Creo que lo se…

Lo que creo saber y cómo lo se…

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El ciudadano.

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Muchas veces nos preguntamos cuánto metal es necesario para convertir a un hombre en una máquina, pero quizá la pregunta esté mal planteada, y sea necesario invertirla y pensar en cuánto tejido humano es necesario para que una máquina pueda ser considerada un ser vivo.


hombremaqu

Rodrigo García Fernández

−¡Inaceptable! ¡No toleraremos eso!

La voz de Magnus Kubota atronó la sala de reuniones.

−Si insisten por esa vía tendremos que tomar medidas… ¡Y serán drásticas, se lo aseguro!

El Gobernador Cherkas miró al techo por enésima vez ese día. De haber tenido a mano algo lo bastante contundente, habría desperdigado los sesos de aquel idiota por toda la colonia. ¿Cómo había llegado a ese punto? Obligó a su atención a relegar las protestas del delegado a segundo plano y repasó los últimos acontecimientos. Tal vez encontrara una solución…

 

Unas semanas antes, Fawaz Cherkas estaba feliz. Le quedaban sólo dos meses para abandonar la estación minera Komatsu, y estaba encantado por ello. No es que no estuviera a gusto: es que la odiaba. Había llegado a aquel punto perdido en mitad de ningún sitio tras cuatro años de viaje, con el primer convoy combinado de los gobiernos de la Tierra, Marte y la Luna, en lo que iba a ser la mayor aventura comercial emprendida desde que el ser humano comprendió que una vez colonizado el planeta rojo, poco más había en el sistema solar que invitara a nuevos asentamientos. Además de un puesto minero avanzado, la estación era una puerta abierta al espacio transcolonial, o al menos eso decían, porque en los seis años que el Honorable Gobernador Cherkas llevaba allí nadie había intentado ir mucho más allá. Pero todo eso estaba a punto de terminar. En un par de meses su sucesor se haría cargo de la estación y él volvería a su casa, a desquitarse de tanto alimento enlatado y suplementos de vitaminas. Estaba saboreando en sueños una enorme rodaja de atún marinado sobre el carbón de su barbacoa en la Tierra, cuando sonó el intercomunicador. La voz de Tormod Roos, su secretario, sonó con su característico timbre nasal. No era culpa del aparato: Roos hablaba realmente así por causa de una sinusitis crónica causada por el aire seco de la estación.

−¿Qué ocurre? preguntó fastidiado.

−Creo que debe venir a la Torre, gobernador −la voz del secretario pretendiendo ser dramática era en realidad ridícula, en especial cuando sorbía los mocos−. Tenemos un problema.

Apenas diez minutos más tarde, el Honorable Gobernador Cherkas estaba en comunicación directo con Daedalos Munro, capitán de la nave chatarrera Bystryy. El capitán Munro se negaba a hablar con nadie, y sólo había aceptado negociar con Cherkas tras casi una hora de discusión con el jefe de seguridad de la Torre. Su voz sonaba por toda la sala de control:

−¡la pieza es mía! −rezongaba el chatarrero a través de la radio−. ¡La he perseguido durante días, una fortuna en combustible!…

−¿Se puede saber que le pasa? −preguntó el gobernador con cara de no entender nada.

¡No la entregaré! …¡ya tiene mi marca!…

−¡Cierren ese audio! −la paciencia de Cherkas había llegado y superado su límite−. ¡Y que alguien me explique qué pasa y por qué me han hecho venir!

−El capitán Munro ha pasado casi cuatro meses en el espacio transcolonial, gobernador −era su secretario quien hablaba−. No hay mucho movimiento en la zona desde que se instalaron las gabarras auto-pilotadas, y le recolección de chatarra ha bajado mucho: de hecho llevan ya un tiempo pidiendo que se rebajen las concesiones de diez a seis y…

−Vaya al grano, secretario.

−Sí: pido disculpas −carraspeó Roos−. Pues bien: el capitán encontró una pieza interesante, la marcó y uno de los nuevos RAP, remolcador auto-pilotado, ha salido a su encuentro. Se suponía que tenía que llevar la pieza a la base Bedford, para su desguace… y aquí está el problema.

−El problema lo va a tener usted si no se explica de una vez…

−El RAP se niega a remolcar la pieza, gobernador −dijo el secretario.

−¿Cómo? ¿No hemos quedado que no tiene piloto? ¿Quién está más cerca del pecio?

−El teniente Taverna ha salido está mañana con un viper modificado. Hemos eliminado el armamento para darle un pequeño nicho de estasis y poder aumentar la velocidad en un diez por ciento, así que llegará a la pieza en un par de días. El RAP ha notificado que el pecio ha atracado en la dársena de carga y que tienen el control, pero sigue negando el remolque.

−¿Hay algún antecedente sobre casos similares? −preguntó Cherkas.

−Sólo en simulaciones: Los RAP pueden ser servo-asistidos desde la colonia, pero como es obvio no se hace −sorbió los mocos de nuevo−, Al parecer ningún equipo auto-pilotado puede remolcar piezas en cuyo interior haya seres humanos.

−¿Entonces? −reaccionó el gobernador con renovado interés−. ¿La pieza está tripulada? Eso la descalificaría como chatarra, supongo.

−Por eso protesta el capitán Munro. Insiste es que es un fallo de lectura del RAP y que sólo se trata de chatarra…

−¿Lo es?

−Los auto diagnósticos de la unidad coinciden con los que hemos ordenado de forma remota: nada falla en el remolque. El sistema insiste en que hay control inteligente a bordo, orgánico, pero ni el tradar ni el lector de bioseñales detectan una simple rata. Además hay otro problema…

−Dispare, Tormod: llevo un día de perros −ironizó Cherkas.

−La pieza… el diseño y la tecnología… En fin… −tragó saliva el secretario−. Ese pecio parece tener unos siete mil años.

El Honorable Gobernador Cherkas miró a su secretario, quien se limitó a desviar la mirada y sorber los mocos con tanta fuerza que escapó un sonido como de trompetilla.

¡Meec!

−Espero que sea una broma…

−Lo siento, gobernador… ¡meec!… Lo estamos comprobando por cuarta vez, pero ¡meec!, no hay error posible, ¡meec,meec!...

Ya en su despacho, el gobernador introdujo una serie de claves en su consola. El procedimiento que había invocado eliminaba todo salto en la comunicación a través de repetidores y conectaba su terminal con un servidor oficial googlespace que orbitaba en el cinturón de Clark. El sistema se tomó su tiempo antes de confirmarle que la conexión era segura. Un menú se desplegó ante sus ojos y le preguntó sobre la búsqueda. Introdujo una sola palabra:

«Niflheim»

Tuvo que facilitar una nueva contraseña y un escáner de retina. Sabía que su entrada habría hecho saltar las alarmas en varios departamentos en la Tierra. No importaba: contaba con ello y se alegraba de hacer bailar la silla de algún burócrata.          Un nuevo menú le ofreció diferentes apartados de consulta. Eligió «naves auxiliares» y mientras se cargaba la información contempló la fotografía que habían obtenido de las cámaras de aproximación del RAP. Tuviera los años que tuviera, aquella nave había sufrido lo suyo. Los paneles exteriores estaban numerados, aunque en la mayoría de ellos los numerosos impactos de meteoritos habían actuado como granalla y estaban borrados. Sin embargo, el panel número cuatro conservaba aún parte de la pintura original, aunque faltaba más de la mitad de la tapa de metal, al parecer fruto de una explosión interna. También se adivinaban toberas y pequeños motores de hidrazina para maniobras de atraque. En varios lugares se apreciaban las marcas de plasma hechas por el capitán Munro: se había querido asegurar de que nadie le quitara la presa.

