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RENAISSANCE: EL NUEVO CICLO DE LOS MITOS

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JUAN MANUEL SANCHEZ  SANTA ANA, CAGAYAN VALLE, PHILIPPINES 15/03/2016 01:10

TAAL“El extraño brillo de las estrellas se asemeja de manera inquietante al perturbador titilar que creemos apreciar, fugaz, en medio de la noche. ¿Son ambos, acaso, la misma cosa?”

Antología a la que aporto mi relato “Taal”, en un intento de reflejar lo que me transmitió H.P. Lovecraft cuando lo leí por primera vez. Comparto este magnífico trabajo de la Editorial Pulpture, con los siguientes autores:
Beatriz Troitiño, Juan Manuel Sánchez-Villoldo, Dioni Arroyo Merino, Edgar-Max Mirigaya Salvador, Germinal García Ramírez, Federico Garrido Villar, Carlos Fernando Vega Esquivel, Javier Torras de Ugarte , Ana Nieto Morillo, Jorge R. del Río, Jorge P. López, Jaume Vicent, Josué Ramos, J. R. Plana, Juan F. Valdivia, Francesc Marí Company, Álvaro Aparicio, Ruymán Alonso, Isabel Galán, Charles Pouzols, Alejandro Morales Mariaca, Alberto Berjón , Ruben Fonsec, S. Barker, Ana López Gómez .

“Renaissance contiene 25 relatos, interpretaciones de los Mitos, algunas veces bastante libres, otras bastante centradas. Todas son historias muy buenas que os van a gustar y a sorprender, si te gusta Lovecraft tienes que leer este libro. Así de claro.”

(Jaume VIcent Bernat)

Lo podéis encontrar aquí:

http://boutiquedezothique.es/terror/116-renaissance-el-nuevo-ciclo-de-los-mitos.html

Y aquí:

https://www.goodreads.com/book/show/29471890-renaissance

 

Written by aitztv

14 marzo, 2016 at 18:28

El hombre que susurraba a los sordos

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Lo quiero tomar con calma; no  tengo entre manos un tema que admita precipitaciones. Quiero hablar de Giovanni Papini y de mí. No puedo decir por qué. A veces un asociación de ideas en tan absurda como el título de este post. Esto no es un web profesional ni yo tengo los conocimientos suficientes para elevar estas divagaciones a la categoría de artículos. La forma que tengo de contar mis impresiones es a la literatura como las bolitas negras y saladas que comemos en navidad al caviar. Pero no tengo otra.

Tengo frente a mí una edición de “ Juicio Universal” del año 1966 . Supongo que lo compraría mi padre; le daba por estas cosas. A veces se endurecía con la narrativa de Papini o la poesía de Whitman mientras que en otras ocasiones se dislocaba la mente midiendo el nivel de estupidez de Alan Kardec y sus secuaces. Este ejemplar en concreto, el de Papini, estuvo fuera de casa una quincena de años, prestado a alguien que al final tuvo el mal gusto de devolverlo: yo cometí el suicido de leerlo. Por un lado cuando te haces cargo de un propiedad durante tantos años sin que nadie te la reclame devolverla no está bien. Es como abandonar a un amante al que ya has exprimido hasta el último sentimiento; Papini no es literatura de usar y tirar. por otro lado hace falta una vocación muy suicida para leer a un ateo teólogo que mientras escribe su obra iconoclasta es expulsado de su hogar y se refugia con los Dominicos vestido de cura. Sin embargo ese “Juicio Universal” no defrauda. Es una rebelión suprema decirle a dios que te deje en la tumba y que se vaya, como hacen algunos de los protagonistas de la obra.

