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Lawin

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lawin_16101806Son la siete de la mañana. La gente refugiada se despereza mientras recorro los cincuenta metros que separan la entrada principal de la sala de control de producciones. Conozco a casi todas esas personas. Son familiares de los trabajadores que han venido a pasar la noche ante el riego de que el tifón se lleve sus casas de bambú y nipa. Para otros el riesgo es el mar. Dicen, los rumores son más veloces que las noticias, que el nivel ya se ha elevado cinco metros y que es posible un tsunami. Cuando vives a cincuenta metros de la playa no es lo que te gustaría escuchar.

De todos modos este leviatán ha llegado por detrás, y es de agradecer. Las estribaciones de la Sierra Madre a nuestra espalda han atemperado su furia, y nos ha alcanzado con viento y agua, pero no ha podido obligar al mar a abandonar su lecho y lanzarse contra nosotros.

En mi camino oigo llantos. Los niños se despiertan sorprendidos y se asustan al no reconocer sus cunas y habitaciones. Están en un hangar oscuro y poco amistoso. El techo les mira desde más de treinta metros de altura y el viento aún hace sonar con violencia el tejado metálico que, sin embargo, ha soportado incólume la violencia del huracán.

No hay electricidad, ni teléfono, ni tan siquiera agua corriente. El pueblo ha sido desmembrado, descordado por decreto de la naturaleza, y sus venas y nervios cercenados de modo que sus miembros son incapaces de comunicarse entre sí.

Me asomo a la puerta, mejor dicho, al hueco de la puerta ya que esta ha volado por efecto de la presión del aire durante la noche. El mismo destino a sufrido el techo de la habitación donde duermo, que se ha desprendido como una hoja de otoño, con la delicadeza de no caer sobre mí. Luego recogeré los destrozos.

En el exterior, las bananeras están destrozadas, descuartizadas sobre el suelo como los cadáveres de una guerra vegetal. Los cocoteros intentan sobrevivir; se tumban y se levantan al son de ráfagas de viento que han llegado superar los dos dígitos durante muchas horas. Alguien avisa para que me aparte. Veo venir un trozo de techo metálico, retorciéndose en el aire como si fuera una criatura viva, pero no lo es. En realidad se ha convertido en una guillotina libre del suelo. Casi parece que tiene criterio, y me da la impresión de que si salgo vendrá a por mí. Busca carne y no la encuentra, y termina por saciar su rabia contra el tronco de un árbol del que arranca más de la mitad de su diámetro de un único bocado metálico (¿dónde estarán la mariposas?, pienso sin venir a cuento).

El aire: una nada necesaria. Este aire está maldito. Arrastra vida y miseria, y mucha muerte. No va a levantar hojas como en otoño, ni va a dibujar espirales en el espacio con los restos del verano. Este aire es culpable. Ha llegado hasta aquí cercenado vidas, desguazando moradas. Nunca las de los ricos, sino las de los menesterosos. Viene arrastrándose sobre las cimas de los montes a las que deja huérfanas de su piel vegetal para mostrarse obsceno a nuestros ojos.

Decido vengarme. Voy a atravesarlo, me voy a colar en sus entrañas y dividirlo con la única arma de mi cuerpo. Me voy a enfrentar a él y voy a ganar. Me enfundo un traje de agua y pongo mis cuatro cosas en un macuto, y en un arrebato de pesimismo le digo a mi compañero de cuarto que si no vuelvo, todo lo que allí queda es suyo. No sé si me cree, pero su sonrisa torcida muestra la duda, la gran duda, toda la duda.

El impacto es brutal en los primero pasos. El traje de agua gualdrapea en mis oídos como las velas de una embarcación mal gobernada. El aire es cálido, y trae gotas de agua que arranca de los charcos del suelo. Me tambaleo, pero doy un paso, y después otro. Estoy avanzando, penetrando la piel de la bestia que logra sacudirme pero que no consigue tumbarme. Estoy asustado. Pienso en qué ocurrirá si me tira al suelo y me arrastra, pero sigo en pie, y en ese momento, me doy cuenta de que puedo ganar. Fijo mi meta siete kilómetros más adelante. Supongo que se da cuenta, porque arrecia con saña, pero estoy decidido.