La Niflheim tenía una flota completa de naves auxiliares, repartidas entre unidades de reparación, interceptores militares, cargueros pesados y ligeros… Se hacía muy difícil entender cómo la humanidad se había embarcado en aquella aventura: cinco kilómetros de diámetro mayor. Una nave/estado de aspecto ovalado, algo chata en los extremos. Un monstruo de metal lleno de seres humanos, miles de ellos, dispuestos a encontrar nuevos mundos. No se trataba de hallar futuras residencias para la humanidad, sino de extender reservorios de la misma a lo largo, ancho, alto, y cuantas dimensiones existieran, de la misma. Cherkas entro en el apartado de «vehículos de emergencia» y dentro de este «cápsulas de escape». Los ingenieros habían dispuesto diferentes modelos adecuados a la evacuación de cada sección. El puente de mando podía ser eyectado completo ya que fue diseñado para poder operar de forma autónoma. En las áreas habitables se instalaron cápsulas automáticas con capacidad hasta de cincuenta personas. El gobernador creía estar mirando una tecnología alienígena, muy alejada de los planteamientos tecnológicos que mantenían en su sitio a la Colonia Komatsu  por ejemplo, pero válidos, como eran validas la pinturas rupestres frente a  la obra de artistas digitales milenios después.

El gobernador pasaba las páginas distraído hasta que lo vio:

«E.A.M.M.E.S.

«Módulo automático de evacuación con soporte médico de emergencia» también conocido como Spasatel’ (salvavidas) por los ingenieros de los reactores nucleares de la Niflheim.

Capacidad: Dos personas.

Propulsión y fuente de energía: Mini reactor de fusión Fermi-Standford.

APU: Baterías estándar.

Control auxiliar de Maniobras: Seis pentatoberas de hidrazina.

Sistema operativo: I.A. Nivel 1, más I.A. Nivel 2 en auto-cirujano.

Sistema médico de emergencia: Auto-cirujano Siemens-Mitsubichi. Auto-diagnóstico basado en la Enciclopedia Médica Universal (Edit. Mc.Grow-Hill-Normapress, 2 584)»

 

No era idéntico al pecio que tan mal humor estaba causando a Munro, estaba claro que había sufrido varias modificaciones con toda probabilidad para hacerlo más eficiente, pero era inconfundible. Según el despacho original, la Niflheim llevaba unos doscientos cincuenta módulos de aquel modelo. La corazonada del gobernador era correcta. Llevó la mano al intercom. Le respondió la voz nasal de Roos.

− ¿Cuando establecerá contacto por radio el teniente Taverna? −le preguntó.

−Está ya desacelerando… Supongo que en unas ocho horas lo sacaremos de estasis −respondió el secretario−. ¿Quiere que le avise cuando esté disponible?

−Por favor: sea a la hora que sea.

Le tomó la palabra: a las seis de la mañana, hora estándar, el comunicador instalado en la cabecera de la cama sonó sacando a Cherkas de sus escasas horas de sueño. Taverna estaba en línea y Roos preguntaba si quería que le pasara la comunicación a su cabina. Denegó la conexión. Se lavó la cara para despejarse y se puso un mono: no tenía tiempo ni ganas de vestirse de modo formal. A los veinte minutos estaba de nuevo en la Torre, saludando al joven teniente Zosimus Taverna.

−Aún no he intentado comunicarme con el piloto del Spasatel −dijo Taverna tras los preceptivos saludos iniciales−. He pensado que… que si viene de tan lejos como parece no soy la persona adecuada para darle la bienvenida…

−Buen criterio −dijo Cherkas tras aguardar al pitido del auto-over−. Usted llegará lejos −alabó−. ¡Lippencott! −se dirigió ahora a un joven alférez al cargo de las comunicaciones de la torre de control−. ¿Podemos establecer contacto con el Spasatel utilizando el viper de Taverna como repetidor?

−Sin problemas, gobernador. Tendremos…eeeh… un segundo y tres décimas de retraso: apenas apreciable…

−Hágalo ahora. Utilice un saludo estándar.

El joven suboficial había trabajado durante horas, para ajustar los nuevos formatos de comunicaciones a los criterios de hacía casi siete mil años. Todo el equipo de la Torre había pasado las horas previas reunido hasta establecer los protocolos actualizados a lo que la Spasatel podría comprender. Se habían suprimido todos los permisos y se había apremiado a los servicios médicos sobre previsible la llegada de organismos de setenta siglos de antigüedad.

Pasaron unos segundos. Lippencott invitó al gobernador a iniciar la conversación.

−Módulo E.A.M.M.E.S. procedente de la nave estelar Niflheim… Le habla el gobernador Fawaz Cherkas, el mando de la estación minera Komatsu… ¿Me recibe?

Al instante una voz masculina y potente llenó la sala de control de la Torre.

−Saludos, gobernador Cherkas. Es un placer poder hablar con otros seres humanos después de tanto tiempo. Le habla el ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, al mando del módulo Spasatel número 112.

El secretario Roos tecleaba con ferocidad en una terminal buscando una identificación positiva del piloto mientras el gobernador le apremiaba con la mirada. Por fin levantó el pulgar dando su conformidad.

−Hemos establecido que un ingeniero llamado Iván Virgil Lewitt viajaba en la Niflheim en el momento de abandonar el sistema solar. El protocolo exige que intercambiemos un fichero encriptado para que ambas partes estemos seguras de que somos quien decimos ser. ¿Está preparado?

−Les envío mi fichero y quedo a la espera del suyo.

−Mientras se produce el intercambio, tengo que hacerle una pregunta, ingeniero Lewitt: ¿es usted consciente de la duración de su viaje y de la fecha actual? −Cherkas miró al altavoz de respuesta con aprensión.

−Según mis cálculos −sonó la voz de Lewitt−. Dentro de un año, siete meses, diez días y unas cuantas horas, cumpliré los siete mil doscientos años de viaje. ¿Es correcto?

−Identificación positiva del Ingeniero de propulsión Iván Virgil Lewitt, gobernador −interrumpió Lippencott.

−Bienvenido a casa, hijo −dijo Cherkas ignorando al alférez −. No espere que le paguemos los atrasos…

 

Varios días después de aquel contacto con la Spasatel el despacho del gobernador era una locura. Periodistas de los tres mundos solares habían recibido la filtración de la noticia y todos querían la exclusiva. Varias universidades buscaban a su vez ser las primeras en visitar el módulo, un par de escritores pretendían ser los biógrafos oficiales de Lewitt, e incluso varias integrantes de un club de solteras preguntaron si aún estaba disponible. Cherkas desviaba todo eso a los comunicados oficiales mientras en la estación Komatsu todo el mundo se dirigía a la dársena de cortesía para ver la histórica llegada y atraque del módulo de escape. El gobernador estaba enfadado. Nadie se había preocupado del ingeniero que pilotaba aquella nave. ¿Quién era Iván Virgil Lewitt? ¿Por qué abandono la nave nodriza? ¿Fue expulsado? Tal vez era culpable de crímenes inconfesables y el gobierno de la nave/estado Niflheim lo condenó a vagar por el espacio hasta la muerte… En cualquier caso, todo aquello habría ocurrido hacía más de siete mil años. ¿Estaría redimida la pena? ¿Habría prescrito el delito? ¡Bonito problema para los doctores en derecho!

Una luz se iluminó en su intercom.

−¿Gobernador? −era la voz del alférez Lippencott−. Spasatel pide comunicación con usted.

−Adelante −respondió escueto, mientras miraba su reloj de pulsera: eran las seis y media de la mañana.