Hoy tengo la impresión de que Papini me entendería mejor que el propio dios. Tampoco es de extrañar. La propia Iglesia de Pedro no tienen nada clara la misión de dios en el universo, de modo que traban de transversales el mensaje divino  si es que existe y sea el que sea. Si yo decido morir y lo consigo a Giovanni Papini le parecería bien, Walt Whitman no movería su vista de las montañas y Alan Kardec organizaría una sesión de ouija para consolar mi espíritu funesto. Pero dios se empeñaría en volver para juzgarme, lo que supone una resurrección y enfrentarme de nuevo a los miedos y angustias que me llevaron a la tumba. Es por eso que le tengo que decir que se lea el “Juicio Universal”, para que no me haga pasar dos veces el mismo martirio. No se quiere enterar de que la vida da mucho miedo. Que hay personas que vivimos aterradas cada día. Asustadas porque a nuestros hijos no les ocurra nada. Porque no nos abandonen aquellos que queremos. Porque podamos tener mañana un poco de pan de mañana y no de hoy. Porque no se apague el fuego que mantiene alejadas las bestias de la boca de nuestra caverna. Porque la tormenta, el rayo y el volcán no nos maten alevosamente. Porque si nos han de traicionar, que no sean los que consideramos amigos.

Intento encontrar mi nombre en el índice del Juicio Universal.  En realidad ese índice vale tanto como el resto de la obra. Desterrados y Madres. Capitanes y Narcisos, Luciferinos y mediocres; todos cantando a coro sus miserias frente al ángel que pide cuentas en nombre del creador. Pero hay un apartado maravilloso. Algo que sólo se le puede ocurrir a un genio o a un enfermo. Los Primitivos; aquellos que no tenían miedo a mirar a dios de frente porque ellos llegaron antes que cualquier dios. El primer hombre, el más primitivo le escupe a dios a la cara.

”¿Queréis acaso matarme por segunda vez? ¿Qué os he hecho? Nada os pido. Sólo quiero volver a mi pétrea yacija allá abajo en el vientre de la tierra, donde me sentía seguro, donde no era atormentado por el hambre y por el miedo, donde nadie me atormentaba como has querido hacer tú. ¡Si tuviese, por lo menos, mi hacha y mi honda!”

O las palabras de la primera mujer juzgada:

“Fui poco más que un animal en medio de animales peores que yo. Desde joven fui la bestia de carga de la familia. Y ya nadie me miraba ni nadie me agradecía las labores que realizaba. Una noche de lluvia me dormí para siempre. Mi nombre era Wambé y ésta fue la vida de Wambé”

No tengo yo argumentos tales como para defender el fin de mis días. En realidad tampoco los necesito. Nos matan tanto y de tantas formas todos los días que harían falta muchos Papini para ponernos a todos en fila delante de los ángeles. ya tengo la impresión de que muchas luminarias se están apagando. Tengo que poner mucha atención para saber si el viento me habla o simplemente pierde el tiempo soplando en mi oído como el hombre que susurraba a los sordos. No es más que un oxímoron, un quitaipón.

Mi duda ahora es si debo de esperar a que se haga de noche y empiece a llover.

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24 febrero, 2013 at 18:43

Pesadilla antes de San Valentín

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Descorchar una botella de vino no es algo al alcance de cualquiera. Abrirla si. Arrancar la cápsula y tirar del tapón como un palafrenero es muy fácil; es como desnudar a una prostituta. Le arrancas la ropa y la arrojas a un lado sin preocuparte de lo que hay dentro. A fin de cuentas todos los vinos son una mezcla de tanino, agua y alcohol con algunas impurezas, al igual que un amor de lance no contiene más que carne y huesos. Sólo si te tomas tu tiempo descubrirás que cada vino tiene un matiz propio y cada mujer una esencia única, irrepetible. No se disfruta y ama lo que sólo se puede analizar o tocar. No nos enamora un vino ni una mujer por sus partes individuales. Nos hechizan las esencias porque son irrepetibles. El vino deja un tenue recuerdo en mi boca como tu cabeza sobre mi pecho deja tu aliento único. No hay recuerdo capaz de describir esa sensación. cada trago de vino es tan singular como  una ráfaga de viento. Cada acto de amor recurre a tantas variables incontrolables que merece su recuerdo particular. Quizá por eso el hombre siempre busca refugiarse en el alma de la botella o en alma de una mujer. Son los lugares que por más que los visites siempre te hacen sentir un desconocido. Allí eres siempre anónimo; nuevo cada día. En el fondo lo importante del vino y del alma… Son las impurezas.

