más de una ocasión les tomaron por hermanos: solían bromear con quién era el mayor de los dos.  Sin embargo, esta vez sí que le molestó la confusión. tal vez fuera porque Lucía estaba realmente radiante. Llevaba la melena suelta en cascada sobre el cuello de un abrigo de espiguilla y un traje sastre con una falda ajustada. No la recordaba así. para él nunca destacó por su belleza, pero los años, o vete tú a saber qué, habían hecho de aquella chica «del montón» una mujer madura y muy atractiva. Sin embargo, que no recordara su nombre le había molestado, así que ¿por qué no continuar la conversación como si él fuera realmente Adrián? La idea le produjo un cosquilleo morboso en el interior. Engañar a Lucía de esa forma estúpida se le antojaba parecido a revolver en el cajón de su ropa interior, una especie relación sexual no consentida pero de baja intensidad. Que lo hubiera pensado mejor, dijo en su fuero interno.

−Tienes una fantástica memoria –dijo sintiéndose un hipócrita–. Menos mal que no me has equivocado con Mario: Por cierto. ¿Sabes algo de él y de los demás? ¡Hace siglos que no veo a nadie!

−No te puedo contar mucho: Oscar y Sofía estuvieron saliendo un par de años y Celia y Raquel… Bueno… –puso una sonrisa pícara− Viven Juntas, ya me entiendes…

−¿Y dices que no me puedes contar mucho? –dijo Mario con estudiada exageración− ¡Eres una enciclopedia! –rio−. Yo sí que no puedo contarte nada.

Mario Iba a continuar sus disculpas, pero se dio cuenta de que si hablaba podía descubrir su pequeña mentira. Tendría que estar atento a no equivocarse. No sabía hasta dónde conocía ella realmente a Adrián, aunque el hecho de haberlos confundido no indicaba mucho contacto en los últimos años.

−No recuerdo apenas nada de entonces –mintió de nuevo−. ¿Qué me cuentas de los chicos?

−De Antón no sé nada: ni si vive, ni si está aquí, ni si terminó la carrera. De Luis puedo decirte que dejó de estudiar porque falleció su padre y él se hizo cargo de la tienda familiar. A partir de ahí le perdí la pista. Creo que se casó, pero no recuerdo quién me lo contó, no me hagas mucho caso en eso.

−¿Y qué hay de ti? –preguntó Mario−. Te veo estupenda. ¿Has hecho un trato con el Diablo? –preguntó galante.

−¡Qué más quisiera! –contestó ella halagada−. No, no hay secretos. Vivo muy tranquila. Terminé la carrera y me fui fuera un par de años. Bueno: ¡Iban ser un par de años! Pero ya sabes… La juventud. Conocí a un hombre algo mayor y me enamoré de él como una tonta. Nos casamos y…−su cara se oscureció−. Lo perdí el año pasado. Habíamos puesto juntos una Asesoría: ahora la llevo yo.

−Lo lamento mucho –dijo Mario conmovido. Durante unos instantes se sintió más culpable aún de tomar el pelo a Lucía. Ahora sabía que ella era muy vulnerable y no quería hacerle daño, pero no podía volverse atrás. Deseó que el tren recobrara la electricidad pronto para salir del embrollo−. ¿Qué tal lo llevas?

−¡Oh, no te preocupes! Estoy bien. A veces los recuerdos me hacen alguna jugada, pero yo suelo decir que los recuerdos son para soñar, no para vivir. No quiero sentirme especial, eso únicamente aumentaría la pena y los remordimientos.

Los ojos de Lucía habían comenzado a brillar. Mario sacó un pañuelo y se lo ofreció con delicadeza. Su esposa había fallecido también un par de años antes, pero para entonces ya estaban separados. Nunca supo medir bien las necesidades de su mujer durante el matrimonio: no supo leer las señales. Día a día iba perdiendo encanto ante sus ojos hasta que llegó un momento en que no quedó nada en él a lo que ella pudiera querer. Su vida era una vela encendida por los dos lados. Ardía veloz sin percatarse de que lo que realmente se consumía era él. Cuando ella le dijo un día que había tocado fondo él se derrumbó. Fue como si un corredor se encontrara de pronto con un cristal invisible en su camino. Se deshizo en mil partes irreconciliables que se desperdigaron en un espacio infinito. Tuvo que volver a construir una nueva soledad:una propia. No había sido capaz de querer a nadie desde entonces. Cuando recibió la noticia de su muerte no se sintió libre. Se volvió densamente pesado, inercial. Se movió mucho tiempo como un cadáver incorrupto viéndose a sí mismo como un homenaje al sufrimiento, como una piedra de río que es incapaz de rodar.