−Buenos días gobernador Cherkas −la voz de Lewitt llenó la estancia con su tono grave−. Confío en que no sea demasiado temprano…

−Tranquilo, hijo: siempre estoy para usted. ¿Todo bien?

−Nada que reseñar, gobernador, pero creo que tenemos que hablar sobre algunas cosas antes de que atraque.

−Por supuesto, ingeniero. Entiendo su inquietud. No todos los días se regresa de un viaje de siete mil años…Permítame que pida un café antes de continuar −dijo levantándose de la mesa y asomándose a la puerta−. ¿De qué se trata? −preguntó tras pedir la infusión a Roos con una seña−. No tenemos una banda de música, salvo al pesado de Kubota con su violín: le aseguro que si le recibe él, le entrarán ganas de volver al espacio unos cuantos siglos más. Su interpretación de Yervinyan es lo más parecido a torturar un gato que he escuchado jamás…

−Bien… −la pausada voz de Lewitt pareció dudar por primera vez−: de eso quería hablarle. No abandonaré la Spasatel, gobernador.

El secretario Roos entró en el despacho y depositó en una mesita auxiliar una cafetera junto a un sobre de azúcar y otro de leche en polvo.

−Explíquese −pidió Cherkas una vez abandonó la estancia−. ¿Qué teme? ¿No se fía de nosotros?

−No se trata de eso, gobernador: no he dicho que no quiera abandonar la nave. He dicho que no puedo hacerlo.

−¿Por qué?

−Porque… Yo, Iván Virgil Lewitt, soy la nave.

Aquella confesión podría haber derrumbado a un hombre que no fuera Fawaz Cherkas, sin embargo estaba preparado para ello: de hecho, lo había sospechado al revisar las bitácoras de la Niflheim que se habían remitido a la tierra durante casi ochocientos años, antes de que la enorme distancia y la pérdida de interés sumiera en la bruma de la leyenda aquel proyecto. Los experimentos de estasis prolongada habían fracasado, si no, la propia Niflheim hubiera carecido de sentido. Nadie podía sobrevivir siete mil años encerrado en una lata.

−Así pues, hijo −no podía dejar de ver a Lewitt como una persona−, usted es en realidad la Inteligencia artificial del E.A.M.M.E.S. −dijo algo desilusionado.

−No, gobernador. Yo soy Iván Virgil Lewitt, ya se lo he dicho, y no soy una inteligencia artificial. Si se tratara de eso no habría problema alguno, pero soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir.

Cherkas sintió una profunda compasión por aquel hombre. Cierto que había alcanzado un cierto estado de eternidad, pero ¿para qué? ¿De qué sirve vivir eones si tus días están vacíos? Lewitt siguió hablando.

−Tuvimos problemas en la Niflheim. No es posible encerrar a miles de hombres y mujeres y confiar en que mantengan la disciplina durante siglos. Con razón o sin ella surgen divergencias, voces discrepantes e incluso religiones, aun cuando el espacio vacío sólo evidencia que no hay nada ahí afuera en qué creer.

»Yo estaba al cargo del reactor de fusión del Sector dos, una zona de dormitorios, hidroponía y granja. Antes de que se llame a error, «granja» era cómo llamábamos a los enormes reservorios de embriones, preparados para ir habitando los mundos que esperábamos encontrar en nuestro viaje. Así pues, la Granja 2 se alimentaba del reactor que yo atendía. Nos encontramos una nube de materia desconocida, algo similar a la arena, que se comió el veinte por ciento de la integridad estructural de la nave, pero eso no fue lo peor. Lo grave fue el desencanto de no ver las estrellas durante los noventa años que tardamos en atravesar aquello. Dos generaciones nacieron y murieron sin poder abrir una portilla y mirar al exterior. La desidia se hizo dueña de todos y cada uno de nosotros. Mi reactor comenzó a fallar, una avería simple en el circuito de refrigeración, pero el ingeniero a quien le pedí que reparara el problema, simplemente lo ignoró. Se quedó durmiendo en su cabina mientras las alarmas advertían de una evacuación inmediata. Quise arrojar el núcleo al espacio, pero el cierre automático de las esclusas me impidió llegar, En lugar de ello me dirigieron a la Spasatel más cercana. Llegué por los pelos. Cuando salí expulsado ya había absorbido una cantidad mortal de radiación. La cápsula del módulo E.A.M.M.E.S. me introdujo en el auto cirujano cuando ya había perdido el conocimiento. −Lewitt hizo una pausa−. Quiero hacer un alto en la narración, gobernador. Es importante aclarar una cosa.

−Adelante, hijo: tómese el tiempo que necesite.

−Quiero que quede claro que no culpo a la I.A. por lo que hizo. Aunque siete mil años vacíos pueden parecer una condena, me salvó la vida. Esa era su misión, y estoy agradecido por ello.

−Así lo haré constar cuando se me consulte: pierda cuidado −concedió el gobernador.

−Se lo agradezco, gobernador Cherkas. A partir de ahora, mis recuerdos son difusos. No sé si me pertenecen o si los he compartido tantos años con la I.A. de la nave que lo he asumido como propios, sin embargo, tengo una razonable convicción de que lo que voy a contarle es la realidad.

»Las quemaduras por radiación eran considerables, especialmente en manos y piernas. El auto-cirujano tenía que tomar medidas drásticas. Tuvo que decidir por mí, y lo hizo. Amputó las extremidades enfermas que no hacían más que drenar mis escasas energías. Tampoco podía disponer de piel para injertar, no había zonas donantes viables en mi cuerpo. Intentó recuperar cuantos fluidos vitales pudo para rehidratarme, pero mis órganos internos estaban afectados e iban fracasando poco a poco. No puedo imaginarme qué hubiera visto alguien que abriera el tanque medico en ese momento. Supongo que yo era una masa de carne viva que nadie compararía con un ser humano.

−¿Por qué no regresó a la nave nodriza?

−Se había desatado el caos. La humanidad sigue temiendo, al menos seguía entonces, los accidentes nucleares, y teníamos uno muy grave. El auto piloto de la Spasatel pidió autorización para atracar en varios sectores, pero las defensas automáticas detectaban la contaminación y nos rechazaban cada vez con más contundencia. En el último intento fuimos repelidos y el mar de arena nos tragó. El piloto automático navegó entonces a favor de la corriente para minimizar los daños por desgaste en el casco, pero eso nos alejó aún más de la Niflheim que avanzaba a la contra. Las balizas sub-onda eran fagocitadas por la nube, créame: nada podría sobrevivir ahí fuera.

−¿Que ocurrió entonces? −preguntó el gobernador mientras se servía una segunda taza de café.

−Algo maravilloso…: Las dos I.A. del módulo hablaron entre ellas: se pusieron de acuerdo.

»Decidieron sacrificar la base de datos estelares y buena parte del control de navegación para darme una oportunidad. El auto-piloto fijó un rumbo hacia el sistema solar y cedió el resto de su capacidad al auto-cirujano. Él me dotó de ojos, de manos, de oídos… Me dio un nuevo cuerpo, uno único, que nadie había disfrutado hasta entonces. En pocas palabras, me fundí con la nave.

−¡Espere, espere! ¿Quiere decir que hay partes de usted vivas, y que la nave…toda la nave… es una enorme prótesis?

−Lo ha explicado perfectamente, gobernador. Ya se lo había dicho. Soy Iván Virgil Lewitt y sí: soy una nave espacial.