Abrir una botella de vino requiere mimo. Tomarla con cuidado entre tus manos y sin brusquedad descubrir su cuello para alcanzar su parte más tierna. Apartar lo visible para alcanzar ese interior oscuro y misterioso que tanta magia encierra. Allí están los demonios y las esperanzas, tu “yo” grande y tu “yo” más ínfimo. Allí está lo que nunca vas a contar. Allí te vuelves mayúsculo e infame, suave como la piel de un níspero, amargo como el amaretto, dulce como el jugo de la caña y recio como el aliento de un buey. Se parecen tanto el espíritu del vino y el alma enamorada de una mujer que es natural sustituir la ausencia de lo uno por lo otro: refugiarse en la botella para llorar a la amada ausente y abandonarse en el regazo de una mujer para sublimar el aroma del vino. Me costaría decir qué nació antes.

Celebrar el amor es quizá la cuestión más ilógica del universo. No desespero de que algún día alguien aprenda a embotellar esa sensación como alguien en el pasado descubrió cómo poner en conserva las corrientes galvánicas. Si hay un motor capaz de mover el mundo sólo puede estar- en mi humilde y trasnochada noción del universo- dentro del alma oscura del vino y en lo más profundo del alma -mucho más oscura aún a los ojos del hombre- de una mujer enamorada. Me vais a permitir que vaya un paso más allá: Ni el vino ni el amor estarán completos si no corre por sus venas una chispa mediterránea… No me lo toméis a mal. El mediterráneo es más una arruga en la piel de los continentes que un vástago del océano. A sus pechos nació el vino acunado por ancianos conocimientos y de todo ello se alumbró le semilla del amor romántico, bajo la luz violeta que tan pocos han sabido entender. Otros rincones tienen otros sabores: El trópico –mi añorado trópico- es dulce, perfumado y  luminoso. El Sur es recio y directo, como la eterna Patagonia. La luz mortecina de hiperbórea nos invita al más cálido de los abrazos… Concededme pues para el mediterráneo el delicado sabor del vino y la dulzura de la piel de una mujer o, si queréis, voltead el pensamiento y nos perderemos en la dulzura del vino y el delicado sabor de la piel de una mujer.

Todo aquello que es dulce y delicado tiene a su vez un trance áspero. la resaca es la nostalgia del vino mientras que el vacío es la nostalgia del amor.  Amanecen muchas mañanas con la lengua y el corazón pegados al paladar. Esas nostalgias son como engrudo para la mente y el alma: las hacen confusas y en ocasiones despiadadas. A veces al amor es como el vino barato; es bueno en las eternidades cortas, pero letal para los instante eternos. No te preocupes: te acostumbras a vivir con el dolor, te haces adicto. Necesitas sufrir hasta saber que de verdad sigues vivo. ¿Quién querría un corazón anestesiado?

Necesito sentir la sangre como alfileres rompiendo las venas que la encierran; hacer  de los latidos del corazón una cuenta atrás: convertir los órganos del cuerpo en los detonadores que pondrán final a esas luces tan luminosas que no me dejan dormir.

Y por terminar de alguna forma, dejadme poner una estrofa de un poema.

“Hoy te voy a dar
Todas las cosas que no tengo.
Te enseñaré
Los lugares que no conozco
Y el trago suave del vino
Que nunca he bebido…”

¡Amén!

Written by aitztv

13 febrero, 2013 at 17:48

El secreto de los tulipanes (2)

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Es difícil copiar a tiempo real lo que a uno le pasa por la cabeza. a veces las ideas son esos pajaritos, gorriones los llamaba Becker, que necesitan un cuaderno a mano que sirva de jaula temporal. Sin embargo, se antoja más difícil aun encontrar dónde anidan esas ideas que, cono hoy, nos acosan a las horas más cerradas de la noche…