−De verdad que lo siento –repitió−. No te voy a incomodar soltando tópicos sobre la vida y la muerte. Tienes razón. Los recuerdos son para soñar: no para vivir.

−¡Vaya! –dijo ella de repente− Me acabas de recordar a Mario… Él hubiera dicho algo así.

Antes de que en Mario saltaran todas las alarmas, sonó en el vagón una especie de golpe seco y todas las luces se apagaron a la vez. Hubo un momento de total oscuridad mientras la iluminación de emergencia comenzaba a bañar de un color amarillento el interior del coche. se escucharon algunos gritos de angustia mientras por megafonía la misma voz desganada de antes explicaba que era un paso normal y que nadie perdiera los nervios. La mano de ella buscó en los instantes de oscuridad un asidero y lo encontró en la mano de Mario. durante una corta eternidad sus cuerpos buscaron abrigo uno en otro y sus alientos se confundieron.

−Tranquila, no pasa nada –explicó−. Tienen que desconectar la red dañada para sustituirla por la nueva –ella intentó retirar su mano pero él la retuvo suavemente, aunque con firmeza−. Créeme: soy ingeniero −dijo en un susurro.

−¡Pero si hiciste el bachiller por letras! −recordó ella.

−¡Estaba bromeando! –dijo Mario agradecido de que la oscuridad cubriera su rubor−. Intentaba tranquilizarte un poco –añadió, llamándose idiota por el desliz−. Hablando de ingenieros. ¿No sabes nada de Mario?

−Lo cierto es que no. No he sabido de él como no he sabido de ti. Os perdí de vista y si no hubiera sido por esta avería en el tren no sabría nada de ninguno de los dos: hasta en eso os parecéis.

−La verdad es que siempre nos confundían, pero no nos parecíamos tanto, creo yo. Supongo que el hecho de estar siempre juntos acentuaba la confusión.

−En realidad siempre pensé que Mario era un idiota –dijo ella de sopetón−. Siempre sabiéndolo todo y corrigiendo a los demás. Creo que carecía totalmente de empatía.

Mario soltó su mano de inmediato. el viento gélido de las palabras que ella acababa de pronunciar había derrumbado hasta los cimientos su frágil castillo de naipes.

−Hombre…Lucía…−tartamudeó−. Me parece una afirmación un poco dura. Tal vez Mario no fuera muy sociable, pero tampoco un insensible…

−¡Siempre con sus agendas! con sus puntualidades, con su orden inalterable –continuó ella hablando−. Nunca dejaba lugar a la diversión completa, a la improvisación… Incluso tú, que eras su mejor amigo decías que muchas veces no le soportabas. Recuerda que tú le bautizaste «El Tieso». ¡Tú le pusiste el mote! Si te soy sincera no es precisamente a quien más he echado de menos y eso que por aquel entonces, pese a todo, me gustaba muchísimo, pero él nada más tenía ojos para Sofía y está a su vez no le hacía ni caso porque sólo miraba a Oscar.

−¡Caramba! ¡Qué revelación! – dijo sorprendido.

−Siempre he elegido mal a los hombres, y por entonces me fijaba en los más raritos. Me gustaba de él lo culto que era, pero siempre que tenía oportunidad, te lo restregaba por la cara. Si no le dabas la razón era inflexible contigo hasta que terminabas cediendo. Siempre hablando de sus cosas, de sus intereses, de tanto como él sabía… ¿Recuerdas cómo a veces le dábamos esquinazo para no verle? –dejó escapar una risa cómplice− Yo creo que nunca se enteró de lo mal que nos caía a veces…

−De eso estoy seguro… Nunca lo supo.

En ese instante las luces se encendieron y el tren se puso en marcha. Lucía continuaba hablando pero él ya no la escuchaba. Su voz era un eco lejano. Aquella etapa que Mario siempre consideró la mejor de su vida no había existido. Fue actor involuntario de una farsa, de una obra de carpintería social en la que sólo le habían soportado por caridad. Siempre había sido un vacío en la vida de sus amigos. Perder esa mañana el tiempo eligiendo una camisa, llegar tarde a la estación, tomar un tren que no era el habitual, una avería inoportuna… Todo conducía a una revelación dolorosa y precisa. Nadie le había querido nunca.