El Honorable Gobernador Fawaz Cherkas depositó con cuidado la taza de nuevo en su plato. Ni había probado el segundo café. Pensó en la cara que pondría Magnus Kubota cuando se enterara de aquello. Habían acordado en una reunión de emergencia dar el estatus de ciudadano a Lewitt en cuanto atracara en la estación. Conocía a Kubota, ultranacionalista-fanático-religioso que no daría más importancia a Lewit que a su tostadora de pan. Para él, la Spasatel no tendía más relevancia que pasar a ser la mascota oficial de la colonia, una atracción circense, como antaño los delfines visitaban los puertos y la gente les ponía nombre.

−Tengo que preguntarle algo, hijo −se odiaba por violar la intimidad de aquel… lo que fuera, pero no le quedaba más remedio.

−Pregunte lo que sea, gobernador −respondió la voz−, aunque creo que sé qué quiere saber. Necesita que le diga cuánto queda de mí, quiero decir de mi ser orgánico, en la nave ¿correcto?

−Lo siento, hijo…

−No se preocupe. El módulo carecía de herramientas para fabricar prótesis reales. No podía dotarme de brazos robóticos, o de ojos artificiales. En pocas palabras, no podía darme una apariencia más o menos humana.

»Lo hablamos. Me consultó qué quería hacer, y me ofreció su propio sistema sensorial. Acepte. Sin embargo, mantener con vida ese montón de masa orgánica era un gasto energético apasionante. ¿Se imagina? Producir oxígeno, mantener una temperatura viable, cosechar hidrocarburos…  Un día consulté a la I.A. cuánto de mí sería necesario para seguir siendo yo. Se sorprendería lo poco que hace falta. Me costó convencer al programa médico que lo que pedía era coherente con el primun non nocere. Se trataba de salvar mi vida en las mejores condiciones. Hicieron falta meses y un par de crisis con el soporte vital para que me diera el visto bueno. Aun así, me puso condiciones. Creó un banco de tejido y congeló células madre suficientes para reparar y reconstruir todo mi cuerpo en el futuro, cuando las condiciones lo permitieran.

−No está respondiendo a mi pregunta, Iván…

−Prefiero Virgil, gobernador −respondió la voz−: Iván sólo lo usaba mi padre cuando estaba enfadado conmigo. Sí: tiene razón, estoy divagando. No es una cantidad exacta, pero una buena aproximación es… medio centímetro cúbico.

 

Y allí estaban ahora, escuchando los gritos de un Magnus Kubota a punto del derrame cerebral, defendiendo a capa y espada que Spasatel era una máquina pura y dura a la que no asistía ningún derecho. Otros delegados se mostraron más flexibles, e incluso llegaron a mostrar cierto grado de empatía con Lewitt, sin embargo Kubota era inflexible, y su influencia en el consejo podía eclipsar el buen juicio del gobernador Cherkas.

−¡Unos gramos de masa cerebral no son una persona! −gritaba lanzando salivazos−, ¡Este consejo no puede permitirse el lujo de sentar precedentes de ese tipo! ¿Qué diferencia hay entre diez gramos y uno? ¿Y cuánta entre uno y ninguno? ¡Somos una colonia espacial! Dependemos de las máquinas, y si aceptamos los derechos de una tendremos que aceptar los derechos de todas.

−¿Ha hablado con Virgil, delegado Kubota? −preguntó el gobernador en un ejercicio de serenidad.

−¡Por supuesto! Y le he expresado que no se trata de nada personal y…

−¿Por qué? −interrumpió Cherkas−. ¿Por qué le ha dicho eso? ¿Le da explicaciones a su lavadora o a su máquina de afeitar?

−¡No intente confundirme, gobernador! ¡Sabe que tengo razón!

La tenía: al menos en lo de sentar precedentes, pero no conseguía entender que se trataba de una circunstancia singular, irrepetible con toda probabilidad.

La delegada Naenie Stratos, una de las pocas mujeres del equipo de gobierno. golpeó su taza de té con una cucharilla.

−Permítame enseñarle algo, Magnus −era el único miembro del consejo que llamaba a Kubota y al resto de los presentes por su nombre−. Este −puso algo sobre la mesa−, es el espejo de mi abuela. Me lo dio cuando cumplí once años, exactamente el día que… ¡bueno!… cosas de viejas.

»Verá, Magnus. Yo siempre he sido muy torpe, así que no tardé en dejarlo caer, con tan mala suerte que se rompió el cristal. No quería que mi abuela se disgustara, así que gasté mis pocos ahorros en poner un espejo nuevo. Quedó perfecto. Mi abuela nunca supo que lo había cambiado. Muchos años después −continuó la delegada Stratos− rompí el mango. Por fortuna ya era una mujer adulta y bien situada, porque es de marfil, ¿saben? Me costó una pequeña fortuna encontrar un importador de marfil fósil y un artesano que reprodujera con fidelidad la forma y detalle del original, pero mi abuela lo merecía.

−¿A dónde quiere ir a parar, delegada? −interrumpió Kubota sin disimular su enfado.

−A que no queda nada de lo que me dio mi abuela, sin embargo, este −señaló a la mesa− y no otro es y será siempre el espejo de mi abuela, el que ella me regaló.

Se hizo un silencio reflexivo en la sala del consejo. Durante unos minutos nadie dijo una palabra. La delegada Stratos había disparado a la diana, a los corazones, con precisión milimétrica. Por un instante pareció que Kubota iba a ceder, pero era un hombre de estado. Equivocado o no, estaba convencido que abrir la puerta a la ciudadanía de las máquinas era el peor error que podían cometer.

−Si me permiten −Cherkas tomó la palabra−, creo que estamos enfocando mal el asunto. El debate no está en si dotamos a las máquinas de derechos civiles, en eso yo mismo estaría de acuerdo con el delegado Kubota. Lo que tenemos que decidir es si Ivan Virgil Lewitt es «Virgil» o es «Spasatel»

−¿Recuerda usted qué le dijo, gobernador? −intervino la delegada de nuevo−. He repasado una y otra vez las grabaciones que nos ha suministrado:

«…soy un ser vivo, no una máquina y pese a haber vivido milenios… no quiero morir». ¿Son esas las palabras de una máquina? −concluyó Stratos.

Kubota iba a replicar cuando las luces se apagaron. Un momento después se conectaron las luces de emergencia mientras una alarma saltaba en toda la estación. Todos notaron una pequeña nausea, señal de que había problemas con la gravedad artificial. Los altavoces comenzaron a escupir recomendaciones y llamadas. El gobernador se dirigió a la Torre, mientras todo el personal era redirigido a las cápsulas de escape.

En la sala de control de la Torre las órdenes entraban y salían a velocidad de vértigo. Lippencott señaló una consola a Cherkas sin molestarse en saludar. Pidió que se pusiera toda la información en aquel puesto a disposición del gobernador. Cherkas sintió un ligero mareo, lo que indicaba que la estación estaba girando. No era una rotación importante, pero significaba que algo iba mal, muy mal.

−¡Alférez! −rugió a Lippencott−. ¡Quiero un resumen inmediatamente!

−Nos están entrando más datos ahora mismo, gobernador, pero tenemos un problema serio. La estación está ahora mismo en modo autónomo.

»Hace veinte minutos una auto-gabarra ha tenido un fallo instrumental, se ha separado del convoy y todas las que iban tras ella la han seguido, en total unas cincuenta auto-gabarras cargadas con doscientas toneladas de mineral cada una de ellas. Han impactado directamente con un asteroide metálico que estaba siendo transportado para ser procesado en la estación Benford.

−¿Bajas?

−Ninguna, gobernador: todas las acciones era automáticas y sin piloto.

−Estupendo −se relajó−. ¿Cuál es la situación ahora?

−El asteroide viene hacia nosotros −dijo Lippencott con tono fúnebre−. Estamos a veinte minutos del impacto.