Se dobló sobre sí tratando de recoger de algún modo el dolor que sentía. Era una punzada ácida, afiliada, que le hacía sentirse como una brocheta. Un trozo de carne ensartado a través del pecho.
– No…haga eso…debe calmarse…
Era la voz del aquel hombre. También jadeante y trémula
– Debe calmarse –insistió-, o nos matará… a los dos.
Levantó la cabeza de forma furtiva y vio al individuo doblado igual que el, con el mismo gesto. Los ojos cerrados en gesto de dolor y la mano extendida sobre el pecho, con el índice y el corazón apretando en el lugar exacto donde el sentía el dolor. De nuevo le pareció recordar a ese hombre, pero otra vez se le escapo el pensamiento antes de alcanzarlo del todo, aunque en esta ocasión una voz femenina acompañó el pensamiento “¿por qué te tocas el pecho, te pasa algo?”; y escuchó su propia voz contestando, “nada, tranquila. Son agujetas” y le asaetaron la mente imágenes velocísimas de una ciudad con playa, de un restaurante japonés donde jóvenes universitarios hablaban de Kafka en voz demasiado alta robándose la palabra unos a otros como demostrando quien había leído más libros; en otro plano un hombre le explicaba a un camarero como desde Alsacia se habían expandido las cervezas de abadía y un vino de nombre muy raro, que no podía recordar…sonaba como… ¡Uf! Una palabra muy difícil…
– “Gewüstraminer” -dijo el extraño-
… y la palabra le transportó a otro escenario. Ahora las imágenes avanzaban a una velocidad endiablada. Se vio a si mismo en una mesa enorme cubierta con un mantel de dibujos geométricos amarillos y azules, en los que el intentaba hacer cuadrar su servilleta decorada con los mismos motivos. “No; el vino es un Chablis” pero da igual. El llora y no sabe por qué. Hay una mujer a su izquierda y no consigue terminar de verla… sólo se escucha decir palabras sueltas… “muchacho”, “abuso”, “victima”, “pervertido” y la mujer le abraza y le dice…”llora, suéltalo”… se ve escondiendo la cara en el cuello de ella y aspirando su perfume…las palabras se van agrupando de dos en dos…de tres en tres…”muchacho mayor”, “abuso de mi”, “víctima inocente”…
Hace el amor con esa mujer y el perfume se le queda clavado…”estuve un año huyendo de ti”…todo suena en su cabeza como si fuera un enorme precipicio lleno de ecos…
Abrió los ojos y nada parecía haber cambiado. La tienda seguía en su sitio y el extraño frente a él…bueno, en realidad le parecía menos extraño a medida que pasaba el tiempo. Se dejó caer en una silla y empezó a frotarse los ojos con las manos; mientras lo hacía vio en el interior de sus párpados infinidad de figuras geométricas que se superponían y pisaban en un desvaído color amarillo sobre un fondo intensamente negro. Algo estaba claro. Ese hombre sabía de él más que cualquier persona en el mundo y no estaba allí por casualidad ni llevaba la ropa que llevaba por casualidad. Estaba seguro de que si miraba la chaqueta con detenimiento no le recordaría a una que tuvo. No es que se pareciera sino que era su chaqueta; como eso era posible o de dónde había salido aquel individuo le daba igual, nunca podría entenderlo. Pero estaba claro que ese hombre venía a por algo que se había quedado a tras en el tiempo y que ahora se debía cumplir. Decidió rendirse.