−¡Bueno! –dijo ella−, estoy llegando a mi estación. Si me das un número de teléfono podemos quedar algún día a tomar un café.

−Imposible, Lucía. Trabajo en el extranjero. Sólo he venido a renovar la documentación –mintió con descaro– Yo te buscaré en la asesoría cuando vuelva de vez en cuando − tendió la mano de nuevo−. ¡Ha sido un placer!

−Lo he pasado muy bien −dijo ella−. Confío en que no tenga que esperar otros veinticinco años para verte de nuevo. ¡Adiós, Adrián!

Abandonó el coche y con un taconeo rápido enfiló las escaleras mecánicas.

Él se bajó del metro en la siguiente estación. Mientras el tren la abandonaba, las luces de  las ventanillas encendieron claroscuros sobre su cara. Él se sentía más o menos igual. Como si viviera dos vidas simultáneas en las que una era su propia percepción y la otra su oscura realidad. El Mario que entró esa mañana en el tren nunca sería igual que la persona que acababa de abandonarlo. Una parte de su vida se había arrojado a la vía. Comprendió mejor que nunca por qué su esposa le abandonó. supo por qué nunca tuvo amigos de verdad: Por fin entendió por qué siempre estaba solo.

Cuando por fin salió a la luz de la ciudad era un Mario nuevo. No era ni mejor ni peor, tan sólo había dejado de pensar en sí mismo como parte de los recuerdos de otros. Miró su reloj: llegaba tarde.

−¡Qué demonios! –pensó mientras  soltaba su perfecto nudo de corbata−. ¡Aún tengo tiempo de tomar un café!

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Written by aitztv

7 julio, 2016 at 15:36

Publicado en ficcion, Prosa, relato

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Crónica solitaria.

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maxresdefaultSi cerraba los ojos, podía sentir el delicado aroma del vino corriendo por aquellos canales cuando el planeta era joven, pero el paisaje hacía milenios que no veía ninguna fiesta y él, ya sólo cubierto con harapos, había abandonado la juventud muchos años atrás. Sus botas de arrogante astronauta colgaban andrajosas al extremo de sus pies, bajo los que un seco caudal de arena áspera y dura permanecía inmóvil, carente del agua que, en otro tiempo, había animado sus días.

Estaba sólo. Aunque sabía que unos centenares de metros tras él los hombres que habían acudido a rescatarle cuchicheaban a su espalda, estaba seguro y convencido de su soledad. Había necesitado la compañía de otros seres humanos para descubrir el verdadero peso de la soledad. Desde que ella le dejó habían pasado quince años. Durante todo ese tiempo sus días habían estado llenos de recuerdos, mechados de lágrimas y sonrisas que se perseguían las unas a las otras. La veía en cada recodo del camino, en cada rayo de sol al atardecer rojizo, en los amaneceres sobre los famélicos frutales de su agónico huerto. Pero la llegada de aquellos hombres había contaminado su panteón particular. Estaban respirando el aire que sólo ella había respirado, hollando el suelo que ella tatuaba con las diminutas huellas de sus pies, bebiendo su agua… robando su sol.

Hubiera podido con todo eso, sin embargo no consentiría que le robaran su recuerdo. No ¡eso no! Se atrevieron a excavar en su tumba, la que él había cavado con sus propias manos para sepultarla mirando al canal, como a ella le gustaba. No habían encontrado nada, Le repetían una y otra vez que ella no había existido, que su mente había creado una compañera para superar la soledad, para salvarle de la locura. ¿Qué sabían ellos? Él la había visto venir caminado desde el horizonte. Entonces sí que estuvo a punto de pensar que estaba definitivamente loco. Llevaba cuatro años en aquel planeta. Sólo hacía siete meses que había enterrado al último de sus compañeros, muerto tras agonizar durante semanas con las costillas clavadas en un pulmón al caerse a uno de los canales.

Sólo quedaba él de los seis astronautas que iniciaron la expedición. Los demás… no habían sabido sobrellevar la soledad de aquel planeta. No lo entendía. ¡Para él era hermoso! ¿Por qué aquella necesidad de marcharse, de abandonar aquella eterna desolación?