−Evacuación inmediata −ordenó Cherkas sin pestañear−. ¿Qué opciones tenemos?

−Ninguna, gobernador. Nuestras defensas están basadas en la detección temprana. No podemos desviar ese objeto.

−¿Destruirlo?

−Tampoco. Haría falta una detonación nuclear: hace tiempo que abandonamos esa tecnología. No tenemos un reactor con el que improvisar una bomba… Somos mineros –dijo con pesar.

−Se equivoca: tenemos uno, pero no es nuestro −dijo el gobernador−. Póngame con la Spasatel, ahora.

En línea −contestó una voz anónima.

−Hijo… −el gobernador no sabía cómo empezar− Virgil… Necesitamos su ayuda.

−Estoy al corriente de todo, gobernador. ¿Qué puedo hacer?

−No es fácil, Virgil… Pero todo está en sus manos…

−¿Quiere que use mi reactor para destruir el asteroide?

−Hijo…

−Está bien −La respuesta de Lewitt fue contundente como un martillazo−. No hay problema gobernador. ¿Sabe?… tal vez he vivido siete mil años sólo para este momento.

−Virgil… −el gobernador no estaba seguro de que Lewitt estuviera teniendo en cuenta todo−. No hay tiempo para sacarle de ahí. Hemos perdido el tiempo discutiendo si usted es humano o no, y ninguno nos hemos preocupado por usted… Lo siento, hijo… Hemos sido unos egoístas…

−Creo que no podía haber encontrado a nadie mejor que usted en mi regreso, gobernador. Lamento que no vayamos a tener tiempo para mantener esas largas conversaciones con las que tanto he soñado… Comienzo a descargar datos en su sistema. Sería una pena que todo lo que he visto en siete milenios se perdiera…

−Muchas gracias, Virgil…

−No esté triste, gobernador. No pude salvar a todas aquellas personas en la Niflheim. Esto hará que me sienta útil.

La Spasatel desatracó sin pedir permiso. Era una especie de bailarina, nacida para vivir en el espacio sin las limitaciones de los seres humanos. No era un hombre en un traje espacial, sino una criatura gestada entre las galaxias, la única de su raza.

La puerta de la Torre se abrió y entraron varios delegados, con Kubota a la cabeza. Miró al gobernador y le pidió con un gesto permiso para hablar con el módulo. Cherkas se lo concedió.

−¿Nos escucha, muchacho? −preguntó Kubota con un nudo en la garganta.

−Alto y claro, delegado, pero deberían estar ustedes embarcando en un módulo de escape.

−Sólo es un instante, Hijo. Queremos que sepa que rezaremos por usted, al menos algunos de nosotros, y que nunca dejaremos que esto se olvide. Muchas gracias… Virgil −una lágrima se negó a caer de los ojos de Magnus Kubota−, Ciudadano Ivan Virgil Lewitt…

La Spasatel viró con elegancia hacía el objeto que iba creciendo en las pantallas de la estación…

−Muchas gracias a ustedes, delegados…

−¿Por qué, hijo? −pregunto la delegada Stratos.

−Gracias… por concederme un segundo de humanidad.

 

 

 

 

 

Written by aitztv

24 mayo, 2016 at 14:13

Noche de pasión con Odette

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© J.M. Sánchez 2013Mediaba la tarde del jueves cuando, con la tarea del día ya encaminada, decidí acercarme al Palengke, que es como aquí se denomina al centro de la población. Tenía unas compras menores que hacer; eso de un bote de “Noescafé” para las noches de trabajo, algo de leche en polvo, la natural siempre se me estropea, y algo de edulcorante por aquello de la dieta. Jueves y domingos son días de mercado y aún a sabiendas de que no habría nada especial que ver, siempre están los puestos algo más animados que el resto de los días. Así pues, contento con mi café que no es café, mi leche que no es leche y mi azúcar que no es azúcar, decidí caminar un poco hasta  hasta el Coutry Inn, un precioso “spot” junto al mar donde me gusta tomar una cerveza y ver el atardecer dorado del mar norte de China. Y como me suele ocurrir, me senté en el pajar y me clavé la aguja.

© J.M. Sánchez 2013No había pasado mucho tiempo cuando noté que el mar se enojaba más de la cuenta. El mar aquí es manso y silencioso: a veces me recuerda a un gato. Sólo se manifiesta lo justo para que sepas que está ahí. Pero el jueves la cosa era distinta. Poco a poco vi aparecer los mechones blancos de espuma sembrando el mar de borreguitos. Utilizando mis escasos conocimientos sobre el tema (uno es patrón de yate , pero no ejerce) calculé que el viento iba pasando de cinco a diez nudos y poco después a quince y a veinte. Al mismo tiempo “fizo a noite em pleno día”, que diría el inimitable Lampinho, y la apacible tarde tomó un aspecto amenazador. Cuando vi que los camareros se afanaban en llevarse sillas y mesas al interior del resort me intranquilicé un poco: cuando vi que los camareros empezaban a clavar tablas de madera maciza en las ventanas con unos clavos de los que solo salen a la calle en semana santa decidí que era hora de marcharme de allí.

Tarde: era tarde.

© J.M. Sánchez 2013Cada vez que reclamaba un transporte era respondido con “here safe , Sir!” y una sonrisa filipina, de esas que vienen a decir “ahí te quedas”. Mientras, la lluvia comenzaba a caer con fuerza aterrizando sobre mi moviéndose con la velocidad de una espada de un lado a otro a merced de un viento que ya hacía difícil el mantenerse en pie. Ya conocía ese fenómeno y lo que se avecinaba no era halagüeño. Pregunté si se trataba de un tifón y la respuesta fue que no… que se trataba de un “Super Typhoon” que por razones desconocidas para mi había sido bautizado como Odette por las autoridades filipinas. Yo siempre había pensado que Odette era un diminutivo de Bernardette y por eso me preguntaba que hacia yo en mismísimo”cogno de la Bernardette” pero no: al parecer significa “tesoro”. Sigo sin entender la relación.

Me tuve que rendir a la fuerza de la evidencia y del viento y tomar una habitación. Era eso o que darme a la intemperie o iniciar una caminata de siete kilómetros a oscuras y en pleno huracán. Así pues a las ocho de la tarde estaba en mi habitación, sin cobertura de móvil, sin televisión y con un paquete hecho de papel de periódico bajo el brazo. Me vi reflejado en un espejo con aspecto de tener muchos años (¡el espejo!) y la figura mojada y deformada en la penumbra me recordó a uno de aquellos personajes torturados de las películas de Paco Martínez Soria. ¡En fin! Sólo podía dormir y es lo que hice.

© J.M. Sánchez 2013A la mañana siguiente la cosa, lejos de mejorar, había ido a peor. El mar era un película de escombros en movimiento y el viento tenía tal fuerza que hacía difícil mantener el equilibrio. Necesité dos horas para conseguir que una moto con sidecar, aquí se llama “trysiclo” me llevara hasta el trabajo, eso y pagar cinco veces el valor normal de la carrera. Evidentemente Odette había llegado antes que yo. El techo de la cabina de control era una laguna que desaguaba a través de las luces fluorescentes directamente sobre los equipos. El personal de producciones se afanaba en poner plásticos, desmontar aparatos y mover palanganas, todo a la vez. Mi estación de trabajo rezumaba agua por el ventilador, todos los equipos estaban desconectados porque  la pared era una pequeña catarata y podíamos escuchar como vibraban las tomas de luz por causa del agua que las cortocircuitaba una y otra vez. Y seguía lloviendo. Empezamos a movernos a oscuras, sólo con la ayuda de unas linternas que se perdían en la enormidad de la sala. La pintura de la pared se hinchaba en ampollas que iban bajando sin reventar hasta el mismísimo suelo. Daba la impresión de que al otro lado de la pared hubiera un fuerza inteligente tratando de entrar por la fuerza en nuestro refugio.