– Usted sabe el secreto –dijo sin dejar de frotarse los ojos-. ¿Qué gana con que yo se lo cuente?
Abrió por fin los ojos y algo deslumbrado continuó.
– Usted estaba allí ¿Verdad? Estuvo en todos y cada uno de los malditos momentos que llevo años arrastrando. Estaba allí y ahora quiere estar aquí- se señalo las sienes con los índices-pero no sabe lo que cuesta eso. Tiene un precio altísimo.
– ¿Cuánto? –dijo el hombre
– ¿Cuánto? Déjeme que lo piense… Veamos ¿Esta usted dispuesto a morir? No me mire así. Ese es el precio de los tulipanes- se iba recobrando a medida que notaba que ganaba terreno- Yo enviaré los tulipanes y será el último envío que haga en mi vida pero, para usted, será el último encargo que haga. A mí o a cualquier otra persona. ¿Qué le parece el trato?
– ¿Me va a matar por unas flores? Pensé que enviarlas era su negocio- el hombre cada vez tenía las comisuras de la boca más curvadas hacia el suelo-. No le he propuesto nada ilegal, amigo
– Nada ilegal para este mundo, para el mundo de los demás… pero sí para el mío. Ya ve lo que son las cosas. En mi mundo el que usted muera forma parte del juego. Digamos que entra en el precio del envió de unos ramos de flores. Considérelo una cortesía de la casa, porque- se levantó de la silla-, usted quiere morir ¿me equivoco?
– Se ha equivocado en algo –contestó el hombre sin inmutarse-. No tiene que enviar unos ramos de flores. Tiene que enviar unas flores. Me preocupa más que entienda eso, que el precio o que las amenazas de muerte que me está enviando. Nada de ramos; sólo flores.
– Eso da igual, no me ha contestado ¿Quiere morir o no?
El hombre pareció sentirse incómodo de pronto, pero continuó ignorando la tozudez del empleado.
– No da igual; y ya le he dicho que le contestaré en su momento. A todo. Incluso a esa estúpida pregunta que me acaba de hacer- le miró fijamente a los ojos-. ¿Ha entendido bien mi pedido? Repítamelo, por favor.
– No insulte mi inteligencia. Pretende que envíe once ramos de tulipanes rojos y uno de tulipanes amarillos durante doce días. Un ramo al día para terminar en una fecha concreta, dentro de un par de meses, más o menos.
El hombre entrecruzó sus manos detrás de la nuca, como si no hubiera sido capaz de explicar a un matemático las tablas de multiplicar.
– …no ha entendido nada…-dijo en voz baja como hablando con su conciencia-. Mire. No tiene que comprar doce docenas de tulipanes un día tras otro y enviarlos a donde yo le diga. Tiene que comprar tan solo, e insisto, tan sólo, once tulipanes rojos y uno amarillo. Y lo más importante. Aunque los deberá enviar en días sucesivos, los ha de comprar todos a la vez. El mismo día y a la misma hora. Recuérdelo porque todo depende de ese detalle. “el mismo día y a la misma hora” Sin un solo fallo ni error. Y además cada uno de ellos llevará una nota que yo le daré. Las notas irán en sobres numerados y con la fecha de envío. Y olvídese de la cámara frigorífica. Las flores estarán simplemente en agua. Las meterá usted en un florero y dejará que vayan languideciendo poco a poco durante los doce días que estarán aquí. Nada de tratamientos, nada de pastillas conservantes ni de hormonas vegetales…Sólo las cambiara de agua cada día por la mañana. Ahora le pregunto de nuevo- alzó el dedo índice y calló un par de segundos antes de continuar -. ¿Lo ha comprendido?

El empleado abrió los ojos como si se le fueran a salir de las órbitas. El tipo le pareció definitivamente chiflado. Loco de atar. Si no hubiera sido por lo certero de alguno de los comentarios anteriores le mandaría al infierno en ese mismo instante pero –por otro lado- la curiosidad le estaba mordiendo de forma imposible de controlar. Necesitaba tiempo para pensar en algo; no podía decirle que si a todo sin más. Aun se haría de rogar un rato. Empezó a hablar esperando que una palabra le llevara a la siguiente sin demostrar demasiada confusión.
– ¿Me está diciendo que debo preparar once tulipanes rojos y uno amarillo un día determinado y dejar que languidezcan en un jarrón sólo con agua durante doce días y que debo enviar uno al día? – No daba crédito a lo que estaba contando;- ¿Se da cuenta que el ultimo parecerá un alcachofa cuando salga de aquí? ¿Quiere que me despidan? – Miró un momento al techo antes de bajar la vista a los ojos del extraño y continuar- Es absolutamente imposible. No nos podemos permitir que alguien diga que enviamos flores marchitas. Además. El transportista nos cobraría una fortuna para una sola flor. No, ni hablar –sacudió la cabeza- es imposible, ya se lo he dicho. ¡Imposible!
-Pagaré cada día como un ramo completo. Doce ramos por el precio de uno. Y añada una propina especial para el transportista al margen de su tarifa habitual.
– El jefe no lo autorizará…
– Pagaré el doble.
– No es cuestión del dinero. No podemos hacer un envío en malas condiciones. ¿No tiene usted dignidad profesional?
– …el triple; y otro tanto para usted por las molestias.
No le afectó por el dinero. Le afectó la propuesta en sí. Estaban cerrando el trimestre lejos de los objetivos recomendados por la cadena que gestionaba los envíos y el jefe no podría evitar hacer cuentas. Treinta y seis docenas de tulipanes al precio de doce flores era una oferta irrechazable. “me está acorralando” pensó de forma fugaz; “si el jefe sabe esto no dejará pasar la oportunidad y tendré que darle la razón a este loco”. Se le ocurrió una salida de emergencia. No sabía si evitaría el problema, pero al menos lo aplazaría.
– Mire – le dijo con falsa afectación-, no puedo prometerle nada, pero hablaré con el encargado. Si el está de acuerdo lo haremos como usted dice-levantó ambas manos por encima de la cabeza-, pero tendrá que hablar con el en persona. Lo tendrá aquí el viernes a última hora. Si aun quiere hacerlo y el esta de acuerdo…Allá ustedes. – Miró a los ojos del desconocido- Yo sólo trabajo aquí.
El desconocido torció la boca más que nunca antes de añadir;
-El viernes… Aquí estaré. Con los sobres y con el dinero…