Tuvo que ir matándolos de uno en uno. Con disimulo, fingiendo accidentes, enfermedades, desapariciones… Para el último tuvo que manipular el cierre de seguridad de su arnés. Se dio cuenta ¡Cómo no! ¿Quién iba a haber sido cuando sólo quedaban dos personas en aquel mundo? Después él mismo le pidió que acabara con su vida, torturado por la fiebre y con los pulmones llenos de agua por causa del neumotórax… No. Nunca. A su manera, él no era un asesino. Lo mantuvo con vida escuchando todas las maldiciones que escapaban entre toses desgarradoras.

Pero después todo cambió.

Cuando ella llegó el planeta entero pareció pararse. Ni le dijo de dónde venía ni le dio los buenos días. Se envolvió en su vida como te atrapa un amanecer, sin sobresaltos, como si estuviera escrito que tenía que ser así. Pronto comenzaron a deslizarse por las dunas como adolescentes. Navegaron los canales en los fugaces deshielos e incluso construyeron un velero de arena y cruzaron los desiertos empujados por la brisa nocturna. Sin embargo, un día, una vez más, su mundo cambió.

Los pocos dispositivos que aún funcionaban, se despertaron haciendo sonar todas las alarmas. Algo se acercaba. Él miró las sucias pantallas y vio cómo una nave se aproximaba a su planeta. No le costó reconocer una nave Ranger de rescate. ¿Acaso había pedido que le vinieran a buscar? ¿No podían conformarse con hacerles un funeral de estado, declararles héroes, bla, bla, bla…?

Sabía cómo eran los tipos que viajaban en aquel rescate. Hombres duros, sin más horizonte que la misión que tuvieran encomendada.

Comenzó a rebuscar cómo loco entre la chatarra en que se había convertido la nave que le había llevado hasta allí. No tardó en descubrir la baliza que alguno de sus compañeros había activado y escondido. Sabía que sospechaban de él, pero no esperaba eso. Creía que intentarían matarlo o reducirlo… Tal vez no habían tenido tiempo. Por otro lado, tal vez fuera hora de regresar. Decidió hablar con ella.

Se negó en redondo. No abandonaría su hogar.

Se lo rogó. Se arrodilló ante ella, lloró como un niño, pero fue en vano. ¿Qué alternativa tenía? La estranguló esa misma noche. Ella le miró a los ojos hasta el último aliento. No se defendió, no grito, no pataleó: Dejó escapar la vida con la misma tranquilidad con la que había aparecido una mañana entre la bruma del amanecer en el desierto.

Cuando llegaron los ranger, sabía que le descubrirían. Eran veteranos y no se creyeron en ningún momento la cadena de casualidades que había acabado con toda la expedición menos con la suya. Sacaron todos los cadáveres de sus tumbas de arena y piedra. Secos como el tasajo, congelados en el tiempo casi tal y como él los había enterrado, los muertos confesaron. Contaron cómo él había terminado con todos ellos, uno a uno. Los ranger eran tipos duros, si. No dijeron nada. No le juzgaron, no le encerraron. No era su trabajo. Sólo hubo una cosa que les llamó la atención: la tumba de ella estaba vacía.

Le preguntaron una y otra vez dónde la había encontrado, cómo y qué había pasado desde entonces. No hallaron nada que demostrara su existencia: ni tan siquiera el velero de arena que él aseguraba haber construido.

Y allí estaba ahora, mirando sus andrajosas botas al extremo de sus pies. Uno de los ranger era un joven novato. Le llamaban “Niño” los demás veteranos. Le caía bien, pensó mientras jugaba con el detonador que llevaba escondido desde que supo que venían a rescatarle. Las cargas estaban escondidas en el almacén, donde ahora todos los soldados se protegían del sol del mediodía.

Lo siento, Niño —pensó en voz alta sorprendido por el sonido de su voz—. Me da mucha pena tener que matarte…

Written by aitztv

18 noviembre, 2015 at 18:28

“Tan solo un susurro”