© J.M. Sánchez 2013Peleamos durante horas con el agua en una batalla perdida. No podíamos evitar que entrara, así que la canalizamos para que saliera haciendo el menor daño posible. Al final, un capricho del viento nos dio una tregua para recomponer nuestras filas. En medio de todo, un cliente nos llama para preguntar si está saliendo su comercial tal y como estaba programado…¡En fin! El cliente siempre tiene la razón y si no la tienen se le da… se le da una patada en el culo y que marche a freír espárragos: por fortuna cuando le explico la situación y le demuestro que no estamos para milagros decide dejarnos trabajar. Me llama una amiga y me pregunta si he cenado. Me doy cuenta de que es de noche de nuevo. No: No he cenado.

La gente como yo no cenamos, no conservamos nuestras familias y enfadamos a nuestros amigos porque hay otra gente que quiere ver la televisión esa noche. Es mi trabajo. Soy un “mediaman”, yo lo elegí. Como diría el Pirata de Espronceda: “…ni tormenta ni bonanza a torcer tu rumbo alcanza…”

Lo siento, Odette: Esta noche no.

 

 

*Todas las imágenes tienen copyright. Todo uso no autorizado será denunciado a la autoridad competente
© texto y fotos J.M. Sánchez 2013

Written by aitztv

21 septiembre, 2013 at 15:10

Los últimos de Filipinas

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Cuántas veces hemos oído hablar de los últimos de Filipinas… Para muchos es una frase hecha para indicar al último que apague la luz y cierra la puerta; para otros es una película que probablemente no han visto ni verán y para algunos es un acto heroico que los soldados españoles protagonizaron en unas islas que casi nadie sabe situar correctamente en el mapa. Lo único que podemos afirmar como cierto, es que hubo unos soldados que defendieron su posición durante casi un año (337 días) con el único refugio de una ermita en Baler, isla de Luzón.

supervivientes de BalerNo eran unos soldados cualesquiera; tampoco eran súper héroes ni fuerzas especiales. Eran en su mayoría campesinos arrancados de sus casas durante la Regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena. Hombres cuyas familias carecían de recursos para librarlos del servicio militar y fueron enviados al olvido por no poder pagar las dos mil pesetas que costaba la redención. Así se cantaba entonces por las tierras del casi muerto imperio español:

Vamos los quintos pa´rriba
que nos llaman las campanas
probaremos nuestra suerte
pa´unos buena pa´otros mala…

Múltiplo de cinco, soldado de cuota.

En 1752 el rey Felipe V quiso terminar con los privilegios de los pudientes y ordenó que, tomando los censos de cada población, uno cada cinco jóvenes serviría en armas: Esos “quintos” se tenían que enfrentar a los destinos que las guerras de la época dictaban. La norma no fue útil ya que los que tenían dinero compraban su puesto en la lista; Con no tener un múltiplo de cinco estabas salvado. Los pudientes siempre se han burlado de los menesterosos. Durante aquellos años, los que pudieron comprar su redención hacían gala de su soberbia cantando:

Si te toca te jodes
que te tienes que ir
que tu madre no tiene
para librarte a tí.

Para salvarte a tí
como la mía a mí,
si te toca te jodes
que te tienes que ir…

Sin embargo, entre todo lo malo que tenía ser reclutado por la fuerza destacaba aun una posibilidad aun peor. Aun conservaba el imperio las colonias de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas y terminar en uno de aquellos destinos era, a veces, una garantía de no volver. Así lo reflejaban las canciones populares, aquellas que con el tiempo pasarían a llamarse canciones “de quintos”; Esta expresión llegó a popularizarse tanto que hoy en día ser “quinto” implica tener la misma edad o simplemente se utiliza como sinónimo de reemplazo. De entre todos aquellos destinos era Filipinas uno de las más temidos por los llamados Soldados de cuota:

Soy soldado de marina

y en el cuello llevo el ancla

y aunque vaya a Filipinas

nunca pierdo la esperanza.

La Regencia y el bipartidismo.

CANOVAS Y SAGASTALa regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena ( a quien no hay que equivocar con María Cristina de Borbón Dos-Sicilias que también, fue regente en un período anterior) se produce a la muerte de Alfonso XII. Este rey, viudo de María de las Mercedes de Orleans, nunca apreció demasiado a su segunda esposa que tuvo que soportar la continuas infidelidades de su marido hasta su fallecimiento en 1885. Conocida como “Doña Virtudes” tuvo que enfrentar el cargo de soberana hasta la mayoría de edad de su hijo, el futuro rey Alfonso XIII, aún en su vientre a la muerte del rey. Durante los diecisiete años que duró su regencia tuvo una presencia discreta en el gobierno, que había pactado el bipartidismo rotatorio suscrito por Cánovas y Sagasta, limitándose la participación de la María Cristina a llamarlos sucesivamente para formar gobierno. Cánovas era un conservador al más puro estilo británico; Defensor del esclavismo en las colonias y de la democracia no revolucionaria, instó a la formación de un partido liberal con el que poder liderar por turnos el gobierno del imperio. Esa meta la alcanza en el pacto del Pardo con el liberal Sagasta.

El USS Maine y su oportuna explosión.

USS MAINE EN LA HABANAPero el 1897 Cánovas muere en Mondragón asesinado por un anarquista italiano y la aparentemente tranquila vida política del imperio comienza a caerse a pedazos: Un año más tarde el USS Maine, acorazado estadounidense que había entrado sin permiso en Cuba, explota misteriosamente cuando estaba anclado en el puerto de La Habana y la Guerra entre estados unidos y España se vuelve inevitable: El Imperio nada tenia que ganar en aquel conflicto, pero para el pujante crecimiento de los estados unidos, que había intentado comprar Cuba al gobierno español en varias ocasiones sin éxito, Puerto Rico, Cuba y Filipinas eran bocados demasiado apetitosos para sus planes de expansión: La venida a menos flota española nada tiene que hacer frente a los modernos barcos americanos que tienen mayor potencia de fuego y alcance, por lo que la guerra se transforma en un ejercicio militar para la armada americana que culmina en el Tratado de París: España acepta la Independencia de Cuba y vende la soberanía de Puerto Rico, Filipinas y Guam a estados unidos por 20.000 dólares. Como consecuencia del tratado y de la desaparición de la armada española, los territorios de Oceanía aún bajo pabellón español se vuelven indefendibles, por lo que las Marianas, Carolinas y Palaos son vendidas al año siguiente a Alemania en 25 millones de pesetas.

Pero estamos en 1898 y las noticias tardan semanas en llegar a los reductos del extinto imperio: Una cincuentena de hombres, algunos veteranos y otros procedentes de los que no pudieron pagar su redención, están cercados en Baler, al Este de Luzón, sin saber que la guerra ya ha terminado y la han perdido. Durante casi un año se defienden de más de ochocientos atacantes filipinos, los katipuneros, mientras el gobierno español los olvida de forma miserable. La defensa de aquellos soldados aún se estudia en las academias militares de todo el mundo pues fue épica e impecable, pero para el gobierno de cualquier país abandonar aquellos soldados a su suerte no es una gesta; en una vergüenza. Cuando pretendieron informar a los sitiados del fin del guerra ya era tarde; No se lo creían.