Voy tomando confianza. Estoy conociendo su lenguaje. Él tiene la ventaja porque viene de mi espalda, así que si lanza hacia mí algo mortal, no voy a verlo venir. Confío en que después de tantas horas acechándonos, no le queda nada que tirar, pero nunca se sabe.

A la mayoría de las palmeras le falta la mitad de su copa, y las enormes nueces de coco rebotan en el suelo como si fueran pelotas de baloncesto. El suelo está cubierto de ramas que cambian de sitio al capricho del viento. Los campos de arroz y los manglares no se distinguen los unos de los otros, ambos anegados en aguas del color del café de los hospitales. En medio de una terraza veo  un búfalo de agua, imperturbable con su media tonelada de carne. ¡Loco!, leo en su mirada, ignorante del hecho de que él y yo estamos subidos en el mismo barco.

Enfilo una recta resguardada por la ladera de una colina. Allí la gente se ha atrevido a salir a la calle. Han extendido sus cosas, sus vidas, sobre la parte menos húmeda confiando en que se sequen. Así funciona esto. No ha terminado la fiesta de la destrucción, pero ellos ya comienzan a rehacer sus chozas, como las hormigas reparan sus hormigueros una y otra vez, desastre tras desastre. Saben que vendrán más, muchos más, y entonan la canción de su existencia levantado sus moradas como Sísifo arrastraba la roca a la cima de la montaña, sólo para verla caer de nuevo.

Niños, ancianos, jóvenes… Sus enseres sólo parecen cosas y ellos sólo parecen personas, pero no es cierto. Son parte del viento, son hijos de los huracanes que dividen sus existencias y las arbitran mejor que el calendario más exacto. Ese colchón donde engendraron sus hijos, el puchero del que comen con la mano todos ellos, ventiladores que pasan de generación en generación… Una historia en cada cuneta secándose a un sol que no acaba de salir.

Doblo un recodo y es como darme con una pared. El viento entra por el valle fluvial como un cañón. Ruge entre los árboles que aún se mantienen en pie y me hace tambalearme. Intento caminar y no puedo, el aire es como un imán que elige la dirección por mí, e intentar avanzar es una rebeldía fútil. Por un momento siento que me despego del suelo, que voy a volar. Los cierres del traje de agua pugnan por abrirse y uno de ellos cede arrancando el plástico en el que estaba embutido. Noto las piezas metálicas, que me golpean las piernas como si fueran las cabezas de un látigo. Me dejo caer mientras busco la posición que ofrezca menos resistencia al cuerpo. Veo volar algunas ramas sobre mí y, de repente, como comenzó, el aire se calma y el viento, aunque recio, se vuelve tolerable. Aprovecho esa calma relativa para atravesar el resto del valle y refugiarme en el siguiente recodo.  Ahora me toca enfilar una recta bastante complicada. Voy a estar expuesto al mar y al monte  a partes iguales.

La playa es una especie de estercolero. Las aguas que han bajado del monte  han arrastrado  gran cantidad de escombros, restos vegetales y barró, contaminando el agua de un enfermizo color marrón traslúcido. La arena está llena de troncos y de todo aquello que el mar se ha negado a digerir, pero lo más impresiónate es el oleaje.

Las olas no vienen hacia la costa, sino que se mueven de forma perpendicular a ella, de Oeste a Este, como si ignoraran la playa y toda la costa. Aunque desentrenado, mi ojo, antes marinero, me permite calcular que el viento está por encima de los cuarenta nudos, y arranca rizos de espuma sucia a las cimas de las murallas de agua que corren sin acercarse a la orilla. Es espectacular, por no puedo permanecer allí mucho tiempo, El aire trae la arena coralina y se me clava en las piernas.

Estoy solo y me gusta. Este paseo me trae a la cabeza las tribulaciones de un Benjamín Driscoll atado al planeta Tierra. Me siento un explorador de lo imposible, yendo valientemente donde no muchos se atreven aunque sé que no lo hacen porque, en realidad, no merece la pena.

El viento me golpea de nuevo desde la sierra. La carretera esta festoneada de cocoteros y veo que estoy cometiendo un error al alejarme de ellos. La mejor manera de que no te golpeen las ramas desprendidas es precisamente estar bajo ellas. La otra linde del camino te puede convertir en un muñeco de «pim-pam-pun» en cualquier momento.