Y ya era viernes de nuevo. No costaba mucho imaginarse que ese sobre que traía el extraño en las manos era ni más ni menos que el conjunto de notas que había anunciado. El visitante seguía sentado en el mismo lugar desde que había entrado, pero en sus ojos se adivinaban las ganas de decir algo. No se podía resistir.
– Me ha engañado usted: Lo sabe ¿verdad?
– ¿Cómo dice?
– Que me ha engañado usted. En realidad –se levantó con un gesto de dolor, como si demasiado tiempo sentado le entumeciera- ha intentado engañarme. Pero no se preocupe. Nunca lo hubiera conseguido.
– No entiendo a qué se refiere…
– Me ha intentado engañar dos veces – el visitante volvió a describir una sonrisa curva-, Primero por que no ha hablado con el encargado ni con nadie de este asunto y me está haciendo perder el tiempo que no me sobra precisamente… y por otro lado, estamos en plena época de tulipanes, al menos hasta que se termine el mes de febrero. ¿A quién quería engañar? –Sacó una tarjeta de “Hilverda DeBoer” del bolsillo interior de su chaqueta- Este es uno de los mayores exportadores de flores frescas de Holanda; Me lo han confirmado; hay tulipanes de temporada hasta febrero y ustedes son clientes suyos – el visitante ladeó un poco la cabeza antes de preguntar-. Lo intentaré una vez más… ¿Por qué odia tanto los tulipanes?

El dependiente se había quedado abrazado a la escoba como si fuera la muñeca preferida de una niña pequeña. No esperaba verse sorprendido con tanta facilidad en la mentira que había urdido. No pensaba contar nada, pero al menos intentaría no mentir más.
– Oiga, lo siento mucho –Buscó cuidadosamente las palabras- . Lo cierto es que tiene razón en ambas cosas pero… Mire, no acabo de entender por qué sabe usted tanto de mí. ¿Qué placer le produce mortificar a un pobre dependiente de una floristería? Sabe usted demasiadas cosas sobre mi vida. Yo no se nada de usted. Entra aquí y me avasalla con sus preguntas… me hace daño y yo no tengo ni la más remota idea de cómo defenderme. Es cierto que le he mentido…Sólo quería que se fuera, que se cansara de esperar y me dejara en paz. Pero no lo va a hacer ¿verdad? Se apoyó en el mostrador con un gesto vencido- Usted ha venido a por algo y no se marchará sin ello. Así que – dejó la escoba a un lado y cruzó los brazos- pongamos las cartas boca arriba. No me importa saber quién es usted, ni como sabe tanto sobre mí. Sólo quiero que me diga a que ha venido…y que se vaya- escondió la cara entre las palmas de las manos-, que se vaya para siempre.