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130604164250-underwater-hotel-dubai-beach-horizontal-large-galleryLa sala era milimétricamente aséptica incluso en sus formas; no había nada de más, ni tan siquiera una mota de polvo y si la hubiera seguro que alguien la habría catalogado, censado y tabulado en algún formulario perdido en aquel enorme hospital. Se acercó a la ventana y anuló la polarización para poder ver mejor el exterior. Una catarata de luz invadió la sala; las paredes inmaculadamente blancas multiplicaron la luminosidad hasta hacerle sentir que estaba rodeado de hielo. Fuera, el paisaje fue componiéndose a medida que su vista se adaptaba a la situación.  No era su mundo natal y muchos aún se sentían incómodos al contemplar aquel yermo rojizo y la enorme luna que se alzaba cada noche en el cielo; sin embargo a él le encantaba: sabía que era su hogar y se había acostumbrado a vivirlo tal y como era. Le fascinaban las enormes tormentas de polvo que periódicamente cubrían gran parte de aquel mundo. Para un arqueólogo como él era el mundo perfecto; aún se levantaban enormes restos de la civilización que les precedió, restos en su mayoría de enormes construcciones en las que aquellos seres debieron de vivir apilados como insectos. Los primeros análisis de las estructuras demostraban que aquellas viviendas eran absolutamente ineficientes en cuanto a la conservación del calor o de la energía; los espacios estaban tabicados con lo que la idea de unos seres sociales era muy difícil de sostener: No encajaba con el concepto de colmena. No terminaba de comprender cómo los habitantes de aquel mundo se encerraban en enormes construcciones comunitarias para después construir de nuevo habitáculos más pequeños en los que conservar la individualidad.

Un suave zumbido a su espalda le hizo saber que los servomecanismos de la puerta la estaban abriendo; volvió la vista y de encontró de frente con el doctor al cargo del cuidado de su esposa.

–  ¿Cómo estás, Doc? -saludó el recién llegado-

–  Esperando noticias, Doc -contestó a su vez-

–  ¿Acaso quieres quedarte ciego? – dijo el médico mientras se dirigía a la ventana y polarizaba el cristal- Pusimos estos filtros para algo.

Ambos se conocían bien desde muchos años atrás; habían nacido en la misma colonia. Se hicieron amigos en la escuela, durante el largo viaje que les llevó desde su mundo natal hasta este que habitaban ahora. Fueron compañeros de estudios hasta la universidad, cuando uno se decantó por la medicina y el otro por la arqueología; se doctoraron a la vez, por eso se referían el uno al otro con un afectivo “Doc”.

–   Tu esposa está bien; no debes preocuparte. –Se acercó a la pared y con un gesto de la mano un panel se deslizó dejando a la vista un recipiente con agua caliente y diferentes infusiones – ¿Tomas algo?

–    No, gracias – respondió con un gesto de impaciencia -. ¿Cuánto crees que va a durar esto? Hace dos horas que no sé nada. Espero que esté todo bien.

El médico levantó la vista al techo con un gesto teatral

–  ¡Padres primerizos! ¡El terror de los médicos!… No tienes que preocuparte de nada –hizo un gesto con los brazos extendidos- Todo el personal de esta institución está atento a la llegada al mundo del vástago del arqueólogo más rebelde e iconoclasta de nuestra historia reciente.

–   No te rías de mí – se puso serio y se acercó de nuevo a la ventana – Sabes que mi teoría será rechazada y enviada a la papelera unánimemente por todo el Consejo Superior: peligra hasta mí puesto en la Universidad…

–   No seas tan pesimista; has creado una corriente de pensamiento, que es más que elaborar una teoría. Has conseguido que un montón de personas presionen para que se investigue en la línea que tú has trazado – se detuvo buscando una cucharilla- ¡Despedirte! No se atreverán a tanto, aunque… – hizo una pausa y miró fijamente a su amigo – he oído que tal vez te sancionen. Lo siento Doc; no pasarán por alto el desafío.

–   ¡Estamos en peligro! No puedo callar después de tantos años viajando por la nada para lograr un mundo que nos acoja ¡Míralo! –despolarizó de nuevo la ventana con un gesto violento- ¡Es hostil! ¡No nos dará oportunidad alguna! – se volvió hacia su amigo – Doc… Tú has visto las pruebas conmigo, te las mostré antes que a nadie: todas las razas que han habitado este planeta han convergido a una. ¡Es como una maldición! –señaló con un dedo al exterior- Estas ruinas no las dejaron ni la primera ni la segunda ni la décima raza que ha vivido aquí; muchos fueron parias del universo, como nosotros que tuvimos que abandonar nuestro mundo. Doc… – miró fijamente al doctor- Tú y yo nacimos en una maldita nave espacial; por mucho que la llamáramos Colonia; nuestra casa era un camarote precipitadamente habilitado por nuestros abuelos para huir del desastre. Muchas de las razas que han habitado este mundo eran como nosotros. Algunas de ellas eran infinitamente más resistentes al cambio genético de lo que somos nosotros… y eso no les salvó – puso ambas manos en los hombros de su amigo- Doc… Tienen que entenderlo; Todas las razas con el tiempo terminaron siendo seres bípedos con simetría bilateral… y en eso es en lo único en lo que se parecieron a nosotros; en todo lo demás… ¡Dios mío! ¿Es que estamos ciegos?