Algunas casas parecen esqueletos de dinosaurios asomando sus huesos desde las entrañas de la tierra. Sí hubo alguien dentro, el tifón se ha encargado de borrar sus huellas. Nada evidencia que alguien haya vivido allí jamás, aunque me consta que era así. Imagino a esas personas en el gimnasio municipal, en realidad una cancha de baloncesto cubierta, escuchando al viento golpear el tejado metálico tal vez con sus propios muebles. Más niños asustados en una noche eterna.

Apuro la recta hasta alcanzar una zona más tranquila. Allí los vecinos han comenzado a reconstruir su miseria. Me duele pensar en ellos en esos términos, pero es la realidad. Construirán una casa nueva que no diferenciará en nada de las que han sobrevivido al huracán. Nacerá envejecida, con vocación de ruina en su bloque hueco y desnudo, sin recibir una triste mano de pintura, como la hubieran castigado por ser la herencia de la tormenta. Pienso que no sé por qué me preocupo: a ellos les da igual, sin embargo, me duele ese conformismo casi religioso con el que enfrentan la vida. Para ellos los cambios no son oportunidades, sino algo que hay que olvidar cuanto antes para que todo siga igual.

Otra vez el aire, arremolinando vidas.

Me siento empujado, impelido a abandonar la escena, porque el viento sabe que no he sido invitado. Soy un intruso, el advenedizo que no se quedó en casa durante el tifón, Aún me obliga a clavar la rodilla en el suelo dejando parte de la piel en el movimiento, pero el aire está ya pataleando. Sabe que ha perdido.

La última recta a mi destino la hago sin prisa y sin miedo. No puede pasarme nada, lo sé.

Entro despacio en una habitación de alquiler. El sudor corre bajo el plástico que me ha protegido del agua. Se escurre pos mis piernas y me pregunto por qué me escuecen tanto. Descubro con sorpresa que de rodilla para abajo estoy lleno de sangre. Los múltiples golpes de la arena coralina me han acribillado y no me he dado cuenta. No es nada, sólo la señal de lo que podía haber pasado. Tengo el pelo también lleno de arena, igual que los pliegues del traje de agua.

Me siento en un poyete a ver llover. La tormenta me ha respetado durante las casi dos horas que he caminado bajo su manto, como si discrepara con el viento sobre mi destino.

Me ofrecen un vaso de agua.

Lo suelo rechazar, no sé de dónde procede, pero hoy no.

Hoy me siento inmortal.

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Written by aitztv

21 octubre, 2016 at 16:21

Noche de pasión con Odette

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© J.M. Sánchez 2013Mediaba la tarde del jueves cuando, con la tarea del día ya encaminada, decidí acercarme al Palengke, que es como aquí se denomina al centro de la población. Tenía unas compras menores que hacer; eso de un bote de “Noescafé” para las noches de trabajo, algo de leche en polvo, la natural siempre se me estropea, y algo de edulcorante por aquello de la dieta. Jueves y domingos son días de mercado y aún a sabiendas de que no habría nada especial que ver, siempre están los puestos algo más animados que el resto de los días. Así pues, contento con mi café que no es café, mi leche que no es leche y mi azúcar que no es azúcar, decidí caminar un poco hasta  hasta el Coutry Inn, un precioso “spot” junto al mar donde me gusta tomar una cerveza y ver el atardecer dorado del mar norte de China. Y como me suele ocurrir, me senté en el pajar y me clavé la aguja.

© J.M. Sánchez 2013No había pasado mucho tiempo cuando noté que el mar se enojaba más de la cuenta. El mar aquí es manso y silencioso: a veces me recuerda a un gato. Sólo se manifiesta lo justo para que sepas que está ahí. Pero el jueves la cosa era distinta. Poco a poco vi aparecer los mechones blancos de espuma sembrando el mar de borreguitos. Utilizando mis escasos conocimientos sobre el tema (uno es patrón de yate , pero no ejerce) calculé que el viento iba pasando de cinco a diez nudos y poco después a quince y a veinte. Al mismo tiempo “fizo a noite em pleno día”, que diría el inimitable Lampinho, y la apacible tarde tomó un aspecto amenazador. Cuando vi que los camareros se afanaban en llevarse sillas y mesas al interior del resort me intranquilicé un poco: cuando vi que los camareros empezaban a clavar tablas de madera maciza en las ventanas con unos clavos de los que solo salen a la calle en semana santa decidí que era hora de marcharme de allí.