Los últimos de Filipinas fueron héroes cada uno de ellos, pero recordemos que  si los hombres mueren sin dignidad son una mácula para quien los envía a la muerte y –no olvidemos nunca- que fue el gobierno español quien les envió a morir, sin motivo y sin posibilidades de éxito. Fue difícil; hubo deserciones, suicidios, traiciones y hasta fusilamientos. Tuvieron que sobrevivir cavando un pozo, resistiendo al beri-beri, la disentería y el hambre.

Muchas años después, en 1996, Gloria Macapagal (Presidenta de la república de Filipinas) viajó hasta Almonte, en Extremadura, para rendir homenaje a uno de aquellos supervivientes de Baler. Una réplica de aquella iglesia en la que 33 soldados supervivientes del ejercito de ultramar resistieron más de 300 días. Cuando al fin vencidos capitulan ante el General Filipino Emilio Aguinaldo, éste les declara amigos de la República Filipina y facilita su regreso a España.

El cine nos dejó una versión  de la historia. Con los medios actuales cada uno de nosotros puede acceder a la información necesaria para hacer una idea de qué ocurrió en realidad en Baler a Finales del siglo XIX.  Si pudiera poner música a este post, sin duda sería la voz de Nani Fernández interpretando “Yo te diré”, icónica habanera de Halper y Llovét que acompañará para siempre a la película y a la historia.

Cada vez que el viento pasa se lleva una flor

Os dejo el enlace a la canción original. Se que en muchos despertará la sonrisa o quizá la hilaridad; como dicen aquí, “up to you”. Esta es sólo mi versión de los hechos.

¿Que te bese el qué?

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Un servidor está bastante viajado pero de modo intensivo. Al igual que en el agro, por contra de lo extensivo, el que suscribe hace largos viajes, pero a los mismos sitios.  Todo esto para decir que aún no he llegado de verdad a algún recóndito lugar en el que no me haya defendido en una de las múltiples versiones que los españoles tenemos del Inglés, idioma que nos suele resultar muy útil cuando hablamos inglés entre nosotros y casi inservible su hablamos con un británico de verdad, de los llamados hijos de la Gran Bretaña.  Como me encuentro en una tierra en la que los extranjeros no son comunes, no es raro que alguien se te acerque con cualquier excusa para comenzar una conversación; generalmente la gente en Filipinas es encantadora y puedes llegar a disfrutar de una charla agradable, aunque eso no quita que en ocasiones – en muchas ocasiones- la conversación termine en cuanto te piden dinero. Pero ese es otro tema.

Anoche, después de la faena, me fui a tomar una cerveza a uno de los escasitos bares que hay por aquí; es siempre relajante tomar un trago frente al mar y abandonar las cargas y miserias por las que a veces la vida nos obliga a deambular. Así que pido mi “pilsen” (que está más caliente que las pistolas del Coyote) y pido hielo; ya sé que añadir hielo a una cerveza suena a crimen pero estamos en Filipinas. Así que hago uso de mi justísimo tagalog y le digo a la camarera: “Checka yung yelo, Pls” que viene a ser “pon hielo aquí, porfa”. Obviamente se da cuenta de que no soy del todo filipino y me pregunta de dónde soy; le contesto y ella amablemente intenta decir las palabras, giros y modismos castellanos que ha aprendido de los diferentes “Kastilas” que ha conocido. Todo perfecto hasta que me me dice muy seria: “Besa mi mocho”… Si me quedara pelo diría que uno ya peina canas; si no las peinara se me hubiera quedado el pelo blanco de la impresión. Por respete no mencionaré la imagen que me vino a la cabeza en ese instante  (¡imaginación, muchachos!) pero en milésimas de segundo mi parte racional – esa que tengo no sé en dónde- me llevó al territorio correcto.

– ¡Que te bese el qué!

– Besa mi mocho”- insistió la damita-.

Me imagino que yo no era consciente de la cara de idiota que se me puso en ese momento, pero la chica se dio cuenta y buscó la manera de poner las cosas claras; comenzó a cantar – muy bien por cierto- una famosa canción de Consuelito Velázquez, que la mayoría recordamos en versión de Los Panchos:

– “Beesa miii, beesa mi mooochooo…”

No sé si sentí alivio o decepción – uno tiene su corazoncito-, pero me entró la risa floja y casi me tienen que sacar de bar.

No me pude sacar la canción de la cabeza en toda la noche; lo cierto es que ahora, cada vez que escuche a alguien cantar el “Bésame mucho”, ya no va a ser lo mismo.

Written by aitztv

6 abril, 2013 at 16:57

Lawrence of Arabia

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lawrence

Mirar al mar es siempre una metáfora; las mareas van y vienen pero el fenómeno siempre es el mismo. Con los amigos muchas veces ocurre lo mismo; van y vienen, pero siempre están. Somos egoístas hasta el punto de que a veces llegamos a asumir que nuestros amigos no existen cuando no los vemos: yo peleo contra eso. Quizás en ese empeño, a veces os dejo evolucionar en mi mente contaminados de mis propias categorías y teñidos con mis reglas de juego, pero intento siempre ser respetuoso con lo significa ser un amigo: Amistad, es una palabra sagrada; en boca de algunos se mancha.

¿Cómo queremos que los demás nos vean? No se trata de ver: se trata de sentir. Se trata de percibir la sinceridad que hay en la mano que te tienden, del cariño en las palabras de ánimo. ¿Por qué ese divertimento de la chica Pin-up? Por supuesto no se trata de mejorarte, eso es imposible; tampoco es mera estética: nuestras arrugas son las cicatrices de la vida y nadie tienen derecho a borrarlas. Me imagino que en el fondo me transporto a otra época y te veo como me gustaría que me vieras a mí, lejos de las cargas que hoy me mortifican y hacen que me cueste reconocerme. No trato de ponerte un filtro a ti, sino poner un filtro a través del cual me podáis ver a mí.

La pregunta es cómo me veo a mí mismo. Así que he dejado volar los pensamientos y me he encontrado en un desierto enfrentado a una misión de la que parece imposible sobrevivir. Si el mar es una metáfora el desierto también lo es. Insolente y caótico, Al Lawrence peinó ese desierto en una vida no exenta de pendencias y actos heroicos. Hago mías las faltas y me camuflo en mis ropas de beduino.

Look to the sea is always a metaphor; the tides come and go, but the phenomenon is always the same. With friends many times happens the same thing; go and come, but they always are there. We are so selfish that sometimes we assume that our friends do not exist when we don’t see them: I fight against that. Perhaps in this endeavor, sometimes I leave  evolve you in my mind polluted with my own categories and dyed with my rules, but I try to be always respectful with what means to be a friend: friendship is a sacred Word; in the mouth of some people will stain.

How do we want to others to see us? He is not about seeing: it’s about feelings. It’s perceiving sincerity  in the hand that they tend, is about of Endearment in the words of encouragement. But which was the amusement of the Pin-up girl? It is certainly not improve you, that is impossible; nor is mere aesthetics: our wrinkles are the scars of life and no one have the right to delete them. I guess basically transported to another time and see you as I would you to see me, away from charges that today make so cost to recognize me and mortify me. I try not to put a filter to you, but put a filter through which you can see me.

The question is how I see myself. So I’ve left to fly the thoughts and I found me in a desert getting a mission of which it seems impossible to survive. If the sea is a metaphor the desert also is it. Insolent and chaotic, Al Lawrence plowed the desert living a life not without quarrels and heroic acts. I put the faults on me and hide myself in my Bedouin clothes.

Written by aitztv

1 abril, 2013 at 2:33

La vida es una enfermedad terminal.