El médico tomó las manos de su amigo y las apartó de sus hombros; no sabía qué decir. Las pruebas que una noche le presentó lleno de entusiasmo parecían consistentes con lo que decía, pero no encajaban ni con la medicina ni con la genética. Pretender que existía un factor ambiental que determinaba a cualquier forma de vida inteligente ajena al planeta a reencarnarse siempre en la misma raza, era poco menos que atribuir a ese mundo una conciencia casi divina. El Consejo no iba a pasar por alto esa aproximación al pensamiento religioso que tantos años había tardado en contener durante el viaje. Pelearon duro contra las sectas y religiones que dividían a los viajeros hasta lograr un pensamiento crítico y coherente con la situación anómala que estaban viviendo. Ahora, un arqueólogo sin conocimientos de evolución o de genética se sacaba de la manga un nuevo apocalipsis, un juicio divino que enfrentaría a todos contra todos hasta la destrucción final. Había grupos en la calle que presionaban a los gobernantes para que hicieran algo. Muchos de esos grupos no habían comprendido el asunto ni la trascendencia del mismo. Algunos pensaban que esa evolución era la razón de la existencia su propia raza; tenían que alcanzar un estado belicista que dictara quién vive y quién muere; achacaban a las razas que anteriormente lo habían intentado no ser “las elegidas”; para esos grupos aquellas eran razas inferiores con las que el planeta había ensayado lo que ellos llamaban “evolución planetaria”. Difundieron octavillas con la frase “El bienestar es el fruto de las batallas y matanzas”; hablaban del siguiente paso, que no sería otra cosa que magnificar el estado actual y convertirlo en una “evolución galáctica”. Otros grupos tomaban un camino diferente: postulaban que el Consejo nunca escucharía los gritos pero tal vez prestara atención a un susurro. Se habían constituido en hermandades herméticas que esperaban conseguir el favor del gobierno dándoles el trabajo hecho. Pretendían usar las Colonias en órbita como un repositorio para la raza; allí se guardarían ejemplares “puros” para refrescar la sangre de los habitantes cuando los síntomas de mutación comenzaran a hacerse evidentes. Ya habían juntado fondos y habían adquirido dos de las viejas naves que rebautizaron como “Perfecta” y “Pacífica”. En la primera querían crear un enorme banco genético con capacidad para replicar ADN y utilizarlo para eliminar los signos de cambio según fueran apareciendo; en la otra pretendían organizar un sistema de gobierno basado en el único código que, según ellos, era compartido por toda la comunidad: El código genético.

La voz de su amigo le sacó de sus pensamientos.

–   Tú tampoco me crees, ¿verdad? No te culpo – se dirigió al estante con las infusiones y comenzó a jugar con los sobres- Créeme; me gustaría, me encantaría estar equivocado; pero sé que no lo estoy. Tal vez me embarque en la Pacifica; me han ofrecido un cargo en su futuro gobierno y la garantía de que mi esposa y mi hijo vendrán conmigo. Además, me permitirán proseguir mis investigaciones.

–   Estás adelantando acontecimientos, Doc – interrumpió el médico- Llevamos aquí casi dos décadas y no se ha detectado ni  un solo caso de mutación que concuerde con tu teoría. Si algo bueno ha traído tu estudio es que se ha realizado un estudio genético de carácter universal; jamás tuvimos datos tan precisos de los cambios de la población a nivel molecular. Te garantizo que seguimos siendo lo que fuimos.

–   El cambio será instantáneo y masivo – rebatió el arqueólogo- No habrá aviso; mutaremos a toque de silbato – se dejó caer desmañadamente en una silla – No habrá tiempo, Doc… No lo habrá.

El buscador del médico iluminó uno de los bolsillos de su bata al tiempo que un zumbido avisaba de un mensaje entrante. El doctor se lo llevó al oído y escucho atentamente; por un momento una nube de preocupación cubrió su rostro, pero un segundo después levanto la mirada hacia su amigo con una sonrisa.

–   Bueno, Doc… ¡A trabajar!