Tarde: era tarde.

© J.M. Sánchez 2013Cada vez que reclamaba un transporte era respondido con “here safe , Sir!” y una sonrisa filipina, de esas que vienen a decir “ahí te quedas”. Mientras, la lluvia comenzaba a caer con fuerza aterrizando sobre mi moviéndose con la velocidad de una espada de un lado a otro a merced de un viento que ya hacía difícil el mantenerse en pie. Ya conocía ese fenómeno y lo que se avecinaba no era halagüeño. Pregunté si se trataba de un tifón y la respuesta fue que no… que se trataba de un “Super Typhoon” que por razones desconocidas para mi había sido bautizado como Odette por las autoridades filipinas. Yo siempre había pensado que Odette era un diminutivo de Bernardette y por eso me preguntaba que hacia yo en mismísimo”cogno de la Bernardette” pero no: al parecer significa “tesoro”. Sigo sin entender la relación.

Me tuve que rendir a la fuerza de la evidencia y del viento y tomar una habitación. Era eso o que darme a la intemperie o iniciar una caminata de siete kilómetros a oscuras y en pleno huracán. Así pues a las ocho de la tarde estaba en mi habitación, sin cobertura de móvil, sin televisión y con un paquete hecho de papel de periódico bajo el brazo. Me vi reflejado en un espejo con aspecto de tener muchos años (¡el espejo!) y la figura mojada y deformada en la penumbra me recordó a uno de aquellos personajes torturados de las películas de Paco Martínez Soria. ¡En fin! Sólo podía dormir y es lo que hice.

© J.M. Sánchez 2013A la mañana siguiente la cosa, lejos de mejorar, había ido a peor. El mar era un película de escombros en movimiento y el viento tenía tal fuerza que hacía difícil mantener el equilibrio. Necesité dos horas para conseguir que una moto con sidecar, aquí se llama “trysiclo” me llevara hasta el trabajo, eso y pagar cinco veces el valor normal de la carrera. Evidentemente Odette había llegado antes que yo. El techo de la cabina de control era una laguna que desaguaba a través de las luces fluorescentes directamente sobre los equipos. El personal de producciones se afanaba en poner plásticos, desmontar aparatos y mover palanganas, todo a la vez. Mi estación de trabajo rezumaba agua por el ventilador, todos los equipos estaban desconectados porque  la pared era una pequeña catarata y podíamos escuchar como vibraban las tomas de luz por causa del agua que las cortocircuitaba una y otra vez. Y seguía lloviendo. Empezamos a movernos a oscuras, sólo con la ayuda de unas linternas que se perdían en la enormidad de la sala. La pintura de la pared se hinchaba en ampollas que iban bajando sin reventar hasta el mismísimo suelo. Daba la impresión de que al otro lado de la pared hubiera un fuerza inteligente tratando de entrar por la fuerza en nuestro refugio.

© J.M. Sánchez 2013Peleamos durante horas con el agua en una batalla perdida. No podíamos evitar que entrara, así que la canalizamos para que saliera haciendo el menor daño posible. Al final, un capricho del viento nos dio una tregua para recomponer nuestras filas. En medio de todo, un cliente nos llama para preguntar si está saliendo su comercial tal y como estaba programado…¡En fin! El cliente siempre tiene la razón y si no la tienen se le da… se le da una patada en el culo y que marche a freír espárragos: por fortuna cuando le explico la situación y le demuestro que no estamos para milagros decide dejarnos trabajar. Me llama una amiga y me pregunta si he cenado. Me doy cuenta de que es de noche de nuevo. No: No he cenado.

La gente como yo no cenamos, no conservamos nuestras familias y enfadamos a nuestros amigos porque hay otra gente que quiere ver la televisión esa noche. Es mi trabajo. Soy un “mediaman”, yo lo elegí. Como diría el Pirata de Espronceda: “…ni tormenta ni bonanza a torcer tu rumbo alcanza…”

Lo siento, Odette: Esta noche no.

 

 

*Todas las imágenes tienen copyright. Todo uso no autorizado será denunciado a la autoridad competente
© texto y fotos J.M. Sánchez 2013

Written by aitztv

21 septiembre, 2013 at 15:10