Sorprendentemente la respuesta del visitante fue todo lo contrario que el dependiente esperaba. Aguardaba a oír un montón de reproches, de amenazas por algo que el no recordaba del pasado, pero no fue así. El visitante simplemente bajó la cabeza.
– Eso espero yo también. Poder irme cuanto antes. –Miró al dependiente como pidiendo clemencia- No me apetece estar aquí; ni disfruto mortificándole, como usted dice. No –un sombra de cansancio extremo aumentó su aspecto de enfermo- Debo terminar algo…y necesito su ayuda. Eso es todo.
El dependiente se fijo un poco más en el extraño. Había vuelto a perder peso y llevaba el pelo aun más corto que en la visita anterior. Tenía la piel más blanca, casi transparente. Una blancura acentuada por lo negro de su vestimenta. Parecía que llevara puesto un ataúd de tela. Una mortaja comprada en las rebajas. Viéndole así daba la impresión de que alguien le hubiera sacado lo mejor de su vida a través de una hipodérmica. Como si la vida discurriera por ciertos vasos al igual que la sangre y algo o alguien se la hubiera extraído sin descanso, día a día, minuto a minuto, noche tras noche. Cuando sacó la cabeza de entre los hombros para hablar de nuevo, le recordó a una tortuga.

– No nos sobra el tiempo- sus ojos volvieron a ser duros cristales- .Terminemos con esto.
Se puso en pie y desgarró el paquete que llevaba en las manos. Dos docenas de sobres volaron unas décimas de segundo hasta aterrizar sobre el mostrador. Comenzó a hablar sin esperar la reacción del dependiente.
– Cada uno de estos sobres pequeños está acompañado por uno mayor. El mayor es para usted. En el encontrará instrucciones precisas para enviar las flores, mejor dicho la flor, cada día. El otro deberá acompañar el envío. No se moleste en abrir los sobres pequeños.; hay una copia del contenido en el otro. Usted sabrá en todo momento hasta la última palabra escrita en esas notas. Como la fecha límite para las flores frescas es febrero, haremos coincidir la entrega del último tulipán, el amarillo, con el último día del mes, esto es, deberá llegar a su destino el próximo 28 de febrero; es lunes – lo dijo con la seguridad de quien ha memorizado hasta el último detalle- así que debe tener cuidado para no cometer ningún error ni el sábado ni el domingo. Lo mismo le digo para los días 19 y 20. No se despiste los fines de semana o todo esto no servirá para nada. En cuanto a la fecha de inicio de los envíos – hizo una pausa más por coger aire que por necesidad de recordar algún detalle- debe ser el 17 de febrero, jueves. Menos mal que este año no es bisiesto – hizo un guiño de complicidad al dependiente- , así me ahorro muchas explicaciones, ¿no cree? – Abortó una intervención del vendedor- No, no me interrumpa, ya le he dicho que no sobra el tiempo. Verá, los tulipanes los comprará…
El dependiente escuchaba la voz del extraño como si fuera el viento atravesando un valle. Poco a poco estaba recibiendo fragmentos de información que recomponían una historia en su cabeza. Algo que había intentado olvidar durante muchos años. El 28 de febrero… el había celebrado el 28 de febrero. No tenía nada que ver con las flores, por eso le había hecho el comentario del año bisiesto. No hubiera valido el día 29. Por eso no sobraba el tiempo: tendría que esperar otros dos años si fallaban los envíos: El año siguiente era bisiesto. Sin saber por qué volvieron a su cabeza las imágenes de la muchacha morena con los pendientes blancos y azules. Blanco y azul…blanco y azul…demasiado familiar…La cabeza empezó a volar en una quimera blanca y azul…es…el suelo. Esta viendo un suelo blanco y azul…y una mesa blanca, con manteles individuales azules…ahora lo ve más claro. Está en una cocina y todo el mobiliario es blanco y azul. El horno no cierra bien (debe ser la goma) y escapa calor pero no importa, eso puede esperar. Escucha unos golpes rítmicos, constantes…Ahora lo ve claro. Está haciendo el amor con ella. Lo están haciendo en la mesa de la cocina ¿Qué hora es?… ¡Casi las cuatro y media! se tienen que ir pero no pueden parar…Se había acercado a ella y la había abrazado cargado de deseo y ella había correspondido. No era la primera vez que hacían el amor juntos pero el no recordaba tanta excitación. Los golpes…es la mesa. La mesa está apoyada en la pared y responde a sus movimientos con mecánica precisión. Su ropa interior está en el suelo. Es una minúscula prenda negra que el había bajado desde sus caderas a los tobillos unos minutos antes, justo cuando ella había ofrecido toda su colaboración. Y el perfume…y los pendientes… está besando su cuello y tiene cerca los pendientes, blancos y azules…una flor que el le había comprado por su cumpleaños… blancos y azules…en su cumpleaños… ¿Cuántos pétalos tiene cada flor? encima del frigorífico la televisión esta contando las noticias… “buenos días, señoras y señores…Hoy 28 de febrero…” ella inicia un gorgoteo, un ronroneo felino que indica que ya lo ha logrado. El se retira. No están tomando precauciones y termina fuera de ella… un fuerte dolor en el pecho le obliga a boquear como un pez…”me vas a matar”- dice ella dulcemente casi sin mover los labios” El no contesta. El dolor es aun demasiado fuerte.