–   ¿Seguro que todo va bien? He visto tu cara mientras escuchabas el mensaje…

–    Querido amigo… –dijo el médico mientras tecleaba hábilmente en su comunicador- Sabes que tu esposa tiene toda mi atención, pero este hospital tiene más pacientes y no todos vienen por algo tan bonito como traer un hijo al mundo – guardó el aparato en su bata- Me llaman de varios frentes, pero me han comunicado que tu esposa estará preparada en diez minutos. ¡Es lo bueno de los partos programados! No hay sorpresas – Dio la mano a su amigo y se encaminó a la puerta- Te veo dentro de un rato para presentarte a tu hijo. Relájate; ¡a partir de hoy vas a dormir bastante menos!

Relajarse no parecía posible en ese momento. Con la espada de Damocles sobre su empleo y un hijo llamando a la puerta el relax se antojaba inalcanzable. Volvió a ajustar la ventana hasta dejar la sala en semioscuridad  y decidió concentrarse en la llegada de su hijo. No había querido saber el sexo; su esposa y él querían disfrutar de la paternidad al máximo. Pensó en su padre; vio de nuevo como su ataúd era arrojado al espacio mientras se agarraba con fuerza a la mano de su madre. En ocasiones echaba de menos el perfecto orden de la Colonia; una vida monótona pero sin sorpresas… Tranquila… el sopor le vencía…

Se despertó en la más absoluta oscuridad; en el exterior la noche era pesadamente oscura; ajustó la ventana a la máxima transparencia pero únicamente logró ver las siluetas del terreno bajo la suave luminiscencia azulada que se desprendía del hospital; ninguna estrella colgaba del cielo. Miró apresuradamente su reloj y descubrió con inquietud que había pasado más de dos horas desde que el médico había abandonado la sala. Los servomecanismos de la puerta llamaron de nuevo su atención y una vez más el doctor atravesó el umbral: su cara lo decía todo: El médico bajo la cabeza sin querer que sus ojos se encontraran.

– No sé qué decirte, Doc; hemos hecho todo lo posible pero…- sus hombros se estremecieron- No ha sido suficiente. – Se acercó a la ventana para esquivar la mirada de su amigo- He tenido que decidir… He creído que tu esposa tenía más oportunidades que el chico… He actuado en consecuencia; pensando qué querrías tú. De verdad, Doc. El chico no tenía posibilidades, no hubiera vivido más allá de unas horas…Como mucho un par de días ¡Parecía que todo iba bien! – se le quebró la voz- ¡Lo siento mucho!

El arqueólogo no se había movido de la silla: estaba congelado. Aún tenía el brazo extendido y la manga recogida mostrando su reloj de pulsera; En la sala el aire parecía gelatina; denso, asfixiante. El procesador de soporte ambiental funcionaba, pero sus sentidos se negaban a reconocerlo. Casi le daba pena el médico; parecía que era él quien hubiera perdido un hijo. Tomó una bocanada de aire antes de hablar.

–   ¿Puedo verlos?

–   Tu esposa está sedada; estará bien, pero por ahora es mejor que duerma.

–    Esa es sólo la mitad de la respuesta, Doc. ¿Qué hay del niño?

–    Verlo no le devolverá a la vida; Ya has sufrido demasiado por hoy, créeme; verlo sería demasiado castigo.

–  ¿Cuánto hace que nos conocemos, Doc? – preguntó el arqueólogo –

–   ¿Qué pregunta es esa? – el médico giro la cabeza hacia él- Desde que nacimos; ¿Por qué lo preguntas?

–   Porque creo que me estás mintiendo.

–  ¡Te estás volviendo un paranoico! ¡Esto no es una de tus malditas teorías apocalípticas! Has perdido un hijo, las cosas no han salido bien, estás dolido, quizás hasta me culpes ahora… ¡Pero no consentiré que me trates así!

–   ¿Por qué te enfadas, Doc? ¿Dónde está tu fama de hombre contenido, de cirujano imperturbable? – se levantó lentamente de la silla- Ahora estoy seguro de que me ocultas algo; y lo voy a descubrir.

–   No digas tonterías; no estás bien. – el médico se colocó entre él y la puerta- Acabas de sufrir un enorme impacto emocional: eso es todo; intenta relajarte. Tu esposa te va a necesitar muy sereno: ha sufrido mucho; aún no sabe nada del chico. No se lo hemos dicho.