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Hace tiempo que escribí un cuento, que podéis encontrar aquí, en el que la idea central era la posibilidad de intervenir en la propia muerte. No se trataba del punto de vista del suicida, sino más bien en como los sucesos algún día determinarán que ha llegado el último momento. A veces nuestra personalidad es como el submarino del Capitán Nemo. Tiene diseño retro futurista, y nos permite desandar lo caminado pero sólo para volver a ver como nuevo escogemos la ruta equivocada. Es curioso cómo Julio Verne nos dejó una pista clarísima en su relato.  Nemo significa “nadie” en latín. Y es que en el fondo todos tenemos un rincón “Nemo” que de vez en cuando asoma para recordarnos que nacemos con fecha de caducidad. Charlaba hace unos días con una profesional (de la medicina) sobre lo sencillo que resulta para las personas elegir el camino fácil una vez que has descubierto que tomar decisiones, decisiones muy serias, no es tan grave como parece. Sin embargo, vivir más de la cuenta puede suponer un problema cuando no te has mentalizado para ello. Todos nosotros tenemos una fecha de caducidad. Me consta porque recientemente yo he superado la mía. Aquí es donde me surge el problema. Me da la impresión de que el hecho de permanecer donde ya no se te espera, o de superar la locura o de vencer a la enfermedad, nos da una capa de barniz mágico que nos lleva pensar que somos indestructibles. A partir de ese momento me he dado cuenta que el reino de las decisiones se amplía exponencialmente con el paso de los días, tanto que puede ser que nos supere y nos nuble el entendimiento. Mi Nemo personal desde entonces parece tomar decisiones que yo no entiendo. También puede ser que simplemente nací idiota y no me había dado cuenta hasta ahora. Pero yo lo achaco al hecho de que pienso que ya nada me puede pasar. Es el típico pensamiento que nos viene a la cabeza un segundo antes de que empiece a llover cuando hemos perdido el paraguas.

No tengo ni idea de qué es la vida, por lo que hablar de la muerte es todavía más difícil. Definir las cosas nos da una cómoda sensación de seguridad. No nos cuesta intervenir en los procesos que podemos colocar en un diccionario con cierta conformidad por parte de todos, pero con los conceptos más abstractos tenemos problemas. Nuestras “nadas” son particulares, como lo son nuestras ideas de la vida y la muerte o la razón de nuestras existencia. Nuestras definiciones dependen tanto de los estados de ánimo que lo que ahora es válido mañana nos puede parecer una majadería. Pese a todo podemos admitir algunas cosas respecto a ese fenómeno que es la vida y su opuesto. La muerte es un estado que nos perpetúa en el recuerdo de los demás, que intentan con ello ocultar el vacío de la ausencia.  La diferencia entre la vida y la muerte es tan pequeña que no hemos conseguido hallarla aún.  Espero que no la encontremos nunca. Cuando sepamos dónde está esa pequeña frontera y como funciona se destruirán muchas cosas bellas. A partir de ese día ya no habrá lugar para los mártires ni los héroes; morir de amor no servirá de nada porque será reversible, como el dejar de fumar: las religiones perderán su mejor arma; ya no nos podrían amenazar con el lado tenebroso y encima los enterradores se quedarán sin trabajo.

Desde mi ignorancia pienso que la vida no es un estado de ser humano; es una característica. Así que si no podemos separar nuestras condición de “ser” de la condición de “estar vivo” ¿qué somos si trascendemos? Personalmente pienso que al eternidad es un premio muy pobre para todo lo que algunos tienen que sufrir en este lado, como el recuerdo puede ser una tortura para algunos allegados. Tal vez lo humano sería que nos dejaran la trascendencia como una opción, sin imposiciones. Poder ser Nemo en el sentido más amplio de la pablara. Ser transparente a la historia y a los recuerdos. No se trata de ser lo que uno quiera sino de que uno quiera ser.

Written by aitztv

2 marzo, 2013 at 13:00

La dimisión de Dios.

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Dios lo hace todo a lo grande, por lo que la escala de sus errores es también enorme. La idea de dios es muy cómoda para cualquier civilización: nos permite tener alguien a quien echar la culpa cuando no entendemos nada de lo que ocurre. Más allá hace tiempo que me cuestiono si realmente tiene alguna utilidad. Se que hay muchas personas que me dirán que gracias al temor a dios hay gentes que se comportan con justicia personas que hacen el bien en su nombre. Sin embargo me sigue resultando mucho más sencillo admitir que hay personas buenas que admitir la imagen de un ser fiscalizando nuestras vidas. Me niego a considerar que la misma mentira repetida muchas veces por muchas personas se termine transformando en una verdad. Ahora bien; si como hipótesis de trabajo admitimos la existencia de un creador y conductor de nuestros destinos no nos queda otra que admitir también que lo ha hecho mal, muy mal.

Si dios hubiera sido elegido por su programa electoral tendríamos que pedir su dimisión ya, porque ha mentido. Los Incas cortaban la mano al plebeyo que robaba, pero condenaban a muerte al noble si era este el sorprendido robando: la pena debe ser proporcional a la posición del que comente el crimen. Los pecados de dios son suficientes para pedir cuentas sobre el doble rasero con el que se nos juzga por un lado a los pobres mortales y por otros a las divinidades. Nos hablan muy a menudo de la ira de dios. ¿No es acaso la ira uno de los pecados contra los que el propio dios nos previene? ¿No ha hecho históricamente alardes se soberbia y de venganza?¿ No hay acaso un obsceno egoísmo en una obra creada a base de muertes y castigos a la mayor gloria de si mismo? Dios ha cometido todos los delitos que puede cometer un mandatario. Trato de favor, nepotismo, prevaricación, uso de información privilegiada, explotación… Ha financiado guerras, amenazado a los pueblos, promovido la invasión de países, ha incitado al suicidio, ha usado armas de destrucción masiva, alterado el medio ambiente,  creado armas biológicas, ha modificado el clima… ¿Creéis de verdad que un ser que se autoproclama todo poderoso puede seguir castigando indiscriminadamente a los hombres? Debe dimitir.  El hombre debe canalizar sus recursos morales e intelectuales en otras vías.  Se puede hacer el bien si necesidad de dioses que nos aplaudan o nos prometan la vida eterna. Se pueden usar los recursos económicos en las personas que realmente lo necesitan y no en los oropeles que las religiones nos  imponen. Se puede actuar en lugar de rezar, alimentar los cuerpos cuyos espíritus no tienen oportunidades.

La ideas de la transcendencia es muy bella como para abandonarla. No deja de ser un pensamiento egoísta pero admisible mientras no comprometa la transcendencia de otros. Pero la acción individual no es compatible con la idea de dios. Esa es precisamente su jugada maestra: si le fallas, tu error arrastrará a miles de inocentes al castigo pero si lo adoras la salvación será un  regalo individual para ti: la fe es un negocio piramidal.

Ya lo hemos descubierto. Si dios existe debe dimitir por incompetente y si no existe ¿por qué dejamos que nos determine? Alguien dijo “me aburren mucho los ateos; siempre están hablando de dios”. En el fondo es cierto; perder más tiempo elucubrando maneras de demostrar la no existencia de dios es una falacia que los creyentes han implantado en los genes de la sociedad. El hecho de que nos planteemos su existencia debía ser suficiente para saber que no existe. Parafrasear a descartes pensando “no pienso que existe dios, por lo tanto debe existir” es una burda maniobra de distracción.

Sólo nos queda actuar. Debemos movernos por la vida como hombre y mujeres comprometidos con hombres y mujeres. No se trata de creer o no creer: eso son sólo dos estados de la creencia. Discutir si una puerta está abierta o cerrada sólo es una forma de reconocer que existe una puerta: no nos vale. No tendremos más transcendencia que nuestras obras. Es tiempo de empezar a construir.

Written by aitztv

13 febrero, 2013 at 13:30