– Eran seis.

Ha sido la voz del visitante. El dependiente sacude la cabeza y le mira con el rostro aun encendido…

– Los pétalos eran seis-aclara el intruso- Compró los pendientes en “Lucrecia’s” Sus amistades se sorprendieron de que pudiera tener buen gusto…a veces. Las amistades de ella, porque las suyas ni saben ni sabrán nada de ese regalo- suspiró como si se le estuviera haciendo muy difícil mantener la conversación-. ¿Ha comprendido todo lo que le he dicho?- señaló con el dedo el bolsillo donde el dependiente guardaba la agenda- No le he visto tomar notas.
– No se preocupe. Está todo claro. ¿Acaso podía ser de otra forma?
– Creo que no le entiendo…
– Me ha entendido perfectamente. Usted busca algo, ya se lo he dicho. No se qué es pero se acaba de descubrir- el visitante apretó los labios al escuchar esa frase- Usted lo ha dicho. Nadie de mis amistades sabe que existen esos pendientes, por lo tanto usted viene de su lado; del lado de ella. ¿Algún amigo, quizá? No lo creo. No se si es tan siquiera real.

El dependiente entrelazó sus dedos y los hizo crujir muy despacio. Hacía mucho que no chasqueaba de esa forma las articulaciones. No entendía por qué lo acababa de hacer. Después continuó hablando.

– Hay algo que yo se y he olvidado, usted lo sabe y quiere que yo lo recuerde. Pero sólo lo puedo recordar en el momento preciso ¿verdad? Ni antes ni después. Cada vez que algo viene a mi recuerdo usted lo interrumpe – se apretó las sienes con la mano izquierda como intentando extraer algo de su mente-. ¿Por qué?… no se por qué pregunto; se que no me lo va a decir. Al menos por ahora. “todo a su tiempo”. Eso me dijo. Escúcheme, veo que empiezo a captar su atención así que hablaré claro ahora, porque sea lo que sea quiero que se acabe pronto. Yo- se llevó ambas manos al pecho- no estoy… muy bien de salud. Supongo que eso también lo sabe, pero sé por qué mide tanto el tiempo de la acción – el visitante se removió inquieto-. Usted también está enfermo. No se moleste en negarlo. Se le nota claramente. Los dos vamos a morir, la única diferencia es que yo tengo más de sesenta años y usted… -le miró detenidamente- ¿unos cuarenta? Quizá alguno más. ¿Le duele la espalda, verdad? Se lo que es eso, pero me estoy desviando. Mire; no se como demonios piensa hacerlo, pero estoy seguro de que está sincronizando nuestras muertes y por lo que veo no puede esperar mucho. Al menos no puede esperar a que llegue un año no bisiesto y eso me inquieta. Porque si no me equivoco… nos quedan meses ¿No es cierto? No llegaremos a la primavera –lanzó una mirada divertida a su alrededor- ¡Qué ironía. No llegaré a la primavera y estaré rodeado de flores! Un poco cruel ¿No cree?

ooooOOOOoooo

Written by aitztv

30 marzo, 2011 at 6:33