Antes de que el médico pudiera reaccionar lo esquivó y salió corriendo por el pasillo; recodaba el lugar al que habían llevado a su esposa. Encontró la habitación con facilidad.

Ella  yacía inconsciente entre una maraña de cables y tubos que conectaban su cuerpo con un pupitre lleno de luces parpadeantes. Reconoció el ritmo firme del electrocardiograma y respiró  tranquilo al ver que estaba viva. Estaba tomando su mano cuando un ruido llamó su atención. No se había fijado en el pequeño nicho que había en un lateral de la habitación; prestó atención. El ruido se repitió y ya no tuvo dudas: era el llanto de un niño. Temía lo que se pudiera encontrar. Lentamente apartó la sábana que cubría al niño. Las rodillas le fallaron cuando vio lo que había en la cuna.

–    Te dije que no lo hicieras, sonó la voz jadeante del médico desde la puerta- Aléjate de él, por favor…

Lo hizo; poco a poco se plantó delante del espejo del baño abrió el grifo y se refrescó la cara.

–   Sabía que la mutación estaba a punto de comenzar… pero no esperaba esto, Doc. ¿Has visto sus manos? Tienen… ¡tienen cinco dedos! Y sus ojos…- rompió en llanto- …Dos horribles ojos azules… ¡Azules!

Intentó serenarse: rebuscó en el bolsillo hasta encontrar un pañuelo y lentamente comenzó a secarse las lágrimas que manaban de su amarillo y único ojo.

Written by aitztv

7 marzo, 2015 at 5:33

El desconocido Julio Verne

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Hace 185 años que nacía en Nantes el escritor Julio Verne. Sólo con leer su nombre la imaginación de muchos de nosotros vuela hacia los rincones de la fantasía en estado puro, hacia los rincones de la imaginación que sólo personas como este francés saben alcanzar.

Levanto la vista hacia las estanterías que prácticamente me rodean y trato de focalizar los libros de Verne que sé que tengo. No es tarea fácil porque tengo cientos de libros y casi todos comprados en librerías de lance, así que no están colocados por tamaños y colores sino por dónde los dejé la última vez que los usé. Soy un contumaz repetidor de libros: al igual que hay gente que disfruta escuchando la misma canción y disfruto releyendo ciertos libros. No tardo en localizar una edición de bolsillo de los años 40 de “De la tierra a la Luna”. Es un librito de lomo encolado que si no lo tratas con cuidado se puede convertir en un almanaque.  Me viene a la cabeza una de las cosas que mucha gente no sabe de Verne. Odiaba a los españoles. Pese a que a veces publicaba en España antes incluso que en Francia – un editor catalán fue su gran valedor- no desperdiciaba ocasión de dejar un recadito a los vecinos del sur. Cuando sus protagonistas buscan financiación para lanzar su obús hacia la luna comenta como la mente inculta de los españoles y su desprecio por la cultura y la ciencia no les permite dar más que una cantidad ínfima para el proyecto. Igual suerte corren los ingleses en “Una ciudad flotante” a los que dice que el Mersey y el Támesis son dos corrientes indignas de llevar el nombre de río. Otro tanto les dice a los habitantes de Glasgow a cuenta del río Clyde. Sus formas contrastaban con la elegancia del capitán Nemo o con el romanticismo de Mr Fog. Su vida personal y sentimental era bastante desastrosa. Él sólo pensaba en escribir, escribir y escribir. Novela, Teatro y sobre todo ficción aunque a él le costaba digerir éste término. Para el lo que escribía era simplemente ciencia novelada para hacerla más fácil de digerir. Algo así como la “mecánica popular” de los 50.  No vamos a descubrir hoy a Julio Verne pero si vamos a recordar todo lo que anticipó. Desde los viajes submarinos hasta los vuelos espaciales: desde un incipiente helicóptero hasta la espeleología.  hay tanta información sobre él y tenemos todos unas ideas sobre su obra tan marcadas que estoy seguro de que escriba lo que escriba, cuente lo que cuente, alguien me sacaría los colores. Por eso prefiero dejarlo aquí, mientras cada uno de nosotros nos evadimos hacia ese rincón favorito que Verne nos hizo imaginar. Volar, bucear, descubrir, amar, viajar… Todo es posible si nuestro vehículo es, como fue en su caso, la imaginación.

Written by aitztv

7 febrero, 2013 at 23:30

Publicado en Literatura, Prosa, Romanticismo, Viajes

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